Yo no estoy muerta

Le dije que no me regalara ningunas flores. Los bombones sí, pero las flores para qué si yo no estoy muerta. Así le contaba una chica a alguien con quien hablaba por teléfono, acerca de su intercambio obviamente con algún chico que pretendió regalarle unas flores y unos chocolates por el día de la mujer, pero al parecer no había podido conseguirlas y había intentado disculparse por ello. Yo escuché el trozo de conversación por casualidad, y no pude evitar asombrarme ante la falta de delicadeza –y más que eso, estupidez– de aquella muchacha.

Muchas veces nos quejamos de los hombres, de su falta de atención hacia nosotras, nos quejamos de la sociedad y de los cambios que han ido dejando atrás los buenos gestos, el cortejo, el significado de las pequeñas cosas, de las sorpresas y regalos que no encierran un alto costo monetario pero sí un gran valor sentimental. Pero ¿cuánto de culpa tenemos las propias mujeres de que se haya perdido la costumbre de regalar flores, de dedicar canciones y poemas, de decir mucho con lo más simple?

Ahora muchas mujeres valoran a los hombres por su bolsillo, lo catalogan según los lugares a los que la puedan llevar, los regalos suntuosos que le puedan hacer. Y sí, está claro que es bueno tener un compañero con buena solvencia económica que signifique para nosotras una vida más holgada y placentera, pero no al costo de hacer sucumbir las ilusiones, las pequeñeces que engrandecen por dentro, no al costo de marchitar el alma y dejar morir el espíritu. No creo que a ese chico le quedaran ganas de volver a ofrecerle una flor a esa mujer, tal vez a ninguna otra. No después de esa respuesta. Y no podemos decir que sea su culpa.

Muchas cosas han cambiado en la sociedad, y ahora luchamos por la no violencia, por darle a la mujer un lugar primordial en la sociedad, por demostrar lo que valemos y lo que merecemos, pero de qué nos sirve si por otro lado desvalorizamos la grandeza de una flor, de qué nos sirve intentar magnificar nuestra figura y nuestra presencia en los grandes escenarios sociales si luego pisoteamos cualquier gesto que indicaría lo grandes que podemos ser por dentro.

Yo creo que sí estaba muerta, algo dentro de ella había perdido la vida. No había latido en su corazón que le hiciera notar cuan hermoso es que te regalen una flor, aunque sea la más común, recién arrancada de un jardín. Su sencillez había muerto, y su sensibilidad agonizaba al borde de un abismo. No estaba muerta, y sí lo estaba. Porque no hay peor forma de morir que la de ir sin alma por la vida.

El Muro

Ahí está el muro, en el mismo sitio. Le miro fijo y me devuelve impávido su fría mirada de arcilla, que alguna vez fue de lava, y risa, y sol. Alguna vez sus ojos fueron un grito de locura, de tus manos y la piedra arañándole el cuerpo, y él siendo feliz.

Recuerdo el día en que le descubrimos y nos descubrió. Tú tan azul. Siempre tan azul. Yo tan extraña, tan anhelante, amándote tanto. Y el muro, hecho de fuegos artificiales. Ahí está. Paso y le miro de reojo. Me detengo y regreso frente a él. Pero no me mira más con tu luz.

Le quiero gritar, quiero maldecirle y golpearle por su estupidez, por dejar caer la lluvia sobre sí, por mutar el cuerpo y el volcán.  Si le vieras, como ha dejado de ser nuestro, como ha exiliado mi latido acelerado, y tu risa, y nuestro beso. Nunca fue tan alto y tan vacío como ahora, que ya no se descuelga la voz de tus manos haciéndome feliz, ni el brillo de tus ojos, mezcla adolescente y hombre sabio.

Sé que llora, como yo, porque perdió la huella, porque ya no es más el trozo de un amor, de la furia apasionada de dos corazones mordidos por el destino, el mismo destino que hoy me llevó hasta esa calle para ver que ahí, donde un día de sol escribiste mi nombre detrás de un te amo, el retrato de una niña sonríe entre mariposas en un fondo gris. Mientras, las lágrimas de un muro le mojan el cabello, y las mías se me escurren en el corazón.

El Muro, donde mi nombre se esconde tras el rostro de una niña

Europa sin euros o El italiano de la wifi

A Lester

Que me dio la idea de hacer de aquello un post

Estoy en el parque Wifi del Coppelia, con mi amigo Lester. Vemos unas cosas en su laptop y nos intercambiamos algunos materiales, mientras conversamos. En el banco de al lado, bajo la sombra de un pequeño árbol, está acostado un hombre. Apenas nos fijamos en él, realmente no nos importaba.
Al rato de estar ahí sentimos que el susodicho llama nuestra atención. Entonces me fijo. Es un hombre que a juzgar por su aspecto debe andar rondando los 60 años, aunque reconozco que soy pésima haciendo tales cálculos. Su tez es de un color blanco-amarillento, su cabello es una escasa pelusa rubia que comienza a dejar bastante visible la piel en un redondel en el centro. Sus ojos están vidriosos por el sueño. Había levantado la cabeza y nos miraba a través de los párpados semiabiertos. Cuando le atendemos nos pregunta, con lengua adormecida y acento extranjero, si tenemos hora. Un extranjero, sin reloj ni celular. Lester le dice la hora.
Continuamos en lo nuestro, conversando de cualquier cosa, y el tiempo sigue transcurriendo. Unos minutos más tarde sentimos que el hombre nos llama de nuevo. ¿Tienen un bolígrafo? Pregunta esta vez. No teníamos. Un extranjero que tampoco tiene una simple pluma. Sigue acostado sobre el incómodo banco, boca abajo, la cabeza ladeada. La brisa agita las plumillas de su pelo. Lleva un short y un pulóver bastante usados.
De pronto se levanta y viene hacia nosotros. Se nos para enfrente interrumpiéndonos una vez más ¿Tienen conexión?, pregunta. Aquí sí: ¡WTF! ¿Este tipo pretende gastarle los quilitos de conexión a un cubano? ¡Horror! ¡No, no tenemos! Se va. Le vemos alejarse, con su aspecto de bajo mundo y un paso medio tambaleante. Y empezamos a hacer conjeturas:
A lo mejor le gustaste.
– O a lo mejor le gustaste tú, yo lo veo medio flojo.
– A lo mejor le gustamos los dos.
Reímos.
Para mí que está medio borracho.
– O drogado.
– O las dos cosas.
– Ahí tienes un tema para escribir –me dice Lester, finalmente–.
No estoy escribiendo, hace bastante tiempo que no me sale un escrito. Sin embargo, días después salió este pequeño relato, que reconozco no es de lo mejor que he hecho, pero que deja al menos un atisbo de las peripecias de este personaje tan particular que nos topamos aquel día en el parque wiffi del Coppelia. Porque sí, la miseria de un italiano en La Habana creo que amerita un post en el blog, aunque sea uno ligero. Que miren que un tipo que venga desde tan lejos para terminar acostado en el banco de un parque, sin reloj, ni celular ni bolígrafo, y pidiendo conexión prestada… Eso no es algo que se vea todos los días.

El gesto

Era un día de esos en los que el mundo entero te sobra, que el peso de los problemas te carcome por dentro y no atinas a pensar sino en los porqués de su existencia, y en como podrías resolverlos. Era un día de esos para mí.

Iba por la calle, en mi rostro más seriedad de la habitual, abstraída por los conflictos que me atormentaban, como un bucle sin fin que se rehacía una y otra vez en mi mente. Estaba triste, lo confieso. Mis emociones habían sido mordidas y languidecían dentro de mí, anhelaban un rincón ermitaño donde nada ni nadie pudiera darles alcance. Hacía sol y sudaba, tenía hambre, y sed.

Lo más difícil de sobrellevar era mi estado de ánimo, era aplastante, ataba con fuerzas mis ganas de decir y hacer. Hay días así, en los que mandarías todo lejos y simplemente te sentarías a dejar las horas correr, sin propósito alguno, con la mente en blanco, y el silencio por total compañía. Pero tienes cosas que hacer, impostergables, porque la vida sigue girando sobre la rueda lo quieras o no, te sientas como te sientas, y hay problemas que no se resuelven solos, y otros sin solución pero que se resisten a exiliarse de tu mente y te trastocan los ánimos. Algunos le llaman el color de la vida, el equilibrio, el “aquello” necesario para aprender a apreciar las cosas buenas, en fin, yo le llamo una hijeputada de la vida.

Iba entonces yo, caminando. Le vi antes de cruzar la calle. Entraba al portal de su casa y me vio. Se detuvo haciendo ademanes de cerrar la puerta. Se me hizo evidente que se demoraba a propósito para esperar a que yo pasara. Siguiendo la dirección en la que iba cruzando la calle terminaría pasando justo enfrente de su puerta. Me crispé un poco, no estaba yo para melosidades de desconocidos. No obstante seguí hacia adelante, no contaba ya con la opción de retroceder puesto que estaba a mitad de la calle.

Pasé entonces por delante de la reja de su portal. Era un hombre de buena estatura, pelo negro y rizo, piel trigueña. Debe haber estado rondando la treintena, pues su juventud se empezaba a marcar por cierto rastro de dureza. Se inclinó a recoger algo que había a la altura de su rodilla, luego se incorporó y me miró. Justo cuando pasaba por delante de él, en el momento preciso, con una sonrisa en los labios extendió su mano hacia mí, ofreciéndome una delicada Violeta que acababa de arrancar de su jardín. Acompañó el hermoso gesto con una frase de halago. Miré entonces aquello ojos nobles y pícaros a la vez, tomé la flor y le di las gracias, mientras le ofrecía a cambio, irremediablemente, la primera sonrisa del día.

Hay veces que la vida se empeña en apocarnos, en someternos a las tristezas y la desesperación. Pero luego aparece un ángel y se encarga de cambiarte el mundo, aunque solo sea por un instante.

Nice to meet you

Julia caminaba por las calles de su ciudad, iba un poco aprisa pues había salido del trabajo para ir un momento al mercado. Su falda corta revoloteaba al viento, dejando al descubierto sus piernas, largas y bien formadas, objeto de admiración de algunos hombres que la piropeaban a veces resaltando esa parte de su cuerpo. Una blusa fresca para el intenso calor que hacía, con un ligero escote en forma de V que insinuaba pero no llegaba a mostrar sus senos pequeños; por detrás un corte bajo que dejaba al descubierto los hombros y la mitad de la espalda.
De regreso a su trabajo, cuando atravesaba el parquecito, siente una voz apremiante detrás de ella:
– Excuse me! Hello!
Voltea instintivamente. Un hombre blanco, con la piel suavemente sonrosada por la incidencia del sol del trópico, se dirige a ella, sonriente. Es apenas más bajo que la mujer, tiene unos hermosos ojos azules y un rostro agradable. Le recuerda a Peter Parker, Spiderman. Piensa que ha de ser un turista buscando una dirección. Se detiene con la intención de indicarle el lugar que suponía el hombre andaba buscando.
– Do you speak English? –pregunta él–.
Uhhm… just a little. –responde ella dubitativa.
Entonces él, sin dejar de sonreír, no pregunta por dirección alguna, sino que comienza a elogiarla en un tropel de palabras en inglés. No habla español, solo inglés. Alaba su cuerpo, su andar, su estilo. Se deshace en palabras, mirándola al detalle, con su rostro emanando admiración por la mujer, quien sonríe también, y le agradece gentilmente, mientras intenta comprender todo lo que el hombre dice. Su inglés es escaso pero de algún modo consigue entenderle, y responderle. Sin darse cuenta cómo se enlaza en una conversación en esa lengua extranjera que tanto le gusta, pero domina poco.
I´m Mirko, by the way – Dice, y le extiende su mano.
Julia –le dice ella, a la vez que estrecha la mano que el joven le ofrece.
Es una mujer desconfiada, sabe que la vida no es fácil ni sencilla, y que los príncipes azules no existen, que no hay galán en corcel blanco, ni en avión llegado del extranjero. Entonces le hace las preguntas de rigor: de dónde es, y qué está buscando. Él asegura no estar buscando nada en particular, es su primera vez en el país y quiere conocer lugares, pasar un buen rato. Ella va directo al punto: le dice que sabe bien lo que buscan los turistas cuando vienen a su país, pero que ella no es esa clase de mujer. Que no va a ofrecerle lo que él probablemente anda queriendo obtener.
Él se apresura a explicarle que no es esa precisamente su intención, que recién estuvo en Miami antes de venir a su país y que ella luce como las mujeres de allá. Le dice que le vio pasar dos veces, y que a la segunda vez no pudo evitar el intentar conocerla. Le pide un nuevo encuentro, ir a algún sitio a tomar una copa, conversar.
Ella tiene un amor clavado entre pecho y espalda, su pasión por un hombre al que está a punto de dejar para siempre. Piensa que le vendría bien tomarse un trago en algún lugar agradable, y este desconocido al que no volverá a ver podría ser una buena opción para ello. Entonces, luego de dejarle bien claro que sería solo tomar algo, una plática y nada más, pactan el encuentro para el día siguiente.
Llega la tarde del encuentro, ella va parsimoniosa hasta el lugar acordado, donde el joven, alegre y desenfadado le encuentra. A ella le toca elegir el lugar, pues él no conoce la ciudad: las terrazas del Hotel Nacional parecen una buena opción. Él queda fascinado por el lugar, observa todo, saca fotos y videos, mientras repite It´s amazing!” La tarde transcurre ligera y sobria. Él toma Piña Colada, ella Daiquirí. Él no sale de su admiración por el lugar y la vista al mar, ella no sale de su asombro de cuan fácil está siendo la conversación, toda en inglés. Ella habla de su país, él de los lugares que ha visitado. Hacen comentarios graciosos y ríen.
El sol lanza sus primeras amenazas por esconderse, y bajo la luz tenue del atardecer él la observa con insistencia. Se siente muy atraído por ella y se lo dice. Le gustaría besarla, y también se lo dice. Todo en ella le gusta: su sonrisa, sus piernas, su piel suave, su color, sus manos, lo que hace, lo que dice. Le invita a un siguiente encuentro, esta vez a tomar un café o una cerveza en el apartamento donde se hospeda. Pero ella tiene una pasión enterrada en el pecho, y ya no es más la chica alborozada y ligera. Ahora es una mujer melancolía, una mujer razón. Ahora son otros sus anhelos, ya no más los de ir por la vida tomando cuanto vea a su paso. Sonríe. Se niega.
La cita llega a su fin, y ambos la agradecen. La luz dorada les baña las pupilas mientras se despiden, sabiendo que ha sido la única vez, no habrá reencuentro. Él se va a andar la ciudad, cargando sus anhelos. Ella regresa a su casa, arrastrando su pasión.

Del gimnasio al aceite

Hace unos días llegaba a mi casa, y vi sentados en la parte de afuera del apartamento de los bajos a dos jóvenes, adolescentes aun, sumidos en una maniobra que, si bien yo ya sabía que se hacía, nunca había visto. Quedé algo estupefacta, y preocupada. Uno de ellos inyectaba aceite de cocina en los brazos del otro.

Una jeringuilla llena, bajo la piel, directo al músculo. Cirujano estético y enfermero autodidacta por cuenta propia. El otro, inmutable, se somete al riesgo sin pestañear siquiera, en su mente lo que prima es aparentar músculos desarrollados sin tener que quemar horas en el gimnasio.

Tuve una época en la que iba al gimnasio cada día, me encantaba; hacer ejercicios te deja una sensación placentera en el cuerpo, y en la mente. Tras el agotamiento doloroso de los músculos en la primera semana viene una fortaleza muscular y una disposición del organismo para cualquier actividad que se disfruta mucho, te sientes bien, ligero, activo. Hacer ejercicios es mucho más que simplemente lucir músculos tonificados.

Pero hoy la cosa ha cambiado –como en casi todo–, ya los chicos no quieren ir al gimnasio, sino que aceleran el proceso, imitan la apariencia de crecimiento y endurecimiento de los músculos a través de sustancias, pastillas y química. Olvidan lo que más importa: la salud, ésa que ponen en riesgo al inyectarse o consumir esas sustancias, ésa que evitan al dejar de lado el ejercicio físico.

Es hermoso ver a los chicos en el gym, en camiseta, sudados, ver el movimiento de los músculos bajo el esfuerzo de las pesas o las barras, constatar como semana tras otra van dejando la debilidad a un lado para mostrar bíceps más crecidos, muslos endurecidos, abdómenes planos y, sobre todo, una salud de hierro. Es triste y preocupante, en cambio, ver cómo arriesgan su calidad de vida en pos de una apariencia ficticia, cómo compran una imagen con monedas de salud.

Obreros

Esta no es una historia real, pero la situación que muestra sí que lo es. No conversé yo con un tal Sergio, pero sí los vi, con su fisonomía inconfundible, bajar de la guagua aclimatada que los transporta y dirigirse al futuro hotel, a robarles la posibilidad de progreso a los cubanos.

 

Se sienta a mi lado mientras espero la guagua, él espera otra que lo llevará hasta su casa. La parada comparte varias rutas, nosotros compartimos un muro en el que nos sentamos a esperar.

Hay que vivir para ver – dice, un poco para mí, un poco para sí mismo. Le miro, pero no digo nada.

Es un hombre blanco, de buena estatura, fornido. Su mirada verde aceituna luce cansada, sus ojos están escoltados por marcas que se profundizan cuando los entrecierra al mirar a lo lejos para ver si se acerca la guagua. Su frente también está surcada por un juego de líneas horizontales.

Me mira, y tal como si yo le hubiera instado a proseguir me cuenta que se llama Sergio, tiene 45 años, de los cuales ha invertido 25 en trabajar la albañilería. Es un trabajo duro, me explica, que ubicado en un buen lugar da su dinerito, la cuestión está en la oportunidad, ha tocado las puertas de un par de cooperativas pero sin suerte. Hace una pausa, vigila la guagua que aun no llega, y haciendo un gesto de negación con la cabeza suspira antes de reanudar su perorata.

Lo que me cuenta a continuación sí que capta mi atención. Me habla de un hotel que están construyendo en la antigua Manzana de Gómez. Pensó que sería una buena oportunidad de trabajo para él pero cuando indagó le dijeron que no estaban contratando. El desconcierto le vino después, mezclado con un poco de indignación e impotencia, cuando supo que no le contrataron porque el equipo de obreros ya estaba conformado… por trabajadores traídos desde La India.

¿La India? ¿El país? – le pregunté con asombro.

La Indiame confirmó, y rió sin ápice de humor – Dos mil euros me han dicho que le pagan mensualmente a cada trabajador. Dos mil euros.

Me quedo mirando sus manos callosas, él las estruja mientras reflexiona. No lo comprende, y yo tampoco. ¿Por qué pagar semejante cantidad de dinero a obreros extranjeros habiendo tantos constructores en este país? Sus manos delatan los años de trabajo, es un hombre con experiencia, un hombre que ha echado su vida aquí, construyendo y construyendo, y ahora le niegan el derecho a progresar, no de forma ilegal, sino trabajando. Me mira nuevamente, creo que espera una opinión pero yo estoy perpleja, no sé qué decir, no sé qué pensar.

Con un cuarto de ese dinero cualquier constructor cubano sería feliz. – me comenta – Ellos se ahorrarían tres cuartos de salario por cada hombre y a la vez un buen grupo de gente aquí saldría adelante. Pero no – protesta – prefirieron traer a los indios. “Son más responsables y trabajadores” dicen, pero yo voy a ver que cubano no se vuelve trabajador ejemplar si le pagan quinientos euros al mes, y si no pues pa´ la calle y ya está, pones otro, y ya está.

No puedo objetar, está claro en lo que dice; tampoco puedo encontrar una razón que justifique, no puedo hallar un aliciente para su indignación, no cuando yo misma me siento indignada.

Pueden darme miles de justificaciones y no lo entenderé, que pudiendo mejorar la vida de un grupo de cubanos prefieran que mejore la de un grupo de extranjeros por razones tan triviales como la apariencia, que se le niegue a un obrero progresar en la vida mediante su trabajo honesto. Me da igual de dónde sea el contratista, que el personal que levante el hotel fuera nuestro debió ser una premisa.

Sergio se incorpora y ajusta la mochila sobre su hombro. Ya se avista su guagua. Se gira hacia mí y puja una sonrisa.

Hay que vivir para ver, muchacha. Horrores se verán.

Se va y yo me quedo ahí, sentada en el muro, sin poder encontrar una explicación. “Ve, Sergio”, pienso, “Sigue haciendo malabares en la vida, “inventando” para conseguir el dinero que sustente a la familia, que compre los zapatos del niño, que pague las fotos de 15 de la hija”. Es un hombre trabajador, pero no le toman en cuenta, porque es cubano.

Llega mi guagua y, antes de sumergirme en la vorágine de intentar subir, una interrogante me asalta la mente: ¿Negarían en La India trabajo a su gente para dárselo a un cubano?

 

 

 

Volver…

Esta historia no es mía, aunque la narre en primera persona. Pertenece a una musa que me cuenta a veces sus vivencias, y éstas me sacan un escrito, inevitablemente.

 

A Maité y Ernesto,

los protagonistas de esta historia de vida 

Volver, con la frente marchita

las nieves del tiempo

platearon mi sien.

Sentir, que es un soplo la vida,

que veinte años no es nada…

Carlos Gardel

 

 

Yo era joven, muy joven, estudiaba en la Universidad. Mi corazón abierto a las emociones, a los sentimientos y los placeres. La Facultad a un lado de la ciudad, mi casa al otro, la bahía de por medio, y la lancha que en su ir y venir incondicional cargaba con mi viaje de cada día.

Aquella vez iba yo de regreso a casa, mirando por la ventanilla de la lanchita, sintiendo la brisa en mi rostro y en mis cabellos; de repente volteo a ver, como si unos dedos invisibles me hubieran tocado, como si alguna voz inaudible hubiera pronunciado mi nombre. Sus ojos se clavaban en mí, fijos, penetrantes, hermosos. Con un rubor cargado de empatía cambié la vista, no sin antes haber sostenido la suya por unos segundos. Pero ya era tarde, una especie de magnetismo se había apoderado de los dos: yo no pude evitar mirarle a intervalos, el tampoco evitó mirarme fijo cada vez.

Llegamos, yo bajé antes, él quedó atascado con su bicicleta entre las otras que no le permitieron bajar detrás de mí. Pero sus ganas de conocerme eran tan persistentes como lo había sido su mirada hacía unos minutos. Yo había avanzado apenas media cuadra cuando él de me dio alcance, pasó a mi lado en su bici y volvió a atravesarme con su mirada. Entonces, sintiéndome descendiente de Afrodita, le reté de vuelta con la mía. Yo a pie, el en bicicleta; avanzaba girando su cabeza hacia atrás para verme cada pocos segundos. Entonces crucé la calle, en un momento en el que no miraba cambié mi rumbo hasta la otra acera, provocando un juego de perdernos por un instante. Casi cae al voltear y no verme esa vez, su equilibrio titubeó por la sorpresa. Bajó entonces sobre sus pies, decidido a no tantearme más, sino a irme de frente, cruzó en pos de mí y, al llegar a mi lado, extendió su mano.

Hola, soy Ernesto. – dijo, y los astros estallaron, todos ellos, no hubo uno que no se doblegara ante esa voz.

Caminamos todo el trayecto que quedaba hasta mi casa, conversando, con los preliminares de siempre que comienzas a conocer a una persona. Era guapo: su piel blanca, su pelo negro, alto, fornido, con unos ojos oscuros que parecían atravesarte el alma de lado a lado. Llegamos a mi casa, y fue entonces que su boca disparó una frase que hizo blanco perfecto en mis ilusiones, resquebrajándolas: “Soy casado”. Acepté no obstante su amistad, me negué a perder el vínculo con ese chico que procuró mi cercanía con tanta insistencia, provocando que yo quisiera lo mismo.

Así comenzaron los días con Ernesto en mi vida. Nos veíamos a veces, compartíamos un café, o un helado. Yo me volví la confidente de sus problemas matrimoniales, él se convirtió en el hombro donde me recostaba a desahogar mis penas. Nos hicimos cada vez más cercanos, y la confianza y el afecto creció entre nosotros. Un día en el que estaba yo con las emociones latentes, con el alma vulnerable y el cuerpo hambriento, me encontré con un Ernesto que traía su propia alma a cuestas, con la sensibilidad a flor de piel y el cuerpo pidiendo liberación. No hubo opción, tuvimos que entregarnos a los designios que se habían trazado aquel día en que nuestros ojos nos ataron el uno al otro. Los cuerpos se dieron con pasión, como si el caudal de un río hubiera estado contenido por demasiado tiempo y se liberara de repente. Su espalda sudada, mi torso arqueado, sus manos saqueando los rincones, mi boca degustando su piel, las lenguas retándose en la lucha de intrincarse en las gargantas, yo temblaba inconteniblemente, su cuerpo entre mis muslos, mis pies sobre sus nalgas… un fuego nos consumió, y nos sentenció, no tuvimos ya escapatoria. Los días que se sucedieron fueron miel y deleite, aquel hombre y yo nos dimos tantas veces, el alba nos sorprendía amándonos, riendo, mirándonos. Le di todo, me entregué, me enamoré.

Aquella tarde la ciudad tembló bajo mis pies, creo que incluso el cielo lloró un poco por nosotros. Aquella tarde él me confesó que se iba a vivir a otro país, con su esposa y sus dos hijas. Ahí terminaba nuestro idilio, nuestra entrega. Ahora tendría que seguir sin él, extrañándole en las noches, deseándole, necesitándole, y sin poder tenerle. Así, el tiempo pasó, yo viví tanto más, amé tanto más, y jugué a olvidar aquel cuerpo que me hizo volar, intenté jugar a olvidar al hombre que robó mi corazón haciéndolo vibrar en cada beso, hace ya veinte años.

“Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada…volver…” El tango de Gardel retumba en mis sentidos; volver luego de veinte años ¿Se podrá recuperar lo vivido? ¿Pasará dos veces el mismo tren? He reencontrado a Ernesto en las redes sociales, y la rueda ha comenzado a girar nuevamente…

Cerca del cielo

Llego al sitio de la mano de una suerte de reconciliación que puja por retomar intenciones del pasado. Él y yo queremos creer que hay redención.

Vedado capitalino, edificio que en sus inicios fue símbolo de majestuosidad: El Focsa. Hay que subir treinta y tres pisos, y el elevador nos recibe con la soledad cómplice en su interior, las puertas cerradas nos empujan, sin que medien palabras, a los besos clandestinos y la urgencia de las manos sobre los cuerpos. Un “ding” anuncia la apertura interrumpiendo el momento y salimos, emulando sobriedad, al interior de uno de los recintos más acogedores que he visitado.

Pocas mesas se acomodan a lo largo de una pared de cristal que da vista plena a un ala de la capital. Las aguas del Malecón engullen el infinito, extasiándome las ganas, las luces de la ciudad alumbran el iris, luciérnagas esparcidas a plenitud. Es hermoso. Nosotros allá arriba, el mundo abajo.

La luz dorada, como ha de llevar un bar, nos baña. Tras la barra un hombre uniformado se mueve con gracia, preparando los costosos tragos. Para nosotros cerveza, exquisitamente fría en su botella verde. Las copas reciben entusiasmadas el helado amargor y él, como hace siempre, choca la suya con la mía.

Allá, en un rincón, el señor elegante regala acordes que funde en su piano, las canciones envuelven a los que allí olvidan por un rato lo que afuera de aquel lugar se gesta. Me quedo mirando a una pareja que se aventura a bailar y me pregunto si me atrevería yo. Bailan pegados, con el romance fluyendo entre ellos, lo puedo notar. La señora de la otra mesa se divierte con el hombre menor: las fotos, las risas, su mundo; lucen tan felices que da gusto verlos.

Él regala un fragmento de aquella canción a mis oídos, me dice que no la ha olvidado: si yo pudiera… reconquistarte con lo que queda por decir.

Es un lugar alto, se pierde del resto de la ciudad; luz difusa, buena música, cristal traslúcido que pone el mundo a tus pies. Es un sitio de romance tenue, de calidez del alma. Un buen espacio para reconciliarse con las risas y el futuro.

Me sugiere levantarnos y llegarnos a la pared posterior, observamos la ciudad y me dejo llevar por la sensación de bienestar, con su cuerpo cerca del mío, su olor, y esa pose que adopta cuando quiere sentir que le soy grata. Más tarde saltaremos al otro lado del cielo, dónde nuestros cuerpos se dan sin condiciones.

Quiero detener el tiempo pero sé que hay que partir. Me duele dejar atrás tanta magia. El ascensor nos lleva abajo y parece sufrir porque esta vez un señor nos acompaña. Nos damos a la noche, dispuestos a morderle un trozo de placer a la vida. Nos reconciliamos por esas horas y es exquisito. Luego amanece.

El pescador

Quise volar y conocí la soledad

jugué al amor sin entregar, sin esperar

(Celine Dion)

En cuclillas sobre el arrecife organiza las cosas en su bolsa. Escoge la carnada y el anzuelo mientras va, tal vez, pensando en su hogar, el pez, la vida…

¿Has pescado algo? – le pregunta la mujer desde el muro. Él levanta apenas la mirada y niega con la cabeza. Ella sigue en su mundo improvisado, entre unos brazos que no le dan calor, pegada a un cuerpo que no le importa tener o no al final del día. Toma un trago de cerveza y cierra los ojos intentando perderse en el viento que acaricia su rostro.

Ve y pídele un beso –le incita el hombre que la acompaña. Ella lo piensa un instante pero no razona, suele perderse en las oscuridades que le envuelven cuando está más vulnerable. Cruza el muro con destreza y se acerca al pescador con una sonrisa en los labios, se para detrás de él:

¿Me darías un beso?

No me pongas en esa situación – le responde él, negando con la cabeza, sin mirarla siquiera.

– ¿Qué pasa? ¿Es que eres casado?

Esa es una. La otra es que tú estás acompañada – le justifica, señalando con el mentón al hombre que espera sentado en el muro.

Eso no es problema –le explica entre risas – Él es quien me ha pedido que te bese.

El pescador guarda silencio, no ha dejado de maniobrar sus utensilios de pesca, enrolla el hilo en un carrete artesanal.

¿Es que no te gusto? – insiste ella – ¿O piensas que hago esto todo el tiempo?

No es eso –le asegura – Es que la vida no es tan fácil. No es usual que te nieguen un beso… ¿Te han negado un beso alguna vez? – pregunta él esta vez, mirándola al fin. Ella ríe, no ha dejado de hacerlo desde que fue a hablarle.

Sí, claro que me lo han negado. Es normal, no podemos gustarle a todo el mundo.

Entre las gotas de alcohol cree advertir que le gusta la mirada del pescador, perspicaz, como de quien sabe que la vida es algo más que dar un beso; ella también lo sabe, pero esta vez juega a olvidarlo. Sabe que no va a besarla, y de algún modo eso le alegra. Mira a su acompañante que aguarda su regreso y se pregunta qué hace ella con ese hombre.

–  ¿Te quedas con un mal concepto de mi persona? – Inquiere antes de irse – Lo más seguro es que mañana me avergüence de haber hecho esto.

No, para nada – le tranquiliza él, pero probablemente mienta.

Ella sonríe una vez más, y le deja al hombre un norte hacia dónde dirigirse, la alineación de unas estrellas que, como buen marinero, podrá observar desde la distancia y descubrir la cara que ella muestra cuando anda entre sobriedades, cuando no esconde la sensibilidad bajo el desatino.

Regresa al muro y el otro hombre que le pide que le cuente lo sucedido. Ella recrea la conversación escuetamente, no siente la complicidad que él emana, ambos ríen. Piensa que tal vez en otra vida fue una mujer hermosa y seductora, que anduvo por el mundo sin frenos y sin ley, y que ahora corre aquella por sus venas negándole la paz de la lumbre del hogar, haciéndole sucumbir a propuestas sin decoro y sin pudor.

–  Esta noche él no duerme pensando en ti – le dice él dando riendas a su fantasía. Pero ella no está tan segura, no le parece que haya impactado al paciente hombre de esa forma. Tal vez solo le haya hecho un poco más inconcebible la vida.

Deciden irse a otro sitio. Ella sube a la moto y se aferra a su cita, siente el torrente circulando por sus venas. Voltea sobre su hombro y mira al pescador, advierte que él levanta la vista, luego otra vez, aunque no puede asegurar que le esté mirando.

– ¿Sabes? – dice al hombre junto a ella – Me ha gustado más que no me besara. Sí, ha sido mejor que me negara el beso.

El ríe, pero ella sabe que no ha comprendido nada en lo absoluto, que no entiende lo que dicen sus palabras; se pregunta una vez más que hace con un hombre como ese. Suspira. Afirma sus piernas y se sujeta a la cintura de aquel, la moto arranca y se pierden en la calle, dispuestos a arrancarle otro trozo al día sin pensar demasiado en el mañana.