Fui real y plenamente consciente de su enfermedad el día en que desapareció. Recuerdo a mi madre y mi abuela desesperadas, buscándolo en hospitales y estaciones de policía. Yo era apenas una adolescente, y aunque había escuchado en repetidísimas ocasiones que mi abuelo estaba enfermo, no fue hasta ese día que me di cuenta de la verdadera gravedad de su enfermedad.
Siempre había sido un hombre activo, trabajador, y jaranero como ningún otro. Yo aguardaba cada tarde a que llegara a casa, con la jaba del pan que recién había horneado en la panadería donde trabajaba. Él se quitaba la camisa sudada, y se sentaba en el balance a esperar la taza de café que religiosamente le traía la abuela. Y allá iba yo, corriendo, a sentarme en sus piernas y pedirle que me contara una de las tantas historias que se sabía. Y él, riendo, disfrutaba obligándome a rogarle, y pagarle con besos en sus mejillas arrugadas, por cada una, y luego me las contaba, claro que sí, y lo hacía como el más ilustre de los cuentacuentos.
Tuve mis sospechas de que algo iba mal el día que mamá le descubrió leyendo el periódico al revés, y su cara pasó de la sorpresa a la preocupación, y luego casi al terror cuando, al inquirirle, él ni por enterado se dio. Luego supieron que estaba irremediablemente enfermo el día que sus compañeros de trabajo le llevaron a casa dos horas antes de lo acostumbrado, y le contaron a mamá y a la abuela algo que había sucedido, algo terrible que las hizo estallar en llanto a las dos, mientras el abuelo sentado en su sillón de siempre tan solo miraba por la ventana. A mí no me dejaron quedarme a escuchar, pero tras la puerta alcancé a oír algo sobre untarse aceite en el brazo y luego intentar meterlo en el horno, horror del que le salvó su amigo que le vio a tiempo.
El día que desapareció, lo encontraron tirado en un parque, a unas cuadras de la casa. Lloraba como un niño asustado. Tenía tanto miedo que había mojado sus pantalones. No sabía cómo regresar. No recordaba a su esposa, su hija y su nieta que le amaban y le esperaban preocupadas hasta la desesperación. Fue ese día, cuando vi entrar al abuelo, colgado del brazo de mi madre, con el rostro y los pantalones empapados, sin saber dónde estaba ni quién era, que fui consciente de que le había perdido, de que mi abuelo no era más mi abuelo.
Ya no me cuenta historias. Ya no las recuerda. A veces no sabe ni quién es. En ocasiones voy y me siento a los pies del sillón, y le cuento alguna de las historias que me enseñó, sin tanta gracia como lo hacía él, mi gran cuentacuentos, pero con todo el amor del mundo. Hay veces en las que no puedo aguantar el dolor, y las lágrimas inundan mis ojos, como cuando me mira y no me reconoce, y llama a la abuela y le pregunta quién es esta niña, si es la hija de algún vecino nuevo. O cuando me llama por el nombre de mi madre, y me requiere por estar en la sala, y me manda al cuarto diciendo que el chiquillo ese –mi padre– anda rondando por la acera, pero que yo estoy muy pequeña para enamoramientos.
El abuelo tiene Alzheimer, le ha ido carcomiendo su mente poco a poco. Todo su ingenio y su sabiduría, sus bromas y su juicio. Su grandeza. Mi abuelo voló a otro mundo, un mundo en su mente, un mundo incomprensible. Todos aquí, con los pies en la tierra, con la mente plagada de realidades, y mi abuelo, con sus alas de niño torpe, se fugó a un mundo del que jamás regresará.






No sé si es una historia o es una vivencia, nunca me has hablado de tus abuelos.
Pero si es el tuyo…tú sigue ahí con él, aunque no sepa quién eres, que el dolor no te aleje, que no te gane, él tiene una enfermedad peor que el cáncer, porque la pérdida de la conciencia es a mi juicio uno de los males que más dañan la integridad humana.
Es enternecedor el relato, hay tantos ancianos entre nosotros con Alzheimer y con tanto estrés que se vive hay también tantos adultos cuidando ancianitos así que se desesperan y sucumben a maltratos y gritos que es un llamado a la conciencia de su invalidez y necesidad de protección.
Eres única Yul…única…bellísimo relato.
Gracias Dud!!! Creo que soy, en todo caso, tan única como lo eres tú cuando escribes tus historias.
No es una vivencia, no. Si te fijas cuando publico abajo salen las categorías, cuando es una historia real la pongo en una categoría bajo ese nombre, esta es solo una historia, algo que se me ocurrió, así que va a la categoría Historias.
A mis abuelos no los conocí. Mi abuelo paterno murió antes de yo nacer, o estando recién nacida, no lo se bien, y mi abuelo materno murió cuando yo tenía unos 4 años. El vivía en Holguín y yo aquí en La Habana. Mi mamá sí iba cada año a verle, pero no recuerdo si la vez que yo fui siendo niña él aun estaba vivo. Supongo que no, o lo recordaría ¿no? Recuerdo vagamente a mi bisabuela, que estaba ya cenil, y lloraba por su muñeca. Mis abuelas si están vivas las dos, aunque la paterna está bien viejita ya.
El familiar sufre posiblemente más que el enfermo Du, porque sigue anclado a la realidad, viendo cómo se le degenera, mientras tiene que luchar con todas las limitantes y los trabajos que da cuidar a una persona así. Y aun cuandono deja e amarle puedo comprender que de vez en cuando pierda la paciencia, si la hace perder a veces un niño, cuanto más un adulto en esas condiciones.
Es muy dura esa enfermedad, demasiado dura.
Me alegra un mundo que te haya gustado, ya lo sabes!!
Un besi Dud
Pues me alegra que aún sin vivir una experiencia así tengas el don de narrarlo con tanta fuerza que conmueve, eres muy buena describiendo sensaciones.
Yo sí viví el alzheimer de mi abuelo materno, por eso quizás me duele tanto tu relato, mi abuelo fue un hombre de ésos que te enamorarían, un físico impresionante, una inteligencia fuera de serie y un atractivo brutal, mi abuela sufrió mucho con sus infidelidades, pero como ésas historias de amor de novela él siempre regresaba a su puerto y ella le recibía y le perdonaba. cuando él enfermó, se convirtió en una sombra, y yo sufrí horrores, más que todo porque tuve que dejarlo a cargo de otras personas porque era cuidar de él o de mi hija recién nacida. Ya dejé de castigarme por eso, pero no deja de dolerme que en sus últimos momentos no estuve.
y no debes castigarte, Du, entiendo que no fue una decisión fácil de tomar, sin embargo fue bien tomada. Tu hija recién nacida dependía totalmente de ti, tu abuelo ya adulto podía ser cuidado por otra persona. Es duro, lo se, no haber estado ahí, supongo que sentirás una especie de deuda con él, pero al final la vida no suele ponérnosla fácil, y a ti te tocó tomar ese camino tan pedregoso. Pero ya está, es lo que es, haces bien en no castigarte más.
Siento haberte removido los dolores. Por un lado es bueno que logre escribir de un modo que les conmueva, es gratificante para las palabras, pero por otro lado me choca causarles tristezas. Lo siento, Du.
Tranquila mi niña, a la larga los años te traen la conformidad, y sé que de mil formas él comprende mi posición y cuida de sus seres queridos aquí.
Un beso grande.
Saludos Sherezada, me gustó mucho esta historia, es un poco triste ver a una persona querida marchitarse de esa manera, tengo a mi abuelo por parte de padre en una situación parecida, lo que a el fué por un derrame cerebrar. En realidad la pérdida de algún ser querido, sea por alguna de estas enfermedades o sea por la muerte, es muy dolorosa, sobre todo cuando tienes estos recuerdos tan bonitos de infancia, que te gustaría volver a vivir y vez que por la ley de la vida, nunca las cosas volverán a ser igual que antes. La vida es cruel, a nosotros nos toca aprender a vivir con esos vacíos, al final todo esto forma parte de quienes somos, de nuestra personalidad, estos sentimientos nos fortalecen para enfrentar la misión de vivir.
Es triste Leothor. Es de las cosas más duras de la vida, olvidar quién eres, quienes son los que te rodean, los que más te quieren y los que más quisiste. Es como perder parte de tu humanidad.
El Alzheimer es una enfermedad degenerativa, es imparable e incurable, de ahí su crueldad, va acabando con la mente de la persona poco a poco, y no te queda más opción que verle desaparecer.
Por esas personas me nació este escrito, y por sus familias, que son al fin y al cabo, quienes soportan la cruda y triste realidad.
Es bueno verte llegar nuevamente, y poder leer tu comentario. Es más bueno aun saber que te gustó el escrito, que te tocó una fibra vaya. Espero seguirte viendo, ya lo sabes. 🙂
Ves lo que te digo, plasmas la realidad de tal forma que no puedo evitar entristecerme, quizás por eso me hundo en la fantasía, la realidad es demasiado cruel para mi gusto. Como mismo dijo Duda, si no es una historia de ficción, lo único que puedes hacer para ayudar a tu abuelo, es darle mucho amor.
Besitos
Pero no podemos escapar siempre a la fantasía Nube, porque la realidad está aquí, es lo que somos y lo que vivimos. A mi me llega mucho la realidad, lo que veo, lo que me hace sentir, lo que duele. Creo que de haber sido periodista hubiera sido cronista, porque el día a día, la gente, las vivencias me llaman mucho la atención. Esta historia no es mía, pero es de cualquiera, de tanta gente.
Claro que a veces también me escapo a la irrealidad, donde todo puede ser, pero no puedo dejar de regresar a tierra firme, donde lo que soy, y lo que son los demás me toca siempre a las puertas para que escriba.
Y no te entristezcas, esto es una especie de homenaje a esas personas, por tanto dolor que soportan.
Gracias por venir de nuevo Nubecita!!!! Besi.
Aunque sea ficción es también la realidad de más personas de las que seas capaz de imaginar, es cómo una verdad colectiva que desgarra y afecta al que la sufre en carne propia.
Tus escritos se pueden tocar!!!
Tristemente es así, el Alzheimer es una enfermedad que afecta a muchas familias, por eso quise hacerles esta especie de tributo, que no es nada pero encierra mucho, al menos mucho de mi, de cuanto quisiera yo hacer desaparecer ese mal.
Me alegra mucho que mis escritos te toquen y sensibilicen. De verdad, gracias.
Duele verlos con esa mirada tan perdida, mirando sin ver, perdidos en una falsa realidad a momentos.. Duele…
Gracias a ti nuevamente por compartir!!!