Porque la vida es una canción…
Matías tiene una certeza en su vida, una inamovible: ama a Desiré. Sabe que esos son los ojos que quiere contemplar al despertar cada mañana por el resto de su vida, y que es esa la risa que le gustaría escuchar quizás desde la cocina mientras él pone la mesa. No le cabe duda que es con ella con quien quiere vivir, tener hijos, y envejecer. Pero tiene de ella todo menos ese compromiso.
Él es para ella el amigo confidente, el amigo compañero, el amigo amante, pero siempre el amigo, nunca más que eso. Cuando salen, cosa que hacen muy a menudo, el casi se cree la verdad de sus anhelos, casi llega a sentir que son una pareja real, y no solo el consuelo de la soledad mutua, no solo el amor en one way, sino algo verdadero, tangible. Pero basta que coincidan con algún conocido, y que Desiré lo presente como su amigo, a secas, para que las alas de Matías caigan estrepitosamente sobre el asfalto de la ilusión, y el corazón se le estruje en el pecho. Odia tanto aquello, que ella estampe en su cara que no es más que eso, como si fuera de amigos darse el cuerpo como ellos se lo dan, y besarse en la boca, y compartir tantas cosas en común, y extrañarse, y dormir desnudos y abrazados.
Entonces se molesta consigo mismo, se siente un idiota, una marioneta humillada, un desecho. Se promete no volverle a ver, no ceder a las ganas locas de sentir nuevamente su olor, de perderse en esa mirada, de renacer en el calor de su cuerpo. Se jura mil veces que esta vez tendrá la fortaleza necesaria, y hasta llega a sentir que lo ha conseguido, llega a creerse que esa vez, esa enésima vez, sí ha logrado liberarse. Hasta que la voz de Desiré danza al otro lado de la línea del teléfono, y su risa cantarina le seduce hacia una nueva salida. ¿Cómo negarse? ¿Cómo decirle no? Y allá va de nuevo su alma maldita, tras la falda que arrebata al viento, tras la boca que roba al aliento cuando ella le permite ser un poquito más.
Matías vive preso de un amor no correspondido, ama y solo es amigo, esa es su vida y es su muerte. En una cíclica agonía de ave Fénix ve pasar sus días, esperando a ratos un milagro divino que trastoque la realidad, que haga amanecer en Desiré un corazón enamorado, una mirada de ilusión, una promesa de futuro. Espera ganar por cansancio o abandono, por desespero de los tiempos, por no haber mejor opción, por confusión ¡por lo que sea! Espera y desespera. Tras las noches de sexo casual ella duerme, sumida en la relajación del cuerpo, él la abraza mas no quiere cerrar sus ojos, no quiere dejar escapar ni una fracción de ese tiempo que le regala, como la última migaja en la mano mugrienta del mendigo; la abraza y respira su aroma, mientras su silencio le envuelve en una plegaria suplicante: quédate, esta vez quédate conmigo.
Mi amiga Vivian se ha sumado a hacer una segunda parte de este escrito, como ya hicimos antes con otros. Espero que Duda tenga a bien hacer la tercera:





