Ella. Al descubierto.

Está seria, muy seria, su sombra se proyecta en la pared a través de la penumbra como una mueca fantasmal. Tiene el entrecejo fruncido y el cabello un poco revuelto. No quería volver a verle, la última vez fue tan doloroso que he estado rehuyendo desde entonces. Pero un tirón de las entrañas me ha sacado de mi egoísmo y he vuelto a su rincón marginado, donde se sienta a llorar la vida.

Pasa el dedo por las finas marcas de la mesa, parece absorta en algún pensamiento, pero sé que tiene la certeza de mi presencia, aunque no levanta la vista cuando me siento a su lado ni responde a mi saludo. Está enfadada, aprieta hosca los labios con su suerte eterna de contradicciones. Es tan mía que no puedo evitar sentir el agujero en su alma. Advierto que los demás nos miran expectantes desde sus mesas; alza la mirada y lo percibo entonces, es conmigo su enfado, porque le he dejado al descubierto y ahora ya no le rondan ignorantes para hacerle bailar, ahora quieren que hable, y ella no habla, solo conmigo, y a veces en silencio.

Acaricio su mano pidiendo perdón. Es tan pequeña, toda ella, tan diminuta. No suele dejarse acariciar pero esta vez se queda quieta, mirando como se mueve mi mano sobre la de ella. Siento su temor, sé bien qué le pasa, le acosa el tiempo, siente angustia, tiene miedo.

Mira a través de la ventana el viento gélido que sopla tras el cristal. “¿Cuándo llegará la primavera?” me pregunta, y yo no lo sé, no se de estaciones ni cómo manejar los tiempos. Si pudiera traería el florecer hasta su puerta, si tan solo pudiera. “Pronto”, le respondo en un susurro, pero sabe cuando miento. Siento que comienza a transformarse, parpadea como si la fría brisa de afuera se hubiera colado en sus retinas. “¿Llevas dentro la felicidad?”, le han preguntado. Miró su vestido multicolor y pensó “es el vestido, tan solo es el vestido”. Luego sonrió falsamente y continuó hablando de las trivialidades ajenas. Me lo cuenta y me atraviesa su pena, me atraviesa y me hace sangrar. Si pudiera comprarle el verano, y llenar su vestido de soles. No quiero llorar, pero me duelo demasiado por ella.

Percibo su rabia creciente y la mía se pone a la par. Quiero ser su cómplice, no me da la gana de dejarla sola. Patea la silla con fuerza. ¡Mozo, una botella de licor! grito con desespero. Me levanto y echo a todos de allí, no quiero que le vean, porque es mía, solo yo le veo, solo yo le entiendo, solo a mí me deja. Apago todas las luces, una sola vela pende en el candil sobre nuestra mesa. Doy un sorbo largo y le paso la botella. Se empina. Tose. No me ve llorar. Pasamos la noche bebiendo un licor que nunca acaba.