Nacer… pero cómo y dónde?

No hay cama, le dicen, y ella se queda parada ahí, con los bultos para el ingreso y un embarazo que pasa ya de las 41 semanas. No hay cama en la sala así que la llevan a pre-parto, junto a aquellas otras mujeres que se quejan de los dolores y las contracciones que a ella aun no le sobrevienen. Sola, incomunicada, expectante. Aparece una cama horas más tarde, en un cuarto atestado, cuando la doctora dice que es imposible dejarla en aquel otro salón. El baño tiene un tragante destapado en el piso, parece una letrina: un hoyo profundo que hiede.

Cuarenta y ocho horas después la pequeña abre sus ojos al mundo, sus pulmoncitos respiran el aire de la vida, el olor de su madre, el olor del salón desinfectado. No sospecha la gama de olores que tendrá que soportar luego. Horas de recuperación, al fin madre e hija pueden ser trasladadas a la sala de cesárea, la que tiene “mejores condiciones” para atender a las mujeres operadas. No hay cama, le vuelven a decir.

La ponen en un cuarto en la sala de partos normales. Al día siguiente alguien decide que ahí no le toca estar y la pasan para otro cuarto en el mismo pasillo pero del ala del frente, la que está aún pendiente de reparación, un cuarto en el que las condiciones son realmente deplorables, y donde supuestamente tampoco debe estar.

Las camas están apiñadas, los cuneros están juntos y no puedes atender a un bebé sin topar con el otro. Por ende, el sillón del acompañante no está al lado de la cama, sino a los pies, o lo que es lo mismo, en el estrecho pasillo que queda libre –o quedaría– para pasar al baño. No se puede caminar.

Pero nada de eso es lo peor, el colmo, el cataclismo de la situación. No lo es siquiera el hecho de que en cinco días solo se limpiara una vez, a manos de una reclusa, que no pudo –o no quiso– esperar a que los acompañantes salieran y pasó la frazada húmeda por entre los pies y las patas de camas y cuneros. No lo es tampoco el pan duro o la leche aguada del desayuno, o el que la enfermera pregunte a la paciente si se quiere poner el medicamento. Ni siquiera lo es el hecho de que el ventanal que abarca casi toda la pared no cuenta con cortinas ni empapelado y el sol se cuela de plano sobre las camas y las cunitas. No, lo peor de todo, lo más insoportable, lo más inconcebible, es el baño.

La unión entre las losas muestra una suciedad antigua, adherida, inamovible ya. El herraje del lavamanos está mutilado por lo que el agua cae sobre un cubito que alguien ingeniosamente colocó ahí, mohoso, que sirve a la postre para descargar la taza, ya que su tanque no funciona, no tiene tapa ni sistema instalado. Nadie lo vacía a tiempo, así que el agua corre e inunda el baño, porque el tragante del piso no consigue tragarla toda. Otra lata corroída hace las veces de cubo para descargar. La silla en la que deben sentarse las recién paridas, las recién operadas, para bañarse es una mugre oxidada. El cesto se repleta. Nadie recoge la basura. La taza se tupe dos veces, en ambas ocasiones un viejo negro, alto y flaco, viene a destupirla y, tras la proeza, sale con el destupidor goteando por todo el cuarto.

Ay pequeña! Que sabrás tú de olores. Tú que estabas tan protegida en el vientre de tu madre, tan limpia, tan a gusto. No imaginabas, lo sé, que el mundo aquí afuera sería así, con tanta podredumbre, que el lugar que te vería nacer sería un hueco mohoso y desatendido.  

Cuba se jacta –aún– de ser una potencia médica. Se jacta del servicio médico que brinda, y culpa a las mil vírgenes de lo que falta. Pero mantener un hospital con las mínimas condiciones higiénicas no conlleva una inversión millonaria. Garantizar a una operada una recuperación satisfactoria no precisa de la importación. No estamos hablando de medicamentos, ni de equipamiento médico, hablo de limpieza, de higiene, de medios que no cuestan mucho, como los implementos de limpieza o una taza de baño en condiciones.

Es triste decirlo pero los niños cubanos no nacen en condiciones favorables, nacen en un hospital sucio y propenso a enfermarles. Nacen en un ambiente con tendencia a la infección. ¿Qué hacen esos niños en el pasillo? Preguntó la enfermera cuando sus madres o padres los paseaban al fresco intentando dormirles. Éntrenlos que aquí hay muchas “cosas”. Y me recuerdo de Carlos Ruiz de la Tejera: ¿Qué cosa es “la cosa”?

Y para los que piensan que exagero, que difamo al tan sonado sector de la salud cubano, pues no hay nada como la evidencia gráfica. Aquí se las dejo.



Almas en deuda

A Halli,
te lo debía

Sarai y Hugo se deben muchas cosas. Se deben, cuando menos, unas horas de desnudez a puerta cerrada, mundo afuera y tiempo detenido. Se conocieron así, como al azar, en uno de esos sitios virtuales en los que la gente juega a soñar la sensualidad y el derroche, y cuando no les bastó la palabra detrás de un monitor se encontraron en el parque de un pueblo que ha guardado hasta hoy esta historia debajo de sus piedras.

Sarai tiene un esposo, y una hija, pero la delicadeza de Hugo, sus hermosos ojos verdes y su boca seductora le empujaron al riesgo exquisito de volar por un rato, y soñarse la adolescente que cree aun en príncipes encantados. Hugo tiene esposa, y un bebé, pero sortea los celos de su mujer hallando el tiempo para deleitarse en el olor de esta otra mujer, en su piel y el temblor de su cuerpo cuando se besan. Porque se han besado hasta la saciedad, han conocido el umbral del deseo, en sus manos se ha grabado a fuego la textura de la piel ajena, y en sus bocas un nuevo sabor se les fundió al paladar: el del otro.

Pero Sarai y Hugo no saben lo que es darse el cuerpo a plenitd, lo que es enredarse entre las sábanas y olvidar que existe un resto, un fragmento del mundo, fuera de las cuatro paredes en las que se entregarían todo y más. Se prometen encuentros de placer, planifican la continuidad de los besos dados, con un final de río desbocado y lava de volcán. Pero no han querido los astros alinearse en la suerte de este encuentro, cada plan se vuelve arena entre los dedos, cada certeza un desvarío, cada principio un fin. Y el miedo se deleita fraguandose en sus entrañas. Así van entonces, como almas en pena sus deseos. Ahí están, compartiendo cama con los cuerpos de siempre, imaginando acaso que por una vez podría ser ella, o él, quien le rozara la piel sobre el colchón.

El tiempo pasa y los hilos de las Moiras no se tejen a favor de su destino; el implacable les corta la dicha, y el susurro de algun dios malechor les desfigura los tiempos. Se deben tantas cosas, tanto sudor y tanto palpitar. ¿Cómo robarle una noche a la vida? Hay que derribar los muros, hay que saciar cada incógnita; no puede el angel mortífero pasar sin que sea testigo de unas uñas enterradas en la espalda, de alientos entrecruzados en jadeos de placer, de los cuerpos desnudos burlando las prohibiciones, y el sabor de lo salado. Hay que lograr ser eclipse.

Sarai y Hugo se deben una historia, una que las musas no hallarían cómo contar. Se deben una vida, aunque esa vida les dure lo que dura el despertar.

Cuentos locos: Un encuentro inusual

Aquella noche hacía un calor tremendo, era noche cerrada y no se movía ni una hoja. El silencio era total. Y ahí estaba yo, aburridísima y con un calor de mil demonios. Encendí la tele y me paseé por los canales buscando algo que me sacara de aquel nivel de obstine. El primer canal pasaba un concierto de una orquesta de Cámara; realmente, con aquella quietud nocturna y el calor sofocante, ver eso parecía el último paso antes de tomar la decisión definitiva hacia el suicidio… o la banda sonora misma de dicha escena de suicidio. El siguiente canal ponía un documental sobre la copulación de los insectos ¡¿En serio a alguien le interesa saber cómo lo hacen los insectos, dónde suben la patica o cómo menean la colita?! Otro canal: noticias, aburridas y reiterativas, asqueantemente polarizadas. Y el último que me atreví a explorar prometía una efectiva tortura mediante una película de Mr. Bean. Les juro que nada más ver la cara de ese hombre me dan ganas de pegarme un tiro.

Solté un grito de impotencia, apreté los puños y pateé el piso. En esa gracia metí el pie contra la pata del sofá y me recordé a mi propia madre por el dolor que me quedó en el dedo gordo. Tenía que hacer algo, así que escapé de esa claustrofobia tediosa y me fui a dar un paseo por la playa. Aahhhh, brisa. Se sentía tan rica aquella brisita con olor a mar, y el tenue ruidito de las olas rompiendo contra la orilla, el chapotear de algunos pececitos traviesos escapados a la noche, la luna plateada sobre el mar… nada, que me relajé por completo, y hasta comencé a tararear una cancioncita de moda. Tan bien me sentía en aquella complicidad entre la naturaleza y yo, en medio de la soledad de la noche, que hice así y me quité la ropa, toda, y seguí mi paseo por la playa en total desnudez.

Así iba, haciéndome la Venus, cuando sentí un movimiento a unos pasos más adelante de donde yo estaba. Me detuve y traté de fijar la vista para ver si divisaba algo pero la penumbra era total, apenas si veía la silueta de algún arbusto aquí o allá. Así que cuando me vine a dar cuenta ya lo tenía delante de mí, a tan solo medio metro de distancia. Me miraba fijo, y su mirada era la de un demonio seductor. Tenía la piel como hecha de un ébano resplandeciente. Era negra, más que la noche, pero con un umbral de brillo de luna. Y tan lisa, como nunca vi piel alguna. No había un solo vello en todo su cuerpo. Pensé que tendría que conseguirme esa crema depilatoria. Parecía una escultura: Un cuerpo de dimensiones perfectas. Músculos que, aún sin tocarlos, se sabía que eran como de piedra. Manos fuertes. Piernas firmes. Ahí me acordé de aquella canción que preguntaba ¿por qué no pintan ángeles negros? Porque este si no era un ángel era un demonio, que al final son como primos hermanos unos de los otros. Él también iba desnudo.

Habló: Acércate, me dijo. Su voz era una mezcla de trueno lejano y murmullo de caracola. Sus dientes parecían hechos con las perlas que guardan las ostras. Me acerqué, como si ya no fuera dueña de mí, y posé mi mano sobre la suya que me extendía. Me atrajo suavemente el cortísimo tramo que aún nos separaba y cuando nuestros alientos se tocaron pasó un brazo por detrás de mis rodillas, y con el otro sostuvo mi espalda al tiempo que me elevaba del suelo. Echó a andar hacia el agua. No podía apartar mis ojos de los suyos, eran un abismo verde que me succionaba, como un remolino de agua de mar. El contacto con su piel, el agarre de sus manos y la vista previa de aquel cuerpazo que parecía salido de un catálogo de ropa interior masculina, hicieron estallar mis hormonas. Sentí el inconfundible cosquilleo que provoca el choque hembra-macho, y cuando finalmente me bajó para quedar ambos cubiertos por el agua, supe que él también se había encendido. Vamos, que le era imposible esconderlo. Y a mí imposible no notarlo. Porque aquello era bieeen notorio.

De más está decir que ese adonis de abenuz me hizo ver los peces de colores, los corales y hasta los caballitos de mar. Mi cuerpo temblaba fusionado con el suyo, yo parecía una barquita que flotaba en el vaivén de las olas y encallaba una y otra vez contra la misma roca dura. Pero qué cosa, valía la pena romperse durante la noche entera, y todas las noches de una vida. Él volteó su cabeza al cielo mientras se entregaba a su final, y la luz verde de sus ojos entrecerrados resplandeció como un reto a la noche misma.

Volvió a tomarme en sus brazos para llevarme hasta la arena. Me bajó con un cuidado que no creerías que podrían conseguir esas manos, y posó un beso en mis labios, un beso como una promesa. Ahora cada madrugada voy a la playa, y camino desnuda por la orilla. A veces aparece, otras veces no. Esta noche ha venido, y ha sido como si el mar entero nos cantara, les juro que sentí una especie de oda al compás de las olas que nos mecían. Y he notado también, cuando me llevaba cargada de regreso, que una pequeña protuberancia de aspecto escamoso, y de un hermoso color verdeazul, ha comenzado a brotar por mi piel, en el tobillo derecho.

De mesas cojas, promesas de bares… y floreros

A Vivian y Maite, las otras dos patas de mi mesa coja.                                   A la Marlys y a Hayxa, que llegaron no sé cómo y se quedaron.                     Porque –increíblemente– no les había escrito antes

Divagan a veces, se ríen de la humanidad y sus locuras, juegan a ser niñas tontas que flirtean con el viento. Luego sacan una filosofía de vida que inyecta a tus neuronas una dosis alta de adrenalina. Son sabias, y sensibles, y talentosas. Son mujeres que aman, que sueñan y a la vez plantan los pies en la tierra y se echan el mundo –su mundo – a cuestas. Son mujeres especiales, y son mis amigas.

Nunca he sido de tener muchas amigas, y quizás el camuflaje que le proporciona la virtualidad a mi falta de empatía y timidez reales, me ha permitido acercarles a mí y conseguir que se queden revoloteando a mi alrededor, queriéndome. Son tan amigas como las que podrían tocar mis manos, y ya mis inicios de jornada cuentan con su presencia, con ese sabor a alegría y vínculo que me le echan al café virtual de cada mañana.

Las quiero, y no podría ni querría explicar cómo es posible desde tanta distancia, desde el no haberse visto nunca, o el haberse visto muy poco. Les confío las vivencias que no le cuento a nadie, les hablo de los sentimientos y las emociones de mis entrañas y ellas se alegran conmigo y por mi, o se preocupan y me consuelan. Si les veo triste mi corazón intenta encontrar un modo de poner en sus bocas una sonrisa y se enrabia con la vida por robarle trozos de felicidad.

No quiero prescindir ya de su amistad, de ese impulso que le dan a los latidos de mi alma cuando les leo, cuando sé que están ahí, dispuestas a alegrarme el día, a ser un poquito yo y dejarme ser un poco ellas, porque de cada una aprendo algo, y me miro en sus rostros y algo de ellas siempre quiero reflejar en mi: acaso la cara que le planta la Duda a la vida, que sabe de todo, y de todo habla y habla bien, con certeza, con mesura. Su sensualidad, su poesía que cultiva en lo más fondo de su alma bohemia. Acaso esa locura de la Lucía, esa naturalidad que le brota a borbotones como un manantial que nos refresca cada día, y le cura sus tristezas, y las nuestras;  esa capacidad suya de reír a la vida a pesar de todo. La templanza de la Nube, que avanza cada paso dando la sensación de que aplasta cada vez las adversidades, con su pluma ligera que se ha vuelto una parte de su ser, y con esta unión emparentada que nos hemos inventado, y que va más allá de la coincidencia de un apellido. Y Halli, tan dulce, es la suavidad que no soy, se me hace la contraparte a este temperamento volcánico que me sobrepasa a veces. Con su risa y su café, su comprensión y su fuerza adornada con ternura. Siempre recordándome que está, y siempre queriendo estar.

Son mis amigas y agradezco hoy a la vida por haberlas traído hacia mí. Por ellas, y gracias a ellas, sobrevive muchas veces mi espíritu. Soy un poco cada una porque a cada una guardo en un pequeño espacio de mi alma rota, como sutura. Y sonará esto quizás al adorno en las palabras del que escribe, a las florituras de la capa de algún juglar en su afán de entretener, pero les juro amigas mías que este escrito no es más que el sentimiento que me nace. Por la coincidencia, y la concordancia, y las almas que van de la mano, y las palabras que unen, por la empatía que burla los kilómetros, porque quiero y porque sí. Quédense, no se me vayan.

Oro parece…

Era un chico hermoso, no había dudas de eso. Ese tipo de hombre que llega a un lugar y hace revolotear las hormonas femeninas, del tipo de hombre que pasa por tu lado y volteas para verle, inevitablemente. Su piel caramelo, promesa de un sabor a elíxir embriagador. Su sonrisa perfecta. Sus ojos mezcla cazador y presa.

Ella apenas le conocía. Un saludo aquí, una frase allá, eventualmente. En realidad nunca había pensado en él desde su corazón de hembra, le reconocía el encanto, sí, pero no pensaba en plan conquista ni mucho menos. Hasta un día. Se dio la oportunidad de conocerse mejor, a través de unos amigos, y ante la expectativa de la cercanía comenzó a surgir en ella una serena intención de ver si podría ir más allá, si conseguiría traspasar el muro de su buen físico. Su hermosa figura se le convirtió en un reto, conquistarle se volvió una meta. Así, de repente, se vio envuelta en una especie de capricho. Le movía más cierto empecinamiento, cierta atracción fuerte pero superficial, le movía su físico. Quería tener a ese hombre, ese hombre guapo. No tenían nada en común, no le tocaba el alma, pero era guapo y simpático, y ella lo quería.

Así se abrió a la conquista. Le mostró una carta apetecible, le ofertó un manjar, y el cayó. Bajo la complicidad de la noche, la música y el alcohol jugaron a conquistarse, un juego que ya había sido zanjado antes de comenzar. Bailaron, rozando sus cuerpos, insinuándose, pactando una noche que se prometía inolvidable. Sabía que sería una obra de una función única, y tampoco a ella le interesaba más. Así se dio al disfrute pleno de cada paso, de cada acercamiento que fue sucediendo entre ambos. Su piel. Su pelo. Su boca. Ella aventuraba un encuentro épico cuando finalmente las ropas no estorbaran más.

Pero hacer el tonto trae siempre sus consecuencias. Dejarse arrastrar por la banalidad y sumergirse en la superficialidad de la piel, en la simpleza de lo que ven los ojos, suele pagar con la misma moneda. Cuando la habitación los aisló de los estorbos, cuando la madrugada les abrió las puertas y la promesa se desvestía para intentar ser realidad, sonaron las doce campanadas, y se rompieron los zapatos de cristal, explotaron las calabazas, corretearon los ratones. Y no hubo príncipe salvador.

Ella disfrutó, no es que no. Entre la turbiedad que el alcohol y la euforia provocaban en su mente y, sobre todo, ante el delicioso sabor del triunfo, ella disfrutó. Disfrutó porque siempre lo hacía cuando se liberaba y cabalgaba la noche, cuando se desataba y volaba y se perdía. Pero no fue, por mucho, lo que esperaba. Tanto que sabía de memoria que un buen físico no es más que eso, tan bien que había aprendido ya la lección de que la piel es solo una envoltura que nada determina, tanto que lo repetía… y jugó a hacer el tonto.

Parecía oro. Parecía. Sus diez años menos, su gracia y su hermosura. Su paso hacia la locura. Pero no, fue tan solo un niño supurando inexperiencia, cohibición, indecisiones. La noche se apocó, y ella quedó a las puertas de su aventura. La vida siguió su curso, el continuó su camino, y ella regresó a la búsqueda, entre las noches y las risas, de aquel que no rompiera su zapato de cristal.

Quiero comer pescado

En nuestro país se desarrollan cada inventiva que dejarían abrumado al gran Da Vinci. No pocas han sido las chanzas acerca del tema de que los cubanos comemos “pollo por pescado”. Muchos se han preguntado dónde se mete el pescado que supuestamente podría encontrarse fácilmente en una isla, al estar ésta rodeada de mar. Y tras tanta interrogante y tanto bonche, así como por arte de magia, ha reaparecido el pescado en las carnicerías cubanas.

“Cogí el pescado ayer” me dijo, y no supe descifrar si la sonrisa en sus labios era de sarcasmo o de júbilo.  “De una a tres personas te dan un pescado. A mí me dieron dos. Setenta pesos”. Lo miro, no sé, realmente no me decido, si reír o llorar, o estallar en improperios. Setenta pesos. Dos pescados. A algunos, los que pueden pagar –y pagan- más de cien pesos por un solo pescado de izquierda, o la carne de cerdo a sesenta o setenta la libra, o la caja de pollo de contrabando, podría parecerles bien ¿qué son setenta pesos? Pero ¿desde cuándo los precios “socialistas” han de establecerse tomando como medida los bolsillos más abultados? La maestra que no tiene cómo vivir del invento porque nadie compra tizas (aunque algunos compran notas, pero otros no venden la ética), el jubilado que ve  sus tantos años de trabajo resumidos a poco más de 200 pesos, la recepcionista, la auxiliar de limpieza, la oficinista de una Empresa que aún no se acoge al perfeccionamiento ni al pago por resultados… en fin, la mayoría ¿qué son setenta pesos para estas personas? Quizás algunos piensen que exagero, pero yo que veo la vida con el color de la realidad que me ha tocado vivir digo, sin el más mínimo dejo de temor a equivocarme, que setenta pesos es mucho, para estas personas, para su salario del que viven, es mucho a pagar por dos pescados que significarán, supongo, dos comidas.

Lo de los setenta pesos es relativo, en realidad. El precio establecido es de veinte pesos la libra. Dos pescados pueden costar setenta pesos… o más. A veinte pesos vende el carnicero la jamonada “por fuera”, a 15 el picadillo, también “por fuera” ¿Nos estará vendiendo el Estado pescado por la izquierda? ¿O pescado liberado acaso? Un producto de la libreta a precio de liberado, me da por pensar en alguna especie de augurio, acostumbrada ya a las sutilezas no tan sutiles que suelen anteceder a los cambios radicales en nuestro país: hoy despiertas con una buena noticia que –aparentemente– te está ayudando y mañana esa “ayuda”, esa “bondad”, se convierte en un sablazo que te hace la vida aún más difícil, si cabe. Y un incremento para la alcancía del carnicero que ya tendrá otro producto para vender “por fuera” ¿a cómo lo venderá? Seguramente no a veinte pesos, porque a ese precio ya otro se le fue alante.

Yo quiero comer pescado, pero no quiero pagar la libra a veinte pesos, porque me parece una estafa. Una estafa al bolsillo trabajador, el que no cuenta con la remesita; al ideal pregonado a diestra y siniestra; a la permanencia; al pueblo. Quiero comer pescado pero no quiero ceder a la injusticia de un precio que no se acomoda al estado real de la media, de la clase trabajadora, la clase baja. Quiero comerlo, pero me va a atorar –y no precisamente una espina – cuando intente tragarlo.

A río revuelto ganancia de pescadores ¿Cuándo le tocará pescar al pueblo?

 

Pd del día 29: Hoy supe de otra persona a la que sus dos pescaditos le costaron, ya no setenta, sino ciento veinticinco pesos.

Ana Karol

Tiene unos ojos que se prenden en los tuyos como grilletes. Te aprisiona la mirada y ya no puedes sino naufragar en esa negrura de luz. ¿Cómo puede algo tan negro como sus pupilas desbordar tanta luz?

Tiene el don de cautivar corazones, lo presiento. Y una magia que me arranca la ternura a cuajos, me deja indefensa, inundándome el pensamiento con su existencia. Me ablanda el corazón; blando como las plantitas de sus pies.

No es mía, no me pertenece, mas me ha robado el alma toda con tan solo habernos encontrado en una fracción de luz. He dejado ya trozos de noches a su lado, y no me pesan. He dejado horas a su disposición, y no me bastan.

Es tan blanca como no lo será jamás este mundo, tan pura como no existe igual en el universo ¿Cómo podría amarla más si fuera mía? ¿Cómo podría soportar mi corazón tanto amor? Que llegue a amarme, es lo único que pido a cambio.

No se, pero se me ocurre que quizás estoy enamorada. He revisado mi corazón esta mañana y he notado que le faltaba un trocito. Sospecho que lo dejé acostado anoche en una cuna.

Bienvenida a mi vida pequeña Ana Karol, mi tortuguita conejita. Sé feliz. Yo haré todo cuanto esté a mi alcance y más para que así sea.

 

 

Dioses

A Duda, que me inspiró, como tantas veces.                                                                Gracias amiga.

 

Es fácil ser un dios en estos tiempos. Basta con ser una persona cualquiera, y que alguien más decida poner su fe en ti. Los dioses modernos no necesitan hacer milagros palpables para alcanzar la deidad, solo precisan de un grupo que decida poner los  ruegos a sus pies y la fe en su existencia.

Un guerrillero, un hombre de lucha ¿Cómo alcanzó la deidad? ¿Por los tantos hombres que mató en la guerrilla? ¿Por no flaquear –dicen– cuando le llegó la muerte? Un guerrillero muerto recibe ofrendas y súplicas. Un Guerrillero-dios.

Otro hombre, un mendigo, mira eternamente –sin ver– a la gente que pasa sin cesar. Su barba reluce, pulida, símbolo de miles de peticiones: suerte, dinero ¿amor? Nada de lo que él tuviera antes de morir. ¿Qué hizo entonces para que hoy tantos crean que puede concedérselos? ¿Recoger sobras de una cafetería? ¿Deambular sin rumbo por las calles mostrando su suciedad, hablando a todos y a nadie en particular? Un loco vagabundo. Un Vagabundo-dios.

Hoy en día cualquiera puede ser un dios: acaso un gobernante fallecido cuyos ideales no dejan descansar en el pasado; o tal vez un futbolista legendario que al partir al más allá arrastrará mares de lágrimas, y el epíteto “Dios” que le adjudican en vida tomará más vigor y veracidad tras su muerte.

Lo triste, cómico, paradójico o preocupante es que Dios –El Dios– pierde cada vez más popularidad ¿Por envejecido? ¿Por no cumplir promesas? ¿Será acaso dialéctica de la fe? No lo sé, pero a tantos dioses modernos el antiguo, el niño del pesebre, el de los grandes milagros, va siendo el rostro que cada vez menos busca la humanidad para creer. Y se ve éste cuestionado, contradicho, juzgado. Le piden pruebas, testimonios palpables de su deidad, quieren que demuestre que es verdaderamente un Dios, así, con D mayúscula, el portador de milagros; mientras los otros, los contemporáneos, tan solo necesitad volverse populares.

Tal vez un día sea yo también una deidad, si consigo hacerme lo suficientemente popular antes de morirme. Y entonces vengan personas de todas partes a poner flores a los pies de una escultura que me represente, y me pidan –me imploren- por sus más intrínsecos deseos. Y deberían, tomarme por su diosa, su patrona, la estampa en sus mesitas de noche, porque si yo tuviera el poder de una deidad daría a todos lo que les hace felices porque ¿qué sentido tiene ser un dios que reina sobre la tristeza?

Imágenes, esculturas, símbolos… el hombre necesita creer, precisa saber que en algún sitio existe un ser más poderoso que es capaz  de darle –y tiene a bien hacerlo– aquello que tanto desea pero cuya realización se escapa del alcance de su mano mortal. El hombre necesita pensar que “más allá” alguien vela porque lo imposible pueda hacerse realidad, porque lo inalcanzable pueda llegar a tocarse, y lo inexplicable encuentre una excusa para existir. El hombre necesita de sus dioses –existentes o no–, por eso cada día se inventa uno nuevo.  

Cuánto hala mi carreta

Artistas famosas, modelos de ocasión, la Monroe, la Montiel, Beyoncé o Scarlett Johanson… siempre han existido mujeres que han marcado el concepto de belleza femenina, que han acuñado en la mente de las otras el “a dónde quisiera llegar”, que han impuesto tallas y tendencias físicas. Pero ¿qué pasa si no eres ese tal modelo de belleza femenina?

Cuando no cumples con los cánones impuestos por la sociedad para lo que es hermoso y deseable te enfrentas a una vida en la que das cada paso corriendo siempre el riesgo de ser objeto de burla y falta de aceptación. Un ejemplo conocidísimo por si el escepticismo aparece: Adele es una de las mejores cantantes de estos últimos tiempos, una voz sensacional, pero para algunos eso ha sido secundario, ¿lo primario? Es gorda. Famosa, talentosa, y no escapó al modernamente llamado bulling. Y que gracias dé Adele que tiene un rostro precioso, sino pudo haber sido mucho peor.

Lo más interesante es que la tendencia cambia por décadas y región. Cada sociedad y épocas traen sus propios preceptos de belleza. En una podías ser lo más deseable que existe si estabas rodeada de masitas: buenas caderas, buenos muslos, pechugoncita, un buen trasero, y ahí daba igual si el abdomen no era como tabla de planchar. En otra época la hermosura máxima la portaron las flaquitas, delgaditas tipo bailarinas, esas mujeres que por no tener abdomen, ni grasa en las nalgas, rozaban o caían de lleno en la bulimia y la anorexia. En otra etapa se destacó la cinturita de avispa, cuando las mujeres comenzaron a mostrarse en traje de baño en la televisión y en las revistas. Y luego están las de ahora, el estilo Latino Perfecto. Estas son delgadas, cero grasa, puro músculo, pero ojo, esa delgadez no puede venir acompañada de carencia de volumen. La carreta tiene que halar, y halar bien. Así que inventamos la queridísima e idolatrada en los altares femeninos de la moda: Silicona. Entonces hoy, la belleza femenina se denomina así: delgada, musculosa, con senos de buen tamaño y siempre firmes, y un trasero a juego, o sea, de buen tamaño y firme también. Esto demuestra que, según en la época en que hayas nacido puedes haber sido considerada más o menos hermosa portando tu mismo físico.

Donde sí no hay arreglo es en el rostro, o sí lo hay, con la cirugía estética, pero me refiero a que en esta cuestión el voto siempre ha sido unánime: la mujer que impone el concepto de belleza es, por supuesto, la del rostro bonito, o sea, la de ojos hermosos, buenos labios, nariz discreta, simetría perfecta.

Ahora, lo preocupante es el resto. Sí, porque existe un resto, que curiosamente es la mayoría. Si se hiciera un análisis estadístico el resultado arrojaría que la mayor parte de las mujeres del mundo no cumplen con los cánones de belleza establecidos. Esto nos deja entonces con que es una minoría la que tiene mayor seguridad de aceptación.

Claro está que yo no soy socióloga, así que esto no es un estudio, sino simplemente mi apreciación, basada en la percepción y observación. No es un secreto, ni una idea mía, que muchas mujeres se han visto torturadas psicológicamente por su condición física, han sido burladas por ser  muy gordas, o muy flacas, por usar espejuelos, por tener los senos pequeños, o sencillamente por no tener las proporciones organizadas a lo Shakira o Rihanna. ¿Quién ha visto una gorda con sentimientos? pregunta el personaje de una de mis películas favoritas, pero la pregunta debería ser ¿a cuántos les importa realmente los sentimientos de una gorda, u otra cualquiera que se escape a la belleza establecida? Por desgracia no a muchos; y les vemos entonces por ahí, retraídas y deprimidas, insatisfechas consigo mismas, solo porque alguien determinó que sería mejor si lucieran de otro modo.

Para mí lo más doloroso es cuando somos las mismas mujeres quienes hacemos las burlas. La misma que sufrió porque su marido la dejó por otra de senos mas firmes o trasero más pronunciado, impropera a la gordita por necesitar dos tallas más que la que ella usa, o a la que tiene las piernas flacas, o a la que no tiene la cintura que lucía Rosita Fornés en su juventud. He escuchado a una mujer decir con determinación que otra es fea, y cuando en mi subjetividad lanzo las comparaciones, me resulta que la injuriada es más aceptable físicamente que la que injuria. Con esto no quiero decir que si fuera más bonita sí tendría razón para tal valoración, no, sino que deberíamos pensar un poquito más a la hora de emitir tales sentencias.

Las mujeres que no estamos dotadas de un físico que se ajuste a lo que la sociedad ha determinado como hermoso, tenemos que aprender a aceptarnos y hacernos valer así, tal como somos. No es tarea fácil, claro que no, porque en nuestra condición humana está incluida la necesidad de ser aceptados, y cada burla, cada rechazo, dejan marcas que ponen más y más alto el listón a saltar. Pero es tarea necesaria, por nuestra propia salud emocional, y porque de aceptarlo sin intentar contrarrestarlo nos estamos haciendo cómplices de un absurdo en el que nos han colocado en la línea de avanzada.

De igual modo, antes de soltar una burla o dañar con el rechazo a causa del físico,  valdría la pena preguntarse ¿Quién puede elegir, antes de nacer, la imagen que portará? No es mérito de nadie ser lindo, ni demérito ser feo, es simplemente una condición que toca, así, al tin marín, y que nada tiene que ver con lo que se lleva dentro. Pero eso ya se sabe de sobra, aunque al parecer sigue sin importar.