Enamorarse

Tus manos no son hermosas
No veo estilo en tus dedos
Pero ¿qué humano reposa si se enroscan en tu pelo?
Pablo Milanés

 

Enamorarse es uno de los más grandes enigmas del ser humano. Y no me refiero al enamoramiento adolescente, a la pasión enraizada, al frenesí de los cuerpos, no; yo  hablo del sentimiento ese que nos carcome, que nos ata a otra persona, y nos cubre, y nos satura, y nos nubla el juicio. Hablo de esa inexplicable sensación de quererlo todo con esa otra persona, y no sabes por qué, no hay un punto de partida razonable, solo sabes que lo sientes, que ya no hay retorno, que te ha puesto el grillete apretado hasta el hueso, y lo sabes porque por más que quieres escapar no puedes, por más que forcejeas sigues en el mismo sitio, mirando al mismo borde de esos ojos. El enamorarse no conoce explicación ¿Quién puede saber cómo fue, o cuándo pasó? Simplemente te descubres preso el corazón, cuando ya es demasiado tarde para ingeniarse un escape.

Podría contar mis historias de amor, para mí las más grandes y profundas, pero bien sé que cada quién lleva la suya propia en los bolsillos; y todos conocen el sabor: el dulce de esos besos, el salado de las lágrimas, el amargo de la despedida. Podría contar mis historias, pero no serviría de mucho. Ni hablar de sus manos serviría, de nuestras noches, de los restos mortecinos de mis ilusiones, de los sueños desechos, del amor emigrante… les aseguro, sería solo una historia más. Salvo para mí, para mí lo sería todo.

Pero vamos, que su lado bueno sí que tiene: te das cuenta de que realmente puedes volar, desdoblas el tiempo, sonríes sin proponértelo, y haces lo indecible, lo que no imaginaste que serías capaz de hacer, por estar a su lado, aunque tan solo sea por unas pocas horas. Enamorarse es un  enigma indescifrable, pero no importa, bienvenidas sean las horas yacentes en el intento de perdernos en el laberinto sin salida. Aunque también temes, sí, temes que se vaya de tu vida, no volverle a ver, temes a la inexistencia de su aire que respiras, temes a seguir con un solo par de huellas sobre el asfalto. Y tal vez escribo esto con un nudo en la garganta, con el corazón en gris; o quizás lo hago desde el recuerdo, quién sabe, puede que en mis manos queden restos del enigma, o en tus ojos que me leen.

Tal vez pienses ahora que soy una romántica incurable, que soy de las que llevan un racimo de mariposas en la boca del estómago, y sueñan con flores y canciones y mensajes en botellas marineras; pues siento deshacer tales suposiciones. Yo soy más de compañías cuerdas, soy más de permanencias que de promesas, de hacer la vida y no los sueños. En realidad ya no creo en el amor, aunque tal vez él aún cree en sí mismo dentro de mí y se aferra a mis tendones, y me atenaza el corazón. ¿Puede uno no creer en el amor y aun así enamorarse? Puede que ahora mismo esté enamorada, incrédula pero enamorada. O tal vez simplemente hablo desde el recuerdo. Quién lo sabe.

La primera vez que te enamoras suele tomarte por asalto, no lo ves venir, su rostro te es desconocido, su voz te es ajena, así que no tienes –no sabes– como escudarte, lo tomas todo con la inocencia de un niño, te sujeta entre sus brazos y te aprieta fuerte removiéndote todo por dentro, y tu ahí, descubriendo lo que es amar. Lo que todos decían, ahora sabes cómo es. Pero hay que tener valor para volverse a enamorar, porque ya sabes reconocer el peligro y las señales. Hay que tener valor para sentir sonar las cornetas anunciando el ataque y abrirte el pecho y decir “venga, que no tengo miedo, haz diana en mi corazón antes desecho” Entonces el amor se hace más maduro, más sabio, más consciente, y más peligroso. Se vuelve un vicio, una dependencia, aun cuando piensas que lo tienes bajo control, y para salirte necesitarás una especie de proceso de desintoxicación, días y días de abstinencia, y no será fácil. Se logra, pero no será fácil.

Podría enseñarles las marquitas en mi corazón, pero no creo que sirva de algo. Podría mostrarles su color deslavado pero ¿para qué? Tal vez dije “te amo” alguna vez, acaso ayer, hace dos días, ¿o lo diré mañana? Puede que esté enamorada ahora mismo, o puede que solo esté recordando ¿Quién puede saberlo?

 

El Muro

Ahí está el muro, en el mismo sitio. Le miro fijo y me devuelve impávido su fría mirada de arcilla, que alguna vez fue de lava, y risa, y sol. Alguna vez sus ojos fueron un grito de locura, de tus manos y la piedra arañándole el cuerpo, y él siendo feliz.

Recuerdo el día en que le descubrimos y nos descubrió. Tú tan azul. Siempre tan azul. Yo tan extraña, tan anhelante, amándote tanto. Y el muro, hecho de fuegos artificiales. Ahí está. Paso y le miro de reojo. Me detengo y regreso frente a él. Pero no me mira más con tu luz.

Le quiero gritar, quiero maldecirle y golpearle por su estupidez, por dejar caer la lluvia sobre sí, por mutar el cuerpo y el volcán.  Si le vieras, como ha dejado de ser nuestro, como ha exiliado mi latido acelerado, y tu risa, y nuestro beso. Nunca fue tan alto y tan vacío como ahora, que ya no se descuelga la voz de tus manos haciéndome feliz, ni el brillo de tus ojos, mezcla adolescente y hombre sabio.

Sé que llora, como yo, porque perdió la huella, porque ya no es más el trozo de un amor, de la furia apasionada de dos corazones mordidos por el destino, el mismo destino que hoy me llevó hasta esa calle para ver que ahí, donde un día de sol escribiste mi nombre detrás de un te amo, el retrato de una niña sonríe entre mariposas en un fondo gris. Mientras, las lágrimas de un muro le mojan el cabello, y las mías se me escurren en el corazón.

El Muro, donde mi nombre se esconde tras el rostro de una niña

Mi hombre con costuras

En ocasiones he pensado qué bueno sería si pudiéramos conjugar a esas personas que tanto hemos querido, las que nos han apasionado y las que nos han tocado el alma, en una sola para tener finalmente a esa que necesitamos, o que anhelamos. Y obviamente con eso de “personas” me refiero a nuestros amantes, nuestros amores. O incluso podríamos tomar de aquellas otras que nunca llegaron a ser ni lo uno ni lo otro precisamente porque les faltaba esa alguna otra cosa, y tuvieron que quedarse en el “solo amigos”, pero no sin que dejáramos de reconocer que estaban a solo un roce de piel de poder llegar a convertirse en algo más.

Si pudiéramos hacernos ese ser híbrido, coser trozos de virtudes de esas personas nuestras, conseguiríamos un ser excepcional. Yo, por ejemplo, tomaría del amor de mi vida sus ojos de mar, y esa capacidad infinita que tenía para comprenderme, para apoyarme, para socorrerme. Su constancia diaria, esa tranquilidad que me daba de saber que estaba ahí, esa cercanía exquisita que tanto le disfruté. De mi mejor amante tomaría su manera arrasadora de darme placer, porque fue como ningún otro, porque con él fui una mujer diferente, sin ataduras. Porque jamás hubo tanta complicidad, tanta compatibilidad. Sin embargo, es otra persona la que me daría la posibilidad de coser el alma gemela, esa forma de ser en un modo de pensar mutuo, las coincidencias casi exactas en tantas cosas, esa sensación de sentir que hay alguien más como tú allá afuera, alguien cuya alma se arrima a la tuya, y te la enamora.

Tal vez sean mis nostalgias las que hablan, las que se inventan este absurdo de perfección imperfecta, y hacen nacer en mí este retoño de inmadurez adolescente. Tal vez sea tan solo el recuento de las buenas cosas que se escurrieron entre los dedos, que se perdieron. Las virtudes alejadas, que chocaban contra el muro de una nueva presencia, con sus propias virtudes a cuestas. O quizás sea el intento ridículo de esconder lo que no fue, lo que no consiguió ser risa, aquel impedimento. Lo cierto es que, si fuera posible hacerlo, nuestra persona con costuras devendría en una compañía exquisita, y no nos dejaría más opción que llevarnos al pecho un corazón que no se aguantaría de tanto amor, tanta pasión, y tanta entrega.

No sé si alguien más habrá pensado algo semejante alguna vez, pero yo, que soy una cierta definición de rareza y mentalidad con desdobles bien particulares, sí que lo he pensado ¿por qué no? hacerme ese hombre, que no sería un ser sin defectos, sino uno que encerrara las virtudes aquellas que encontré repartidas en otros hombres, virtudes que admiré, y amé. Aunque ahora que lo pienso y, más que pensarlo, lo escribo, me surge una pregunta: ¿Será que alguien tomaría algo de mí para hacer su propia mujer con costuras?

50 Sombras color rosa

“Es imposible ser de golpe pájaro y serpiente.
Elige, y sé merecedor de tu noche.”
José Luis Fariñas

 

El mundo del sadomasoquismo se vistió de seducción en las páginas de un libro. Un modo de vida que hasta entonces se mantenía sepultado tras las paredes oscuras de algún sitio selecto, practicado por personas no pocas veces catalogadas de pervertidas y sucias, una forma censurable de asumir el sexo, se representa todo edulcorado en estos cientos de páginas.

Nos presentan a un multimillonario de tan solo veintisiete años, traumado pero encantador. Un hombre que derrocha masculinidad y atractivo a la par de los dólares que posee. Nos muestran, por otra parte, a una joven simple, sin más aspiraciones que las profesionales, y por demás virgen, que afronta el inicio de su vida sexual con una práctica fuera de todo convencionalismo, y que seduce a este hombre solo con ser ella misma. Entonces podríamos leer entre líneas: puedes ser simple e inexperta, puedes ser la chica que hasta ahora nadie había notado, y aun así lograr conquistar al soltero más cotizado; y luego está lo otro: puedes no saber nada de sexo, ser incluso virgen, y aun así adentrarte y disfrutar del mundo del sadomasoquismo como la expresión plena del sexo.

El sadomasoquismo se vistió de seducción en las páginas de un libro, y ahora todas las mujeres sueñan con ser Anastassia Steel, y encontrar un Christian Grey.

Pero si un error se cometió en los libros, otro peor vemos en las películas, que tiñen de rosa una práctica que se caracteriza mas bien por su tono oscuro. Entonces ahora no solo todas quieren ser Ana y conquistar a un Christian –entiéndase: guapo, adinerado, y supuestamente arrasador en el sexo- sino que la idea que tienen del sadomaso es la del puro sexo tradicional con la inclusión de algún que otro juguetico, en mi opinión, desperdiciado.

Todo esto se resume en mi cabeza de la siguiente manera: 50 sombras ha venido a tergiversar el verdadero sentido de la práctica BDSM, le ha puesto un vestido rosa para atraer las vistas de las jóvenes soñadoras,  le ha cambiado la identidad. Porque esta práctica sexual no va de tener un cuarto lleno de juguetes, ni de atarse las manos o vendarse los ojos, sino que se trata de una actitud, de la búsqueda del placer a través de lo extremo, de llevar el cuerpo al límite de las sensaciones; es el put… camino de losas amarillas en el que te encontrarás las cosas mágicas que jamás viste en tu querido Kansas; solo que no a todos le calzan las zapatillas.

Adentrarse en este mundo ha de llevar madurez, compromiso, conocimiento, seguridad y confianza. Hay que saber lo que se quiere y cómo se quiere, esperar a la persona correcta y tener entre ambos plena química y comunicación. No es una moda, es un modo, de placer y realización sexual, que entra en el plano de los gustos por lo que –obviamente- no le servirá a todo el mundo, sino solo a aquellos que consigan realmente disfrutar así, porque ese es el quid: disfrutar.

Así que, yo recomiendo a los que sientan inclinación por las prácticas sadomasoquistas que no tomen como base los libros o películas de las 50 sombras, que no pretendan emular con los personajes, sino que busquen materiales que hablen seriamente sobre esto, que se documenten bien y vayan de a poco adentrándose en esta forma de búsqueda del placer, sin apuros ni presión, y siempre con la persona adecuada, que no tiene que ser el multimillonario del año, ni la colegiala virgen, basta con que sea una persona con quien se logre un buen engranaje sexual, con las mismas inquietudes y modos de hacer. Entonces sí, podrás escribir tu propia historia, sin tantas sombras a cuestas, y con placer verdadero.

Pena de muerte

El hombre miró hacia abajo, la gente sumida en el diario ir y venir, ignorando su presencia en las alturas. La distancia del balcón a la calle era imponente, y aun así él sentía un llamado como de sirenas hambrientas que se retorcían en un mar de asfalto.

El borde del muro no era demasiado estrecho, pero de todos modos una pulgada de cada extremo de sus pies sobraba en el apoyo: dedos y calcañal pendían sin sostén. Con una mano se sujetaba a la columna y con la otra se limpiaba el sudor; a tanta altura el aire batía, pero él sudaba. Una ráfaga sorpresiva le tambaleó haciéndole levantar el pie izquierdo, se bamboleó hacia adelante, luego hacia atrás; las manos temblorosas se aferraron a la columna que raspó soberbia las callosidades.

El corazón despotricando latidos le ensordeció, su cuerpo entero era un tamborileo infernal. Entonces rompió a llorar, la histeria se apoderó de sus sentidos arrancándole sollozos que laceraban su garganta. Una mezcla de mocos y babas corrían por su barbilla, el sudor empapaba su torso y sus axilas, los ojos enrojecidos en demasía miraban sin mirar, ahora a un lado, ahora al otro, un soplo de locura les teñía a ratos.

Por un instante quiso bajar hacia la seguridad del balcón y el pie le resbaló, no tenía control de sus movimientos. Dudó entre retroceder y quedarse, pero sabía que adentro no era precisamente un buen lugar. “No, no hacia la habitación”, se dijo. Volteó levemente a ver el interior y un grito se ahogó en su garganta. Las antes blanquísimas sábanas ostentaban ahora una espesa acuarela carmesí. La pared del fondo también estaba salpicada de húmedas impresiones.

El cuerpo de ella yacía con el rostro aterrado, la vista inerte clavada en el techo. Su hermoso pelo negro estaba convertido en una melcocha sanguinolenta, y pecho y vientre exhibían profundos agujeros de los cuales manaban aun leves hilillos funestos. Un seno rajado de la base al pezón, desfigurado, los senos que fueran motivo de su ensueño durante tantas noches.

El otro hombre reposaba un brazo y una pierna sobre ella, la cabeza en un ángulo algo ilógico, demasiado curvado hacia atrás, provocado por el profundo corte que abría su cuello como las terribles fauces de un gran animal. Las nalgas al aire exponían cavidades similares a las que ella mostraba en su torso. Ambos desnudos, ambos sin aliento.

El hombre volteó el rostro nuevamente hacia el abismo. Una sensación de vértigo le recorrió produciéndole una arcada y un ligero mareo; el llanto le ahogaba. Cerró los ojos, los abrió. Miró su mano ensangrentada y la limpió contra su camisa, pero era peor, aquella escurría sangre, la sangre de los amantes fatales. Una fuerza incoherente surgió de su ser, ahora la mente solo pensaba en ser libre: del dolor, de la vergüenza, del horror.

El grito explotó gutural de su garganta mientras se abandonaba al viento, convulsionando. Abajo, un ruido seco y potente alteró la rutina vespertina, mientras una patada involuntaria rompía una mandíbula en la fatalidad de las coincidencias. Sesos, astillas de huesos, piel desgarrada, miembros rotos, tornaron la calmada penumbra dorada de la tarde en un reality show estilo gore, acompañado por una improvisada banda sonora de genuinos gritos de terror.

Volver…

Esta historia no es mía, aunque la narre en primera persona. Pertenece a una musa que me cuenta a veces sus vivencias, y éstas me sacan un escrito, inevitablemente.

 

A Maité y Ernesto,

los protagonistas de esta historia de vida 

Volver, con la frente marchita

las nieves del tiempo

platearon mi sien.

Sentir, que es un soplo la vida,

que veinte años no es nada…

Carlos Gardel

 

 

Yo era joven, muy joven, estudiaba en la Universidad. Mi corazón abierto a las emociones, a los sentimientos y los placeres. La Facultad a un lado de la ciudad, mi casa al otro, la bahía de por medio, y la lancha que en su ir y venir incondicional cargaba con mi viaje de cada día.

Aquella vez iba yo de regreso a casa, mirando por la ventanilla de la lanchita, sintiendo la brisa en mi rostro y en mis cabellos; de repente volteo a ver, como si unos dedos invisibles me hubieran tocado, como si alguna voz inaudible hubiera pronunciado mi nombre. Sus ojos se clavaban en mí, fijos, penetrantes, hermosos. Con un rubor cargado de empatía cambié la vista, no sin antes haber sostenido la suya por unos segundos. Pero ya era tarde, una especie de magnetismo se había apoderado de los dos: yo no pude evitar mirarle a intervalos, el tampoco evitó mirarme fijo cada vez.

Llegamos, yo bajé antes, él quedó atascado con su bicicleta entre las otras que no le permitieron bajar detrás de mí. Pero sus ganas de conocerme eran tan persistentes como lo había sido su mirada hacía unos minutos. Yo había avanzado apenas media cuadra cuando él de me dio alcance, pasó a mi lado en su bici y volvió a atravesarme con su mirada. Entonces, sintiéndome descendiente de Afrodita, le reté de vuelta con la mía. Yo a pie, el en bicicleta; avanzaba girando su cabeza hacia atrás para verme cada pocos segundos. Entonces crucé la calle, en un momento en el que no miraba cambié mi rumbo hasta la otra acera, provocando un juego de perdernos por un instante. Casi cae al voltear y no verme esa vez, su equilibrio titubeó por la sorpresa. Bajó entonces sobre sus pies, decidido a no tantearme más, sino a irme de frente, cruzó en pos de mí y, al llegar a mi lado, extendió su mano.

Hola, soy Ernesto. – dijo, y los astros estallaron, todos ellos, no hubo uno que no se doblegara ante esa voz.

Caminamos todo el trayecto que quedaba hasta mi casa, conversando, con los preliminares de siempre que comienzas a conocer a una persona. Era guapo: su piel blanca, su pelo negro, alto, fornido, con unos ojos oscuros que parecían atravesarte el alma de lado a lado. Llegamos a mi casa, y fue entonces que su boca disparó una frase que hizo blanco perfecto en mis ilusiones, resquebrajándolas: “Soy casado”. Acepté no obstante su amistad, me negué a perder el vínculo con ese chico que procuró mi cercanía con tanta insistencia, provocando que yo quisiera lo mismo.

Así comenzaron los días con Ernesto en mi vida. Nos veíamos a veces, compartíamos un café, o un helado. Yo me volví la confidente de sus problemas matrimoniales, él se convirtió en el hombro donde me recostaba a desahogar mis penas. Nos hicimos cada vez más cercanos, y la confianza y el afecto creció entre nosotros. Un día en el que estaba yo con las emociones latentes, con el alma vulnerable y el cuerpo hambriento, me encontré con un Ernesto que traía su propia alma a cuestas, con la sensibilidad a flor de piel y el cuerpo pidiendo liberación. No hubo opción, tuvimos que entregarnos a los designios que se habían trazado aquel día en que nuestros ojos nos ataron el uno al otro. Los cuerpos se dieron con pasión, como si el caudal de un río hubiera estado contenido por demasiado tiempo y se liberara de repente. Su espalda sudada, mi torso arqueado, sus manos saqueando los rincones, mi boca degustando su piel, las lenguas retándose en la lucha de intrincarse en las gargantas, yo temblaba inconteniblemente, su cuerpo entre mis muslos, mis pies sobre sus nalgas… un fuego nos consumió, y nos sentenció, no tuvimos ya escapatoria. Los días que se sucedieron fueron miel y deleite, aquel hombre y yo nos dimos tantas veces, el alba nos sorprendía amándonos, riendo, mirándonos. Le di todo, me entregué, me enamoré.

Aquella tarde la ciudad tembló bajo mis pies, creo que incluso el cielo lloró un poco por nosotros. Aquella tarde él me confesó que se iba a vivir a otro país, con su esposa y sus dos hijas. Ahí terminaba nuestro idilio, nuestra entrega. Ahora tendría que seguir sin él, extrañándole en las noches, deseándole, necesitándole, y sin poder tenerle. Así, el tiempo pasó, yo viví tanto más, amé tanto más, y jugué a olvidar aquel cuerpo que me hizo volar, intenté jugar a olvidar al hombre que robó mi corazón haciéndolo vibrar en cada beso, hace ya veinte años.

“Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada…volver…” El tango de Gardel retumba en mis sentidos; volver luego de veinte años ¿Se podrá recuperar lo vivido? ¿Pasará dos veces el mismo tren? He reencontrado a Ernesto en las redes sociales, y la rueda ha comenzado a girar nuevamente…

Cerca del cielo

Llego al sitio de la mano de una suerte de reconciliación que puja por retomar intenciones del pasado. Él y yo queremos creer que hay redención.

Vedado capitalino, edificio que en sus inicios fue símbolo de majestuosidad: El Focsa. Hay que subir treinta y tres pisos, y el elevador nos recibe con la soledad cómplice en su interior, las puertas cerradas nos empujan, sin que medien palabras, a los besos clandestinos y la urgencia de las manos sobre los cuerpos. Un “ding” anuncia la apertura interrumpiendo el momento y salimos, emulando sobriedad, al interior de uno de los recintos más acogedores que he visitado.

Pocas mesas se acomodan a lo largo de una pared de cristal que da vista plena a un ala de la capital. Las aguas del Malecón engullen el infinito, extasiándome las ganas, las luces de la ciudad alumbran el iris, luciérnagas esparcidas a plenitud. Es hermoso. Nosotros allá arriba, el mundo abajo.

La luz dorada, como ha de llevar un bar, nos baña. Tras la barra un hombre uniformado se mueve con gracia, preparando los costosos tragos. Para nosotros cerveza, exquisitamente fría en su botella verde. Las copas reciben entusiasmadas el helado amargor y él, como hace siempre, choca la suya con la mía.

Allá, en un rincón, el señor elegante regala acordes que funde en su piano, las canciones envuelven a los que allí olvidan por un rato lo que afuera de aquel lugar se gesta. Me quedo mirando a una pareja que se aventura a bailar y me pregunto si me atrevería yo. Bailan pegados, con el romance fluyendo entre ellos, lo puedo notar. La señora de la otra mesa se divierte con el hombre menor: las fotos, las risas, su mundo; lucen tan felices que da gusto verlos.

Él regala un fragmento de aquella canción a mis oídos, me dice que no la ha olvidado: si yo pudiera… reconquistarte con lo que queda por decir.

Es un lugar alto, se pierde del resto de la ciudad; luz difusa, buena música, cristal traslúcido que pone el mundo a tus pies. Es un sitio de romance tenue, de calidez del alma. Un buen espacio para reconciliarse con las risas y el futuro.

Me sugiere levantarnos y llegarnos a la pared posterior, observamos la ciudad y me dejo llevar por la sensación de bienestar, con su cuerpo cerca del mío, su olor, y esa pose que adopta cuando quiere sentir que le soy grata. Más tarde saltaremos al otro lado del cielo, dónde nuestros cuerpos se dan sin condiciones.

Quiero detener el tiempo pero sé que hay que partir. Me duele dejar atrás tanta magia. El ascensor nos lleva abajo y parece sufrir porque esta vez un señor nos acompaña. Nos damos a la noche, dispuestos a morderle un trozo de placer a la vida. Nos reconciliamos por esas horas y es exquisito. Luego amanece.

Grande, mediano, pequeño

Desde tiempos remotos el hombre ha venido basando su vida en las medidas. Mide el tiempo, los ingredientes de una receta de cocina, mide las distancias, las tallas para las ropas y los zapatos… en fin, que se ha basado en lo mucho o poco, lo lejos o cerca, lo grande o pequeño.

Pero no solo las distancias, los ingredientes y el tiempo son objeto de medición, el pene también se ha vuelto víctima de semejante escrutinio. Preocupación de muchos hombres, pregunta recurrente: ¿El tamaño del pene es importante? ¿Determina el placer sexual?

Más de un mito gira alrededor de este particular, algunos con base en las verdades, pero para nada absolutos. Se dice, por ejemplo, que los hombres de raza negra son de mayor tamaño que los de raza blanca; esto es mayormente cierto, pero definitivamente no de manera absoluta, tanto puedes encontrarte un blanco de buenas proporciones que un negro con una medida pequeña. Ahora, las preguntitas. ¿Qué tan importante es el tamaño del pene para la relación sexual? ¿Qué papel juega en el placer?

Yo pienso que la importancia del tamaño radica únicamente en la cuestión anatómica, o sea, la capacidad vaginal de la mujer para aceptar uno grande, o sentir uno pequeño. Fuera de eso está clarísimo y más que demostrado que un pene pequeño, uno en la media, y uno grande, son capaces de brindar placer por igual.

Les haré una anécdota: Tuve una compañera de trabajo (sí, una compañera, no yo) que andaba de romance con un hombre; cuando fue a tener relaciones sexuales con él por primera vez resultó que el hombre tenía el miembro grande y ella, en vez de relamerse en pos del mito “¡Wao, grande es mejor!”, se asustó, recogió sus cheles y se marchó.

Mujeres profundas preferirían tal vez uno de buenas dimensiones, al igual que aquellas que sienten mayor placer cuando se le tocan los puntos al final de la vagina, pero aquellas que tienen poca profundidad vaginal posiblemente se sientan mejor con un miembro de menores proporciones, que le llegue bien sin lastimarla. De igual modo existen posiciones que favorecen la penetración haciéndole más profunda, siendo cómplices de las tallas más reducidas, como existen también otras variantes que ayudan a que los más dotados puedan dar placer sin dañar.

Otro factor importante es la percepción. Una vez una chica que conversaba conmigo acerca de su relación, me explicaba que tenía la piel de la vagina un poco lastimada porque el hombre era muy grande, y me decía: “Es que es muy grande, yo estoy segura de que tú nunca has estado con uno así” Yo nada le rebatí, jamás he sido de comparaciones, pero por dentro me preguntaba “¿Y ella cómo lo sabe”? O sea, ¿No había posibilidad de que yo, al ver la de su súper hombre pensara que total, Fulanito la tenía más grande?”. Y es que la percepción varía según la persona y lo que hemos presenciado en la vida. Tal vez ella no hubiera corrido ante aquel que asustó a mi compañera, sin embargo aquella otra puso pie en polvorosa. Por eso, el pene que para unas sea grande o chiquito para otras pueda que no, así que cada mujer, al verlo y probarlo, tendrá su propia opinión.

Ahora, el trofeo final, ese se lo lleva la señorita Destreza. Amigo mío, si tú sabes hacer y deshacer con ese trozo de carne que dios te dio, créeme que da igual el tamaño que este tenga, cualquier mujer se va contigo hasta las nubes. Así que olvídate de la regla y del centímetro, de la publicidad, los mitos y del negro grande de la esquina; tú sé feliz con ese tamaño que tienes, goza y haz gozar. No pienses en cómo hacerlo crecer, sino en como usarlo mejor.

El pescador

Quise volar y conocí la soledad

jugué al amor sin entregar, sin esperar

(Celine Dion)

En cuclillas sobre el arrecife organiza las cosas en su bolsa. Escoge la carnada y el anzuelo mientras va, tal vez, pensando en su hogar, el pez, la vida…

¿Has pescado algo? – le pregunta la mujer desde el muro. Él levanta apenas la mirada y niega con la cabeza. Ella sigue en su mundo improvisado, entre unos brazos que no le dan calor, pegada a un cuerpo que no le importa tener o no al final del día. Toma un trago de cerveza y cierra los ojos intentando perderse en el viento que acaricia su rostro.

Ve y pídele un beso –le incita el hombre que la acompaña. Ella lo piensa un instante pero no razona, suele perderse en las oscuridades que le envuelven cuando está más vulnerable. Cruza el muro con destreza y se acerca al pescador con una sonrisa en los labios, se para detrás de él:

¿Me darías un beso?

No me pongas en esa situación – le responde él, negando con la cabeza, sin mirarla siquiera.

– ¿Qué pasa? ¿Es que eres casado?

Esa es una. La otra es que tú estás acompañada – le justifica, señalando con el mentón al hombre que espera sentado en el muro.

Eso no es problema –le explica entre risas – Él es quien me ha pedido que te bese.

El pescador guarda silencio, no ha dejado de maniobrar sus utensilios de pesca, enrolla el hilo en un carrete artesanal.

¿Es que no te gusto? – insiste ella – ¿O piensas que hago esto todo el tiempo?

No es eso –le asegura – Es que la vida no es tan fácil. No es usual que te nieguen un beso… ¿Te han negado un beso alguna vez? – pregunta él esta vez, mirándola al fin. Ella ríe, no ha dejado de hacerlo desde que fue a hablarle.

Sí, claro que me lo han negado. Es normal, no podemos gustarle a todo el mundo.

Entre las gotas de alcohol cree advertir que le gusta la mirada del pescador, perspicaz, como de quien sabe que la vida es algo más que dar un beso; ella también lo sabe, pero esta vez juega a olvidarlo. Sabe que no va a besarla, y de algún modo eso le alegra. Mira a su acompañante que aguarda su regreso y se pregunta qué hace ella con ese hombre.

–  ¿Te quedas con un mal concepto de mi persona? – Inquiere antes de irse – Lo más seguro es que mañana me avergüence de haber hecho esto.

No, para nada – le tranquiliza él, pero probablemente mienta.

Ella sonríe una vez más, y le deja al hombre un norte hacia dónde dirigirse, la alineación de unas estrellas que, como buen marinero, podrá observar desde la distancia y descubrir la cara que ella muestra cuando anda entre sobriedades, cuando no esconde la sensibilidad bajo el desatino.

Regresa al muro y el otro hombre que le pide que le cuente lo sucedido. Ella recrea la conversación escuetamente, no siente la complicidad que él emana, ambos ríen. Piensa que tal vez en otra vida fue una mujer hermosa y seductora, que anduvo por el mundo sin frenos y sin ley, y que ahora corre aquella por sus venas negándole la paz de la lumbre del hogar, haciéndole sucumbir a propuestas sin decoro y sin pudor.

–  Esta noche él no duerme pensando en ti – le dice él dando riendas a su fantasía. Pero ella no está tan segura, no le parece que haya impactado al paciente hombre de esa forma. Tal vez solo le haya hecho un poco más inconcebible la vida.

Deciden irse a otro sitio. Ella sube a la moto y se aferra a su cita, siente el torrente circulando por sus venas. Voltea sobre su hombro y mira al pescador, advierte que él levanta la vista, luego otra vez, aunque no puede asegurar que le esté mirando.

– ¿Sabes? – dice al hombre junto a ella – Me ha gustado más que no me besara. Sí, ha sido mejor que me negara el beso.

El ríe, pero ella sabe que no ha comprendido nada en lo absoluto, que no entiende lo que dicen sus palabras; se pregunta una vez más que hace con un hombre como ese. Suspira. Afirma sus piernas y se sujeta a la cintura de aquel, la moto arranca y se pierden en la calle, dispuestos a arrancarle otro trozo al día sin pensar demasiado en el mañana.

¿Se vale fingir?

Estás teniendo un momento sexual de película, la entrega entre tu chico y tú es fabulosa, el placer es inmenso, todo marcha viento en popa. De repente te das cuenta de que tu chico está por terminar y tu orgasmo se niega a hacer su aparición. ¿Qué hacer entonces?

Orgasmo femenino: ¿Fingir o no fingir?

Fingir un orgasmo es más común de lo que se cree, muchas mujeres dan a entender a sus parejas que llegan al clímax cuando en realidad nunca llegó. Las causas por las que se finge son varias: no querer echar a perder el momento, no querer hacer sentir mal a su pareja, intentar no dejar una mala imagen de sí misma frente al hombre, convencer de que todo estuvo bien cuando no lo estuvo… en fin, que existen montones de razones por las cuales la mujeres actúan para el hombre un perfecto orgasmo imaginario.

Ahora, la pregunta del millón: ¿Está bien fingir? En mi opinión sí, es perfectamente válido, yo no le veo la gran problemática a hacer como que llegas si el momento lo amerita. Claro está, no se trata de vivir fingiendo, ni de pretender que sabes lo que es un orgasmo sin haberlo conocido nunca. Yo pienso que está bien fingir el orgasmo alguna vez, si fuera, por ejemplo, el caso con el que comienzo este escrito, o si lo usas para hacer que tu pareja se sienta mucho mejor ¿Por qué no? Son de esas mentiras que –como dice Buena Fe- vale la pena seguirles el juego porque dan el placer de minutos sabor a verdad. Es que hasta si lo finges cotidianamente sin que esto te haga sentir mal, si el orgasmo para ti no es la gran cosa, si no lo necesitas para sentirte satisfecha, pues entonces tampoco de ese modo lo veo mal.

Algunos dirán “la mujer que finge un orgasmo miente a su pareja, y se miente a sí misma”; yo prefiero pensar que soy menos idealista y más práctica, así que lo veo más bien como actuar en consecuencia y no como mentir, al final no se daña a nadie con esto, por el contrario, se le dibuja una ilusión con sabor a placer que le brinda la felicidad de un buen momento. Aunque aclaro, desde mi perspectiva, se puede disfrutar plenamente del sexo aun sin llegar al orgasmo.

Eso sí, está claro que cuando el no alcanzar el orgasmo viene a ser un problema continuo, de pareja, que hace sentir a la mujer insatisfecha y rota, lo mejor es hablarlo, intentar buscar mecanismos para hacer que la mujer lo alcance; también debe la mujer conocerse a sí misma y guiar a su pareja para que este llegue a conocerla de igual modo; y si esto no funcionara pues habría que buscar ayuda especializada. Pero no es de la anorgasmia que va mi post así que no nos vayamos por ahí.

Sé que muchos hombres piensan que sabrían si una mujer les finge el orgasmo: Chicos, en serio, con una mujer que lo sepa fingir jamás se darán cuenta de que no es real. Pueden hablarme de que el cuerpo reacciona de este modo, o de este otro, que si la pupilas, que si las contracciones de las paredes vaginales, que si las expresiones faciales… nada, si la mujer sabe fingirlo se los cuela, que al final, en el momento de la verdad, nadie se pone a tomarle el pulso a la chica a ver si se le aceleró dos o tres latidos más. Por eso es que pienso que no daña: ella cumple su objetivo, él sale satisfecho; como dice el dicho: “el que no sabe…”

Ya sé que es probable que algunos piensen ahora que vivo fingiendo orgasmos. Ni me pregunten, no diré ni sí ni no. Este es un tema que repercute en miles y miles de mujeres en todo el mundo, no se trata de Sherezada, se trata de algo a lo que, en mi opinión, se le muestra mas caótico de lo que en realidad es.

Entonces, mi criterio final: chicas, no se sientan mal por fingir un orgasmo, siempre que el hecho de no alcanzarlo realmente no les suponga un problema; y chicos, ni piensen en eso, se obsesionarían en vano porque tiene que ser ella muy mala actriz para que ustedes se den cuenta. En resumen: a disfrutar del sexo sin pensar demasiado, a dar lo que toque en cada momento, que el objetivo no tiene por qué ser el orgasmo en sí, sino el placer, y se puede tener este último aún sin conseguir el primero.