Amigos

Porque la vida es una canción…

Matías tiene una certeza en su vida, una inamovible: ama a Desiré. Sabe que esos son los ojos que quiere contemplar al despertar cada mañana por el resto de su vida, y que es esa la risa que le gustaría escuchar quizás desde la cocina mientras él pone la mesa. No le cabe duda que es con ella con quien quiere vivir, tener hijos, y envejecer. Pero tiene de ella todo menos ese compromiso.

Él es para ella el amigo confidente, el amigo compañero, el amigo amante, pero siempre el amigo, nunca más que eso. Cuando salen, cosa que hacen muy a menudo, el casi se cree la verdad de sus anhelos, casi llega a sentir que son una pareja real, y no solo el consuelo de la soledad mutua, no solo el amor en one way, sino algo verdadero, tangible. Pero basta que coincidan con algún conocido, y que Desiré lo presente como su amigo, a secas,  para que las alas de Matías caigan estrepitosamente sobre el asfalto de la ilusión, y el corazón se le estruje en el pecho. Odia tanto aquello, que ella estampe en su cara que no es más que eso, como si fuera de amigos darse el cuerpo como ellos se lo dan, y besarse en la boca, y compartir tantas cosas en común, y extrañarse, y dormir desnudos y abrazados.

Entonces se molesta consigo mismo, se siente un idiota, una marioneta humillada, un desecho. Se promete no volverle a ver, no ceder a las ganas locas de sentir nuevamente su olor, de perderse en esa mirada, de renacer en el calor de su cuerpo. Se jura mil veces que esta vez tendrá la fortaleza necesaria, y hasta llega a sentir que lo ha conseguido, llega a creerse que esa vez, esa enésima vez, sí ha logrado liberarse. Hasta que la voz de Desiré danza al otro lado de la línea del teléfono, y su risa cantarina le seduce hacia una nueva salida. ¿Cómo negarse? ¿Cómo decirle no? Y allá va de nuevo su alma maldita, tras la falda que arrebata al viento, tras la boca que roba al aliento cuando ella le permite ser un poquito más.

Matías vive preso de un amor no correspondido, ama y solo es amigo, esa es su vida y es su muerte. En una cíclica agonía de ave Fénix ve pasar sus días, esperando a ratos un milagro divino que trastoque la realidad, que haga amanecer en Desiré un corazón enamorado, una mirada de ilusión, una promesa de futuro. Espera ganar por cansancio o abandono, por desespero de los tiempos, por no haber mejor opción, por confusión ¡por lo que sea! Espera y desespera. Tras las noches de sexo casual ella duerme, sumida en la relajación del cuerpo, él la abraza mas no quiere cerrar sus ojos, no quiere dejar escapar ni una fracción de ese tiempo que le regala, como la última migaja en la mano mugrienta del mendigo; la abraza y respira su aroma, mientras su silencio le envuelve en una plegaria suplicante: quédate, esta vez quédate conmigo.

 

Mi amiga Vivian se ha sumado a hacer una segunda parte de este escrito, como ya hicimos antes con otros. Espero que Duda tenga a bien hacer la tercera:

Amigos 2 – Vivian

 

Sangre

A la Nube,
mi musa esta vez.

Jéssica y Tony caminan de la mano, haciendo planes para sus vidas. Todo es tan perfecto. La madre de ella y los padres de él van a conocerse al fin, ellos vivirán juntos y formarán una familia, unida y feliz. Les parece mentira que el tiempo haya pasado tan deprisa, y que el amor les haya inundado de esa manera. Recuerdan cuando se conocieron, por azar. Ella paseaba a su perrito cuando él pasó en su bicicleta y casi choca con ella, pero no pudo evitar en el giro lastimar la patica del animal. La montó en la bicicleta y los llevó al veterinario, deshaciéndose en disculpas. No necesitaron mucho tiempo para conectar: los dos amaban a los animales, ambos eran seguidores de la música rock ¡hasta tenían el mismo grupo favorito!, mantenían el mismo sueño de irse de mochileros por toda la Isla, conociendo los montes, bañándose en los ríos, acampando bajo la luz de la luna. Así les llegó el amor, hacía ya un año.

La mañana del domingo Jéssica y Carmen, su madre, se levantan temprano y comienzan a preparar todo. Tony y sus padres vendrán a almorzar, para conocer a la mamá de Jéssica, y ellas quieren que sea un almuerzo especial: una deliciosa comida criolla, un exquisito dulce casero, el juego de platos de la bisabuela –reliquia familiar– ¿Unas velas en la mesa sería demasiado? –pregunta la muchacha, y la madre ríe. Luego ella también.

En otro lugar de la ciudad un ansioso Tony apura a sus padres. Damián, recién afeitado, intenta arreglar frente al espejo sus espesos rizos, demasiado crecidos ya; mientras Mercedes, su esposa, alisa el sobrio vestido beige que la viste y realza su figura, todavía atractiva. Quieren que sea un encuentro memorable, dejar una buena impresión, al fin y al cabo están a punto de conocer a un nuevo miembro de su familia: la madre de una muchacha que ya han tomado como hija. Desde la puerta, a punto de salir –¡papá, las flores!– grita Tony. Damián le enseña el ramo que lleva entre las manos. Sus padres ríen. Él también.

Suena el timbre, Jéssica y su madre se apostan tras la puerta, dispuestas a abrir. La muchacha se adelanta aferrando el picaporte, a lo que la madre responde con una sonrisa cómplice, y la chica abre. Entonces el tiempo parece ralentizarse. Carmen ahoga un grito de estupor tapándose la boca. El ramo de flores cae al suelo. Damián y Carmen traban miradas, estupefactos. Nadie más entiende nada. La mujer no para de tapar su boca y gemir, como si hubiera visto volver a alguien de entre los muertos. Las lágrimas salen a borbotones ahora de sus ojos y mojan sus mejillas. ¡Mamá! ¿Qué pasa? ¡Mamá! Las lágrimas empiezan a fluir también de los ojos de la chica que no comprende la reacción de la mujer. Tony y su madre tampoco comprenden nada, inquieren a Damián para que explique algo pero este ha enmudecido.

– ¡¿Mamá, que es lo que pasa?!
– Papá, háblanos, di al…
– Damián por favor, ¿qué es todo esto? ¿tú conoces a esta mujer?
– Papá…
– ¡Mamá!…

Las voces se sobreponen unas a las otras, el desasosiego puede respirarse mientras el aire parece ponerse cada vez más denso. Carmen da un paso atrás, luego otro, la cabeza entre las manos, mira a uno y a otro sin saber qué hacer. Damián tampoco sale de su estupor. Jéssica llora abrazada a Tony. Y Mercedes empieza a atar cabos. De repente un grito trastornado se eleva por sobre los demás, un golpe de palabras que hace enmudecer hasta al silencio mismo:

-¡Jéssica, este hombre es tu padre!

La mano señala a Damián. Los rostros se deforman en una mueca de terror. Hay reproches, hay histeria, hay dolor. El olor a comida que sale de la cocina no es ahora el preludio de un almuerzo prometedor, sino motivo de náuseas..

Su padre ausente. Su padre inexistente.
Su amor. Su hermano.

Los jóvenes rompen bruscamente el abrazo que los une, y se miran, sus ojos nublados por el llanto. No puede ser. Carmen cae de rodillas, desecha en llanto. Cuatro pares de ojos la miran salidos de sus órbitas. Cuatro bocas enmudecen. Carmen llora, desconsoladamente, pero ya no hay remedio, el pasado ha estallado en su cara, irremediable, como una perfecta bomba de tiempo, enterrando trozos de verdad en cuatro corazones que ahora se desangran frente a ella.

Ella. Decisiones

Si hubiera nacido bajo otra estrella quizás todo habría sido diferente. Murmura en tono quedo, como hablando consigo  misma. No estoy segura de que sepa que estoy ahí, mirándole. Sus ojos llevan un velo lúgubre, y su mirada delata una mezcla de nostalgia y anhelo.

Nuestro sitio conserva el humo gris de tantas noches, nuestra mesa la marca de las uñas, el candil, las lágrimas. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí, conviviendo entre cenizas y el ruido de los pasos? No lo sé, no tengo memoria de los tiempos en que era feliz y no rodeaba sus noches con estrechas paredes de alcohol y desidia. Siento crecer en su pecho –que es mi pecho– un dolor agonizante, un destrozo que apaga los latidos, un fuego abrazador que invade toda razón. El desespero asoma a sus ojos mientras mueve frenéticamente la cabeza a un lado y al otro. Busca a alguien. Le busca desesperadamente entre la gente que ríe en otras mesas, bajo la semi luz. ¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde?! Demanda con ahogo y yo no sé qué responderle. Nunca lo sé.

Golpea su frente con la mano abierta, repetidos movimientos tormentosos, y maldice su estrella. El pecho se me aprieta, no quiero sentirle ¡no quiero! Pero ella es tan mía que dejarle sería morir. Veo un borde de locura en sus ojos, y siento que mi cordura no alcanza para abrazarle el alma. Un dolor inmenso cala en mi propio pecho mientras del suyo manan gotas color carmesí. Se le empapa la blusa pero se esfuerza sobremanera por no advertirlo. No mira. Alrededor los rostros de siempre, y los nuevos, se empeñan en llamar su atención. Se acercan. Sondean. Invitan. Me mira y una sonrisa amplia como un sol llena su rostro ¿Cómo puede sonreír llevando tanta pena dentro? El alcohol, el humo, la penumbra, las risas, los pasos, la lujuria, se vierten como una espesa niebla en el lugar de mala muerte que es la vida, y no puedo respirar.

Se levanta de súbito y sale a bailar. Toma cada mano que se extiende, y baila con todos.  Me gusta verle bailar porque es como si olvidara la daga que la vida sostiene entre sus manos. Se desnuda. Es todo un espectáculo de carnes entre cuerpos inservibles que le acechan. Me mira sin cejar en su danza, un abismo tras el negro de sus ojos. ¡Se ha ido! Me grita por sobre las voces ¡Le he echado fuera! Vuelve su rostro hacia una silla enterrada en el más oscuro rincón, y entonces comprendo: hay un sitio vacío que nadie jamás ocupará.

Da vueltas en tropel, su cara empapada echada hacia atrás, los brazos abiertos. Su boca grazna una carcajada incontenible, máscara de la locura. ¡No volverá! Y ríe ¡No volverá! Y llora. Un pánico helado se apodera de mis entrañas. No soporto el dolor. Descarno mi pecho en un intento de arrancarme el corazón, pero es imposible. Entonces lloro, lloro desconsoladamente, y maldigo su estrella.

Las alas del abuelo

A los que llevan las alas,
y a sus familias.

 

Fui real y plenamente consciente de su enfermedad el día en que desapareció. Recuerdo a mi madre y mi abuela desesperadas, buscándolo en hospitales y estaciones de policía. Yo era apenas una adolescente, y aunque había escuchado en repetidísimas ocasiones que mi abuelo estaba enfermo, no fue hasta ese día que me di cuenta de la verdadera gravedad de su enfermedad.

Siempre había sido un hombre activo, trabajador, y jaranero como ningún otro. Yo aguardaba cada tarde a que llegara a casa, con la jaba del pan que recién había horneado en la panadería donde trabajaba. Él se quitaba la camisa sudada, y se sentaba en el balance a esperar la taza de café que religiosamente le traía la abuela. Y allá iba yo, corriendo, a sentarme en sus piernas y pedirle que me contara una de las tantas historias que se sabía. Y él, riendo, disfrutaba obligándome a rogarle, y pagarle con besos en sus mejillas arrugadas, por cada una, y luego me las contaba, claro que sí, y lo hacía como el más ilustre de los cuentacuentos.

Tuve mis sospechas de que algo iba mal el día que mamá le descubrió leyendo el periódico al revés, y su cara pasó de la sorpresa a la preocupación, y luego casi al terror cuando, al inquirirle, él ni por enterado se dio. Luego supieron que estaba irremediablemente enfermo el día que sus compañeros de trabajo le llevaron a casa dos horas antes de lo acostumbrado, y le contaron a mamá y a la abuela algo que había sucedido, algo terrible que las hizo estallar en llanto a las dos, mientras el abuelo sentado en su sillón de siempre tan solo miraba por la ventana. A mí no me dejaron quedarme a escuchar, pero tras la puerta alcancé a oír algo sobre untarse aceite en el brazo y luego intentar meterlo en el horno, horror del que le salvó su amigo que le vio a tiempo.

El día que desapareció, lo encontraron tirado en un parque, a unas cuadras de la casa. Lloraba como un niño asustado. Tenía tanto miedo que había mojado sus pantalones. No sabía cómo regresar. No recordaba a su esposa, su hija y su nieta que le amaban y le esperaban preocupadas hasta la desesperación. Fue ese día, cuando vi entrar al abuelo, colgado del brazo de mi madre, con el rostro y los pantalones empapados, sin saber dónde estaba ni quién era, que fui consciente de que le había perdido, de que mi abuelo no era más mi abuelo.

Ya no me cuenta historias. Ya no las recuerda. A veces no sabe  ni quién es. En ocasiones voy y me siento a los pies del sillón, y le cuento alguna de las historias que me enseñó, sin tanta gracia como lo hacía él, mi gran cuentacuentos, pero con todo el amor del mundo. Hay veces en las que no puedo aguantar el dolor, y las lágrimas inundan mis ojos, como cuando me mira y no me reconoce, y llama a la abuela y le pregunta quién es esta niña, si es la hija de algún vecino nuevo. O cuando me llama por el nombre de mi madre, y me requiere por estar en la sala, y me manda al cuarto diciendo que el chiquillo ese –mi padre– anda rondando por la acera, pero que yo estoy muy pequeña para enamoramientos.

El abuelo tiene Alzheimer, le ha ido carcomiendo su mente poco a poco. Todo su ingenio y su sabiduría, sus bromas y su juicio. Su grandeza. Mi abuelo voló a otro mundo, un mundo en su mente, un mundo incomprensible. Todos aquí, con los pies en la tierra, con la mente plagada de realidades, y mi abuelo, con sus alas de niño torpe, se fugó a un mundo del que jamás regresará.

Inocentes

Zury tenía 25 años. Era recepcionista en una Empresa, pero sus aspiraciones era llegar a ocupar la plaza de Comercial, por lo que estudiaba la carrera de Comunicación Social en el curso nocturno de la Universidad. Cuando tenía clases llegaba a su casa sobre las 10:30 de la noche, a veces a las 11:00, pero no le importaba, el sacrificio valía la pena, tenía muy clara su meta.
Una noche Zury regresaba a casa tras un día intenso, estaba exhausta y solo pensaba en llegar y darse un baño, comer cualquier cosa y acostarse a dormir. Faltaban apenas tres cuadras para llegar cuando sintió una mano oprimiendo su boca y algo punzante presionando en su espalda baja. Estaba muerta de miedo, las piernas apenas le respondían, no quería morir, no quería. Pero hay veces que la vida impone muertes más dolorosas que el deceso final.
El hombre detrás de ella era alto y corpulento, negándole a la chica cualquier posibilidad de defensa. La arrastró hasta un pasillo oscuro que había entre dos edificios y, coaccionándola con el cuchillo hincando la garganta, arrancó su ropa interior y la penetró de un golpe. Las lágrimas caían incontenibles por el rostro de la muchacha que ya no intentaba escapar, solo quería que el episodio acabara. El hombre desbocó el placer en su interior, bufó unos instantes pegado a su rostro, luego se levantó y se fue, no sin antes pronunciar otras tantas amenazas. Así fue violada, esa noche, cuando regresaba a casa.

 

Camilo era un joven como cualquier otro, con ganas de vivir la vida, y vivirla bien. Salía con los amigos, y con su novia, se daba gustos propios de los chicos de su edad. Era un muchacho atractivo, lucía muy bien sus 20 años, al igual que su novia, una chica muy bonita y divertida.
Una noche fueron a una fiesta pública que se celebraba en un parque de la ciudad. Otro joven un poco mayor, con algo de alcohol en su sistema, tocó las nalgas de la novia de Camilo al pasar, con toda intención. Se enredaron pues en una lucha brutal exhalando ansias de primacía masculina, los golpes sonaron, los cuerpos rodaron, las chicas aullaban exaltadas, nadie les separaba. De repente, Camilo propinó un golpe al rostro del otro muchacho haciéndole caer sin control. El sonido de la cabeza chocando contra el borde de la acera acalló a los que presenciaban la pelea, y varias exclamaciones se sintieron por lo bajo cuando la sangre comenzó a brotar.
Fue juzgado y condenado a prisión, el hábitat de hombres sin corazón, sin futuro, hombres que no tienen más razón para vivir que hacer daño; el hábitat de un hermano del difunto. La primera noche en prisión se cernía sobre un Camilo asustado y desecho, durante el día había probado varios avances de lo que sería su vida en aquel lugar, ya en la noche, una litera maltrecha le acogía como único refugio en una galera llena de hombres superiores. Se sentía diminuto. El pinchazo se clavó en su nalga sin que pudiera advertir su llegada, y acto seguido, un susurro anunciándole el fraternal motivo, y el augurio de futuros enfrentamientos.

 

Madelaine era una mujer de espíritu consagrado, de esas mujeres que se entregan a cada causa de vida plenamente, sin poner condiciones. Dada al trabajo, a su familia, a los amigos, dedicada a todo con el compromiso del afecto y la responsabilidad.
Conoció a Félix cuando ambos estudiaban en la Universidad y se enamoró perdidamente de él. Tras un tiempo de noviazgo hermoso y lleno de ilusiones, flores, canciones y dedicatorias, se casaron, y unos meses después tuvieron un hijo. Madelaine jamás miró a otro hombre, todo su mundo estaba ahí, en la familia que había formado, se sentía orgullosa y satisfecha del hijo que habían engendrado, un joven ya, correcto y educado, trabajador, de buen corazón como su madre. También estaba orgullosa del matrimonio que había logrado construir, Félix era un hombre como pocos, nunca le dio motivos de tristeza, siempre brindó estabilidad al hogar. Madelaine era feliz.
Un día regresó del trabajo y encontró a Félix sentado en la cama, de espaldas a la puerta. Al principio no notó nada extraño, pero luego un rítmico movimiento de los hombros del esposo llamó su atención. Bordeó la cama sobresaltada, nunca le había visto llorar, algo grave tenía que haber pasado para que él estuviera tan compungido. Sentándose a su lado puso una mano en su hombro, pero él se movió esquivo, medio asustado. Antes de que pudiera articular alguna pregunta se percató de que él sostenía algo entre sus manos: una fotografía. Era la imagen de su esposo, con un rostro espléndido y feliz, en una inconfundible pose de intimidad con otro hombre.

 

Zury, Camilo y Madelaine se sientan en el gran salón a ver la televisión, cada uno carga con su propia historia a cuestas, pero comparten un destino similar. En el Sanatorio los doctores intentan prolongar sus vidas el mayor tiempo posible, intentan luchar contra el VIH que circula en sus venas, aunque ellos no tuvieron una vida sexual irresponsable. Les han condenado, aunque son inocentes.

Pena de muerte

El hombre miró hacia abajo, la gente sumida en el diario ir y venir, ignorando su presencia en las alturas. La distancia del balcón a la calle era imponente, y aun así él sentía un llamado como de sirenas hambrientas que se retorcían en un mar de asfalto.

El borde del muro no era demasiado estrecho, pero de todos modos una pulgada de cada extremo de sus pies sobraba en el apoyo: dedos y calcañal pendían sin sostén. Con una mano se sujetaba a la columna y con la otra se limpiaba el sudor; a tanta altura el aire batía, pero él sudaba. Una ráfaga sorpresiva le tambaleó haciéndole levantar el pie izquierdo, se bamboleó hacia adelante, luego hacia atrás; las manos temblorosas se aferraron a la columna que raspó soberbia las callosidades.

El corazón despotricando latidos le ensordeció, su cuerpo entero era un tamborileo infernal. Entonces rompió a llorar, la histeria se apoderó de sus sentidos arrancándole sollozos que laceraban su garganta. Una mezcla de mocos y babas corrían por su barbilla, el sudor empapaba su torso y sus axilas, los ojos enrojecidos en demasía miraban sin mirar, ahora a un lado, ahora al otro, un soplo de locura les teñía a ratos.

Por un instante quiso bajar hacia la seguridad del balcón y el pie le resbaló, no tenía control de sus movimientos. Dudó entre retroceder y quedarse, pero sabía que adentro no era precisamente un buen lugar. “No, no hacia la habitación”, se dijo. Volteó levemente a ver el interior y un grito se ahogó en su garganta. Las antes blanquísimas sábanas ostentaban ahora una espesa acuarela carmesí. La pared del fondo también estaba salpicada de húmedas impresiones.

El cuerpo de ella yacía con el rostro aterrado, la vista inerte clavada en el techo. Su hermoso pelo negro estaba convertido en una melcocha sanguinolenta, y pecho y vientre exhibían profundos agujeros de los cuales manaban aun leves hilillos funestos. Un seno rajado de la base al pezón, desfigurado, los senos que fueran motivo de su ensueño durante tantas noches.

El otro hombre reposaba un brazo y una pierna sobre ella, la cabeza en un ángulo algo ilógico, demasiado curvado hacia atrás, provocado por el profundo corte que abría su cuello como las terribles fauces de un gran animal. Las nalgas al aire exponían cavidades similares a las que ella mostraba en su torso. Ambos desnudos, ambos sin aliento.

El hombre volteó el rostro nuevamente hacia el abismo. Una sensación de vértigo le recorrió produciéndole una arcada y un ligero mareo; el llanto le ahogaba. Cerró los ojos, los abrió. Miró su mano ensangrentada y la limpió contra su camisa, pero era peor, aquella escurría sangre, la sangre de los amantes fatales. Una fuerza incoherente surgió de su ser, ahora la mente solo pensaba en ser libre: del dolor, de la vergüenza, del horror.

El grito explotó gutural de su garganta mientras se abandonaba al viento, convulsionando. Abajo, un ruido seco y potente alteró la rutina vespertina, mientras una patada involuntaria rompía una mandíbula en la fatalidad de las coincidencias. Sesos, astillas de huesos, piel desgarrada, miembros rotos, tornaron la calmada penumbra dorada de la tarde en un reality show estilo gore, acompañado por una improvisada banda sonora de genuinos gritos de terror.

El hombre del piano

Este es una especie de homenaje, a esa mujer de voz dulce y seductora, con su acento de miel y candor. Una de mis cantantes favoritas, a la que vuelvo a  ratos, cuando vago con el alma sensible y nocturna: Ana Belén.

Un sábado cualquiera, El Café me espera como cada vez, en la esquina que anuncia la noche bohemia entre el neón rojo y azul. Es un lugar de antaño, que guarda entre las grietas de sus paredes montones de historias que se acumulan y parecen susurrarse cuando te acercas.

Ocupo mi mesa y pido un trago. El primer sorbo me quema la garganta, cierro un instante los ojos, dejando que me seduzca la melodía que acuna el lugar. Ahí está él, sentando al piano, con los dedos ágiles acariciando las notas, dibujando el sonido que nos calienta el alma.

El vaso de cerveza descansa sobre el piano, hace una pausa para tomarlo y las manos le tiemblan, enciende un cigarrillo, y de sus pulmones exhala la pena mezclada con el humo. Me enamora su tristeza, el hielo azul de su mirada. No quiere olvidar, no puede. Vuelve a la canción de la llaga en su alma, la canción eterna a la que se agarra como náufrago a su tabla.

La pared junto al piano está cubierta por un espejo que ha largado el azogue en sus esquinas, pero que aun muestra los rostros que se posan frente a él. Se mira y, por un momento, la piel del reflejo pierde las arrugas; vuelve a ser el niño aquel que mudaba su niñez en el piano. Vienen entonces aquellos pocos años y se guarecen en sus ojos como una luz, si le miras bien parece ser el mismo, por un soplo de segundo luce casi como aquel, el joven diestro de las noches felices. Yo sonrío.

Pero un viejo se le acerca, ese que duerme a las puertas del lugar, el que se emborracha del día al anochecer. Él conoce todas las historias, las que yacen en las grietas, las que nunca se cuentan. Le recuerda el albor de su melodía, y a la mujer aquella, la que le abandonó a su suerte. Ella era pájaro en vuelo, temerosa de perder sus alas, él era la jaula que encarcelaba sus ganas de volar. Un día quiso probar las fuerzas de esas alas, y ya no volvió.

Golpea el piano, con furia. Las notas se duelen, su pecho se duele, mas no desea su mal… no desea su mal. Toma otro sorbo de cerveza y aprieta los ojos, duro, aguanta, no quiere desfallecer, pero una resquebrajadura de la pared me confiesa que en ocasiones ha llegado a llorar.

Me invade su tristeza, se me oprime el pecho, siento que no puedo respirar. Quiero maldecir a la mujer, al borracho, al espejo. Pido otro trago, y lo tomo de golpe esta vez. Un vaho le envuelve como un velo de cerveza y sudor. La gente alrededor busca compañía, para una noche, o para una vida, pero él solo se aferra a su piano, empapando en alcohol las emociones.

El dueño de El Café pasa por su lado, palmea su hombro, “pareces cansado”, le dice, “y el sol aun no sale”. Dispara unos acordes más, un embrujo espléndido que cala hondo. Ve el fondo del vaso. Prende otro cigarrillo.

Me levanto de mi mesa y camino despacio hacia él. Le pongo un vaso lleno sobre el piano, acaricio levemente sus cabellos y me inclino, apoyando mis brazos sobre la cola del instrumento. “Toca otra vez, viejo perdedor”, le susurro, “me haces sentir bien. La noche es tan triste que tu canción me sabe a derrota, y me sabe a miel” me mira un instante, luego al espejo. Sonríe, y se vuelve a sujetar a su tabla de náufrago, dejando que las notas vuelen magistralmente, envolviéndonos a los dos.

La chica de lila y plata

La chica caminaba sin rumbo por las calles de la ciudad. Una soledad aplastante le cubría el alma como una niebla densa y vil. Sentía frío, pero no en la piel, sino allá dentro, donde en ocasiones un calorcito de compañía abraza las emociones y los sentimientos. Se sentía como una estrella solitaria que vaga por una galaxia ausente de astros.

Veía la soledad en todo mientras andaba; en aquel árbol enorme que torcía sus ramas hacia un lado, en el único gorrión que picoteaba una única migaja de pan. Solo y sola. Y en los niños que jugaban en la acera ¿A que sus risas eran de desolación? Un leve tintineo captó su atención y, al voltear a la derecha siguiendo el curso del sonido, un aroma peculiar inundó sus sentidos.

Una florería se alzaba a mitad de la calle, como un salpicar de perfumada acuarela que resaltaba entre edificios grises y marrones. Algún tipo de luz pareció encenderse en su interior y una calidez apenas perceptible comenzó a nacerle dentro. Entonces, como impulsada por un hechizo, entró al lugar.

Montones de flores llenaban el espacio: rojas, naranjas, rosadas, lilas, bicolores… allí estaban, apoderadas de todo el sitio; en ramilletes, espigas, separadas por tipo o por especies. Había muchas, muchísimas, y todas parecieron inclinarse a verle cuando entró. Había magia en aquel lugar, estaba segura.

De repente en su pecho se encendió una pequeña brasa. Fue hasta el joven que esperaba atento tras el mostrador y demandó con suavidad:

Una flor, por favor. De aquellas, de las lilas; con una tarjeta a juego.

El muchacho tomó la flor y la envolvió cuidadosamente en un papel transparente con brillos morados esparcidos por doquier, y le sujetó al tallo con un lazo del mismo color. Le entregó una tarjeta de fondo malva y detalles dorados, y una pluma de tinta violeta oscuro, casi negra.

“Para Diana. Te quiero”, escribió ella con gráciles letras.

La entrega es personal – dijo suavemente.

El florista le miró con atención.

¿Quién es Diana?– se atrevió a preguntar.

Las comisuras de los labios de la muchacha se elevaron discretamente.

Diana soy yo –dijo– Me regalo esta flor para recordarme cuánto me quiero, y cuánto he de quererme siempre, y que nunca estaré sola mientras me tenga a mí misma. Me regalo esta flor porque lo merezco, merezco disfrutar de su olor y su magia. Para no perderme en mis soledades, para encontrarme en mis adentros. Ahora es única porque es mía, y yo le acompaño.

El joven le miró sorprendido mientras un leve misterio se fomentaba en su mirada.

Aguarda un momento, por favor. Solo un instante. – le pidió.

Guardó en la caja registradora el dinero con que pagaba la chica y se fue apresurado a la trastienda. Pasados unos minutos regresó con una extraña flor roja envuelta en un papel plateado. Era grande y exótica, y desprendía un aroma embriagador, como a campo abierto en tarde de verano. Tomó una tarjeta de plata con ribetes carmesí, y con tinta roja escribió:

“A Diana. Por espantar las soledades. De Rafa”

La chica camina por las calles de la ciudad, una llama encendida quema su pecho con un fuego que cuece la luz del mañana. Lleva una sonrisa tatuada en los labios, dos flores en su mano derecha, y una esperanza por compañía.

 

Raya de tigre (Mr. Dregs IV)

Lo prometido es deuda: aquí está Mr. Dregs IV, para mi amiga Duda que fue quien me puso el pie forzado esta vez. Me costó sacarlo, porque tal como lo veía en mi mente tenía mucho contenido, así y todo no me fue fácil resumir y me quedó mas largo de lo que hubiera querido, espero no les aburra, y espero sobre todo que les guste. Y ahora sí, cierro a Mr. Dregs.

Lento, las marcas van contándome que el tiempo

Es como un pasajero que se sube a tu vagón

Y anuncia que la vida es un momento

Orishas

Algunas estocadas del destino son más dolorosas que agujas clavándose en los ojos. Para Víctor aquello no era más que la vida jugando al faquir con su alma. Solo, en la habitación del hotel, las lágrimas caían incontenibles por su rostro. Se sentía como un niño desamparado, perdido, que grita y llora pero no aparece quien lo rescate.

La pena y el desasosiego le martillaban hasta el hueso cada vez que recordaba al chico, con cara de dolor y rabia, empujando a su madre dentro de la casa y cerrando de golpe la puerta en su cara. Él tocó, desesperado, una vez, dos veces, pero nadie abrió. Aporreó la puerta otra vez, más fuerte, pero tampoco abrieron. Si al menos hubiera podido saber su nombre, o estrechar su mano, o mirarle un instante más; cualquier cosa, cualquier cercanía por minúscula que fuera le hubiera inoculado algo de aliento y esperanza, pero en cambio lo que obtuvo fue un portazo en la nariz.

Un hijo. Tenía un hijo y lo había ignorado toda su vida. Tantas veces que pensó en Zoila y jamás cruzó por su mente la posibilidad de haberla dejado embarazada aquella única vez que la tuvo como mujer. Se había perdido todo, absolutamente todo, de la vida del muchacho hasta ahora, su nacimiento, escoger su nombre, comprar sus cosas. No estuvo cuando dio su primer pasito, ni cuando dijo papá por vez primera, no le abrazó en su tristeza ni le enseñó las cosas de la vida. No hubo juegos de pelota en el parque, ni consejos sobre sexualidad. Nada. Su hijo había nacido y crecido y él estuvo ausente.

Víctor ignoraba lo que había sucedido dentro de la casa cuando cerraron la puerta. No sabía que un torbellino de emociones se había desatado en el interior de aquel chico desde que se percató de que tenía frente a él al hombre aquel por quien tanto preguntara en su niñez, a quién tanto anhelara conocer cuando era un niño y veía al papá de su amigo Yoel hacerle un papalote a su hijo. El hombre por quien su mamá derramara lágrimas a escondidas, cuando creía que el no la estaba viendo.

Adrián se había pasado toda su infancia queriendo saber de su padre. Había acribillado a preguntas a la pobre Zoila que se tragaba el llanto cada vez que tenía que responder las interrogantes de su hijo; pero nunca le ocultó nada, le dijo siempre la verdad, le habló del gran amor que se tuvieron, de cómo y por qué le sembraron en su vientre; le dijo siempre el hombre extraordinario que fue su padre mientras le tuvo, sembrando así en el hijo un anhelo incandescente de querer tener junto a él a su progenitor. Salir a pescar con él, hacer las tareas juntos, que le enseñara a construir carros de madera, y salir a pasear los domingos con su madre de una mano, y su padre de otra. Adrián creció añorando tener lo que veía que tenían sus amigos: una familia completa.

Pero a medida que fueron pasando los años el resentimiento fue usurpando el lugar de la añoranza, y comenzó a cuestionar la visión de su madre, y a odiar el motivo de sus lágrimas. Rellenó el espacio con salidas y amigos, su música, sus estudios. Aprendió a no preguntarse más dónde estaría su padre, ni si le gustaría saber que tenía un hijo, dejó de imaginar como sería un posible encuentro. Se acostumbró a no tener padre, y a ver en su madre todo lo que necesitaba.

Y ahora, aquel hombre se paraba frente a él y le removía todo por dentro haciéndole hervir un volcán de sentimientos que creía enterrados. No quería perdonarlo. No se lo merecía luego de haber estado tantos años sin saber de él, sin intentarlo siquiera. No había llorado, extrañamente sentía los ojos secos y el picor de las lágrimas no le había asaltado, pero sentía el pecho tan apretado que casi le asustaba. No sabía que debía hacer, ni qué debía sentir. Se había encerrado en una concha y no había hablado con nadie desde aquel momento, apenas había comido. Estaba en su cuarto todo el tiempo, sin querer pensar en eso, y sin poder evitarlo.

Al otro lado de la ciudad Víctor se devanaba los sesos tratando de encontrar una solución, intentando hacer girar el mundo de forma que todo aquello no hubiera sucedido. Comenzaba a cuestionarse si había tomado la decisión correcta marchándose a toda costa. Había perdido tanto: sus padres, su amor, una vida con la gente que amaba y le amaban. Nunca más había conseguido compenetrarse con alguien de ese modo. Y ahora su hijo, su único hijo, el que llevaba el sello de sus ojos y su sangre fluyéndole en las arterias. No podía perderlo, a él no, de ningún modo.

Salió súbito de la habitación del hotel, escaleras abajo no pudiendo esperar el elevador, buscó el auto y salió como una centella por la avenida. Esta vez no llegó hasta la casa, sino que dejó el auto al doblar la calle y se acercó caminando. Conocía la casita de memoria, ¿cuántas veces no entraría él clandestinamente a ver a Zoila, cuando sus padres determinaban que era muy tarde para visitas? Entró por el pasillo de al lado y al final saltó el muro, bordeó la ventana de la cocina de Zoila, que daba al costado, y salió al patio de la casa. La puerta estaba abierta.

Entró a la casa. Zoila estaba en la cocina, en sus trajines, de espaldas a la puerta.

-Zoila – le dijo bajito, pero ni así evitó que pegara un brinco.

¡¿Qué tu haces aquí?! – la voz que le habló no era la de Zoila.

Víctor quiso responder, decirle que su hijo todo lo que estaba sintiendo, que se arrepentía de haberse ido, que quería recuperar el tiempo que había gastado lejos de él, que todo lo que había perdido en la vida le había sido compensado ahora con su existencia y quería disfrutarlo. Quería decirle muchas cosas pero no pudo. Adrián se desató como un volcán que había estado conteniendo su erupción durante siglos, lanzó al padre una ráfaga de recriminaciones, desbocó todo su despecho echándole en cara su partida, su ausencia, su silencio. Entonces las lágrimas que no habían querido salir estallaron en un torrente. Había tanta ira y dolor en sus palabras, y rabia, sobre todo por ese anhelo que se acumulaba en su pecho, que quería arrancar y no podía porque allá en el fondo, dónde no llegaban la angustia y el reproche, el deseo de abrazar a su padre latía fuerte.

– No sabía que tu madre había quedado embarazada, mi hijo, no sabía de tu existencia. – logró decirle Víctor, en un instante de resuello del muchacho.

– ¿Habría hecho diferencia? Te hubieras quedado de haberlo sabido? – le espetó Adrián.

Víctor vaciló por un segundo, sopesó la pregunta. ¿Qué habría hecho de haberlo sabido antes de partir? ¿Habría renunciado a su sueño? Quiso creer que sí.

– Me habría quedado – susurró.

– Pues no te creo – sentenció Adrián.

Un poco más lo intentó Víctor, convencer al hijo, convencer a Zoila, que desde un rincón de la cocina no sabía que hacer, pero infructuoso fue cada intento. Había demasiado resentimiento acumulado en el pecho del chico, demasiado.

No teniendo disfrute en esta, su antigua ciudad, Víctor adelantó su viaje de regreso y volvió a la tierra que le acogiera tantos años atrás. Zoila quedó, consumida por la nostalgia y la impotencia; Adrián con la contradicción manipulando su conciencia, sin saber decidir si había hecho bien en rechazar a su padre o si debió acogerle al fin, como tantas veces había soñado, como tanto lo quería ahora.

Dos meses después Víctor pisaba nuevamente el aeropuerto internacional de la ciudad que le vio nacer, pero esta vez un sentimiento definitorio le afirmaba, una certeza en su pecho, una causa. Esperaba que las cartas que había mandado luego de su última partida hubieran sido leídas y, sobre todo, que hubieran ablandado el corazón de su hijo, y de su antiguo amor.

Llegó a casa de Zoila, tocó suavemente, y esperó. Adrián abrió la puerta y miró perplejo el rostro de su padre. Sus mejillas se enrojecieron un poco y su seño se frunció. Comenzó a articular una réplica pero Víctor le detuvo levantando la mano con un gesto seco, pero suave.

– No digas nada ahora, solo escucha. Eres mi hijo, lo más grande y preciado que tengo, si no estuve en tu vida fue porque no sabía que existías, de haberlo sabido no me hubiera marchado. Hoy he vuelto, y quiero recuperar todo ese tiempo que no tuvimos, ser el padre que tanto anhelaste tener y que la vida no me permitió darte. Ten –le extendió una tarjeta– esta es mi nueva dirección, es aquí cerca. No me iré a ningún lado, mi hijo, me quedaré cerca de ti lo que me resta de vida. Y voy a luchar cada día, cada segundo, para que me perdones y me recibas como tu padre, aunque para ello tenga que desangrar mi corazón.

Adrián tomó la tarjeta, su mano algo temblorosa, su pecho latía fuerte, pero esta vez con menos rabia, menos reproche, y un poco más de aceptación. Detrás, Zoila agradecía al cielo. Víctor dio la espalda y se marchó a su nueva casa en su antigua ciudad, la que le vio nacer. Tendría a su hijo, estaba decidido.

 

Ella. Dobleces.

Esta vez llegué a su lugar en el momento justo en que lanzaba una carcajada. Le he visto hacer esto últimamente, más de lo pensado; unos dientes blanquísimos dentro de una boca hambrienta ensayan una obra para los presentes, una y otra vez.

Atisba mi presencia y una sensación de nervio le recorre; cierra su risa y espanta a los ilusos que la observan complacidos. Creo que me teme un poco, porque sabe que soy la única que conoce su luz y su sombra, y cuánto lleva de cada una. Sabe que puedo llegarme hasta el borde de su alma y lanzarme al abismo que esconde, y hurgar dentro, y que eso le dolería porque dejaría su piel en carne viva.

Le coqueteo con un guiño para que prosiga, porque es buena en la actuación de esta vez, y hasta yo juego a confundirme cuando la veo, porque se disfruta su desenfado jamás improvisado y su guión de penas fuera.

Al rato me acerco y, con un paño, seco el vino derramado en el regazo. Se ha encogido otra vez en su rincón porque aún entre las sombras advierte la intención de mi mirada, esta vez le traigo una verdad como un puño, pero no quiere el golpe; está cansada, lo sé. Mueve su vista alrededor, a los que desde sus propias mesas nos miran expectantes; se debate entre sus mentiras y mi realidad, entre lo dulce de cerrar los ojos y el dolor de abrirlos.

El lugar se oscurece casi a totalidad y la luz de las velas ahora nace fría. Se quiere alejar de mí como un cachorro herido que espera otra golpiza, pero la silla enclavada en el rincón detiene la huída. Me acerco y susurro en su oído historias del tiempo que golpea y de las inexistencias, le pego fuerte con un trago amargo de realidades impostergables.

Me empuja. Entonces veo surgir del abismo un torrente de rabia: hacia mí, hacia ellos, hacia Dios. De repente me escupe una risa y me da un toque con el pie incitando a que me vaya. Me levanto y salgo. Lloro el cinismo de saber que le he calado hondo, ríe la ilusión de pensar que me ha espantado lejos; pero sabe, como sé, que nos une un pacto indisoluble.