Cuentos locos: Un encuentro inusual

Aquella noche hacía un calor tremendo, era noche cerrada y no se movía ni una hoja. El silencio era total. Y ahí estaba yo, aburridísima y con un calor de mil demonios. Encendí la tele y me paseé por los canales buscando algo que me sacara de aquel nivel de obstine. El primer canal pasaba un concierto de una orquesta de Cámara; realmente, con aquella quietud nocturna y el calor sofocante, ver eso parecía el último paso antes de tomar la decisión definitiva hacia el suicidio… o la banda sonora misma de dicha escena de suicidio. El siguiente canal ponía un documental sobre la copulación de los insectos ¡¿En serio a alguien le interesa saber cómo lo hacen los insectos, dónde suben la patica o cómo menean la colita?! Otro canal: noticias, aburridas y reiterativas, asqueantemente polarizadas. Y el último que me atreví a explorar prometía una efectiva tortura mediante una película de Mr. Bean. Les juro que nada más ver la cara de ese hombre me dan ganas de pegarme un tiro.

Solté un grito de impotencia, apreté los puños y pateé el piso. En esa gracia metí el pie contra la pata del sofá y me recordé a mi propia madre por el dolor que me quedó en el dedo gordo. Tenía que hacer algo, así que escapé de esa claustrofobia tediosa y me fui a dar un paseo por la playa. Aahhhh, brisa. Se sentía tan rica aquella brisita con olor a mar, y el tenue ruidito de las olas rompiendo contra la orilla, el chapotear de algunos pececitos traviesos escapados a la noche, la luna plateada sobre el mar… nada, que me relajé por completo, y hasta comencé a tararear una cancioncita de moda. Tan bien me sentía en aquella complicidad entre la naturaleza y yo, en medio de la soledad de la noche, que hice así y me quité la ropa, toda, y seguí mi paseo por la playa en total desnudez.

Así iba, haciéndome la Venus, cuando sentí un movimiento a unos pasos más adelante de donde yo estaba. Me detuve y traté de fijar la vista para ver si divisaba algo pero la penumbra era total, apenas si veía la silueta de algún arbusto aquí o allá. Así que cuando me vine a dar cuenta ya lo tenía delante de mí, a tan solo medio metro de distancia. Me miraba fijo, y su mirada era la de un demonio seductor. Tenía la piel como hecha de un ébano resplandeciente. Era negra, más que la noche, pero con un umbral de brillo de luna. Y tan lisa, como nunca vi piel alguna. No había un solo vello en todo su cuerpo. Pensé que tendría que conseguirme esa crema depilatoria. Parecía una escultura: Un cuerpo de dimensiones perfectas. Músculos que, aún sin tocarlos, se sabía que eran como de piedra. Manos fuertes. Piernas firmes. Ahí me acordé de aquella canción que preguntaba ¿por qué no pintan ángeles negros? Porque este si no era un ángel era un demonio, que al final son como primos hermanos unos de los otros. Él también iba desnudo.

Habló: Acércate, me dijo. Su voz era una mezcla de trueno lejano y murmullo de caracola. Sus dientes parecían hechos con las perlas que guardan las ostras. Me acerqué, como si ya no fuera dueña de mí, y posé mi mano sobre la suya que me extendía. Me atrajo suavemente el cortísimo tramo que aún nos separaba y cuando nuestros alientos se tocaron pasó un brazo por detrás de mis rodillas, y con el otro sostuvo mi espalda al tiempo que me elevaba del suelo. Echó a andar hacia el agua. No podía apartar mis ojos de los suyos, eran un abismo verde que me succionaba, como un remolino de agua de mar. El contacto con su piel, el agarre de sus manos y la vista previa de aquel cuerpazo que parecía salido de un catálogo de ropa interior masculina, hicieron estallar mis hormonas. Sentí el inconfundible cosquilleo que provoca el choque hembra-macho, y cuando finalmente me bajó para quedar ambos cubiertos por el agua, supe que él también se había encendido. Vamos, que le era imposible esconderlo. Y a mí imposible no notarlo. Porque aquello era bieeen notorio.

De más está decir que ese adonis de abenuz me hizo ver los peces de colores, los corales y hasta los caballitos de mar. Mi cuerpo temblaba fusionado con el suyo, yo parecía una barquita que flotaba en el vaivén de las olas y encallaba una y otra vez contra la misma roca dura. Pero qué cosa, valía la pena romperse durante la noche entera, y todas las noches de una vida. Él volteó su cabeza al cielo mientras se entregaba a su final, y la luz verde de sus ojos entrecerrados resplandeció como un reto a la noche misma.

Volvió a tomarme en sus brazos para llevarme hasta la arena. Me bajó con un cuidado que no creerías que podrían conseguir esas manos, y posó un beso en mis labios, un beso como una promesa. Ahora cada madrugada voy a la playa, y camino desnuda por la orilla. A veces aparece, otras veces no. Esta noche ha venido, y ha sido como si el mar entero nos cantara, les juro que sentí una especie de oda al compás de las olas que nos mecían. Y he notado también, cuando me llevaba cargada de regreso, que una pequeña protuberancia de aspecto escamoso, y de un hermoso color verdeazul, ha comenzado a brotar por mi piel, en el tobillo derecho.

Cuentos locos: Yo, de wild wild west

Lo conocí en un bar de mala muerte. Tomaba su whisky al strike. Nada más verle me llamó la atención su pelo negrísimo contrastando con las largas y espesas pestañas de sus ojos. Luego estaba su postura, como de quien está siempre al acecho, o a la espera de algún motivo para desenfundar sus pistolas.

¡Aquí: luz roja! ¿Es esto era real?, pensé. El tipo llevaba una pistolera ceñida a las caderas, con sus respectivos revólveres cargados dentro de las fundas. Me fijo bien en sus ropajes: pantalón de lona color beige oscuro y una camisa azul cielo remangada hasta los codos. Un pañuelo negro atado en la nuca le caía flojo, en forma de pico, por el cuello, y usaba un sombrero que descansaba en la barra el bar. Parecía salido de una película de Clint Eastwood. En pleno siglo XXI. Un aura enigmática le cubría, y algún tipo de fuerza gravitatoria parecía ser su centro, porque una rápida mirada alrededor me bastó para darme cuenta de que todas las mujeres del lugar, y hasta un par de hombres, se estaban babeando por él.

Eché un vistazo a ese cuerpo de cowboy. Era perfecto. Medio loco o no, estaba de rechupete. Así que me acerqué, resuelta, y me senté en una banqueta a su lado. Y como he visto tantas películas de Hollywood –y él parecía salido de una– sabía exactamente lo que tenía que decir: ¡Un whis…! Quise llamar la atención del barman pero la voz me salió atravesada por un gallo. Carraspeé. Él levantó una ceja. El hombre tras la barra soltó una carcajada ¡Contra, justo ahora me da por hablar con voz de gallina culeca! Fui a por el segundo intento ¡Un whisky, sin hielo! y bajé una nota al tono de mi voz, poniendo acento seductor y añadí: y otro para el chico guapo aquí a mi lado. Uff, al menos esa vez me salió bien.

Me miró. Le miré. Bajó la vista a mi escote. Bajé la vista al centro de su pantalón. Nos tomamos no se cuantos tragos más, hablando de pueblos, tabernas y caballos. Vaya tipo raro, pero que rebueno estaba, así que lo invité a mi covacha. Yo no se si era el vaquero o el toro, el búfalo o el caballo salvaje, lo que si sé es que gocé más que gozón con aquel hombre del western. Me enseñó las posturas de las montañas, y yo le mostré los juguetitos que guardo en mi armario. Jamás había visto uno ¿cómo era posible?, pero le cogió el gusto rapidísimo. La noche fue una perfecta montaña rusa, un sube y baja con vértigo en la barriga y gritillos de euforia ¡Que viva el salvaje oeste!

Cuando en la madrugada, ya relajados, le pregunté que hacía en la vida, me respondió que se dedicaba a asaltar bancos. Lo dijo como en un susurro, y en sus ojos de águila brilló una luz, un destello de locura y vicio. Me contó de todas su peripecias como asaltante de bancos, y de los millones que tenía escondidos en algún lugar que no pude sonsacarle ¡Pues quiero asaltar bancos contigo!, le dije divertida, así sin más. Y rió, con una risa que me pareció la del diablo emergiendo del infierno.

Esta tarde, bajo una quietud que parecía fantasmal, han tocado mi puerta. Abrí y ahí estaba él: las piernas firmes, semiabiertas. Las manos apoyadas en las pistolas. Me miraba desde abajo, tras el filo de su sombrero. Una postura de hombre peligroso. A su espalda una cuadrilla de cinco hombres –¿o debería decir machos?–, con atuendos similares al suyo y su misma postura, aguardaban. Vamos, me dijo, con una perversa sonrisa de medio lado.

Ahora estoy aquí, a la salida el banco, con dos bolsas grandísimas llenas de billetes. A mi lado está él. La cuadrilla detrás. Pero algo ha salido mal: la policía nos bloquea el paso con los carros patrulleros, mientras nos apuntan con sus pistolas y rifles. El que parece estar al frente me grita ¡Suelte las bolsas y ponga las manos en la cabeza! ¿Por qué se dirige a mí?  ¡El jefe es él! Le respondo nerviosa, señalando con la barbilla al tipo a mi lado que, impávido, mira a los policías. Ser asaltante de bancos ya no me parece tan divertido. ¡Suelte las bolsas, las manos en la cabeza, y todo terminará bien! Me repite el policía ¡Ah, carajo, la tiene cogida conmigo! Mi compañero saca sus pistolas y le apunta. Atrás, la banda hace lo mismo. Los policías ni pestañean, parecen no verles. ¡Pero si yo ni voy armada!¿Por qué se dirige solo a mí? Le grito al policía, ya casi histérica. El hombre del uniforme mira a su compañero, quien le devuelve la misma mirada interrogante. Entonces, adoptando un tono condescendiente de loquero que habla con su paciente me dice: ¿y a quien quiere que le hable si es usted la que está ahí con esas dos bolsas de dinero que acaba de robar del banco?

No quepo en mi asombro. Miro a mi lado, miro atrás, y ahí están mis cómplices. O los tipos de los que yo soy cómplice, que los verdaderos asaltantes son ellos.  ¿Acaso no les ven? Entonces mi hombre salvaje me mira fijo, y es cuando percibo sus ojos como profundas cavernas oscuras. ¿Cómo es que te llamas? Le pregunto en un hilo de voz, aunque no estoy segura de querer saber la respuesta. James, me dice. Me llamo Jesse James. Ríe estruendosamente volteando su cabeza al cielo. Y ahora sí, es la risa el diablo.

 

Cuentos locos: El visitante nocturno.

Todo sucedió de una forma tan rápida e intensa que luego tuve que ir al baño para echarme agua en la cara, pellizcarme fuertemente el brazo, salir al portal y sentir el aire fresco de la madrugada golpeándome el rostro. Y aun así me quedaban dudas de si estaba yo despierta o lo había soñado.

Acababa de dormirme, o al menos así lo sentía, cuando comencé a soñar que una presencia invisible rozaba suavemente mis brazos. Me asustaba un poco no verle, pero aun así era tan placentero que no quería que parara. Estando en esa disyuntiva comencé a sentir un fresquillo gélido recorrer la piel de mi cuello, y bajar lentamente hasta esconderse en la línea entre mis dos senos. La sensación fue excitante, qué les puedo decir. Fue entonces que se comenzó a escuchar el taca-taca-tacataca. Y me desperté, sobresaltada.

Y ahí estaba, el taca-taca. Las ventanas del cuarto estaban abiertas ¿Cómo era posible? Estaba totalmente segura de haberlas cerrado y pasado el seguro. Me subió un frío por el estómago. Un frío no, que carajo, un miedo creciente, que así es como empiezan las películas de terror, y las de asesinato, y el que sale en la primera escena no hace el cuento. Pestañé varias veces, queriendo espabilar mis ojos adormecidos, adaptarlos a la penumbra. Cuando la pupila se dilató lo suficiente como para enfocar los objetos en la oscuridad lo vi. Un reflejo plateado en la esquina la habitación. Sentí unas ganas tremendas de “paticas pa´ qué te quiero”, pero ¿a dónde iba a ir a esas horas?

De repente el reflejo se movió. Suavemente. Parecía flotar. Comenzó a acercarse a mí, y yo con el corazón en la garganta. Emergió entonces completamente a la ligera luz que se colaba por la ventana abierta. Era enorme. Jamás vi hombre tan alto. Su piel parecía ser de un tono claro, y emitía un resplandor que daba la impresión de moverse conforme se movía él. Su rostro carecía de expresión: nada de maldad, nada bondad, ni locura, ni lujuria, ni asombro. Nada. Solo me miraba fijo con unos grandísimos ojos color azabache. Su pelo largo hasta los hombros, blanco como la luna plateada. Y por ropa una larga túnica negra, de una tela finísima que parecía jugar con la gravedad. Su cuello adornado con un cordoncito también negro,  del cual colgaba una medalla color plata en la que se dibujaban unos extraños símbolos.

Yo estaba paralizada. Hipnotizada. En shock. Es ahí cuando te acuerdas de Harry Potter, su capa de invisibilidad y su Levioshaaá ¡Coño, y aquí ni debajo de la cama me podía meter porque tiene las patas muy bajas y no quepo! Ni magia ni refugio, estaba jodida. Entonces caí en la cuenta, o eso creí.  ¡Claro! Es un sueño! dije, y cerrando los ojos golpeé mi mejilla con la mano abierta. Después abrí los ojos –con buen picor en la mejilla– convencida de que ya no estaría ahí. Pero ahí estaba. Ladeó su cabeza, mirándome en un ángulo que me recordó una paloma cuando mueve su cabecita de un lado a otro. Y pegué tal brinco que terminé golpeándome la cabeza con la cabecera de la cama. Hizo un gesto que me sugirió que había tomado una decisión. Se acercó completamente a mí, subiéndose a mi cama. Quedé acostada, inmóvil, con aquellas piedras negras que tenía por ojos dentro de los míos. Comenzó de nuevo el roce por mis brazos, y el hilillo de viento frío a recorrerme por el cuello y la entrada de los senos. Supe entonces que era su boca pequeña la que soplaba ese aliento que me estremecía. Y me excitaba, lo confieso.

Olía a fruta fresca. Dulce y apetecible. Sus manos dejaron mis brazos para posarse sobre mi vientre, trazando un camino por mi abdomen hasta mis senos. Mis pezones comenzaron a endurecerse, y mi sexo se humedeció. Era hipnótico. Me descubrí repitiendo en mi mente: “¡Que no pare!¡Que no pare!”. Y no paró. Por el contrario, se colocó entre mis piernas, levantó un poco mi ropón de dormir y… perdí el control. Creo que él también veía Harry Potter, porque tenía una buena varita mágica.

Lo que vino después no lo puedo contar, porque en mi vida casta y pura  -bueno, ni tan casta ni tan pura, je- había sentido yo algo como eso. Tenía que haberle dicho que me dejara un manual de procedimientos para mostrárselo a sus sucesores. Decir que vi las estrellas sería quedarme corta. El caso es que tuve un orgasmo atómico, con unos espasmos de placer que me sacudía el cuerpo completo.

Para cuando pude respirar otra vez, y conseguir abrir mis ojos nuevamente, con una sensación tremenda de irrealidad, ya no estaba ¡se había esfumado! ¿Cómo era posible? ¡No! No podía irse de ese modo con su airecito frío y su varita, y dejarme aquí preguntándome si estaba loca o en verdad había vivido aquello. Corrí hacia la ventana buscando a mi extraño visitante, y ni rastro. En cambio, una intensa luz se movía rápidamente por el cielo oscuro de la madrugada, alejándose hasta perderse en el infinito. Fue ahí que corrí al baño, al portal, y me dejé este horroroso moretón en el brazo izquierdo.

Cuando regresé a mi cuarto ya las dudas habían vencido a la razón; menudo sueño erótico acabas de tener, mijita, me decía al entrar y cerrar la puerta. Las semanitas de abstinencia que llevaba no me estaban haciendo ningún bien. O sí. Bueno, fui a la ventana, y la cerré, dispuesta a reconciliarme con Morfeo hasta el amanecer. Eché el pestillo y quedé como de piedra. En el piso, bajo la ventana, estaba tirado un fino cordón negro con una medalla plateada de raros símbolos.