Ella. Decisiones

Si hubiera nacido bajo otra estrella quizás todo habría sido diferente. Murmura en tono quedo, como hablando consigo  misma. No estoy segura de que sepa que estoy ahí, mirándole. Sus ojos llevan un velo lúgubre, y su mirada delata una mezcla de nostalgia y anhelo.

Nuestro sitio conserva el humo gris de tantas noches, nuestra mesa la marca de las uñas, el candil, las lágrimas. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí, conviviendo entre cenizas y el ruido de los pasos? No lo sé, no tengo memoria de los tiempos en que era feliz y no rodeaba sus noches con estrechas paredes de alcohol y desidia. Siento crecer en su pecho –que es mi pecho– un dolor agonizante, un destrozo que apaga los latidos, un fuego abrazador que invade toda razón. El desespero asoma a sus ojos mientras mueve frenéticamente la cabeza a un lado y al otro. Busca a alguien. Le busca desesperadamente entre la gente que ríe en otras mesas, bajo la semi luz. ¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde?! Demanda con ahogo y yo no sé qué responderle. Nunca lo sé.

Golpea su frente con la mano abierta, repetidos movimientos tormentosos, y maldice su estrella. El pecho se me aprieta, no quiero sentirle ¡no quiero! Pero ella es tan mía que dejarle sería morir. Veo un borde de locura en sus ojos, y siento que mi cordura no alcanza para abrazarle el alma. Un dolor inmenso cala en mi propio pecho mientras del suyo manan gotas color carmesí. Se le empapa la blusa pero se esfuerza sobremanera por no advertirlo. No mira. Alrededor los rostros de siempre, y los nuevos, se empeñan en llamar su atención. Se acercan. Sondean. Invitan. Me mira y una sonrisa amplia como un sol llena su rostro ¿Cómo puede sonreír llevando tanta pena dentro? El alcohol, el humo, la penumbra, las risas, los pasos, la lujuria, se vierten como una espesa niebla en el lugar de mala muerte que es la vida, y no puedo respirar.

Se levanta de súbito y sale a bailar. Toma cada mano que se extiende, y baila con todos.  Me gusta verle bailar porque es como si olvidara la daga que la vida sostiene entre sus manos. Se desnuda. Es todo un espectáculo de carnes entre cuerpos inservibles que le acechan. Me mira sin cejar en su danza, un abismo tras el negro de sus ojos. ¡Se ha ido! Me grita por sobre las voces ¡Le he echado fuera! Vuelve su rostro hacia una silla enterrada en el más oscuro rincón, y entonces comprendo: hay un sitio vacío que nadie jamás ocupará.

Da vueltas en tropel, su cara empapada echada hacia atrás, los brazos abiertos. Su boca grazna una carcajada incontenible, máscara de la locura. ¡No volverá! Y ríe ¡No volverá! Y llora. Un pánico helado se apodera de mis entrañas. No soporto el dolor. Descarno mi pecho en un intento de arrancarme el corazón, pero es imposible. Entonces lloro, lloro desconsoladamente, y maldigo su estrella.

Ella. Al descubierto.

Está seria, muy seria, su sombra se proyecta en la pared a través de la penumbra como una mueca fantasmal. Tiene el entrecejo fruncido y el cabello un poco revuelto. No quería volver a verle, la última vez fue tan doloroso que he estado rehuyendo desde entonces. Pero un tirón de las entrañas me ha sacado de mi egoísmo y he vuelto a su rincón marginado, donde se sienta a llorar la vida.

Pasa el dedo por las finas marcas de la mesa, parece absorta en algún pensamiento, pero sé que tiene la certeza de mi presencia, aunque no levanta la vista cuando me siento a su lado ni responde a mi saludo. Está enfadada, aprieta hosca los labios con su suerte eterna de contradicciones. Es tan mía que no puedo evitar sentir el agujero en su alma. Advierto que los demás nos miran expectantes desde sus mesas; alza la mirada y lo percibo entonces, es conmigo su enfado, porque le he dejado al descubierto y ahora ya no le rondan ignorantes para hacerle bailar, ahora quieren que hable, y ella no habla, solo conmigo, y a veces en silencio.

Acaricio su mano pidiendo perdón. Es tan pequeña, toda ella, tan diminuta. No suele dejarse acariciar pero esta vez se queda quieta, mirando como se mueve mi mano sobre la de ella. Siento su temor, sé bien qué le pasa, le acosa el tiempo, siente angustia, tiene miedo.

Mira a través de la ventana el viento gélido que sopla tras el cristal. “¿Cuándo llegará la primavera?” me pregunta, y yo no lo sé, no se de estaciones ni cómo manejar los tiempos. Si pudiera traería el florecer hasta su puerta, si tan solo pudiera. “Pronto”, le respondo en un susurro, pero sabe cuando miento. Siento que comienza a transformarse, parpadea como si la fría brisa de afuera se hubiera colado en sus retinas. “¿Llevas dentro la felicidad?”, le han preguntado. Miró su vestido multicolor y pensó “es el vestido, tan solo es el vestido”. Luego sonrió falsamente y continuó hablando de las trivialidades ajenas. Me lo cuenta y me atraviesa su pena, me atraviesa y me hace sangrar. Si pudiera comprarle el verano, y llenar su vestido de soles. No quiero llorar, pero me duelo demasiado por ella.

Percibo su rabia creciente y la mía se pone a la par. Quiero ser su cómplice, no me da la gana de dejarla sola. Patea la silla con fuerza. ¡Mozo, una botella de licor! grito con desespero. Me levanto y echo a todos de allí, no quiero que le vean, porque es mía, solo yo le veo, solo yo le entiendo, solo a mí me deja. Apago todas las luces, una sola vela pende en el candil sobre nuestra mesa. Doy un sorbo largo y le paso la botella. Se empina. Tose. No me ve llorar. Pasamos la noche bebiendo un licor que nunca acaba.

Ella. Dobleces.

Esta vez llegué a su lugar en el momento justo en que lanzaba una carcajada. Le he visto hacer esto últimamente, más de lo pensado; unos dientes blanquísimos dentro de una boca hambrienta ensayan una obra para los presentes, una y otra vez.

Atisba mi presencia y una sensación de nervio le recorre; cierra su risa y espanta a los ilusos que la observan complacidos. Creo que me teme un poco, porque sabe que soy la única que conoce su luz y su sombra, y cuánto lleva de cada una. Sabe que puedo llegarme hasta el borde de su alma y lanzarme al abismo que esconde, y hurgar dentro, y que eso le dolería porque dejaría su piel en carne viva.

Le coqueteo con un guiño para que prosiga, porque es buena en la actuación de esta vez, y hasta yo juego a confundirme cuando la veo, porque se disfruta su desenfado jamás improvisado y su guión de penas fuera.

Al rato me acerco y, con un paño, seco el vino derramado en el regazo. Se ha encogido otra vez en su rincón porque aún entre las sombras advierte la intención de mi mirada, esta vez le traigo una verdad como un puño, pero no quiere el golpe; está cansada, lo sé. Mueve su vista alrededor, a los que desde sus propias mesas nos miran expectantes; se debate entre sus mentiras y mi realidad, entre lo dulce de cerrar los ojos y el dolor de abrirlos.

El lugar se oscurece casi a totalidad y la luz de las velas ahora nace fría. Se quiere alejar de mí como un cachorro herido que espera otra golpiza, pero la silla enclavada en el rincón detiene la huída. Me acerco y susurro en su oído historias del tiempo que golpea y de las inexistencias, le pego fuerte con un trago amargo de realidades impostergables.

Me empuja. Entonces veo surgir del abismo un torrente de rabia: hacia mí, hacia ellos, hacia Dios. De repente me escupe una risa y me da un toque con el pie incitando a que me vaya. Me levanto y salgo. Lloro el cinismo de saber que le he calado hondo, ríe la ilusión de pensar que me ha espantado lejos; pero sabe, como sé, que nos une un pacto indisoluble.

Ella. Reencuentro

La veo en su rincón de siempre, y al instante lo sé: esta vez la tristeza es profunda. Me mira con los ojos nublados, dejando al descubierto un dolor indescriptible. El lugar se me hace más frío y oscuro que nunca, con olor funesto y música gris.

Topa con su pie el piso en un apurado y rítmico tamborileo de desasosiego, mientras sus uñas arañan a ratos la madera. Me acerco despacio, no podía esta vez quedarme en la distancia. Intento alcanzar su mano pero la quita de súbito. Corre entonces un hilillo húmedo por una de sus mejillas y lo restriega molesta. No le gusta que noten su humedad.

Espero. Espero porque sé que es ella quien ha de llevar las riendas. Entonces en algún momento, en aquel lugar de sombras donde cada segundo cuenta y a la vez importa poco, murmura entre los dientes apretados: “la vida es una perra cínica ¿lo sabías?”

Me cuenta entonces su dolor, su rabia por la vida: que mientras unos celebraban ella se deshacía en lágrimas, que un nudo se atascaba en su garganta mientras recitaba las palabras que otros querían escuchar, desterrando toda sospecha de que en ese mismo instante su corazón estaba siendo masacrado y su alma atravesada por mil cuchillos a la vez. Me dice que salió de ese lugar tan pronto como pudo, quería echar a correr y no regresar jamás. Agradeció la soledad de su rincón que le acogió con una macabra risa de burla.

Ya no quiere luchar más, ni esperar más, ni soñar, ni suplicar. Mira la silla vacía frente a ella, y noto que se aleja en los recuerdos. Sonríe. Llora. Toca instintiva su mejilla lacerada y siente el golpe que lleva ahí. Aun duele.

Vuelve a mí y en su mirada hay alguna interrogante. “La vida es una perra cínica” –me repite– y que sabe que la vida ya ha sellado su destino, ahí, en su rincón, entre las garras de las sombras y los idiotas que bailan a su alrededor, y que le tienden la mano de vez en vez para sacarla a pisotear algún compás de baile, entre un trago o dos. Me gusta verle bailar porque es como una brisa que lo envuelve todo, pero termina siempre arrepintiéndose, y regresando al mismo sitio.

Dice que un día ya no esperará más, tomará en serio las riendas, y acabará con su dolor; que la mejor forma de burlar a la vida es dejando de existir. Las palabras arrancan lo poco de cordura que le queda. Se recuesta sobre mis piernas y llora con desconsuelo. Yo no puedo evitarlo, y lloro con ella.

 

 

Ella

La reconocí una noche, estaba sentada en un rincón, sumida en algún recuerdo. En realidad la conocía desde siempre, pero solo hasta esa noche la vi claramente. Dirigí mis pasos hacia ella, con cautela, y me senté a su lado; me miró casi imperceptiblemente y sonrió, una sonrisa hermosa, pero triste.

Contó entonces las historias más intrincadas de su alma, aquellas que no solía contar a nadie, y en la tenue luz de su rincón, sus ojos parecían destellar un brillo de humedad. Sentí que un lazo ligaba nuestras almas, algo inquebrantable, vital.

Esquiva la mirada cuando habla, pero no porque esconda alguna verdad, sino porque sus ojos muestran siempre algo más, y ella lo evita. Sabe que le miran y murmuran que está sola en su escondrijo, pero aprendió a que no le importe. Mira fijamente la silla frente a ella y no se que piensa entonces, pero creo adivinarlo.

Desde esa vez visito aquel lugar cada noche, le busco entre la gente y ahí está, inmutable. A veces le observo solo de lejos, y disfruto de su juego cuando alguien, por azar, se sienta a su lado. Pero luego vuelve a quedar triste, cuando el juego acaba. Y vuelve a quedar mirando el sitio frente al suyo, con la mirada perdida y la humedad escondida por las sombras.

Me gusta verle bailar, porque siento que se vuelve viento, y seducción. Pero al final se avergüenza, de sus ademanes rústicos, de su desenfado, de su embriaguez.

Solo yo sé su secreto, porque aún cuando no habla lo siento dentro de mí, el tirón de sus latidos cuando llueve, el palpitar de sus entrañas si le toca un rayo de luna, el desgarrar de su alma cada vez que la marea le sobreviene.

Le digo que le abrazaré por siempre, y sonríe con ese mohín triste y hermoso, me traspasa su languidez. Toma entonces mi mano entre las suyas, me mira fijo, y sin mostrarse esquiva, sin esconderse, me pide que mejor le cuente mi historia.

Y esta vez soy yo quien llora.