De: Los hombres que me enamoran…

Un trozo de alma que me falta

“Dónde estarás, con qué misterios te me acercas si te nombro, cuándo vendrás a salvarme de una vez” (PI)

Si me preguntaran una persona con la que me gustaría tener una conversación interminable, desentrañar los cómos y los porqués, y sumergirme en su filosofía de vida para beberle gota a gota, yo diría su nombre. Si me preguntaran de quién tomaría un soplo de pensamientos para aprender cosas que aun no sé, para fantasearnos una sociedad más feliz, para trovar sueños una noche entera y nadar a contracorriente, yo le nombraría.

Me veo reflejada en él muchas veces, sé con toda certeza que en algún punto se tocan nuestras almas, que en cierto lugar de los adentros nos desnudamos juntos. En algún sitio nos alineamos, lo sé, con mi risa y su serenidad, con su agudeza y mi sensibilidad, su susurro y mis latidos. Sospecho que las manos que le forjaron ayudaron a tornearme, y que el suspiro que puso intención a sus canciones me relató historias mientras dormía.

Un hombre que no se aferra, no a la popularidad ni la fama, no a los conceptos ajenos, ni a las corrientes de masas, ni a las ventas de mercado, ni siquiera a su guitarra. Si acaso a los sueños, sí, que seguramente los muerde, los encadena a su espíritu libre para empujarlos a volar como él, a nacerles reales, como él. Yo no sé, tal vez esté siendo pecaminosamente subjetiva, pero yo le noto un deje de tristeza en ocasiones cuando habla, como de alma que lleva una rotura que nunca logró zurcir del todo, o que se descose a ratos, como de la soledad en la que te encierra la incomprensión, el ser diferente del resto.

Podría narrar las horas de mi vida con trozos de sus canciones, moldear un collage que grite: he aquí, esta soy yo. Y es que sus temas van desde el discurso social hasta la contradicción interna, los porqués existenciales; se pasea libremente por caminos de erotismo rozando en ocasiones una especie de sutil indecencia; y nos hablan de un modo que nos lleva a escarbar en lo profundo, nos induce a desenterrar verdades, a intentar alcanzar una mente que baila hermosa entre las metáforas.

Se me antoja que así mismo ha de ser él, todo profundo, con recovecos, laberintos y acertijos. Y quisiera descubrirle, sumergirme en sus adentros, torciendo siempre hacia el lado contrario, para no poder salir. Quisiera tener la dicha de vivirle en una entrega acústica, un concierto entre su guitarra, sus ojos y los míos, y las bocas. Retarle luego a descubrirse en mí, a encontrar en mi alma su costura, a escarbarme con las manos desnudas hasta dar con su reflejo. Él y yo, un vino, algún libro de poemas, dos o tres canciones suyas. Él y yo entre los recuerdos, sus vivencias, y las mías.

Me enamora como un mapa a recorrer hasta dar de bruces con la cruz, con el delicioso indicio de que es justo ahí donde has de desenterrar lo que habías estado buscando: magia, luz, palabra, respuestas, alma. Me enamora con un amor adolescente, de ilusión y esperanza, de creerlo todo, ese amor que aún no ha sido mancillado, que conserva la inocencia de sentir que todo ahí es bueno. ¿Qué esconde? Quiero saber ¿Cuánto lleva dentro? ¿Cuánta magia le inunda? Quiero que pose su mano sobre mí, que mi alma se resiente del pedazo que le falta, de esa parte suya que él lleva consigo; que mi alma reclama ese trozo de vida que aún le falta por vivir.

 

Polito Ibáñez

 

Los monstruos de la vida

La vida es triste. Demasiado.
¿Cómo se le dice a un niño que debe dejar ir a su madre, que está bien soltarle hacia el jamás? ¿Cómo se le enseña a un niño a seguir viviendo con esa ausencia en su vida?
¿Cómo se resigna una madre a partir dejando atrás a su hijo, sin ella, solo?
A monster calls (Un monstruo viene a verme, en español) es un libro que narra la historia de Conor O’Malley, un niño de 13 años que tiene que vivir el martirio del cáncer llevándose la vida de su madre, cambiándole la suya propia por completo. Es la historia de un niño que tiene que aprender, demasiado pronto, lo dura y triste que puede llegar a ser la vida, con sus monstruos queriendo devorarnos todo el tiempo, llevarnos a los abismos.
La historia entreteje la fantasía y la realidad en la búsqueda de una salida para Connor, una salida ante tanto dolor: ¿Está bien desear que todo acabe, cuando ese fin significa la muerte de su madre? Un monstruo aterrador –la muerte– la arrebata de sus manos, a la vez que otro monstruo intenta hacerle comprender que está bien dejarle ir, que es necesario aceptarlo sin sentirse culpable.
No puedo describir el sabor de boca que me ha dejado esta historia. No consigo encontrar las palabras justas para exponer los pensamientos y las sensaciones que me han provocado el libro y la película. Mas una pregunta se me ha quedado clavada en la mente ¿Por qué escribir semejante libro? ¿Para qué plasmar tanto dolor?
No puedo evitar crear un paralelo con la realidad y pensar en los niños que, como O’Malley, se enfrentan a situaciones como estas. Quedarse sin su madre, no poder asirles, no tener la cura. Y la rabia y el dolor corroyéndoles por dentro y no encontrar aliciente, no saber qué hacer. Tampoco puedo dejar de pensar en la madre, que se va, que sabe que se va, y tiene que dejar solo a su chiquillo. Cuánta impotencia, que dolor tan terrible. ¿Qué hacer: mentirle, decirle la verdad? ¿Cómo darle consuelo a su pequeño? “Ojalá me quedaran cien años, cien años que darte”, dijo la madre de Connor. Y es que la niñez no es una edad para tener que ser valientes, es la edad de ser felices. Es la edad de, al sentir miedo, tener a la madre para dar arropo y protección.
El libro me entristeció. La película me hizo llorar. No me gustó. No debería escribirse literatura juvenil como esta. Tampoco me gusta esa parte de la vida, porque el libro es tan real, es tan cierta la muerte y su dolor, tan verídico que los niños pierden a sus madres, y que las madres no pueden hacer para quedarse, que da rabia.
A veces la vida, también, da un poco de miedo.

 

Un-monstruo-viene-a-verme-Ed.-Patrick-Ness