Nice to meet you

Julia caminaba por las calles de su ciudad, iba un poco aprisa pues había salido del trabajo para ir un momento al mercado. Su falda corta revoloteaba al viento, dejando al descubierto sus piernas, largas y bien formadas, objeto de admiración de algunos hombres que la piropeaban a veces resaltando esa parte de su cuerpo. Una blusa fresca para el intenso calor que hacía, con un ligero escote en forma de V que insinuaba pero no llegaba a mostrar sus senos pequeños; por detrás un corte bajo que dejaba al descubierto los hombros y la mitad de la espalda.
De regreso a su trabajo, cuando atravesaba el parquecito, siente una voz apremiante detrás de ella:
– Excuse me! Hello!
Voltea instintivamente. Un hombre blanco, con la piel suavemente sonrosada por la incidencia del sol del trópico, se dirige a ella, sonriente. Es apenas más bajo que la mujer, tiene unos hermosos ojos azules y un rostro agradable. Le recuerda a Peter Parker, Spiderman. Piensa que ha de ser un turista buscando una dirección. Se detiene con la intención de indicarle el lugar que suponía el hombre andaba buscando.
– Do you speak English? –pregunta él–.
Uhhm… just a little. –responde ella dubitativa.
Entonces él, sin dejar de sonreír, no pregunta por dirección alguna, sino que comienza a elogiarla en un tropel de palabras en inglés. No habla español, solo inglés. Alaba su cuerpo, su andar, su estilo. Se deshace en palabras, mirándola al detalle, con su rostro emanando admiración por la mujer, quien sonríe también, y le agradece gentilmente, mientras intenta comprender todo lo que el hombre dice. Su inglés es escaso pero de algún modo consigue entenderle, y responderle. Sin darse cuenta cómo se enlaza en una conversación en esa lengua extranjera que tanto le gusta, pero domina poco.
I´m Mirko, by the way – Dice, y le extiende su mano.
Julia –le dice ella, a la vez que estrecha la mano que el joven le ofrece.
Es una mujer desconfiada, sabe que la vida no es fácil ni sencilla, y que los príncipes azules no existen, que no hay galán en corcel blanco, ni en avión llegado del extranjero. Entonces le hace las preguntas de rigor: de dónde es, y qué está buscando. Él asegura no estar buscando nada en particular, es su primera vez en el país y quiere conocer lugares, pasar un buen rato. Ella va directo al punto: le dice que sabe bien lo que buscan los turistas cuando vienen a su país, pero que ella no es esa clase de mujer. Que no va a ofrecerle lo que él probablemente anda queriendo obtener.
Él se apresura a explicarle que no es esa precisamente su intención, que recién estuvo en Miami antes de venir a su país y que ella luce como las mujeres de allá. Le dice que le vio pasar dos veces, y que a la segunda vez no pudo evitar el intentar conocerla. Le pide un nuevo encuentro, ir a algún sitio a tomar una copa, conversar.
Ella tiene un amor clavado entre pecho y espalda, su pasión por un hombre al que está a punto de dejar para siempre. Piensa que le vendría bien tomarse un trago en algún lugar agradable, y este desconocido al que no volverá a ver podría ser una buena opción para ello. Entonces, luego de dejarle bien claro que sería solo tomar algo, una plática y nada más, pactan el encuentro para el día siguiente.
Llega la tarde del encuentro, ella va parsimoniosa hasta el lugar acordado, donde el joven, alegre y desenfadado le encuentra. A ella le toca elegir el lugar, pues él no conoce la ciudad: las terrazas del Hotel Nacional parecen una buena opción. Él queda fascinado por el lugar, observa todo, saca fotos y videos, mientras repite It´s amazing!” La tarde transcurre ligera y sobria. Él toma Piña Colada, ella Daiquirí. Él no sale de su admiración por el lugar y la vista al mar, ella no sale de su asombro de cuan fácil está siendo la conversación, toda en inglés. Ella habla de su país, él de los lugares que ha visitado. Hacen comentarios graciosos y ríen.
El sol lanza sus primeras amenazas por esconderse, y bajo la luz tenue del atardecer él la observa con insistencia. Se siente muy atraído por ella y se lo dice. Le gustaría besarla, y también se lo dice. Todo en ella le gusta: su sonrisa, sus piernas, su piel suave, su color, sus manos, lo que hace, lo que dice. Le invita a un siguiente encuentro, esta vez a tomar un café o una cerveza en el apartamento donde se hospeda. Pero ella tiene una pasión enterrada en el pecho, y ya no es más la chica alborozada y ligera. Ahora es una mujer melancolía, una mujer razón. Ahora son otros sus anhelos, ya no más los de ir por la vida tomando cuanto vea a su paso. Sonríe. Se niega.
La cita llega a su fin, y ambos la agradecen. La luz dorada les baña las pupilas mientras se despiden, sabiendo que ha sido la única vez, no habrá reencuentro. Él se va a andar la ciudad, cargando sus anhelos. Ella regresa a su casa, arrastrando su pasión.