Ciudad Maravilla

A Lester,
que me mostró el camino hacia el haibun

 

La Habana es un sitio para perderse y encontrarse. La ciudad de las canciones y los poemas; las nostalgias, las partidas, los regresos con o sin reencuentros. La Habana es un par de hermanas siamesas, unidas, fundidas: a veces dos, a veces una; inseparables, la misma pero diferentes.

A veces es una prostituta de glamour; elige bien a sus clientes: turistas. Les empalaga con Caribe, tabaco, sexo, ron. ¡Señor!¡Señor! Les soba la entrepierna, les seduce con promesas paradisíacas, con adulaciones de perro faldero, moviendo la cola, con la lengua afuera, lamiéndoles los pies, los pies blancos y grandes. ¡Toma mi guayabera, mi mano amiga, interesadamente amiga!¡Dame tus dólares, tus euros, tus libras, tus pesos! Pero otras veces es una p*** barata, que abre las piernas para matar el hambre, que las abre aun sin quererlo, que se las abren y la violan.

Gotea la madrugada.
El barman somnoliento
cuenta la propina

Ay, pero si mis ojos te abandonaran, si la vida me desterrara a un rincón de la tierra; no puede decirse que no, a La Habana se le extraña, se aprende a amarla con un sentido de posesión y de grandeza. No escapa de ese sello de capital, la capital de todos los cubanos; y los habaneros nos aferramos a las raíces que nos sembraron aquí, la poseemos con fuerza, nos sujetamos a su urbanidad, a su exceso de paredes, las limpias, las altas, las derruidas; a los ventanales, los balcones, las luces. La defendemos, contra, porque es nuestra Habana; que tiene su Malecón, su Prado, Miramar con su Avenida 5ta, El Morro, la ceiba, La Giraldilla, Tropicana. Esa es la hermana hermosa, la de bellos ojos, la que miras y dices “oh, que maravilla”.

Deja su ofrenda
en la ceiba.
Truena a lo lejos

¿Y la gente del campo? –entiéndase: que no es de La Habana–, les decimos palestinos, y que quieren nuestras casas, nuestros trabajos, nuestro ¿progreso? Y queremos que la ciudad los vomite, le metemos el dedo en la garganta, les dejamos los olores nauseabundos, La Habana Viejísima, Centro Habana, los suburbios. Y ellos bailan en la línea divisoria, en la fina línea donde coquetean el amor y el odio: ¡Dame más de ti, Habana! ¡Pero como te detesto! ¡Tan creído los habaneros, tan poco hospitalarios, egoístas, hipócritas! Deja vestirme como tu, hablar como tu, que ya no quiero este acento delator, deja virar pa´ mi pueblo así, bien habanizado, deja virar y regresar a ti. Porque ella les atrapa, con sus encantos, con su danza, su striptease, porque es linda en sus adentros, si le miras con los ojos de amar le ves hermosa, voluptuosa, infernalmente atractiva.

Del alba al anochecer
pregona la vendedora
de escobas

La Habana vive un equilibrio, una sincronización de almas, de seres. Rayan sus calles los tacones de bellísimas mujeres, de pieles limpias, de rostros tersos; despliega al sol la hermosura de los criollos: blancos, mestizos, negros, todos hermosos. Y después el gris desfile de las teces cochambrosas, los pies descalzos en las aceras, bocas podridas, ojos vidriosos, gente con la vida fea, con el alma fea, y el futuro desfigurado.

Casas recién pintadas.
La fosa desbordada
infecta el aire

Esta es la ciudad mimada, la que acunan los cantores en sus noches bohemias, con su guitarra y su piano; la acarician toda, la arrullan en su pecho. Esta es la ciudad querida, la viejita que tratas con ternura aunque ya no pueda dar ni un paso, porque lleva todo lo que aprendiste, lo que viste en tu correr, porque tiene ojos de vida y alma sabia, y lleva entre sus manos cada historia que ha tejido. Yo le piso y le respiro, la beso en los labios, le hago el amor; después le doy la espalda, la injurio, la humillo; porque yo también bailo en la línea entre el amor y el desprecio, en la rabia de ver que sigue siendo la misma víctima desatendida, aunque se le nombre maravilla.

Respiro feliz,
al compás de la ola
que rompe contra el muro.