Nacer… pero cómo y dónde?

No hay cama, le dicen, y ella se queda parada ahí, con los bultos para el ingreso y un embarazo que pasa ya de las 41 semanas. No hay cama en la sala así que la llevan a pre-parto, junto a aquellas otras mujeres que se quejan de los dolores y las contracciones que a ella aun no le sobrevienen. Sola, incomunicada, expectante. Aparece una cama horas más tarde, en un cuarto atestado, cuando la doctora dice que es imposible dejarla en aquel otro salón. El baño tiene un tragante destapado en el piso, parece una letrina: un hoyo profundo que hiede.

Cuarenta y ocho horas después la pequeña abre sus ojos al mundo, sus pulmoncitos respiran el aire de la vida, el olor de su madre, el olor del salón desinfectado. No sospecha la gama de olores que tendrá que soportar luego. Horas de recuperación, al fin madre e hija pueden ser trasladadas a la sala de cesárea, la que tiene “mejores condiciones” para atender a las mujeres operadas. No hay cama, le vuelven a decir.

La ponen en un cuarto en la sala de partos normales. Al día siguiente alguien decide que ahí no le toca estar y la pasan para otro cuarto en el mismo pasillo pero del ala del frente, la que está aún pendiente de reparación, un cuarto en el que las condiciones son realmente deplorables, y donde supuestamente tampoco debe estar.

Las camas están apiñadas, los cuneros están juntos y no puedes atender a un bebé sin topar con el otro. Por ende, el sillón del acompañante no está al lado de la cama, sino a los pies, o lo que es lo mismo, en el estrecho pasillo que queda libre –o quedaría– para pasar al baño. No se puede caminar.

Pero nada de eso es lo peor, el colmo, el cataclismo de la situación. No lo es siquiera el hecho de que en cinco días solo se limpiara una vez, a manos de una reclusa, que no pudo –o no quiso– esperar a que los acompañantes salieran y pasó la frazada húmeda por entre los pies y las patas de camas y cuneros. No lo es tampoco el pan duro o la leche aguada del desayuno, o el que la enfermera pregunte a la paciente si se quiere poner el medicamento. Ni siquiera lo es el hecho de que el ventanal que abarca casi toda la pared no cuenta con cortinas ni empapelado y el sol se cuela de plano sobre las camas y las cunitas. No, lo peor de todo, lo más insoportable, lo más inconcebible, es el baño.

La unión entre las losas muestra una suciedad antigua, adherida, inamovible ya. El herraje del lavamanos está mutilado por lo que el agua cae sobre un cubito que alguien ingeniosamente colocó ahí, mohoso, que sirve a la postre para descargar la taza, ya que su tanque no funciona, no tiene tapa ni sistema instalado. Nadie lo vacía a tiempo, así que el agua corre e inunda el baño, porque el tragante del piso no consigue tragarla toda. Otra lata corroída hace las veces de cubo para descargar. La silla en la que deben sentarse las recién paridas, las recién operadas, para bañarse es una mugre oxidada. El cesto se repleta. Nadie recoge la basura. La taza se tupe dos veces, en ambas ocasiones un viejo negro, alto y flaco, viene a destupirla y, tras la proeza, sale con el destupidor goteando por todo el cuarto.

Ay pequeña! Que sabrás tú de olores. Tú que estabas tan protegida en el vientre de tu madre, tan limpia, tan a gusto. No imaginabas, lo sé, que el mundo aquí afuera sería así, con tanta podredumbre, que el lugar que te vería nacer sería un hueco mohoso y desatendido.  

Cuba se jacta –aún– de ser una potencia médica. Se jacta del servicio médico que brinda, y culpa a las mil vírgenes de lo que falta. Pero mantener un hospital con las mínimas condiciones higiénicas no conlleva una inversión millonaria. Garantizar a una operada una recuperación satisfactoria no precisa de la importación. No estamos hablando de medicamentos, ni de equipamiento médico, hablo de limpieza, de higiene, de medios que no cuestan mucho, como los implementos de limpieza o una taza de baño en condiciones.

Es triste decirlo pero los niños cubanos no nacen en condiciones favorables, nacen en un hospital sucio y propenso a enfermarles. Nacen en un ambiente con tendencia a la infección. ¿Qué hacen esos niños en el pasillo? Preguntó la enfermera cuando sus madres o padres los paseaban al fresco intentando dormirles. Éntrenlos que aquí hay muchas “cosas”. Y me recuerdo de Carlos Ruiz de la Tejera: ¿Qué cosa es “la cosa”?

Y para los que piensan que exagero, que difamo al tan sonado sector de la salud cubano, pues no hay nada como la evidencia gráfica. Aquí se las dejo.



Almas en deuda

A Halli,
te lo debía

Sarai y Hugo se deben muchas cosas. Se deben, cuando menos, unas horas de desnudez a puerta cerrada, mundo afuera y tiempo detenido. Se conocieron así, como al azar, en uno de esos sitios virtuales en los que la gente juega a soñar la sensualidad y el derroche, y cuando no les bastó la palabra detrás de un monitor se encontraron en el parque de un pueblo que ha guardado hasta hoy esta historia debajo de sus piedras.

Sarai tiene un esposo, y una hija, pero la delicadeza de Hugo, sus hermosos ojos verdes y su boca seductora le empujaron al riesgo exquisito de volar por un rato, y soñarse la adolescente que cree aun en príncipes encantados. Hugo tiene esposa, y un bebé, pero sortea los celos de su mujer hallando el tiempo para deleitarse en el olor de esta otra mujer, en su piel y el temblor de su cuerpo cuando se besan. Porque se han besado hasta la saciedad, han conocido el umbral del deseo, en sus manos se ha grabado a fuego la textura de la piel ajena, y en sus bocas un nuevo sabor se les fundió al paladar: el del otro.

Pero Sarai y Hugo no saben lo que es darse el cuerpo a plenitd, lo que es enredarse entre las sábanas y olvidar que existe un resto, un fragmento del mundo, fuera de las cuatro paredes en las que se entregarían todo y más. Se prometen encuentros de placer, planifican la continuidad de los besos dados, con un final de río desbocado y lava de volcán. Pero no han querido los astros alinearse en la suerte de este encuentro, cada plan se vuelve arena entre los dedos, cada certeza un desvarío, cada principio un fin. Y el miedo se deleita fraguandose en sus entrañas. Así van entonces, como almas en pena sus deseos. Ahí están, compartiendo cama con los cuerpos de siempre, imaginando acaso que por una vez podría ser ella, o él, quien le rozara la piel sobre el colchón.

El tiempo pasa y los hilos de las Moiras no se tejen a favor de su destino; el implacable les corta la dicha, y el susurro de algun dios malechor les desfigura los tiempos. Se deben tantas cosas, tanto sudor y tanto palpitar. ¿Cómo robarle una noche a la vida? Hay que derribar los muros, hay que saciar cada incógnita; no puede el angel mortífero pasar sin que sea testigo de unas uñas enterradas en la espalda, de alientos entrecruzados en jadeos de placer, de los cuerpos desnudos burlando las prohibiciones, y el sabor de lo salado. Hay que lograr ser eclipse.

Sarai y Hugo se deben una historia, una que las musas no hallarían cómo contar. Se deben una vida, aunque esa vida les dure lo que dura el despertar.

Oro parece…

Era un chico hermoso, no había dudas de eso. Ese tipo de hombre que llega a un lugar y hace revolotear las hormonas femeninas, del tipo de hombre que pasa por tu lado y volteas para verle, inevitablemente. Su piel caramelo, promesa de un sabor a elíxir embriagador. Su sonrisa perfecta. Sus ojos mezcla cazador y presa.

Ella apenas le conocía. Un saludo aquí, una frase allá, eventualmente. En realidad nunca había pensado en él desde su corazón de hembra, le reconocía el encanto, sí, pero no pensaba en plan conquista ni mucho menos. Hasta un día. Se dio la oportunidad de conocerse mejor, a través de unos amigos, y ante la expectativa de la cercanía comenzó a surgir en ella una serena intención de ver si podría ir más allá, si conseguiría traspasar el muro de su buen físico. Su hermosa figura se le convirtió en un reto, conquistarle se volvió una meta. Así, de repente, se vio envuelta en una especie de capricho. Le movía más cierto empecinamiento, cierta atracción fuerte pero superficial, le movía su físico. Quería tener a ese hombre, ese hombre guapo. No tenían nada en común, no le tocaba el alma, pero era guapo y simpático, y ella lo quería.

Así se abrió a la conquista. Le mostró una carta apetecible, le ofertó un manjar, y el cayó. Bajo la complicidad de la noche, la música y el alcohol jugaron a conquistarse, un juego que ya había sido zanjado antes de comenzar. Bailaron, rozando sus cuerpos, insinuándose, pactando una noche que se prometía inolvidable. Sabía que sería una obra de una función única, y tampoco a ella le interesaba más. Así se dio al disfrute pleno de cada paso, de cada acercamiento que fue sucediendo entre ambos. Su piel. Su pelo. Su boca. Ella aventuraba un encuentro épico cuando finalmente las ropas no estorbaran más.

Pero hacer el tonto trae siempre sus consecuencias. Dejarse arrastrar por la banalidad y sumergirse en la superficialidad de la piel, en la simpleza de lo que ven los ojos, suele pagar con la misma moneda. Cuando la habitación los aisló de los estorbos, cuando la madrugada les abrió las puertas y la promesa se desvestía para intentar ser realidad, sonaron las doce campanadas, y se rompieron los zapatos de cristal, explotaron las calabazas, corretearon los ratones. Y no hubo príncipe salvador.

Ella disfrutó, no es que no. Entre la turbiedad que el alcohol y la euforia provocaban en su mente y, sobre todo, ante el delicioso sabor del triunfo, ella disfrutó. Disfrutó porque siempre lo hacía cuando se liberaba y cabalgaba la noche, cuando se desataba y volaba y se perdía. Pero no fue, por mucho, lo que esperaba. Tanto que sabía de memoria que un buen físico no es más que eso, tan bien que había aprendido ya la lección de que la piel es solo una envoltura que nada determina, tanto que lo repetía… y jugó a hacer el tonto.

Parecía oro. Parecía. Sus diez años menos, su gracia y su hermosura. Su paso hacia la locura. Pero no, fue tan solo un niño supurando inexperiencia, cohibición, indecisiones. La noche se apocó, y ella quedó a las puertas de su aventura. La vida siguió su curso, el continuó su camino, y ella regresó a la búsqueda, entre las noches y las risas, de aquel que no rompiera su zapato de cristal.

Precio mixto

Es un recinto muy conocido que ocupa una de las esquinas más populares de La Habana: 23 y 12. Un sitio al que me llevaba mi madre cuando yo era pequeña, en su ritual ineludible de sacarnos a pasear cada domingo; y almorzábamos ahí, con mucho gusto y un servicio de “Sírvase usted”. Más de veinte años han pasado desde entonces, y la pizzería Cinecittá continúa estando en aquella misma esquina, aunque su servicio ahora está dirigido por las camareras y capitanes del salón.

Llegamos y el lugar nos resulta acogedor; está climatizado, con unos mullidos muebles para la espera, la Carta en la mesa de centro para que podamos ir decidiendo lo que queremos comer. En un rincón un letrero de luces anuncia la barra de un bar, y me hace preguntarme si funciona realmente como tal, y me hace suponer, además, que sería quizás una buena opción para otra ocasión, con otra compañía.

Una sonriente camarera nos incita a tomar nuestra mesa y, una vez instaladas ahí, el diligente capitán se acerca a tomar la orden. Con notable desenvoltura nos dice los platos presentados en la carta que no tienen  en existencia en ese momento, y nos hace saber jovialmente que, aunque no aparece reflejado en el listado de opciones, la pizzería oferta también la modalidad de pizza mixta con una serie de agregos entre los que menciona la casi mítica carne de res, por un precio de 25 pesos en MN.  Nos parece raro que la pizza mixta no se refleje en la Carta, pero no hacemos mucho caso a ese detalle.

Ordenamos nuestras pizzas, decidimos por el jamón. Pedimos además ensalada fría y refresco. Nos parece bien, los precios son realmente accesibles, sobre todo si se tiene en cuenta la calidad de los platos, la cual nos parece realmente buena. Con esto y lo acogedor del lugar podemos obviar que las camareras precisen de un poquito más de entrenamiento, falta que indudablemente equilibran con la amabilidad con que nos tratan. La estancia transcurre tan agradable que decidimos que hay que volver en otra ocasión a por la piza mixta, convencidas de que es una buena opción. Y así lo hacemos, dos semanas más tarde. Se repite el ritual del cómodo sofá y la bienvenida sonriente. Una vez en la mesa nos vienen  a tomar el pedido pero esta vez no es el capitán, sino una joven capitana quien desempeña la labor. Como ya sabemos lo que queremos, y sabemos además que nuestra elección no aparece en la Carta, le pregunto a la muchacha si tienen pizza mixta y, ante su respuesta afirmativa, ordenamos. La velada pasa fenomenal, como la vez anterior, comemos elogiando la confección del plato y tejiendo entre nosotros la promesa de regresar una vez más.

Llega el final y con este la cuenta. El papel refleja letras casi inteligibles pero una cosa sí está clara: donde debía reflejarse un valor de 75 pesos por tres pizzas mixtas se estampaba un exuberante número 120. No entiendo realmente, sabíamos el precio de antemano por boca de aquel capitán de nuestra visita anterior, y así se lo digo a la camarera. Se sonríe de medio lado y asiente enérgicamente entornando los ojos, como quien vaticina un problema, nos dice que esperemos un momento y sale a buscar al efectivo de rescate: la capitana. El argumento explicativo de esta otra es que el servicio de la pizzería se divide en dos turnos: uno vende la pizza mixta en 25 pesos mientras el otro –el de ella- la vende a 40 pesos. ¿Cómo es posible -le pregunto- que una misma Unidad tenga dos precios distintos para un mismo plato dependiendo del turno que trabaje? Su explicación está en los agregos que, según ella, su pizza tiene más productos agregados que la mixta del otro turno; y yo pienso que, paradójicamente, la de ella no tiene carne de res como la del otro turno, el de la barata. Tras unos minutos de reclamaciones y argumentos, de explicarle que debió decirlo al momento de tomar la orden  –como hizo el otro capitán–, y recalcarle que es imposible que en una misma Unidad varíen los precios según el turno que trabaje, pagamos la diferencia. Pero ya no nos supo tan agradable la visita, y no por los 45 pesos de diferencia que tuvimos que desembolsar, sino por sentirnos defraudados, estafados y lo peor, sin derecho a reclamar y recibir a cambio la justicia del pago real.

Mi conclusión, entonces, fue la siguiente: en la emblemática pizzería Cinecittá, de la popular esquina de 12 y 23 en el Vedado capitalino, se estafa al cliente constante y permanentemente. Especulo: La pizza mixta no aparece en la carta porque no está concebida como una de las ofertas del restaurante, sino que es un invento del personal para buscarse los pesos, así de simple. ¿Quién mide la cantidad de agregos que le ponen a una pizza? ¿Cómo lo hacen, por gramaje? Es fácil sacar un poco de esto o aquello y confeccionar una pizza mixta con lo que debió ser, digamos, una de jamón, y cobrar, lógicamente, los 25 o 40 en vez de los 15 que cuesta la de un solo agrego. Luego se rehace la orden, se pone pizza de jamón, o de chorizo, o de salchicha, etc, donde decía mixta, y queda una ganancia limpia para sus bolsillos: 10 pesos en el caso de un turno, y 25 en el caso del turno de los más ambiciosos. Con los primeros te representa una Napolitana, y con los segundos una Napolitana más una con agrego.

¿Cuántas personas comen diariamente en ese lugar? ¿Cuántas piden pizza mixta? ¿Con cuánto dinero arrancado de los bolsillos de la gente se van ellos cada día? Pero una vez más el delito es impulsado no solo por la naturaleza humana y la necesidad imperante, sino por la inexistencia misma, porque ¿no sería lo más lógico poner en oferta la pizza mixta, podríamos decir, a ese mismo precio de 25 pesos que no está mal y así evitar que el dinero vaya a parar a manos particulares en vez de a la caja? Si lo volvieran real le anularían la posibilidad de estafar a la gente. Ah, pero no, desestiman esa posibilidad y le dan de comer al ingenio del cubano, que al final se las ha arreglado para sobrevivir así, “luchando”, o lo que es lo mismo, machacándose los unos a los otros.

Yo no estoy muerta

Le dije que no me regalara ningunas flores. Los bombones sí, pero las flores para qué si yo no estoy muerta. Así le contaba una chica a alguien con quien hablaba por teléfono, acerca de su intercambio obviamente con algún chico que pretendió regalarle unas flores y unos chocolates por el día de la mujer, pero al parecer no había podido conseguirlas y había intentado disculparse por ello. Yo escuché el trozo de conversación por casualidad, y no pude evitar asombrarme ante la falta de delicadeza –y más que eso, estupidez– de aquella muchacha.

Muchas veces nos quejamos de los hombres, de su falta de atención hacia nosotras, nos quejamos de la sociedad y de los cambios que han ido dejando atrás los buenos gestos, el cortejo, el significado de las pequeñas cosas, de las sorpresas y regalos que no encierran un alto costo monetario pero sí un gran valor sentimental. Pero ¿cuánto de culpa tenemos las propias mujeres de que se haya perdido la costumbre de regalar flores, de dedicar canciones y poemas, de decir mucho con lo más simple?

Ahora muchas mujeres valoran a los hombres por su bolsillo, lo catalogan según los lugares a los que la puedan llevar, los regalos suntuosos que le puedan hacer. Y sí, está claro que es bueno tener un compañero con buena solvencia económica que signifique para nosotras una vida más holgada y placentera, pero no al costo de hacer sucumbir las ilusiones, las pequeñeces que engrandecen por dentro, no al costo de marchitar el alma y dejar morir el espíritu. No creo que a ese chico le quedaran ganas de volver a ofrecerle una flor a esa mujer, tal vez a ninguna otra. No después de esa respuesta. Y no podemos decir que sea su culpa.

Muchas cosas han cambiado en la sociedad, y ahora luchamos por la no violencia, por darle a la mujer un lugar primordial en la sociedad, por demostrar lo que valemos y lo que merecemos, pero de qué nos sirve si por otro lado desvalorizamos la grandeza de una flor, de qué nos sirve intentar magnificar nuestra figura y nuestra presencia en los grandes escenarios sociales si luego pisoteamos cualquier gesto que indicaría lo grandes que podemos ser por dentro.

Yo creo que sí estaba muerta, algo dentro de ella había perdido la vida. No había latido en su corazón que le hiciera notar cuan hermoso es que te regalen una flor, aunque sea la más común, recién arrancada de un jardín. Su sencillez había muerto, y su sensibilidad agonizaba al borde de un abismo. No estaba muerta, y sí lo estaba. Porque no hay peor forma de morir que la de ir sin alma por la vida.

El Muro

Ahí está el muro, en el mismo sitio. Le miro fijo y me devuelve impávido su fría mirada de arcilla, que alguna vez fue de lava, y risa, y sol. Alguna vez sus ojos fueron un grito de locura, de tus manos y la piedra arañándole el cuerpo, y él siendo feliz.

Recuerdo el día en que le descubrimos y nos descubrió. Tú tan azul. Siempre tan azul. Yo tan extraña, tan anhelante, amándote tanto. Y el muro, hecho de fuegos artificiales. Ahí está. Paso y le miro de reojo. Me detengo y regreso frente a él. Pero no me mira más con tu luz.

Le quiero gritar, quiero maldecirle y golpearle por su estupidez, por dejar caer la lluvia sobre sí, por mutar el cuerpo y el volcán.  Si le vieras, como ha dejado de ser nuestro, como ha exiliado mi latido acelerado, y tu risa, y nuestro beso. Nunca fue tan alto y tan vacío como ahora, que ya no se descuelga la voz de tus manos haciéndome feliz, ni el brillo de tus ojos, mezcla adolescente y hombre sabio.

Sé que llora, como yo, porque perdió la huella, porque ya no es más el trozo de un amor, de la furia apasionada de dos corazones mordidos por el destino, el mismo destino que hoy me llevó hasta esa calle para ver que ahí, donde un día de sol escribiste mi nombre detrás de un te amo, el retrato de una niña sonríe entre mariposas en un fondo gris. Mientras, las lágrimas de un muro le mojan el cabello, y las mías se me escurren en el corazón.

El Muro, donde mi nombre se esconde tras el rostro de una niña

Europa sin euros o El italiano de la wifi

A Lester

Que me dio la idea de hacer de aquello un post

Estoy en el parque Wifi del Coppelia, con mi amigo Lester. Vemos unas cosas en su laptop y nos intercambiamos algunos materiales, mientras conversamos. En el banco de al lado, bajo la sombra de un pequeño árbol, está acostado un hombre. Apenas nos fijamos en él, realmente no nos importaba.
Al rato de estar ahí sentimos que el susodicho llama nuestra atención. Entonces me fijo. Es un hombre que a juzgar por su aspecto debe andar rondando los 60 años, aunque reconozco que soy pésima haciendo tales cálculos. Su tez es de un color blanco-amarillento, su cabello es una escasa pelusa rubia que comienza a dejar bastante visible la piel en un redondel en el centro. Sus ojos están vidriosos por el sueño. Había levantado la cabeza y nos miraba a través de los párpados semiabiertos. Cuando le atendemos nos pregunta, con lengua adormecida y acento extranjero, si tenemos hora. Un extranjero, sin reloj ni celular. Lester le dice la hora.
Continuamos en lo nuestro, conversando de cualquier cosa, y el tiempo sigue transcurriendo. Unos minutos más tarde sentimos que el hombre nos llama de nuevo. ¿Tienen un bolígrafo? Pregunta esta vez. No teníamos. Un extranjero que tampoco tiene una simple pluma. Sigue acostado sobre el incómodo banco, boca abajo, la cabeza ladeada. La brisa agita las plumillas de su pelo. Lleva un short y un pulóver bastante usados.
De pronto se levanta y viene hacia nosotros. Se nos para enfrente interrumpiéndonos una vez más ¿Tienen conexión?, pregunta. Aquí sí: ¡WTF! ¿Este tipo pretende gastarle los quilitos de conexión a un cubano? ¡Horror! ¡No, no tenemos! Se va. Le vemos alejarse, con su aspecto de bajo mundo y un paso medio tambaleante. Y empezamos a hacer conjeturas:
A lo mejor le gustaste.
– O a lo mejor le gustaste tú, yo lo veo medio flojo.
– A lo mejor le gustamos los dos.
Reímos.
Para mí que está medio borracho.
– O drogado.
– O las dos cosas.
– Ahí tienes un tema para escribir –me dice Lester, finalmente–.
No estoy escribiendo, hace bastante tiempo que no me sale un escrito. Sin embargo, días después salió este pequeño relato, que reconozco no es de lo mejor que he hecho, pero que deja al menos un atisbo de las peripecias de este personaje tan particular que nos topamos aquel día en el parque wiffi del Coppelia. Porque sí, la miseria de un italiano en La Habana creo que amerita un post en el blog, aunque sea uno ligero. Que miren que un tipo que venga desde tan lejos para terminar acostado en el banco de un parque, sin reloj, ni celular ni bolígrafo, y pidiendo conexión prestada… Eso no es algo que se vea todos los días.

El gesto

Era un día de esos en los que el mundo entero te sobra, que el peso de los problemas te carcome por dentro y no atinas a pensar sino en los porqués de su existencia, y en como podrías resolverlos. Era un día de esos para mí.

Iba por la calle, en mi rostro más seriedad de la habitual, abstraída por los conflictos que me atormentaban, como un bucle sin fin que se rehacía una y otra vez en mi mente. Estaba triste, lo confieso. Mis emociones habían sido mordidas y languidecían dentro de mí, anhelaban un rincón ermitaño donde nada ni nadie pudiera darles alcance. Hacía sol y sudaba, tenía hambre, y sed.

Lo más difícil de sobrellevar era mi estado de ánimo, era aplastante, ataba con fuerzas mis ganas de decir y hacer. Hay días así, en los que mandarías todo lejos y simplemente te sentarías a dejar las horas correr, sin propósito alguno, con la mente en blanco, y el silencio por total compañía. Pero tienes cosas que hacer, impostergables, porque la vida sigue girando sobre la rueda lo quieras o no, te sientas como te sientas, y hay problemas que no se resuelven solos, y otros sin solución pero que se resisten a exiliarse de tu mente y te trastocan los ánimos. Algunos le llaman el color de la vida, el equilibrio, el “aquello” necesario para aprender a apreciar las cosas buenas, en fin, yo le llamo una hijeputada de la vida.

Iba entonces yo, caminando. Le vi antes de cruzar la calle. Entraba al portal de su casa y me vio. Se detuvo haciendo ademanes de cerrar la puerta. Se me hizo evidente que se demoraba a propósito para esperar a que yo pasara. Siguiendo la dirección en la que iba cruzando la calle terminaría pasando justo enfrente de su puerta. Me crispé un poco, no estaba yo para melosidades de desconocidos. No obstante seguí hacia adelante, no contaba ya con la opción de retroceder puesto que estaba a mitad de la calle.

Pasé entonces por delante de la reja de su portal. Era un hombre de buena estatura, pelo negro y rizo, piel trigueña. Debe haber estado rondando la treintena, pues su juventud se empezaba a marcar por cierto rastro de dureza. Se inclinó a recoger algo que había a la altura de su rodilla, luego se incorporó y me miró. Justo cuando pasaba por delante de él, en el momento preciso, con una sonrisa en los labios extendió su mano hacia mí, ofreciéndome una delicada Violeta que acababa de arrancar de su jardín. Acompañó el hermoso gesto con una frase de halago. Miré entonces aquello ojos nobles y pícaros a la vez, tomé la flor y le di las gracias, mientras le ofrecía a cambio, irremediablemente, la primera sonrisa del día.

Hay veces que la vida se empeña en apocarnos, en someternos a las tristezas y la desesperación. Pero luego aparece un ángel y se encarga de cambiarte el mundo, aunque solo sea por un instante.

Nice to meet you

Julia caminaba por las calles de su ciudad, iba un poco aprisa pues había salido del trabajo para ir un momento al mercado. Su falda corta revoloteaba al viento, dejando al descubierto sus piernas, largas y bien formadas, objeto de admiración de algunos hombres que la piropeaban a veces resaltando esa parte de su cuerpo. Una blusa fresca para el intenso calor que hacía, con un ligero escote en forma de V que insinuaba pero no llegaba a mostrar sus senos pequeños; por detrás un corte bajo que dejaba al descubierto los hombros y la mitad de la espalda.
De regreso a su trabajo, cuando atravesaba el parquecito, siente una voz apremiante detrás de ella:
– Excuse me! Hello!
Voltea instintivamente. Un hombre blanco, con la piel suavemente sonrosada por la incidencia del sol del trópico, se dirige a ella, sonriente. Es apenas más bajo que la mujer, tiene unos hermosos ojos azules y un rostro agradable. Le recuerda a Peter Parker, Spiderman. Piensa que ha de ser un turista buscando una dirección. Se detiene con la intención de indicarle el lugar que suponía el hombre andaba buscando.
– Do you speak English? –pregunta él–.
Uhhm… just a little. –responde ella dubitativa.
Entonces él, sin dejar de sonreír, no pregunta por dirección alguna, sino que comienza a elogiarla en un tropel de palabras en inglés. No habla español, solo inglés. Alaba su cuerpo, su andar, su estilo. Se deshace en palabras, mirándola al detalle, con su rostro emanando admiración por la mujer, quien sonríe también, y le agradece gentilmente, mientras intenta comprender todo lo que el hombre dice. Su inglés es escaso pero de algún modo consigue entenderle, y responderle. Sin darse cuenta cómo se enlaza en una conversación en esa lengua extranjera que tanto le gusta, pero domina poco.
I´m Mirko, by the way – Dice, y le extiende su mano.
Julia –le dice ella, a la vez que estrecha la mano que el joven le ofrece.
Es una mujer desconfiada, sabe que la vida no es fácil ni sencilla, y que los príncipes azules no existen, que no hay galán en corcel blanco, ni en avión llegado del extranjero. Entonces le hace las preguntas de rigor: de dónde es, y qué está buscando. Él asegura no estar buscando nada en particular, es su primera vez en el país y quiere conocer lugares, pasar un buen rato. Ella va directo al punto: le dice que sabe bien lo que buscan los turistas cuando vienen a su país, pero que ella no es esa clase de mujer. Que no va a ofrecerle lo que él probablemente anda queriendo obtener.
Él se apresura a explicarle que no es esa precisamente su intención, que recién estuvo en Miami antes de venir a su país y que ella luce como las mujeres de allá. Le dice que le vio pasar dos veces, y que a la segunda vez no pudo evitar el intentar conocerla. Le pide un nuevo encuentro, ir a algún sitio a tomar una copa, conversar.
Ella tiene un amor clavado entre pecho y espalda, su pasión por un hombre al que está a punto de dejar para siempre. Piensa que le vendría bien tomarse un trago en algún lugar agradable, y este desconocido al que no volverá a ver podría ser una buena opción para ello. Entonces, luego de dejarle bien claro que sería solo tomar algo, una plática y nada más, pactan el encuentro para el día siguiente.
Llega la tarde del encuentro, ella va parsimoniosa hasta el lugar acordado, donde el joven, alegre y desenfadado le encuentra. A ella le toca elegir el lugar, pues él no conoce la ciudad: las terrazas del Hotel Nacional parecen una buena opción. Él queda fascinado por el lugar, observa todo, saca fotos y videos, mientras repite It´s amazing!” La tarde transcurre ligera y sobria. Él toma Piña Colada, ella Daiquirí. Él no sale de su admiración por el lugar y la vista al mar, ella no sale de su asombro de cuan fácil está siendo la conversación, toda en inglés. Ella habla de su país, él de los lugares que ha visitado. Hacen comentarios graciosos y ríen.
El sol lanza sus primeras amenazas por esconderse, y bajo la luz tenue del atardecer él la observa con insistencia. Se siente muy atraído por ella y se lo dice. Le gustaría besarla, y también se lo dice. Todo en ella le gusta: su sonrisa, sus piernas, su piel suave, su color, sus manos, lo que hace, lo que dice. Le invita a un siguiente encuentro, esta vez a tomar un café o una cerveza en el apartamento donde se hospeda. Pero ella tiene una pasión enterrada en el pecho, y ya no es más la chica alborozada y ligera. Ahora es una mujer melancolía, una mujer razón. Ahora son otros sus anhelos, ya no más los de ir por la vida tomando cuanto vea a su paso. Sonríe. Se niega.
La cita llega a su fin, y ambos la agradecen. La luz dorada les baña las pupilas mientras se despiden, sabiendo que ha sido la única vez, no habrá reencuentro. Él se va a andar la ciudad, cargando sus anhelos. Ella regresa a su casa, arrastrando su pasión.

Del gimnasio al aceite

Hace unos días llegaba a mi casa, y vi sentados en la parte de afuera del apartamento de los bajos a dos jóvenes, adolescentes aun, sumidos en una maniobra que, si bien yo ya sabía que se hacía, nunca había visto. Quedé algo estupefacta, y preocupada. Uno de ellos inyectaba aceite de cocina en los brazos del otro.

Una jeringuilla llena, bajo la piel, directo al músculo. Cirujano estético y enfermero autodidacta por cuenta propia. El otro, inmutable, se somete al riesgo sin pestañear siquiera, en su mente lo que prima es aparentar músculos desarrollados sin tener que quemar horas en el gimnasio.

Tuve una época en la que iba al gimnasio cada día, me encantaba; hacer ejercicios te deja una sensación placentera en el cuerpo, y en la mente. Tras el agotamiento doloroso de los músculos en la primera semana viene una fortaleza muscular y una disposición del organismo para cualquier actividad que se disfruta mucho, te sientes bien, ligero, activo. Hacer ejercicios es mucho más que simplemente lucir músculos tonificados.

Pero hoy la cosa ha cambiado –como en casi todo–, ya los chicos no quieren ir al gimnasio, sino que aceleran el proceso, imitan la apariencia de crecimiento y endurecimiento de los músculos a través de sustancias, pastillas y química. Olvidan lo que más importa: la salud, ésa que ponen en riesgo al inyectarse o consumir esas sustancias, ésa que evitan al dejar de lado el ejercicio físico.

Es hermoso ver a los chicos en el gym, en camiseta, sudados, ver el movimiento de los músculos bajo el esfuerzo de las pesas o las barras, constatar como semana tras otra van dejando la debilidad a un lado para mostrar bíceps más crecidos, muslos endurecidos, abdómenes planos y, sobre todo, una salud de hierro. Es triste y preocupante, en cambio, ver cómo arriesgan su calidad de vida en pos de una apariencia ficticia, cómo compran una imagen con monedas de salud.