Esta historia no es mía, aunque la narre en primera persona. Pertenece a una musa que me cuenta a veces sus vivencias, y éstas me sacan un escrito, inevitablemente.
A Maité y Ernesto,
los protagonistas de esta historia de vida
Volver, con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien.
Sentir, que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada…
Carlos Gardel
Yo era joven, muy joven, estudiaba en la Universidad. Mi corazón abierto a las emociones, a los sentimientos y los placeres. La Facultad a un lado de la ciudad, mi casa al otro, la bahía de por medio, y la lancha que en su ir y venir incondicional cargaba con mi viaje de cada día.
Aquella vez iba yo de regreso a casa, mirando por la ventanilla de la lanchita, sintiendo la brisa en mi rostro y en mis cabellos; de repente volteo a ver, como si unos dedos invisibles me hubieran tocado, como si alguna voz inaudible hubiera pronunciado mi nombre. Sus ojos se clavaban en mí, fijos, penetrantes, hermosos. Con un rubor cargado de empatía cambié la vista, no sin antes haber sostenido la suya por unos segundos. Pero ya era tarde, una especie de magnetismo se había apoderado de los dos: yo no pude evitar mirarle a intervalos, el tampoco evitó mirarme fijo cada vez.
Llegamos, yo bajé antes, él quedó atascado con su bicicleta entre las otras que no le permitieron bajar detrás de mí. Pero sus ganas de conocerme eran tan persistentes como lo había sido su mirada hacía unos minutos. Yo había avanzado apenas media cuadra cuando él de me dio alcance, pasó a mi lado en su bici y volvió a atravesarme con su mirada. Entonces, sintiéndome descendiente de Afrodita, le reté de vuelta con la mía. Yo a pie, el en bicicleta; avanzaba girando su cabeza hacia atrás para verme cada pocos segundos. Entonces crucé la calle, en un momento en el que no miraba cambié mi rumbo hasta la otra acera, provocando un juego de perdernos por un instante. Casi cae al voltear y no verme esa vez, su equilibrio titubeó por la sorpresa. Bajó entonces sobre sus pies, decidido a no tantearme más, sino a irme de frente, cruzó en pos de mí y, al llegar a mi lado, extendió su mano.
– Hola, soy Ernesto. – dijo, y los astros estallaron, todos ellos, no hubo uno que no se doblegara ante esa voz.
Caminamos todo el trayecto que quedaba hasta mi casa, conversando, con los preliminares de siempre que comienzas a conocer a una persona. Era guapo: su piel blanca, su pelo negro, alto, fornido, con unos ojos oscuros que parecían atravesarte el alma de lado a lado. Llegamos a mi casa, y fue entonces que su boca disparó una frase que hizo blanco perfecto en mis ilusiones, resquebrajándolas: “Soy casado”. Acepté no obstante su amistad, me negué a perder el vínculo con ese chico que procuró mi cercanía con tanta insistencia, provocando que yo quisiera lo mismo.
Así comenzaron los días con Ernesto en mi vida. Nos veíamos a veces, compartíamos un café, o un helado. Yo me volví la confidente de sus problemas matrimoniales, él se convirtió en el hombro donde me recostaba a desahogar mis penas. Nos hicimos cada vez más cercanos, y la confianza y el afecto creció entre nosotros. Un día en el que estaba yo con las emociones latentes, con el alma vulnerable y el cuerpo hambriento, me encontré con un Ernesto que traía su propia alma a cuestas, con la sensibilidad a flor de piel y el cuerpo pidiendo liberación. No hubo opción, tuvimos que entregarnos a los designios que se habían trazado aquel día en que nuestros ojos nos ataron el uno al otro. Los cuerpos se dieron con pasión, como si el caudal de un río hubiera estado contenido por demasiado tiempo y se liberara de repente. Su espalda sudada, mi torso arqueado, sus manos saqueando los rincones, mi boca degustando su piel, las lenguas retándose en la lucha de intrincarse en las gargantas, yo temblaba inconteniblemente, su cuerpo entre mis muslos, mis pies sobre sus nalgas… un fuego nos consumió, y nos sentenció, no tuvimos ya escapatoria. Los días que se sucedieron fueron miel y deleite, aquel hombre y yo nos dimos tantas veces, el alba nos sorprendía amándonos, riendo, mirándonos. Le di todo, me entregué, me enamoré.
Aquella tarde la ciudad tembló bajo mis pies, creo que incluso el cielo lloró un poco por nosotros. Aquella tarde él me confesó que se iba a vivir a otro país, con su esposa y sus dos hijas. Ahí terminaba nuestro idilio, nuestra entrega. Ahora tendría que seguir sin él, extrañándole en las noches, deseándole, necesitándole, y sin poder tenerle. Así, el tiempo pasó, yo viví tanto más, amé tanto más, y jugué a olvidar aquel cuerpo que me hizo volar, intenté jugar a olvidar al hombre que robó mi corazón haciéndolo vibrar en cada beso, hace ya veinte años.
“Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada…volver…” El tango de Gardel retumba en mis sentidos; volver luego de veinte años ¿Se podrá recuperar lo vivido? ¿Pasará dos veces el mismo tren? He reencontrado a Ernesto en las redes sociales, y la rueda ha comenzado a girar nuevamente…




