Mujeres

Es verdad que ustedes son superiores, son capaces de hacer lo que nosotros los hombres no podemos. Me decía un hombre el otro día, mientras yo le ayudaba a realizar una labor que le resultaba imposible a sus torpes manos, mientras en las mías la tarea danzaba cual grácil bailarina. Somos en realidad un complemento, le respondí, nosotras los necesitamos a ustedes tanto como ustedes a nosotras. Y es cierto. Pero también es verdad que si sacáramos un cálculo estadístico veríamos que el diapasón de capacidades de nosotras las mujeres es más amplio que el masculino, las mujeres solemos abarcar más, y casi siempre en menos tiempo, y casi siempre más profundo. Y no me refiero solo a las labores, sino también a las emociones y los sentimientos, a los pensamientos, a nuestra condición de mujer.

Tenemos un día para celebrar que nacimos féminas, y tal vez este día no sea más que una cortesía masculina, pero más allá de eso da un motivo para detenernos a pensar qué significa ser mujer. A veces nos quejamos de que la naturaleza se ensañó con nosotras y nos dio más obstáculos físicos que a los hombres, que nos hizo más frágiles, más limitadas. Sin embargo se me ocurre pensar que son esos pequeños cráteres físicos los que nos engrandecen porque, a pesar de todos ellos, conseguimos igualarnos con aquellos a quienes se les ha denominado sexo fuerte.

No es feminismo, es condición. Las mujeres amamos con una intensidad diferente. No digo que amamos más, porque también el hombre es capaz de amar, digo que nosotras amamos diferente, nos damos de otra manera, una que es nuestra y que solo nosotras somos capaces de sentir y de demostrar. Tenemos ese instinto maternal que hace sonar la alarma de nuestro reloj biológico cuando llega el tiempo. El hombre desea tener hijos, nosotras lo necesitamos, lo gritan nuestras entrañas, nuestro cuerpo nos desgarra por dentro pidiendo a gritos que por favor le pongamos una nueva vida dentro. Y luego la experiencia de gestar: única, incomparable.

Las mujeres somos un torbellino indetenible, podemos ir de la más frágil dependencia a la más empedernida de las voluntades. Nos amamos, nos bastamos, nos sabemos. Ser mujer es portar todo un arsenal de posibilidades ante la vida, un sinfín de caminos posibles, de actitudes –y aptitudes- probables. Sensitivas, emocionales, capaces, esforzadas, voluntariosas, sacrificadas. Amantes, amigas, consejeras, líderes, esposas… Madres.

Las mujeres somos un amasijo de condiciones para enorgullecernos, para celebrar –nos –,  para vivir. Ser mujer es tener la capacidad de darle a la vida una mejor forma, y un mejor color. Es saber moldear la historia, recitar el dolor, trastocar la muerte. Ser mujer es ser grande, es agregar un latido al corazón, es jugar a ser naturaleza.

A todas mis amigas, a todas las mujeres: por ser excelsas, por dotar a la vida de ese ingrediente único e indescifrable que sazona de amor y alegría, por cada pulsación que insuflan  a las venas de la existencia misma. Por ser mujeres. Felicidades.

Los monstruos de la vida

La vida es triste. Demasiado.
¿Cómo se le dice a un niño que debe dejar ir a su madre, que está bien soltarle hacia el jamás? ¿Cómo se le enseña a un niño a seguir viviendo con esa ausencia en su vida?
¿Cómo se resigna una madre a partir dejando atrás a su hijo, sin ella, solo?
A monster calls (Un monstruo viene a verme, en español) es un libro que narra la historia de Conor O’Malley, un niño de 13 años que tiene que vivir el martirio del cáncer llevándose la vida de su madre, cambiándole la suya propia por completo. Es la historia de un niño que tiene que aprender, demasiado pronto, lo dura y triste que puede llegar a ser la vida, con sus monstruos queriendo devorarnos todo el tiempo, llevarnos a los abismos.
La historia entreteje la fantasía y la realidad en la búsqueda de una salida para Connor, una salida ante tanto dolor: ¿Está bien desear que todo acabe, cuando ese fin significa la muerte de su madre? Un monstruo aterrador –la muerte– la arrebata de sus manos, a la vez que otro monstruo intenta hacerle comprender que está bien dejarle ir, que es necesario aceptarlo sin sentirse culpable.
No puedo describir el sabor de boca que me ha dejado esta historia. No consigo encontrar las palabras justas para exponer los pensamientos y las sensaciones que me han provocado el libro y la película. Mas una pregunta se me ha quedado clavada en la mente ¿Por qué escribir semejante libro? ¿Para qué plasmar tanto dolor?
No puedo evitar crear un paralelo con la realidad y pensar en los niños que, como O’Malley, se enfrentan a situaciones como estas. Quedarse sin su madre, no poder asirles, no tener la cura. Y la rabia y el dolor corroyéndoles por dentro y no encontrar aliciente, no saber qué hacer. Tampoco puedo dejar de pensar en la madre, que se va, que sabe que se va, y tiene que dejar solo a su chiquillo. Cuánta impotencia, que dolor tan terrible. ¿Qué hacer: mentirle, decirle la verdad? ¿Cómo darle consuelo a su pequeño? “Ojalá me quedaran cien años, cien años que darte”, dijo la madre de Connor. Y es que la niñez no es una edad para tener que ser valientes, es la edad de ser felices. Es la edad de, al sentir miedo, tener a la madre para dar arropo y protección.
El libro me entristeció. La película me hizo llorar. No me gustó. No debería escribirse literatura juvenil como esta. Tampoco me gusta esa parte de la vida, porque el libro es tan real, es tan cierta la muerte y su dolor, tan verídico que los niños pierden a sus madres, y que las madres no pueden hacer para quedarse, que da rabia.
A veces la vida, también, da un poco de miedo.

 

Un-monstruo-viene-a-verme-Ed.-Patrick-Ness

Mi heroína

De héroes todos sabemos un poco. Héroes reales, héroes ficticios. Héroes de guerra, de paz, de amor. Ella ha sido la gran heroína de mi vida, poderosa, incondicional.

La primera vez que abrí los ojos al mundo fue su rostro lo que vi, su sonrisa radiante; y su amor y felicidad me inundaron como un hechizo de protección. Hizo ahí entonces un pacto con el destino: amarme y protegerme todos los días de su vida.

Guerrera incansable de batallas libradas y por librar, con sus piernas firmes, piernas de hierro, a pecho descubierto, a manos limpias, arrancó trozos a la vida por mi. Siempre dispuesta, siempre a mi lado; dándome luz en días oscuros, calor en días helados, risas en el llanto. Sobrevolando desiertos y páramos, sus manos arañando la tierra, arrancando la raíz.

Llevo su savia y su esencia en estos huesos. Mi mano pequeña en su mano, mi mano grande en su mano. Sus brazos sosteniendo mi cuerpo menudo, mi brazo rodeando sus hombros. Hoy las canas coronan su cabeza y sigue siendo majestuosa, grande, poderosa, sabia. Mi heroína de toda la vida, mi más fiel amiga.

Y es dulce, y es buena. Mi compañera del café compartido, de la canción a dúo, de la conversación política, y las historias de vida. Mi musa, mi ejemplo, mi guía y sostén. La presencia obligada en esta vida que llevo.

¡Cuánto le amo! ¡Cuanto! Y también cuánto le debo. No podré jamás saldar la deuda, pagar tanto amor que me ha dado, tanta entrega. No me bastarán mundos, vidas y hazañas. Solo puedo darle amor a cambio, mi amor también incondicional. Solo puedo abrirle el pecho a la vida por ella, intentar darle la paz, la risa, la felicidad.

Mi heroína. Mi madre. Mi gran amor.

Mira Carmela

Si te viera Carmela” repetía aquel viejo sin parar. Si botaba la sopa, y si no se bañaba, si juntaba la curda de la noche con el ayuno del día siguiente, o si metía alguna puta en la cueva que irónicamente llamaban casa. “Si te viera Carmela” repetía aquel viejo a toda hora.

Le quería gritar que se callara, que aquella diabla se había ido cuando él era apenas un retoño de tres años; agarrando su bolsa desvencijada con tres trapos dentro y se marchó -solo Dios sabe a dónde- sin mirar atrás.

El viejo, que no era un viejo entonces, le buscó de día y de noche, y le lloró de madrugada; y en un corto baile de luna se le cubrió la cabeza de una escasa pelusa blanca, se le arrugó la piel, se le perdió la mirada. Nadie supo nada más de Carmela, y Dios, que era el único que sabía a dónde había ido, no dijo nada.

A él le daba igual quién lo viera, es más, le daba igual lo que hacía, o si lo hacía, veinte años de existencia habían sido demasiada agonía para él. Había perdido algunos dientes en una paliza que le dieron, su cuerpo flaco ostentaba la inconfundible cicatriz de una bala entrando y saliendo, otra huella de un puñal aquí, un poco de mugre allá, y los huesos rebasándole la piel. Y las peores cicatrices iban por dentro, esas que nadie veía le laceraban el alma como un cuchillo mellado.

Hambre, tristeza, depresión; nada tenía, nada era. Daba igual si era día o era noche, si llovía, o hacía frío, o calor; para él nada tenía sentido ni razón de ser, solo sucedía los días uno tras otro porque sí, porque había que respirar. “Si te viera Carmela” ¡Que ira le desataba aquello! ¡Que ganas de propinarle par de golpes en la boca y hacerle callar de una vez! Pero no podía hacer eso, era solo un pobre viejo que, como él, había perdido todo.

Ya no quería vivir. Cada noche se decía “mañana no amanezco”, pero amanecía. Ahogaba su existencia en el alcohol y la hierba. Y la rabia, la rabia le consumía más que el hambre misma. No podía más, quería el fin, pero le faltaba valor.

Amaneció en su agonía por un tiempo incontable, hasta que una vez la vida en su sarcasmo le cambió la suerte. Lo primero que vio fue la cara del viejo, sus ojos parecían haber perdido aquella niebla gris, incluso algunas arrugas parecieron desaparecer. Como si un clamor urgente le llamara alzó sus ojos y vio frente a él un cuerpo de mujer en un vestido de sol. Su pelo ondulado, sus ojos grandes, las manos temblorosas. Reconoció en aquel rostro los ojos que veía al mirarse en el espejo, y el mismo contorno de sus labios. “Carmela” dijo el viejo, y echó a llorar.

Una extraña calma le invadió, y sintió el valor inundar sus venas. La sangre bombeó más aprisa, como rogando salir. Se levantó despacio y entró a la casa. Un latido, dos, tres. Salió. Sonreía, pero sus ojos delataban un brillo inconfundible.

Miró fijo a esos ojos suyos en otro rostro. “Mira Carmela”, dijo, alzó su mano sosteniendo aquel objeto inconfundible y ¡pum! El ruido estridente inundó todo el lugar, el cuerpo cayó flácido al suelo, una inmensa mancha roja le rodeaba salpicada de trozos de sesos. Ahora sí, que le viera Carmela.

Madres

La niña lloraba desesperadamente, gritaba, se encogía sobre su cuerpecito, hecha un ovillo intentando resistir, pero ni así cesaban los embates del brazo de su madre descendiendo con fuerza sobre ella, dejando marcas por toda su tierna piel de infante.

Era una vecina quien calmaba a veces el hambre de la pequeña, la buena vecina que tantas veces rogó “Déjame tenerla”, pero la respuesta de la madre fue siempre la misma: “Es mi hija y hago con ella lo que quiera

Fue hasta una vez que uno de los hombres con los que estaba tomado alcohol y fumando hierba en una noche cualquiera, se percató de que la niña convulsionaba tirada en el suelo –sabría Dios desde cuando- que ella dejó de hacer con la pequeña a su antojo. El cuerpo de la niña llegó sin vida al hospital.

……….

Ileana tiene hoy cuatro hijos, cada uno de un padre diferente. Pudo haber tenido cinco si una pequeña no se le hubiera muerto a los pocos meses de nacida. Algunos vecinos especulan que fue por mala atención.

Cumplió un año de cárcel por desatender a sus hijos, cuando aquello solo tenía dos. Se iba de juerga por las noches con el macho de turno y dejaba a su hija pequeña al cuidado de su hermanito mayor, no mucho mayor. Dos niños solos en la casa. Un año le dio la ley.

Son historias tristes, pero reales; reflejo de otras tantas que se escuchan alguna vez.

He conocido mujeres a quienes el pecho no les alcanza para guardar el corazón que llevan dentro, mujeres cuyo mayor anhelo en la vida ha sido tener un hijo propio, un retoñito muy suyo al que dar la vida, cuidar, mimar, cantar canciones de cuna, hacerle cuentos, llevar a la escuela. He conocido mujeres que harían hasta lo indecible con tal de tener la oportunidad de ser madres, y esta posibilidad les ha sido negada.

Nunca entenderé a la vida en esto. Ni le justificaré. Nunca llegaré a comprender cómo es posible que la vida niegue a estas mujeres la gracia de llevar un hijo en su vientre mientras que a esos monstruos les premia con ese favor.

Yo lo haría diferente. Yo ahogaría tanto llanto: el de esos niños, y el de esas madres; esas que, sin serlo, llevan a cabalidad la condición.