Quiero comer pescado

En nuestro país se desarrollan cada inventiva que dejarían abrumado al gran Da Vinci. No pocas han sido las chanzas acerca del tema de que los cubanos comemos “pollo por pescado”. Muchos se han preguntado dónde se mete el pescado que supuestamente podría encontrarse fácilmente en una isla, al estar ésta rodeada de mar. Y tras tanta interrogante y tanto bonche, así como por arte de magia, ha reaparecido el pescado en las carnicerías cubanas.

“Cogí el pescado ayer” me dijo, y no supe descifrar si la sonrisa en sus labios era de sarcasmo o de júbilo.  “De una a tres personas te dan un pescado. A mí me dieron dos. Setenta pesos”. Lo miro, no sé, realmente no me decido, si reír o llorar, o estallar en improperios. Setenta pesos. Dos pescados. A algunos, los que pueden pagar –y pagan- más de cien pesos por un solo pescado de izquierda, o la carne de cerdo a sesenta o setenta la libra, o la caja de pollo de contrabando, podría parecerles bien ¿qué son setenta pesos? Pero ¿desde cuándo los precios “socialistas” han de establecerse tomando como medida los bolsillos más abultados? La maestra que no tiene cómo vivir del invento porque nadie compra tizas (aunque algunos compran notas, pero otros no venden la ética), el jubilado que ve  sus tantos años de trabajo resumidos a poco más de 200 pesos, la recepcionista, la auxiliar de limpieza, la oficinista de una Empresa que aún no se acoge al perfeccionamiento ni al pago por resultados… en fin, la mayoría ¿qué son setenta pesos para estas personas? Quizás algunos piensen que exagero, pero yo que veo la vida con el color de la realidad que me ha tocado vivir digo, sin el más mínimo dejo de temor a equivocarme, que setenta pesos es mucho, para estas personas, para su salario del que viven, es mucho a pagar por dos pescados que significarán, supongo, dos comidas.

Lo de los setenta pesos es relativo, en realidad. El precio establecido es de veinte pesos la libra. Dos pescados pueden costar setenta pesos… o más. A veinte pesos vende el carnicero la jamonada “por fuera”, a 15 el picadillo, también “por fuera” ¿Nos estará vendiendo el Estado pescado por la izquierda? ¿O pescado liberado acaso? Un producto de la libreta a precio de liberado, me da por pensar en alguna especie de augurio, acostumbrada ya a las sutilezas no tan sutiles que suelen anteceder a los cambios radicales en nuestro país: hoy despiertas con una buena noticia que –aparentemente– te está ayudando y mañana esa “ayuda”, esa “bondad”, se convierte en un sablazo que te hace la vida aún más difícil, si cabe. Y un incremento para la alcancía del carnicero que ya tendrá otro producto para vender “por fuera” ¿a cómo lo venderá? Seguramente no a veinte pesos, porque a ese precio ya otro se le fue alante.

Yo quiero comer pescado, pero no quiero pagar la libra a veinte pesos, porque me parece una estafa. Una estafa al bolsillo trabajador, el que no cuenta con la remesita; al ideal pregonado a diestra y siniestra; a la permanencia; al pueblo. Quiero comer pescado pero no quiero ceder a la injusticia de un precio que no se acomoda al estado real de la media, de la clase trabajadora, la clase baja. Quiero comerlo, pero me va a atorar –y no precisamente una espina – cuando intente tragarlo.

A río revuelto ganancia de pescadores ¿Cuándo le tocará pescar al pueblo?

 

Pd del día 29: Hoy supe de otra persona a la que sus dos pescaditos le costaron, ya no setenta, sino ciento veinticinco pesos.

Ana Karol

Tiene unos ojos que se prenden en los tuyos como grilletes. Te aprisiona la mirada y ya no puedes sino naufragar en esa negrura de luz. ¿Cómo puede algo tan negro como sus pupilas desbordar tanta luz?

Tiene el don de cautivar corazones, lo presiento. Y una magia que me arranca la ternura a cuajos, me deja indefensa, inundándome el pensamiento con su existencia. Me ablanda el corazón; blando como las plantitas de sus pies.

No es mía, no me pertenece, mas me ha robado el alma toda con tan solo habernos encontrado en una fracción de luz. He dejado ya trozos de noches a su lado, y no me pesan. He dejado horas a su disposición, y no me bastan.

Es tan blanca como no lo será jamás este mundo, tan pura como no existe igual en el universo ¿Cómo podría amarla más si fuera mía? ¿Cómo podría soportar mi corazón tanto amor? Que llegue a amarme, es lo único que pido a cambio.

No se, pero se me ocurre que quizás estoy enamorada. He revisado mi corazón esta mañana y he notado que le faltaba un trocito. Sospecho que lo dejé acostado anoche en una cuna.

Bienvenida a mi vida pequeña Ana Karol, mi tortuguita conejita. Sé feliz. Yo haré todo cuanto esté a mi alcance y más para que así sea.

 

 

Mírame, luego desnúdame

Ella mueve la pieza delante de sí, ahora el frente, luego la espalda. La observa detenidamente. Le gusta. Y es que es bonita: un ropón blanco de dormir, largo hasta las rodillas, con el escote marcando la forma del seno decorado con un encaje, y un lacito en el centro. La tela es fina y suave, transparente, seductora.

– Cómpratelo –le digo– a tu esposo le va a encantar, cuando te vea con eso puesto no se va a poder resistir.

– Ay hija –me responde con expresión de desencanto– si lo de él es llegar y quitarme la ropa, él ni se fija.

Le gusta el vestido, probablemente teje en su mente las más eróticas fantasías mientras lo mira e intenta decidir si lo compra o no. Quiere verter su sensualidad en el juego previo, que su hombre se fije en la pieza nueva que compró para ella, y también para él; pero sabe que no le arrancará un elogio, lo más probable es que incluso ni se percate de que el roponcito que lleva puesto es nuevo. Lo devuelve. Esa noche usará la ropa interior de siempre.

Cuántas veces las mujeres buscamos hacernos cambios en nuestro aspecto, compramos lencería nueva, nos pintamos las uñas, nos arreglamos el pelo, buscamos llamar la atención de nuestro hombre, provocarles un elogio o una expresión de grata sorpresa, y el esfuerzo queda enterrado en lo cotidiano, en lo imperceptible, no mueve la más pequeña fibra de apreciación.

El acicalarse para la pareja es un instinto natural –incluso de los animales– y jamás tendrá como objetivo pasar desapercibido, sino todo lo contrario, pero la mayoría de los hombres parecen dejar pasar de largo este detalle. Nosotras, por ejemplo, solemos poner especial énfasis en la ropa interior que usamos la primera vez que nos vamos a la cama con un hombre, preguntemos cuántos recuerdan al día siguiente por lo menos el color.

Desencanta, no puedo decir lo contrario, dedicarle tiempo y entusiasmo, y hasta recursos, a un llamado de alerta sensual que luego será echado a la basura sin la menor de  las atenciones. Afecta, desmotiva. Sería bueno si nuestros hombres tomaran un poco de conciencia en esto, si se preocuparan un poquito en darse por enterados en estos aspectos que tanto nos importan a nosotras. Agradeceríamos que pudieran comprender que una mirada de aprobación hacia una tanga puesta, que luego quitarán, pero que antes se exhibe en el cuerpo de la mujer, seguida por un destello de lascivia, puede ser el comienzo perfecto para el juego sexual. Y recordarla luego, vendría a ser la guinda del pastel que nos incitará a seguir lanzando nuevas señales en el futuro.

No es tan difícil chicos, es solo cuestión de darle importancia a lo importante. Nosotras solemos hacerlo ¿No podrán hacerlo entonces ustedes? Yo pienso que sí. El asunto es simplemente tomar conciencia y querer hacerlo. Les aseguro que todo será más bonito y placentero para ambos, ya saben, desterrar la apatía, cuidar también de las cosas pequeñas, esas que contribuyen a alimentar el fuego de la pasión y las ganas de seguir siendo la hembra de mejor plumaje para nuestro hombre.