Precio mixto

Es un recinto muy conocido que ocupa una de las esquinas más populares de La Habana: 23 y 12. Un sitio al que me llevaba mi madre cuando yo era pequeña, en su ritual ineludible de sacarnos a pasear cada domingo; y almorzábamos ahí, con mucho gusto y un servicio de “Sírvase usted”. Más de veinte años han pasado desde entonces, y la pizzería Cinecittá continúa estando en aquella misma esquina, aunque su servicio ahora está dirigido por las camareras y capitanes del salón.

Llegamos y el lugar nos resulta acogedor; está climatizado, con unos mullidos muebles para la espera, la Carta en la mesa de centro para que podamos ir decidiendo lo que queremos comer. En un rincón un letrero de luces anuncia la barra de un bar, y me hace preguntarme si funciona realmente como tal, y me hace suponer, además, que sería quizás una buena opción para otra ocasión, con otra compañía.

Una sonriente camarera nos incita a tomar nuestra mesa y, una vez instaladas ahí, el diligente capitán se acerca a tomar la orden. Con notable desenvoltura nos dice los platos presentados en la carta que no tienen  en existencia en ese momento, y nos hace saber jovialmente que, aunque no aparece reflejado en el listado de opciones, la pizzería oferta también la modalidad de pizza mixta con una serie de agregos entre los que menciona la casi mítica carne de res, por un precio de 25 pesos en MN.  Nos parece raro que la pizza mixta no se refleje en la Carta, pero no hacemos mucho caso a ese detalle.

Ordenamos nuestras pizzas, decidimos por el jamón. Pedimos además ensalada fría y refresco. Nos parece bien, los precios son realmente accesibles, sobre todo si se tiene en cuenta la calidad de los platos, la cual nos parece realmente buena. Con esto y lo acogedor del lugar podemos obviar que las camareras precisen de un poquito más de entrenamiento, falta que indudablemente equilibran con la amabilidad con que nos tratan. La estancia transcurre tan agradable que decidimos que hay que volver en otra ocasión a por la piza mixta, convencidas de que es una buena opción. Y así lo hacemos, dos semanas más tarde. Se repite el ritual del cómodo sofá y la bienvenida sonriente. Una vez en la mesa nos vienen  a tomar el pedido pero esta vez no es el capitán, sino una joven capitana quien desempeña la labor. Como ya sabemos lo que queremos, y sabemos además que nuestra elección no aparece en la Carta, le pregunto a la muchacha si tienen pizza mixta y, ante su respuesta afirmativa, ordenamos. La velada pasa fenomenal, como la vez anterior, comemos elogiando la confección del plato y tejiendo entre nosotros la promesa de regresar una vez más.

Llega el final y con este la cuenta. El papel refleja letras casi inteligibles pero una cosa sí está clara: donde debía reflejarse un valor de 75 pesos por tres pizzas mixtas se estampaba un exuberante número 120. No entiendo realmente, sabíamos el precio de antemano por boca de aquel capitán de nuestra visita anterior, y así se lo digo a la camarera. Se sonríe de medio lado y asiente enérgicamente entornando los ojos, como quien vaticina un problema, nos dice que esperemos un momento y sale a buscar al efectivo de rescate: la capitana. El argumento explicativo de esta otra es que el servicio de la pizzería se divide en dos turnos: uno vende la pizza mixta en 25 pesos mientras el otro –el de ella- la vende a 40 pesos. ¿Cómo es posible -le pregunto- que una misma Unidad tenga dos precios distintos para un mismo plato dependiendo del turno que trabaje? Su explicación está en los agregos que, según ella, su pizza tiene más productos agregados que la mixta del otro turno; y yo pienso que, paradójicamente, la de ella no tiene carne de res como la del otro turno, el de la barata. Tras unos minutos de reclamaciones y argumentos, de explicarle que debió decirlo al momento de tomar la orden  –como hizo el otro capitán–, y recalcarle que es imposible que en una misma Unidad varíen los precios según el turno que trabaje, pagamos la diferencia. Pero ya no nos supo tan agradable la visita, y no por los 45 pesos de diferencia que tuvimos que desembolsar, sino por sentirnos defraudados, estafados y lo peor, sin derecho a reclamar y recibir a cambio la justicia del pago real.

Mi conclusión, entonces, fue la siguiente: en la emblemática pizzería Cinecittá, de la popular esquina de 12 y 23 en el Vedado capitalino, se estafa al cliente constante y permanentemente. Especulo: La pizza mixta no aparece en la carta porque no está concebida como una de las ofertas del restaurante, sino que es un invento del personal para buscarse los pesos, así de simple. ¿Quién mide la cantidad de agregos que le ponen a una pizza? ¿Cómo lo hacen, por gramaje? Es fácil sacar un poco de esto o aquello y confeccionar una pizza mixta con lo que debió ser, digamos, una de jamón, y cobrar, lógicamente, los 25 o 40 en vez de los 15 que cuesta la de un solo agrego. Luego se rehace la orden, se pone pizza de jamón, o de chorizo, o de salchicha, etc, donde decía mixta, y queda una ganancia limpia para sus bolsillos: 10 pesos en el caso de un turno, y 25 en el caso del turno de los más ambiciosos. Con los primeros te representa una Napolitana, y con los segundos una Napolitana más una con agrego.

¿Cuántas personas comen diariamente en ese lugar? ¿Cuántas piden pizza mixta? ¿Con cuánto dinero arrancado de los bolsillos de la gente se van ellos cada día? Pero una vez más el delito es impulsado no solo por la naturaleza humana y la necesidad imperante, sino por la inexistencia misma, porque ¿no sería lo más lógico poner en oferta la pizza mixta, podríamos decir, a ese mismo precio de 25 pesos que no está mal y así evitar que el dinero vaya a parar a manos particulares en vez de a la caja? Si lo volvieran real le anularían la posibilidad de estafar a la gente. Ah, pero no, desestiman esa posibilidad y le dan de comer al ingenio del cubano, que al final se las ha arreglado para sobrevivir así, “luchando”, o lo que es lo mismo, machacándose los unos a los otros.

Europa sin euros o El italiano de la wifi

A Lester

Que me dio la idea de hacer de aquello un post

Estoy en el parque Wifi del Coppelia, con mi amigo Lester. Vemos unas cosas en su laptop y nos intercambiamos algunos materiales, mientras conversamos. En el banco de al lado, bajo la sombra de un pequeño árbol, está acostado un hombre. Apenas nos fijamos en él, realmente no nos importaba.
Al rato de estar ahí sentimos que el susodicho llama nuestra atención. Entonces me fijo. Es un hombre que a juzgar por su aspecto debe andar rondando los 60 años, aunque reconozco que soy pésima haciendo tales cálculos. Su tez es de un color blanco-amarillento, su cabello es una escasa pelusa rubia que comienza a dejar bastante visible la piel en un redondel en el centro. Sus ojos están vidriosos por el sueño. Había levantado la cabeza y nos miraba a través de los párpados semiabiertos. Cuando le atendemos nos pregunta, con lengua adormecida y acento extranjero, si tenemos hora. Un extranjero, sin reloj ni celular. Lester le dice la hora.
Continuamos en lo nuestro, conversando de cualquier cosa, y el tiempo sigue transcurriendo. Unos minutos más tarde sentimos que el hombre nos llama de nuevo. ¿Tienen un bolígrafo? Pregunta esta vez. No teníamos. Un extranjero que tampoco tiene una simple pluma. Sigue acostado sobre el incómodo banco, boca abajo, la cabeza ladeada. La brisa agita las plumillas de su pelo. Lleva un short y un pulóver bastante usados.
De pronto se levanta y viene hacia nosotros. Se nos para enfrente interrumpiéndonos una vez más ¿Tienen conexión?, pregunta. Aquí sí: ¡WTF! ¿Este tipo pretende gastarle los quilitos de conexión a un cubano? ¡Horror! ¡No, no tenemos! Se va. Le vemos alejarse, con su aspecto de bajo mundo y un paso medio tambaleante. Y empezamos a hacer conjeturas:
A lo mejor le gustaste.
– O a lo mejor le gustaste tú, yo lo veo medio flojo.
– A lo mejor le gustamos los dos.
Reímos.
Para mí que está medio borracho.
– O drogado.
– O las dos cosas.
– Ahí tienes un tema para escribir –me dice Lester, finalmente–.
No estoy escribiendo, hace bastante tiempo que no me sale un escrito. Sin embargo, días después salió este pequeño relato, que reconozco no es de lo mejor que he hecho, pero que deja al menos un atisbo de las peripecias de este personaje tan particular que nos topamos aquel día en el parque wiffi del Coppelia. Porque sí, la miseria de un italiano en La Habana creo que amerita un post en el blog, aunque sea uno ligero. Que miren que un tipo que venga desde tan lejos para terminar acostado en el banco de un parque, sin reloj, ni celular ni bolígrafo, y pidiendo conexión prestada… Eso no es algo que se vea todos los días.

Nice to meet you

Julia caminaba por las calles de su ciudad, iba un poco aprisa pues había salido del trabajo para ir un momento al mercado. Su falda corta revoloteaba al viento, dejando al descubierto sus piernas, largas y bien formadas, objeto de admiración de algunos hombres que la piropeaban a veces resaltando esa parte de su cuerpo. Una blusa fresca para el intenso calor que hacía, con un ligero escote en forma de V que insinuaba pero no llegaba a mostrar sus senos pequeños; por detrás un corte bajo que dejaba al descubierto los hombros y la mitad de la espalda.
De regreso a su trabajo, cuando atravesaba el parquecito, siente una voz apremiante detrás de ella:
– Excuse me! Hello!
Voltea instintivamente. Un hombre blanco, con la piel suavemente sonrosada por la incidencia del sol del trópico, se dirige a ella, sonriente. Es apenas más bajo que la mujer, tiene unos hermosos ojos azules y un rostro agradable. Le recuerda a Peter Parker, Spiderman. Piensa que ha de ser un turista buscando una dirección. Se detiene con la intención de indicarle el lugar que suponía el hombre andaba buscando.
– Do you speak English? –pregunta él–.
Uhhm… just a little. –responde ella dubitativa.
Entonces él, sin dejar de sonreír, no pregunta por dirección alguna, sino que comienza a elogiarla en un tropel de palabras en inglés. No habla español, solo inglés. Alaba su cuerpo, su andar, su estilo. Se deshace en palabras, mirándola al detalle, con su rostro emanando admiración por la mujer, quien sonríe también, y le agradece gentilmente, mientras intenta comprender todo lo que el hombre dice. Su inglés es escaso pero de algún modo consigue entenderle, y responderle. Sin darse cuenta cómo se enlaza en una conversación en esa lengua extranjera que tanto le gusta, pero domina poco.
I´m Mirko, by the way – Dice, y le extiende su mano.
Julia –le dice ella, a la vez que estrecha la mano que el joven le ofrece.
Es una mujer desconfiada, sabe que la vida no es fácil ni sencilla, y que los príncipes azules no existen, que no hay galán en corcel blanco, ni en avión llegado del extranjero. Entonces le hace las preguntas de rigor: de dónde es, y qué está buscando. Él asegura no estar buscando nada en particular, es su primera vez en el país y quiere conocer lugares, pasar un buen rato. Ella va directo al punto: le dice que sabe bien lo que buscan los turistas cuando vienen a su país, pero que ella no es esa clase de mujer. Que no va a ofrecerle lo que él probablemente anda queriendo obtener.
Él se apresura a explicarle que no es esa precisamente su intención, que recién estuvo en Miami antes de venir a su país y que ella luce como las mujeres de allá. Le dice que le vio pasar dos veces, y que a la segunda vez no pudo evitar el intentar conocerla. Le pide un nuevo encuentro, ir a algún sitio a tomar una copa, conversar.
Ella tiene un amor clavado entre pecho y espalda, su pasión por un hombre al que está a punto de dejar para siempre. Piensa que le vendría bien tomarse un trago en algún lugar agradable, y este desconocido al que no volverá a ver podría ser una buena opción para ello. Entonces, luego de dejarle bien claro que sería solo tomar algo, una plática y nada más, pactan el encuentro para el día siguiente.
Llega la tarde del encuentro, ella va parsimoniosa hasta el lugar acordado, donde el joven, alegre y desenfadado le encuentra. A ella le toca elegir el lugar, pues él no conoce la ciudad: las terrazas del Hotel Nacional parecen una buena opción. Él queda fascinado por el lugar, observa todo, saca fotos y videos, mientras repite It´s amazing!” La tarde transcurre ligera y sobria. Él toma Piña Colada, ella Daiquirí. Él no sale de su admiración por el lugar y la vista al mar, ella no sale de su asombro de cuan fácil está siendo la conversación, toda en inglés. Ella habla de su país, él de los lugares que ha visitado. Hacen comentarios graciosos y ríen.
El sol lanza sus primeras amenazas por esconderse, y bajo la luz tenue del atardecer él la observa con insistencia. Se siente muy atraído por ella y se lo dice. Le gustaría besarla, y también se lo dice. Todo en ella le gusta: su sonrisa, sus piernas, su piel suave, su color, sus manos, lo que hace, lo que dice. Le invita a un siguiente encuentro, esta vez a tomar un café o una cerveza en el apartamento donde se hospeda. Pero ella tiene una pasión enterrada en el pecho, y ya no es más la chica alborozada y ligera. Ahora es una mujer melancolía, una mujer razón. Ahora son otros sus anhelos, ya no más los de ir por la vida tomando cuanto vea a su paso. Sonríe. Se niega.
La cita llega a su fin, y ambos la agradecen. La luz dorada les baña las pupilas mientras se despiden, sabiendo que ha sido la única vez, no habrá reencuentro. Él se va a andar la ciudad, cargando sus anhelos. Ella regresa a su casa, arrastrando su pasión.

Ciudad Maravilla

A Lester,
que me mostró el camino hacia el haibun

 

La Habana es un sitio para perderse y encontrarse. La ciudad de las canciones y los poemas; las nostalgias, las partidas, los regresos con o sin reencuentros. La Habana es un par de hermanas siamesas, unidas, fundidas: a veces dos, a veces una; inseparables, la misma pero diferentes.

A veces es una prostituta de glamour; elige bien a sus clientes: turistas. Les empalaga con Caribe, tabaco, sexo, ron. ¡Señor!¡Señor! Les soba la entrepierna, les seduce con promesas paradisíacas, con adulaciones de perro faldero, moviendo la cola, con la lengua afuera, lamiéndoles los pies, los pies blancos y grandes. ¡Toma mi guayabera, mi mano amiga, interesadamente amiga!¡Dame tus dólares, tus euros, tus libras, tus pesos! Pero otras veces es una p*** barata, que abre las piernas para matar el hambre, que las abre aun sin quererlo, que se las abren y la violan.

Gotea la madrugada.
El barman somnoliento
cuenta la propina

Ay, pero si mis ojos te abandonaran, si la vida me desterrara a un rincón de la tierra; no puede decirse que no, a La Habana se le extraña, se aprende a amarla con un sentido de posesión y de grandeza. No escapa de ese sello de capital, la capital de todos los cubanos; y los habaneros nos aferramos a las raíces que nos sembraron aquí, la poseemos con fuerza, nos sujetamos a su urbanidad, a su exceso de paredes, las limpias, las altas, las derruidas; a los ventanales, los balcones, las luces. La defendemos, contra, porque es nuestra Habana; que tiene su Malecón, su Prado, Miramar con su Avenida 5ta, El Morro, la ceiba, La Giraldilla, Tropicana. Esa es la hermana hermosa, la de bellos ojos, la que miras y dices “oh, que maravilla”.

Deja su ofrenda
en la ceiba.
Truena a lo lejos

¿Y la gente del campo? –entiéndase: que no es de La Habana–, les decimos palestinos, y que quieren nuestras casas, nuestros trabajos, nuestro ¿progreso? Y queremos que la ciudad los vomite, le metemos el dedo en la garganta, les dejamos los olores nauseabundos, La Habana Viejísima, Centro Habana, los suburbios. Y ellos bailan en la línea divisoria, en la fina línea donde coquetean el amor y el odio: ¡Dame más de ti, Habana! ¡Pero como te detesto! ¡Tan creído los habaneros, tan poco hospitalarios, egoístas, hipócritas! Deja vestirme como tu, hablar como tu, que ya no quiero este acento delator, deja virar pa´ mi pueblo así, bien habanizado, deja virar y regresar a ti. Porque ella les atrapa, con sus encantos, con su danza, su striptease, porque es linda en sus adentros, si le miras con los ojos de amar le ves hermosa, voluptuosa, infernalmente atractiva.

Del alba al anochecer
pregona la vendedora
de escobas

La Habana vive un equilibrio, una sincronización de almas, de seres. Rayan sus calles los tacones de bellísimas mujeres, de pieles limpias, de rostros tersos; despliega al sol la hermosura de los criollos: blancos, mestizos, negros, todos hermosos. Y después el gris desfile de las teces cochambrosas, los pies descalzos en las aceras, bocas podridas, ojos vidriosos, gente con la vida fea, con el alma fea, y el futuro desfigurado.

Casas recién pintadas.
La fosa desbordada
infecta el aire

Esta es la ciudad mimada, la que acunan los cantores en sus noches bohemias, con su guitarra y su piano; la acarician toda, la arrullan en su pecho. Esta es la ciudad querida, la viejita que tratas con ternura aunque ya no pueda dar ni un paso, porque lleva todo lo que aprendiste, lo que viste en tu correr, porque tiene ojos de vida y alma sabia, y lleva entre sus manos cada historia que ha tejido. Yo le piso y le respiro, la beso en los labios, le hago el amor; después le doy la espalda, la injurio, la humillo; porque yo también bailo en la línea entre el amor y el desprecio, en la rabia de ver que sigue siendo la misma víctima desatendida, aunque se le nombre maravilla.

Respiro feliz,
al compás de la ola
que rompe contra el muro.

Obreros

Esta no es una historia real, pero la situación que muestra sí que lo es. No conversé yo con un tal Sergio, pero sí los vi, con su fisonomía inconfundible, bajar de la guagua aclimatada que los transporta y dirigirse al futuro hotel, a robarles la posibilidad de progreso a los cubanos.

 

Se sienta a mi lado mientras espero la guagua, él espera otra que lo llevará hasta su casa. La parada comparte varias rutas, nosotros compartimos un muro en el que nos sentamos a esperar.

Hay que vivir para ver – dice, un poco para mí, un poco para sí mismo. Le miro, pero no digo nada.

Es un hombre blanco, de buena estatura, fornido. Su mirada verde aceituna luce cansada, sus ojos están escoltados por marcas que se profundizan cuando los entrecierra al mirar a lo lejos para ver si se acerca la guagua. Su frente también está surcada por un juego de líneas horizontales.

Me mira, y tal como si yo le hubiera instado a proseguir me cuenta que se llama Sergio, tiene 45 años, de los cuales ha invertido 25 en trabajar la albañilería. Es un trabajo duro, me explica, que ubicado en un buen lugar da su dinerito, la cuestión está en la oportunidad, ha tocado las puertas de un par de cooperativas pero sin suerte. Hace una pausa, vigila la guagua que aun no llega, y haciendo un gesto de negación con la cabeza suspira antes de reanudar su perorata.

Lo que me cuenta a continuación sí que capta mi atención. Me habla de un hotel que están construyendo en la antigua Manzana de Gómez. Pensó que sería una buena oportunidad de trabajo para él pero cuando indagó le dijeron que no estaban contratando. El desconcierto le vino después, mezclado con un poco de indignación e impotencia, cuando supo que no le contrataron porque el equipo de obreros ya estaba conformado… por trabajadores traídos desde La India.

¿La India? ¿El país? – le pregunté con asombro.

La Indiame confirmó, y rió sin ápice de humor – Dos mil euros me han dicho que le pagan mensualmente a cada trabajador. Dos mil euros.

Me quedo mirando sus manos callosas, él las estruja mientras reflexiona. No lo comprende, y yo tampoco. ¿Por qué pagar semejante cantidad de dinero a obreros extranjeros habiendo tantos constructores en este país? Sus manos delatan los años de trabajo, es un hombre con experiencia, un hombre que ha echado su vida aquí, construyendo y construyendo, y ahora le niegan el derecho a progresar, no de forma ilegal, sino trabajando. Me mira nuevamente, creo que espera una opinión pero yo estoy perpleja, no sé qué decir, no sé qué pensar.

Con un cuarto de ese dinero cualquier constructor cubano sería feliz. – me comenta – Ellos se ahorrarían tres cuartos de salario por cada hombre y a la vez un buen grupo de gente aquí saldría adelante. Pero no – protesta – prefirieron traer a los indios. “Son más responsables y trabajadores” dicen, pero yo voy a ver que cubano no se vuelve trabajador ejemplar si le pagan quinientos euros al mes, y si no pues pa´ la calle y ya está, pones otro, y ya está.

No puedo objetar, está claro en lo que dice; tampoco puedo encontrar una razón que justifique, no puedo hallar un aliciente para su indignación, no cuando yo misma me siento indignada.

Pueden darme miles de justificaciones y no lo entenderé, que pudiendo mejorar la vida de un grupo de cubanos prefieran que mejore la de un grupo de extranjeros por razones tan triviales como la apariencia, que se le niegue a un obrero progresar en la vida mediante su trabajo honesto. Me da igual de dónde sea el contratista, que el personal que levante el hotel fuera nuestro debió ser una premisa.

Sergio se incorpora y ajusta la mochila sobre su hombro. Ya se avista su guagua. Se gira hacia mí y puja una sonrisa.

Hay que vivir para ver, muchacha. Horrores se verán.

Se va y yo me quedo ahí, sentada en el muro, sin poder encontrar una explicación. “Ve, Sergio”, pienso, “Sigue haciendo malabares en la vida, “inventando” para conseguir el dinero que sustente a la familia, que compre los zapatos del niño, que pague las fotos de 15 de la hija”. Es un hombre trabajador, pero no le toman en cuenta, porque es cubano.

Llega mi guagua y, antes de sumergirme en la vorágine de intentar subir, una interrogante me asalta la mente: ¿Negarían en La India trabajo a su gente para dárselo a un cubano?

 

 

 

Cerca del cielo

Llego al sitio de la mano de una suerte de reconciliación que puja por retomar intenciones del pasado. Él y yo queremos creer que hay redención.

Vedado capitalino, edificio que en sus inicios fue símbolo de majestuosidad: El Focsa. Hay que subir treinta y tres pisos, y el elevador nos recibe con la soledad cómplice en su interior, las puertas cerradas nos empujan, sin que medien palabras, a los besos clandestinos y la urgencia de las manos sobre los cuerpos. Un “ding” anuncia la apertura interrumpiendo el momento y salimos, emulando sobriedad, al interior de uno de los recintos más acogedores que he visitado.

Pocas mesas se acomodan a lo largo de una pared de cristal que da vista plena a un ala de la capital. Las aguas del Malecón engullen el infinito, extasiándome las ganas, las luces de la ciudad alumbran el iris, luciérnagas esparcidas a plenitud. Es hermoso. Nosotros allá arriba, el mundo abajo.

La luz dorada, como ha de llevar un bar, nos baña. Tras la barra un hombre uniformado se mueve con gracia, preparando los costosos tragos. Para nosotros cerveza, exquisitamente fría en su botella verde. Las copas reciben entusiasmadas el helado amargor y él, como hace siempre, choca la suya con la mía.

Allá, en un rincón, el señor elegante regala acordes que funde en su piano, las canciones envuelven a los que allí olvidan por un rato lo que afuera de aquel lugar se gesta. Me quedo mirando a una pareja que se aventura a bailar y me pregunto si me atrevería yo. Bailan pegados, con el romance fluyendo entre ellos, lo puedo notar. La señora de la otra mesa se divierte con el hombre menor: las fotos, las risas, su mundo; lucen tan felices que da gusto verlos.

Él regala un fragmento de aquella canción a mis oídos, me dice que no la ha olvidado: si yo pudiera… reconquistarte con lo que queda por decir.

Es un lugar alto, se pierde del resto de la ciudad; luz difusa, buena música, cristal traslúcido que pone el mundo a tus pies. Es un sitio de romance tenue, de calidez del alma. Un buen espacio para reconciliarse con las risas y el futuro.

Me sugiere levantarnos y llegarnos a la pared posterior, observamos la ciudad y me dejo llevar por la sensación de bienestar, con su cuerpo cerca del mío, su olor, y esa pose que adopta cuando quiere sentir que le soy grata. Más tarde saltaremos al otro lado del cielo, dónde nuestros cuerpos se dan sin condiciones.

Quiero detener el tiempo pero sé que hay que partir. Me duele dejar atrás tanta magia. El ascensor nos lleva abajo y parece sufrir porque esta vez un señor nos acompaña. Nos damos a la noche, dispuestos a morderle un trozo de placer a la vida. Nos reconciliamos por esas horas y es exquisito. Luego amanece.

De una noble idea al caos

La lluvia cae mientras espero la guagua que me llevará al trabajo, necesito guarecerme. Me escondo bajo el techo que sobresale del edificio a mis espaldas. De repente, un olor casi putrefacto apuñala mi sentido del olfato; proviene de la cocina del Comedor Comunitario que está en los bajos del edificio: están cocinando picadillo.

Las buenas ideas no se bastan a sí mismas con ser buenas, sino que precisan de una ejecución acorde para ser realmente dignas de alabanza. He visto excelentes ideas irse por el caño cuando son puestas en práctica; la de hacer Comedores Comunitarios es una de esas.

No dudo que una reconocible intención altruista primara en quien trajo a la luz el concepto del proyecto, pero cuando el diablo trastoca las bienintencionadas obras de Dios todo se va a la m… -a ese lugar que Reflejos no me deja poner-.

De este modo, lo que nació siendo un hermoso engendro benefactor que acunaba en sus brazos el objetivo de alimentar a los viejecillos desprovistos del barrio, se ha convertido en el grifo de llenar los bolsillos de unos, y el peligro de desnutrición o indigestión crónica para otros.

Allí de pie, viendo la lluvia mojar pavimento y transeúntes, esperando mi guagua, me pregunté si podría alguien comerse aquello, pero sé la respuesta y me entristece en demasía: cuando el hambre aprieta se come hasta piedra. Pienso en el almuerzo que llevo en mi bolsa, casualmente también es picadillo, pero huele muy diferente, sabrá muy diferente.

¿Quién me cuidará cuando envejezca? Espero no tener que depender de una idea como esta, sino poder contar con el amor de hijos y nietos. Pero por ahora, quisiera que alguien con la facultad requerida revisara este proyecto comunitario, y diera a estos ancianos la posibilidad de llevar a sus estómagos algo digno del paladar, y la nutrición.

Mas ¿Habrá por lo menos algún sitio al que pueda dirigir mi queja? ¿Querrá alguien escuchar? ¿Le importará a alguien siquiera? Me vienen a la mente un par de periodistas, y me dan ganas de hacer algo más que publicar esto en mi blog.

 

Trabajo por cuenta propia

Estaba vieja y mugrienta, sentada en el piso, recostada al muro, extendía su mano y balbuceaba algo ininteligible a todo el que pasaba.

Yo salía del trabajo, tras una jornada de ocho horas que, si bien se piensa, sería de once, teniendo en cuenta que me levanto a las 5:30 am. Le miré por un instante preguntándome qué suertes habrían llevado a aquella mujer a deslizar su vida por las calles del vagabundeo y la limosna.

Pero mi perspectiva cambió a los pocos segundos. Dejando a un lado la búsqueda de posibles traumas existenciales, mi mente se centró en otro detalle: la gente se condolía al verla y dejaba caer en su mano las monedas, y los billetes. Era interesante ver la continuidad con que ocurría este hecho, transeúnte tras transeúnte, en la concurrida calle Obispo, daba su contribución a la pobre viejecilla abandonada.

Otra cosa que observé es que la incoherencia de la mente de esta señora terminaba justo en el momento en el que, habiendo dado el donante de turno unos cuantos pasos alejándose de ella, el dinero pasaba automáticamente a formar parte de un fondo que llevaba escondido es la chaqueta que la cobijaba, dejando otra vez su mano vacía al descubierto, y apenas unas moneditas en la latica que hacía sonar a ratos.

Pero la guinda del pastel, el que se cocinó en los pocos minutos en que fui testigo, fue la que colocó un turista con toda la maestría del buen samaritano. El hombre de piel impecablemente blanca y dos metros de altura, con su cara expresando una gentileza casi infantil y una bondad infinita en sus grandes ojos azules, puso delicadamente en la mano de la desvalida ancianita un billete de 5.00 CUC.

Debo decir que casi desfallecí. ¿Saben en cuántas partes tendría que dividir yo ese billetico para pagarme un día de trabajo? Una jornada que comienza con mi despertar a las 5:00 am y termina pasadas las 6:00 pm cuando llego a casa. Y no gano ni la quinta parte de esa regalía en un día completo. En tan solo unos pocos minutos que estuve observando aquella mujer se llevó a su bolsillo oculto lo que gano yo en varios días.

Así, como si hubiera terminado de ver un capítulo de Pasaje a lo desconocido, saqué mis propias conclusiones. La primera fue que, si yo, cobrando una ínfima parte de lo que cobra esta señora con su trabajo por cuenta propia, no muero de hambre ni ando mugrienta, ella mucho menos tiene necesidad de eso. La segunda conclusión fue que pedir limosna es un negocio redondo, más allá de la imagen que te vende el limosnero en un acto exquisito de publicidad. Y la tercera conclusión la apliqué al día siguiente.

La mañana me sorprendió a la hora en que mi cerebro quiso desperezarse, no a las 5:30 am, sino cuando ya tuvo suficiente arropo en los cálidos brazos de Morfeo. Busqué en mis gavetas la ropa más desgastada que pude encontrar, la tiré contra el suelo y la pisoteé. Un poco de betún de zapatos terminó el trabajo. También un poco para mi piel, revoloteé mis pelos, y salí.

Me recosté al muro en la calle Obispo, saqué mi latica, estiré la mano, y mascullé cualquier cosa. Ahora ya no le trabajo más de ocho horas al Estado. Ahora soy trabajadora por cuenta propia, y sin pagar tributo.

Más que un muro

Hay un sitio en La Habana que me enamora, una prolongación de rincones que se suceden y acogen a las más diversas criaturas. En esos metros de muro que el mar golpea sin cesar se han construido las historias más insospechadas, aventureras, descabelladas, impúdicas, de amor, y hasta de muerte.

Es afrodisíaco y seductor, se ofrece sin reparos y se deleita en las presencias que le adornan en toda su extensión. Disfruta las melancolías, el olor a alcohol, los besos robados, las angustias, y el sexo sórdido.

Allí besé al hombre que una vez amé, tuve también mi más extraña cita, y canté al son de los acordes de una guitarra errante. Ahí quiero tener a aquel que tanto me estremece las entrañas si me mira.

Siempre volverán mis pies a caminarle, y mis ojos a besar su mar; porque es magia que me envuelve en recuerdos y pasiones, en anhelos y esperanzas.

Con su olor a sol y luz de luna, su velo de sal, vestido de mulatas a buen precio, su tabaco de contrabando y su negro de fuerte sudor. Con los locos muchachos saltando hacia el abismo de sus aguas y los pescadores rivalizando sus anzuelos con el pico del pelícano.

Que no me deje a la deriva la ternura de su hechizo, no me abandonen sus cantos de sirenas. Que no sea olvidado, ni se seque nunca el Malecón.