¿Me incluyo?

(He insertado un documento adjunto, algo que escribí luego de haber publicado este, tras ver un programa de televisión que consiguió sacar aun más mi indignación. No pretendo levantar más polémica, ni siquiera provocar más comentarios, el documento es simplemente algo que me vi obligada a sacar fuera, al menos decirlo, ya que no puedo hacer más. Creo que responde un poco la pregunta de ¿qué es lo que pretenden hacer en las escuelas? Leerlo o no ya queda por parte de ustedes, por mi parte intentaré que sea lo último que hable sobre el tema, al menos hasta la próxima campaña.)

La sexualidad adulta es cuestión de cada quien; el individuo, cuando alcanza la madurez sexual, ha de ser libre de satisfacer sus demandas carnales del modo en que mejor le parezca, y tiene además el derecho a que sus gustos y preferencias sean respetados, más allá de la aceptación y/o la comprensión.

En nuestro país se ha venido llevando a cabo desde hace unos años una campaña contra la homofobia, que intensifica su influencia en los días cercanos a la jornada de celebración, el 17 de mayo. Galas culturales, coloquios, festivales de cine gay, y hasta la sonadísima conga, en plena Rampa capitalina, de lesbianas, gays, travestis, transexuales y toda persona que simpatice con su causa. El día contra la homofobia ha devenido en un ámbito amplísimo de iniciativas exuberantes en pos –según se dice– de la inclusión de estas personas con inclinaciones homosexuales en la sociedad sin que tengan que sufrir humillaciones ni discriminación.

Hasta ahí de acuerdo. Nadie tiene el derecho de perjudicar o disminuir a otro simplemente por una elección personal que no afecta a terceros, sino que le hace disfrutar de su vida en un modo que considera es el indicado para sí mismo. Esto aplica tanto para la sexualidad como para cualquier otra arista de la personalidad. La represión a la que fueron sometidas tantas personas simplemente por tener una identidad sexual diferente a la de la mayoría en años pasados ha sido justamente erradicada en estos contemporáneos. Pero si ya ha sido erradicada ¿para qué seguir haciendo campaña?

Lo que en un inicio fue una causa justa y fundamentada se me hace que se nos ha convertido en una fiesta desparpajada, en una excusa para resaltar una condición que, si en verdad lo que quiere es ser aceptada como “normal”, está haciendo todo lo opuesto enfatizándolo de ese modo, haciendo tanto llamado de atención, convirtiéndolo en una imposición. Si lo que en realidad quieren es “normalizarlo” entonces deberían actuar de modo “normal”, como los heterosexuales, que hasta ahora no he visto que desfilen con rumba y pancartas anunciando su orientación sexual, simplemente son heterosexuales y punto, no hay que andar anunciándolo tanto. Me parece que el respeto que se pudo ganar con el argumento sólido que sí llegó a convencer a la mayoría y consiguió la inclusión social de estas personas con inclinaciones sexuales diferentes, lo están poniendo en apuesta al montar innecesariamente un circo alrededor del derecho humano, han cambiado la seriedad de un tema que afectaba social y psicológicamente, por la burla ridícula de trajes coloridos y brillantes, maquillajes excesivos, silicona y desfachatez.

Pero hay amparo, la sonada campaña va de la mano del CENESEX y el renombre. El que puede, puede. Y yo me pregunto ¿por qué el Centro de Educación Sexual ha concentrado sus fuerzas y atención en la lucha -ya sin causa- por la sociedad LGBT, habiendo otros asuntos de educación sexual que no tienen menos importancia ni ameritan menos atención? ¿Qué pasa con el resto del universo que conforma la educación sexual? No se, pero aquí parece haber algún interés personal marcado… digo yo.

Pero bueno, vamos al punto que en realidad me trajo a escribir esto, que tanta tela tiene para cortar el temita que acabé hablando de otras cosas. Al parecer cada año se buscan nuevas iniciativas que sustenten la campañita, nuevos lemas, y eventos novedosos. Este año, alguien dio con la tremendísima idea de incluir la temática de tolerancia homosexual en el programa educacional de nuestro país. Y hasta aquí llegó mi aceptación. ¿Hasta dónde quiere llegar la dirección del CENESEX? Es que esta cuestión ha pasado de ser una causa de aceptación y la no discriminación a una casi imposición, es como diciendo: “si en casa no te enseñan lo que yo quiero, pues te lo digo yo en la escuela, obligatoriamente, al final tengo el poder para influir en el sistema educacional cubano” ¿Tiene acaso el CENESEX el derecho de inculcarles tendencias sexuales a nuestros niños, o es esa tarea de cada madre y padre? No se, yo no lo entiendo, que cada padre tenga que consentir que se le estimule a sus hijos a ser gays o lesbianas, que le llenen la cabeza de conceptos y argumentos que, les guste o no, tendrán que aceptar. Y no podemos dejar pasar por alto el hecho de que es justo en edades primarias cuando son más vulnerables a la absorción de modos de conducta, y que además en esta etapa los niños aun no tienen una identidad sexual plenamente definida, no es raro ver a un pequeño confundido ante la diferencia de sexo entre hembras y varones, así como la elección que debe hacer según su género. ¿Qué harán los padres cuando los hijos les lleguen a casa con conceptos de sexualidad distintos a los que ellos prefieren inculcarles?

No creo que el CENESEX ni nadie tengan derecho a esto, a condicionar las mentes infantiles a que crean del modo en que ellos creen ¿Qué será lo siguiente? ¿Una conga infantil por La Rampa? Es que ya me da miedo esperar lo que traerá la campaña del año que viene. Si la idea es trasmitir a los niños una intención de no discriminación ¿por qué se centran solamente en la homofobia habiendo otras formas discriminatorias a las que puede ser sometida una persona? En mi opinión se han pasado, porque yo estoy de acuerdo con eso de tener una mentalidad abierta y el respeto absoluto por la individualidad, pero ya cuando se trata de un niño es otra cosa, el niño es responsabilidad principal de sus padres, y nadie puede imponerle a un hijo ajeno una educación contraria a la que sus progenitores quieren, y menos en un tema tan delicado como la sexualidad, que de un modo equivocado puede marcarte para toda la vida. Yo estoy completamente en contra de toda manifestación de discriminación, también hacia los homosexuales, pero no, No me incluyo, no cuando las mentes infantiles están en juego.

Alegato

Sin muñecas pero con meneo

28 de septiembre, fiesta de los CDR, retumbaban los bafles en los bajos de mi edificio llenando cada apartamento con las estruendosas notas del reguetón. Una canción se repite una y otra vez; y cada vez, cuando suenan los primeros acordes, las niñas chillan de emoción y hacen una especie de cordón para bailar al unísono mientras corean:

“Vamos pa´ un hotel, o pa´ un alquiler, dale tati, estoy pa´ party. Y tú vas a ver lo que te voy a hacer, ´toy pa´ sexo, to´a la noche en eso. Tengo money, mucho money ah ah ah…”

Sabes que son niñas, pero las ves bailar y piensas “son mujeres”. Una con un short diminuto, otra aun en uniforme de primaria, otras más en culero. Sí, en culero. No puede tener más de dos años, y baila a la par del resto: primero pone sus manitas en la cintura y se menea haciendo círculos, luego temblequea su cuerpecito frenéticamente, acto seguido, cuando la canción suelta acordes rápidos y repetitivos, se tira al piso, como sus compañeras de baile, rodillas y manos en tierra, y a partirse la columna vertebral se ha dicho, empinando y bajando las nalguitas al ritmo de la canción. Son niñas y ya no juegan con muñecas, ahora perrean.

Hay un niño, tendrá unos cuatro años, aunque luce un poco más pequeño. Se pega detrás de la niña que ha de tener unos ocho años, y por supuesto, no llega a la zona en la que hombres y mujeres se pegan al bailar reguetón. ¿Qué sucede entonces? La niña se agacha, y se mueve restregando su trasero contra la entrepierna infantil, se agacha y sube lentamente bien pegadita, toda una faena de excitación. Pero luego parecen cansársele las rodillas y vuelve sobre su altura, el pequeño queda otra vez desnivelado. Pero todo sea por el crecimiento precoz, por la pérdida de la niñez, que no nos ataque el síndrome de Peter Pan: viene otro pequeño, de edad mas o menos como la niña que baila, carga al de cuatro años y le lleva hasta su objetivo; luego lo pasa de niña en niña ¡A restregarse se ha dicho!

Son niñas pero ya no juegan a las muñecas, ni a los yakis, ni ven en un simple roce de labios el transgredir de los parámetros de sus edades, son niñas que cantan letras como esa aunque no sepan exactamente qué significa pasar “to´a la noche en eso”. Un poco más atrás las madres observan y ríen. Al otro lado, jóvenes varones les miran, y no dudo que alguno fuera marcando a la que, dentro de dos o tres años, pueda disfrutarle un buen perreo, como a la adolescente esa que daba movimiento a su cuerpo entre los dos chicos que la flanqueaban.

Pero no fue ahí dónde escuché la canción por primera vez, sino en el cumpleaños de una de las niñas del edificio, la semana pasada. Un cumpleaños hasta las tantas de la noche, a  golpe se party, sexo y money. Difícil la tienen los padres que quieran criar a sus hijos en el paso prudencial de la vida, creciendo de  a poco, sin asesinar etapas; difícil les será porque sus hijos no tendrán con quién corear las canciones infantiles, ni sabrán cantar las canciones adultas en los cumpleaños de sus amigos. Difícil la tendrán los niños bien criados, porque serán diferentes del resto, de la mayoría, de los niños-adultos.

Sé un hombre (II)

Aquí les dejo la segunda parte de la historia para que vean como terminó el problema. Pudo haber sido de otro modo pero fue así como acabó el asunto aquel día.

II

El Director intervino antes de que el hombre descargara su furia una vez más sobre el rostro del muchacho. Intentó calmarle, hacerle ver que ese no era el camino, mucho menos la solución. Pero el hombre parecía fuera de sí, para él su hijo era un cobarde y aquello era inadmisible.

Mandó que buscaran al otro chiquillo; al problema había que darle una solución definitiva. Miró a su hijo con rabia y desaprobación, sus ojos parecían destilar algo similar a la repugnancia. “Ahora yo te voy a enseñar a ser un hombre”, le dijo.

El chico se sintió pequeño, indefenso, inservible. Se sintió estúpido y cobarde. Quiso ser como su padre, que enfrentaba el problema de frente y no salía corriendo con el pánico en los ojos y los bolsillos vacíos. Quiso golpearse a sí mismo por derramar aquellas lágrimas, quería secarlas y dar la cara, y solucionar él mismo aquel problema. Pero él no podía enfrentarse al otro, no podía. No era un hombre como su padre.

Entonces vino bajando las escaleras un profesor acompañando a un alumno; el maestro a paso ligero, el otro a su paso. El padre del niño salió como un bólido hacia las escaleras, dispuesto a enfrentar a aquel que había estado haciendo de su hijo algo menos que un hombre.

Román era alto, un negro delgado pero macizo. Extremidades largas, manos grandes y pesadas. Tenía cara de maleante cínico, caminaba a paso lento calculando todo, midiendo las distancias y las reacciones. Era salvaje, amenazador, agresivo.

Vio venir al padre del chico con aquella actitud de alpha, dispuesto a someterle, y su adrenalina se disparó. De un salto cambió su postura a la de un luchador: sus piernas separadas, sus puños en alto, su rostro de depredador contraído en una mueca amenazante, su mentón algo elevado, desafiante. Román no tenía miedo.

Los espectadores contuvieron el aliento. Los ojos del niño se agrandaban como dos lunas llenas. Un repentino silencio invadió el lobby de la escuela. El padre paró en seco.

Los segundos siguientes casi se tornaron en comedia. Hasta hoy nadie puede explicar cómo sucedió aquel giro. Cómo el rostro de aquel hombre pasó a ser de rojo rabia a palidez ceniza, cómo su ira, incontenible hasta hacía un momento, dio lugar a la calma y la mesura del entendimiento civilizado a través de una conversación, cómo su brazo terminó rodeando los hombros de Román mientras intentaba parlamentar una solución.

Solo ellos sabrían cual sería la salida encontrada, cómo fue que logró librar a su hijo de aquel problema, si acabaría realmente con la amenaza o heredaría la condena. Lo que sí quedó claro para todos – para su hijo- es que no fue precisamente «siendo un hombre» que enfrentó al acosador.

Sé un hombre (I)

Esta es una historia real que recordé cuando debatíamos sobre el post de los hombres que pegan a las mujeres. Puede que no sea exacta, pero colinda bien de cerca con la realidad. Algo más para reflexionar.

I

El chico subió las escaleras corriendo, entró a la casa todo sudoroso, temblaba. Cerró la puerta y se abalanzó por el pasillo en busca de su cuarto. Todo lo que quería era encerrarse ahí, dejar el mundo afuera.

Pero el destino es cruel, se deleita en la negación de las añoranzas; aunque su peor crueldad no sería la voz del padre deteniéndole desde el final del pasillo, pronto vería que el destino podía ser incluso más injusto.

El hombre se acercó despacio, sabía que algo no estaba bien, veía en la expresión de su hijo algo inusual. ¿Miedo? ¿Aquello era miedo? Entrecerró los ojos y le preguntó en un susurro -más amenazante que sosegado- qué había pasado.

El chico no quería hablar, pero sabía que era mejor decir de una vez toda la verdad; la situación se había prolongado ya por mucho tiempo y se hacía demasiado pesada para sus hombros adolescentes: había otro chico en la escuela que lo acosaba.

Esa vez había traspasado los límites del Centro y se había aparecido en su casa. El pánico le inundó al ver que había averiguado su dirección y se apostaba en los bajos del edificio esperándole. Metió su mano en el bolsillo del pantalón, sacó algo de dinero que guardaba allí y se lo entregó al otro. Acto seguido se desprendió corriendo escaleras arriba.

Al día siguiente el padre fue a la escuela, bajó de su auto con altivez y entró como si fuera dueño del lugar. Una vez en la Dirección mandaron a buscar al hijo con la intención de esclarecer los hechos y encontrar una solución al problema.

El niño contó toda la historia. Narró cómo el otro lo acosaba pidiéndole dinero; explicó que tenía que entregárselo porque aquel era un fronterizo, era temerario y brutal. De pronto se sintió aliviado, confiado al verse rodeado de esos adultos que se preocupaban por él, su padre, sus maestros, que pondrían fin a su tortura de una vez por todas. El chico contó todo, cada demanda y cómo cedió a éstas.

De repente un golpe sonó, fuerte, certero. El chico tenía la cara enrojecida, y rápidamente comenzaba a inflamársele. Comenzó a temblar sin comprender; lloraba, quería aguantar pero lloraba, no podía contenerse, los sollozos le ahogaban. Los maestros se habían quedado boquiabiertos, comprendían tanto o menos que el muchacho. Nadie lograba entender por qué el padre le había propinado semejante bofetón.

De repente el hombre estalló en cólera, dejó salir toda su ira gritando: “!¿Y tú le diste el dinero? ¿Tú cediste al chantaje? ! ¡Tú lo que tienes es que fajarte! ¡Sé un hombre, coño, y fájate!”

Ésa había sido la reacción de su padre, su tutor, su protector…