Dioses

A Duda, que me inspiró, como tantas veces.                                                                Gracias amiga.

 

Es fácil ser un dios en estos tiempos. Basta con ser una persona cualquiera, y que alguien más decida poner su fe en ti. Los dioses modernos no necesitan hacer milagros palpables para alcanzar la deidad, solo precisan de un grupo que decida poner los  ruegos a sus pies y la fe en su existencia.

Un guerrillero, un hombre de lucha ¿Cómo alcanzó la deidad? ¿Por los tantos hombres que mató en la guerrilla? ¿Por no flaquear –dicen– cuando le llegó la muerte? Un guerrillero muerto recibe ofrendas y súplicas. Un Guerrillero-dios.

Otro hombre, un mendigo, mira eternamente –sin ver– a la gente que pasa sin cesar. Su barba reluce, pulida, símbolo de miles de peticiones: suerte, dinero ¿amor? Nada de lo que él tuviera antes de morir. ¿Qué hizo entonces para que hoy tantos crean que puede concedérselos? ¿Recoger sobras de una cafetería? ¿Deambular sin rumbo por las calles mostrando su suciedad, hablando a todos y a nadie en particular? Un loco vagabundo. Un Vagabundo-dios.

Hoy en día cualquiera puede ser un dios: acaso un gobernante fallecido cuyos ideales no dejan descansar en el pasado; o tal vez un futbolista legendario que al partir al más allá arrastrará mares de lágrimas, y el epíteto “Dios” que le adjudican en vida tomará más vigor y veracidad tras su muerte.

Lo triste, cómico, paradójico o preocupante es que Dios –El Dios– pierde cada vez más popularidad ¿Por envejecido? ¿Por no cumplir promesas? ¿Será acaso dialéctica de la fe? No lo sé, pero a tantos dioses modernos el antiguo, el niño del pesebre, el de los grandes milagros, va siendo el rostro que cada vez menos busca la humanidad para creer. Y se ve éste cuestionado, contradicho, juzgado. Le piden pruebas, testimonios palpables de su deidad, quieren que demuestre que es verdaderamente un Dios, así, con D mayúscula, el portador de milagros; mientras los otros, los contemporáneos, tan solo necesitad volverse populares.

Tal vez un día sea yo también una deidad, si consigo hacerme lo suficientemente popular antes de morirme. Y entonces vengan personas de todas partes a poner flores a los pies de una escultura que me represente, y me pidan –me imploren- por sus más intrínsecos deseos. Y deberían, tomarme por su diosa, su patrona, la estampa en sus mesitas de noche, porque si yo tuviera el poder de una deidad daría a todos lo que les hace felices porque ¿qué sentido tiene ser un dios que reina sobre la tristeza?

Imágenes, esculturas, símbolos… el hombre necesita creer, precisa saber que en algún sitio existe un ser más poderoso que es capaz  de darle –y tiene a bien hacerlo– aquello que tanto desea pero cuya realización se escapa del alcance de su mano mortal. El hombre necesita pensar que “más allá” alguien vela porque lo imposible pueda hacerse realidad, porque lo inalcanzable pueda llegar a tocarse, y lo inexplicable encuentre una excusa para existir. El hombre necesita de sus dioses –existentes o no–, por eso cada día se inventa uno nuevo.