Tengo un par de amigas que tienen manos mágicas. Muchos aquí las conocen, otros no. Mis amigas escriben mojando la pluma en su corazón, cada trazo es un poco de vida, y un poco de ellas mismas. Cuando visito sus blogs me rehago, son el aliciente que tantas veces necesito. Ellas han escrito -a petición mía- su «Sueños en la chistera», tan espléndidos y cautivadores sus escritos que ya este mío precisa de aquellos como apoyo, como complemento. Les invito a leerlos, encontrarán los links al final de mi Sueños…
Duda, Vivian… gracias por estar, chicas.
“Mientras las musas no me den la espalda brindaré bajo un pliegue de tu falda por Dylan, por Brassens, por José Alfredo. Y seguiré cantando y blasfemando contra todos los dioses, celebrando las ganas de vivir, muerto de miedo. ” (JS)
Un sombrero, una guitarra, y una musa que guarda en su cofre las mejores frases, y se las sopla en el aliento de un beso que deja en su boca. Es un hechicero disfrazado de poeta y de músico, agita su varita en forma de cuerdas, destapa su sombrero en forma de voz, y se hace la magia.
Irreverente, desenfadado, inteligente, exquisitamente cínico. Su arte es único, y es personal. Con su voz que lastima melodías, que rasga los sonidos, que más que cantar, dice, nos regala las historias de los amores perdidos, de las pasiones encontradas, de las fulanas y los desdichados. Sus canciones se entierran en los sentidos, no pasan desapercibidas a la intención, serpentean por la mente escarbando ahí, regando, estimulando. Nos enamora, nos teje una red de metáforas y frases perfectas y caemos, o mejor dicho, nos lanzamos al encuentro voluntario, le pedimos que nos cuente una y otra vez sus historias, las que esconde su guitarra, las que ocultan los años y las madrugadas.
Yo le veo como una perfecta compañía para una noche bohemia, esas noches de empapar el alma en el alcohol, mirar dentro de sus ojos entre la penumbra y el humo de su cigarrillo, derrochar los corazones, acariciar la guitarra hasta el cansancio, desafinando sus canciones mientras él, gentil, juega a no darse por enterado, riendo, disfrutando, viviendo las horas más hermosas del mundo. Retozando en las banquetas, dando vida a la barra, intentándonos una suerte que nos dure solo esa noche, no se precisaría de más, bastaría el sueño de esas horas.
Cómplice de tantos solitarios, de los buenos amores; profeta en su propia tierra. El rey, el maestro. No habrá música contada ya sin su presencia, se ha grabado para siempre su nombre entre los grandes, entre los imprescindibles. A mi me cautivó desde el primer encuentro, la vez aquella que decidí probar de su néctar, del delicioso sabor del soplo de sus musas, y me abrazó con tal fuerza, fue tan exquisito su calor, que ya no pude ni quise soltarme. Desde entonces voy pegadita a sus huellas, colgándome de sus brazos cuando el alma se me pone errante, cuando enloquece desbordada de un sabor agridulce.
Estoy segura de que si algún viento del deseo me arrastrara hasta su encuentro marcaría en mi vida un antes y un después. Tengo la certeza de que algún tipo de magia reptaría por mis huesos como enredadera, adueñándose de mi tiempo y de mi espacio, de mi luna de esa noche, de mis sueños y mis lágrimas. “Si me cuentan mi vida lo niego todo”, ha dicho, y a mí me daría igual quedar entre lo no contado, me daría igual, siempre que quede entre lo guardado, entre esas cosas vividas que traes al recuento de los buenos momentos, con tal de ser parte de esa realidad atesorada entre las risas y las nostalgias.
Es un hechicero, lo tengo claro, no podría ser de otro modo. Y tiene las musas más fieles y cómplices, las más inspiradas. Y así, entre magia y arte, nos hechiza cada vez. No sé, se me ocurre que tal vez colecciona trocitos de nuestras almas bajo su sombrero.
Joaquín Sabina





