Una puerta se levanta frente a nosotros, contamos ya los minutos para poder abrirla de una vez y traspasarla. A nuestra espalda otra puerta abierta, envejecida, espera cerrarse a su vez. Cuantas historias dejamos tras esta última, cuántas nos esperan tras la que aún permanece cerrada. El ciclo ha llegado a su fin, y otro comienza.
Trescientos sesenta y cinco habitaciones que hemos de cruzar, cada una en el espacio invariable de veinticuatro horas, cada una con su vida propia, con su incertidumbre, su dosis de alegrías y de tristezas. Atrás quedan tantas cosas que hemos vivido, y cargaremos a nuestra espalda lo que podamos y debamos llevar para cruzar la nueva puerta, más otras vivirán ya en el pasado, el que –al cerrarse la puerta– quedará atrás ya sin remedio.
Mi deseo es que cada amigo tenga frente a si la mejor de las entradas, y el más bello de los recorridos, que cada habitación que les aguarde tras la nueva puerta sea un estallido de júbilo y buenaventura; que lluevan los amores, que se cumplan los planes, que las buenas sorpresas inunden las pupilas, que las lágrimas sean solo de alegría y las risas plaguen cada amanecer y el placer cada anochecer.
Sabemos, sí, ya sabemos, que la realidad estará totalmente matizada, pero yo quiero imaginar que todo estará bien, porque sí, porque lo merecemos, y porque para los amigos solo tengo pensamientos buenos y deseos insuperables.
Vayan acercando pues la mano al picaporte y, mientras, sueñen el mejor de los futuros, la más intensa de las travesías; y cuando esta puerta nueva pase a ser la desvencijada y abierta a nuestras espaldas nos encontraremos nuevamente aquí, y les traeré una vez más los deseos de todo el amor y el cariño que pueda caber en un corazón, un abrazo fuerte y apretado, un beso y un Felicidades del tamaño del Universo.
Felices fiestas y la más feliz de las vidas a todos ustedes que me leen.



