Pena de muerte

El hombre miró hacia abajo, la gente sumida en el diario ir y venir, ignorando su presencia en las alturas. La distancia del balcón a la calle era imponente, y aun así él sentía un llamado como de sirenas hambrientas que se retorcían en un mar de asfalto.

El borde del muro no era demasiado estrecho, pero de todos modos una pulgada de cada extremo de sus pies sobraba en el apoyo: dedos y calcañal pendían sin sostén. Con una mano se sujetaba a la columna y con la otra se limpiaba el sudor; a tanta altura el aire batía, pero él sudaba. Una ráfaga sorpresiva le tambaleó haciéndole levantar el pie izquierdo, se bamboleó hacia adelante, luego hacia atrás; las manos temblorosas se aferraron a la columna que raspó soberbia las callosidades.

El corazón despotricando latidos le ensordeció, su cuerpo entero era un tamborileo infernal. Entonces rompió a llorar, la histeria se apoderó de sus sentidos arrancándole sollozos que laceraban su garganta. Una mezcla de mocos y babas corrían por su barbilla, el sudor empapaba su torso y sus axilas, los ojos enrojecidos en demasía miraban sin mirar, ahora a un lado, ahora al otro, un soplo de locura les teñía a ratos.

Por un instante quiso bajar hacia la seguridad del balcón y el pie le resbaló, no tenía control de sus movimientos. Dudó entre retroceder y quedarse, pero sabía que adentro no era precisamente un buen lugar. “No, no hacia la habitación”, se dijo. Volteó levemente a ver el interior y un grito se ahogó en su garganta. Las antes blanquísimas sábanas ostentaban ahora una espesa acuarela carmesí. La pared del fondo también estaba salpicada de húmedas impresiones.

El cuerpo de ella yacía con el rostro aterrado, la vista inerte clavada en el techo. Su hermoso pelo negro estaba convertido en una melcocha sanguinolenta, y pecho y vientre exhibían profundos agujeros de los cuales manaban aun leves hilillos funestos. Un seno rajado de la base al pezón, desfigurado, los senos que fueran motivo de su ensueño durante tantas noches.

El otro hombre reposaba un brazo y una pierna sobre ella, la cabeza en un ángulo algo ilógico, demasiado curvado hacia atrás, provocado por el profundo corte que abría su cuello como las terribles fauces de un gran animal. Las nalgas al aire exponían cavidades similares a las que ella mostraba en su torso. Ambos desnudos, ambos sin aliento.

El hombre volteó el rostro nuevamente hacia el abismo. Una sensación de vértigo le recorrió produciéndole una arcada y un ligero mareo; el llanto le ahogaba. Cerró los ojos, los abrió. Miró su mano ensangrentada y la limpió contra su camisa, pero era peor, aquella escurría sangre, la sangre de los amantes fatales. Una fuerza incoherente surgió de su ser, ahora la mente solo pensaba en ser libre: del dolor, de la vergüenza, del horror.

El grito explotó gutural de su garganta mientras se abandonaba al viento, convulsionando. Abajo, un ruido seco y potente alteró la rutina vespertina, mientras una patada involuntaria rompía una mandíbula en la fatalidad de las coincidencias. Sesos, astillas de huesos, piel desgarrada, miembros rotos, tornaron la calmada penumbra dorada de la tarde en un reality show estilo gore, acompañado por una improvisada banda sonora de genuinos gritos de terror.