Con esto atiendo la petición de Pilgrim, y cierro el ciclo de Mr. Dregs. A ver qué les parece. Siéntanse libres de opinar y, como siempre, espero que les guste.
Si ves mi amor que otra vez me fui,
me fui sin entender qué pasa,
en tu corazón se esconde mi país
y el jardín que me conduce a casa.
De vuelta a casa
Carlos Varela
Las interrogantes le llegaban como las ondas de un eco mientras conducía por la amplia avenida de la que fuera su ciudad. Si pudiera al menos saber si le alegraría verle; nunca supo a ciencia cierta si se había enojado con él por su partida, o si había llegado a comprenderle.
Víctor cerró los puños en torno al timón del auto, apretándolos, esperando impaciente el cambio de luz del semáforo. En los escasos segundos de espera, tortuosos flashbacks de su último día con Zoila tomaron por asalto su mente.
Habían sido novios desde la adolescencia, convirtiéndose cada uno en el gran amor del otro. Habían planificado casarse al terminar la universidad y entregarse entonces los cuerpos en la pasión que los consumía.
Aquella tarde, en el parque de los besos y los planes de vida, una Zoila desesperada se deshacía en llanto entre sus brazos. ¿Cómo consolarla si él mismo estaba devastado? Le imploró que no se fuera, le suplicó, pero no había vuelta atrás en su decisión, ni siquiera por ella, ni siquiera por todo ese amor que ahora agonizaba en su pecho. De repente, Zoila secó sus lágrimas, le besó, y tomándole de la mano se levantó, guiándole a través del parque, hasta la casita verde. No había nadie en casa a esa hora de la tarde, y fue la soledad el cómplice perfecto. Ella le condujo hasta su cuarto y, una vez allí, se desnudó y le desnudó, entre besos y caricias; y se dieron todo el amor que ya nunca podrían darse. Víctor le amó más entonces, por su entrega, por su pasión, por la unión de sus almas que ahora, estaba seguro, se había vuelto indisoluble. Esa fue la despedida, la última vez que le vio.
El sonido de un claxon le anunció insistente el cambio de luz. Dos cuadras más, un giro a la derecha, y ahí estaba, la casita en la que se entregaran su amor. Ya no era verde, sino azul, y la cerca que le rodeaba agonizaba inclinada hacia un lado. Víctor se quedó sentado dentro del auto por unos instantes; cuánta contradicción se agolpaba en su interior, quería ir corriendo y acabar de verla de una vez, pero a la vez sentía un miedo terrible, una incertidumbre arrasadora le inmovilizaba las piernas haciéndole difícil tomar la decisión de salir del auto.
Finalmente, armado de valor, pero con la punta de la lanza del temor punzándole aún por la espalda, salió y se paró frente a la casa, soltó una exhalación y fue, sin pensarlo más, hasta la puerta de madera que se cerrara tras de sí aquella tarde.
El puño le temblaba al tocar la puerta, el pulso más que latir zumbaba una frecuencia acelerada, sudaba, era todo nervios. ¿Le reconocería? ¿Se alegraría? ¿Tan siquiera viviría ahí todavía? Un ligero crujido acompañó el paso de la puerta abriéndose, dando lugar a la vista de una mujer que pareció transformarse en cera cuando le vio. La piel de su rostro estaba marcada por los años y un leve exceso de libras moldeaba su cuerpo, pero sí, era ella, esos eran los mismos rizos que acariciara tantas veces, y aquellos los mismos ojos que se anegaran en llanto ante su partida.
Víctor avanzó un paso y ella, nerviosa, retrocedió. Él insistió y se acercó, y le abrazó. Ella temblorosa aceptó el abrazo por un instante y luego le alejó. Zoila miró con detenimiento aquellos ojos que le hechizaran una vez, verdes, como de cristal, con unas pestañas largas y espesas. El mundo pareció sucumbir bajo sus pies, un abismo se abría queriendo succionar sus plantas. El hombre de su vida estaba ahí, frente a ella, el hombre de quien nunca más había sabido nada, a quién pensó no volver a ver jamás, pero que no había olvidado en todos esos años. Estaba ahí, frente a ella. ¿Qué hacer ahora? Quería abrazarle de nuevo, sentir su calor y su olor, como soñara tantas veces, pero ya no era la misma mujer, muchas cosas habían cambiado, la vida había seguido su curso, y la distancia y el silencio habían hecho su estrago. Sin embargo, la vida en su cinismo les había unido para siempre, con una unión inquebrantable. Cerró los ojos un instante y, al abrirlos, le miró impávida.
– Debes irte. – Le espetó.
– Zoila… – Intentó razonar Víctor.
– Debes irte. Ahora. – Determinó ella.
Su frialdad le caló hondo, le rompió en pedazos, pero sabía que nada podía reprocharle. Con el corazón apretado dio un medio giro para marcharse mientras sentía que sus ojos comenzaban a escocerle. Una voz juvenil resonó entonces a su espalda haciéndole detenerse.
– Me voy, mamá – dijo el joven besando a Zoila en la frente – Regreso temprano.
Víctor giró de regreso, quedando frente al muchacho. Unos ojos de cristal color esmeralda, de espesas pestañas largas, le miraban desde el otro lado, interrogantes. Víctor quedó como de piedra, su rostro se tornó ahora cenizo, luego de grana. Miró a Zoila con los ojos queriendo salir de sus órbitas, gritando mil preguntas.
Zoila rompió a llorar, a la par de Víctor.




