Con esto respondo al reto de Vivi, pero que conste que lo blanco me resulta un poco cursi.
Que hay que intentar, al menos una vez,
tocar un sueño.
Raúl Paz
A él, que también fue luz
Le vi llegar un día, cayendo sobre mí, pendiente del sonido de mis manos, y en un ligero latir del corazón se me hizo imprescindible.
Vi la luz en sus ojos y en su boca, y en el perfecto encuentro de las horas desafiando el alba; vi la luz en su entrega incontenible, en aquella vez en que me conoció, y le conocí. Creo que ya le había soñado.
Me ató a su esencia con la perfección de su existencia, encadenó mis sentidos –todos– al torbellino de su cuerpo, a su piel resplandeciente y tersa, a su olor. Me hechizaba el sonido de su risa y el susurro lejano del viento escapando de sus labios cuando sucumbía al placer de mi presencia.
Tan hombre y tan etéreo. Tan perfecto. Se me hizo un ser de luz, que colmaba mi espera con el milagro del deseo, despertando en mí el febril anhelo de sumergirme en sus noches.
Me arrancó la coraza con un golpe de beso, con su mano en mi espalda, llegando hasta el final. El ángel cómplice de mis noches a solas, de mis locuras compartidas. Y desterré el miedo a darme plenamente, a desbordarme toda, a regar manantiales a su paso.
Me hice un asidero en su cintura, y en su espalda un puerto donde anclar. Caminé sobre la cuerda que tejió hacia su mundo, y no temí. Quiso darse a mi alma, devolverme a su costilla, no olvidarme jamás. Quiso ser parte de mí, y coserme a algún lugar donde un espacio llevaba mi nombre silenciado.
Y reímos entonces, juntos, como uno. Pegó alas blancas a mi espalda, trenzamos nuestras manos, saltamos a la vez. Al menos esa vez, pude volar.




