Aquí les dejo la segunda parte de la historia para que vean como terminó el problema. Pudo haber sido de otro modo pero fue así como acabó el asunto aquel día.
II
El Director intervino antes de que el hombre descargara su furia una vez más sobre el rostro del muchacho. Intentó calmarle, hacerle ver que ese no era el camino, mucho menos la solución. Pero el hombre parecía fuera de sí, para él su hijo era un cobarde y aquello era inadmisible.
Mandó que buscaran al otro chiquillo; al problema había que darle una solución definitiva. Miró a su hijo con rabia y desaprobación, sus ojos parecían destilar algo similar a la repugnancia. “Ahora yo te voy a enseñar a ser un hombre”, le dijo.
El chico se sintió pequeño, indefenso, inservible. Se sintió estúpido y cobarde. Quiso ser como su padre, que enfrentaba el problema de frente y no salía corriendo con el pánico en los ojos y los bolsillos vacíos. Quiso golpearse a sí mismo por derramar aquellas lágrimas, quería secarlas y dar la cara, y solucionar él mismo aquel problema. Pero él no podía enfrentarse al otro, no podía. No era un hombre como su padre.
Entonces vino bajando las escaleras un profesor acompañando a un alumno; el maestro a paso ligero, el otro a su paso. El padre del niño salió como un bólido hacia las escaleras, dispuesto a enfrentar a aquel que había estado haciendo de su hijo algo menos que un hombre.
Román era alto, un negro delgado pero macizo. Extremidades largas, manos grandes y pesadas. Tenía cara de maleante cínico, caminaba a paso lento calculando todo, midiendo las distancias y las reacciones. Era salvaje, amenazador, agresivo.
Vio venir al padre del chico con aquella actitud de alpha, dispuesto a someterle, y su adrenalina se disparó. De un salto cambió su postura a la de un luchador: sus piernas separadas, sus puños en alto, su rostro de depredador contraído en una mueca amenazante, su mentón algo elevado, desafiante. Román no tenía miedo.
Los espectadores contuvieron el aliento. Los ojos del niño se agrandaban como dos lunas llenas. Un repentino silencio invadió el lobby de la escuela. El padre paró en seco.
Los segundos siguientes casi se tornaron en comedia. Hasta hoy nadie puede explicar cómo sucedió aquel giro. Cómo el rostro de aquel hombre pasó a ser de rojo rabia a palidez ceniza, cómo su ira, incontenible hasta hacía un momento, dio lugar a la calma y la mesura del entendimiento civilizado a través de una conversación, cómo su brazo terminó rodeando los hombros de Román mientras intentaba parlamentar una solución.
Solo ellos sabrían cual sería la salida encontrada, cómo fue que logró librar a su hijo de aquel problema, si acabaría realmente con la amenaza o heredaría la condena. Lo que sí quedó claro para todos – para su hijo- es que no fue precisamente “siendo un hombre” que enfrentó al acosador.




