Este escrito es para mi

No tengo ganas de nada, solo de ti. De tu piel bajo el  sol de mi cuerpo, y esa mirada. No tengo más que el reflejo de asirme a tu espalda, y empujar contra tu alma cada espacio que soy. No tengo más que mi boca, que no encuentra el sabor que da vida a su risa; y estas manos, cuarteadas de muerte, sin saber qué tocar.

Qué sabrán las palomas de amores llevaderos, qué sabrán las historias de plebeyas suicidas frente a un castillo alto, tan alto como el cielo. Que sabrá la cordura en mis noches de rostros volteados para dar sus estrellas a cualquier otro amor.

Cortaré las venas a este sentimiento –perpetuo como el fuego mismo del infierno-, y los tendones a esta mi verdad. Gritaré que no, que no es cierto lo que he dicho, que es muda la certeza de mi pecho, que no existen las manos, que no me tocaron. Cortaré mi lengua, mi estúpida lengua, enferma de súplicas, y la lanzaré al mar.

Qué sabré yo de dormir abrazada a tus ojos. Que sabrás tú de vivir abrazado a mi ser. No tengo más ganas de saber qué es eso, lo que me corroe a ratos la piel, no tengo ya ganas de mirar buscando, de hacerte preguntas, de saber que estás. Quiero que se muera el que inventó la historia de que uno más uno era igual a dos. Qué sabrá la vida lo que es estar vivo llevando por dentro un pútrido amor.

Ella. Decisiones

Si hubiera nacido bajo otra estrella quizás todo habría sido diferente. Murmura en tono quedo, como hablando consigo  misma. No estoy segura de que sepa que estoy ahí, mirándole. Sus ojos llevan un velo lúgubre, y su mirada delata una mezcla de nostalgia y anhelo.

Nuestro sitio conserva el humo gris de tantas noches, nuestra mesa la marca de las uñas, el candil, las lágrimas. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí, conviviendo entre cenizas y el ruido de los pasos? No lo sé, no tengo memoria de los tiempos en que era feliz y no rodeaba sus noches con estrechas paredes de alcohol y desidia. Siento crecer en su pecho –que es mi pecho– un dolor agonizante, un destrozo que apaga los latidos, un fuego abrazador que invade toda razón. El desespero asoma a sus ojos mientras mueve frenéticamente la cabeza a un lado y al otro. Busca a alguien. Le busca desesperadamente entre la gente que ríe en otras mesas, bajo la semi luz. ¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde?! Demanda con ahogo y yo no sé qué responderle. Nunca lo sé.

Golpea su frente con la mano abierta, repetidos movimientos tormentosos, y maldice su estrella. El pecho se me aprieta, no quiero sentirle ¡no quiero! Pero ella es tan mía que dejarle sería morir. Veo un borde de locura en sus ojos, y siento que mi cordura no alcanza para abrazarle el alma. Un dolor inmenso cala en mi propio pecho mientras del suyo manan gotas color carmesí. Se le empapa la blusa pero se esfuerza sobremanera por no advertirlo. No mira. Alrededor los rostros de siempre, y los nuevos, se empeñan en llamar su atención. Se acercan. Sondean. Invitan. Me mira y una sonrisa amplia como un sol llena su rostro ¿Cómo puede sonreír llevando tanta pena dentro? El alcohol, el humo, la penumbra, las risas, los pasos, la lujuria, se vierten como una espesa niebla en el lugar de mala muerte que es la vida, y no puedo respirar.

Se levanta de súbito y sale a bailar. Toma cada mano que se extiende, y baila con todos.  Me gusta verle bailar porque es como si olvidara la daga que la vida sostiene entre sus manos. Se desnuda. Es todo un espectáculo de carnes entre cuerpos inservibles que le acechan. Me mira sin cejar en su danza, un abismo tras el negro de sus ojos. ¡Se ha ido! Me grita por sobre las voces ¡Le he echado fuera! Vuelve su rostro hacia una silla enterrada en el más oscuro rincón, y entonces comprendo: hay un sitio vacío que nadie jamás ocupará.

Da vueltas en tropel, su cara empapada echada hacia atrás, los brazos abiertos. Su boca grazna una carcajada incontenible, máscara de la locura. ¡No volverá! Y ríe ¡No volverá! Y llora. Un pánico helado se apodera de mis entrañas. No soporto el dolor. Descarno mi pecho en un intento de arrancarme el corazón, pero es imposible. Entonces lloro, lloro desconsoladamente, y maldigo su estrella.

Precio mixto

Es un recinto muy conocido que ocupa una de las esquinas más populares de La Habana: 23 y 12. Un sitio al que me llevaba mi madre cuando yo era pequeña, en su ritual ineludible de sacarnos a pasear cada domingo; y almorzábamos ahí, con mucho gusto y un servicio de “Sírvase usted”. Más de veinte años han pasado desde entonces, y la pizzería Cinecittá continúa estando en aquella misma esquina, aunque su servicio ahora está dirigido por las camareras y capitanes del salón.

Llegamos y el lugar nos resulta acogedor; está climatizado, con unos mullidos muebles para la espera, la Carta en la mesa de centro para que podamos ir decidiendo lo que queremos comer. En un rincón un letrero de luces anuncia la barra de un bar, y me hace preguntarme si funciona realmente como tal, y me hace suponer, además, que sería quizás una buena opción para otra ocasión, con otra compañía.

Una sonriente camarera nos incita a tomar nuestra mesa y, una vez instaladas ahí, el diligente capitán se acerca a tomar la orden. Con notable desenvoltura nos dice los platos presentados en la carta que no tienen  en existencia en ese momento, y nos hace saber jovialmente que, aunque no aparece reflejado en el listado de opciones, la pizzería oferta también la modalidad de pizza mixta con una serie de agregos entre los que menciona la casi mítica carne de res, por un precio de 25 pesos en MN.  Nos parece raro que la pizza mixta no se refleje en la Carta, pero no hacemos mucho caso a ese detalle.

Ordenamos nuestras pizzas, decidimos por el jamón. Pedimos además ensalada fría y refresco. Nos parece bien, los precios son realmente accesibles, sobre todo si se tiene en cuenta la calidad de los platos, la cual nos parece realmente buena. Con esto y lo acogedor del lugar podemos obviar que las camareras precisen de un poquito más de entrenamiento, falta que indudablemente equilibran con la amabilidad con que nos tratan. La estancia transcurre tan agradable que decidimos que hay que volver en otra ocasión a por la piza mixta, convencidas de que es una buena opción. Y así lo hacemos, dos semanas más tarde. Se repite el ritual del cómodo sofá y la bienvenida sonriente. Una vez en la mesa nos vienen  a tomar el pedido pero esta vez no es el capitán, sino una joven capitana quien desempeña la labor. Como ya sabemos lo que queremos, y sabemos además que nuestra elección no aparece en la Carta, le pregunto a la muchacha si tienen pizza mixta y, ante su respuesta afirmativa, ordenamos. La velada pasa fenomenal, como la vez anterior, comemos elogiando la confección del plato y tejiendo entre nosotros la promesa de regresar una vez más.

Llega el final y con este la cuenta. El papel refleja letras casi inteligibles pero una cosa sí está clara: donde debía reflejarse un valor de 75 pesos por tres pizzas mixtas se estampaba un exuberante número 120. No entiendo realmente, sabíamos el precio de antemano por boca de aquel capitán de nuestra visita anterior, y así se lo digo a la camarera. Se sonríe de medio lado y asiente enérgicamente entornando los ojos, como quien vaticina un problema, nos dice que esperemos un momento y sale a buscar al efectivo de rescate: la capitana. El argumento explicativo de esta otra es que el servicio de la pizzería se divide en dos turnos: uno vende la pizza mixta en 25 pesos mientras el otro –el de ella- la vende a 40 pesos. ¿Cómo es posible -le pregunto- que una misma Unidad tenga dos precios distintos para un mismo plato dependiendo del turno que trabaje? Su explicación está en los agregos que, según ella, su pizza tiene más productos agregados que la mixta del otro turno; y yo pienso que, paradójicamente, la de ella no tiene carne de res como la del otro turno, el de la barata. Tras unos minutos de reclamaciones y argumentos, de explicarle que debió decirlo al momento de tomar la orden  –como hizo el otro capitán–, y recalcarle que es imposible que en una misma Unidad varíen los precios según el turno que trabaje, pagamos la diferencia. Pero ya no nos supo tan agradable la visita, y no por los 45 pesos de diferencia que tuvimos que desembolsar, sino por sentirnos defraudados, estafados y lo peor, sin derecho a reclamar y recibir a cambio la justicia del pago real.

Mi conclusión, entonces, fue la siguiente: en la emblemática pizzería Cinecittá, de la popular esquina de 12 y 23 en el Vedado capitalino, se estafa al cliente constante y permanentemente. Especulo: La pizza mixta no aparece en la carta porque no está concebida como una de las ofertas del restaurante, sino que es un invento del personal para buscarse los pesos, así de simple. ¿Quién mide la cantidad de agregos que le ponen a una pizza? ¿Cómo lo hacen, por gramaje? Es fácil sacar un poco de esto o aquello y confeccionar una pizza mixta con lo que debió ser, digamos, una de jamón, y cobrar, lógicamente, los 25 o 40 en vez de los 15 que cuesta la de un solo agrego. Luego se rehace la orden, se pone pizza de jamón, o de chorizo, o de salchicha, etc, donde decía mixta, y queda una ganancia limpia para sus bolsillos: 10 pesos en el caso de un turno, y 25 en el caso del turno de los más ambiciosos. Con los primeros te representa una Napolitana, y con los segundos una Napolitana más una con agrego.

¿Cuántas personas comen diariamente en ese lugar? ¿Cuántas piden pizza mixta? ¿Con cuánto dinero arrancado de los bolsillos de la gente se van ellos cada día? Pero una vez más el delito es impulsado no solo por la naturaleza humana y la necesidad imperante, sino por la inexistencia misma, porque ¿no sería lo más lógico poner en oferta la pizza mixta, podríamos decir, a ese mismo precio de 25 pesos que no está mal y así evitar que el dinero vaya a parar a manos particulares en vez de a la caja? Si lo volvieran real le anularían la posibilidad de estafar a la gente. Ah, pero no, desestiman esa posibilidad y le dan de comer al ingenio del cubano, que al final se las ha arreglado para sobrevivir así, “luchando”, o lo que es lo mismo, machacándose los unos a los otros.

De: Las mujeres que me atrapan…

Espíritu en vuelo

“¿Para qué quiero los pies si tengo alas para volar?”

Hay personas que se enfrentan a las cuchilladas de la vida con la frente en alto, sangran y se deshacen, sufren, lloran, pero no pierden la pureza del alma: la capacidad de amar. Hay personas que nacen con un ángel creador, con la magia en la punta de los dedos, y el arte les cubre, les florece. Ella fue así: pura, creadora, mágica.

Quien besó sus labios al nacer, quien le sopló la magia dentro, repartió a partes iguales el dolor y la grandeza. Yo solo había escuchado de su nombre altisonante, tan solo sabía del rumor de una mujer libertina con un soplo de colores, pero ella fue más que una historia profana, mucho más. He tenido en mis manos la historia de su vida y encontré un alma profunda, hasta el centro mismo de su ser. Una mujer brisa y tormenta, sol y lluvia, canto y alarido, una mujer amada e incomprendida, ensalzada y reducida. Y en su pecho la tristeza alzó los puños contra la alegría, mientras sus manos se desbordaban de arte, de vida. Mujer virtud. Mujer autenticidad. El sufrimiento se vengó de su excepcionalidad, se desequilibró la balanza. Pero fue tan alta, tan digna. Por cada lágrima un beso, por cada sollozo una risa. Mujer acuarela. Hadas de mil colores le poblaron, una magia de mil tonos le creció dentro, y la regaló a montones.

Me veo en ella como en un espejo distorsionado, que solo muestra retazos de la verdad, que oculta la mayor parte de lo que es.  Me veo en una mínima parte de su dolor, en una mínima parte de su personalidad. Mas ¡ay! si tuviera yo su gracia, si tuviera yo la estera de luz que –dicen– dejaba al pasar, si tuviera su alma grácil y fuerte, encantadora y vivaz. Su belleza. Si fuera yo tan genuina, tan brisa, tan sol.

Fue benévola la suerte con quienes le conocieron, es cínico el tiempo con quienes ya jamás lo haremos, el tiempo que sepultó un espíritu que no se cansó de pelear por su libertad. Ojos privilegiados, manos de ninfa. Sensualidad destilada en cada risa, en cada mirada.  Amor en el epicentro. Mujer deseada. Mujer amada.

Queda su obra: un ritual, una bitácora. Quedan los colores en sus lienzos gritando sus angustias, las mujeres que fue, las almas contenidas en aquel cuerpo frágil. Quedan los trazos de su grandeza, su sangre al borde de los cuadros, sus gritos de desespero, su honestidad. Queda un hilillo de anhelo casi infantil de querer haber podido conocerle, ser la que se sentó a su lado en aquella fiesta de artistas, la que le compartió tal o mas cual secreto, la que escuchó su canto, consoló su dolor. Queda su magia perpetrando la distancia de los tantos años e inoculándose en esta que, al otro lado del espejo, lleva ya un poco de su historia por dentro.

 

Frida Khalo