¿Por qué lloramos, amigas?

Vidas. Historias. Fracasos. Dolor. Llanto.

Cuatro amigas se reencuentran luego de haber estado más de veinte años sin verse. Gloria, Irene, Yara y Carmen se remontan a un pasado inocente, candoroso, feliz, que contrasta dolorosamente con un presente chamuscado por los escupitajos de fuego de la vida, por las mordidas profundas y sangrantes del destino.

Cada una llora su propia historia a cuestas. El quebranto se cuela en la reunión, llega sin avisar, invisible, y se acomoda frotándose las manos y sonriendo malévolo.  El encuentro, lejos de ser la feliz velada que se planificó, se convierte en el escenario perfecto para confesiones difíciles, para abrirse las venas y soltar el alma por la boca. Cuatro caracteres, cuatro espíritus, cuatro mujeres.

¿Por qué lloran mis amigas? Película cubana que se estrenara en el pasado Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, y que ahora se muestra en los cines de estreno de la capital, es una historia mujer que vierte en pantalla diferentes modos en los que la vida puede desgarrarnos y hacernos llorar. Tan cotidianos, tan reales, tan nuestros.

La calidad de la puesta estaba garantizada desde la elección de las actrices protagonistas. Probadas, curtidas, Yasmín, Edith, Luisa María y Amarilis no decepcionan, cada una con su dosis de sobriedad o desparpajo, su tristeza o su optimismo. Logran convertirse en ti y en mí, te hacen reír o llorar, consiguen hacer que te descubras mirándote por dentro, viendo hacia atrás, a todo lo que anhelaste y planificaste, dándote cuenta de lo que no conseguiste. Percibiendo cómo la vida te pasó factura.

Un retrato de nuestras imperfecciones. Un espejo en el que podemos mirarnos y reconocernos. Una denuncia a tanto lastre con el que cargamos a veces, por nuestra obstinación, o por la sociedad, o por lo que fuere ¿Cómo no comprender a cada una? ¿Cómo no sentir su dolor? Cualquiera de nosotras –ustedes, amigas que me leen, o yo que escribo esto– podríamos ser las protagonistas de esa obra, como lo somos día a día, a cada paso. Son nuestras lágrimas en la pantalla de un cine, nuestras rabias y frustraciones, nuestros desesperos. Nosotras, que también tuvimos quince años y planificamos una vida perfecta para recibir luego otra cara en la moneda, sin príncipes, o sin amores, o sin hijos. Incomprendidas. Mutiladas. Desquiciadas. Muñecas rotas.

No es una película para mujeres, sino también para hombres, que aprendan a vernos, a saber lo que llevamos por dentro. No es para cuarentonas, sino igual para jovencitas, que no saben aún de las torceduras irremediables que hay en el camino. ¿Por qué lloran mis amigas? es un grito, un clamor en la oscuridad. Es una película verdad ¿Tú por qué lloras, amiga que me lees? ¿Por qué hemos llorado tantas veces? Cuánto nos desgarraríamos, cuántas tristezas tendríamos para contar si nos reuniéramos un día. Cuánto de mujer hay en el dolor. Cuánto de nosotras hay en la vida misma.

Mi hombre con costuras

En ocasiones he pensado qué bueno sería si pudiéramos conjugar a esas personas que tanto hemos querido, las que nos han apasionado y las que nos han tocado el alma, en una sola para tener finalmente a esa que necesitamos, o que anhelamos. Y obviamente con eso de “personas” me refiero a nuestros amantes, nuestros amores. O incluso podríamos tomar de aquellas otras que nunca llegaron a ser ni lo uno ni lo otro precisamente porque les faltaba esa alguna otra cosa, y tuvieron que quedarse en el “solo amigos”, pero no sin que dejáramos de reconocer que estaban a solo un roce de piel de poder llegar a convertirse en algo más.

Si pudiéramos hacernos ese ser híbrido, coser trozos de virtudes de esas personas nuestras, conseguiríamos un ser excepcional. Yo, por ejemplo, tomaría del amor de mi vida sus ojos de mar, y esa capacidad infinita que tenía para comprenderme, para apoyarme, para socorrerme. Su constancia diaria, esa tranquilidad que me daba de saber que estaba ahí, esa cercanía exquisita que tanto le disfruté. De mi mejor amante tomaría su manera arrasadora de darme placer, porque fue como ningún otro, porque con él fui una mujer diferente, sin ataduras. Porque jamás hubo tanta complicidad, tanta compatibilidad. Sin embargo, es otra persona la que me daría la posibilidad de coser el alma gemela, esa forma de ser en un modo de pensar mutuo, las coincidencias casi exactas en tantas cosas, esa sensación de sentir que hay alguien más como tú allá afuera, alguien cuya alma se arrima a la tuya, y te la enamora.

Tal vez sean mis nostalgias las que hablan, las que se inventan este absurdo de perfección imperfecta, y hacen nacer en mí este retoño de inmadurez adolescente. Tal vez sea tan solo el recuento de las buenas cosas que se escurrieron entre los dedos, que se perdieron. Las virtudes alejadas, que chocaban contra el muro de una nueva presencia, con sus propias virtudes a cuestas. O quizás sea el intento ridículo de esconder lo que no fue, lo que no consiguió ser risa, aquel impedimento. Lo cierto es que, si fuera posible hacerlo, nuestra persona con costuras devendría en una compañía exquisita, y no nos dejaría más opción que llevarnos al pecho un corazón que no se aguantaría de tanto amor, tanta pasión, y tanta entrega.

No sé si alguien más habrá pensado algo semejante alguna vez, pero yo, que soy una cierta definición de rareza y mentalidad con desdobles bien particulares, sí que lo he pensado ¿por qué no? hacerme ese hombre, que no sería un ser sin defectos, sino uno que encerrara las virtudes aquellas que encontré repartidas en otros hombres, virtudes que admiré, y amé. Aunque ahora que lo pienso y, más que pensarlo, lo escribo, me surge una pregunta: ¿Será que alguien tomaría algo de mí para hacer su propia mujer con costuras?

El gesto

Era un día de esos en los que el mundo entero te sobra, que el peso de los problemas te carcome por dentro y no atinas a pensar sino en los porqués de su existencia, y en como podrías resolverlos. Era un día de esos para mí.

Iba por la calle, en mi rostro más seriedad de la habitual, abstraída por los conflictos que me atormentaban, como un bucle sin fin que se rehacía una y otra vez en mi mente. Estaba triste, lo confieso. Mis emociones habían sido mordidas y languidecían dentro de mí, anhelaban un rincón ermitaño donde nada ni nadie pudiera darles alcance. Hacía sol y sudaba, tenía hambre, y sed.

Lo más difícil de sobrellevar era mi estado de ánimo, era aplastante, ataba con fuerzas mis ganas de decir y hacer. Hay días así, en los que mandarías todo lejos y simplemente te sentarías a dejar las horas correr, sin propósito alguno, con la mente en blanco, y el silencio por total compañía. Pero tienes cosas que hacer, impostergables, porque la vida sigue girando sobre la rueda lo quieras o no, te sientas como te sientas, y hay problemas que no se resuelven solos, y otros sin solución pero que se resisten a exiliarse de tu mente y te trastocan los ánimos. Algunos le llaman el color de la vida, el equilibrio, el “aquello” necesario para aprender a apreciar las cosas buenas, en fin, yo le llamo una hijeputada de la vida.

Iba entonces yo, caminando. Le vi antes de cruzar la calle. Entraba al portal de su casa y me vio. Se detuvo haciendo ademanes de cerrar la puerta. Se me hizo evidente que se demoraba a propósito para esperar a que yo pasara. Siguiendo la dirección en la que iba cruzando la calle terminaría pasando justo enfrente de su puerta. Me crispé un poco, no estaba yo para melosidades de desconocidos. No obstante seguí hacia adelante, no contaba ya con la opción de retroceder puesto que estaba a mitad de la calle.

Pasé entonces por delante de la reja de su portal. Era un hombre de buena estatura, pelo negro y rizo, piel trigueña. Debe haber estado rondando la treintena, pues su juventud se empezaba a marcar por cierto rastro de dureza. Se inclinó a recoger algo que había a la altura de su rodilla, luego se incorporó y me miró. Justo cuando pasaba por delante de él, en el momento preciso, con una sonrisa en los labios extendió su mano hacia mí, ofreciéndome una delicada Violeta que acababa de arrancar de su jardín. Acompañó el hermoso gesto con una frase de halago. Miré entonces aquello ojos nobles y pícaros a la vez, tomé la flor y le di las gracias, mientras le ofrecía a cambio, irremediablemente, la primera sonrisa del día.

Hay veces que la vida se empeña en apocarnos, en someternos a las tristezas y la desesperación. Pero luego aparece un ángel y se encarga de cambiarte el mundo, aunque solo sea por un instante.

Los monstruos de la vida

La vida es triste. Demasiado.
¿Cómo se le dice a un niño que debe dejar ir a su madre, que está bien soltarle hacia el jamás? ¿Cómo se le enseña a un niño a seguir viviendo con esa ausencia en su vida?
¿Cómo se resigna una madre a partir dejando atrás a su hijo, sin ella, solo?
A monster calls (Un monstruo viene a verme, en español) es un libro que narra la historia de Conor O’Malley, un niño de 13 años que tiene que vivir el martirio del cáncer llevándose la vida de su madre, cambiándole la suya propia por completo. Es la historia de un niño que tiene que aprender, demasiado pronto, lo dura y triste que puede llegar a ser la vida, con sus monstruos queriendo devorarnos todo el tiempo, llevarnos a los abismos.
La historia entreteje la fantasía y la realidad en la búsqueda de una salida para Connor, una salida ante tanto dolor: ¿Está bien desear que todo acabe, cuando ese fin significa la muerte de su madre? Un monstruo aterrador –la muerte– la arrebata de sus manos, a la vez que otro monstruo intenta hacerle comprender que está bien dejarle ir, que es necesario aceptarlo sin sentirse culpable.
No puedo describir el sabor de boca que me ha dejado esta historia. No consigo encontrar las palabras justas para exponer los pensamientos y las sensaciones que me han provocado el libro y la película. Mas una pregunta se me ha quedado clavada en la mente ¿Por qué escribir semejante libro? ¿Para qué plasmar tanto dolor?
No puedo evitar crear un paralelo con la realidad y pensar en los niños que, como O’Malley, se enfrentan a situaciones como estas. Quedarse sin su madre, no poder asirles, no tener la cura. Y la rabia y el dolor corroyéndoles por dentro y no encontrar aliciente, no saber qué hacer. Tampoco puedo dejar de pensar en la madre, que se va, que sabe que se va, y tiene que dejar solo a su chiquillo. Cuánta impotencia, que dolor tan terrible. ¿Qué hacer: mentirle, decirle la verdad? ¿Cómo darle consuelo a su pequeño? “Ojalá me quedaran cien años, cien años que darte”, dijo la madre de Connor. Y es que la niñez no es una edad para tener que ser valientes, es la edad de ser felices. Es la edad de, al sentir miedo, tener a la madre para dar arropo y protección.
El libro me entristeció. La película me hizo llorar. No me gustó. No debería escribirse literatura juvenil como esta. Tampoco me gusta esa parte de la vida, porque el libro es tan real, es tan cierta la muerte y su dolor, tan verídico que los niños pierden a sus madres, y que las madres no pueden hacer para quedarse, que da rabia.
A veces la vida, también, da un poco de miedo.

 

Un-monstruo-viene-a-verme-Ed.-Patrick-Ness

Inocentes

Zury tenía 25 años. Era recepcionista en una Empresa, pero sus aspiraciones era llegar a ocupar la plaza de Comercial, por lo que estudiaba la carrera de Comunicación Social en el curso nocturno de la Universidad. Cuando tenía clases llegaba a su casa sobre las 10:30 de la noche, a veces a las 11:00, pero no le importaba, el sacrificio valía la pena, tenía muy clara su meta.
Una noche Zury regresaba a casa tras un día intenso, estaba exhausta y solo pensaba en llegar y darse un baño, comer cualquier cosa y acostarse a dormir. Faltaban apenas tres cuadras para llegar cuando sintió una mano oprimiendo su boca y algo punzante presionando en su espalda baja. Estaba muerta de miedo, las piernas apenas le respondían, no quería morir, no quería. Pero hay veces que la vida impone muertes más dolorosas que el deceso final.
El hombre detrás de ella era alto y corpulento, negándole a la chica cualquier posibilidad de defensa. La arrastró hasta un pasillo oscuro que había entre dos edificios y, coaccionándola con el cuchillo hincando la garganta, arrancó su ropa interior y la penetró de un golpe. Las lágrimas caían incontenibles por el rostro de la muchacha que ya no intentaba escapar, solo quería que el episodio acabara. El hombre desbocó el placer en su interior, bufó unos instantes pegado a su rostro, luego se levantó y se fue, no sin antes pronunciar otras tantas amenazas. Así fue violada, esa noche, cuando regresaba a casa.

 

Camilo era un joven como cualquier otro, con ganas de vivir la vida, y vivirla bien. Salía con los amigos, y con su novia, se daba gustos propios de los chicos de su edad. Era un muchacho atractivo, lucía muy bien sus 20 años, al igual que su novia, una chica muy bonita y divertida.
Una noche fueron a una fiesta pública que se celebraba en un parque de la ciudad. Otro joven un poco mayor, con algo de alcohol en su sistema, tocó las nalgas de la novia de Camilo al pasar, con toda intención. Se enredaron pues en una lucha brutal exhalando ansias de primacía masculina, los golpes sonaron, los cuerpos rodaron, las chicas aullaban exaltadas, nadie les separaba. De repente, Camilo propinó un golpe al rostro del otro muchacho haciéndole caer sin control. El sonido de la cabeza chocando contra el borde de la acera acalló a los que presenciaban la pelea, y varias exclamaciones se sintieron por lo bajo cuando la sangre comenzó a brotar.
Fue juzgado y condenado a prisión, el hábitat de hombres sin corazón, sin futuro, hombres que no tienen más razón para vivir que hacer daño; el hábitat de un hermano del difunto. La primera noche en prisión se cernía sobre un Camilo asustado y desecho, durante el día había probado varios avances de lo que sería su vida en aquel lugar, ya en la noche, una litera maltrecha le acogía como único refugio en una galera llena de hombres superiores. Se sentía diminuto. El pinchazo se clavó en su nalga sin que pudiera advertir su llegada, y acto seguido, un susurro anunciándole el fraternal motivo, y el augurio de futuros enfrentamientos.

 

Madelaine era una mujer de espíritu consagrado, de esas mujeres que se entregan a cada causa de vida plenamente, sin poner condiciones. Dada al trabajo, a su familia, a los amigos, dedicada a todo con el compromiso del afecto y la responsabilidad.
Conoció a Félix cuando ambos estudiaban en la Universidad y se enamoró perdidamente de él. Tras un tiempo de noviazgo hermoso y lleno de ilusiones, flores, canciones y dedicatorias, se casaron, y unos meses después tuvieron un hijo. Madelaine jamás miró a otro hombre, todo su mundo estaba ahí, en la familia que había formado, se sentía orgullosa y satisfecha del hijo que habían engendrado, un joven ya, correcto y educado, trabajador, de buen corazón como su madre. También estaba orgullosa del matrimonio que había logrado construir, Félix era un hombre como pocos, nunca le dio motivos de tristeza, siempre brindó estabilidad al hogar. Madelaine era feliz.
Un día regresó del trabajo y encontró a Félix sentado en la cama, de espaldas a la puerta. Al principio no notó nada extraño, pero luego un rítmico movimiento de los hombros del esposo llamó su atención. Bordeó la cama sobresaltada, nunca le había visto llorar, algo grave tenía que haber pasado para que él estuviera tan compungido. Sentándose a su lado puso una mano en su hombro, pero él se movió esquivo, medio asustado. Antes de que pudiera articular alguna pregunta se percató de que él sostenía algo entre sus manos: una fotografía. Era la imagen de su esposo, con un rostro espléndido y feliz, en una inconfundible pose de intimidad con otro hombre.

 

Zury, Camilo y Madelaine se sientan en el gran salón a ver la televisión, cada uno carga con su propia historia a cuestas, pero comparten un destino similar. En el Sanatorio los doctores intentan prolongar sus vidas el mayor tiempo posible, intentan luchar contra el VIH que circula en sus venas, aunque ellos no tuvieron una vida sexual irresponsable. Les han condenado, aunque son inocentes.

50 Sombras color rosa

“Es imposible ser de golpe pájaro y serpiente.
Elige, y sé merecedor de tu noche.”
José Luis Fariñas

 

El mundo del sadomasoquismo se vistió de seducción en las páginas de un libro. Un modo de vida que hasta entonces se mantenía sepultado tras las paredes oscuras de algún sitio selecto, practicado por personas no pocas veces catalogadas de pervertidas y sucias, una forma censurable de asumir el sexo, se representa todo edulcorado en estos cientos de páginas.

Nos presentan a un multimillonario de tan solo veintisiete años, traumado pero encantador. Un hombre que derrocha masculinidad y atractivo a la par de los dólares que posee. Nos muestran, por otra parte, a una joven simple, sin más aspiraciones que las profesionales, y por demás virgen, que afronta el inicio de su vida sexual con una práctica fuera de todo convencionalismo, y que seduce a este hombre solo con ser ella misma. Entonces podríamos leer entre líneas: puedes ser simple e inexperta, puedes ser la chica que hasta ahora nadie había notado, y aun así lograr conquistar al soltero más cotizado; y luego está lo otro: puedes no saber nada de sexo, ser incluso virgen, y aun así adentrarte y disfrutar del mundo del sadomasoquismo como la expresión plena del sexo.

El sadomasoquismo se vistió de seducción en las páginas de un libro, y ahora todas las mujeres sueñan con ser Anastassia Steel, y encontrar un Christian Grey.

Pero si un error se cometió en los libros, otro peor vemos en las películas, que tiñen de rosa una práctica que se caracteriza mas bien por su tono oscuro. Entonces ahora no solo todas quieren ser Ana y conquistar a un Christian –entiéndase: guapo, adinerado, y supuestamente arrasador en el sexo- sino que la idea que tienen del sadomaso es la del puro sexo tradicional con la inclusión de algún que otro juguetico, en mi opinión, desperdiciado.

Todo esto se resume en mi cabeza de la siguiente manera: 50 sombras ha venido a tergiversar el verdadero sentido de la práctica BDSM, le ha puesto un vestido rosa para atraer las vistas de las jóvenes soñadoras,  le ha cambiado la identidad. Porque esta práctica sexual no va de tener un cuarto lleno de juguetes, ni de atarse las manos o vendarse los ojos, sino que se trata de una actitud, de la búsqueda del placer a través de lo extremo, de llevar el cuerpo al límite de las sensaciones; es el put… camino de losas amarillas en el que te encontrarás las cosas mágicas que jamás viste en tu querido Kansas; solo que no a todos le calzan las zapatillas.

Adentrarse en este mundo ha de llevar madurez, compromiso, conocimiento, seguridad y confianza. Hay que saber lo que se quiere y cómo se quiere, esperar a la persona correcta y tener entre ambos plena química y comunicación. No es una moda, es un modo, de placer y realización sexual, que entra en el plano de los gustos por lo que –obviamente- no le servirá a todo el mundo, sino solo a aquellos que consigan realmente disfrutar así, porque ese es el quid: disfrutar.

Así que, yo recomiendo a los que sientan inclinación por las prácticas sadomasoquistas que no tomen como base los libros o películas de las 50 sombras, que no pretendan emular con los personajes, sino que busquen materiales que hablen seriamente sobre esto, que se documenten bien y vayan de a poco adentrándose en esta forma de búsqueda del placer, sin apuros ni presión, y siempre con la persona adecuada, que no tiene que ser el multimillonario del año, ni la colegiala virgen, basta con que sea una persona con quien se logre un buen engranaje sexual, con las mismas inquietudes y modos de hacer. Entonces sí, podrás escribir tu propia historia, sin tantas sombras a cuestas, y con placer verdadero.

¿Me incluyo?

(He insertado un documento adjunto, algo que escribí luego de haber publicado este, tras ver un programa de televisión que consiguió sacar aun más mi indignación. No pretendo levantar más polémica, ni siquiera provocar más comentarios, el documento es simplemente algo que me vi obligada a sacar fuera, al menos decirlo, ya que no puedo hacer más. Creo que responde un poco la pregunta de ¿qué es lo que pretenden hacer en las escuelas? Leerlo o no ya queda por parte de ustedes, por mi parte intentaré que sea lo último que hable sobre el tema, al menos hasta la próxima campaña.)

La sexualidad adulta es cuestión de cada quien; el individuo, cuando alcanza la madurez sexual, ha de ser libre de satisfacer sus demandas carnales del modo en que mejor le parezca, y tiene además el derecho a que sus gustos y preferencias sean respetados, más allá de la aceptación y/o la comprensión.

En nuestro país se ha venido llevando a cabo desde hace unos años una campaña contra la homofobia, que intensifica su influencia en los días cercanos a la jornada de celebración, el 17 de mayo. Galas culturales, coloquios, festivales de cine gay, y hasta la sonadísima conga, en plena Rampa capitalina, de lesbianas, gays, travestis, transexuales y toda persona que simpatice con su causa. El día contra la homofobia ha devenido en un ámbito amplísimo de iniciativas exuberantes en pos –según se dice– de la inclusión de estas personas con inclinaciones homosexuales en la sociedad sin que tengan que sufrir humillaciones ni discriminación.

Hasta ahí de acuerdo. Nadie tiene el derecho de perjudicar o disminuir a otro simplemente por una elección personal que no afecta a terceros, sino que le hace disfrutar de su vida en un modo que considera es el indicado para sí mismo. Esto aplica tanto para la sexualidad como para cualquier otra arista de la personalidad. La represión a la que fueron sometidas tantas personas simplemente por tener una identidad sexual diferente a la de la mayoría en años pasados ha sido justamente erradicada en estos contemporáneos. Pero si ya ha sido erradicada ¿para qué seguir haciendo campaña?

Lo que en un inicio fue una causa justa y fundamentada se me hace que se nos ha convertido en una fiesta desparpajada, en una excusa para resaltar una condición que, si en verdad lo que quiere es ser aceptada como “normal”, está haciendo todo lo opuesto enfatizándolo de ese modo, haciendo tanto llamado de atención, convirtiéndolo en una imposición. Si lo que en realidad quieren es “normalizarlo” entonces deberían actuar de modo “normal”, como los heterosexuales, que hasta ahora no he visto que desfilen con rumba y pancartas anunciando su orientación sexual, simplemente son heterosexuales y punto, no hay que andar anunciándolo tanto. Me parece que el respeto que se pudo ganar con el argumento sólido que sí llegó a convencer a la mayoría y consiguió la inclusión social de estas personas con inclinaciones sexuales diferentes, lo están poniendo en apuesta al montar innecesariamente un circo alrededor del derecho humano, han cambiado la seriedad de un tema que afectaba social y psicológicamente, por la burla ridícula de trajes coloridos y brillantes, maquillajes excesivos, silicona y desfachatez.

Pero hay amparo, la sonada campaña va de la mano del CENESEX y el renombre. El que puede, puede. Y yo me pregunto ¿por qué el Centro de Educación Sexual ha concentrado sus fuerzas y atención en la lucha -ya sin causa- por la sociedad LGBT, habiendo otros asuntos de educación sexual que no tienen menos importancia ni ameritan menos atención? ¿Qué pasa con el resto del universo que conforma la educación sexual? No se, pero aquí parece haber algún interés personal marcado… digo yo.

Pero bueno, vamos al punto que en realidad me trajo a escribir esto, que tanta tela tiene para cortar el temita que acabé hablando de otras cosas. Al parecer cada año se buscan nuevas iniciativas que sustenten la campañita, nuevos lemas, y eventos novedosos. Este año, alguien dio con la tremendísima idea de incluir la temática de tolerancia homosexual en el programa educacional de nuestro país. Y hasta aquí llegó mi aceptación. ¿Hasta dónde quiere llegar la dirección del CENESEX? Es que esta cuestión ha pasado de ser una causa de aceptación y la no discriminación a una casi imposición, es como diciendo: “si en casa no te enseñan lo que yo quiero, pues te lo digo yo en la escuela, obligatoriamente, al final tengo el poder para influir en el sistema educacional cubano” ¿Tiene acaso el CENESEX el derecho de inculcarles tendencias sexuales a nuestros niños, o es esa tarea de cada madre y padre? No se, yo no lo entiendo, que cada padre tenga que consentir que se le estimule a sus hijos a ser gays o lesbianas, que le llenen la cabeza de conceptos y argumentos que, les guste o no, tendrán que aceptar. Y no podemos dejar pasar por alto el hecho de que es justo en edades primarias cuando son más vulnerables a la absorción de modos de conducta, y que además en esta etapa los niños aun no tienen una identidad sexual plenamente definida, no es raro ver a un pequeño confundido ante la diferencia de sexo entre hembras y varones, así como la elección que debe hacer según su género. ¿Qué harán los padres cuando los hijos les lleguen a casa con conceptos de sexualidad distintos a los que ellos prefieren inculcarles?

No creo que el CENESEX ni nadie tengan derecho a esto, a condicionar las mentes infantiles a que crean del modo en que ellos creen ¿Qué será lo siguiente? ¿Una conga infantil por La Rampa? Es que ya me da miedo esperar lo que traerá la campaña del año que viene. Si la idea es trasmitir a los niños una intención de no discriminación ¿por qué se centran solamente en la homofobia habiendo otras formas discriminatorias a las que puede ser sometida una persona? En mi opinión se han pasado, porque yo estoy de acuerdo con eso de tener una mentalidad abierta y el respeto absoluto por la individualidad, pero ya cuando se trata de un niño es otra cosa, el niño es responsabilidad principal de sus padres, y nadie puede imponerle a un hijo ajeno una educación contraria a la que sus progenitores quieren, y menos en un tema tan delicado como la sexualidad, que de un modo equivocado puede marcarte para toda la vida. Yo estoy completamente en contra de toda manifestación de discriminación, también hacia los homosexuales, pero no, No me incluyo, no cuando las mentes infantiles están en juego.

Alegato

Ciudad Maravilla

A Lester,
que me mostró el camino hacia el haibun

 

La Habana es un sitio para perderse y encontrarse. La ciudad de las canciones y los poemas; las nostalgias, las partidas, los regresos con o sin reencuentros. La Habana es un par de hermanas siamesas, unidas, fundidas: a veces dos, a veces una; inseparables, la misma pero diferentes.

A veces es una prostituta de glamour; elige bien a sus clientes: turistas. Les empalaga con Caribe, tabaco, sexo, ron. ¡Señor!¡Señor! Les soba la entrepierna, les seduce con promesas paradisíacas, con adulaciones de perro faldero, moviendo la cola, con la lengua afuera, lamiéndoles los pies, los pies blancos y grandes. ¡Toma mi guayabera, mi mano amiga, interesadamente amiga!¡Dame tus dólares, tus euros, tus libras, tus pesos! Pero otras veces es una p*** barata, que abre las piernas para matar el hambre, que las abre aun sin quererlo, que se las abren y la violan.

Gotea la madrugada.
El barman somnoliento
cuenta la propina

Ay, pero si mis ojos te abandonaran, si la vida me desterrara a un rincón de la tierra; no puede decirse que no, a La Habana se le extraña, se aprende a amarla con un sentido de posesión y de grandeza. No escapa de ese sello de capital, la capital de todos los cubanos; y los habaneros nos aferramos a las raíces que nos sembraron aquí, la poseemos con fuerza, nos sujetamos a su urbanidad, a su exceso de paredes, las limpias, las altas, las derruidas; a los ventanales, los balcones, las luces. La defendemos, contra, porque es nuestra Habana; que tiene su Malecón, su Prado, Miramar con su Avenida 5ta, El Morro, la ceiba, La Giraldilla, Tropicana. Esa es la hermana hermosa, la de bellos ojos, la que miras y dices “oh, que maravilla”.

Deja su ofrenda
en la ceiba.
Truena a lo lejos

¿Y la gente del campo? –entiéndase: que no es de La Habana–, les decimos palestinos, y que quieren nuestras casas, nuestros trabajos, nuestro ¿progreso? Y queremos que la ciudad los vomite, le metemos el dedo en la garganta, les dejamos los olores nauseabundos, La Habana Viejísima, Centro Habana, los suburbios. Y ellos bailan en la línea divisoria, en la fina línea donde coquetean el amor y el odio: ¡Dame más de ti, Habana! ¡Pero como te detesto! ¡Tan creído los habaneros, tan poco hospitalarios, egoístas, hipócritas! Deja vestirme como tu, hablar como tu, que ya no quiero este acento delator, deja virar pa´ mi pueblo así, bien habanizado, deja virar y regresar a ti. Porque ella les atrapa, con sus encantos, con su danza, su striptease, porque es linda en sus adentros, si le miras con los ojos de amar le ves hermosa, voluptuosa, infernalmente atractiva.

Del alba al anochecer
pregona la vendedora
de escobas

La Habana vive un equilibrio, una sincronización de almas, de seres. Rayan sus calles los tacones de bellísimas mujeres, de pieles limpias, de rostros tersos; despliega al sol la hermosura de los criollos: blancos, mestizos, negros, todos hermosos. Y después el gris desfile de las teces cochambrosas, los pies descalzos en las aceras, bocas podridas, ojos vidriosos, gente con la vida fea, con el alma fea, y el futuro desfigurado.

Casas recién pintadas.
La fosa desbordada
infecta el aire

Esta es la ciudad mimada, la que acunan los cantores en sus noches bohemias, con su guitarra y su piano; la acarician toda, la arrullan en su pecho. Esta es la ciudad querida, la viejita que tratas con ternura aunque ya no pueda dar ni un paso, porque lleva todo lo que aprendiste, lo que viste en tu correr, porque tiene ojos de vida y alma sabia, y lleva entre sus manos cada historia que ha tejido. Yo le piso y le respiro, la beso en los labios, le hago el amor; después le doy la espalda, la injurio, la humillo; porque yo también bailo en la línea entre el amor y el desprecio, en la rabia de ver que sigue siendo la misma víctima desatendida, aunque se le nombre maravilla.

Respiro feliz,
al compás de la ola
que rompe contra el muro.

Del gimnasio al aceite

Hace unos días llegaba a mi casa, y vi sentados en la parte de afuera del apartamento de los bajos a dos jóvenes, adolescentes aun, sumidos en una maniobra que, si bien yo ya sabía que se hacía, nunca había visto. Quedé algo estupefacta, y preocupada. Uno de ellos inyectaba aceite de cocina en los brazos del otro.

Una jeringuilla llena, bajo la piel, directo al músculo. Cirujano estético y enfermero autodidacta por cuenta propia. El otro, inmutable, se somete al riesgo sin pestañear siquiera, en su mente lo que prima es aparentar músculos desarrollados sin tener que quemar horas en el gimnasio.

Tuve una época en la que iba al gimnasio cada día, me encantaba; hacer ejercicios te deja una sensación placentera en el cuerpo, y en la mente. Tras el agotamiento doloroso de los músculos en la primera semana viene una fortaleza muscular y una disposición del organismo para cualquier actividad que se disfruta mucho, te sientes bien, ligero, activo. Hacer ejercicios es mucho más que simplemente lucir músculos tonificados.

Pero hoy la cosa ha cambiado –como en casi todo–, ya los chicos no quieren ir al gimnasio, sino que aceleran el proceso, imitan la apariencia de crecimiento y endurecimiento de los músculos a través de sustancias, pastillas y química. Olvidan lo que más importa: la salud, ésa que ponen en riesgo al inyectarse o consumir esas sustancias, ésa que evitan al dejar de lado el ejercicio físico.

Es hermoso ver a los chicos en el gym, en camiseta, sudados, ver el movimiento de los músculos bajo el esfuerzo de las pesas o las barras, constatar como semana tras otra van dejando la debilidad a un lado para mostrar bíceps más crecidos, muslos endurecidos, abdómenes planos y, sobre todo, una salud de hierro. Es triste y preocupante, en cambio, ver cómo arriesgan su calidad de vida en pos de una apariencia ficticia, cómo compran una imagen con monedas de salud.

Ella. Al descubierto.

Está seria, muy seria, su sombra se proyecta en la pared a través de la penumbra como una mueca fantasmal. Tiene el entrecejo fruncido y el cabello un poco revuelto. No quería volver a verle, la última vez fue tan doloroso que he estado rehuyendo desde entonces. Pero un tirón de las entrañas me ha sacado de mi egoísmo y he vuelto a su rincón marginado, donde se sienta a llorar la vida.

Pasa el dedo por las finas marcas de la mesa, parece absorta en algún pensamiento, pero sé que tiene la certeza de mi presencia, aunque no levanta la vista cuando me siento a su lado ni responde a mi saludo. Está enfadada, aprieta hosca los labios con su suerte eterna de contradicciones. Es tan mía que no puedo evitar sentir el agujero en su alma. Advierto que los demás nos miran expectantes desde sus mesas; alza la mirada y lo percibo entonces, es conmigo su enfado, porque le he dejado al descubierto y ahora ya no le rondan ignorantes para hacerle bailar, ahora quieren que hable, y ella no habla, solo conmigo, y a veces en silencio.

Acaricio su mano pidiendo perdón. Es tan pequeña, toda ella, tan diminuta. No suele dejarse acariciar pero esta vez se queda quieta, mirando como se mueve mi mano sobre la de ella. Siento su temor, sé bien qué le pasa, le acosa el tiempo, siente angustia, tiene miedo.

Mira a través de la ventana el viento gélido que sopla tras el cristal. “¿Cuándo llegará la primavera?” me pregunta, y yo no lo sé, no se de estaciones ni cómo manejar los tiempos. Si pudiera traería el florecer hasta su puerta, si tan solo pudiera. “Pronto”, le respondo en un susurro, pero sabe cuando miento. Siento que comienza a transformarse, parpadea como si la fría brisa de afuera se hubiera colado en sus retinas. “¿Llevas dentro la felicidad?”, le han preguntado. Miró su vestido multicolor y pensó “es el vestido, tan solo es el vestido”. Luego sonrió falsamente y continuó hablando de las trivialidades ajenas. Me lo cuenta y me atraviesa su pena, me atraviesa y me hace sangrar. Si pudiera comprarle el verano, y llenar su vestido de soles. No quiero llorar, pero me duelo demasiado por ella.

Percibo su rabia creciente y la mía se pone a la par. Quiero ser su cómplice, no me da la gana de dejarla sola. Patea la silla con fuerza. ¡Mozo, una botella de licor! grito con desespero. Me levanto y echo a todos de allí, no quiero que le vean, porque es mía, solo yo le veo, solo yo le entiendo, solo a mí me deja. Apago todas las luces, una sola vela pende en el candil sobre nuestra mesa. Doy un sorbo largo y le paso la botella. Se empina. Tose. No me ve llorar. Pasamos la noche bebiendo un licor que nunca acaba.