Ella. Reencuentro

La veo en su rincón de siempre, y al instante lo sé: esta vez la tristeza es profunda. Me mira con los ojos nublados, dejando al descubierto un dolor indescriptible. El lugar se me hace más frío y oscuro que nunca, con olor funesto y música gris.

Topa con su pie el piso en un apurado y rítmico tamborileo de desasosiego, mientras sus uñas arañan a ratos la madera. Me acerco despacio, no podía esta vez quedarme en la distancia. Intento alcanzar su mano pero la quita de súbito. Corre entonces un hilillo húmedo por una de sus mejillas y lo restriega molesta. No le gusta que noten su humedad.

Espero. Espero porque sé que es ella quien ha de llevar las riendas. Entonces en algún momento, en aquel lugar de sombras donde cada segundo cuenta y a la vez importa poco, murmura entre los dientes apretados: “la vida es una perra cínica ¿lo sabías?”

Me cuenta entonces su dolor, su rabia por la vida: que mientras unos celebraban ella se deshacía en lágrimas, que un nudo se atascaba en su garganta mientras recitaba las palabras que otros querían escuchar, desterrando toda sospecha de que en ese mismo instante su corazón estaba siendo masacrado y su alma atravesada por mil cuchillos a la vez. Me dice que salió de ese lugar tan pronto como pudo, quería echar a correr y no regresar jamás. Agradeció la soledad de su rincón que le acogió con una macabra risa de burla.

Ya no quiere luchar más, ni esperar más, ni soñar, ni suplicar. Mira la silla vacía frente a ella, y noto que se aleja en los recuerdos. Sonríe. Llora. Toca instintiva su mejilla lacerada y siente el golpe que lleva ahí. Aun duele.

Vuelve a mí y en su mirada hay alguna interrogante. “La vida es una perra cínica” –me repite– y que sabe que la vida ya ha sellado su destino, ahí, en su rincón, entre las garras de las sombras y los idiotas que bailan a su alrededor, y que le tienden la mano de vez en vez para sacarla a pisotear algún compás de baile, entre un trago o dos. Me gusta verle bailar porque es como una brisa que lo envuelve todo, pero termina siempre arrepintiéndose, y regresando al mismo sitio.

Dice que un día ya no esperará más, tomará en serio las riendas, y acabará con su dolor; que la mejor forma de burlar a la vida es dejando de existir. Las palabras arrancan lo poco de cordura que le queda. Se recuesta sobre mis piernas y llora con desconsuelo. Yo no puedo evitarlo, y lloro con ella.

 

 

Mira Carmela

Si te viera Carmela” repetía aquel viejo sin parar. Si botaba la sopa, y si no se bañaba, si juntaba la curda de la noche con el ayuno del día siguiente, o si metía alguna puta en la cueva que irónicamente llamaban casa. “Si te viera Carmela” repetía aquel viejo a toda hora.

Le quería gritar que se callara, que aquella diabla se había ido cuando él era apenas un retoño de tres años; agarrando su bolsa desvencijada con tres trapos dentro y se marchó -solo Dios sabe a dónde- sin mirar atrás.

El viejo, que no era un viejo entonces, le buscó de día y de noche, y le lloró de madrugada; y en un corto baile de luna se le cubrió la cabeza de una escasa pelusa blanca, se le arrugó la piel, se le perdió la mirada. Nadie supo nada más de Carmela, y Dios, que era el único que sabía a dónde había ido, no dijo nada.

A él le daba igual quién lo viera, es más, le daba igual lo que hacía, o si lo hacía, veinte años de existencia habían sido demasiada agonía para él. Había perdido algunos dientes en una paliza que le dieron, su cuerpo flaco ostentaba la inconfundible cicatriz de una bala entrando y saliendo, otra huella de un puñal aquí, un poco de mugre allá, y los huesos rebasándole la piel. Y las peores cicatrices iban por dentro, esas que nadie veía le laceraban el alma como un cuchillo mellado.

Hambre, tristeza, depresión; nada tenía, nada era. Daba igual si era día o era noche, si llovía, o hacía frío, o calor; para él nada tenía sentido ni razón de ser, solo sucedía los días uno tras otro porque sí, porque había que respirar. “Si te viera Carmela” ¡Que ira le desataba aquello! ¡Que ganas de propinarle par de golpes en la boca y hacerle callar de una vez! Pero no podía hacer eso, era solo un pobre viejo que, como él, había perdido todo.

Ya no quería vivir. Cada noche se decía “mañana no amanezco”, pero amanecía. Ahogaba su existencia en el alcohol y la hierba. Y la rabia, la rabia le consumía más que el hambre misma. No podía más, quería el fin, pero le faltaba valor.

Amaneció en su agonía por un tiempo incontable, hasta que una vez la vida en su sarcasmo le cambió la suerte. Lo primero que vio fue la cara del viejo, sus ojos parecían haber perdido aquella niebla gris, incluso algunas arrugas parecieron desaparecer. Como si un clamor urgente le llamara alzó sus ojos y vio frente a él un cuerpo de mujer en un vestido de sol. Su pelo ondulado, sus ojos grandes, las manos temblorosas. Reconoció en aquel rostro los ojos que veía al mirarse en el espejo, y el mismo contorno de sus labios. “Carmela” dijo el viejo, y echó a llorar.

Una extraña calma le invadió, y sintió el valor inundar sus venas. La sangre bombeó más aprisa, como rogando salir. Se levantó despacio y entró a la casa. Un latido, dos, tres. Salió. Sonreía, pero sus ojos delataban un brillo inconfundible.

Miró fijo a esos ojos suyos en otro rostro. “Mira Carmela”, dijo, alzó su mano sosteniendo aquel objeto inconfundible y ¡pum! El ruido estridente inundó todo el lugar, el cuerpo cayó flácido al suelo, una inmensa mancha roja le rodeaba salpicada de trozos de sesos. Ahora sí, que le viera Carmela.

La fuerza del cobarde

Bajaba yo las escaleras para irme cuando sentí el golpe y el grito ahogado, regresé sobre mis pasos, corriendo, siendo perfectamente consciente de los sollozos.

Llegando al último escalón le vi, pegada a la pared, temblorosa; y el gran monstruo se cernía sobre ella. No me dio tiempo llegar antes de que el brazo se levantara de nuevo y la pesada mano cayera sobre el rostro, pegando fuerte.

No podría explicar la ira que me sobrevino, como una marea alta inundándome por dentro. La cólera me invadió de los pies a la cabeza, y siendo arrastrada por un instinto selvático me coloqué de un salto entre él y ella.

Le grité, le injurié, le desafié. Él solo calló. Sentí tanta rabia, y tanto odio. Jamás detesté tanto a alguien como a ese cromañón. Deseé tener la fuerza de un hombre, deseé ser capaz de enfrentarme a él y destrozar su cara con mis manos, con mis puños. Pero soy mujer, tan débil físicamente como esa que lloraba apoyada en la pared del pasillo.

La tomé del brazo y me la llevé de ahí. Ya en su casa se tiró en la cama a llorar. Sus gemidos me partían el alma, y alimentaban mi furia. ¿Por qué soportaba todo aquello? Jamás lograré entenderlo. Recuerdo que entonces le dije muchas cosas; olvidé la lástima, le dije lo que merecía escuchar.

La impotencia, el dolor y el coraje me royeron por varios días. Me volví un poco su centinela, vigilando sus pasos, queriendo mantener su rostro intacto.

Al cabo de unos días la vi, sonriente. Iba con él, colgada de su brazo.

 

 

Persecución

Cuando iba a bajar de la guagua le vio. Él iba tres personas por delante, bajando también, envuelto en un jean azul y camiseta negra. El pelo azabache recogido en una cola. Era una vista trasera espectacular.

Le siguió por varias cuadras, no porque le acosara sino porque –oh, bendita casualidad- ambos iban en la misma dirección. Él caminaba ajeno, no imaginaba que unos pasos más atrás unos ojos le observaban insistentemente, pendientes de su andar, del contorno de sus músculos, de cómo se movían bajo aquel estorbo de tela.

Su mente giraba como en un torbellino, de pronto sintió ganas de tocar ese pelo, de sentir la suave textura en la yema de sus dedos, de soltar la liga que lo ajustaba y verlo desparramarse por aquel rostro. Sería un contraste espectacular contra su piel trigueña, quemada como caramelo, y probablemente igual de dulce.

Sus pasos ya se guiaban solos, uno tras otro, parecían saber su rumbo, marcado por las huellas de un desconocido que, sin saberlo siquiera, le estaba acelerando el pulso, le estaba convirtiendo en una persona que no era, dejando en su mente la idea de hacer algo que nunca pensó sería capaz de hacer.

Zigzagueando entre las personas, que se cruzaban en varias direcciones ignorando la atracción que aquel cuerpo ejercía sobre ella, imantando sus ganas a esa espalda ancha, a esos brazos fuertes, a las piernas firmes que se adivinaban bajo el pliegue de la mezclilla, logró acercarse, casi rozar su cuerpo con el otro, tal vez hasta fue un soplo de su respiración la brisa que había movido los finos cabellos que se habían soltado de su prisión para darle envidia acariciando la piel de su cuello.

Alzó su mano en un gesto casi instintivo, rozó suavemente el hombro desnudo. Fue entonces que él reparó en su presencia, que supo que existía. Retiró sus audífonos y le miró.

Tienes un cuerpo precioso” logró articular ella entre una sonrisa. Le pareció escuchar un murmullo en el viento, algo similar a un agradecimiento, pero no lo supo a ciencia cierta, no pudo. Sus pies una vez más tomaron el control y se abrieron paso entre el ir y venir en una mañana concurrida de personas. Se alejó, temblando, pero feliz de haber sido, por una vez, aquella otra persona.

Rock and roll para dos inteligentes

A Duda, con su rostro de musa.

Tu querías perdices, amiga.

Sus ojos eran dos piedras de ébano; pozos sin fondo en los que corría el riesgo de caerse, dos profundidades en las que podría perderse cada vez que le miraba.

Era el tutor de su tesis. Aquel hombre serio, seductoramente inteligente. Cada encuentro con él era un viaje inimaginable entre el marketing y la publicidad; en cada encuentro su voz le transportaba más allá del sonido, hacia la fantasía de esos labios en los suyos, de aquel cuerpo fundiéndose en sus curvas.

Quería arrancar sus manos del cuaderno y restregarlas por todo su cuerpo, quería arrancar su mente de las Estrategias de ventas y pedirle que hiciera una tesis con su cuerpo, una investigación minuciosa de cada palmo de su anatomía. Su tutor, su hombre, su deseo.

Aquella tarde ocurrió una alineación astral prodigiosa. Un consenso divino de dar un soplo de vida a dos mortales que acarreaban un apetito volcánico mordiendo sus entrañas.

Aquella tarde de verano salían de su recinto de estudio –y anhelos acumulados– amenazados por un cielo gris oscuro. De pronto un torrencial les cubrió como un velo que les envolvía alejándolos de la gente y su realidad, escondiéndolos.

Echaron a correr en una huída absurda, ya se habían mojado más que el cuerpo, tenían empapada el alma. De repente sintió un tirón en su brazo, él se había detenido, frenándole también.

Ahora estaban frente a frente, y no era su profesor quien la miraba, no; era el hombre, con ojos devoradores, ojos como brea endurecida, prestos a encenderse con la más mínima chispa; y ella era fuego vivo. Sabía que un solo gesto suyo haría desatar la verdadera tormenta.

No hubo palabras. Sus bocas se encontraron en aquel beso tan soñado, tan necesitado. Se devoraban como dos fieras hambrientas. La melena rubia empapada, las manos por la espalda, la cintura, estrujando todo.

La levantó del suelo, apretándola contra sí. La sentó sobre el auto y allí, a medio vestir, se hicieron eco del repiqueteo de las gotas cayendo sobre el capó. Se dieron a plena luz, aprovechando la complicidad del aguacero.

Fue una entrega sin igual, con un maravilloso sabor a inteligencia y locura. Este hombre se quedaría en la piel de su recuerdo ya por siempre.

Después de conocer esta historia no pude más que escribirla, mientras me preguntaba ¿Qué sabrá Sabina lo que es bailar un rock and roll bajo la lluvia?

Arquitectas

En tus ojos como luces de neón

se orgasman mis penas

Polito Ibáñez

Son mujeres con poder. Así las veo. Tienen el encanto de Afrodita, y el hechizo de las Sirenas. Son guerreras entre sábanas. Geishas de leyenda popular. Evas en todo su esplendor.

Se dice que han existido desde siempre, que en una mano llevan el deseo de los hombres, y en la otra la envidia de las mujeres; y yo lo creo. He conocido a unas cuantas; tan seguras, voluptuosas, capaces. Y en su haber son magistrales, igual retrasan tus horas que traen el sol a tu puerta.

Sufren el desprecio hipócrita de unos cuantos; pero yo no, yo les admiro. Llevan en su cintura las llaves de una suerte de paraíso terrenal. Piernas, nalgas, senos, boca, todo en ellas es un arma en la batalla, la batalla del placer.

¿Qué macho no ha querido doblegarse entre esas piernas de Amazona? ¿Qué hembra no ha querido ser al menos su aprendiz?

Nadie sabe lo que esconden en sus almas hechiceras, ni los sueños que les colman cuando cierran las ventanas. Nadie sabe de sus soledades, sus llantos ocultos, sus amores postergados. “Valió cada centavo”, me contó alguien una vez. Y es que ponen precio a su placer, a un placer que es impagable.

Dicen que algunas mujeres llevan una por dentro. Yo quisiera llevar una, y que sea de fuego al rojo vivo, y se funda en mis venas; para poner a merced los entusiasmos, a merced de un exquisito banquete nocturno, en la perfección de las maneras, los bailes, las miradas, los roces. La perfección de las entregas.

Quisiera ser un día como una de ellas, ser poder en los colchones, ser la pupila del ensueño, el éxtasis de los cuerpos sometidos, rendidos a un lugar que, desde el sur, domina las almas.

Me gustaría desterrarles el repudio, declarar justamente la necesidad de romper el velo que les mantiene absurdamente incógnitas. Que no lleve máscaras el clamor de esos cuerpos temblorosos que se mueren en sus brazos para renacer luego en un orgasmo.

Arquitectas del sexo, las llama Polito Ibáñez. Putas, les digo yo, y sin ápice de ofensa.

Había una vez…

Estaba aquella vez hastiada del hastío, cansada de no dar ni recibir.

La luna se coló por su ventana y pareció besarle con un soplo de locura. Se levantó de un salto y arregló su cabello, puso maquillaje a su rostro, vestido corto y seductor, que se amoldaba perfecto a la juventud de su cuerpo; y salió a abrazar la noche.

Decidió ir a buscar a aquel que algunas veces llenaba sus noches, aunque ya no más con la pasión de los tiempos pasados. Se detuvo en una esquina y esperó a que alguien le acercara a su destino. Dicen que los príncipes azules llegan montados en corceles blancos, quizás también los Casanovas de carretera, así que tal vez por eso era blanco el color del micro bus que se detuvo frente a ella.

Sintió un hormigueo subir por sus piernas, le miró, desafiando los nervios de la anticipación. Un rostro joven, tan joven como el suyo, le sonrió desde adentro, y el efecto de la luna arrancó de ella una sonrisa de vuelta, un gesto de peligro inminente. “Te llevo”, dijo él, y la luna se rasgó por la mitad.

Ricardo era niño y hombre a la vez, sin timidez, sin reparos. Su sonrisa era amplia, sus ojos sagaces; su cuerpo delgado pero de fuertes huesos. Era el hilo que bordaba su deseo de noche, tan a la medida de aquel beso de luna, de su vestido azul, de sus pasos noctámbulos.

Los asientos traseros fueron testigos del desatar de la locura, celestinos de un encuentro entre dos cuerpos hambrientos sin nada que perder, de un ofrecimiento mutuo, de las manos estrujando y las bocas desgarrando, de un acople perfecto.

Llegó el fin como un eclipse que les despertó a la realidad, donde se bifurca el sendero, donde cada quien tiene sus propios pasos para dar, lejos uno del otro. Llegó el amanecer y le trajo la cordura, y el recuerdo de ese encuentro pasó a ser como un cuadro de museo, que le ves en la distancia, pero no le tocas.

Por eso cuando al caer las hojas del otoño, y sucederse estaciones, lluvias y mareas; cuando el cuadro había acumulado una fina capa de polvo, y el sonido de una moto le asaltó desde atrás, siendo sustituido luego por una voz familiar que le dijo “¿Te acuerdas de mí?”, ella ignoró la sonrisa de príncipe nocturno y respondió con frivolidad calculada: “Me confundes con otra, yo no te conozco

Alas blancas

Con esto respondo al reto de Vivi, pero que conste que lo blanco me resulta un poco cursi.

Que hay que intentar, al menos una vez,

tocar un sueño.

Raúl Paz

A él, que también fue luz

Le vi llegar un día, cayendo sobre mí, pendiente del sonido de mis manos, y en un ligero latir del corazón se me hizo imprescindible.

Vi la luz en sus ojos y en su boca, y en el perfecto encuentro de las horas desafiando el alba; vi la luz en su entrega incontenible, en aquella vez en que me conoció, y le conocí. Creo que ya le había soñado.

Me ató a su esencia con la perfección de su existencia, encadenó mis sentidos –todos– al torbellino de su cuerpo, a su piel resplandeciente y tersa, a su olor. Me hechizaba el sonido de su risa y el susurro lejano del viento escapando de sus labios cuando sucumbía al placer de mi presencia.

Tan hombre y tan etéreo. Tan perfecto. Se me hizo un ser de luz, que colmaba mi espera con el milagro del deseo, despertando en mí el febril anhelo de sumergirme en sus noches.

Me arrancó la coraza con un golpe de beso, con su mano en mi espalda, llegando hasta el final. El ángel cómplice de mis noches a solas, de mis locuras compartidas. Y desterré el miedo a darme plenamente, a desbordarme toda, a regar manantiales a su paso.

Me hice un asidero en su cintura, y en su espalda un puerto donde anclar. Caminé sobre la cuerda que tejió hacia su mundo, y no temí. Quiso darse a mi alma, devolverme a su costilla, no olvidarme jamás. Quiso ser parte de mí, y coserme a algún lugar donde un espacio llevaba mi nombre silenciado.

Y reímos entonces, juntos, como uno. Pegó alas blancas a mi espalda, trenzamos nuestras manos, saltamos a la vez. Al menos esa vez, pude volar.

Ella

La reconocí una noche, estaba sentada en un rincón, sumida en algún recuerdo. En realidad la conocía desde siempre, pero solo hasta esa noche la vi claramente. Dirigí mis pasos hacia ella, con cautela, y me senté a su lado; me miró casi imperceptiblemente y sonrió, una sonrisa hermosa, pero triste.

Contó entonces las historias más intrincadas de su alma, aquellas que no solía contar a nadie, y en la tenue luz de su rincón, sus ojos parecían destellar un brillo de humedad. Sentí que un lazo ligaba nuestras almas, algo inquebrantable, vital.

Esquiva la mirada cuando habla, pero no porque esconda alguna verdad, sino porque sus ojos muestran siempre algo más, y ella lo evita. Sabe que le miran y murmuran que está sola en su escondrijo, pero aprendió a que no le importe. Mira fijamente la silla frente a ella y no se que piensa entonces, pero creo adivinarlo.

Desde esa vez visito aquel lugar cada noche, le busco entre la gente y ahí está, inmutable. A veces le observo solo de lejos, y disfruto de su juego cuando alguien, por azar, se sienta a su lado. Pero luego vuelve a quedar triste, cuando el juego acaba. Y vuelve a quedar mirando el sitio frente al suyo, con la mirada perdida y la humedad escondida por las sombras.

Me gusta verle bailar, porque siento que se vuelve viento, y seducción. Pero al final se avergüenza, de sus ademanes rústicos, de su desenfado, de su embriaguez.

Solo yo sé su secreto, porque aún cuando no habla lo siento dentro de mí, el tirón de sus latidos cuando llueve, el palpitar de sus entrañas si le toca un rayo de luna, el desgarrar de su alma cada vez que la marea le sobreviene.

Le digo que le abrazaré por siempre, y sonríe con ese mohín triste y hermoso, me traspasa su languidez. Toma entonces mi mano entre las suyas, me mira fijo, y sin mostrarse esquiva, sin esconderse, me pide que mejor le cuente mi historia.

Y esta vez soy yo quien llora.