Sangre

A la Nube,
mi musa esta vez.

Jéssica y Tony caminan de la mano, haciendo planes para sus vidas. Todo es tan perfecto. La madre de ella y los padres de él van a conocerse al fin, ellos vivirán juntos y formarán una familia, unida y feliz. Les parece mentira que el tiempo haya pasado tan deprisa, y que el amor les haya inundado de esa manera. Recuerdan cuando se conocieron, por azar. Ella paseaba a su perrito cuando él pasó en su bicicleta y casi choca con ella, pero no pudo evitar en el giro lastimar la patica del animal. La montó en la bicicleta y los llevó al veterinario, deshaciéndose en disculpas. No necesitaron mucho tiempo para conectar: los dos amaban a los animales, ambos eran seguidores de la música rock ¡hasta tenían el mismo grupo favorito!, mantenían el mismo sueño de irse de mochileros por toda la Isla, conociendo los montes, bañándose en los ríos, acampando bajo la luz de la luna. Así les llegó el amor, hacía ya un año.

La mañana del domingo Jéssica y Carmen, su madre, se levantan temprano y comienzan a preparar todo. Tony y sus padres vendrán a almorzar, para conocer a la mamá de Jéssica, y ellas quieren que sea un almuerzo especial: una deliciosa comida criolla, un exquisito dulce casero, el juego de platos de la bisabuela –reliquia familiar– ¿Unas velas en la mesa sería demasiado? –pregunta la muchacha, y la madre ríe. Luego ella también.

En otro lugar de la ciudad un ansioso Tony apura a sus padres. Damián, recién afeitado, intenta arreglar frente al espejo sus espesos rizos, demasiado crecidos ya; mientras Mercedes, su esposa, alisa el sobrio vestido beige que la viste y realza su figura, todavía atractiva. Quieren que sea un encuentro memorable, dejar una buena impresión, al fin y al cabo están a punto de conocer a un nuevo miembro de su familia: la madre de una muchacha que ya han tomado como hija. Desde la puerta, a punto de salir –¡papá, las flores!– grita Tony. Damián le enseña el ramo que lleva entre las manos. Sus padres ríen. Él también.

Suena el timbre, Jéssica y su madre se apostan tras la puerta, dispuestas a abrir. La muchacha se adelanta aferrando el picaporte, a lo que la madre responde con una sonrisa cómplice, y la chica abre. Entonces el tiempo parece ralentizarse. Carmen ahoga un grito de estupor tapándose la boca. El ramo de flores cae al suelo. Damián y Carmen traban miradas, estupefactos. Nadie más entiende nada. La mujer no para de tapar su boca y gemir, como si hubiera visto volver a alguien de entre los muertos. Las lágrimas salen a borbotones ahora de sus ojos y mojan sus mejillas. ¡Mamá! ¿Qué pasa? ¡Mamá! Las lágrimas empiezan a fluir también de los ojos de la chica que no comprende la reacción de la mujer. Tony y su madre tampoco comprenden nada, inquieren a Damián para que explique algo pero este ha enmudecido.

– ¡¿Mamá, que es lo que pasa?!
– Papá, háblanos, di al…
– Damián por favor, ¿qué es todo esto? ¿tú conoces a esta mujer?
– Papá…
– ¡Mamá!…

Las voces se sobreponen unas a las otras, el desasosiego puede respirarse mientras el aire parece ponerse cada vez más denso. Carmen da un paso atrás, luego otro, la cabeza entre las manos, mira a uno y a otro sin saber qué hacer. Damián tampoco sale de su estupor. Jéssica llora abrazada a Tony. Y Mercedes empieza a atar cabos. De repente un grito trastornado se eleva por sobre los demás, un golpe de palabras que hace enmudecer hasta al silencio mismo:

-¡Jéssica, este hombre es tu padre!

La mano señala a Damián. Los rostros se deforman en una mueca de terror. Hay reproches, hay histeria, hay dolor. El olor a comida que sale de la cocina no es ahora el preludio de un almuerzo prometedor, sino motivo de náuseas..

Su padre ausente. Su padre inexistente.
Su amor. Su hermano.

Los jóvenes rompen bruscamente el abrazo que los une, y se miran, sus ojos nublados por el llanto. No puede ser. Carmen cae de rodillas, desecha en llanto. Cuatro pares de ojos la miran salidos de sus órbitas. Cuatro bocas enmudecen. Carmen llora, desconsoladamente, pero ya no hay remedio, el pasado ha estallado en su cara, irremediable, como una perfecta bomba de tiempo, enterrando trozos de verdad en cuatro corazones que ahora se desangran frente a ella.

Ella. Decisiones

Si hubiera nacido bajo otra estrella quizás todo habría sido diferente. Murmura en tono quedo, como hablando consigo  misma. No estoy segura de que sepa que estoy ahí, mirándole. Sus ojos llevan un velo lúgubre, y su mirada delata una mezcla de nostalgia y anhelo.

Nuestro sitio conserva el humo gris de tantas noches, nuestra mesa la marca de las uñas, el candil, las lágrimas. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí, conviviendo entre cenizas y el ruido de los pasos? No lo sé, no tengo memoria de los tiempos en que era feliz y no rodeaba sus noches con estrechas paredes de alcohol y desidia. Siento crecer en su pecho –que es mi pecho– un dolor agonizante, un destrozo que apaga los latidos, un fuego abrazador que invade toda razón. El desespero asoma a sus ojos mientras mueve frenéticamente la cabeza a un lado y al otro. Busca a alguien. Le busca desesperadamente entre la gente que ríe en otras mesas, bajo la semi luz. ¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde?! Demanda con ahogo y yo no sé qué responderle. Nunca lo sé.

Golpea su frente con la mano abierta, repetidos movimientos tormentosos, y maldice su estrella. El pecho se me aprieta, no quiero sentirle ¡no quiero! Pero ella es tan mía que dejarle sería morir. Veo un borde de locura en sus ojos, y siento que mi cordura no alcanza para abrazarle el alma. Un dolor inmenso cala en mi propio pecho mientras del suyo manan gotas color carmesí. Se le empapa la blusa pero se esfuerza sobremanera por no advertirlo. No mira. Alrededor los rostros de siempre, y los nuevos, se empeñan en llamar su atención. Se acercan. Sondean. Invitan. Me mira y una sonrisa amplia como un sol llena su rostro ¿Cómo puede sonreír llevando tanta pena dentro? El alcohol, el humo, la penumbra, las risas, los pasos, la lujuria, se vierten como una espesa niebla en el lugar de mala muerte que es la vida, y no puedo respirar.

Se levanta de súbito y sale a bailar. Toma cada mano que se extiende, y baila con todos.  Me gusta verle bailar porque es como si olvidara la daga que la vida sostiene entre sus manos. Se desnuda. Es todo un espectáculo de carnes entre cuerpos inservibles que le acechan. Me mira sin cejar en su danza, un abismo tras el negro de sus ojos. ¡Se ha ido! Me grita por sobre las voces ¡Le he echado fuera! Vuelve su rostro hacia una silla enterrada en el más oscuro rincón, y entonces comprendo: hay un sitio vacío que nadie jamás ocupará.

Da vueltas en tropel, su cara empapada echada hacia atrás, los brazos abiertos. Su boca grazna una carcajada incontenible, máscara de la locura. ¡No volverá! Y ríe ¡No volverá! Y llora. Un pánico helado se apodera de mis entrañas. No soporto el dolor. Descarno mi pecho en un intento de arrancarme el corazón, pero es imposible. Entonces lloro, lloro desconsoladamente, y maldigo su estrella.

De: Las mujeres que me atrapan…

Espíritu en vuelo

“¿Para qué quiero los pies si tengo alas para volar?”

Hay personas que se enfrentan a las cuchilladas de la vida con la frente en alto, sangran y se deshacen, sufren, lloran, pero no pierden la pureza del alma: la capacidad de amar. Hay personas que nacen con un ángel creador, con la magia en la punta de los dedos, y el arte les cubre, les florece. Ella fue así: pura, creadora, mágica.

Quien besó sus labios al nacer, quien le sopló la magia dentro, repartió a partes iguales el dolor y la grandeza. Yo solo había escuchado de su nombre altisonante, tan solo sabía del rumor de una mujer libertina con un soplo de colores, pero ella fue más que una historia profana, mucho más. He tenido en mis manos la historia de su vida y encontré un alma profunda, hasta el centro mismo de su ser. Una mujer brisa y tormenta, sol y lluvia, canto y alarido, una mujer amada e incomprendida, ensalzada y reducida. Y en su pecho la tristeza alzó los puños contra la alegría, mientras sus manos se desbordaban de arte, de vida. Mujer virtud. Mujer autenticidad. El sufrimiento se vengó de su excepcionalidad, se desequilibró la balanza. Pero fue tan alta, tan digna. Por cada lágrima un beso, por cada sollozo una risa. Mujer acuarela. Hadas de mil colores le poblaron, una magia de mil tonos le creció dentro, y la regaló a montones.

Me veo en ella como en un espejo distorsionado, que solo muestra retazos de la verdad, que oculta la mayor parte de lo que es.  Me veo en una mínima parte de su dolor, en una mínima parte de su personalidad. Mas ¡ay! si tuviera yo su gracia, si tuviera yo la estera de luz que –dicen– dejaba al pasar, si tuviera su alma grácil y fuerte, encantadora y vivaz. Su belleza. Si fuera yo tan genuina, tan brisa, tan sol.

Fue benévola la suerte con quienes le conocieron, es cínico el tiempo con quienes ya jamás lo haremos, el tiempo que sepultó un espíritu que no se cansó de pelear por su libertad. Ojos privilegiados, manos de ninfa. Sensualidad destilada en cada risa, en cada mirada.  Amor en el epicentro. Mujer deseada. Mujer amada.

Queda su obra: un ritual, una bitácora. Quedan los colores en sus lienzos gritando sus angustias, las mujeres que fue, las almas contenidas en aquel cuerpo frágil. Quedan los trazos de su grandeza, su sangre al borde de los cuadros, sus gritos de desespero, su honestidad. Queda un hilillo de anhelo casi infantil de querer haber podido conocerle, ser la que se sentó a su lado en aquella fiesta de artistas, la que le compartió tal o mas cual secreto, la que escuchó su canto, consoló su dolor. Queda su magia perpetrando la distancia de los tantos años e inoculándose en esta que, al otro lado del espejo, lleva ya un poco de su historia por dentro.

 

Frida Khalo

Yo no estoy muerta

Le dije que no me regalara ningunas flores. Los bombones sí, pero las flores para qué si yo no estoy muerta. Así le contaba una chica a alguien con quien hablaba por teléfono, acerca de su intercambio obviamente con algún chico que pretendió regalarle unas flores y unos chocolates por el día de la mujer, pero al parecer no había podido conseguirlas y había intentado disculparse por ello. Yo escuché el trozo de conversación por casualidad, y no pude evitar asombrarme ante la falta de delicadeza –y más que eso, estupidez– de aquella muchacha.

Muchas veces nos quejamos de los hombres, de su falta de atención hacia nosotras, nos quejamos de la sociedad y de los cambios que han ido dejando atrás los buenos gestos, el cortejo, el significado de las pequeñas cosas, de las sorpresas y regalos que no encierran un alto costo monetario pero sí un gran valor sentimental. Pero ¿cuánto de culpa tenemos las propias mujeres de que se haya perdido la costumbre de regalar flores, de dedicar canciones y poemas, de decir mucho con lo más simple?

Ahora muchas mujeres valoran a los hombres por su bolsillo, lo catalogan según los lugares a los que la puedan llevar, los regalos suntuosos que le puedan hacer. Y sí, está claro que es bueno tener un compañero con buena solvencia económica que signifique para nosotras una vida más holgada y placentera, pero no al costo de hacer sucumbir las ilusiones, las pequeñeces que engrandecen por dentro, no al costo de marchitar el alma y dejar morir el espíritu. No creo que a ese chico le quedaran ganas de volver a ofrecerle una flor a esa mujer, tal vez a ninguna otra. No después de esa respuesta. Y no podemos decir que sea su culpa.

Muchas cosas han cambiado en la sociedad, y ahora luchamos por la no violencia, por darle a la mujer un lugar primordial en la sociedad, por demostrar lo que valemos y lo que merecemos, pero de qué nos sirve si por otro lado desvalorizamos la grandeza de una flor, de qué nos sirve intentar magnificar nuestra figura y nuestra presencia en los grandes escenarios sociales si luego pisoteamos cualquier gesto que indicaría lo grandes que podemos ser por dentro.

Yo creo que sí estaba muerta, algo dentro de ella había perdido la vida. No había latido en su corazón que le hiciera notar cuan hermoso es que te regalen una flor, aunque sea la más común, recién arrancada de un jardín. Su sencillez había muerto, y su sensibilidad agonizaba al borde de un abismo. No estaba muerta, y sí lo estaba. Porque no hay peor forma de morir que la de ir sin alma por la vida.

¿Por qué lloramos, amigas?

Vidas. Historias. Fracasos. Dolor. Llanto.

Cuatro amigas se reencuentran luego de haber estado más de veinte años sin verse. Gloria, Irene, Yara y Carmen se remontan a un pasado inocente, candoroso, feliz, que contrasta dolorosamente con un presente chamuscado por los escupitajos de fuego de la vida, por las mordidas profundas y sangrantes del destino.

Cada una llora su propia historia a cuestas. El quebranto se cuela en la reunión, llega sin avisar, invisible, y se acomoda frotándose las manos y sonriendo malévolo.  El encuentro, lejos de ser la feliz velada que se planificó, se convierte en el escenario perfecto para confesiones difíciles, para abrirse las venas y soltar el alma por la boca. Cuatro caracteres, cuatro espíritus, cuatro mujeres.

¿Por qué lloran mis amigas? Película cubana que se estrenara en el pasado Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, y que ahora se muestra en los cines de estreno de la capital, es una historia mujer que vierte en pantalla diferentes modos en los que la vida puede desgarrarnos y hacernos llorar. Tan cotidianos, tan reales, tan nuestros.

La calidad de la puesta estaba garantizada desde la elección de las actrices protagonistas. Probadas, curtidas, Yasmín, Edith, Luisa María y Amarilis no decepcionan, cada una con su dosis de sobriedad o desparpajo, su tristeza o su optimismo. Logran convertirse en ti y en mí, te hacen reír o llorar, consiguen hacer que te descubras mirándote por dentro, viendo hacia atrás, a todo lo que anhelaste y planificaste, dándote cuenta de lo que no conseguiste. Percibiendo cómo la vida te pasó factura.

Un retrato de nuestras imperfecciones. Un espejo en el que podemos mirarnos y reconocernos. Una denuncia a tanto lastre con el que cargamos a veces, por nuestra obstinación, o por la sociedad, o por lo que fuere ¿Cómo no comprender a cada una? ¿Cómo no sentir su dolor? Cualquiera de nosotras –ustedes, amigas que me leen, o yo que escribo esto– podríamos ser las protagonistas de esa obra, como lo somos día a día, a cada paso. Son nuestras lágrimas en la pantalla de un cine, nuestras rabias y frustraciones, nuestros desesperos. Nosotras, que también tuvimos quince años y planificamos una vida perfecta para recibir luego otra cara en la moneda, sin príncipes, o sin amores, o sin hijos. Incomprendidas. Mutiladas. Desquiciadas. Muñecas rotas.

No es una película para mujeres, sino también para hombres, que aprendan a vernos, a saber lo que llevamos por dentro. No es para cuarentonas, sino igual para jovencitas, que no saben aún de las torceduras irremediables que hay en el camino. ¿Por qué lloran mis amigas? es un grito, un clamor en la oscuridad. Es una película verdad ¿Tú por qué lloras, amiga que me lees? ¿Por qué hemos llorado tantas veces? Cuánto nos desgarraríamos, cuántas tristezas tendríamos para contar si nos reuniéramos un día. Cuánto de mujer hay en el dolor. Cuánto de nosotras hay en la vida misma.

Nice to meet you

Julia caminaba por las calles de su ciudad, iba un poco aprisa pues había salido del trabajo para ir un momento al mercado. Su falda corta revoloteaba al viento, dejando al descubierto sus piernas, largas y bien formadas, objeto de admiración de algunos hombres que la piropeaban a veces resaltando esa parte de su cuerpo. Una blusa fresca para el intenso calor que hacía, con un ligero escote en forma de V que insinuaba pero no llegaba a mostrar sus senos pequeños; por detrás un corte bajo que dejaba al descubierto los hombros y la mitad de la espalda.
De regreso a su trabajo, cuando atravesaba el parquecito, siente una voz apremiante detrás de ella:
– Excuse me! Hello!
Voltea instintivamente. Un hombre blanco, con la piel suavemente sonrosada por la incidencia del sol del trópico, se dirige a ella, sonriente. Es apenas más bajo que la mujer, tiene unos hermosos ojos azules y un rostro agradable. Le recuerda a Peter Parker, Spiderman. Piensa que ha de ser un turista buscando una dirección. Se detiene con la intención de indicarle el lugar que suponía el hombre andaba buscando.
– Do you speak English? –pregunta él–.
Uhhm… just a little. –responde ella dubitativa.
Entonces él, sin dejar de sonreír, no pregunta por dirección alguna, sino que comienza a elogiarla en un tropel de palabras en inglés. No habla español, solo inglés. Alaba su cuerpo, su andar, su estilo. Se deshace en palabras, mirándola al detalle, con su rostro emanando admiración por la mujer, quien sonríe también, y le agradece gentilmente, mientras intenta comprender todo lo que el hombre dice. Su inglés es escaso pero de algún modo consigue entenderle, y responderle. Sin darse cuenta cómo se enlaza en una conversación en esa lengua extranjera que tanto le gusta, pero domina poco.
I´m Mirko, by the way – Dice, y le extiende su mano.
Julia –le dice ella, a la vez que estrecha la mano que el joven le ofrece.
Es una mujer desconfiada, sabe que la vida no es fácil ni sencilla, y que los príncipes azules no existen, que no hay galán en corcel blanco, ni en avión llegado del extranjero. Entonces le hace las preguntas de rigor: de dónde es, y qué está buscando. Él asegura no estar buscando nada en particular, es su primera vez en el país y quiere conocer lugares, pasar un buen rato. Ella va directo al punto: le dice que sabe bien lo que buscan los turistas cuando vienen a su país, pero que ella no es esa clase de mujer. Que no va a ofrecerle lo que él probablemente anda queriendo obtener.
Él se apresura a explicarle que no es esa precisamente su intención, que recién estuvo en Miami antes de venir a su país y que ella luce como las mujeres de allá. Le dice que le vio pasar dos veces, y que a la segunda vez no pudo evitar el intentar conocerla. Le pide un nuevo encuentro, ir a algún sitio a tomar una copa, conversar.
Ella tiene un amor clavado entre pecho y espalda, su pasión por un hombre al que está a punto de dejar para siempre. Piensa que le vendría bien tomarse un trago en algún lugar agradable, y este desconocido al que no volverá a ver podría ser una buena opción para ello. Entonces, luego de dejarle bien claro que sería solo tomar algo, una plática y nada más, pactan el encuentro para el día siguiente.
Llega la tarde del encuentro, ella va parsimoniosa hasta el lugar acordado, donde el joven, alegre y desenfadado le encuentra. A ella le toca elegir el lugar, pues él no conoce la ciudad: las terrazas del Hotel Nacional parecen una buena opción. Él queda fascinado por el lugar, observa todo, saca fotos y videos, mientras repite It´s amazing!” La tarde transcurre ligera y sobria. Él toma Piña Colada, ella Daiquirí. Él no sale de su admiración por el lugar y la vista al mar, ella no sale de su asombro de cuan fácil está siendo la conversación, toda en inglés. Ella habla de su país, él de los lugares que ha visitado. Hacen comentarios graciosos y ríen.
El sol lanza sus primeras amenazas por esconderse, y bajo la luz tenue del atardecer él la observa con insistencia. Se siente muy atraído por ella y se lo dice. Le gustaría besarla, y también se lo dice. Todo en ella le gusta: su sonrisa, sus piernas, su piel suave, su color, sus manos, lo que hace, lo que dice. Le invita a un siguiente encuentro, esta vez a tomar un café o una cerveza en el apartamento donde se hospeda. Pero ella tiene una pasión enterrada en el pecho, y ya no es más la chica alborozada y ligera. Ahora es una mujer melancolía, una mujer razón. Ahora son otros sus anhelos, ya no más los de ir por la vida tomando cuanto vea a su paso. Sonríe. Se niega.
La cita llega a su fin, y ambos la agradecen. La luz dorada les baña las pupilas mientras se despiden, sabiendo que ha sido la única vez, no habrá reencuentro. Él se va a andar la ciudad, cargando sus anhelos. Ella regresa a su casa, arrastrando su pasión.

Una estrella menos

Supongo que este tema no resultará ser el más atractivo para la mayoría de las personas que visitan mi blog, inclinadas generalmente a mis temas más polémicos y/o eróticos; pero de igual modo, aunque no arranque comentarios, lo escribo, porque me siento en una especie de deuda con mi gusto personal y con mi niñez que me lleva a hablar sobre esta mujer que me gustaba escuchar desde que era yo una niña. Al parecer desde siempre se fue forjando la diversidad en mi gusto musical, que abarca cualquier género e intérprete que logre tocarme los sentidos, más allá de la época en la que florecieron.

“A mi manera” Esa canción me encantaba –me encanta–, en su voz, su temperamento, me gustaba verla cantando con aquel desgarro del alma, aquella fuerza en la voz. Fue una especie de mujer desafío, con su temple y su fiereza, dando siempre la impresión de ser ese tipo de persona que lo hace todo con una pasión visceral, simplemente porque no sabe ser de otro modo. Defensora de la mujer en sus letras, renegando de cualquier cosa que nos pudiera hacer menos: amar sí, con toda el alma, pero jamás disminuyéndonos.

En esas extrañezas de la vida que te hacen asombrarte ante las casualidades más improbables supe ayer –como todo el pueblo de Cuba– del fallecimiento de esta mujer, justo cuando hace apenas unos días atrás comentaba yo en casa acerca de su desaparición de la pantalla televisiva, y cuando posteriormente dos concursantes del programa Sonando en Cuba interpretaran temas suyos. Ha muerto Lourdes Torres, una mujer que fue puro temperamento, que respiró pasión y entrega. Su voz me lleva a mi niñez, y no deja de extrañarme un poco el hecho de que me gustara cuando transitaba yo en una edad en la que no se podría considerar usual el tener este tipo de gustos, pero así era, me gustaba. Y no solo cuando cantaba “Abuela ¿qué pasaría?” junto a su nieta en un programa de canción infantil, sino también en sus temas adultos, que lanzaban desafíos a la vida, a la gente, y a los hombres.

Yo le recordaré, junto a miles de personas en este país, y continuaré apreciándole cuando desde la distancia de su existencia emerjan programas de televisión que le salven del olvido. Sea este mi pequeño tributo a su voz, su personalidad, su hacer. Porque ha sido una de las mejores cantantes de nuestro país, porque en cierto modo me identifico con ella, porque merece la justicia del recuerdo.

 

 

Ella. Al descubierto.

Está seria, muy seria, su sombra se proyecta en la pared a través de la penumbra como una mueca fantasmal. Tiene el entrecejo fruncido y el cabello un poco revuelto. No quería volver a verle, la última vez fue tan doloroso que he estado rehuyendo desde entonces. Pero un tirón de las entrañas me ha sacado de mi egoísmo y he vuelto a su rincón marginado, donde se sienta a llorar la vida.

Pasa el dedo por las finas marcas de la mesa, parece absorta en algún pensamiento, pero sé que tiene la certeza de mi presencia, aunque no levanta la vista cuando me siento a su lado ni responde a mi saludo. Está enfadada, aprieta hosca los labios con su suerte eterna de contradicciones. Es tan mía que no puedo evitar sentir el agujero en su alma. Advierto que los demás nos miran expectantes desde sus mesas; alza la mirada y lo percibo entonces, es conmigo su enfado, porque le he dejado al descubierto y ahora ya no le rondan ignorantes para hacerle bailar, ahora quieren que hable, y ella no habla, solo conmigo, y a veces en silencio.

Acaricio su mano pidiendo perdón. Es tan pequeña, toda ella, tan diminuta. No suele dejarse acariciar pero esta vez se queda quieta, mirando como se mueve mi mano sobre la de ella. Siento su temor, sé bien qué le pasa, le acosa el tiempo, siente angustia, tiene miedo.

Mira a través de la ventana el viento gélido que sopla tras el cristal. “¿Cuándo llegará la primavera?” me pregunta, y yo no lo sé, no se de estaciones ni cómo manejar los tiempos. Si pudiera traería el florecer hasta su puerta, si tan solo pudiera. “Pronto”, le respondo en un susurro, pero sabe cuando miento. Siento que comienza a transformarse, parpadea como si la fría brisa de afuera se hubiera colado en sus retinas. “¿Llevas dentro la felicidad?”, le han preguntado. Miró su vestido multicolor y pensó “es el vestido, tan solo es el vestido”. Luego sonrió falsamente y continuó hablando de las trivialidades ajenas. Me lo cuenta y me atraviesa su pena, me atraviesa y me hace sangrar. Si pudiera comprarle el verano, y llenar su vestido de soles. No quiero llorar, pero me duelo demasiado por ella.

Percibo su rabia creciente y la mía se pone a la par. Quiero ser su cómplice, no me da la gana de dejarla sola. Patea la silla con fuerza. ¡Mozo, una botella de licor! grito con desespero. Me levanto y echo a todos de allí, no quiero que le vean, porque es mía, solo yo le veo, solo yo le entiendo, solo a mí me deja. Apago todas las luces, una sola vela pende en el candil sobre nuestra mesa. Doy un sorbo largo y le paso la botella. Se empina. Tose. No me ve llorar. Pasamos la noche bebiendo un licor que nunca acaba.

El pescador

Quise volar y conocí la soledad

jugué al amor sin entregar, sin esperar

(Celine Dion)

En cuclillas sobre el arrecife organiza las cosas en su bolsa. Escoge la carnada y el anzuelo mientras va, tal vez, pensando en su hogar, el pez, la vida…

¿Has pescado algo? – le pregunta la mujer desde el muro. Él levanta apenas la mirada y niega con la cabeza. Ella sigue en su mundo improvisado, entre unos brazos que no le dan calor, pegada a un cuerpo que no le importa tener o no al final del día. Toma un trago de cerveza y cierra los ojos intentando perderse en el viento que acaricia su rostro.

Ve y pídele un beso –le incita el hombre que la acompaña. Ella lo piensa un instante pero no razona, suele perderse en las oscuridades que le envuelven cuando está más vulnerable. Cruza el muro con destreza y se acerca al pescador con una sonrisa en los labios, se para detrás de él:

¿Me darías un beso?

No me pongas en esa situación – le responde él, negando con la cabeza, sin mirarla siquiera.

– ¿Qué pasa? ¿Es que eres casado?

Esa es una. La otra es que tú estás acompañada – le justifica, señalando con el mentón al hombre que espera sentado en el muro.

Eso no es problema –le explica entre risas – Él es quien me ha pedido que te bese.

El pescador guarda silencio, no ha dejado de maniobrar sus utensilios de pesca, enrolla el hilo en un carrete artesanal.

¿Es que no te gusto? – insiste ella – ¿O piensas que hago esto todo el tiempo?

No es eso –le asegura – Es que la vida no es tan fácil. No es usual que te nieguen un beso… ¿Te han negado un beso alguna vez? – pregunta él esta vez, mirándola al fin. Ella ríe, no ha dejado de hacerlo desde que fue a hablarle.

Sí, claro que me lo han negado. Es normal, no podemos gustarle a todo el mundo.

Entre las gotas de alcohol cree advertir que le gusta la mirada del pescador, perspicaz, como de quien sabe que la vida es algo más que dar un beso; ella también lo sabe, pero esta vez juega a olvidarlo. Sabe que no va a besarla, y de algún modo eso le alegra. Mira a su acompañante que aguarda su regreso y se pregunta qué hace ella con ese hombre.

–  ¿Te quedas con un mal concepto de mi persona? – Inquiere antes de irse – Lo más seguro es que mañana me avergüence de haber hecho esto.

No, para nada – le tranquiliza él, pero probablemente mienta.

Ella sonríe una vez más, y le deja al hombre un norte hacia dónde dirigirse, la alineación de unas estrellas que, como buen marinero, podrá observar desde la distancia y descubrir la cara que ella muestra cuando anda entre sobriedades, cuando no esconde la sensibilidad bajo el desatino.

Regresa al muro y el otro hombre que le pide que le cuente lo sucedido. Ella recrea la conversación escuetamente, no siente la complicidad que él emana, ambos ríen. Piensa que tal vez en otra vida fue una mujer hermosa y seductora, que anduvo por el mundo sin frenos y sin ley, y que ahora corre aquella por sus venas negándole la paz de la lumbre del hogar, haciéndole sucumbir a propuestas sin decoro y sin pudor.

–  Esta noche él no duerme pensando en ti – le dice él dando riendas a su fantasía. Pero ella no está tan segura, no le parece que haya impactado al paciente hombre de esa forma. Tal vez solo le haya hecho un poco más inconcebible la vida.

Deciden irse a otro sitio. Ella sube a la moto y se aferra a su cita, siente el torrente circulando por sus venas. Voltea sobre su hombro y mira al pescador, advierte que él levanta la vista, luego otra vez, aunque no puede asegurar que le esté mirando.

– ¿Sabes? – dice al hombre junto a ella – Me ha gustado más que no me besara. Sí, ha sido mejor que me negara el beso.

El ríe, pero ella sabe que no ha comprendido nada en lo absoluto, que no entiende lo que dicen sus palabras; se pregunta una vez más que hace con un hombre como ese. Suspira. Afirma sus piernas y se sujeta a la cintura de aquel, la moto arranca y se pierden en la calle, dispuestos a arrancarle otro trozo al día sin pensar demasiado en el mañana.