Nacer… pero cómo y dónde?

No hay cama, le dicen, y ella se queda parada ahí, con los bultos para el ingreso y un embarazo que pasa ya de las 41 semanas. No hay cama en la sala así que la llevan a pre-parto, junto a aquellas otras mujeres que se quejan de los dolores y las contracciones que a ella aun no le sobrevienen. Sola, incomunicada, expectante. Aparece una cama horas más tarde, en un cuarto atestado, cuando la doctora dice que es imposible dejarla en aquel otro salón. El baño tiene un tragante destapado en el piso, parece una letrina: un hoyo profundo que hiede.

Cuarenta y ocho horas después la pequeña abre sus ojos al mundo, sus pulmoncitos respiran el aire de la vida, el olor de su madre, el olor del salón desinfectado. No sospecha la gama de olores que tendrá que soportar luego. Horas de recuperación, al fin madre e hija pueden ser trasladadas a la sala de cesárea, la que tiene “mejores condiciones” para atender a las mujeres operadas. No hay cama, le vuelven a decir.

La ponen en un cuarto en la sala de partos normales. Al día siguiente alguien decide que ahí no le toca estar y la pasan para otro cuarto en el mismo pasillo pero del ala del frente, la que está aún pendiente de reparación, un cuarto en el que las condiciones son realmente deplorables, y donde supuestamente tampoco debe estar.

Las camas están apiñadas, los cuneros están juntos y no puedes atender a un bebé sin topar con el otro. Por ende, el sillón del acompañante no está al lado de la cama, sino a los pies, o lo que es lo mismo, en el estrecho pasillo que queda libre –o quedaría– para pasar al baño. No se puede caminar.

Pero nada de eso es lo peor, el colmo, el cataclismo de la situación. No lo es siquiera el hecho de que en cinco días solo se limpiara una vez, a manos de una reclusa, que no pudo –o no quiso– esperar a que los acompañantes salieran y pasó la frazada húmeda por entre los pies y las patas de camas y cuneros. No lo es tampoco el pan duro o la leche aguada del desayuno, o el que la enfermera pregunte a la paciente si se quiere poner el medicamento. Ni siquiera lo es el hecho de que el ventanal que abarca casi toda la pared no cuenta con cortinas ni empapelado y el sol se cuela de plano sobre las camas y las cunitas. No, lo peor de todo, lo más insoportable, lo más inconcebible, es el baño.

La unión entre las losas muestra una suciedad antigua, adherida, inamovible ya. El herraje del lavamanos está mutilado por lo que el agua cae sobre un cubito que alguien ingeniosamente colocó ahí, mohoso, que sirve a la postre para descargar la taza, ya que su tanque no funciona, no tiene tapa ni sistema instalado. Nadie lo vacía a tiempo, así que el agua corre e inunda el baño, porque el tragante del piso no consigue tragarla toda. Otra lata corroída hace las veces de cubo para descargar. La silla en la que deben sentarse las recién paridas, las recién operadas, para bañarse es una mugre oxidada. El cesto se repleta. Nadie recoge la basura. La taza se tupe dos veces, en ambas ocasiones un viejo negro, alto y flaco, viene a destupirla y, tras la proeza, sale con el destupidor goteando por todo el cuarto.

Ay pequeña! Que sabrás tú de olores. Tú que estabas tan protegida en el vientre de tu madre, tan limpia, tan a gusto. No imaginabas, lo sé, que el mundo aquí afuera sería así, con tanta podredumbre, que el lugar que te vería nacer sería un hueco mohoso y desatendido.  

Cuba se jacta –aún– de ser una potencia médica. Se jacta del servicio médico que brinda, y culpa a las mil vírgenes de lo que falta. Pero mantener un hospital con las mínimas condiciones higiénicas no conlleva una inversión millonaria. Garantizar a una operada una recuperación satisfactoria no precisa de la importación. No estamos hablando de medicamentos, ni de equipamiento médico, hablo de limpieza, de higiene, de medios que no cuestan mucho, como los implementos de limpieza o una taza de baño en condiciones.

Es triste decirlo pero los niños cubanos no nacen en condiciones favorables, nacen en un hospital sucio y propenso a enfermarles. Nacen en un ambiente con tendencia a la infección. ¿Qué hacen esos niños en el pasillo? Preguntó la enfermera cuando sus madres o padres los paseaban al fresco intentando dormirles. Éntrenlos que aquí hay muchas “cosas”. Y me recuerdo de Carlos Ruiz de la Tejera: ¿Qué cosa es “la cosa”?

Y para los que piensan que exagero, que difamo al tan sonado sector de la salud cubano, pues no hay nada como la evidencia gráfica. Aquí se las dejo.



Almas en deuda

A Halli,
te lo debía

Sarai y Hugo se deben muchas cosas. Se deben, cuando menos, unas horas de desnudez a puerta cerrada, mundo afuera y tiempo detenido. Se conocieron así, como al azar, en uno de esos sitios virtuales en los que la gente juega a soñar la sensualidad y el derroche, y cuando no les bastó la palabra detrás de un monitor se encontraron en el parque de un pueblo que ha guardado hasta hoy esta historia debajo de sus piedras.

Sarai tiene un esposo, y una hija, pero la delicadeza de Hugo, sus hermosos ojos verdes y su boca seductora le empujaron al riesgo exquisito de volar por un rato, y soñarse la adolescente que cree aun en príncipes encantados. Hugo tiene esposa, y un bebé, pero sortea los celos de su mujer hallando el tiempo para deleitarse en el olor de esta otra mujer, en su piel y el temblor de su cuerpo cuando se besan. Porque se han besado hasta la saciedad, han conocido el umbral del deseo, en sus manos se ha grabado a fuego la textura de la piel ajena, y en sus bocas un nuevo sabor se les fundió al paladar: el del otro.

Pero Sarai y Hugo no saben lo que es darse el cuerpo a plenitd, lo que es enredarse entre las sábanas y olvidar que existe un resto, un fragmento del mundo, fuera de las cuatro paredes en las que se entregarían todo y más. Se prometen encuentros de placer, planifican la continuidad de los besos dados, con un final de río desbocado y lava de volcán. Pero no han querido los astros alinearse en la suerte de este encuentro, cada plan se vuelve arena entre los dedos, cada certeza un desvarío, cada principio un fin. Y el miedo se deleita fraguandose en sus entrañas. Así van entonces, como almas en pena sus deseos. Ahí están, compartiendo cama con los cuerpos de siempre, imaginando acaso que por una vez podría ser ella, o él, quien le rozara la piel sobre el colchón.

El tiempo pasa y los hilos de las Moiras no se tejen a favor de su destino; el implacable les corta la dicha, y el susurro de algun dios malechor les desfigura los tiempos. Se deben tantas cosas, tanto sudor y tanto palpitar. ¿Cómo robarle una noche a la vida? Hay que derribar los muros, hay que saciar cada incógnita; no puede el angel mortífero pasar sin que sea testigo de unas uñas enterradas en la espalda, de alientos entrecruzados en jadeos de placer, de los cuerpos desnudos burlando las prohibiciones, y el sabor de lo salado. Hay que lograr ser eclipse.

Sarai y Hugo se deben una historia, una que las musas no hallarían cómo contar. Se deben una vida, aunque esa vida les dure lo que dura el despertar.

Dioses

A Duda, que me inspiró, como tantas veces.                                                                Gracias amiga.

 

Es fácil ser un dios en estos tiempos. Basta con ser una persona cualquiera, y que alguien más decida poner su fe en ti. Los dioses modernos no necesitan hacer milagros palpables para alcanzar la deidad, solo precisan de un grupo que decida poner los  ruegos a sus pies y la fe en su existencia.

Un guerrillero, un hombre de lucha ¿Cómo alcanzó la deidad? ¿Por los tantos hombres que mató en la guerrilla? ¿Por no flaquear –dicen– cuando le llegó la muerte? Un guerrillero muerto recibe ofrendas y súplicas. Un Guerrillero-dios.

Otro hombre, un mendigo, mira eternamente –sin ver– a la gente que pasa sin cesar. Su barba reluce, pulida, símbolo de miles de peticiones: suerte, dinero ¿amor? Nada de lo que él tuviera antes de morir. ¿Qué hizo entonces para que hoy tantos crean que puede concedérselos? ¿Recoger sobras de una cafetería? ¿Deambular sin rumbo por las calles mostrando su suciedad, hablando a todos y a nadie en particular? Un loco vagabundo. Un Vagabundo-dios.

Hoy en día cualquiera puede ser un dios: acaso un gobernante fallecido cuyos ideales no dejan descansar en el pasado; o tal vez un futbolista legendario que al partir al más allá arrastrará mares de lágrimas, y el epíteto “Dios” que le adjudican en vida tomará más vigor y veracidad tras su muerte.

Lo triste, cómico, paradójico o preocupante es que Dios –El Dios– pierde cada vez más popularidad ¿Por envejecido? ¿Por no cumplir promesas? ¿Será acaso dialéctica de la fe? No lo sé, pero a tantos dioses modernos el antiguo, el niño del pesebre, el de los grandes milagros, va siendo el rostro que cada vez menos busca la humanidad para creer. Y se ve éste cuestionado, contradicho, juzgado. Le piden pruebas, testimonios palpables de su deidad, quieren que demuestre que es verdaderamente un Dios, así, con D mayúscula, el portador de milagros; mientras los otros, los contemporáneos, tan solo necesitad volverse populares.

Tal vez un día sea yo también una deidad, si consigo hacerme lo suficientemente popular antes de morirme. Y entonces vengan personas de todas partes a poner flores a los pies de una escultura que me represente, y me pidan –me imploren- por sus más intrínsecos deseos. Y deberían, tomarme por su diosa, su patrona, la estampa en sus mesitas de noche, porque si yo tuviera el poder de una deidad daría a todos lo que les hace felices porque ¿qué sentido tiene ser un dios que reina sobre la tristeza?

Imágenes, esculturas, símbolos… el hombre necesita creer, precisa saber que en algún sitio existe un ser más poderoso que es capaz  de darle –y tiene a bien hacerlo– aquello que tanto desea pero cuya realización se escapa del alcance de su mano mortal. El hombre necesita pensar que “más allá” alguien vela porque lo imposible pueda hacerse realidad, porque lo inalcanzable pueda llegar a tocarse, y lo inexplicable encuentre una excusa para existir. El hombre necesita de sus dioses –existentes o no–, por eso cada día se inventa uno nuevo.  

Cuánto hala mi carreta

Artistas famosas, modelos de ocasión, la Monroe, la Montiel, Beyoncé o Scarlett Johanson… siempre han existido mujeres que han marcado el concepto de belleza femenina, que han acuñado en la mente de las otras el “a dónde quisiera llegar”, que han impuesto tallas y tendencias físicas. Pero ¿qué pasa si no eres ese tal modelo de belleza femenina?

Cuando no cumples con los cánones impuestos por la sociedad para lo que es hermoso y deseable te enfrentas a una vida en la que das cada paso corriendo siempre el riesgo de ser objeto de burla y falta de aceptación. Un ejemplo conocidísimo por si el escepticismo aparece: Adele es una de las mejores cantantes de estos últimos tiempos, una voz sensacional, pero para algunos eso ha sido secundario, ¿lo primario? Es gorda. Famosa, talentosa, y no escapó al modernamente llamado bulling. Y que gracias dé Adele que tiene un rostro precioso, sino pudo haber sido mucho peor.

Lo más interesante es que la tendencia cambia por décadas y región. Cada sociedad y épocas traen sus propios preceptos de belleza. En una podías ser lo más deseable que existe si estabas rodeada de masitas: buenas caderas, buenos muslos, pechugoncita, un buen trasero, y ahí daba igual si el abdomen no era como tabla de planchar. En otra época la hermosura máxima la portaron las flaquitas, delgaditas tipo bailarinas, esas mujeres que por no tener abdomen, ni grasa en las nalgas, rozaban o caían de lleno en la bulimia y la anorexia. En otra etapa se destacó la cinturita de avispa, cuando las mujeres comenzaron a mostrarse en traje de baño en la televisión y en las revistas. Y luego están las de ahora, el estilo Latino Perfecto. Estas son delgadas, cero grasa, puro músculo, pero ojo, esa delgadez no puede venir acompañada de carencia de volumen. La carreta tiene que halar, y halar bien. Así que inventamos la queridísima e idolatrada en los altares femeninos de la moda: Silicona. Entonces hoy, la belleza femenina se denomina así: delgada, musculosa, con senos de buen tamaño y siempre firmes, y un trasero a juego, o sea, de buen tamaño y firme también. Esto demuestra que, según en la época en que hayas nacido puedes haber sido considerada más o menos hermosa portando tu mismo físico.

Donde sí no hay arreglo es en el rostro, o sí lo hay, con la cirugía estética, pero me refiero a que en esta cuestión el voto siempre ha sido unánime: la mujer que impone el concepto de belleza es, por supuesto, la del rostro bonito, o sea, la de ojos hermosos, buenos labios, nariz discreta, simetría perfecta.

Ahora, lo preocupante es el resto. Sí, porque existe un resto, que curiosamente es la mayoría. Si se hiciera un análisis estadístico el resultado arrojaría que la mayor parte de las mujeres del mundo no cumplen con los cánones de belleza establecidos. Esto nos deja entonces con que es una minoría la que tiene mayor seguridad de aceptación.

Claro está que yo no soy socióloga, así que esto no es un estudio, sino simplemente mi apreciación, basada en la percepción y observación. No es un secreto, ni una idea mía, que muchas mujeres se han visto torturadas psicológicamente por su condición física, han sido burladas por ser  muy gordas, o muy flacas, por usar espejuelos, por tener los senos pequeños, o sencillamente por no tener las proporciones organizadas a lo Shakira o Rihanna. ¿Quién ha visto una gorda con sentimientos? pregunta el personaje de una de mis películas favoritas, pero la pregunta debería ser ¿a cuántos les importa realmente los sentimientos de una gorda, u otra cualquiera que se escape a la belleza establecida? Por desgracia no a muchos; y les vemos entonces por ahí, retraídas y deprimidas, insatisfechas consigo mismas, solo porque alguien determinó que sería mejor si lucieran de otro modo.

Para mí lo más doloroso es cuando somos las mismas mujeres quienes hacemos las burlas. La misma que sufrió porque su marido la dejó por otra de senos mas firmes o trasero más pronunciado, impropera a la gordita por necesitar dos tallas más que la que ella usa, o a la que tiene las piernas flacas, o a la que no tiene la cintura que lucía Rosita Fornés en su juventud. He escuchado a una mujer decir con determinación que otra es fea, y cuando en mi subjetividad lanzo las comparaciones, me resulta que la injuriada es más aceptable físicamente que la que injuria. Con esto no quiero decir que si fuera más bonita sí tendría razón para tal valoración, no, sino que deberíamos pensar un poquito más a la hora de emitir tales sentencias.

Las mujeres que no estamos dotadas de un físico que se ajuste a lo que la sociedad ha determinado como hermoso, tenemos que aprender a aceptarnos y hacernos valer así, tal como somos. No es tarea fácil, claro que no, porque en nuestra condición humana está incluida la necesidad de ser aceptados, y cada burla, cada rechazo, dejan marcas que ponen más y más alto el listón a saltar. Pero es tarea necesaria, por nuestra propia salud emocional, y porque de aceptarlo sin intentar contrarrestarlo nos estamos haciendo cómplices de un absurdo en el que nos han colocado en la línea de avanzada.

De igual modo, antes de soltar una burla o dañar con el rechazo a causa del físico,  valdría la pena preguntarse ¿Quién puede elegir, antes de nacer, la imagen que portará? No es mérito de nadie ser lindo, ni demérito ser feo, es simplemente una condición que toca, así, al tin marín, y que nada tiene que ver con lo que se lleva dentro. Pero eso ya se sabe de sobra, aunque al parecer sigue sin importar.

Mujeres

Es verdad que ustedes son superiores, son capaces de hacer lo que nosotros los hombres no podemos. Me decía un hombre el otro día, mientras yo le ayudaba a realizar una labor que le resultaba imposible a sus torpes manos, mientras en las mías la tarea danzaba cual grácil bailarina. Somos en realidad un complemento, le respondí, nosotras los necesitamos a ustedes tanto como ustedes a nosotras. Y es cierto. Pero también es verdad que si sacáramos un cálculo estadístico veríamos que el diapasón de capacidades de nosotras las mujeres es más amplio que el masculino, las mujeres solemos abarcar más, y casi siempre en menos tiempo, y casi siempre más profundo. Y no me refiero solo a las labores, sino también a las emociones y los sentimientos, a los pensamientos, a nuestra condición de mujer.

Tenemos un día para celebrar que nacimos féminas, y tal vez este día no sea más que una cortesía masculina, pero más allá de eso da un motivo para detenernos a pensar qué significa ser mujer. A veces nos quejamos de que la naturaleza se ensañó con nosotras y nos dio más obstáculos físicos que a los hombres, que nos hizo más frágiles, más limitadas. Sin embargo se me ocurre pensar que son esos pequeños cráteres físicos los que nos engrandecen porque, a pesar de todos ellos, conseguimos igualarnos con aquellos a quienes se les ha denominado sexo fuerte.

No es feminismo, es condición. Las mujeres amamos con una intensidad diferente. No digo que amamos más, porque también el hombre es capaz de amar, digo que nosotras amamos diferente, nos damos de otra manera, una que es nuestra y que solo nosotras somos capaces de sentir y de demostrar. Tenemos ese instinto maternal que hace sonar la alarma de nuestro reloj biológico cuando llega el tiempo. El hombre desea tener hijos, nosotras lo necesitamos, lo gritan nuestras entrañas, nuestro cuerpo nos desgarra por dentro pidiendo a gritos que por favor le pongamos una nueva vida dentro. Y luego la experiencia de gestar: única, incomparable.

Las mujeres somos un torbellino indetenible, podemos ir de la más frágil dependencia a la más empedernida de las voluntades. Nos amamos, nos bastamos, nos sabemos. Ser mujer es portar todo un arsenal de posibilidades ante la vida, un sinfín de caminos posibles, de actitudes –y aptitudes- probables. Sensitivas, emocionales, capaces, esforzadas, voluntariosas, sacrificadas. Amantes, amigas, consejeras, líderes, esposas… Madres.

Las mujeres somos un amasijo de condiciones para enorgullecernos, para celebrar –nos –,  para vivir. Ser mujer es tener la capacidad de darle a la vida una mejor forma, y un mejor color. Es saber moldear la historia, recitar el dolor, trastocar la muerte. Ser mujer es ser grande, es agregar un latido al corazón, es jugar a ser naturaleza.

A todas mis amigas, a todas las mujeres: por ser excelsas, por dotar a la vida de ese ingrediente único e indescifrable que sazona de amor y alegría, por cada pulsación que insuflan  a las venas de la existencia misma. Por ser mujeres. Felicidades.

CubaSí no me publica

Soy asidua a la página CubaSi. Mi rutina diaria conlleva entrar a la página en la mañana para leer varias de sus columnas y comentar, claro está, cuando algún artículo me arranca un criterio. Pero solo me publican el 50% de las veces, la otra mitad echan mi opinión al excusado.

Si el artículo va del logro de una mujer que consiguió tener su hijo tras años de tratamiento, y yo elogio a la ciencia y felicito a la madre hacen público mi comentario; pero si el artículo pretende deslumbrar con un majestuoso hotel –otro más- en un popular entronque capitalino, y vengo yo y hablo de los excesos, las ironías y las hipocresías… CubaSí no me publica. Si alabo un escrito que va de un evento cultural, la sensualidad, o excreto en la progenitora de Donald Trump, cualquiera que se llegue a la página podrá leer mi parecer; pero si, en cambio, digo con todas sus letras que el problema, la causa, el meollo de la plaga de los revendedores no son los revendedores en sí sino otro responsable intocable… entonces lo que escribo no podrá ver la luz.

La cuestión es que CubaSí no se reserva el derecho de censurar las opiniones ofensivas, malsonantes o depravadas, no, los administradores de la página se reservan el derecho de no hacer público cada comentario que no lama los pies de los intocables que mencioné anteriormente, oculta aquellos comentarios que dicen “no estoy de acuerdo”, aquellos que en su honestidad navegan a contracorriente y hacen de la hipocresía de un escrito una revelación de la verdad. CubaSí se niega a la verdad.

La nueva Constitución de la República, que tanto se ha estado difundiendo y defendiendo a lo largo de estos meses, en cuanto escenario les ha parecido pertinente, y para cuya aprobación los cubanos hemos votado en el día de ayer, recoge en el Artículo 54 que:

El Estado reconoce, respeta y garantiza la libertad de pensamiento, conciencia y expresión.

¿Pero dónde está el tal respeto y la supuesta garantía a la libertad de expresión si uno no puede esperar siquiera que su opinión sea publicada en una página oficial? ¿Dónde está la veracidad de ese artículo 54 si una simple opinión sobre temas tan cotidianos es mutilada?

Soy de las personas que dice lo que piensa o calla, prefiero no decir a tener que soltar palabras insulsas de adulonería barata. Seguiré leyendo y seguiré diciendo, y por consiguiente aumentará la cifra de los comentarios que no me publican. Lo que sí no podrán esperar de mí es el silencio ni que sea consecuente con tanta hipocresía. No me publicarán, pero al menos un administrador me lee. Y eso ya es algo, aunque no lo parezca.

Huellas

Tengo un implemento de oficina, de metal, en él descubrí hoy grabados tres nombres, trazados con la escritura irregular de una niña. Esos rasgos son las voces  que me gritan cuanto ha pasado el tiempo.

La niña que alguna vez escribió tres nombres en mi accesorio de buró tiene hoy, aproximadamente, la edad que tenía yo cuando la llevé aquella vez a mi trabajo y le permití jugar con mis útiles de escritorio, y la dejé sembrar la huella del tiempo. La niña cuyo trazo me ha devuelto al pasado es hoy una mujer, que gesta en su interior una nueva vida.

El tiempo no es más que un rastro de huellas: trazos, cicatrices, olores, espacios, juguetes, telas, un corazón grabado en un árbol. El tiempo no es más que aquellas migas que vamos dejando para luego volver sobre los pasos del recuerdo. Es una gota en la piedra, en nuestra vida, que un día nos damos cuenta dejó un orificio con cada vivencia, poco a poco, marcando.

Cada segundo cuenta, cada respiración, cada latido. Cada cosa simple y minúscula. Una voz en el teléfono, un arribo que se espera. He aprendido a amar tres horas entre unos brazos, una puesta de sol, los dedos entrelazados, cada génesis, cada beso. He aprendido a no escatimar emociones, a decir: soy, tengo, voy, ten.

Abro los ojos en la mañana y dejo una huella; transcurre el día y dejo mil. Vivo una vida y son incontables. Solo quiero que, cuando una de ellas me devuelva al pasado, me haga sonreír.

Futuro

Un día amanece y una nueva noticia se instala en tu vida. Un día comienza y te das cuenta de que tu vida está a punto de tomar un giro, quizás definitivo. La vida está hecha de esos pequeños instantes en los que nuestros pasos toman un nuevo rumbo y nos adentramos en lo que llamamos “una nueva etapa”. Nuestra existencia se compone no más de esos tramos de vivencias, esas etapas que van definiendo los pasos que damos, o que son definidas por dichos pasos, según se mire.

Tienes las cartas en la mano ¿Cuál sacar? ¿Cómo saber si va mejor tu mano o la del destino? ¿Cuál será la próxima jugada? ¿Qué cartas servirá la mesa? El punto de partida se bifurca en tantos posibles caminos que sientes que hasta la respiración cuenta para decidir hacia cuál de ellos serás impulsado. Hay que afirmar los pies y dar un paso, bajar las expectativas, mirar al frente.

Así estoy, parada en el entronque del camino. Detenida. Ante mí se abren las veredas y no sé, he de esperar la próxima jugada para saber cuál carta mostraré yo, intentar hacerme de un As. Mi alma se viste de estoicismo, se desnuda de emociones y lucha por abstenerse de sueños e ilusiones. Ha de ser parca en sus intenciones esta alma mía; esperar, solo esperar. Algo cambiará, lo sé, lo sienten mis entrañas, lo grita el aire a mí alrededor: una nueva etapa está por definirse. O por comenzar a definirse, al menos.

Me siento valiente, por no haber sucumbido a mis emociones más oscuras, más lacerantes. Me siento como guerrero ante una batalla, sin armadura, tan solo sus piernas firmes en el suelo y su espada apretada entre las manos. Ante su vista un terreno vasto que anunciará en cualquier momento, no sabe cuándo, un regimiento. Y solo entonces, cuando lo vea llegar, cuando lo tenga ya sobre sí, conocerá si son amigos o enemigos. Solo entonces sabrá si tendrá que batirse, o simplemente guardar la espada y celebrar.

No es más que estar a las puertas de ese que cambia cada día, que nos tuerce y entrelaza a su antojo, que se esconde y venda nuestros ojos, develándose tan solo cuando la cercanía entremezcla su aliento con el nuestro. Es estar ante la incertidumbre de mirar sin ver el rostro, de escuchar sin ver la boca moverse, de esa mirada a nuestra espalda que nos hace sentir que alguien nos observa, sin que sepamos quién. Es simplemente estar a la espera de que llegue ese que llamamos, aunque no le conozcamos: Futuro.

Abre tu puerta, y sé Feliz

Una puerta se levanta frente a nosotros, contamos ya los minutos para poder abrirla de una vez y traspasarla. A nuestra espalda otra puerta abierta, envejecida, espera cerrarse a su vez. Cuantas historias dejamos tras esta última, cuántas nos esperan tras la que aún permanece cerrada.  El ciclo ha llegado a su fin, y otro comienza.

Trescientos sesenta y cinco habitaciones que hemos de cruzar, cada una en el espacio invariable de veinticuatro horas, cada una con su vida propia, con su incertidumbre, su dosis de alegrías y de tristezas. Atrás quedan tantas cosas que hemos vivido, y cargaremos a nuestra espalda lo que podamos y debamos llevar para cruzar la nueva puerta, más otras vivirán ya en el pasado, el que –al cerrarse la puerta–  quedará atrás ya sin remedio.

Mi deseo es que cada amigo tenga frente a si la mejor de las entradas, y el más bello de los recorridos, que cada habitación que les aguarde tras la nueva puerta sea un estallido de júbilo y buenaventura; que lluevan los amores, que se cumplan los planes, que las buenas sorpresas inunden las pupilas, que las lágrimas sean solo de alegría y las risas plaguen cada amanecer y el placer cada anochecer.

Sabemos, sí, ya sabemos, que la realidad estará totalmente matizada, pero yo quiero imaginar que todo estará bien, porque sí, porque lo merecemos, y porque para los amigos solo tengo pensamientos buenos y deseos insuperables.

Vayan acercando pues la mano al picaporte y, mientras, sueñen el mejor de los futuros, la más intensa de las travesías; y cuando esta puerta nueva pase a ser la desvencijada y abierta a nuestras espaldas nos encontraremos nuevamente aquí, y les traeré una vez más los deseos de todo el amor y el cariño que pueda caber en un corazón, un abrazo fuerte y apretado, un beso y un Felicidades del tamaño del Universo.

Felices fiestas y la más feliz de las vidas a todos ustedes que me leen.

De la seducción al desagrado

El sexo, tan importante en la vida de todos –o casi todos– los seres humanos. Y no lo digo en el sentido de la reproducción y preservación de la especie, sino en el sentido del disfrute y el placer físico. Uno de los mejores placeres carnales, y un llamado fisiológico, nuestro cuerpo está diseñado para demandar este goce, y vivirlo a plenitud cada vez. El sexo, algo en lo que comenzamos a pensar desde que aun somos niños, y que nos absorbe como un vicio una vez que lo probamos.

No voy a venirles con mojigaterías, seré honesta: yo no veo nada de malo en tener sexo en una primera cita si el llamado es genuino por ambas partes, si una cosa lleva a la otra y ambos se desean lo suficiente como para desterrar los prejuicios y preceptos sociales y morales, y darse un buen revolcón. Por mi está bien, no hay que imponerse un número determinado de citas para finalmente irse a la cama. Tampoco le veo el gran problema a tener sexo con una persona que acabas de conocer, si saltó de repente la chispa, y la química es buena.

¿Qué es lo que me molesta entonces? La imposición, la predeterminación, el acondicionamiento.  La relación sexual entre un hombre y una mujer es algo que debe darse de un modo natural, cuando la carne llama y las entrañas tiran, si el fuego se enciende y ambos quieren quemarse. No debería ser de otro modo. Pero hoy en día la perspectiva ha cambiado hasta el punto de que –en mi opinión– está en riesgo de perderse la espontaneidad. Ahora cuando un hombre invita a una mujer a salir lo hace pensando en el “happy end”, ya es como una condición, como un paso a paso que ha de terminar irremediablemente en la cama, y que ha de cumplirse con todo rigor. Cuando un hombre invita a salir a una mujer no lo hace pensando en “salir a tomar algo, conversar, tal vez bailar, o ir al teatro, a una exposición… y regresarla a casa”. No. Cuando un hombre invita a salir a una mujer lo hace pensando en “ir a tomar algo (sexo), bailar (sexo), conversar (sexo), y luego sexo”.

A mí la verdad es que me tiene un poco harta semejante actitud,  que no se valore ya el irse conociendo de a poco, el ir descubriendo la atracción en la conversación de hoy, el café compartido del día siguiente, la llamada telefónica, hasta que un día, por sí solo, llegue el placer carnal.

Es cierto que a la mujer le toca imponerse, que si decimos “no”, pues es “no”, pero no crean, se siente la presión, la de la persona con la que estamos compartiendo, la de la sociedad que asume como cada vez más extraño el tomarse un tiempo para dejar que las cosas fluyan por sí mismas, que caigan por su propio peso. Y luego está el hecho de que, aunque te impongas y digas “no” ya te queda el aquello de saber que en la mente del tipo prima un pensamiento: sexo.

Los que me conocen bien –y me refiero a bien bien– podrían pensar que este escrito mío resulta un poco contradictorio, pero fíjense que yo hablo de la premeditación, de matar la creatividad, de anular la posibilidad de que exista pleno disfrute sin tener que terminar necesariamente en la cama, sino en una despedida en la puerta con sabor a promesa de un nuevo encuentro. Se trata de ver a la mujer como algo más que un fin para el placer del cuerpo, de hacer valer la importancia que tenemos, apreciar en nosotras los valores y virtudes que poseemos más allá del goce que les brindamos entre nuestras piernas.

Tal vez todo sea producto de la misma vorágine vertiginosa en la que se ve envuelta la sociedad, que nos ha hecho ir más aprisa, soltar lastre, cambiar preceptos. Pero pienso que bien viene preguntarnos: ¿Vale realmente la pena olvidarnos del placer de la naturalidad y la espontaneidad? ¿Vale la pena encerrar al sexo, tan disfrutable y placentero, en la premeditación, en una imposición psicológica? Yo creo que no. No sé, tal vez estoy cambiando, o he comenzado a transitar mi etapa más adulta, o sencillamente me he saturado. Como sea, más allá de mis razones subjetivas, pienso que vale la pena reflexionar un poquito sobre esto. Estoy convencida de que el sexo se disfruta mucho más cuando existe verdadera química entre los dos, de forma natural. Sí, es muchísimo mejor, se los aseguro.