Mujeres

Es verdad que ustedes son superiores, son capaces de hacer lo que nosotros los hombres no podemos. Me decía un hombre el otro día, mientras yo le ayudaba a realizar una labor que le resultaba imposible a sus torpes manos, mientras en las mías la tarea danzaba cual grácil bailarina. Somos en realidad un complemento, le respondí, nosotras los necesitamos a ustedes tanto como ustedes a nosotras. Y es cierto. Pero también es verdad que si sacáramos un cálculo estadístico veríamos que el diapasón de capacidades de nosotras las mujeres es más amplio que el masculino, las mujeres solemos abarcar más, y casi siempre en menos tiempo, y casi siempre más profundo. Y no me refiero solo a las labores, sino también a las emociones y los sentimientos, a los pensamientos, a nuestra condición de mujer.

Tenemos un día para celebrar que nacimos féminas, y tal vez este día no sea más que una cortesía masculina, pero más allá de eso da un motivo para detenernos a pensar qué significa ser mujer. A veces nos quejamos de que la naturaleza se ensañó con nosotras y nos dio más obstáculos físicos que a los hombres, que nos hizo más frágiles, más limitadas. Sin embargo se me ocurre pensar que son esos pequeños cráteres físicos los que nos engrandecen porque, a pesar de todos ellos, conseguimos igualarnos con aquellos a quienes se les ha denominado sexo fuerte.

No es feminismo, es condición. Las mujeres amamos con una intensidad diferente. No digo que amamos más, porque también el hombre es capaz de amar, digo que nosotras amamos diferente, nos damos de otra manera, una que es nuestra y que solo nosotras somos capaces de sentir y de demostrar. Tenemos ese instinto maternal que hace sonar la alarma de nuestro reloj biológico cuando llega el tiempo. El hombre desea tener hijos, nosotras lo necesitamos, lo gritan nuestras entrañas, nuestro cuerpo nos desgarra por dentro pidiendo a gritos que por favor le pongamos una nueva vida dentro. Y luego la experiencia de gestar: única, incomparable.

Las mujeres somos un torbellino indetenible, podemos ir de la más frágil dependencia a la más empedernida de las voluntades. Nos amamos, nos bastamos, nos sabemos. Ser mujer es portar todo un arsenal de posibilidades ante la vida, un sinfín de caminos posibles, de actitudes –y aptitudes- probables. Sensitivas, emocionales, capaces, esforzadas, voluntariosas, sacrificadas. Amantes, amigas, consejeras, líderes, esposas… Madres.

Las mujeres somos un amasijo de condiciones para enorgullecernos, para celebrar –nos –,  para vivir. Ser mujer es tener la capacidad de darle a la vida una mejor forma, y un mejor color. Es saber moldear la historia, recitar el dolor, trastocar la muerte. Ser mujer es ser grande, es agregar un latido al corazón, es jugar a ser naturaleza.

A todas mis amigas, a todas las mujeres: por ser excelsas, por dotar a la vida de ese ingrediente único e indescifrable que sazona de amor y alegría, por cada pulsación que insuflan  a las venas de la existencia misma. Por ser mujeres. Felicidades.

CubaSí no me publica

Soy asidua a la página CubaSi. Mi rutina diaria conlleva entrar a la página en la mañana para leer varias de sus columnas y comentar, claro está, cuando algún artículo me arranca un criterio. Pero solo me publican el 50% de las veces, la otra mitad echan mi opinión al excusado.

Si el artículo va del logro de una mujer que consiguió tener su hijo tras años de tratamiento, y yo elogio a la ciencia y felicito a la madre hacen público mi comentario; pero si el artículo pretende deslumbrar con un majestuoso hotel –otro más- en un popular entronque capitalino, y vengo yo y hablo de los excesos, las ironías y las hipocresías… CubaSí no me publica. Si alabo un escrito que va de un evento cultural, la sensualidad, o excreto en la progenitora de Donald Trump, cualquiera que se llegue a la página podrá leer mi parecer; pero si, en cambio, digo con todas sus letras que el problema, la causa, el meollo de la plaga de los revendedores no son los revendedores en sí sino otro responsable intocable… entonces lo que escribo no podrá ver la luz.

La cuestión es que CubaSí no se reserva el derecho de censurar las opiniones ofensivas, malsonantes o depravadas, no, los administradores de la página se reservan el derecho de no hacer público cada comentario que no lama los pies de los intocables que mencioné anteriormente, oculta aquellos comentarios que dicen “no estoy de acuerdo”, aquellos que en su honestidad navegan a contracorriente y hacen de la hipocresía de un escrito una revelación de la verdad. CubaSí se niega a la verdad.

La nueva Constitución de la República, que tanto se ha estado difundiendo y defendiendo a lo largo de estos meses, en cuanto escenario les ha parecido pertinente, y para cuya aprobación los cubanos hemos votado en el día de ayer, recoge en el Artículo 54 que:

El Estado reconoce, respeta y garantiza la libertad de pensamiento, conciencia y expresión.

¿Pero dónde está el tal respeto y la supuesta garantía a la libertad de expresión si uno no puede esperar siquiera que su opinión sea publicada en una página oficial? ¿Dónde está la veracidad de ese artículo 54 si una simple opinión sobre temas tan cotidianos es mutilada?

Soy de las personas que dice lo que piensa o calla, prefiero no decir a tener que soltar palabras insulsas de adulonería barata. Seguiré leyendo y seguiré diciendo, y por consiguiente aumentará la cifra de los comentarios que no me publican. Lo que sí no podrán esperar de mí es el silencio ni que sea consecuente con tanta hipocresía. No me publicarán, pero al menos un administrador me lee. Y eso ya es algo, aunque no lo parezca.

De amores y febreros

“Solo el amor engendra la maravilla”
Silvio Rodríguez

Hay que ser consecuentes con el amor, es como ese amante lejano que no dejamos de añorar nunca. Y nos da rabia que se aleje, pero cuando regresa le perdonamos todo y le acogemos con el corazón abierto y dejamos que nos transforme. El amor es nuestro mejor amante.

Cada febrero nos obliga a recordarle, como aquella mejor historia vivida, o como la más anhelada, o la que nos dejó la más profunda cicatriz. Cada segundo mes de cada año nos enlaza nuestra mano con la suya y nos lleva a enfatizar su existencia, a nombrarle, a buscar las mil razones por las que le queremos a nuestro lado, y dentro de nosotros.

Y yo, que tanto y tan profundo amo, y que tan poco amor encuentro, no escapo al impulso casi hipnótico de escribirle a este amante mío contrariado, que se escurre de mis manos y me hace burlas como niño juguetón. No quedo exenta, también mis manos convulsionan las letras que le nombran, aunque en mi interior sospeche que no habrá febrero que me salve de su abandono.

Le aclamamos como gladiadores, nos rendimos ante él sabiendo que quizás por su causa acabaremos con el corazón hecho trizas. Y dejamos el alma en la arena con tal de ganarnos su favor. Le buscamos cual dios salvador, como lluvia para la aridez de nuestras almas. No importan los idiomas, ni las culturas, ni los años; tanto da el color de la piel, o la estatura, o el género. Amamos, todos, al menos una vez en nuestras vidas. Queremos, todos, sentirle al menos por esa única vez.

Mas su trampa es que no funciona en un solo sentido, ha de regresársenos cual boomerang para lograr sentirnos completos, plenos. Entonces yo esta vez –aunque suelo renegar de esta fecha–, lanzaré mi boomerang virtual, en el más profundo deseo de que todos puedan amar y, sobre todo, sentirse amados. Pido por las manos felices en otros dedos entrelazados, por el abrazo cálido, el beso profundo. Que las sonrisas hallen cómplices y las miradas otras pupilas en las que naufragar. Quiero que por esta vez, al menos, llegue a ser el amor, para todo el que me lee y para los amigos, el mejor de los amantes.

Huellas

Tengo un implemento de oficina, de metal, en él descubrí hoy grabados tres nombres, trazados con la escritura irregular de una niña. Esos rasgos son las voces  que me gritan cuanto ha pasado el tiempo.

La niña que alguna vez escribió tres nombres en mi accesorio de buró tiene hoy, aproximadamente, la edad que tenía yo cuando la llevé aquella vez a mi trabajo y le permití jugar con mis útiles de escritorio, y la dejé sembrar la huella del tiempo. La niña cuyo trazo me ha devuelto al pasado es hoy una mujer, que gesta en su interior una nueva vida.

El tiempo no es más que un rastro de huellas: trazos, cicatrices, olores, espacios, juguetes, telas, un corazón grabado en un árbol. El tiempo no es más que aquellas migas que vamos dejando para luego volver sobre los pasos del recuerdo. Es una gota en la piedra, en nuestra vida, que un día nos damos cuenta dejó un orificio con cada vivencia, poco a poco, marcando.

Cada segundo cuenta, cada respiración, cada latido. Cada cosa simple y minúscula. Una voz en el teléfono, un arribo que se espera. He aprendido a amar tres horas entre unos brazos, una puesta de sol, los dedos entrelazados, cada génesis, cada beso. He aprendido a no escatimar emociones, a decir: soy, tengo, voy, ten.

Abro los ojos en la mañana y dejo una huella; transcurre el día y dejo mil. Vivo una vida y son incontables. Solo quiero que, cuando una de ellas me devuelva al pasado, me haga sonreír.

Futuro

Un día amanece y una nueva noticia se instala en tu vida. Un día comienza y te das cuenta de que tu vida está a punto de tomar un giro, quizás definitivo. La vida está hecha de esos pequeños instantes en los que nuestros pasos toman un nuevo rumbo y nos adentramos en lo que llamamos “una nueva etapa”. Nuestra existencia se compone no más de esos tramos de vivencias, esas etapas que van definiendo los pasos que damos, o que son definidas por dichos pasos, según se mire.

Tienes las cartas en la mano ¿Cuál sacar? ¿Cómo saber si va mejor tu mano o la del destino? ¿Cuál será la próxima jugada? ¿Qué cartas servirá la mesa? El punto de partida se bifurca en tantos posibles caminos que sientes que hasta la respiración cuenta para decidir hacia cuál de ellos serás impulsado. Hay que afirmar los pies y dar un paso, bajar las expectativas, mirar al frente.

Así estoy, parada en el entronque del camino. Detenida. Ante mí se abren las veredas y no sé, he de esperar la próxima jugada para saber cuál carta mostraré yo, intentar hacerme de un As. Mi alma se viste de estoicismo, se desnuda de emociones y lucha por abstenerse de sueños e ilusiones. Ha de ser parca en sus intenciones esta alma mía; esperar, solo esperar. Algo cambiará, lo sé, lo sienten mis entrañas, lo grita el aire a mí alrededor: una nueva etapa está por definirse. O por comenzar a definirse, al menos.

Me siento valiente, por no haber sucumbido a mis emociones más oscuras, más lacerantes. Me siento como guerrero ante una batalla, sin armadura, tan solo sus piernas firmes en el suelo y su espada apretada entre las manos. Ante su vista un terreno vasto que anunciará en cualquier momento, no sabe cuándo, un regimiento. Y solo entonces, cuando lo vea llegar, cuando lo tenga ya sobre sí, conocerá si son amigos o enemigos. Solo entonces sabrá si tendrá que batirse, o simplemente guardar la espada y celebrar.

No es más que estar a las puertas de ese que cambia cada día, que nos tuerce y entrelaza a su antojo, que se esconde y venda nuestros ojos, develándose tan solo cuando la cercanía entremezcla su aliento con el nuestro. Es estar ante la incertidumbre de mirar sin ver el rostro, de escuchar sin ver la boca moverse, de esa mirada a nuestra espalda que nos hace sentir que alguien nos observa, sin que sepamos quién. Es simplemente estar a la espera de que llegue ese que llamamos, aunque no le conozcamos: Futuro.

Abre tu puerta, y sé Feliz

Una puerta se levanta frente a nosotros, contamos ya los minutos para poder abrirla de una vez y traspasarla. A nuestra espalda otra puerta abierta, envejecida, espera cerrarse a su vez. Cuantas historias dejamos tras esta última, cuántas nos esperan tras la que aún permanece cerrada.  El ciclo ha llegado a su fin, y otro comienza.

Trescientos sesenta y cinco habitaciones que hemos de cruzar, cada una en el espacio invariable de veinticuatro horas, cada una con su vida propia, con su incertidumbre, su dosis de alegrías y de tristezas. Atrás quedan tantas cosas que hemos vivido, y cargaremos a nuestra espalda lo que podamos y debamos llevar para cruzar la nueva puerta, más otras vivirán ya en el pasado, el que –al cerrarse la puerta–  quedará atrás ya sin remedio.

Mi deseo es que cada amigo tenga frente a si la mejor de las entradas, y el más bello de los recorridos, que cada habitación que les aguarde tras la nueva puerta sea un estallido de júbilo y buenaventura; que lluevan los amores, que se cumplan los planes, que las buenas sorpresas inunden las pupilas, que las lágrimas sean solo de alegría y las risas plaguen cada amanecer y el placer cada anochecer.

Sabemos, sí, ya sabemos, que la realidad estará totalmente matizada, pero yo quiero imaginar que todo estará bien, porque sí, porque lo merecemos, y porque para los amigos solo tengo pensamientos buenos y deseos insuperables.

Vayan acercando pues la mano al picaporte y, mientras, sueñen el mejor de los futuros, la más intensa de las travesías; y cuando esta puerta nueva pase a ser la desvencijada y abierta a nuestras espaldas nos encontraremos nuevamente aquí, y les traeré una vez más los deseos de todo el amor y el cariño que pueda caber en un corazón, un abrazo fuerte y apretado, un beso y un Felicidades del tamaño del Universo.

Felices fiestas y la más feliz de las vidas a todos ustedes que me leen.

De la seducción al desagrado

El sexo, tan importante en la vida de todos –o casi todos– los seres humanos. Y no lo digo en el sentido de la reproducción y preservación de la especie, sino en el sentido del disfrute y el placer físico. Uno de los mejores placeres carnales, y un llamado fisiológico, nuestro cuerpo está diseñado para demandar este goce, y vivirlo a plenitud cada vez. El sexo, algo en lo que comenzamos a pensar desde que aun somos niños, y que nos absorbe como un vicio una vez que lo probamos.

No voy a venirles con mojigaterías, seré honesta: yo no veo nada de malo en tener sexo en una primera cita si el llamado es genuino por ambas partes, si una cosa lleva a la otra y ambos se desean lo suficiente como para desterrar los prejuicios y preceptos sociales y morales, y darse un buen revolcón. Por mi está bien, no hay que imponerse un número determinado de citas para finalmente irse a la cama. Tampoco le veo el gran problema a tener sexo con una persona que acabas de conocer, si saltó de repente la chispa, y la química es buena.

¿Qué es lo que me molesta entonces? La imposición, la predeterminación, el acondicionamiento.  La relación sexual entre un hombre y una mujer es algo que debe darse de un modo natural, cuando la carne llama y las entrañas tiran, si el fuego se enciende y ambos quieren quemarse. No debería ser de otro modo. Pero hoy en día la perspectiva ha cambiado hasta el punto de que –en mi opinión– está en riesgo de perderse la espontaneidad. Ahora cuando un hombre invita a una mujer a salir lo hace pensando en el “happy end”, ya es como una condición, como un paso a paso que ha de terminar irremediablemente en la cama, y que ha de cumplirse con todo rigor. Cuando un hombre invita a salir a una mujer no lo hace pensando en “salir a tomar algo, conversar, tal vez bailar, o ir al teatro, a una exposición… y regresarla a casa”. No. Cuando un hombre invita a salir a una mujer lo hace pensando en “ir a tomar algo (sexo), bailar (sexo), conversar (sexo), y luego sexo”.

A mí la verdad es que me tiene un poco harta semejante actitud,  que no se valore ya el irse conociendo de a poco, el ir descubriendo la atracción en la conversación de hoy, el café compartido del día siguiente, la llamada telefónica, hasta que un día, por sí solo, llegue el placer carnal.

Es cierto que a la mujer le toca imponerse, que si decimos “no”, pues es “no”, pero no crean, se siente la presión, la de la persona con la que estamos compartiendo, la de la sociedad que asume como cada vez más extraño el tomarse un tiempo para dejar que las cosas fluyan por sí mismas, que caigan por su propio peso. Y luego está el hecho de que, aunque te impongas y digas “no” ya te queda el aquello de saber que en la mente del tipo prima un pensamiento: sexo.

Los que me conocen bien –y me refiero a bien bien– podrían pensar que este escrito mío resulta un poco contradictorio, pero fíjense que yo hablo de la premeditación, de matar la creatividad, de anular la posibilidad de que exista pleno disfrute sin tener que terminar necesariamente en la cama, sino en una despedida en la puerta con sabor a promesa de un nuevo encuentro. Se trata de ver a la mujer como algo más que un fin para el placer del cuerpo, de hacer valer la importancia que tenemos, apreciar en nosotras los valores y virtudes que poseemos más allá del goce que les brindamos entre nuestras piernas.

Tal vez todo sea producto de la misma vorágine vertiginosa en la que se ve envuelta la sociedad, que nos ha hecho ir más aprisa, soltar lastre, cambiar preceptos. Pero pienso que bien viene preguntarnos: ¿Vale realmente la pena olvidarnos del placer de la naturalidad y la espontaneidad? ¿Vale la pena encerrar al sexo, tan disfrutable y placentero, en la premeditación, en una imposición psicológica? Yo creo que no. No sé, tal vez estoy cambiando, o he comenzado a transitar mi etapa más adulta, o sencillamente me he saturado. Como sea, más allá de mis razones subjetivas, pienso que vale la pena reflexionar un poquito sobre esto. Estoy convencida de que el sexo se disfruta mucho más cuando existe verdadera química entre los dos, de forma natural. Sí, es muchísimo mejor, se los aseguro.  

Sueños en la chistera

Tengo un par de amigas que tienen manos mágicas. Muchos aquí las conocen, otros no. Mis amigas escriben mojando la pluma en su corazón, cada trazo es un poco de vida, y un poco de ellas mismas. Cuando visito sus blogs me rehago, son el aliciente que tantas veces necesito. Ellas han escrito -a petición mía- su «Sueños en la chistera», tan espléndidos y cautivadores sus escritos que ya este mío precisa de aquellos como apoyo, como complemento. Les invito a leerlos, encontrarán los links al final de mi Sueños…

Duda, Vivian… gracias por estar, chicas.

 

“Mientras las musas no me den la espalda brindaré bajo un pliegue de tu falda por Dylan, por Brassens, por José Alfredo. Y seguiré cantando y blasfemando contra todos los dioses, celebrando las ganas de vivir, muerto de miedo.  ” (JS)

Un sombrero, una guitarra, y una musa que guarda en su cofre las mejores frases, y se las sopla en el aliento de un beso que deja en su boca. Es un hechicero disfrazado de poeta y de músico, agita su varita en forma de cuerdas, destapa su sombrero en forma de voz, y se hace la magia.

Irreverente, desenfadado, inteligente, exquisitamente cínico. Su arte es único, y es personal. Con su voz que lastima melodías, que rasga los sonidos, que más que cantar, dice, nos regala las historias de los amores perdidos, de las pasiones encontradas, de las fulanas y los desdichados. Sus canciones se entierran en los sentidos, no pasan desapercibidas a la intención, serpentean por la mente escarbando ahí, regando, estimulando. Nos enamora, nos teje una red de metáforas y frases perfectas y caemos, o mejor dicho, nos lanzamos al encuentro voluntario, le pedimos que nos cuente una y otra vez sus historias, las que esconde su guitarra, las que ocultan los años y las madrugadas.

Yo le veo como una perfecta compañía para una noche bohemia, esas noches de empapar el alma en el alcohol, mirar dentro de sus ojos entre la penumbra y el humo de su cigarrillo, derrochar los corazones, acariciar la guitarra hasta el cansancio, desafinando sus canciones mientras él, gentil, juega a no darse por enterado, riendo, disfrutando, viviendo las horas más hermosas del mundo. Retozando en las banquetas, dando vida a la barra, intentándonos una suerte que nos dure solo esa noche, no se precisaría de más, bastaría el sueño de esas horas.

Cómplice de tantos solitarios, de los buenos amores; profeta en su propia tierra. El rey, el maestro. No habrá música contada ya sin su presencia, se ha grabado para siempre su nombre entre los grandes, entre los imprescindibles. A mi me cautivó desde el primer encuentro, la vez aquella que decidí probar de su néctar, del delicioso sabor del soplo de sus musas, y me abrazó con tal fuerza, fue tan exquisito su calor, que ya no pude ni quise soltarme. Desde entonces voy pegadita a sus huellas, colgándome de sus brazos cuando el alma se me pone errante, cuando enloquece desbordada de un sabor agridulce.

Estoy segura de que si algún viento del deseo me arrastrara hasta su encuentro marcaría en mi vida un antes y un después. Tengo la certeza de que algún tipo de magia reptaría por mis huesos como enredadera, adueñándose de mi tiempo y de mi espacio, de mi luna de esa noche, de mis sueños y mis lágrimas. “Si me cuentan mi vida lo niego todo”, ha dicho, y a mí me daría igual quedar entre lo no contado, me daría igual, siempre que quede entre lo guardado, entre esas cosas vividas que traes al recuento de los buenos momentos, con tal de ser parte de esa realidad atesorada entre las risas y las nostalgias.

Es un hechicero, lo tengo claro, no podría ser de otro modo. Y tiene las musas más fieles y cómplices, las más inspiradas. Y así, entre magia y arte, nos hechiza cada vez. No sé, se me ocurre que tal vez colecciona trocitos de nuestras almas bajo su sombrero.

Joaquín Sabina

 

Sueños en la chistera 2: Vivian

Sueños en la chistera 3: Duda

Revendedores, o el cuento del huevo y la gallina

Temáticas que llueven sobre mojado en nuestra sociedad hay de sobra, esta es una de ellas. Sin embargo, aunque muchas veces se ha traído a colación en diferentes plataformas, yo me atreveré a tocarla una vez más, principalmente porque he visto que por lo general las opiniones difundidas han sido fustigando a los revendedores, pero a mí no me queda tan claro.
Los revendedores suelen tener de todo –o casi todo, que no es lo mismo pero es igual– lo que uno necesita, pero por supuesto a un precio superior al que se oferta en el mercado estatal. No pocas veces les he visto acaparar un producto determinado, llevárselo por cantidades para luego ofertarlo en lugares donde no los hay. Pero ténganse en cuenta que no todo lo que venden les llega a través del acaparamiento, sino que muchas veces les vienen por el trasfondo de la sustracción ilícita en almacenes, fábricas, etc. Pero lo cierto es que contribuyen al suministro de artículos de primera, segunda y hasta tercera necesidad en nuestros hogares; entonces, he aquí la disyuntiva que surge en mi cabeza: ¿por qué tiene éxito el negocio de estas personas?
Nos quejamos cuando no alcanzamos galleticas dulces, habiendo hecho la cola, debido a que tres o cuatro revendedoras acabaron con toda la que había; pero a la vez agradecemos cuando no ha venido la íntima a la farmacia y la mujer de la esquina tiene. A diez o quince pesos el paquete, pero tiene. ¿Entonces, son villanos o salvadores? Sé que no deberían existir, sé que acaban con el bolsillo de la gente, que se llevan los productos de los establecimientos negando a otros la posibilidad de comprar, pero ¿qué nos haríamos sin ellos en muchas ocasiones, cuando el mercado estatal se pasa meses sin ofertar y el mercado negro viene a salvarnos de la inexistencia?
Entonces me planteo lo siguiente: ¿Si el estado nos ofertara los productos que necesitamos tendría cabida la existencia de los revendedores? Pero a la vez podría existir el cuestionamiento: si los revendedores no acapararan todos podríamos comprar lo que necesitamos en los establecimientos estatales. Esperen un momento ¿en serio? ¿todos? En mi opinión lo que sucede es que la oferta estatal no es estable, ni continuada, ni suficiente; hoy hay, mañana no sabes, entonces vienen estos seres inteligentes del mercado y guardan pan pa´ mayo, porque saben que si no lo compras hoy luego te puedes pasar meses sin encontrarlo ni en los centros espirituales. Entonces ¿No hay productos en los establecimientos a causa de que los revendedores existen, o estos existen a causa de que no hay productos en los establecimientos? ¿Son ellos los verdaderos culpables de su propia existencia? En mi opinión, un mercado plena y continuadamente abastecido acabaría con este negocito. Claro, es más fácil decir que no hay tal o mas cual producto porque ellos se lo llevaron y no porque yo no los oferto con suficiencia y estabilidad.
Se ha creado la costumbre de ver los problemas a través de un cristal con el color que conviene, a buscar culpables debajo de la tierra, aunque no sean los verdaderos culpables, a inventar justificaciones en vez de encontrar soluciones, certeras y definitivas. Se ha creado la costumbre de esconder la basura bajo el tapete. Los revendedores son una plaga social, sí, pero generada por un germen mayor: la escases.

Sangre

A la Nube,
mi musa esta vez.

Jéssica y Tony caminan de la mano, haciendo planes para sus vidas. Todo es tan perfecto. La madre de ella y los padres de él van a conocerse al fin, ellos vivirán juntos y formarán una familia, unida y feliz. Les parece mentira que el tiempo haya pasado tan deprisa, y que el amor les haya inundado de esa manera. Recuerdan cuando se conocieron, por azar. Ella paseaba a su perrito cuando él pasó en su bicicleta y casi choca con ella, pero no pudo evitar en el giro lastimar la patica del animal. La montó en la bicicleta y los llevó al veterinario, deshaciéndose en disculpas. No necesitaron mucho tiempo para conectar: los dos amaban a los animales, ambos eran seguidores de la música rock ¡hasta tenían el mismo grupo favorito!, mantenían el mismo sueño de irse de mochileros por toda la Isla, conociendo los montes, bañándose en los ríos, acampando bajo la luz de la luna. Así les llegó el amor, hacía ya un año.

La mañana del domingo Jéssica y Carmen, su madre, se levantan temprano y comienzan a preparar todo. Tony y sus padres vendrán a almorzar, para conocer a la mamá de Jéssica, y ellas quieren que sea un almuerzo especial: una deliciosa comida criolla, un exquisito dulce casero, el juego de platos de la bisabuela –reliquia familiar– ¿Unas velas en la mesa sería demasiado? –pregunta la muchacha, y la madre ríe. Luego ella también.

En otro lugar de la ciudad un ansioso Tony apura a sus padres. Damián, recién afeitado, intenta arreglar frente al espejo sus espesos rizos, demasiado crecidos ya; mientras Mercedes, su esposa, alisa el sobrio vestido beige que la viste y realza su figura, todavía atractiva. Quieren que sea un encuentro memorable, dejar una buena impresión, al fin y al cabo están a punto de conocer a un nuevo miembro de su familia: la madre de una muchacha que ya han tomado como hija. Desde la puerta, a punto de salir –¡papá, las flores!– grita Tony. Damián le enseña el ramo que lleva entre las manos. Sus padres ríen. Él también.

Suena el timbre, Jéssica y su madre se apostan tras la puerta, dispuestas a abrir. La muchacha se adelanta aferrando el picaporte, a lo que la madre responde con una sonrisa cómplice, y la chica abre. Entonces el tiempo parece ralentizarse. Carmen ahoga un grito de estupor tapándose la boca. El ramo de flores cae al suelo. Damián y Carmen traban miradas, estupefactos. Nadie más entiende nada. La mujer no para de tapar su boca y gemir, como si hubiera visto volver a alguien de entre los muertos. Las lágrimas salen a borbotones ahora de sus ojos y mojan sus mejillas. ¡Mamá! ¿Qué pasa? ¡Mamá! Las lágrimas empiezan a fluir también de los ojos de la chica que no comprende la reacción de la mujer. Tony y su madre tampoco comprenden nada, inquieren a Damián para que explique algo pero este ha enmudecido.

– ¡¿Mamá, que es lo que pasa?!
– Papá, háblanos, di al…
– Damián por favor, ¿qué es todo esto? ¿tú conoces a esta mujer?
– Papá…
– ¡Mamá!…

Las voces se sobreponen unas a las otras, el desasosiego puede respirarse mientras el aire parece ponerse cada vez más denso. Carmen da un paso atrás, luego otro, la cabeza entre las manos, mira a uno y a otro sin saber qué hacer. Damián tampoco sale de su estupor. Jéssica llora abrazada a Tony. Y Mercedes empieza a atar cabos. De repente un grito trastornado se eleva por sobre los demás, un golpe de palabras que hace enmudecer hasta al silencio mismo:

-¡Jéssica, este hombre es tu padre!

La mano señala a Damián. Los rostros se deforman en una mueca de terror. Hay reproches, hay histeria, hay dolor. El olor a comida que sale de la cocina no es ahora el preludio de un almuerzo prometedor, sino motivo de náuseas..

Su padre ausente. Su padre inexistente.
Su amor. Su hermano.

Los jóvenes rompen bruscamente el abrazo que los une, y se miran, sus ojos nublados por el llanto. No puede ser. Carmen cae de rodillas, desecha en llanto. Cuatro pares de ojos la miran salidos de sus órbitas. Cuatro bocas enmudecen. Carmen llora, desconsoladamente, pero ya no hay remedio, el pasado ha estallado en su cara, irremediable, como una perfecta bomba de tiempo, enterrando trozos de verdad en cuatro corazones que ahora se desangran frente a ella.