Retorno. (Mr. Dregs.III)

Con esto atiendo la petición de Pilgrim, y cierro el ciclo de Mr. Dregs. A ver qué les parece. Siéntanse libres de opinar y, como siempre, espero que les guste.

Si ves mi amor que otra vez me fui,

me fui sin entender qué pasa,

en tu corazón se esconde mi país

y el jardín que me conduce a casa.

De vuelta a casa

Carlos Varela

 

Las interrogantes le llegaban como las ondas de un eco mientras conducía por la amplia avenida de la que fuera su ciudad. Si pudiera al menos saber si le alegraría verle; nunca supo a ciencia cierta si se había enojado con él por su partida, o si había llegado a comprenderle.

Víctor cerró los puños en torno al timón del auto, apretándolos, esperando impaciente el cambio de luz del semáforo. En los escasos segundos de espera, tortuosos flashbacks de su último día con Zoila tomaron por asalto su mente.

Habían sido novios desde la adolescencia, convirtiéndose cada uno en el gran amor del otro. Habían planificado casarse al terminar la universidad y entregarse entonces los cuerpos en la pasión que los consumía.

Aquella tarde, en el parque de los besos y los planes de vida, una Zoila desesperada se deshacía en llanto entre sus brazos. ¿Cómo consolarla si él mismo estaba devastado? Le imploró que no se fuera, le suplicó, pero no había vuelta atrás en su decisión, ni siquiera por ella, ni siquiera por todo ese amor que ahora agonizaba en su pecho. De repente, Zoila secó sus lágrimas, le besó, y tomándole de la mano se levantó, guiándole a través del parque, hasta la casita verde. No había nadie en casa a esa hora de la tarde, y fue la soledad el cómplice perfecto. Ella le condujo hasta su cuarto y, una vez allí, se desnudó y le desnudó, entre besos y caricias; y se dieron todo el amor que ya nunca podrían darse. Víctor le amó más entonces, por su entrega, por su pasión, por la unión de sus almas que ahora, estaba seguro, se había vuelto indisoluble.  Esa fue la despedida, la última vez que le vio.

El sonido de un claxon le anunció insistente el cambio de luz. Dos cuadras más, un giro a la derecha, y ahí estaba, la casita en la que se entregaran su amor. Ya no era verde, sino azul, y la cerca que le rodeaba agonizaba inclinada hacia un lado. Víctor se quedó sentado dentro del auto por unos instantes; cuánta contradicción se agolpaba en su interior, quería ir corriendo y acabar de verla de una vez, pero a la vez sentía un miedo terrible, una incertidumbre arrasadora le inmovilizaba las piernas haciéndole difícil tomar la decisión de salir del auto.

Finalmente, armado de valor, pero con la punta de la lanza del temor punzándole aún por la espalda, salió y se paró frente a la casa, soltó una exhalación y fue, sin pensarlo más, hasta la puerta de madera que se cerrara tras de sí aquella tarde.

El puño le temblaba al tocar la puerta, el pulso más que latir zumbaba una frecuencia acelerada, sudaba, era todo nervios. ¿Le reconocería? ¿Se alegraría? ¿Tan siquiera viviría ahí todavía? Un ligero crujido acompañó el paso de la puerta abriéndose, dando lugar a la vista de una mujer que pareció transformarse en cera cuando le vio. La piel de su rostro estaba marcada por los años y un leve exceso de libras moldeaba su cuerpo, pero sí, era ella, esos eran los mismos rizos que acariciara tantas veces, y aquellos los mismos ojos que se anegaran en llanto ante su partida.

Víctor avanzó un paso y ella, nerviosa, retrocedió. Él insistió y se acercó, y le abrazó. Ella temblorosa aceptó el abrazo por un instante y luego le alejó. Zoila miró con detenimiento aquellos ojos que le hechizaran una vez, verdes, como de cristal, con unas pestañas largas y espesas. El mundo pareció sucumbir bajo sus pies, un abismo se abría queriendo succionar sus plantas. El hombre de su vida estaba ahí, frente a ella, el hombre de quien nunca más había sabido nada, a quién pensó no volver a ver jamás, pero que no había olvidado en todos esos años. Estaba ahí, frente a ella. ¿Qué hacer ahora? Quería abrazarle de nuevo, sentir su calor y su olor, como soñara tantas veces, pero ya no era la misma mujer, muchas cosas habían cambiado, la vida había seguido su curso, y la distancia y el silencio habían hecho su estrago. Sin embargo, la vida en su cinismo les había unido para siempre, con una unión inquebrantable. Cerró los ojos un instante y, al abrirlos, le miró impávida.

Debes irte. – Le espetó.

Zoila… – Intentó razonar Víctor.

Debes irte. Ahora. – Determinó ella.

Su frialdad le caló hondo, le rompió en pedazos, pero sabía que nada podía reprocharle. Con el corazón apretado dio un medio giro para marcharse mientras sentía que sus ojos comenzaban a escocerle. Una voz juvenil resonó entonces a su espalda haciéndole detenerse.

Me voy, mamá – dijo el joven besando a Zoila en la frente – Regreso temprano.

Víctor giró de regreso, quedando frente al muchacho. Unos ojos de cristal color esmeralda, de espesas pestañas largas, le miraban desde el otro lado, interrogantes. Víctor quedó como de piedra, su rostro se tornó ahora cenizo, luego de grana. Miró a Zoila con los ojos queriendo salir de sus órbitas, gritando mil preguntas.

Zoila rompió a llorar, a la par de Víctor.

Verguenza y dolor (Mr. Dregs II)

Con esto respondo a la sugerencia de Bambina, quien me pidió que escribiera la historia de Mr. Dregs desde el punto de vista de los padres. Espero que les guste.

Gente de pueblo que hacen sus vidas

cicatrizando el miedo, colgadas del balcón,

hacen de ellas credos y mentiras

sobre la piel del día y sin pedir perdón.

Gente de pueblo atragantadas

Polito Ibáñez

Dalia se dejó caer en el viejo sillón, el cuerpo desfallecido se le sacudía con un temblor incontenible. Las palabras que le dijera su hijo antes de salir retumbaban en su mente, y en su pecho.

– Me voy del país, mamá, definitivo. – había sentenciado.

Hubiera soportado gustosa mil azotes, habría despellejado el mundo con sus manos, se dejaría llenar el cuerpo de clavos enterrados hasta el hueso, cualquier cosa hubiera soportado, cualquier cosa con tal de no haber escuchado esas palabras, con tal de borrar la decisión de su hijo, el hijo de sus entrañas, el que le llegó cuando ella y Raúl ya habían perdido las esperanzas de ser padres.

¡Ay, su viejo Raúl! Desde que Víctor declarara aquello el viejo se había escudado en una coraza de cólera, poco faltó para que golpeara al muchacho. No le habían notado parado en la puerta de la habitación mientras hablaban.

– ¿Qué tu has dicho? – casi gritó, haciendo saltar a Víctor por la sorpresa – ¡No es así como te he criado! ¡No es así como has crecido! ¿Qué será de tu madre y de mí? No crié a un hijo para que al crecer traicionara los principios que le inculqué y nos abandonara. ¡Hazlo, y no serás más mi hijo! – soltó con la impotencia royéndole las venas – Vete, y ya no tendrás un padre.

– Un día lo entenderás, papá – le dijo entonces – Comprenderás que hay vida más allá de tu lucha y tu credo, y me perdonarás.

Pero ella conocía bien a su viejo, sabía el dolor que esas palabras dejaban en su pecho, sabía cuanto quemaban su garganta al decirlo.

Dalia recostó la cabeza al sillón mientras un sollozo le asfixiaba las ganas de vivir. Una vida sin su hijo ya no tendría sentido. Era cierto que solo se iba a otra tierra, y que podría estar al alcance de una carta, una llamada, o un viaje de vacaciones, pero no era así como funcionaban las cosas, sino que estaban obligados a hacer de quien tomara semejante decisión, un muerto en vida.

Raúl atravesó la sala con el rostro desencajado y los ojos mustios. Se quedó mirando a Dalia que parecía estar muriendo sentada en aquel rincón. Quiso hablarle pero un nudo estrangulaba sus cuerdas vocales a la par que su corazón. Incapaz de articular sonido se fue a la habitación y se encerró allí. Sentado al borde de la cama se tapó el rostro con las manos como si de ese modo pudiera ahogar el llanto que le sobrevenía.

¿Qué pensaría la gente que fue testigo del desempeño de su vida, defensor de credos y leyes? Le daba vergüenza lo que pudieran decir, pero más vergüenza le daba incluso preocuparse por eso justo ahora que lo más importante era su hijo. Y saber que tras su partida jamás le volvería a ver. Había caído en su propia trampa, ahora sería juzgado por lo que tantas veces fue juez, implacable y cerrado. Ahora le tocaría sufrir las consecuencias de su propia defensa. Entonces, de algún modo, comenzaba a ver la vida de otro color.

Golpeó su frente con la palma de la mano, deseaba tanto que aquello fuera solo una pesadilla de la que despertara al fin. No podía imaginar la vida con su hijo lejos, sin saber de él, sin poder hablarle. ¿Por qué habrían de torcer los hombres la vida de esta manera? ¿Por qué habrían de gobernar los destinos ajenos?  Vivir sería mucho más fácil si el hombre no se empeñara en complicarlo todo, en controlarlo todo.

– ¿Qué no habría de perdonarte yo, hijo mío? Mi vida daría por ti – susurró para sí.

Los días siguientes fueron grises y helados. La vida tomó su curso alejando al hijo de los padres, frente a un futuro que parecía irreversible. Los años pasaron y Víctor nunca supo del perdón que obtuvo aún antes de partir; Delia y Raúl no supieron de los ojos que le lloraron en la distancia ni el corazón que se estrujó de tanto extrañarles. No volvieron a escucharse las voces, a rozarse la piel, no hubo más abrazos ni besos.

El tiempo consumió lo que quedó de ellos y para cuando las cosas cambiaron y las concesiones tomaron lugar a la derecha de las regulaciones, un Víctor desolado tomaba whisky en la habitación de un hotel en la ciudad de sus padres, aunque ellos ya no estaban.

Mr. Dregs

Esta podría ser una historia de ficción, donde cualquier parecido con la realidad sería culpa de alguna coincidencia ¿verdad?

 

Detrás de los que no se fueron,

detrás de los que ya no están,

hay una foto de familia

donde lloramos al final

Carlos Varela

Víctor se acercó al gran ventanal de cristal y se quedó ahí, de pie, contemplando la enorme avenida con el correr de los autos a toda velocidad, la gente empequeñecida por la altura, el cielo azulísimo, y el mar.

El mar se le hacía inmenso, infinito, un depredador ahora en calma, luego con sus fauces abiertas en olas embravecidas. Un escalofrío le recorrió por todo el cuerpo mientras un leve temblor le sacudía.

Un suave toque en la puerta le sacó del ensimismamiento.

– Servicio de habitación – dijo una dulce voz al otro lado.

– Adelante – respondió con voz grave.

Una joven uniformada entró en el recinto con una sonrisa de cortesía en los labios.

– Su whisky, Señor.

Le agradeció con una ligera inclinación de la cabeza, indicando a la joven que podía marcharse. Se sirvió un trago, ignorando el hielo en la cubitera, y lo bebió de un golpe. El líquido bajó quemándole, enredándose con el nudo que apretaba su garganta. Se sirvió uno más –doble– y volvió a la ventana.

Una corta carcajada amarga como hiel emergió de su interior. Señor. Había pasado de ser escoria a ser Señor. Su mirada se perdió en el mar, una sensación de mareo le sacudió al dejarse llevar al borde del recuerdo. Los ojos de su madre aparecieron frente a él, llorosos, nublados, suplicantes.

– ¡No lo hagas, hijo mío, no lo hagas! – le imploró aquella vez, pero él ya lo había decidido; esa huída era su única oportunidad de triunfo.

La incomprensión de su viejo, el dolor de verle voltearle la espalda.

– Hazlo, y no serás más mi hijo.

– Un día lo entenderás, papá – le dijo entonces – Comprenderás que hay vida más allá de tu lucha y tu credo, y me perdonarás. Sabía que al irse obligaría a sus padres a darle por muerto, pero estaba decidido.

Para cuando los tiempos cambiaron y se le permitió regresar, y ser ya no más una escoria sino un señor, y hospedarse en la suite más costosa del mejor hotel de la ciudad, sus padres ya no estaban. Hoy volvía a pisar su ciudad pero ya nada le quedaba en ella. Había heredado un nuevo status social, y el constante intento de las fieras citadinas por rapiñarle los billetes  de su cartera. Tenía la piel más blanca, y unas libras de más, pero ya no podría recuperar los años lejos de sus viejos, ya no sabría si su padre alguna vez le perdonó.

Víctor cerró sus ojos apretándolos fuertemente, no pudiendo contener los riachuelos que mojaban sus mejillas. Maldijo por lo bajo, a la crueldad de aquella imposición que obligó a sus padres a enterrar a un hijo vivo, al absurdo de volverle plaga donde pudo ser primavera, a la maldita estupidez el hombre.

Bebió de un trago lo que quedaba en su vaso y salió de la habitación. Buscó el auto que había alquilado y enfiló hacia la avenida, rumbo a la casa de Zoila, el gran amor que abandonara –como a sus padres– cuando decidió apostar por un futuro en la lejanía. Aceleró, rezando que al menos ella todavía viviera allí, en la casita verde, donde tantos años atrás aprendiera a amar.

Y descubrimos con desilusión que no sirvió de nada…

¿El pollo o la mujer del pollo? (II)

Lo prometido es deuda, aquí les va la segunda parte del cuento. Espero no decepcionarlos.

Rigo tocó una vez, dos veces –ahora más fuerte–. La bilis subió por su garganta, algo pasaba, estaba seguro. No podía perder a esa mujer, que no era suya, pero sí que lo era. No podría vivir sin perseguirla por las calles, sin el movimiento de sus nalgas tras la ventana, sin su piel morena y su boca -esa boca-. Estaba apunto de derribar la puerta de una patada cuando esta se abrió de golpe. Lo que vio al otro lado le dejó sin aliento, olvidó respirar, olvido pensar, olvidó el pánico.

Una imagen de mujer se recostaba a la puerta, relajada; una mano en la cintura, la otra en alto sosteniendo la puerta abierta. Un cuerpo escultural se alzaba en toda su esbeltez, los senos a punto de desbordarse del pronunciadísimo escote de un transparente ropón rojo que parecía salido del más selectivo desfile de Victoria´s Secrets, cortísimo, a ras con el final de las caderas. Rigo adivinaba que, si se volteaba, dejaría al descubierto dos curiosas cúspides asomadas bajo la fina tela, a través de la cual se veía una tanga exquisita, de satén, igualmente púrpura, y un sostén a juego que seguramente pronto comenzaría a protestar ante su impotencia por intentar retener tanto contenido. Descalza, sí, tal como le gustaba verla. No podía despegar su vista de aquel encanto, tuvo miedo de mirar su cara, de mirar sus ojos, su boca, y colapsar ahí. Pero ya había perdido la batalla de su control hacía mucho tiempo. Alzó lentamente la mirada y los ojos que le hicieron ganarse el apodo le miraron, de soslayo, sí. Y la boca, untada en carmesí, lanzó una corta y sonora carcajada.

La China dio la espalda y avanzó por el pasillo lentamente, dejando tras de sí la puerta abierta. Rigo no tuvo más opción que seguirle, ya no era él mismo, era puro instinto. Llegado a la habitación no pudo contenerse más, se lanzó sobre esa boca que tanto había soñado besar, tener sobre sí, la boca de sus noches a solas con sus propias manos tocando su cuerpo. La besó deseoso, enloquecido, y ella se dejó hacer. Sin mediar palabras la lanzó sobre la cama, bajó hasta sus senos dejándolos al descubierto, y se detuvo allí. No era posible, no lo creía, estaba siendo suya, y parecía disfrutarlo: los ojos cerrados, la respiración entrecortada, leves gemidos. Totalmente incapaz de ser paciente bajó una mano hacia el centro de sus muslos, mientras introducía con la otra un dedo en aquella boca. Bajó, bajó, un poco más… y llegó.

El tiempo –ya sabemos que es una medida inexacta– se detuvo ¿Por cuantos latidos? No se sabe. Lo cierto es que, al segundo siguiente en que echó a andar de nuevo, un Rigo blanco como papel, como la cal, como un fantasma, salió corriendo, o más bien volando –aunque no creo que a esas alturas esa palabra le hiciera mucha gracia– hacia la puerta. En su intento por abrirla, temblándole las manos inconteniblemente, soltó un buche de flujo de su estómago. Pudo salir finalmente a las escaleras  y huir, esconderse en su casa, solo. Solo. La China quedó tendida en su cama, y en su entrepierna, duro como garrote, lo que no tuvo más acomodo bajo el satén.

Ahora al león, al macho, al gallo de gallinero le dicen Pedro Navaja. No por guapo, sino por aquello de que ♪La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ¡Ay Dios!♫

¿El pollo o la mujer del pollo? (I)

Este cuento me quedó un poco largo, así que lo publicaré en dos partes. A ver qué les parece.

Todo el mundo tiene un punto débil. Hasta los más grandes, fuertes y poderosos encuentran, al menos una vez en la vida, esa astilla que se clava y les hace sucumbir, la horma de su zapato, vaya. Y Rigo encontró la suya.

Siempre había sido el rey, ya saben, lo que se dice el león de la selva, el gallo del gallinero, el típico macho cubierto de pieles, con el garrote en la mano, y su cueva. Siempre deseado por las mujeres, siempre con el control, nunca enamorado.

El tiempo es la medida más inexacta que existe. No se puede medir con tiempo las pasiones, porque un torbellino puede arrasar con tu vida en un día, mientras que una historia que dure años puede no dejar ni ápice de huella. Seis meses. Hacía seis meses que ella se había mudado al apartamento que daba frente al balcón de Rigo; en seis meses se había desatado la hecatombe.

Era una mulata exuberante, su piel canela con ese vestigio caribeño, sus curvas perfectas daban paso a unas nalgas musculosas y bien formadas, montañas de seductora redondez; sus piernas esbeltas, macizas; sus senos, volcánicos, parecían clamar por atención tras el escote; y aquellos ojos de mirada ancestral como si guardaran mil historias, si miraba de soslayo podrían hacer rendir a todo un ejército. Pero la cúspide del encantamiento era su boca, esos labios carnosos, dos gemelos que, entreabiertos, colmaban su locura, el borde del peñasco.

Rigo nunca había sido doblegado por presencia femenina alguna, pero desde hacía unos pocos meses solo vivía para verla pasar. La China. Solo sabía que le decían La China, y que provenía de alguna provincia donde el sol había besado su piel con un magnífico soplo dorado.

Pasaba horas en el balcón mirando hacia su casa, endurecido tras el muro mientras le veía mover las caderas al ritmo de los Van Van. Luego, en las noches, se masturbaba frenéticamente recordando aquella danza envolvente e imaginando la boca entreabierta cerniéndose sobre él. Si le veía cerrar las ventanas corría hacia la calle y le seguía por cuadras, haciéndose el distraído pero siendo perfectamente consciente de los ademanes de su objetivo.

Ella no tardó mucho en darse cuenta. Comenzó entonces a acentuar la cadencia de sus movimientos cuando le sabía tras sus pasos, a usar ropa extremadamente ligera mientras bailaba sensualmente tras la ventana al ritmo de la timba, a salir del baño envuelta en una toalla y caminar así por toda la casa. Rigo estaba loco, así, loco de deseo.

Un día la vio llegar con unas compras. La China dejó todo en la cama y entró al baño. El hombre esperó impaciente a que volviera a salir, ahora vendría el desfile en toalla, solo de pensarlo se endurecía. Los minutos parecían no pasar y el torbellino encendía sus entrañas. ¿Saldría descalza? ¿Con el pelo mojado? ¡¿Saldría de una buena vez?! Nunca había tardado tanto tomando un baño.

De pronto las ventanas de la habitación se cerraron de golpe. Rigo no vio una mano hacer el gesto, solo el golpe y la ventana ¡pum! Un escalofrío le inundó, la piel se le erizó de pies a cabeza ¿Pasaría algo? ¿Estaría en peligro? No sabía que hacer, sentía el instinto de ir a averiguar pero a la vez temía hacer el ridículo si todo era, no más, fruto de su imaginación. Esperó, esperó… nada, no salía.

Una ola de pánico lo invadió, la adrenalina a mil, su mente abandonó todo análisis y salió disparado escaleras abajo, como una centella, hacia el apartamento…

Desahogo

Le veía ir y venir todos los días por los pasillos, pero jamás cruzaban palabra, ni un saludo siquiera. Le observaba en el comedor mientras almorzaban, pero nunca juntos en la misma mesa. Le veía llegar, irse, reír, hablar, pero siempre con otros, nunca con ella.

Vivía extasiada con él: su estatura, su cuerpo, el color de su piel, sus ojos. Se alimentaba cada día con fantasías en las que se unían en el placer de los cuerpos mientras él le miraba con avidez. Soñaba con sus manos tocándolo todo, con sus besos dejando humedades por su espalda, con su lengua enterrándose en la cumbre de su deseo.

Anhelaba ir al trabajo cada mañana, y los fines de semana se hacían interminables. Buscaba excusas para salir de su oficina pero en realidad el único propósito era verle. En el ascensor, si coincidían, se acercaba disimuladamente para sentir su olor, entonces la excitación le embestía con fiereza y tenía que someterse a pura fuerza de voluntad para no tomarlo ahí mismo.

Ya no sabía qué hacer para llamar su atención, había recurrido a toda sutileza: miradas, roces, sonrisas. Él no caía en la cuenta, o tal vez solo simulaba que no se percataba; lo cierto es que ella desesperaba cada vez más por tenerle y disfrutar de su hombría. Una oportunidad; solo necesitaba una oportunidad.

Aquel viernes, en la tarde, había poco personal en el Centro. Sus compañeros de oficina no estaban, por lo que puso algo de música para animarse; poco a poco se fue dejando llevar por el ritmo suave y su mente vagó hacia una existencia, una tormentosa de cuerpo perfecto.

Un leve toque en la puerta le hizo reaccionar ante la presencia que se asomaba ligeramente con unos papeles en las manos, al tiempo que ella miraba. Él entró. Un temblor le recorrió el cuerpo, estaba ajena al entorno, todo lo que importaba en ese momento era que ese hombre estaba parado frente a ella, solos, en su oficina.

Le miró fijo desde su silla y, sosteniendo su mirada, alzó una mano y desabotonó el primer botón de su blusa. Él pestañeó par de veces, se le vio algo perplejo pero inmediatamente bajó la vista a los senos que se anunciaban tras el escote, e instintivamente se pasó la lengua por los labios. Ella se levantó entonces lentamente, y con pasos sensualmente cadenciosos se acercó a la puerta, echó el seguro, y se volteó.

Él se quedó parado en su sitio, sin saber qué hacer exactamente, pero su respiración ya empezaba a notarse algo agitada. Se paró frente a él, y botón por botón terminó de abrir su blusa, deleitándose en la mirada de él que parecía no poder apartarse de su cuerpo. Se inclinó un poco, se quitó la ropa interior que llevaba bajo la falda, y se subió al buró.

Las piernas entreabiertas, pero la falda hacía el papel de centinela, dejando total lugar a la imaginación. Él frente a ella de pie, ella excitadísima ofreciéndose sin reparos. Las miradas sostenidas. Los latidos parecían audibles. El aroma cambió.

Se ven ir y venir todos los días por los pasillos, pero jamás cruzan palabra, ni un saludo siquiera. Se observaban en el comedor mientras almuerzan, pero nunca juntos en la misma mesa. Se ven llegar, irse, reír, hablar, pero siempre con otros, nunca entre ellos. Nada parece haber cambiado, sin embargo, las paredes de su oficina esconden una historia que pugna por arrancar su mudez, conservan el olor a sudor y sexo, guardan imágenes de desenfreno y lujuria; mientras el buró disfruta del recuerdo de aquel desahogo que acabó por aflojar una de sus patas.

Digital.sex

Karla es una chica moderna, muy moderna, y de una mentalidad tan abierta que no tiene puertas, todo lo que quepa por ahí entra , pasa, arrasa, y lo que le gusta se queda.

A Karla le pone que su chico le llame con el nombre de su actriz favorita cuando hacen el amor, porque sabe que a él le gusta esa piel cobriza combinada con el pelo negro de la actriz, así que alimentar su fantasía le da morbo.

Así va, buscando en el sexo cosas nuevas que hacer para sorprender a su hombre, avistar en su mirada ese brillo de lujuria, la aprobación ante cada idea que se le ocurre, la excitación extrema. Por eso un día coloca una cámara en la esquina del cuarto, se asegura de que enfoque bien la cama y se sube a ella. Primero, apoyada sobre sus rodillas comienza a tocar su cuerpo, termina acostada masturbándose frente a la cámara, retorciéndose de placer.

Graba el video en un CD, pega una nota en la caja incitando a usarlo en los ratos a solas, estampa un beso. Se llega donde su chico y le entrega el disco mientras le regala una de sus sonrisas más perversas. Karla es una chica moderna, ya se los he dicho.

También ve porno, no es de extrañar; de vez en cuando le gusta disfrutar del fuego de otras parejas en la pantalla de su PC. Por eso a ratos va donde el muchacho de la esquina, el que alquila películas o graba en los dispositivos, y copia un poco de películas XXX en su usb, tanto foráneas como del patio. Hay de todo.

Sentada frente a su PC, con la soledad de su cuarto como testigo, Karla se prepara para una tanda de morbo digital. Un archivo: “Loquita”, le llama la atención y da doble click sobre él. Su mente se dispara ante la expectativa y cada terminación nerviosa de su cuerpo parece estar alerta. Se abre el archivo y se ve una cama idéntica a la suya, en un cuarto exactamente como el suyo. Alguien sale de detrás de la cámara, y luce como ella. La chica se sube a la cama y comienza a hacer justamente lo que hace ella cada vez que su chico pone el CD que le regaló para masturbarse.

Karla es una chica muy moderna, y ahora todo el mundo lo sabe.

Ella. Reencuentro

La veo en su rincón de siempre, y al instante lo sé: esta vez la tristeza es profunda. Me mira con los ojos nublados, dejando al descubierto un dolor indescriptible. El lugar se me hace más frío y oscuro que nunca, con olor funesto y música gris.

Topa con su pie el piso en un apurado y rítmico tamborileo de desasosiego, mientras sus uñas arañan a ratos la madera. Me acerco despacio, no podía esta vez quedarme en la distancia. Intento alcanzar su mano pero la quita de súbito. Corre entonces un hilillo húmedo por una de sus mejillas y lo restriega molesta. No le gusta que noten su humedad.

Espero. Espero porque sé que es ella quien ha de llevar las riendas. Entonces en algún momento, en aquel lugar de sombras donde cada segundo cuenta y a la vez importa poco, murmura entre los dientes apretados: “la vida es una perra cínica ¿lo sabías?”

Me cuenta entonces su dolor, su rabia por la vida: que mientras unos celebraban ella se deshacía en lágrimas, que un nudo se atascaba en su garganta mientras recitaba las palabras que otros querían escuchar, desterrando toda sospecha de que en ese mismo instante su corazón estaba siendo masacrado y su alma atravesada por mil cuchillos a la vez. Me dice que salió de ese lugar tan pronto como pudo, quería echar a correr y no regresar jamás. Agradeció la soledad de su rincón que le acogió con una macabra risa de burla.

Ya no quiere luchar más, ni esperar más, ni soñar, ni suplicar. Mira la silla vacía frente a ella, y noto que se aleja en los recuerdos. Sonríe. Llora. Toca instintiva su mejilla lacerada y siente el golpe que lleva ahí. Aun duele.

Vuelve a mí y en su mirada hay alguna interrogante. “La vida es una perra cínica” –me repite– y que sabe que la vida ya ha sellado su destino, ahí, en su rincón, entre las garras de las sombras y los idiotas que bailan a su alrededor, y que le tienden la mano de vez en vez para sacarla a pisotear algún compás de baile, entre un trago o dos. Me gusta verle bailar porque es como una brisa que lo envuelve todo, pero termina siempre arrepintiéndose, y regresando al mismo sitio.

Dice que un día ya no esperará más, tomará en serio las riendas, y acabará con su dolor; que la mejor forma de burlar a la vida es dejando de existir. Las palabras arrancan lo poco de cordura que le queda. Se recuesta sobre mis piernas y llora con desconsuelo. Yo no puedo evitarlo, y lloro con ella.

 

 

Mira Carmela

Si te viera Carmela” repetía aquel viejo sin parar. Si botaba la sopa, y si no se bañaba, si juntaba la curda de la noche con el ayuno del día siguiente, o si metía alguna puta en la cueva que irónicamente llamaban casa. “Si te viera Carmela” repetía aquel viejo a toda hora.

Le quería gritar que se callara, que aquella diabla se había ido cuando él era apenas un retoño de tres años; agarrando su bolsa desvencijada con tres trapos dentro y se marchó -solo Dios sabe a dónde- sin mirar atrás.

El viejo, que no era un viejo entonces, le buscó de día y de noche, y le lloró de madrugada; y en un corto baile de luna se le cubrió la cabeza de una escasa pelusa blanca, se le arrugó la piel, se le perdió la mirada. Nadie supo nada más de Carmela, y Dios, que era el único que sabía a dónde había ido, no dijo nada.

A él le daba igual quién lo viera, es más, le daba igual lo que hacía, o si lo hacía, veinte años de existencia habían sido demasiada agonía para él. Había perdido algunos dientes en una paliza que le dieron, su cuerpo flaco ostentaba la inconfundible cicatriz de una bala entrando y saliendo, otra huella de un puñal aquí, un poco de mugre allá, y los huesos rebasándole la piel. Y las peores cicatrices iban por dentro, esas que nadie veía le laceraban el alma como un cuchillo mellado.

Hambre, tristeza, depresión; nada tenía, nada era. Daba igual si era día o era noche, si llovía, o hacía frío, o calor; para él nada tenía sentido ni razón de ser, solo sucedía los días uno tras otro porque sí, porque había que respirar. “Si te viera Carmela” ¡Que ira le desataba aquello! ¡Que ganas de propinarle par de golpes en la boca y hacerle callar de una vez! Pero no podía hacer eso, era solo un pobre viejo que, como él, había perdido todo.

Ya no quería vivir. Cada noche se decía “mañana no amanezco”, pero amanecía. Ahogaba su existencia en el alcohol y la hierba. Y la rabia, la rabia le consumía más que el hambre misma. No podía más, quería el fin, pero le faltaba valor.

Amaneció en su agonía por un tiempo incontable, hasta que una vez la vida en su sarcasmo le cambió la suerte. Lo primero que vio fue la cara del viejo, sus ojos parecían haber perdido aquella niebla gris, incluso algunas arrugas parecieron desaparecer. Como si un clamor urgente le llamara alzó sus ojos y vio frente a él un cuerpo de mujer en un vestido de sol. Su pelo ondulado, sus ojos grandes, las manos temblorosas. Reconoció en aquel rostro los ojos que veía al mirarse en el espejo, y el mismo contorno de sus labios. “Carmela” dijo el viejo, y echó a llorar.

Una extraña calma le invadió, y sintió el valor inundar sus venas. La sangre bombeó más aprisa, como rogando salir. Se levantó despacio y entró a la casa. Un latido, dos, tres. Salió. Sonreía, pero sus ojos delataban un brillo inconfundible.

Miró fijo a esos ojos suyos en otro rostro. “Mira Carmela”, dijo, alzó su mano sosteniendo aquel objeto inconfundible y ¡pum! El ruido estridente inundó todo el lugar, el cuerpo cayó flácido al suelo, una inmensa mancha roja le rodeaba salpicada de trozos de sesos. Ahora sí, que le viera Carmela.

Encuentro

Estaba nerviosa, como nunca. La expectativa, el anhelo y el deseo le llenaban los rincones. Se sentía ligera, como adolescente en primavera. Había esperado tanto por ese momento. Cuántas letras se habían derramado, cuan larga había sido la espera.

Él estaba a punto de estallar, poco faltaba para que arremetiera contra el reloj que parecía no avanzar. Había soñado tanto con este día, imaginando cómo iba a ser.

Habían soñado durante mucho tiempo, juntos, uniendo sus letras en una fantasía común, un anhelo imperante que ya no soportaba más la frialdad de la distancia.

Cuando las palabras escritas se hicieron insuficientes, y el sexo telefónico no bastó, cuando la voz se anheló susurrante en el oído, y el olor ya no quiso ser imaginado; cuando las manos fueron invadidas por la urgencia de sentir la otra piel y los labios protestaban ante tanta sequedad; cuando el chat se hizo estorbo más que amigo lo decidieron: tenían que conocerse personalmente.

Ahora estaban ahí, a tan solo minutos, escasos minutos, de poder verse al fin. Tomarían vino, escucharían música, esa que gustaba a ambos, bailarían y, al final, tendrían sexo, lo sabían, se deseaban demasiado como para dejar pasar la noche sin tenerse. Él quería tener sus manos entre las suyas, ella quería abrazarle. Todo sería perfecto, no podía ser menos.

Avanzaban al punto de encuentro con la ansiedad a flor de piel. De repente él divisó el vestido rojo que le dijo que llevaría puesto. Su cuerpo delgado, sus piernas. Una sonrisa invadió su rostro. Alzó su mano en un saludo, aun lejano, y sin darse cuenta apresuró un poco el paso.

Ella le vio saludarle y sonrió de vuelta, era imposible no hacerlo si de él se trataba. Ya divisaba su melena alborotada, como en las fotos, aquellos rizos revueltos que tanto le gustaban. Su estatura, sus brazos, su tez.

Al fin sus cuerpos se acercaron. Las puntas de sus pies casi se tocaron, el sentía su olor, ella veía el lunar de su nariz.

Y ahí, cuando nada más debió importar, cuando convenía que la alineación astral fuera perfecta, y la danza magistral del viento debió arremolinarles los amores uniéndolos en un beso… algo se rompió.

No hubo nada. Las miradas no lanzaron chispas alrededor, no crepitaron los cuerpos la energía contenida, no se imantaron. Se drenaron los deseos y las empatías. Se sellaron las sonrisas. Un velo sombrío les redujo a desconocidos.

Y así, sin tocarse siquiera el dio un paso atrás, ella volteó la espalda. El viento abandonó el vestido rojo y los rizos rebeldes. La palabra siguió muda, el sexo en la sequía, las manos inertes.

Y en algún antro resonaba, como un karma vil, una voz con acordes de guitarra: le sonrió, con los ojos llenitos de ayer… no eres quien yo espero.