Volvamos a soplar las velas

Ha estado dando pasitos cortos, tambaleantes, indecisos. Le he tenido a veces sumido en una niebla de inseguridad y forzado abandono. Ya no le vienen a ver como antes, ni hablan de sus palabras como hacían hace un año atrás. Pero ha sobrevivido, no se ha rendido, ha seguido aquí, conmigo, durante trescientos sesenta y cinco días más.

La casita de mis letras cumple hoy dos añitos, y cual pequeño que apenas ha dado pasos por la vida intenta mantener el equilibrio y sus llamados de atención. Dos años en los que las letras, si bien han palidecido un poco tras un exilio -acaso temporal- de las musas, batallan como náufragas agarradas a la tabla de los sentimientos y las emociones, y se empujan las unas a las otras combatiendo la marea.

No quieren escuchar de retiro, ni de claudicación. No quieren saber de muertes tempranas, ni de olvido. Prefieren seguir siendo bellas, esbeltas, agraciadas. Pretenden continuar tomando de las manos a las emociones ajenas, y tejer con ellas una red en la que cada punto de unión sea un corazón latente.

Por eso les invito, amigos que aún me leen: los que quedan de los tiempos primeros, y los que se han sumado luego, a que soplen conmigo estas dos velas que representan el camino andado, y que me ayuden a desear muchos días más para los sueños, las nostalgias, las pasiones, las historias; esas que pueden ser las mías, pero también las tuyas; esas que pueden ser igualmente un trocito de tu vida, y de tus anhelos. Porque este sitio no ha sido nunca solamente mío, sino de cada uno que pasa, se quede o no, del que deja sus palabras y del que lee en silencio, del que concuerda y lanza un elogio y del que tiene la honestidad de discrepar y generar el debate.

Porque este blog es de todos, y no hallan cobijo las palabras sino es en los ojos que las leen, y no encuentran aliento sino en cada comentario que le sustenta. Por estos dos años que hemos recorrido juntos, en los que no me han dejado a pesar de los rasgos de inactividad. Para mis musas adormecidas, para las manos amigas. Para el que ha conseguido vivir aquí, también, un poco de desnudez. Para todos: Muchísimas gracias, y Feliz Aniversario… siempre Al Desnudo.

Las alas del abuelo

A los que llevan las alas,
y a sus familias.

 

Fui real y plenamente consciente de su enfermedad el día en que desapareció. Recuerdo a mi madre y mi abuela desesperadas, buscándolo en hospitales y estaciones de policía. Yo era apenas una adolescente, y aunque había escuchado en repetidísimas ocasiones que mi abuelo estaba enfermo, no fue hasta ese día que me di cuenta de la verdadera gravedad de su enfermedad.

Siempre había sido un hombre activo, trabajador, y jaranero como ningún otro. Yo aguardaba cada tarde a que llegara a casa, con la jaba del pan que recién había horneado en la panadería donde trabajaba. Él se quitaba la camisa sudada, y se sentaba en el balance a esperar la taza de café que religiosamente le traía la abuela. Y allá iba yo, corriendo, a sentarme en sus piernas y pedirle que me contara una de las tantas historias que se sabía. Y él, riendo, disfrutaba obligándome a rogarle, y pagarle con besos en sus mejillas arrugadas, por cada una, y luego me las contaba, claro que sí, y lo hacía como el más ilustre de los cuentacuentos.

Tuve mis sospechas de que algo iba mal el día que mamá le descubrió leyendo el periódico al revés, y su cara pasó de la sorpresa a la preocupación, y luego casi al terror cuando, al inquirirle, él ni por enterado se dio. Luego supieron que estaba irremediablemente enfermo el día que sus compañeros de trabajo le llevaron a casa dos horas antes de lo acostumbrado, y le contaron a mamá y a la abuela algo que había sucedido, algo terrible que las hizo estallar en llanto a las dos, mientras el abuelo sentado en su sillón de siempre tan solo miraba por la ventana. A mí no me dejaron quedarme a escuchar, pero tras la puerta alcancé a oír algo sobre untarse aceite en el brazo y luego intentar meterlo en el horno, horror del que le salvó su amigo que le vio a tiempo.

El día que desapareció, lo encontraron tirado en un parque, a unas cuadras de la casa. Lloraba como un niño asustado. Tenía tanto miedo que había mojado sus pantalones. No sabía cómo regresar. No recordaba a su esposa, su hija y su nieta que le amaban y le esperaban preocupadas hasta la desesperación. Fue ese día, cuando vi entrar al abuelo, colgado del brazo de mi madre, con el rostro y los pantalones empapados, sin saber dónde estaba ni quién era, que fui consciente de que le había perdido, de que mi abuelo no era más mi abuelo.

Ya no me cuenta historias. Ya no las recuerda. A veces no sabe  ni quién es. En ocasiones voy y me siento a los pies del sillón, y le cuento alguna de las historias que me enseñó, sin tanta gracia como lo hacía él, mi gran cuentacuentos, pero con todo el amor del mundo. Hay veces en las que no puedo aguantar el dolor, y las lágrimas inundan mis ojos, como cuando me mira y no me reconoce, y llama a la abuela y le pregunta quién es esta niña, si es la hija de algún vecino nuevo. O cuando me llama por el nombre de mi madre, y me requiere por estar en la sala, y me manda al cuarto diciendo que el chiquillo ese –mi padre– anda rondando por la acera, pero que yo estoy muy pequeña para enamoramientos.

El abuelo tiene Alzheimer, le ha ido carcomiendo su mente poco a poco. Todo su ingenio y su sabiduría, sus bromas y su juicio. Su grandeza. Mi abuelo voló a otro mundo, un mundo en su mente, un mundo incomprensible. Todos aquí, con los pies en la tierra, con la mente plagada de realidades, y mi abuelo, con sus alas de niño torpe, se fugó a un mundo del que jamás regresará.

Macho depilado

Camisa, pitusa de corte alto, bigote, zapatos cerrados, pose de cowboy, sin adornos,  hombre de pelo en pecho, nada de tonos rosas en su atuendo… ese era el look que caracterizaba a los hombres cuando yo era niña. Recuerdo conversaciones que les escuchaba en ocasiones a mis tíos en las que salía a relucir la frase “el hombre que es hombre no hace tal o más cual cosa”. Siempre había sus rebeldes, claro, seguidores del rock and roll principalmente, que se atrevían a llevar la melena y adornar sus orejas con aretes, siendo casi siempre objeto de dudas e insinuaciones.

Pero cambiamos de siglo, de milenio, y de generación. Han mudado las mentalidades y las tendencias, ahora el macho viste de rosa.

En nuestro presente los jóvenes han asumido una postura antes femenina en las cuestiones del arreglo personal, del look personal. Los chicos se sacan las cejas, se depilan todo el cuerpo, se hacen el derriz y la keratina, se tiñen el pelo, usan cremas, y los hay que hasta se maquillan. Usan aretes en ambas orejas, vestimenta rosada y floreada, licras, camisetas largas que son casi vestidos.

¿Por cuánto iba a dejar un hombre que se mostrara parte de sus glúteos? Jamás; eso significaba degeneración de la hombría sin lugar a dudas. Hoy exhiben sus pantalones caídos, con una franja de la ropa interior expuesta, y si además se ve un tramo de la línea divisoria entre ambas nalgas, pues normal, no pasa nada. Además hoy en día ¡los hombres se saludan con un beso! Y no solo los pepillos adolescentes, no, ves a los tipos que presumen de guapetones que se estampan sendos besos en las mejillas. Lo curioso es que no sienten que eso afecte para nada su masculinidad. Sienten que aun son el gallo del gallinero, el macho a tener en cuenta, el toro del corral.

No hay que dejar de mencionar el hecho de que muchos hombres de generaciones pasadas se han sumado a estas modas, los ves treintañeros, y hasta en los cuarenta, que se han integrado a estas tendencias de moda y se pavonean sin el menor de los complejos. Siempre quedan, por supuesto, las personas que aun se alarman ante estos cambios y no conciben que un hombre, lo que se dice hombre, parezca una chica luego que termina de pasarse horas acicalándose frente al espejo.

Yo en lo particular prefiero la imagen de ahora, el hombre depilado, con su jeans ajustado puesto a la cadera, y su pulóver rosa. Prefiero sobre todo la mentalidad de nuestro presente, esa que vocea a los cuatro vientos que la masculinidad no se determina por patrones de vestimenta, que el hombre no se aferre a la imposición de su rol masculino sino que lo deje ser de forma natural, que cuando se es macho el cuerpo lo grita, lo vistas como lo vistas, lo adornes o no.