Mi hombre con costuras

En ocasiones he pensado qué bueno sería si pudiéramos conjugar a esas personas que tanto hemos querido, las que nos han apasionado y las que nos han tocado el alma, en una sola para tener finalmente a esa que necesitamos, o que anhelamos. Y obviamente con eso de “personas” me refiero a nuestros amantes, nuestros amores. O incluso podríamos tomar de aquellas otras que nunca llegaron a ser ni lo uno ni lo otro precisamente porque les faltaba esa alguna otra cosa, y tuvieron que quedarse en el “solo amigos”, pero no sin que dejáramos de reconocer que estaban a solo un roce de piel de poder llegar a convertirse en algo más.

Si pudiéramos hacernos ese ser híbrido, coser trozos de virtudes de esas personas nuestras, conseguiríamos un ser excepcional. Yo, por ejemplo, tomaría del amor de mi vida sus ojos de mar, y esa capacidad infinita que tenía para comprenderme, para apoyarme, para socorrerme. Su constancia diaria, esa tranquilidad que me daba de saber que estaba ahí, esa cercanía exquisita que tanto le disfruté. De mi mejor amante tomaría su manera arrasadora de darme placer, porque fue como ningún otro, porque con él fui una mujer diferente, sin ataduras. Porque jamás hubo tanta complicidad, tanta compatibilidad. Sin embargo, es otra persona la que me daría la posibilidad de coser el alma gemela, esa forma de ser en un modo de pensar mutuo, las coincidencias casi exactas en tantas cosas, esa sensación de sentir que hay alguien más como tú allá afuera, alguien cuya alma se arrima a la tuya, y te la enamora.

Tal vez sean mis nostalgias las que hablan, las que se inventan este absurdo de perfección imperfecta, y hacen nacer en mí este retoño de inmadurez adolescente. Tal vez sea tan solo el recuento de las buenas cosas que se escurrieron entre los dedos, que se perdieron. Las virtudes alejadas, que chocaban contra el muro de una nueva presencia, con sus propias virtudes a cuestas. O quizás sea el intento ridículo de esconder lo que no fue, lo que no consiguió ser risa, aquel impedimento. Lo cierto es que, si fuera posible hacerlo, nuestra persona con costuras devendría en una compañía exquisita, y no nos dejaría más opción que llevarnos al pecho un corazón que no se aguantaría de tanto amor, tanta pasión, y tanta entrega.

No sé si alguien más habrá pensado algo semejante alguna vez, pero yo, que soy una cierta definición de rareza y mentalidad con desdobles bien particulares, sí que lo he pensado ¿por qué no? hacerme ese hombre, que no sería un ser sin defectos, sino uno que encerrara las virtudes aquellas que encontré repartidas en otros hombres, virtudes que admiré, y amé. Aunque ahora que lo pienso y, más que pensarlo, lo escribo, me surge una pregunta: ¿Será que alguien tomaría algo de mí para hacer su propia mujer con costuras?

El gesto

Era un día de esos en los que el mundo entero te sobra, que el peso de los problemas te carcome por dentro y no atinas a pensar sino en los porqués de su existencia, y en como podrías resolverlos. Era un día de esos para mí.

Iba por la calle, en mi rostro más seriedad de la habitual, abstraída por los conflictos que me atormentaban, como un bucle sin fin que se rehacía una y otra vez en mi mente. Estaba triste, lo confieso. Mis emociones habían sido mordidas y languidecían dentro de mí, anhelaban un rincón ermitaño donde nada ni nadie pudiera darles alcance. Hacía sol y sudaba, tenía hambre, y sed.

Lo más difícil de sobrellevar era mi estado de ánimo, era aplastante, ataba con fuerzas mis ganas de decir y hacer. Hay días así, en los que mandarías todo lejos y simplemente te sentarías a dejar las horas correr, sin propósito alguno, con la mente en blanco, y el silencio por total compañía. Pero tienes cosas que hacer, impostergables, porque la vida sigue girando sobre la rueda lo quieras o no, te sientas como te sientas, y hay problemas que no se resuelven solos, y otros sin solución pero que se resisten a exiliarse de tu mente y te trastocan los ánimos. Algunos le llaman el color de la vida, el equilibrio, el “aquello” necesario para aprender a apreciar las cosas buenas, en fin, yo le llamo una hijeputada de la vida.

Iba entonces yo, caminando. Le vi antes de cruzar la calle. Entraba al portal de su casa y me vio. Se detuvo haciendo ademanes de cerrar la puerta. Se me hizo evidente que se demoraba a propósito para esperar a que yo pasara. Siguiendo la dirección en la que iba cruzando la calle terminaría pasando justo enfrente de su puerta. Me crispé un poco, no estaba yo para melosidades de desconocidos. No obstante seguí hacia adelante, no contaba ya con la opción de retroceder puesto que estaba a mitad de la calle.

Pasé entonces por delante de la reja de su portal. Era un hombre de buena estatura, pelo negro y rizo, piel trigueña. Debe haber estado rondando la treintena, pues su juventud se empezaba a marcar por cierto rastro de dureza. Se inclinó a recoger algo que había a la altura de su rodilla, luego se incorporó y me miró. Justo cuando pasaba por delante de él, en el momento preciso, con una sonrisa en los labios extendió su mano hacia mí, ofreciéndome una delicada Violeta que acababa de arrancar de su jardín. Acompañó el hermoso gesto con una frase de halago. Miré entonces aquello ojos nobles y pícaros a la vez, tomé la flor y le di las gracias, mientras le ofrecía a cambio, irremediablemente, la primera sonrisa del día.

Hay veces que la vida se empeña en apocarnos, en someternos a las tristezas y la desesperación. Pero luego aparece un ángel y se encarga de cambiarte el mundo, aunque solo sea por un instante.