Precio mixto

Es un recinto muy conocido que ocupa una de las esquinas más populares de La Habana: 23 y 12. Un sitio al que me llevaba mi madre cuando yo era pequeña, en su ritual ineludible de sacarnos a pasear cada domingo; y almorzábamos ahí, con mucho gusto y un servicio de “Sírvase usted”. Más de veinte años han pasado desde entonces, y la pizzería Cinecittá continúa estando en aquella misma esquina, aunque su servicio ahora está dirigido por las camareras y capitanes del salón.

Llegamos y el lugar nos resulta acogedor; está climatizado, con unos mullidos muebles para la espera, la Carta en la mesa de centro para que podamos ir decidiendo lo que queremos comer. En un rincón un letrero de luces anuncia la barra de un bar, y me hace preguntarme si funciona realmente como tal, y me hace suponer, además, que sería quizás una buena opción para otra ocasión, con otra compañía.

Una sonriente camarera nos incita a tomar nuestra mesa y, una vez instaladas ahí, el diligente capitán se acerca a tomar la orden. Con notable desenvoltura nos dice los platos presentados en la carta que no tienen  en existencia en ese momento, y nos hace saber jovialmente que, aunque no aparece reflejado en el listado de opciones, la pizzería oferta también la modalidad de pizza mixta con una serie de agregos entre los que menciona la casi mítica carne de res, por un precio de 25 pesos en MN.  Nos parece raro que la pizza mixta no se refleje en la Carta, pero no hacemos mucho caso a ese detalle.

Ordenamos nuestras pizzas, decidimos por el jamón. Pedimos además ensalada fría y refresco. Nos parece bien, los precios son realmente accesibles, sobre todo si se tiene en cuenta la calidad de los platos, la cual nos parece realmente buena. Con esto y lo acogedor del lugar podemos obviar que las camareras precisen de un poquito más de entrenamiento, falta que indudablemente equilibran con la amabilidad con que nos tratan. La estancia transcurre tan agradable que decidimos que hay que volver en otra ocasión a por la piza mixta, convencidas de que es una buena opción. Y así lo hacemos, dos semanas más tarde. Se repite el ritual del cómodo sofá y la bienvenida sonriente. Una vez en la mesa nos vienen  a tomar el pedido pero esta vez no es el capitán, sino una joven capitana quien desempeña la labor. Como ya sabemos lo que queremos, y sabemos además que nuestra elección no aparece en la Carta, le pregunto a la muchacha si tienen pizza mixta y, ante su respuesta afirmativa, ordenamos. La velada pasa fenomenal, como la vez anterior, comemos elogiando la confección del plato y tejiendo entre nosotros la promesa de regresar una vez más.

Llega el final y con este la cuenta. El papel refleja letras casi inteligibles pero una cosa sí está clara: donde debía reflejarse un valor de 75 pesos por tres pizzas mixtas se estampaba un exuberante número 120. No entiendo realmente, sabíamos el precio de antemano por boca de aquel capitán de nuestra visita anterior, y así se lo digo a la camarera. Se sonríe de medio lado y asiente enérgicamente entornando los ojos, como quien vaticina un problema, nos dice que esperemos un momento y sale a buscar al efectivo de rescate: la capitana. El argumento explicativo de esta otra es que el servicio de la pizzería se divide en dos turnos: uno vende la pizza mixta en 25 pesos mientras el otro –el de ella- la vende a 40 pesos. ¿Cómo es posible -le pregunto- que una misma Unidad tenga dos precios distintos para un mismo plato dependiendo del turno que trabaje? Su explicación está en los agregos que, según ella, su pizza tiene más productos agregados que la mixta del otro turno; y yo pienso que, paradójicamente, la de ella no tiene carne de res como la del otro turno, el de la barata. Tras unos minutos de reclamaciones y argumentos, de explicarle que debió decirlo al momento de tomar la orden  –como hizo el otro capitán–, y recalcarle que es imposible que en una misma Unidad varíen los precios según el turno que trabaje, pagamos la diferencia. Pero ya no nos supo tan agradable la visita, y no por los 45 pesos de diferencia que tuvimos que desembolsar, sino por sentirnos defraudados, estafados y lo peor, sin derecho a reclamar y recibir a cambio la justicia del pago real.

Mi conclusión, entonces, fue la siguiente: en la emblemática pizzería Cinecittá, de la popular esquina de 12 y 23 en el Vedado capitalino, se estafa al cliente constante y permanentemente. Especulo: La pizza mixta no aparece en la carta porque no está concebida como una de las ofertas del restaurante, sino que es un invento del personal para buscarse los pesos, así de simple. ¿Quién mide la cantidad de agregos que le ponen a una pizza? ¿Cómo lo hacen, por gramaje? Es fácil sacar un poco de esto o aquello y confeccionar una pizza mixta con lo que debió ser, digamos, una de jamón, y cobrar, lógicamente, los 25 o 40 en vez de los 15 que cuesta la de un solo agrego. Luego se rehace la orden, se pone pizza de jamón, o de chorizo, o de salchicha, etc, donde decía mixta, y queda una ganancia limpia para sus bolsillos: 10 pesos en el caso de un turno, y 25 en el caso del turno de los más ambiciosos. Con los primeros te representa una Napolitana, y con los segundos una Napolitana más una con agrego.

¿Cuántas personas comen diariamente en ese lugar? ¿Cuántas piden pizza mixta? ¿Con cuánto dinero arrancado de los bolsillos de la gente se van ellos cada día? Pero una vez más el delito es impulsado no solo por la naturaleza humana y la necesidad imperante, sino por la inexistencia misma, porque ¿no sería lo más lógico poner en oferta la pizza mixta, podríamos decir, a ese mismo precio de 25 pesos que no está mal y así evitar que el dinero vaya a parar a manos particulares en vez de a la caja? Si lo volvieran real le anularían la posibilidad de estafar a la gente. Ah, pero no, desestiman esa posibilidad y le dan de comer al ingenio del cubano, que al final se las ha arreglado para sobrevivir así, “luchando”, o lo que es lo mismo, machacándose los unos a los otros.

El Muro

Ahí está el muro, en el mismo sitio. Le miro fijo y me devuelve impávido su fría mirada de arcilla, que alguna vez fue de lava, y risa, y sol. Alguna vez sus ojos fueron un grito de locura, de tus manos y la piedra arañándole el cuerpo, y él siendo feliz.

Recuerdo el día en que le descubrimos y nos descubrió. Tú tan azul. Siempre tan azul. Yo tan extraña, tan anhelante, amándote tanto. Y el muro, hecho de fuegos artificiales. Ahí está. Paso y le miro de reojo. Me detengo y regreso frente a él. Pero no me mira más con tu luz.

Le quiero gritar, quiero maldecirle y golpearle por su estupidez, por dejar caer la lluvia sobre sí, por mutar el cuerpo y el volcán.  Si le vieras, como ha dejado de ser nuestro, como ha exiliado mi latido acelerado, y tu risa, y nuestro beso. Nunca fue tan alto y tan vacío como ahora, que ya no se descuelga la voz de tus manos haciéndome feliz, ni el brillo de tus ojos, mezcla adolescente y hombre sabio.

Sé que llora, como yo, porque perdió la huella, porque ya no es más el trozo de un amor, de la furia apasionada de dos corazones mordidos por el destino, el mismo destino que hoy me llevó hasta esa calle para ver que ahí, donde un día de sol escribiste mi nombre detrás de un te amo, el retrato de una niña sonríe entre mariposas en un fondo gris. Mientras, las lágrimas de un muro le mojan el cabello, y las mías se me escurren en el corazón.

El Muro, donde mi nombre se esconde tras el rostro de una niña

Europa sin euros o El italiano de la wifi

A Lester

Que me dio la idea de hacer de aquello un post

Estoy en el parque Wifi del Coppelia, con mi amigo Lester. Vemos unas cosas en su laptop y nos intercambiamos algunos materiales, mientras conversamos. En el banco de al lado, bajo la sombra de un pequeño árbol, está acostado un hombre. Apenas nos fijamos en él, realmente no nos importaba.
Al rato de estar ahí sentimos que el susodicho llama nuestra atención. Entonces me fijo. Es un hombre que a juzgar por su aspecto debe andar rondando los 60 años, aunque reconozco que soy pésima haciendo tales cálculos. Su tez es de un color blanco-amarillento, su cabello es una escasa pelusa rubia que comienza a dejar bastante visible la piel en un redondel en el centro. Sus ojos están vidriosos por el sueño. Había levantado la cabeza y nos miraba a través de los párpados semiabiertos. Cuando le atendemos nos pregunta, con lengua adormecida y acento extranjero, si tenemos hora. Un extranjero, sin reloj ni celular. Lester le dice la hora.
Continuamos en lo nuestro, conversando de cualquier cosa, y el tiempo sigue transcurriendo. Unos minutos más tarde sentimos que el hombre nos llama de nuevo. ¿Tienen un bolígrafo? Pregunta esta vez. No teníamos. Un extranjero que tampoco tiene una simple pluma. Sigue acostado sobre el incómodo banco, boca abajo, la cabeza ladeada. La brisa agita las plumillas de su pelo. Lleva un short y un pulóver bastante usados.
De pronto se levanta y viene hacia nosotros. Se nos para enfrente interrumpiéndonos una vez más ¿Tienen conexión?, pregunta. Aquí sí: ¡WTF! ¿Este tipo pretende gastarle los quilitos de conexión a un cubano? ¡Horror! ¡No, no tenemos! Se va. Le vemos alejarse, con su aspecto de bajo mundo y un paso medio tambaleante. Y empezamos a hacer conjeturas:
A lo mejor le gustaste.
– O a lo mejor le gustaste tú, yo lo veo medio flojo.
– A lo mejor le gustamos los dos.
Reímos.
Para mí que está medio borracho.
– O drogado.
– O las dos cosas.
– Ahí tienes un tema para escribir –me dice Lester, finalmente–.
No estoy escribiendo, hace bastante tiempo que no me sale un escrito. Sin embargo, días después salió este pequeño relato, que reconozco no es de lo mejor que he hecho, pero que deja al menos un atisbo de las peripecias de este personaje tan particular que nos topamos aquel día en el parque wiffi del Coppelia. Porque sí, la miseria de un italiano en La Habana creo que amerita un post en el blog, aunque sea uno ligero. Que miren que un tipo que venga desde tan lejos para terminar acostado en el banco de un parque, sin reloj, ni celular ni bolígrafo, y pidiendo conexión prestada… Eso no es algo que se vea todos los días.

Obreros

Esta no es una historia real, pero la situación que muestra sí que lo es. No conversé yo con un tal Sergio, pero sí los vi, con su fisonomía inconfundible, bajar de la guagua aclimatada que los transporta y dirigirse al futuro hotel, a robarles la posibilidad de progreso a los cubanos.

 

Se sienta a mi lado mientras espero la guagua, él espera otra que lo llevará hasta su casa. La parada comparte varias rutas, nosotros compartimos un muro en el que nos sentamos a esperar.

Hay que vivir para ver – dice, un poco para mí, un poco para sí mismo. Le miro, pero no digo nada.

Es un hombre blanco, de buena estatura, fornido. Su mirada verde aceituna luce cansada, sus ojos están escoltados por marcas que se profundizan cuando los entrecierra al mirar a lo lejos para ver si se acerca la guagua. Su frente también está surcada por un juego de líneas horizontales.

Me mira, y tal como si yo le hubiera instado a proseguir me cuenta que se llama Sergio, tiene 45 años, de los cuales ha invertido 25 en trabajar la albañilería. Es un trabajo duro, me explica, que ubicado en un buen lugar da su dinerito, la cuestión está en la oportunidad, ha tocado las puertas de un par de cooperativas pero sin suerte. Hace una pausa, vigila la guagua que aun no llega, y haciendo un gesto de negación con la cabeza suspira antes de reanudar su perorata.

Lo que me cuenta a continuación sí que capta mi atención. Me habla de un hotel que están construyendo en la antigua Manzana de Gómez. Pensó que sería una buena oportunidad de trabajo para él pero cuando indagó le dijeron que no estaban contratando. El desconcierto le vino después, mezclado con un poco de indignación e impotencia, cuando supo que no le contrataron porque el equipo de obreros ya estaba conformado… por trabajadores traídos desde La India.

¿La India? ¿El país? – le pregunté con asombro.

La Indiame confirmó, y rió sin ápice de humor – Dos mil euros me han dicho que le pagan mensualmente a cada trabajador. Dos mil euros.

Me quedo mirando sus manos callosas, él las estruja mientras reflexiona. No lo comprende, y yo tampoco. ¿Por qué pagar semejante cantidad de dinero a obreros extranjeros habiendo tantos constructores en este país? Sus manos delatan los años de trabajo, es un hombre con experiencia, un hombre que ha echado su vida aquí, construyendo y construyendo, y ahora le niegan el derecho a progresar, no de forma ilegal, sino trabajando. Me mira nuevamente, creo que espera una opinión pero yo estoy perpleja, no sé qué decir, no sé qué pensar.

Con un cuarto de ese dinero cualquier constructor cubano sería feliz. – me comenta – Ellos se ahorrarían tres cuartos de salario por cada hombre y a la vez un buen grupo de gente aquí saldría adelante. Pero no – protesta – prefirieron traer a los indios. “Son más responsables y trabajadores” dicen, pero yo voy a ver que cubano no se vuelve trabajador ejemplar si le pagan quinientos euros al mes, y si no pues pa´ la calle y ya está, pones otro, y ya está.

No puedo objetar, está claro en lo que dice; tampoco puedo encontrar una razón que justifique, no puedo hallar un aliciente para su indignación, no cuando yo misma me siento indignada.

Pueden darme miles de justificaciones y no lo entenderé, que pudiendo mejorar la vida de un grupo de cubanos prefieran que mejore la de un grupo de extranjeros por razones tan triviales como la apariencia, que se le niegue a un obrero progresar en la vida mediante su trabajo honesto. Me da igual de dónde sea el contratista, que el personal que levante el hotel fuera nuestro debió ser una premisa.

Sergio se incorpora y ajusta la mochila sobre su hombro. Ya se avista su guagua. Se gira hacia mí y puja una sonrisa.

Hay que vivir para ver, muchacha. Horrores se verán.

Se va y yo me quedo ahí, sentada en el muro, sin poder encontrar una explicación. “Ve, Sergio”, pienso, “Sigue haciendo malabares en la vida, “inventando” para conseguir el dinero que sustente a la familia, que compre los zapatos del niño, que pague las fotos de 15 de la hija”. Es un hombre trabajador, pero no le toman en cuenta, porque es cubano.

Llega mi guagua y, antes de sumergirme en la vorágine de intentar subir, una interrogante me asalta la mente: ¿Negarían en La India trabajo a su gente para dárselo a un cubano?

 

 

 

El hombre del piano

Este es una especie de homenaje, a esa mujer de voz dulce y seductora, con su acento de miel y candor. Una de mis cantantes favoritas, a la que vuelvo a  ratos, cuando vago con el alma sensible y nocturna: Ana Belén.

Un sábado cualquiera, El Café me espera como cada vez, en la esquina que anuncia la noche bohemia entre el neón rojo y azul. Es un lugar de antaño, que guarda entre las grietas de sus paredes montones de historias que se acumulan y parecen susurrarse cuando te acercas.

Ocupo mi mesa y pido un trago. El primer sorbo me quema la garganta, cierro un instante los ojos, dejando que me seduzca la melodía que acuna el lugar. Ahí está él, sentando al piano, con los dedos ágiles acariciando las notas, dibujando el sonido que nos calienta el alma.

El vaso de cerveza descansa sobre el piano, hace una pausa para tomarlo y las manos le tiemblan, enciende un cigarrillo, y de sus pulmones exhala la pena mezclada con el humo. Me enamora su tristeza, el hielo azul de su mirada. No quiere olvidar, no puede. Vuelve a la canción de la llaga en su alma, la canción eterna a la que se agarra como náufrago a su tabla.

La pared junto al piano está cubierta por un espejo que ha largado el azogue en sus esquinas, pero que aun muestra los rostros que se posan frente a él. Se mira y, por un momento, la piel del reflejo pierde las arrugas; vuelve a ser el niño aquel que mudaba su niñez en el piano. Vienen entonces aquellos pocos años y se guarecen en sus ojos como una luz, si le miras bien parece ser el mismo, por un soplo de segundo luce casi como aquel, el joven diestro de las noches felices. Yo sonrío.

Pero un viejo se le acerca, ese que duerme a las puertas del lugar, el que se emborracha del día al anochecer. Él conoce todas las historias, las que yacen en las grietas, las que nunca se cuentan. Le recuerda el albor de su melodía, y a la mujer aquella, la que le abandonó a su suerte. Ella era pájaro en vuelo, temerosa de perder sus alas, él era la jaula que encarcelaba sus ganas de volar. Un día quiso probar las fuerzas de esas alas, y ya no volvió.

Golpea el piano, con furia. Las notas se duelen, su pecho se duele, mas no desea su mal… no desea su mal. Toma otro sorbo de cerveza y aprieta los ojos, duro, aguanta, no quiere desfallecer, pero una resquebrajadura de la pared me confiesa que en ocasiones ha llegado a llorar.

Me invade su tristeza, se me oprime el pecho, siento que no puedo respirar. Quiero maldecir a la mujer, al borracho, al espejo. Pido otro trago, y lo tomo de golpe esta vez. Un vaho le envuelve como un velo de cerveza y sudor. La gente alrededor busca compañía, para una noche, o para una vida, pero él solo se aferra a su piano, empapando en alcohol las emociones.

El dueño de El Café pasa por su lado, palmea su hombro, “pareces cansado”, le dice, “y el sol aun no sale”. Dispara unos acordes más, un embrujo espléndido que cala hondo. Ve el fondo del vaso. Prende otro cigarrillo.

Me levanto de mi mesa y camino despacio hacia él. Le pongo un vaso lleno sobre el piano, acaricio levemente sus cabellos y me inclino, apoyando mis brazos sobre la cola del instrumento. “Toca otra vez, viejo perdedor”, le susurro, “me haces sentir bien. La noche es tan triste que tu canción me sabe a derrota, y me sabe a miel” me mira un instante, luego al espejo. Sonríe, y se vuelve a sujetar a su tabla de náufrago, dejando que las notas vuelen magistralmente, envolviéndonos a los dos.

Cerca del cielo

Llego al sitio de la mano de una suerte de reconciliación que puja por retomar intenciones del pasado. Él y yo queremos creer que hay redención.

Vedado capitalino, edificio que en sus inicios fue símbolo de majestuosidad: El Focsa. Hay que subir treinta y tres pisos, y el elevador nos recibe con la soledad cómplice en su interior, las puertas cerradas nos empujan, sin que medien palabras, a los besos clandestinos y la urgencia de las manos sobre los cuerpos. Un “ding” anuncia la apertura interrumpiendo el momento y salimos, emulando sobriedad, al interior de uno de los recintos más acogedores que he visitado.

Pocas mesas se acomodan a lo largo de una pared de cristal que da vista plena a un ala de la capital. Las aguas del Malecón engullen el infinito, extasiándome las ganas, las luces de la ciudad alumbran el iris, luciérnagas esparcidas a plenitud. Es hermoso. Nosotros allá arriba, el mundo abajo.

La luz dorada, como ha de llevar un bar, nos baña. Tras la barra un hombre uniformado se mueve con gracia, preparando los costosos tragos. Para nosotros cerveza, exquisitamente fría en su botella verde. Las copas reciben entusiasmadas el helado amargor y él, como hace siempre, choca la suya con la mía.

Allá, en un rincón, el señor elegante regala acordes que funde en su piano, las canciones envuelven a los que allí olvidan por un rato lo que afuera de aquel lugar se gesta. Me quedo mirando a una pareja que se aventura a bailar y me pregunto si me atrevería yo. Bailan pegados, con el romance fluyendo entre ellos, lo puedo notar. La señora de la otra mesa se divierte con el hombre menor: las fotos, las risas, su mundo; lucen tan felices que da gusto verlos.

Él regala un fragmento de aquella canción a mis oídos, me dice que no la ha olvidado: si yo pudiera… reconquistarte con lo que queda por decir.

Es un lugar alto, se pierde del resto de la ciudad; luz difusa, buena música, cristal traslúcido que pone el mundo a tus pies. Es un sitio de romance tenue, de calidez del alma. Un buen espacio para reconciliarse con las risas y el futuro.

Me sugiere levantarnos y llegarnos a la pared posterior, observamos la ciudad y me dejo llevar por la sensación de bienestar, con su cuerpo cerca del mío, su olor, y esa pose que adopta cuando quiere sentir que le soy grata. Más tarde saltaremos al otro lado del cielo, dónde nuestros cuerpos se dan sin condiciones.

Quiero detener el tiempo pero sé que hay que partir. Me duele dejar atrás tanta magia. El ascensor nos lleva abajo y parece sufrir porque esta vez un señor nos acompaña. Nos damos a la noche, dispuestos a morderle un trozo de placer a la vida. Nos reconciliamos por esas horas y es exquisito. Luego amanece.

De una noble idea al caos

La lluvia cae mientras espero la guagua que me llevará al trabajo, necesito guarecerme. Me escondo bajo el techo que sobresale del edificio a mis espaldas. De repente, un olor casi putrefacto apuñala mi sentido del olfato; proviene de la cocina del Comedor Comunitario que está en los bajos del edificio: están cocinando picadillo.

Las buenas ideas no se bastan a sí mismas con ser buenas, sino que precisan de una ejecución acorde para ser realmente dignas de alabanza. He visto excelentes ideas irse por el caño cuando son puestas en práctica; la de hacer Comedores Comunitarios es una de esas.

No dudo que una reconocible intención altruista primara en quien trajo a la luz el concepto del proyecto, pero cuando el diablo trastoca las bienintencionadas obras de Dios todo se va a la m… -a ese lugar que Reflejos no me deja poner-.

De este modo, lo que nació siendo un hermoso engendro benefactor que acunaba en sus brazos el objetivo de alimentar a los viejecillos desprovistos del barrio, se ha convertido en el grifo de llenar los bolsillos de unos, y el peligro de desnutrición o indigestión crónica para otros.

Allí de pie, viendo la lluvia mojar pavimento y transeúntes, esperando mi guagua, me pregunté si podría alguien comerse aquello, pero sé la respuesta y me entristece en demasía: cuando el hambre aprieta se come hasta piedra. Pienso en el almuerzo que llevo en mi bolsa, casualmente también es picadillo, pero huele muy diferente, sabrá muy diferente.

¿Quién me cuidará cuando envejezca? Espero no tener que depender de una idea como esta, sino poder contar con el amor de hijos y nietos. Pero por ahora, quisiera que alguien con la facultad requerida revisara este proyecto comunitario, y diera a estos ancianos la posibilidad de llevar a sus estómagos algo digno del paladar, y la nutrición.

Mas ¿Habrá por lo menos algún sitio al que pueda dirigir mi queja? ¿Querrá alguien escuchar? ¿Le importará a alguien siquiera? Me vienen a la mente un par de periodistas, y me dan ganas de hacer algo más que publicar esto en mi blog.

 

Más que un muro

Hay un sitio en La Habana que me enamora, una prolongación de rincones que se suceden y acogen a las más diversas criaturas. En esos metros de muro que el mar golpea sin cesar se han construido las historias más insospechadas, aventureras, descabelladas, impúdicas, de amor, y hasta de muerte.

Es afrodisíaco y seductor, se ofrece sin reparos y se deleita en las presencias que le adornan en toda su extensión. Disfruta las melancolías, el olor a alcohol, los besos robados, las angustias, y el sexo sórdido.

Allí besé al hombre que una vez amé, tuve también mi más extraña cita, y canté al son de los acordes de una guitarra errante. Ahí quiero tener a aquel que tanto me estremece las entrañas si me mira.

Siempre volverán mis pies a caminarle, y mis ojos a besar su mar; porque es magia que me envuelve en recuerdos y pasiones, en anhelos y esperanzas.

Con su olor a sol y luz de luna, su velo de sal, vestido de mulatas a buen precio, su tabaco de contrabando y su negro de fuerte sudor. Con los locos muchachos saltando hacia el abismo de sus aguas y los pescadores rivalizando sus anzuelos con el pico del pelícano.

Que no me deje a la deriva la ternura de su hechizo, no me abandonen sus cantos de sirenas. Que no sea olvidado, ni se seque nunca el Malecón.