De amores y febreros

“Solo el amor engendra la maravilla”
Silvio Rodríguez

Hay que ser consecuentes con el amor, es como ese amante lejano que no dejamos de añorar nunca. Y nos da rabia que se aleje, pero cuando regresa le perdonamos todo y le acogemos con el corazón abierto y dejamos que nos transforme. El amor es nuestro mejor amante.

Cada febrero nos obliga a recordarle, como aquella mejor historia vivida, o como la más anhelada, o la que nos dejó la más profunda cicatriz. Cada segundo mes de cada año nos enlaza nuestra mano con la suya y nos lleva a enfatizar su existencia, a nombrarle, a buscar las mil razones por las que le queremos a nuestro lado, y dentro de nosotros.

Y yo, que tanto y tan profundo amo, y que tan poco amor encuentro, no escapo al impulso casi hipnótico de escribirle a este amante mío contrariado, que se escurre de mis manos y me hace burlas como niño juguetón. No quedo exenta, también mis manos convulsionan las letras que le nombran, aunque en mi interior sospeche que no habrá febrero que me salve de su abandono.

Le aclamamos como gladiadores, nos rendimos ante él sabiendo que quizás por su causa acabaremos con el corazón hecho trizas. Y dejamos el alma en la arena con tal de ganarnos su favor. Le buscamos cual dios salvador, como lluvia para la aridez de nuestras almas. No importan los idiomas, ni las culturas, ni los años; tanto da el color de la piel, o la estatura, o el género. Amamos, todos, al menos una vez en nuestras vidas. Queremos, todos, sentirle al menos por esa única vez.

Mas su trampa es que no funciona en un solo sentido, ha de regresársenos cual boomerang para lograr sentirnos completos, plenos. Entonces yo esta vez –aunque suelo renegar de esta fecha–, lanzaré mi boomerang virtual, en el más profundo deseo de que todos puedan amar y, sobre todo, sentirse amados. Pido por las manos felices en otros dedos entrelazados, por el abrazo cálido, el beso profundo. Que las sonrisas hallen cómplices y las miradas otras pupilas en las que naufragar. Quiero que por esta vez, al menos, llegue a ser el amor, para todo el que me lee y para los amigos, el mejor de los amantes.

Volvamos a soplar las velas

Ha estado dando pasitos cortos, tambaleantes, indecisos. Le he tenido a veces sumido en una niebla de inseguridad y forzado abandono. Ya no le vienen a ver como antes, ni hablan de sus palabras como hacían hace un año atrás. Pero ha sobrevivido, no se ha rendido, ha seguido aquí, conmigo, durante trescientos sesenta y cinco días más.

La casita de mis letras cumple hoy dos añitos, y cual pequeño que apenas ha dado pasos por la vida intenta mantener el equilibrio y sus llamados de atención. Dos años en los que las letras, si bien han palidecido un poco tras un exilio -acaso temporal- de las musas, batallan como náufragas agarradas a la tabla de los sentimientos y las emociones, y se empujan las unas a las otras combatiendo la marea.

No quieren escuchar de retiro, ni de claudicación. No quieren saber de muertes tempranas, ni de olvido. Prefieren seguir siendo bellas, esbeltas, agraciadas. Pretenden continuar tomando de las manos a las emociones ajenas, y tejer con ellas una red en la que cada punto de unión sea un corazón latente.

Por eso les invito, amigos que aún me leen: los que quedan de los tiempos primeros, y los que se han sumado luego, a que soplen conmigo estas dos velas que representan el camino andado, y que me ayuden a desear muchos días más para los sueños, las nostalgias, las pasiones, las historias; esas que pueden ser las mías, pero también las tuyas; esas que pueden ser igualmente un trocito de tu vida, y de tus anhelos. Porque este sitio no ha sido nunca solamente mío, sino de cada uno que pasa, se quede o no, del que deja sus palabras y del que lee en silencio, del que concuerda y lanza un elogio y del que tiene la honestidad de discrepar y generar el debate.

Porque este blog es de todos, y no hallan cobijo las palabras sino es en los ojos que las leen, y no encuentran aliento sino en cada comentario que le sustenta. Por estos dos años que hemos recorrido juntos, en los que no me han dejado a pesar de los rasgos de inactividad. Para mis musas adormecidas, para las manos amigas. Para el que ha conseguido vivir aquí, también, un poco de desnudez. Para todos: Muchísimas gracias, y Feliz Aniversario… siempre Al Desnudo.

La primera vela

No me llega este día en el mejor momento de las musas, han estado holgazaneando últimamente. Pero saben que esta vez es obligada alguna letra, aunque torpe y escurridiza, aunque no se colmen de las mieles que se esfuerzan por ostentar algunas veces. Como sea, saben que no se puede dejar en blanco la cuartilla.

El hombre cataloga el tiempo a conveniencia: a veces pasa lento –dice–, otras veces vuela; lo cierto es que este sitio encontró la forma de llenar el espacio de un año con letras, signos, emociones y sentimientos. La arrancada fue una apuesta, un tímido “¿por qué no?”, un pasito tembloroso sin saber a ciencia cierta lo que significaría; y henos aquí, un año después, encendiendo la primera vela del primer pastel.

Ha habido debate, reflexiones, argumentos, denuncias, imaginación. Han confluido los sueños y anhelos con las realidades y las vivencias –las mías, las ajenas–, se han vencido retos, se han encontrado motivos para el reencuentro y para hacer nuevos amigos.

Nunca se sabe a ciencia cierta qué hallarás al cruzar una puerta, tampoco tienes seguridad de lo qué harás con lo que encuentres al otro lado, pero cruzar el umbral de Al Desnudo ha sido gratificante para mi, en las palabras amigas, en los elogios, en los agradecimientos; me ha hecho feliz cuando alguno se ha identificado con un escrito, cuando otro ha opinado contrario y generado un encuentro de ideas, convergiendo opiniones y personalidades. La fidelidad de algunos amigos ha sido un premio, verles volver siempre aun con la marea baja, escarbando en la piedritas de la orilla algún comentario bonito.

Este aniversario no es exclusivamente del Desnudo, es también un poco de las musas, de cada persona que se llegó alguna vez y dejó su huella, de los fieles que aun vuelven, y de los que vendrán y leerán en retrospectiva lo que hemos vivido hasta aquí. Todos son merecedores de la celebración y el agradecimiento. Les invito entonces a que me sigan acompañando en este viaje, a seguir siendo parte del encuentro en las palabras; les pido me permitan seguir disfrutando de vuestra compañía. Sople hoy, cada uno, la vela junto conmigo.