Del gimnasio al aceite

Hace unos días llegaba a mi casa, y vi sentados en la parte de afuera del apartamento de los bajos a dos jóvenes, adolescentes aun, sumidos en una maniobra que, si bien yo ya sabía que se hacía, nunca había visto. Quedé algo estupefacta, y preocupada. Uno de ellos inyectaba aceite de cocina en los brazos del otro.

Una jeringuilla llena, bajo la piel, directo al músculo. Cirujano estético y enfermero autodidacta por cuenta propia. El otro, inmutable, se somete al riesgo sin pestañear siquiera, en su mente lo que prima es aparentar músculos desarrollados sin tener que quemar horas en el gimnasio.

Tuve una época en la que iba al gimnasio cada día, me encantaba; hacer ejercicios te deja una sensación placentera en el cuerpo, y en la mente. Tras el agotamiento doloroso de los músculos en la primera semana viene una fortaleza muscular y una disposición del organismo para cualquier actividad que se disfruta mucho, te sientes bien, ligero, activo. Hacer ejercicios es mucho más que simplemente lucir músculos tonificados.

Pero hoy la cosa ha cambiado –como en casi todo–, ya los chicos no quieren ir al gimnasio, sino que aceleran el proceso, imitan la apariencia de crecimiento y endurecimiento de los músculos a través de sustancias, pastillas y química. Olvidan lo que más importa: la salud, ésa que ponen en riesgo al inyectarse o consumir esas sustancias, ésa que evitan al dejar de lado el ejercicio físico.

Es hermoso ver a los chicos en el gym, en camiseta, sudados, ver el movimiento de los músculos bajo el esfuerzo de las pesas o las barras, constatar como semana tras otra van dejando la debilidad a un lado para mostrar bíceps más crecidos, muslos endurecidos, abdómenes planos y, sobre todo, una salud de hierro. Es triste y preocupante, en cambio, ver cómo arriesgan su calidad de vida en pos de una apariencia ficticia, cómo compran una imagen con monedas de salud.

El Rey

Este es una especie de homenaje, aunque él nunca lo lea, aunque nunca sepa las palabras que inspiró. Surge a raíz de su prematuro retiro, tan injusto e inmerecido; y porque siempre le he admirado.

A Ariel Pestano

Hay hombres que nacen grandes, y por más que les empujes hacia abajo no dejan de crecerse; hay hombres que nacen estrellas y aunque les escondas no mengua su luz; hay hombres que por el odio de uno reciben el amor de muchos. Él es un hombre de esos: Ariel Pestano.

Entregó su vida al béisbol, y fue poco a poco haciéndose sentir hasta que a golpe de puro talento y esfuerzo alcanzó la corona que le ungió como el mejor receptor de esta isla por muchos años, y uno de los mas grandes peloteros en la historia de este deporte en Cuba.

Se le veía en cuclillas el terreno, como felino que espera la oportunidad de demostrar su fiereza; gritando al de tercera base, dando instrucciones al pitcher, frustrando al corredor que pretendía alcanzar la almohadilla sin reparar en el gigante guardián que hizo de la superstición del número 13 la ventura de una carrera deportiva de lujo. Temperamental en el terreno, pero sencillo y amistoso en la vida.

Yo le conocí una vez, le abordé como hacen las adolescentes con los artistas. Venía de un entrenamiento y, aunque seguramente estaba cansado, me atendió con una sonrisa y dedicó unos minutos a conversar conmigo, allí, en la entrada del hotel. Ese día me gané dos besos suyos y un autógrafo que debe estar guardado en algún lugar. De más está decir que revolvió mis instintos de mujer, esos que ya poseía solo al verle jugar a través de la pantalla, pero que sin dudas se agudizaron al ver esos ojos, ese cuerpo, su estatura.

Quiso Víctor Mesa truncarle el futuro que aún le quedaba, y otros a su alrededor ataron a la justicia de manos y pies para que el gran monarca recibiera la puñalada. Lo que no sabía Víctor es que el destino le guardaba una última jugada que sería como bofetón en pleno rostro: un jonrón con bases llenas, decisivo, final. No sabía que le restregaría su hombría ahí, frente al banco rival; mucho menos imaginaba que su inquina haría efervescer el amor de todo un pueblo, consagrándole  su afecto y fidelidad, que le haría subir a un gran trono entre décimas y fuegos artificiales, con unas gradas llenas, y un destino cómplice que parecían gritarle a coro: ¡Salve, Rey de la receptoría!