Alas blancas

Con esto respondo al reto de Vivi, pero que conste que lo blanco me resulta un poco cursi.

Que hay que intentar, al menos una vez,

tocar un sueño.

Raúl Paz

A él, que también fue luz

Le vi llegar un día, cayendo sobre mí, pendiente del sonido de mis manos, y en un ligero latir del corazón se me hizo imprescindible.

Vi la luz en sus ojos y en su boca, y en el perfecto encuentro de las horas desafiando el alba; vi la luz en su entrega incontenible, en aquella vez en que me conoció, y le conocí. Creo que ya le había soñado.

Me ató a su esencia con la perfección de su existencia, encadenó mis sentidos –todos– al torbellino de su cuerpo, a su piel resplandeciente y tersa, a su olor. Me hechizaba el sonido de su risa y el susurro lejano del viento escapando de sus labios cuando sucumbía al placer de mi presencia.

Tan hombre y tan etéreo. Tan perfecto. Se me hizo un ser de luz, que colmaba mi espera con el milagro del deseo, despertando en mí el febril anhelo de sumergirme en sus noches.

Me arrancó la coraza con un golpe de beso, con su mano en mi espalda, llegando hasta el final. El ángel cómplice de mis noches a solas, de mis locuras compartidas. Y desterré el miedo a darme plenamente, a desbordarme toda, a regar manantiales a su paso.

Me hice un asidero en su cintura, y en su espalda un puerto donde anclar. Caminé sobre la cuerda que tejió hacia su mundo, y no temí. Quiso darse a mi alma, devolverme a su costilla, no olvidarme jamás. Quiso ser parte de mí, y coserme a algún lugar donde un espacio llevaba mi nombre silenciado.

Y reímos entonces, juntos, como uno. Pegó alas blancas a mi espalda, trenzamos nuestras manos, saltamos a la vez. Al menos esa vez, pude volar.

Alas negras

“You’ll never be the same baby

once I’m done whit you”

Bruno Mars

 A él, que sacó a flote mi oscuridad

Recuerdo que esposó mis manos con el cordel de la locura poniéndome a merced del desvarío. Eran como garras sus manos y había filo en su boca, un ser hermoso y oscuro, un ser de infierno y luz.

No podré olvidar que me miraba y sumergía el universo en sus pupilas, creo que había fuego en ellas, fuego de holocausto ¡Que me quema el alma, que me la quema!

El mayor de los pecados fue su boca, arrancaba de cuajo trozos de cordura, para lamer luego las heridas, llenar de saliva los espacios, las cavernas, llenar de saliva el cuerpo entero plagado de mordiscos.

Recuerdo su andar abandonado, postura de dueño de mi selva, cadencioso, pausado, sereno, peligroso. Sus piernas fuertes abriendo una brecha, viniendo hacia mí.

Recuerdo también que me ató a los rieles de su alma, quebrantó mis huesos hasta el polvo, y me hizo ascender hacia el Nirvana con el dulce clamor de su garganta, acordes envenenados que rayaron mi existencia.

Creo que era un Caído, un ser de luz en las tinieblas; que oscuridad tan seductora fue su cuerpo que entregó sin condiciones.

Ahora llevo un par de alas negras a mi espalda, y marcas de locura en las muñecas.

 

Más que un muro

Hay un sitio en La Habana que me enamora, una prolongación de rincones que se suceden y acogen a las más diversas criaturas. En esos metros de muro que el mar golpea sin cesar se han construido las historias más insospechadas, aventureras, descabelladas, impúdicas, de amor, y hasta de muerte.

Es afrodisíaco y seductor, se ofrece sin reparos y se deleita en las presencias que le adornan en toda su extensión. Disfruta las melancolías, el olor a alcohol, los besos robados, las angustias, y el sexo sórdido.

Allí besé al hombre que una vez amé, tuve también mi más extraña cita, y canté al son de los acordes de una guitarra errante. Ahí quiero tener a aquel que tanto me estremece las entrañas si me mira.

Siempre volverán mis pies a caminarle, y mis ojos a besar su mar; porque es magia que me envuelve en recuerdos y pasiones, en anhelos y esperanzas.

Con su olor a sol y luz de luna, su velo de sal, vestido de mulatas a buen precio, su tabaco de contrabando y su negro de fuerte sudor. Con los locos muchachos saltando hacia el abismo de sus aguas y los pescadores rivalizando sus anzuelos con el pico del pelícano.

Que no me deje a la deriva la ternura de su hechizo, no me abandonen sus cantos de sirenas. Que no sea olvidado, ni se seque nunca el Malecón.

Ella

La reconocí una noche, estaba sentada en un rincón, sumida en algún recuerdo. En realidad la conocía desde siempre, pero solo hasta esa noche la vi claramente. Dirigí mis pasos hacia ella, con cautela, y me senté a su lado; me miró casi imperceptiblemente y sonrió, una sonrisa hermosa, pero triste.

Contó entonces las historias más intrincadas de su alma, aquellas que no solía contar a nadie, y en la tenue luz de su rincón, sus ojos parecían destellar un brillo de humedad. Sentí que un lazo ligaba nuestras almas, algo inquebrantable, vital.

Esquiva la mirada cuando habla, pero no porque esconda alguna verdad, sino porque sus ojos muestran siempre algo más, y ella lo evita. Sabe que le miran y murmuran que está sola en su escondrijo, pero aprendió a que no le importe. Mira fijamente la silla frente a ella y no se que piensa entonces, pero creo adivinarlo.

Desde esa vez visito aquel lugar cada noche, le busco entre la gente y ahí está, inmutable. A veces le observo solo de lejos, y disfruto de su juego cuando alguien, por azar, se sienta a su lado. Pero luego vuelve a quedar triste, cuando el juego acaba. Y vuelve a quedar mirando el sitio frente al suyo, con la mirada perdida y la humedad escondida por las sombras.

Me gusta verle bailar, porque siento que se vuelve viento, y seducción. Pero al final se avergüenza, de sus ademanes rústicos, de su desenfado, de su embriaguez.

Solo yo sé su secreto, porque aún cuando no habla lo siento dentro de mí, el tirón de sus latidos cuando llueve, el palpitar de sus entrañas si le toca un rayo de luna, el desgarrar de su alma cada vez que la marea le sobreviene.

Le digo que le abrazaré por siempre, y sonríe con ese mohín triste y hermoso, me traspasa su languidez. Toma entonces mi mano entre las suyas, me mira fijo, y sin mostrarse esquiva, sin esconderse, me pide que mejor le cuente mi historia.

Y esta vez soy yo quien llora.

Sueños

Dicen que soñar no cuesta nada, pero sí que cuesta.

Cuesta dedicar tiempo a tejer con las agujas de tus anhelos toda una estera de fantasías. Cuesta desatender otras empresas, porque a veces te quedas así como embobada, mientras tus ilusiones se dan riendas sueltas y se desprenden por delante de tus pies.

Soñar en ocasiones te vuelve incauto –con tu corazón, digo–, descuidas las verdades y, cuando vienes a ver, le tienes indefenso en una red de ensoñaciones, enredado ahí, sin saber como zafarse.

A veces pagas demasiado por un sueño, te descubres de pronto renegando de la realidad, queriendo huir de ella y quedarte ahí, tras tus ojos cerrados, donde todo es luz, donde tus manos se llenan, y la risa es plena, y tienes todo.

Lo más costoso de soñar es despertar. Es el precio más alto. Despertar en ocasiones cuesta tanto que el pago nos saca sangre y sudor, y lágrimas. Es entonces cuando tus sueños tropiezan y sin querer los pisas; y se estrangulan con las riendas que ahora aprietan demasiado fuerte.

Despertar es tan alto precio a veces que algunos prefieren quedarse para siempre ahí, entre los sueños, en un alquiler perpetuo de ilusiones.

Dicen que soñar no cuesta nada, pero sí que cuesta. Te lo digo yo, que tengo los bolsillos vacíos.

Opening

Dejaba su inocencia en un poema a José Martí, para un concurso escolar, o en unos versos dedicados a su madre. Con apenas unos pocos años ya las letras se habían hecho sus cómplices, sus amigas, su expresión.

Unos años más tarde, cuando la inocencia se tornaba conocimiento, aquellas mismas letras atravesaron la pubertad y le brotaron alas, y garras, y sueños. Entonces aprendió a dejar en el papel trozos de su corazón, gotas de lágrimas, deseos, euforias, anhelos, amores.

No le comprendían. No entendían cómo podía dejar sus horas correr entre las páginas, no eran capaces de ver que cuando escribía el tiempo pasaba a su lado sin medida exacta.

En algún momento sus letras tomaron conciencia, y comenzaron a plasmar otras realidades, otras inquietudes; y les dejó mostrarse a otras personas. Entonces algunos sintieron que aquellas letras suyas se le colaban bajo la piel, y le incitaron a escribir más.

Ya de adulta se descubrió tímida e introvertida, sumida en un mundo muy suyo, donde las palabras escritas eran un desahogo, un laberinto donde nunca se perdía, donde mudaba su piel y los sentidos se hacían el amor los unos a los otros, con toda libertad.

Y se supo entonces dependiente, perdida total. Ése era su modo, su lenguaje, articulaba el sonido en el rastro del grafito y la tinta.

Quiso compartirse entonces, darse un poquito a la gente, dejarse ver entre las líneas; y se creó un blog, con la esperanza de que alguien, al menos uno, le leyera con agrado.