Abre tu puerta, y sé Feliz

Una puerta se levanta frente a nosotros, contamos ya los minutos para poder abrirla de una vez y traspasarla. A nuestra espalda otra puerta abierta, envejecida, espera cerrarse a su vez. Cuantas historias dejamos tras esta última, cuántas nos esperan tras la que aún permanece cerrada.  El ciclo ha llegado a su fin, y otro comienza.

Trescientos sesenta y cinco habitaciones que hemos de cruzar, cada una en el espacio invariable de veinticuatro horas, cada una con su vida propia, con su incertidumbre, su dosis de alegrías y de tristezas. Atrás quedan tantas cosas que hemos vivido, y cargaremos a nuestra espalda lo que podamos y debamos llevar para cruzar la nueva puerta, más otras vivirán ya en el pasado, el que –al cerrarse la puerta–  quedará atrás ya sin remedio.

Mi deseo es que cada amigo tenga frente a si la mejor de las entradas, y el más bello de los recorridos, que cada habitación que les aguarde tras la nueva puerta sea un estallido de júbilo y buenaventura; que lluevan los amores, que se cumplan los planes, que las buenas sorpresas inunden las pupilas, que las lágrimas sean solo de alegría y las risas plaguen cada amanecer y el placer cada anochecer.

Sabemos, sí, ya sabemos, que la realidad estará totalmente matizada, pero yo quiero imaginar que todo estará bien, porque sí, porque lo merecemos, y porque para los amigos solo tengo pensamientos buenos y deseos insuperables.

Vayan acercando pues la mano al picaporte y, mientras, sueñen el mejor de los futuros, la más intensa de las travesías; y cuando esta puerta nueva pase a ser la desvencijada y abierta a nuestras espaldas nos encontraremos nuevamente aquí, y les traeré una vez más los deseos de todo el amor y el cariño que pueda caber en un corazón, un abrazo fuerte y apretado, un beso y un Felicidades del tamaño del Universo.

Felices fiestas y la más feliz de las vidas a todos ustedes que me leen.

Volver…

Esta historia no es mía, aunque la narre en primera persona. Pertenece a una musa que me cuenta a veces sus vivencias, y éstas me sacan un escrito, inevitablemente.

 

A Maité y Ernesto,

los protagonistas de esta historia de vida 

Volver, con la frente marchita

las nieves del tiempo

platearon mi sien.

Sentir, que es un soplo la vida,

que veinte años no es nada…

Carlos Gardel

 

 

Yo era joven, muy joven, estudiaba en la Universidad. Mi corazón abierto a las emociones, a los sentimientos y los placeres. La Facultad a un lado de la ciudad, mi casa al otro, la bahía de por medio, y la lancha que en su ir y venir incondicional cargaba con mi viaje de cada día.

Aquella vez iba yo de regreso a casa, mirando por la ventanilla de la lanchita, sintiendo la brisa en mi rostro y en mis cabellos; de repente volteo a ver, como si unos dedos invisibles me hubieran tocado, como si alguna voz inaudible hubiera pronunciado mi nombre. Sus ojos se clavaban en mí, fijos, penetrantes, hermosos. Con un rubor cargado de empatía cambié la vista, no sin antes haber sostenido la suya por unos segundos. Pero ya era tarde, una especie de magnetismo se había apoderado de los dos: yo no pude evitar mirarle a intervalos, el tampoco evitó mirarme fijo cada vez.

Llegamos, yo bajé antes, él quedó atascado con su bicicleta entre las otras que no le permitieron bajar detrás de mí. Pero sus ganas de conocerme eran tan persistentes como lo había sido su mirada hacía unos minutos. Yo había avanzado apenas media cuadra cuando él de me dio alcance, pasó a mi lado en su bici y volvió a atravesarme con su mirada. Entonces, sintiéndome descendiente de Afrodita, le reté de vuelta con la mía. Yo a pie, el en bicicleta; avanzaba girando su cabeza hacia atrás para verme cada pocos segundos. Entonces crucé la calle, en un momento en el que no miraba cambié mi rumbo hasta la otra acera, provocando un juego de perdernos por un instante. Casi cae al voltear y no verme esa vez, su equilibrio titubeó por la sorpresa. Bajó entonces sobre sus pies, decidido a no tantearme más, sino a irme de frente, cruzó en pos de mí y, al llegar a mi lado, extendió su mano.

Hola, soy Ernesto. – dijo, y los astros estallaron, todos ellos, no hubo uno que no se doblegara ante esa voz.

Caminamos todo el trayecto que quedaba hasta mi casa, conversando, con los preliminares de siempre que comienzas a conocer a una persona. Era guapo: su piel blanca, su pelo negro, alto, fornido, con unos ojos oscuros que parecían atravesarte el alma de lado a lado. Llegamos a mi casa, y fue entonces que su boca disparó una frase que hizo blanco perfecto en mis ilusiones, resquebrajándolas: “Soy casado”. Acepté no obstante su amistad, me negué a perder el vínculo con ese chico que procuró mi cercanía con tanta insistencia, provocando que yo quisiera lo mismo.

Así comenzaron los días con Ernesto en mi vida. Nos veíamos a veces, compartíamos un café, o un helado. Yo me volví la confidente de sus problemas matrimoniales, él se convirtió en el hombro donde me recostaba a desahogar mis penas. Nos hicimos cada vez más cercanos, y la confianza y el afecto creció entre nosotros. Un día en el que estaba yo con las emociones latentes, con el alma vulnerable y el cuerpo hambriento, me encontré con un Ernesto que traía su propia alma a cuestas, con la sensibilidad a flor de piel y el cuerpo pidiendo liberación. No hubo opción, tuvimos que entregarnos a los designios que se habían trazado aquel día en que nuestros ojos nos ataron el uno al otro. Los cuerpos se dieron con pasión, como si el caudal de un río hubiera estado contenido por demasiado tiempo y se liberara de repente. Su espalda sudada, mi torso arqueado, sus manos saqueando los rincones, mi boca degustando su piel, las lenguas retándose en la lucha de intrincarse en las gargantas, yo temblaba inconteniblemente, su cuerpo entre mis muslos, mis pies sobre sus nalgas… un fuego nos consumió, y nos sentenció, no tuvimos ya escapatoria. Los días que se sucedieron fueron miel y deleite, aquel hombre y yo nos dimos tantas veces, el alba nos sorprendía amándonos, riendo, mirándonos. Le di todo, me entregué, me enamoré.

Aquella tarde la ciudad tembló bajo mis pies, creo que incluso el cielo lloró un poco por nosotros. Aquella tarde él me confesó que se iba a vivir a otro país, con su esposa y sus dos hijas. Ahí terminaba nuestro idilio, nuestra entrega. Ahora tendría que seguir sin él, extrañándole en las noches, deseándole, necesitándole, y sin poder tenerle. Así, el tiempo pasó, yo viví tanto más, amé tanto más, y jugué a olvidar aquel cuerpo que me hizo volar, intenté jugar a olvidar al hombre que robó mi corazón haciéndolo vibrar en cada beso, hace ya veinte años.

“Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada…volver…” El tango de Gardel retumba en mis sentidos; volver luego de veinte años ¿Se podrá recuperar lo vivido? ¿Pasará dos veces el mismo tren? He reencontrado a Ernesto en las redes sociales, y la rueda ha comenzado a girar nuevamente…

La chica de lila y plata

La chica caminaba sin rumbo por las calles de la ciudad. Una soledad aplastante le cubría el alma como una niebla densa y vil. Sentía frío, pero no en la piel, sino allá dentro, donde en ocasiones un calorcito de compañía abraza las emociones y los sentimientos. Se sentía como una estrella solitaria que vaga por una galaxia ausente de astros.

Veía la soledad en todo mientras andaba; en aquel árbol enorme que torcía sus ramas hacia un lado, en el único gorrión que picoteaba una única migaja de pan. Solo y sola. Y en los niños que jugaban en la acera ¿A que sus risas eran de desolación? Un leve tintineo captó su atención y, al voltear a la derecha siguiendo el curso del sonido, un aroma peculiar inundó sus sentidos.

Una florería se alzaba a mitad de la calle, como un salpicar de perfumada acuarela que resaltaba entre edificios grises y marrones. Algún tipo de luz pareció encenderse en su interior y una calidez apenas perceptible comenzó a nacerle dentro. Entonces, como impulsada por un hechizo, entró al lugar.

Montones de flores llenaban el espacio: rojas, naranjas, rosadas, lilas, bicolores… allí estaban, apoderadas de todo el sitio; en ramilletes, espigas, separadas por tipo o por especies. Había muchas, muchísimas, y todas parecieron inclinarse a verle cuando entró. Había magia en aquel lugar, estaba segura.

De repente en su pecho se encendió una pequeña brasa. Fue hasta el joven que esperaba atento tras el mostrador y demandó con suavidad:

Una flor, por favor. De aquellas, de las lilas; con una tarjeta a juego.

El muchacho tomó la flor y la envolvió cuidadosamente en un papel transparente con brillos morados esparcidos por doquier, y le sujetó al tallo con un lazo del mismo color. Le entregó una tarjeta de fondo malva y detalles dorados, y una pluma de tinta violeta oscuro, casi negra.

“Para Diana. Te quiero”, escribió ella con gráciles letras.

La entrega es personal – dijo suavemente.

El florista le miró con atención.

¿Quién es Diana?– se atrevió a preguntar.

Las comisuras de los labios de la muchacha se elevaron discretamente.

Diana soy yo –dijo– Me regalo esta flor para recordarme cuánto me quiero, y cuánto he de quererme siempre, y que nunca estaré sola mientras me tenga a mí misma. Me regalo esta flor porque lo merezco, merezco disfrutar de su olor y su magia. Para no perderme en mis soledades, para encontrarme en mis adentros. Ahora es única porque es mía, y yo le acompaño.

El joven le miró sorprendido mientras un leve misterio se fomentaba en su mirada.

Aguarda un momento, por favor. Solo un instante. – le pidió.

Guardó en la caja registradora el dinero con que pagaba la chica y se fue apresurado a la trastienda. Pasados unos minutos regresó con una extraña flor roja envuelta en un papel plateado. Era grande y exótica, y desprendía un aroma embriagador, como a campo abierto en tarde de verano. Tomó una tarjeta de plata con ribetes carmesí, y con tinta roja escribió:

“A Diana. Por espantar las soledades. De Rafa”

La chica camina por las calles de la ciudad, una llama encendida quema su pecho con un fuego que cuece la luz del mañana. Lleva una sonrisa tatuada en los labios, dos flores en su mano derecha, y una esperanza por compañía.

 

Retorno. (Mr. Dregs.III)

Con esto atiendo la petición de Pilgrim, y cierro el ciclo de Mr. Dregs. A ver qué les parece. Siéntanse libres de opinar y, como siempre, espero que les guste.

Si ves mi amor que otra vez me fui,

me fui sin entender qué pasa,

en tu corazón se esconde mi país

y el jardín que me conduce a casa.

De vuelta a casa

Carlos Varela

 

Las interrogantes le llegaban como las ondas de un eco mientras conducía por la amplia avenida de la que fuera su ciudad. Si pudiera al menos saber si le alegraría verle; nunca supo a ciencia cierta si se había enojado con él por su partida, o si había llegado a comprenderle.

Víctor cerró los puños en torno al timón del auto, apretándolos, esperando impaciente el cambio de luz del semáforo. En los escasos segundos de espera, tortuosos flashbacks de su último día con Zoila tomaron por asalto su mente.

Habían sido novios desde la adolescencia, convirtiéndose cada uno en el gran amor del otro. Habían planificado casarse al terminar la universidad y entregarse entonces los cuerpos en la pasión que los consumía.

Aquella tarde, en el parque de los besos y los planes de vida, una Zoila desesperada se deshacía en llanto entre sus brazos. ¿Cómo consolarla si él mismo estaba devastado? Le imploró que no se fuera, le suplicó, pero no había vuelta atrás en su decisión, ni siquiera por ella, ni siquiera por todo ese amor que ahora agonizaba en su pecho. De repente, Zoila secó sus lágrimas, le besó, y tomándole de la mano se levantó, guiándole a través del parque, hasta la casita verde. No había nadie en casa a esa hora de la tarde, y fue la soledad el cómplice perfecto. Ella le condujo hasta su cuarto y, una vez allí, se desnudó y le desnudó, entre besos y caricias; y se dieron todo el amor que ya nunca podrían darse. Víctor le amó más entonces, por su entrega, por su pasión, por la unión de sus almas que ahora, estaba seguro, se había vuelto indisoluble.  Esa fue la despedida, la última vez que le vio.

El sonido de un claxon le anunció insistente el cambio de luz. Dos cuadras más, un giro a la derecha, y ahí estaba, la casita en la que se entregaran su amor. Ya no era verde, sino azul, y la cerca que le rodeaba agonizaba inclinada hacia un lado. Víctor se quedó sentado dentro del auto por unos instantes; cuánta contradicción se agolpaba en su interior, quería ir corriendo y acabar de verla de una vez, pero a la vez sentía un miedo terrible, una incertidumbre arrasadora le inmovilizaba las piernas haciéndole difícil tomar la decisión de salir del auto.

Finalmente, armado de valor, pero con la punta de la lanza del temor punzándole aún por la espalda, salió y se paró frente a la casa, soltó una exhalación y fue, sin pensarlo más, hasta la puerta de madera que se cerrara tras de sí aquella tarde.

El puño le temblaba al tocar la puerta, el pulso más que latir zumbaba una frecuencia acelerada, sudaba, era todo nervios. ¿Le reconocería? ¿Se alegraría? ¿Tan siquiera viviría ahí todavía? Un ligero crujido acompañó el paso de la puerta abriéndose, dando lugar a la vista de una mujer que pareció transformarse en cera cuando le vio. La piel de su rostro estaba marcada por los años y un leve exceso de libras moldeaba su cuerpo, pero sí, era ella, esos eran los mismos rizos que acariciara tantas veces, y aquellos los mismos ojos que se anegaran en llanto ante su partida.

Víctor avanzó un paso y ella, nerviosa, retrocedió. Él insistió y se acercó, y le abrazó. Ella temblorosa aceptó el abrazo por un instante y luego le alejó. Zoila miró con detenimiento aquellos ojos que le hechizaran una vez, verdes, como de cristal, con unas pestañas largas y espesas. El mundo pareció sucumbir bajo sus pies, un abismo se abría queriendo succionar sus plantas. El hombre de su vida estaba ahí, frente a ella, el hombre de quien nunca más había sabido nada, a quién pensó no volver a ver jamás, pero que no había olvidado en todos esos años. Estaba ahí, frente a ella. ¿Qué hacer ahora? Quería abrazarle de nuevo, sentir su calor y su olor, como soñara tantas veces, pero ya no era la misma mujer, muchas cosas habían cambiado, la vida había seguido su curso, y la distancia y el silencio habían hecho su estrago. Sin embargo, la vida en su cinismo les había unido para siempre, con una unión inquebrantable. Cerró los ojos un instante y, al abrirlos, le miró impávida.

Debes irte. – Le espetó.

Zoila… – Intentó razonar Víctor.

Debes irte. Ahora. – Determinó ella.

Su frialdad le caló hondo, le rompió en pedazos, pero sabía que nada podía reprocharle. Con el corazón apretado dio un medio giro para marcharse mientras sentía que sus ojos comenzaban a escocerle. Una voz juvenil resonó entonces a su espalda haciéndole detenerse.

Me voy, mamá – dijo el joven besando a Zoila en la frente – Regreso temprano.

Víctor giró de regreso, quedando frente al muchacho. Unos ojos de cristal color esmeralda, de espesas pestañas largas, le miraban desde el otro lado, interrogantes. Víctor quedó como de piedra, su rostro se tornó ahora cenizo, luego de grana. Miró a Zoila con los ojos queriendo salir de sus órbitas, gritando mil preguntas.

Zoila rompió a llorar, a la par de Víctor.

Mr. Dregs

Esta podría ser una historia de ficción, donde cualquier parecido con la realidad sería culpa de alguna coincidencia ¿verdad?

 

Detrás de los que no se fueron,

detrás de los que ya no están,

hay una foto de familia

donde lloramos al final

Carlos Varela

Víctor se acercó al gran ventanal de cristal y se quedó ahí, de pie, contemplando la enorme avenida con el correr de los autos a toda velocidad, la gente empequeñecida por la altura, el cielo azulísimo, y el mar.

El mar se le hacía inmenso, infinito, un depredador ahora en calma, luego con sus fauces abiertas en olas embravecidas. Un escalofrío le recorrió por todo el cuerpo mientras un leve temblor le sacudía.

Un suave toque en la puerta le sacó del ensimismamiento.

– Servicio de habitación – dijo una dulce voz al otro lado.

– Adelante – respondió con voz grave.

Una joven uniformada entró en el recinto con una sonrisa de cortesía en los labios.

– Su whisky, Señor.

Le agradeció con una ligera inclinación de la cabeza, indicando a la joven que podía marcharse. Se sirvió un trago, ignorando el hielo en la cubitera, y lo bebió de un golpe. El líquido bajó quemándole, enredándose con el nudo que apretaba su garganta. Se sirvió uno más –doble– y volvió a la ventana.

Una corta carcajada amarga como hiel emergió de su interior. Señor. Había pasado de ser escoria a ser Señor. Su mirada se perdió en el mar, una sensación de mareo le sacudió al dejarse llevar al borde del recuerdo. Los ojos de su madre aparecieron frente a él, llorosos, nublados, suplicantes.

– ¡No lo hagas, hijo mío, no lo hagas! – le imploró aquella vez, pero él ya lo había decidido; esa huída era su única oportunidad de triunfo.

La incomprensión de su viejo, el dolor de verle voltearle la espalda.

– Hazlo, y no serás más mi hijo.

– Un día lo entenderás, papá – le dijo entonces – Comprenderás que hay vida más allá de tu lucha y tu credo, y me perdonarás. Sabía que al irse obligaría a sus padres a darle por muerto, pero estaba decidido.

Para cuando los tiempos cambiaron y se le permitió regresar, y ser ya no más una escoria sino un señor, y hospedarse en la suite más costosa del mejor hotel de la ciudad, sus padres ya no estaban. Hoy volvía a pisar su ciudad pero ya nada le quedaba en ella. Había heredado un nuevo status social, y el constante intento de las fieras citadinas por rapiñarle los billetes  de su cartera. Tenía la piel más blanca, y unas libras de más, pero ya no podría recuperar los años lejos de sus viejos, ya no sabría si su padre alguna vez le perdonó.

Víctor cerró sus ojos apretándolos fuertemente, no pudiendo contener los riachuelos que mojaban sus mejillas. Maldijo por lo bajo, a la crueldad de aquella imposición que obligó a sus padres a enterrar a un hijo vivo, al absurdo de volverle plaga donde pudo ser primavera, a la maldita estupidez el hombre.

Bebió de un trago lo que quedaba en su vaso y salió de la habitación. Buscó el auto que había alquilado y enfiló hacia la avenida, rumbo a la casa de Zoila, el gran amor que abandonara –como a sus padres– cuando decidió apostar por un futuro en la lejanía. Aceleró, rezando que al menos ella todavía viviera allí, en la casita verde, donde tantos años atrás aprendiera a amar.

Y descubrimos con desilusión que no sirvió de nada…

Remembranza

Canta la canción de las noches perdidas

quema como el gas azul de los mecheros

sirve para echar vinagre en las heridas

miente como mienten todos los boleros

Sabina

 

Me fui al mar buscando las musas, imponiéndole a la casualidad alguna presencia, arañando una probabilidad de risas. Me fui al mar y al llegar te encontré.

No te quiero, no me importas, más me lates el recuerdo entre estas olas, tan amigas del desánimo y la soledad. Me invade el olor a sal y es la bruma del sudor sobre tu espalda la que altera mis sentidos. ¿Dónde estás? No quiero verte pero ¿dónde estás?

Me vine al mar y el horizonte está tan lejos como tu de mi, inalcanzable, perdido. Si lanzara una botella mensajera a las aguas no vendrías, si llorara tampoco.

No soy más la prisionera de tus horas, ni te anhela mi deseo, ni te imploro. No te busco entre las risas de mis sueños, ni quisiera yo volver sobre mis pasos. No me tienes, mas viniste a mí, en cada ola, esta tarde.

De haber tenido algo de alcohol y a Pasión Vega cantando esta canción tal vez hubiera terminado llorando, y lanzando la maldita botella al mar.

 

 

Encuentro

Estaba nerviosa, como nunca. La expectativa, el anhelo y el deseo le llenaban los rincones. Se sentía ligera, como adolescente en primavera. Había esperado tanto por ese momento. Cuántas letras se habían derramado, cuan larga había sido la espera.

Él estaba a punto de estallar, poco faltaba para que arremetiera contra el reloj que parecía no avanzar. Había soñado tanto con este día, imaginando cómo iba a ser.

Habían soñado durante mucho tiempo, juntos, uniendo sus letras en una fantasía común, un anhelo imperante que ya no soportaba más la frialdad de la distancia.

Cuando las palabras escritas se hicieron insuficientes, y el sexo telefónico no bastó, cuando la voz se anheló susurrante en el oído, y el olor ya no quiso ser imaginado; cuando las manos fueron invadidas por la urgencia de sentir la otra piel y los labios protestaban ante tanta sequedad; cuando el chat se hizo estorbo más que amigo lo decidieron: tenían que conocerse personalmente.

Ahora estaban ahí, a tan solo minutos, escasos minutos, de poder verse al fin. Tomarían vino, escucharían música, esa que gustaba a ambos, bailarían y, al final, tendrían sexo, lo sabían, se deseaban demasiado como para dejar pasar la noche sin tenerse. Él quería tener sus manos entre las suyas, ella quería abrazarle. Todo sería perfecto, no podía ser menos.

Avanzaban al punto de encuentro con la ansiedad a flor de piel. De repente él divisó el vestido rojo que le dijo que llevaría puesto. Su cuerpo delgado, sus piernas. Una sonrisa invadió su rostro. Alzó su mano en un saludo, aun lejano, y sin darse cuenta apresuró un poco el paso.

Ella le vio saludarle y sonrió de vuelta, era imposible no hacerlo si de él se trataba. Ya divisaba su melena alborotada, como en las fotos, aquellos rizos revueltos que tanto le gustaban. Su estatura, sus brazos, su tez.

Al fin sus cuerpos se acercaron. Las puntas de sus pies casi se tocaron, el sentía su olor, ella veía el lunar de su nariz.

Y ahí, cuando nada más debió importar, cuando convenía que la alineación astral fuera perfecta, y la danza magistral del viento debió arremolinarles los amores uniéndolos en un beso… algo se rompió.

No hubo nada. Las miradas no lanzaron chispas alrededor, no crepitaron los cuerpos la energía contenida, no se imantaron. Se drenaron los deseos y las empatías. Se sellaron las sonrisas. Un velo sombrío les redujo a desconocidos.

Y así, sin tocarse siquiera el dio un paso atrás, ella volteó la espalda. El viento abandonó el vestido rojo y los rizos rebeldes. La palabra siguió muda, el sexo en la sequía, las manos inertes.

Y en algún antro resonaba, como un karma vil, una voz con acordes de guitarra: le sonrió, con los ojos llenitos de ayer… no eres quien yo espero.

Quizás, quizás, quizás

La vida es un sometimiento a las esperas: largas y tortuosas, cortas y soportables, necesarias e imprevistas.

En esas ocasiones en que la benevolencia -de la vida, el azar, los dioses- decide premiarte, como versa la canción, con la recompensa por tanta espera, puedes al menos vanagloriarte en decir que valió la pena esperar. Pero ¿qué pasa cuando aguardas por tiempos y tiempos para descubrir que sigues en el mismo sitio –con tu bolso de piel marrón y tus zapatitos de tacón-?

Ser paciente se cultiva en la esperanza, en la ilusión; se crece en la fe de que la buenaventura llegará, en lo obvio de su obtención. Ser paciente se cultiva aprendiendo a amarrar los demonios de las dudas y las desesperanzas. Pero cultivar la paciencia no es cosa fácil.

Lo triste es que, en ocasiones, por más que te preguntes que cuándo, cómo y dónde, la vida siempre te responde quizás, quizás, quizás. Y te dejas la piel, y empiezas a odiar los relojes y los ciclos. Quisieras entonces detener el tiempo, o pegar un salto: si saltas del presente al día justo ya no tendrás que esperar.

Yo le he esperado durante siglos. A través de éstos la certeza se fue desvaneciendo para dar paso a la incertidumbre esperanzada, luego a una ilusión apuntalada, el desgaste de las probabilidades… y el desespero. Yo le he esperado y ya escuece el alma ver que incluso el quizás se va desvaneciendo.

Me pregunto si la vida alguna vez ha esperado algo, si conoce la agonía de lo incierto, si en alguna ocasión se ha vuelto centinela, vigía de la llegada del milagro del fin de la espera. Los años dicen que el quizás será pronto un sinsentido, que en la bruma de los tiempos quedará solo la mirada hacia ambos lados del camino: lo que fue, y lo que ya no será.

Yo no sé qué pasará, si habrá respuesta al final de la vigilia, o si llevaré por siempre mi vestido de domingo. Pero sé –estoy segura– que ya no quiero bailar más este bolero.

 

 

Vuelo

¡pero eso sí!- y en esto soy irreductible-

no les perdono, bajo ningún pretexto,

que no sepan volar.

Oliverio Girondo

No hay nada en la vida como despegar los pies del suelo. Ese instante en el que sientes que te elevas sin control es único.

Nos pasamos el tiempo andando entre planes, problemas, necesidades, obligaciones; pero cuando somos capaces de abandonarnos a nosotros mismos y despegar, definitivamente logramos atrapar la mejor de las suertes.

Despegarse del suelo tiene su costo –como los sueños– pero la vista desde lo alto es tan increíble, vale tanto la pena, que no reparamos en lo que costará, simplemente nos damos a disfrutar del cosquilleo del viento jugando con las plantas de nuestros pies, de la dicha de alcanzar las nubes, de volvemos aire.

Es un acto de inconciencia, no se planifica alzar el vuelo, sino que de repente te descubres flotando, rodeada de risas y pasiones; cuando te das cuenta ya estás en lo alto, o incluso, tal vez, ya fuiste y regresaste.

Si nunca has volado te invito a que lo hagas, es algo extraordinario, indescriptiblemente placentero. Solo déjate llevar cuando sientas que el viento cambia de dirección, aprende a detectar los remolinos en tu pecho y suéltate, abre los brazos sin temor a las alturas, ni a los abismos, ni a las caídas, sin temor a los rasguños ni a las tormentas. Sin miedos.

Yo lo he hecho, he volado. Te puedo asegurar que es mucho mejor que andar.

 

Sueños

Dicen que soñar no cuesta nada, pero sí que cuesta.

Cuesta dedicar tiempo a tejer con las agujas de tus anhelos toda una estera de fantasías. Cuesta desatender otras empresas, porque a veces te quedas así como embobada, mientras tus ilusiones se dan riendas sueltas y se desprenden por delante de tus pies.

Soñar en ocasiones te vuelve incauto –con tu corazón, digo–, descuidas las verdades y, cuando vienes a ver, le tienes indefenso en una red de ensoñaciones, enredado ahí, sin saber como zafarse.

A veces pagas demasiado por un sueño, te descubres de pronto renegando de la realidad, queriendo huir de ella y quedarte ahí, tras tus ojos cerrados, donde todo es luz, donde tus manos se llenan, y la risa es plena, y tienes todo.

Lo más costoso de soñar es despertar. Es el precio más alto. Despertar en ocasiones cuesta tanto que el pago nos saca sangre y sudor, y lágrimas. Es entonces cuando tus sueños tropiezan y sin querer los pisas; y se estrangulan con las riendas que ahora aprietan demasiado fuerte.

Despertar es tan alto precio a veces que algunos prefieren quedarse para siempre ahí, entre los sueños, en un alquiler perpetuo de ilusiones.

Dicen que soñar no cuesta nada, pero sí que cuesta. Te lo digo yo, que tengo los bolsillos vacíos.