Sangre

A la Nube,
mi musa esta vez.

Jéssica y Tony caminan de la mano, haciendo planes para sus vidas. Todo es tan perfecto. La madre de ella y los padres de él van a conocerse al fin, ellos vivirán juntos y formarán una familia, unida y feliz. Les parece mentira que el tiempo haya pasado tan deprisa, y que el amor les haya inundado de esa manera. Recuerdan cuando se conocieron, por azar. Ella paseaba a su perrito cuando él pasó en su bicicleta y casi choca con ella, pero no pudo evitar en el giro lastimar la patica del animal. La montó en la bicicleta y los llevó al veterinario, deshaciéndose en disculpas. No necesitaron mucho tiempo para conectar: los dos amaban a los animales, ambos eran seguidores de la música rock ¡hasta tenían el mismo grupo favorito!, mantenían el mismo sueño de irse de mochileros por toda la Isla, conociendo los montes, bañándose en los ríos, acampando bajo la luz de la luna. Así les llegó el amor, hacía ya un año.

La mañana del domingo Jéssica y Carmen, su madre, se levantan temprano y comienzan a preparar todo. Tony y sus padres vendrán a almorzar, para conocer a la mamá de Jéssica, y ellas quieren que sea un almuerzo especial: una deliciosa comida criolla, un exquisito dulce casero, el juego de platos de la bisabuela –reliquia familiar– ¿Unas velas en la mesa sería demasiado? –pregunta la muchacha, y la madre ríe. Luego ella también.

En otro lugar de la ciudad un ansioso Tony apura a sus padres. Damián, recién afeitado, intenta arreglar frente al espejo sus espesos rizos, demasiado crecidos ya; mientras Mercedes, su esposa, alisa el sobrio vestido beige que la viste y realza su figura, todavía atractiva. Quieren que sea un encuentro memorable, dejar una buena impresión, al fin y al cabo están a punto de conocer a un nuevo miembro de su familia: la madre de una muchacha que ya han tomado como hija. Desde la puerta, a punto de salir –¡papá, las flores!– grita Tony. Damián le enseña el ramo que lleva entre las manos. Sus padres ríen. Él también.

Suena el timbre, Jéssica y su madre se apostan tras la puerta, dispuestas a abrir. La muchacha se adelanta aferrando el picaporte, a lo que la madre responde con una sonrisa cómplice, y la chica abre. Entonces el tiempo parece ralentizarse. Carmen ahoga un grito de estupor tapándose la boca. El ramo de flores cae al suelo. Damián y Carmen traban miradas, estupefactos. Nadie más entiende nada. La mujer no para de tapar su boca y gemir, como si hubiera visto volver a alguien de entre los muertos. Las lágrimas salen a borbotones ahora de sus ojos y mojan sus mejillas. ¡Mamá! ¿Qué pasa? ¡Mamá! Las lágrimas empiezan a fluir también de los ojos de la chica que no comprende la reacción de la mujer. Tony y su madre tampoco comprenden nada, inquieren a Damián para que explique algo pero este ha enmudecido.

– ¡¿Mamá, que es lo que pasa?!
– Papá, háblanos, di al…
– Damián por favor, ¿qué es todo esto? ¿tú conoces a esta mujer?
– Papá…
– ¡Mamá!…

Las voces se sobreponen unas a las otras, el desasosiego puede respirarse mientras el aire parece ponerse cada vez más denso. Carmen da un paso atrás, luego otro, la cabeza entre las manos, mira a uno y a otro sin saber qué hacer. Damián tampoco sale de su estupor. Jéssica llora abrazada a Tony. Y Mercedes empieza a atar cabos. De repente un grito trastornado se eleva por sobre los demás, un golpe de palabras que hace enmudecer hasta al silencio mismo:

-¡Jéssica, este hombre es tu padre!

La mano señala a Damián. Los rostros se deforman en una mueca de terror. Hay reproches, hay histeria, hay dolor. El olor a comida que sale de la cocina no es ahora el preludio de un almuerzo prometedor, sino motivo de náuseas..

Su padre ausente. Su padre inexistente.
Su amor. Su hermano.

Los jóvenes rompen bruscamente el abrazo que los une, y se miran, sus ojos nublados por el llanto. No puede ser. Carmen cae de rodillas, desecha en llanto. Cuatro pares de ojos la miran salidos de sus órbitas. Cuatro bocas enmudecen. Carmen llora, desconsoladamente, pero ya no hay remedio, el pasado ha estallado en su cara, irremediable, como una perfecta bomba de tiempo, enterrando trozos de verdad en cuatro corazones que ahora se desangran frente a ella.

Este escrito es para mi

No tengo ganas de nada, solo de ti. De tu piel bajo el  sol de mi cuerpo, y esa mirada. No tengo más que el reflejo de asirme a tu espalda, y empujar contra tu alma cada espacio que soy. No tengo más que mi boca, que no encuentra el sabor que da vida a su risa; y estas manos, cuarteadas de muerte, sin saber qué tocar.

Qué sabrán las palomas de amores llevaderos, qué sabrán las historias de plebeyas suicidas frente a un castillo alto, tan alto como el cielo. Que sabrá la cordura en mis noches de rostros volteados para dar sus estrellas a cualquier otro amor.

Cortaré las venas a este sentimiento –perpetuo como el fuego mismo del infierno-, y los tendones a esta mi verdad. Gritaré que no, que no es cierto lo que he dicho, que es muda la certeza de mi pecho, que no existen las manos, que no me tocaron. Cortaré mi lengua, mi estúpida lengua, enferma de súplicas, y la lanzaré al mar.

Qué sabré yo de dormir abrazada a tus ojos. Que sabrás tú de vivir abrazado a mi ser. No tengo más ganas de saber qué es eso, lo que me corroe a ratos la piel, no tengo ya ganas de mirar buscando, de hacerte preguntas, de saber que estás. Quiero que se muera el que inventó la historia de que uno más uno era igual a dos. Qué sabrá la vida lo que es estar vivo llevando por dentro un pútrido amor.

Ella. Decisiones

Si hubiera nacido bajo otra estrella quizás todo habría sido diferente. Murmura en tono quedo, como hablando consigo  misma. No estoy segura de que sepa que estoy ahí, mirándole. Sus ojos llevan un velo lúgubre, y su mirada delata una mezcla de nostalgia y anhelo.

Nuestro sitio conserva el humo gris de tantas noches, nuestra mesa la marca de las uñas, el candil, las lágrimas. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí, conviviendo entre cenizas y el ruido de los pasos? No lo sé, no tengo memoria de los tiempos en que era feliz y no rodeaba sus noches con estrechas paredes de alcohol y desidia. Siento crecer en su pecho –que es mi pecho– un dolor agonizante, un destrozo que apaga los latidos, un fuego abrazador que invade toda razón. El desespero asoma a sus ojos mientras mueve frenéticamente la cabeza a un lado y al otro. Busca a alguien. Le busca desesperadamente entre la gente que ríe en otras mesas, bajo la semi luz. ¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde?! Demanda con ahogo y yo no sé qué responderle. Nunca lo sé.

Golpea su frente con la mano abierta, repetidos movimientos tormentosos, y maldice su estrella. El pecho se me aprieta, no quiero sentirle ¡no quiero! Pero ella es tan mía que dejarle sería morir. Veo un borde de locura en sus ojos, y siento que mi cordura no alcanza para abrazarle el alma. Un dolor inmenso cala en mi propio pecho mientras del suyo manan gotas color carmesí. Se le empapa la blusa pero se esfuerza sobremanera por no advertirlo. No mira. Alrededor los rostros de siempre, y los nuevos, se empeñan en llamar su atención. Se acercan. Sondean. Invitan. Me mira y una sonrisa amplia como un sol llena su rostro ¿Cómo puede sonreír llevando tanta pena dentro? El alcohol, el humo, la penumbra, las risas, los pasos, la lujuria, se vierten como una espesa niebla en el lugar de mala muerte que es la vida, y no puedo respirar.

Se levanta de súbito y sale a bailar. Toma cada mano que se extiende, y baila con todos.  Me gusta verle bailar porque es como si olvidara la daga que la vida sostiene entre sus manos. Se desnuda. Es todo un espectáculo de carnes entre cuerpos inservibles que le acechan. Me mira sin cejar en su danza, un abismo tras el negro de sus ojos. ¡Se ha ido! Me grita por sobre las voces ¡Le he echado fuera! Vuelve su rostro hacia una silla enterrada en el más oscuro rincón, y entonces comprendo: hay un sitio vacío que nadie jamás ocupará.

Da vueltas en tropel, su cara empapada echada hacia atrás, los brazos abiertos. Su boca grazna una carcajada incontenible, máscara de la locura. ¡No volverá! Y ríe ¡No volverá! Y llora. Un pánico helado se apodera de mis entrañas. No soporto el dolor. Descarno mi pecho en un intento de arrancarme el corazón, pero es imposible. Entonces lloro, lloro desconsoladamente, y maldigo su estrella.

Precio mixto

Es un recinto muy conocido que ocupa una de las esquinas más populares de La Habana: 23 y 12. Un sitio al que me llevaba mi madre cuando yo era pequeña, en su ritual ineludible de sacarnos a pasear cada domingo; y almorzábamos ahí, con mucho gusto y un servicio de “Sírvase usted”. Más de veinte años han pasado desde entonces, y la pizzería Cinecittá continúa estando en aquella misma esquina, aunque su servicio ahora está dirigido por las camareras y capitanes del salón.

Llegamos y el lugar nos resulta acogedor; está climatizado, con unos mullidos muebles para la espera, la Carta en la mesa de centro para que podamos ir decidiendo lo que queremos comer. En un rincón un letrero de luces anuncia la barra de un bar, y me hace preguntarme si funciona realmente como tal, y me hace suponer, además, que sería quizás una buena opción para otra ocasión, con otra compañía.

Una sonriente camarera nos incita a tomar nuestra mesa y, una vez instaladas ahí, el diligente capitán se acerca a tomar la orden. Con notable desenvoltura nos dice los platos presentados en la carta que no tienen  en existencia en ese momento, y nos hace saber jovialmente que, aunque no aparece reflejado en el listado de opciones, la pizzería oferta también la modalidad de pizza mixta con una serie de agregos entre los que menciona la casi mítica carne de res, por un precio de 25 pesos en MN.  Nos parece raro que la pizza mixta no se refleje en la Carta, pero no hacemos mucho caso a ese detalle.

Ordenamos nuestras pizzas, decidimos por el jamón. Pedimos además ensalada fría y refresco. Nos parece bien, los precios son realmente accesibles, sobre todo si se tiene en cuenta la calidad de los platos, la cual nos parece realmente buena. Con esto y lo acogedor del lugar podemos obviar que las camareras precisen de un poquito más de entrenamiento, falta que indudablemente equilibran con la amabilidad con que nos tratan. La estancia transcurre tan agradable que decidimos que hay que volver en otra ocasión a por la piza mixta, convencidas de que es una buena opción. Y así lo hacemos, dos semanas más tarde. Se repite el ritual del cómodo sofá y la bienvenida sonriente. Una vez en la mesa nos vienen  a tomar el pedido pero esta vez no es el capitán, sino una joven capitana quien desempeña la labor. Como ya sabemos lo que queremos, y sabemos además que nuestra elección no aparece en la Carta, le pregunto a la muchacha si tienen pizza mixta y, ante su respuesta afirmativa, ordenamos. La velada pasa fenomenal, como la vez anterior, comemos elogiando la confección del plato y tejiendo entre nosotros la promesa de regresar una vez más.

Llega el final y con este la cuenta. El papel refleja letras casi inteligibles pero una cosa sí está clara: donde debía reflejarse un valor de 75 pesos por tres pizzas mixtas se estampaba un exuberante número 120. No entiendo realmente, sabíamos el precio de antemano por boca de aquel capitán de nuestra visita anterior, y así se lo digo a la camarera. Se sonríe de medio lado y asiente enérgicamente entornando los ojos, como quien vaticina un problema, nos dice que esperemos un momento y sale a buscar al efectivo de rescate: la capitana. El argumento explicativo de esta otra es que el servicio de la pizzería se divide en dos turnos: uno vende la pizza mixta en 25 pesos mientras el otro –el de ella- la vende a 40 pesos. ¿Cómo es posible -le pregunto- que una misma Unidad tenga dos precios distintos para un mismo plato dependiendo del turno que trabaje? Su explicación está en los agregos que, según ella, su pizza tiene más productos agregados que la mixta del otro turno; y yo pienso que, paradójicamente, la de ella no tiene carne de res como la del otro turno, el de la barata. Tras unos minutos de reclamaciones y argumentos, de explicarle que debió decirlo al momento de tomar la orden  –como hizo el otro capitán–, y recalcarle que es imposible que en una misma Unidad varíen los precios según el turno que trabaje, pagamos la diferencia. Pero ya no nos supo tan agradable la visita, y no por los 45 pesos de diferencia que tuvimos que desembolsar, sino por sentirnos defraudados, estafados y lo peor, sin derecho a reclamar y recibir a cambio la justicia del pago real.

Mi conclusión, entonces, fue la siguiente: en la emblemática pizzería Cinecittá, de la popular esquina de 12 y 23 en el Vedado capitalino, se estafa al cliente constante y permanentemente. Especulo: La pizza mixta no aparece en la carta porque no está concebida como una de las ofertas del restaurante, sino que es un invento del personal para buscarse los pesos, así de simple. ¿Quién mide la cantidad de agregos que le ponen a una pizza? ¿Cómo lo hacen, por gramaje? Es fácil sacar un poco de esto o aquello y confeccionar una pizza mixta con lo que debió ser, digamos, una de jamón, y cobrar, lógicamente, los 25 o 40 en vez de los 15 que cuesta la de un solo agrego. Luego se rehace la orden, se pone pizza de jamón, o de chorizo, o de salchicha, etc, donde decía mixta, y queda una ganancia limpia para sus bolsillos: 10 pesos en el caso de un turno, y 25 en el caso del turno de los más ambiciosos. Con los primeros te representa una Napolitana, y con los segundos una Napolitana más una con agrego.

¿Cuántas personas comen diariamente en ese lugar? ¿Cuántas piden pizza mixta? ¿Con cuánto dinero arrancado de los bolsillos de la gente se van ellos cada día? Pero una vez más el delito es impulsado no solo por la naturaleza humana y la necesidad imperante, sino por la inexistencia misma, porque ¿no sería lo más lógico poner en oferta la pizza mixta, podríamos decir, a ese mismo precio de 25 pesos que no está mal y así evitar que el dinero vaya a parar a manos particulares en vez de a la caja? Si lo volvieran real le anularían la posibilidad de estafar a la gente. Ah, pero no, desestiman esa posibilidad y le dan de comer al ingenio del cubano, que al final se las ha arreglado para sobrevivir así, “luchando”, o lo que es lo mismo, machacándose los unos a los otros.

De: Las mujeres que me atrapan…

Espíritu en vuelo

“¿Para qué quiero los pies si tengo alas para volar?”

Hay personas que se enfrentan a las cuchilladas de la vida con la frente en alto, sangran y se deshacen, sufren, lloran, pero no pierden la pureza del alma: la capacidad de amar. Hay personas que nacen con un ángel creador, con la magia en la punta de los dedos, y el arte les cubre, les florece. Ella fue así: pura, creadora, mágica.

Quien besó sus labios al nacer, quien le sopló la magia dentro, repartió a partes iguales el dolor y la grandeza. Yo solo había escuchado de su nombre altisonante, tan solo sabía del rumor de una mujer libertina con un soplo de colores, pero ella fue más que una historia profana, mucho más. He tenido en mis manos la historia de su vida y encontré un alma profunda, hasta el centro mismo de su ser. Una mujer brisa y tormenta, sol y lluvia, canto y alarido, una mujer amada e incomprendida, ensalzada y reducida. Y en su pecho la tristeza alzó los puños contra la alegría, mientras sus manos se desbordaban de arte, de vida. Mujer virtud. Mujer autenticidad. El sufrimiento se vengó de su excepcionalidad, se desequilibró la balanza. Pero fue tan alta, tan digna. Por cada lágrima un beso, por cada sollozo una risa. Mujer acuarela. Hadas de mil colores le poblaron, una magia de mil tonos le creció dentro, y la regaló a montones.

Me veo en ella como en un espejo distorsionado, que solo muestra retazos de la verdad, que oculta la mayor parte de lo que es.  Me veo en una mínima parte de su dolor, en una mínima parte de su personalidad. Mas ¡ay! si tuviera yo su gracia, si tuviera yo la estera de luz que –dicen– dejaba al pasar, si tuviera su alma grácil y fuerte, encantadora y vivaz. Su belleza. Si fuera yo tan genuina, tan brisa, tan sol.

Fue benévola la suerte con quienes le conocieron, es cínico el tiempo con quienes ya jamás lo haremos, el tiempo que sepultó un espíritu que no se cansó de pelear por su libertad. Ojos privilegiados, manos de ninfa. Sensualidad destilada en cada risa, en cada mirada.  Amor en el epicentro. Mujer deseada. Mujer amada.

Queda su obra: un ritual, una bitácora. Quedan los colores en sus lienzos gritando sus angustias, las mujeres que fue, las almas contenidas en aquel cuerpo frágil. Quedan los trazos de su grandeza, su sangre al borde de los cuadros, sus gritos de desespero, su honestidad. Queda un hilillo de anhelo casi infantil de querer haber podido conocerle, ser la que se sentó a su lado en aquella fiesta de artistas, la que le compartió tal o mas cual secreto, la que escuchó su canto, consoló su dolor. Queda su magia perpetrando la distancia de los tantos años e inoculándose en esta que, al otro lado del espejo, lleva ya un poco de su historia por dentro.

 

Frida Khalo

Enamorarse

Tus manos no son hermosas
No veo estilo en tus dedos
Pero ¿qué humano reposa si se enroscan en tu pelo?
Pablo Milanés

 

Enamorarse es uno de los más grandes enigmas del ser humano. Y no me refiero al enamoramiento adolescente, a la pasión enraizada, al frenesí de los cuerpos, no; yo  hablo del sentimiento ese que nos carcome, que nos ata a otra persona, y nos cubre, y nos satura, y nos nubla el juicio. Hablo de esa inexplicable sensación de quererlo todo con esa otra persona, y no sabes por qué, no hay un punto de partida razonable, solo sabes que lo sientes, que ya no hay retorno, que te ha puesto el grillete apretado hasta el hueso, y lo sabes porque por más que quieres escapar no puedes, por más que forcejeas sigues en el mismo sitio, mirando al mismo borde de esos ojos. El enamorarse no conoce explicación ¿Quién puede saber cómo fue, o cuándo pasó? Simplemente te descubres preso el corazón, cuando ya es demasiado tarde para ingeniarse un escape.

Podría contar mis historias de amor, para mí las más grandes y profundas, pero bien sé que cada quién lleva la suya propia en los bolsillos; y todos conocen el sabor: el dulce de esos besos, el salado de las lágrimas, el amargo de la despedida. Podría contar mis historias, pero no serviría de mucho. Ni hablar de sus manos serviría, de nuestras noches, de los restos mortecinos de mis ilusiones, de los sueños desechos, del amor emigrante… les aseguro, sería solo una historia más. Salvo para mí, para mí lo sería todo.

Pero vamos, que su lado bueno sí que tiene: te das cuenta de que realmente puedes volar, desdoblas el tiempo, sonríes sin proponértelo, y haces lo indecible, lo que no imaginaste que serías capaz de hacer, por estar a su lado, aunque tan solo sea por unas pocas horas. Enamorarse es un  enigma indescifrable, pero no importa, bienvenidas sean las horas yacentes en el intento de perdernos en el laberinto sin salida. Aunque también temes, sí, temes que se vaya de tu vida, no volverle a ver, temes a la inexistencia de su aire que respiras, temes a seguir con un solo par de huellas sobre el asfalto. Y tal vez escribo esto con un nudo en la garganta, con el corazón en gris; o quizás lo hago desde el recuerdo, quién sabe, puede que en mis manos queden restos del enigma, o en tus ojos que me leen.

Tal vez pienses ahora que soy una romántica incurable, que soy de las que llevan un racimo de mariposas en la boca del estómago, y sueñan con flores y canciones y mensajes en botellas marineras; pues siento deshacer tales suposiciones. Yo soy más de compañías cuerdas, soy más de permanencias que de promesas, de hacer la vida y no los sueños. En realidad ya no creo en el amor, aunque tal vez él aún cree en sí mismo dentro de mí y se aferra a mis tendones, y me atenaza el corazón. ¿Puede uno no creer en el amor y aun así enamorarse? Puede que ahora mismo esté enamorada, incrédula pero enamorada. O tal vez simplemente hablo desde el recuerdo. Quién lo sabe.

La primera vez que te enamoras suele tomarte por asalto, no lo ves venir, su rostro te es desconocido, su voz te es ajena, así que no tienes –no sabes– como escudarte, lo tomas todo con la inocencia de un niño, te sujeta entre sus brazos y te aprieta fuerte removiéndote todo por dentro, y tu ahí, descubriendo lo que es amar. Lo que todos decían, ahora sabes cómo es. Pero hay que tener valor para volverse a enamorar, porque ya sabes reconocer el peligro y las señales. Hay que tener valor para sentir sonar las cornetas anunciando el ataque y abrirte el pecho y decir “venga, que no tengo miedo, haz diana en mi corazón antes desecho” Entonces el amor se hace más maduro, más sabio, más consciente, y más peligroso. Se vuelve un vicio, una dependencia, aun cuando piensas que lo tienes bajo control, y para salirte necesitarás una especie de proceso de desintoxicación, días y días de abstinencia, y no será fácil. Se logra, pero no será fácil.

Podría enseñarles las marquitas en mi corazón, pero no creo que sirva de algo. Podría mostrarles su color deslavado pero ¿para qué? Tal vez dije “te amo” alguna vez, acaso ayer, hace dos días, ¿o lo diré mañana? Puede que esté enamorada ahora mismo, o puede que solo esté recordando ¿Quién puede saberlo?

 

Cuentos locos: Yo, de wild wild west

Lo conocí en un bar de mala muerte. Tomaba su whisky al strike. Nada más verle me llamó la atención su pelo negrísimo contrastando con las largas y espesas pestañas de sus ojos. Luego estaba su postura, como de quien está siempre al acecho, o a la espera de algún motivo para desenfundar sus pistolas.

¡Aquí: luz roja! ¿Es esto era real?, pensé. El tipo llevaba una pistolera ceñida a las caderas, con sus respectivos revólveres cargados dentro de las fundas. Me fijo bien en sus ropajes: pantalón de lona color beige oscuro y una camisa azul cielo remangada hasta los codos. Un pañuelo negro atado en la nuca le caía flojo, en forma de pico, por el cuello, y usaba un sombrero que descansaba en la barra el bar. Parecía salido de una película de Clint Eastwood. En pleno siglo XXI. Un aura enigmática le cubría, y algún tipo de fuerza gravitatoria parecía ser su centro, porque una rápida mirada alrededor me bastó para darme cuenta de que todas las mujeres del lugar, y hasta un par de hombres, se estaban babeando por él.

Eché un vistazo a ese cuerpo de cowboy. Era perfecto. Medio loco o no, estaba de rechupete. Así que me acerqué, resuelta, y me senté en una banqueta a su lado. Y como he visto tantas películas de Hollywood –y él parecía salido de una– sabía exactamente lo que tenía que decir: ¡Un whis…! Quise llamar la atención del barman pero la voz me salió atravesada por un gallo. Carraspeé. Él levantó una ceja. El hombre tras la barra soltó una carcajada ¡Contra, justo ahora me da por hablar con voz de gallina culeca! Fui a por el segundo intento ¡Un whisky, sin hielo! y bajé una nota al tono de mi voz, poniendo acento seductor y añadí: y otro para el chico guapo aquí a mi lado. Uff, al menos esa vez me salió bien.

Me miró. Le miré. Bajó la vista a mi escote. Bajé la vista al centro de su pantalón. Nos tomamos no se cuantos tragos más, hablando de pueblos, tabernas y caballos. Vaya tipo raro, pero que rebueno estaba, así que lo invité a mi covacha. Yo no se si era el vaquero o el toro, el búfalo o el caballo salvaje, lo que si sé es que gocé más que gozón con aquel hombre del western. Me enseñó las posturas de las montañas, y yo le mostré los juguetitos que guardo en mi armario. Jamás había visto uno ¿cómo era posible?, pero le cogió el gusto rapidísimo. La noche fue una perfecta montaña rusa, un sube y baja con vértigo en la barriga y gritillos de euforia ¡Que viva el salvaje oeste!

Cuando en la madrugada, ya relajados, le pregunté que hacía en la vida, me respondió que se dedicaba a asaltar bancos. Lo dijo como en un susurro, y en sus ojos de águila brilló una luz, un destello de locura y vicio. Me contó de todas su peripecias como asaltante de bancos, y de los millones que tenía escondidos en algún lugar que no pude sonsacarle ¡Pues quiero asaltar bancos contigo!, le dije divertida, así sin más. Y rió, con una risa que me pareció la del diablo emergiendo del infierno.

Esta tarde, bajo una quietud que parecía fantasmal, han tocado mi puerta. Abrí y ahí estaba él: las piernas firmes, semiabiertas. Las manos apoyadas en las pistolas. Me miraba desde abajo, tras el filo de su sombrero. Una postura de hombre peligroso. A su espalda una cuadrilla de cinco hombres –¿o debería decir machos?–, con atuendos similares al suyo y su misma postura, aguardaban. Vamos, me dijo, con una perversa sonrisa de medio lado.

Ahora estoy aquí, a la salida el banco, con dos bolsas grandísimas llenas de billetes. A mi lado está él. La cuadrilla detrás. Pero algo ha salido mal: la policía nos bloquea el paso con los carros patrulleros, mientras nos apuntan con sus pistolas y rifles. El que parece estar al frente me grita ¡Suelte las bolsas y ponga las manos en la cabeza! ¿Por qué se dirige a mí?  ¡El jefe es él! Le respondo nerviosa, señalando con la barbilla al tipo a mi lado que, impávido, mira a los policías. Ser asaltante de bancos ya no me parece tan divertido. ¡Suelte las bolsas, las manos en la cabeza, y todo terminará bien! Me repite el policía ¡Ah, carajo, la tiene cogida conmigo! Mi compañero saca sus pistolas y le apunta. Atrás, la banda hace lo mismo. Los policías ni pestañean, parecen no verles. ¡Pero si yo ni voy armada!¿Por qué se dirige solo a mí? Le grito al policía, ya casi histérica. El hombre del uniforme mira a su compañero, quien le devuelve la misma mirada interrogante. Entonces, adoptando un tono condescendiente de loquero que habla con su paciente me dice: ¿y a quien quiere que le hable si es usted la que está ahí con esas dos bolsas de dinero que acaba de robar del banco?

No quepo en mi asombro. Miro a mi lado, miro atrás, y ahí están mis cómplices. O los tipos de los que yo soy cómplice, que los verdaderos asaltantes son ellos.  ¿Acaso no les ven? Entonces mi hombre salvaje me mira fijo, y es cuando percibo sus ojos como profundas cavernas oscuras. ¿Cómo es que te llamas? Le pregunto en un hilo de voz, aunque no estoy segura de querer saber la respuesta. James, me dice. Me llamo Jesse James. Ríe estruendosamente volteando su cabeza al cielo. Y ahora sí, es la risa el diablo.

 

Yo no estoy muerta

Le dije que no me regalara ningunas flores. Los bombones sí, pero las flores para qué si yo no estoy muerta. Así le contaba una chica a alguien con quien hablaba por teléfono, acerca de su intercambio obviamente con algún chico que pretendió regalarle unas flores y unos chocolates por el día de la mujer, pero al parecer no había podido conseguirlas y había intentado disculparse por ello. Yo escuché el trozo de conversación por casualidad, y no pude evitar asombrarme ante la falta de delicadeza –y más que eso, estupidez– de aquella muchacha.

Muchas veces nos quejamos de los hombres, de su falta de atención hacia nosotras, nos quejamos de la sociedad y de los cambios que han ido dejando atrás los buenos gestos, el cortejo, el significado de las pequeñas cosas, de las sorpresas y regalos que no encierran un alto costo monetario pero sí un gran valor sentimental. Pero ¿cuánto de culpa tenemos las propias mujeres de que se haya perdido la costumbre de regalar flores, de dedicar canciones y poemas, de decir mucho con lo más simple?

Ahora muchas mujeres valoran a los hombres por su bolsillo, lo catalogan según los lugares a los que la puedan llevar, los regalos suntuosos que le puedan hacer. Y sí, está claro que es bueno tener un compañero con buena solvencia económica que signifique para nosotras una vida más holgada y placentera, pero no al costo de hacer sucumbir las ilusiones, las pequeñeces que engrandecen por dentro, no al costo de marchitar el alma y dejar morir el espíritu. No creo que a ese chico le quedaran ganas de volver a ofrecerle una flor a esa mujer, tal vez a ninguna otra. No después de esa respuesta. Y no podemos decir que sea su culpa.

Muchas cosas han cambiado en la sociedad, y ahora luchamos por la no violencia, por darle a la mujer un lugar primordial en la sociedad, por demostrar lo que valemos y lo que merecemos, pero de qué nos sirve si por otro lado desvalorizamos la grandeza de una flor, de qué nos sirve intentar magnificar nuestra figura y nuestra presencia en los grandes escenarios sociales si luego pisoteamos cualquier gesto que indicaría lo grandes que podemos ser por dentro.

Yo creo que sí estaba muerta, algo dentro de ella había perdido la vida. No había latido en su corazón que le hiciera notar cuan hermoso es que te regalen una flor, aunque sea la más común, recién arrancada de un jardín. Su sencillez había muerto, y su sensibilidad agonizaba al borde de un abismo. No estaba muerta, y sí lo estaba. Porque no hay peor forma de morir que la de ir sin alma por la vida.

El Muro

Ahí está el muro, en el mismo sitio. Le miro fijo y me devuelve impávido su fría mirada de arcilla, que alguna vez fue de lava, y risa, y sol. Alguna vez sus ojos fueron un grito de locura, de tus manos y la piedra arañándole el cuerpo, y él siendo feliz.

Recuerdo el día en que le descubrimos y nos descubrió. Tú tan azul. Siempre tan azul. Yo tan extraña, tan anhelante, amándote tanto. Y el muro, hecho de fuegos artificiales. Ahí está. Paso y le miro de reojo. Me detengo y regreso frente a él. Pero no me mira más con tu luz.

Le quiero gritar, quiero maldecirle y golpearle por su estupidez, por dejar caer la lluvia sobre sí, por mutar el cuerpo y el volcán.  Si le vieras, como ha dejado de ser nuestro, como ha exiliado mi latido acelerado, y tu risa, y nuestro beso. Nunca fue tan alto y tan vacío como ahora, que ya no se descuelga la voz de tus manos haciéndome feliz, ni el brillo de tus ojos, mezcla adolescente y hombre sabio.

Sé que llora, como yo, porque perdió la huella, porque ya no es más el trozo de un amor, de la furia apasionada de dos corazones mordidos por el destino, el mismo destino que hoy me llevó hasta esa calle para ver que ahí, donde un día de sol escribiste mi nombre detrás de un te amo, el retrato de una niña sonríe entre mariposas en un fondo gris. Mientras, las lágrimas de un muro le mojan el cabello, y las mías se me escurren en el corazón.

El Muro, donde mi nombre se esconde tras el rostro de una niña