Obreros

Esta no es una historia real, pero la situación que muestra sí que lo es. No conversé yo con un tal Sergio, pero sí los vi, con su fisonomía inconfundible, bajar de la guagua aclimatada que los transporta y dirigirse al futuro hotel, a robarles la posibilidad de progreso a los cubanos.

 

Se sienta a mi lado mientras espero la guagua, él espera otra que lo llevará hasta su casa. La parada comparte varias rutas, nosotros compartimos un muro en el que nos sentamos a esperar.

Hay que vivir para ver – dice, un poco para mí, un poco para sí mismo. Le miro, pero no digo nada.

Es un hombre blanco, de buena estatura, fornido. Su mirada verde aceituna luce cansada, sus ojos están escoltados por marcas que se profundizan cuando los entrecierra al mirar a lo lejos para ver si se acerca la guagua. Su frente también está surcada por un juego de líneas horizontales.

Me mira, y tal como si yo le hubiera instado a proseguir me cuenta que se llama Sergio, tiene 45 años, de los cuales ha invertido 25 en trabajar la albañilería. Es un trabajo duro, me explica, que ubicado en un buen lugar da su dinerito, la cuestión está en la oportunidad, ha tocado las puertas de un par de cooperativas pero sin suerte. Hace una pausa, vigila la guagua que aun no llega, y haciendo un gesto de negación con la cabeza suspira antes de reanudar su perorata.

Lo que me cuenta a continuación sí que capta mi atención. Me habla de un hotel que están construyendo en la antigua Manzana de Gómez. Pensó que sería una buena oportunidad de trabajo para él pero cuando indagó le dijeron que no estaban contratando. El desconcierto le vino después, mezclado con un poco de indignación e impotencia, cuando supo que no le contrataron porque el equipo de obreros ya estaba conformado… por trabajadores traídos desde La India.

¿La India? ¿El país? – le pregunté con asombro.

La Indiame confirmó, y rió sin ápice de humor – Dos mil euros me han dicho que le pagan mensualmente a cada trabajador. Dos mil euros.

Me quedo mirando sus manos callosas, él las estruja mientras reflexiona. No lo comprende, y yo tampoco. ¿Por qué pagar semejante cantidad de dinero a obreros extranjeros habiendo tantos constructores en este país? Sus manos delatan los años de trabajo, es un hombre con experiencia, un hombre que ha echado su vida aquí, construyendo y construyendo, y ahora le niegan el derecho a progresar, no de forma ilegal, sino trabajando. Me mira nuevamente, creo que espera una opinión pero yo estoy perpleja, no sé qué decir, no sé qué pensar.

Con un cuarto de ese dinero cualquier constructor cubano sería feliz. – me comenta – Ellos se ahorrarían tres cuartos de salario por cada hombre y a la vez un buen grupo de gente aquí saldría adelante. Pero no – protesta – prefirieron traer a los indios. “Son más responsables y trabajadores” dicen, pero yo voy a ver que cubano no se vuelve trabajador ejemplar si le pagan quinientos euros al mes, y si no pues pa´ la calle y ya está, pones otro, y ya está.

No puedo objetar, está claro en lo que dice; tampoco puedo encontrar una razón que justifique, no puedo hallar un aliciente para su indignación, no cuando yo misma me siento indignada.

Pueden darme miles de justificaciones y no lo entenderé, que pudiendo mejorar la vida de un grupo de cubanos prefieran que mejore la de un grupo de extranjeros por razones tan triviales como la apariencia, que se le niegue a un obrero progresar en la vida mediante su trabajo honesto. Me da igual de dónde sea el contratista, que el personal que levante el hotel fuera nuestro debió ser una premisa.

Sergio se incorpora y ajusta la mochila sobre su hombro. Ya se avista su guagua. Se gira hacia mí y puja una sonrisa.

Hay que vivir para ver, muchacha. Horrores se verán.

Se va y yo me quedo ahí, sentada en el muro, sin poder encontrar una explicación. “Ve, Sergio”, pienso, “Sigue haciendo malabares en la vida, “inventando” para conseguir el dinero que sustente a la familia, que compre los zapatos del niño, que pague las fotos de 15 de la hija”. Es un hombre trabajador, pero no le toman en cuenta, porque es cubano.

Llega mi guagua y, antes de sumergirme en la vorágine de intentar subir, una interrogante me asalta la mente: ¿Negarían en La India trabajo a su gente para dárselo a un cubano?

 

 

 

Si cocinas como caminas…

Desde los tiempos más remotos se han dejado escuchar, cada época con su estilo, y en cada uno reflejados un deseo y una personalidad. Han existido desde antaño y hoy son el tema de mi escrito: los piropos.

El piropo es el uso de la palabra en una frase original con el fin de halagar, de caer en gracia, de enamorar; o como lo define el Larousse: el halago o cumplido que se hace a una persona, en especial refiriéndose a su belleza.

Aquello que en la época de juventud de mi madre se escuchaba: “si cocinas como caminas me como hasta la raspita”, con el tiempo ha sufrido la metamorfosis de los cambios generacionales y ahora se puede escuchar desde la poesía más contemporánea hasta la marginalidad mas burda.

Recibir un piropo es algo bueno, hace saber a la mujer que gusta a los hombres que va encontrando a su paso, y al final todos queremos gustar ¿no?, así que este derroche de galantería es una práctica que –a mi entender– embellece las relaciones sociales entre el hombre y la mujer.

Pero como toda moneda esta también tiene dos caras. ¿Qué sucede cuando no es una frase halagüeña la que nos llega sino el desagradable desboque animal que sugiere, por ejemplo, realizar maniobras con la lengua en cierta coordenada de la geografía femenina? En serio, no sé que pasa por la cabeza de esos hombres ¿realmente será su objetivo conquistar o caer bien?

Están también los que, al soltar la frase, no consiguen que la chica sonría o voltee, entonces se desata del fondo de su garganta toda una serie de improperios contra la muchacha, lanzan ofensas a destajo en venganza a la inefectividad de su cortejo.

Igualmente puedes toparte con el tartamudeo casi inaudible de algún anciano que prefiere no percatarse de lo lejos de su alcance que están las jovencitas e incluso tal vez hasta las abuelas del barrio – abuelos, por favor – y sopla algún suspiro de palabras que nadie llega a entender, salvo él, claro está.

De cualquier modo un buen piropo siempre se agradece, por su originalidad, por hacerte saber que resultas agradable a esos ojos, que tu feminidad no pasa desapercibida; esos que inevitablemente te arrancan una sonrisa, aunque no te lo propongas. A algunas les sube la autoestima y no falta quien ha llegado a encontrar así su media naranja.

Entonces chicos, no sean tímidos, no permitan que muera la tradición, la belleza de encontrar una voz que nos haga notar lo que vale nuestro andar. Eso sí, no pierdan el buen gusto, la originalidad, el saber decir; eso siempre, siempre, se agradece.

El hombre del piano

Este es una especie de homenaje, a esa mujer de voz dulce y seductora, con su acento de miel y candor. Una de mis cantantes favoritas, a la que vuelvo a  ratos, cuando vago con el alma sensible y nocturna: Ana Belén.

Un sábado cualquiera, El Café me espera como cada vez, en la esquina que anuncia la noche bohemia entre el neón rojo y azul. Es un lugar de antaño, que guarda entre las grietas de sus paredes montones de historias que se acumulan y parecen susurrarse cuando te acercas.

Ocupo mi mesa y pido un trago. El primer sorbo me quema la garganta, cierro un instante los ojos, dejando que me seduzca la melodía que acuna el lugar. Ahí está él, sentando al piano, con los dedos ágiles acariciando las notas, dibujando el sonido que nos calienta el alma.

El vaso de cerveza descansa sobre el piano, hace una pausa para tomarlo y las manos le tiemblan, enciende un cigarrillo, y de sus pulmones exhala la pena mezclada con el humo. Me enamora su tristeza, el hielo azul de su mirada. No quiere olvidar, no puede. Vuelve a la canción de la llaga en su alma, la canción eterna a la que se agarra como náufrago a su tabla.

La pared junto al piano está cubierta por un espejo que ha largado el azogue en sus esquinas, pero que aun muestra los rostros que se posan frente a él. Se mira y, por un momento, la piel del reflejo pierde las arrugas; vuelve a ser el niño aquel que mudaba su niñez en el piano. Vienen entonces aquellos pocos años y se guarecen en sus ojos como una luz, si le miras bien parece ser el mismo, por un soplo de segundo luce casi como aquel, el joven diestro de las noches felices. Yo sonrío.

Pero un viejo se le acerca, ese que duerme a las puertas del lugar, el que se emborracha del día al anochecer. Él conoce todas las historias, las que yacen en las grietas, las que nunca se cuentan. Le recuerda el albor de su melodía, y a la mujer aquella, la que le abandonó a su suerte. Ella era pájaro en vuelo, temerosa de perder sus alas, él era la jaula que encarcelaba sus ganas de volar. Un día quiso probar las fuerzas de esas alas, y ya no volvió.

Golpea el piano, con furia. Las notas se duelen, su pecho se duele, mas no desea su mal… no desea su mal. Toma otro sorbo de cerveza y aprieta los ojos, duro, aguanta, no quiere desfallecer, pero una resquebrajadura de la pared me confiesa que en ocasiones ha llegado a llorar.

Me invade su tristeza, se me oprime el pecho, siento que no puedo respirar. Quiero maldecir a la mujer, al borracho, al espejo. Pido otro trago, y lo tomo de golpe esta vez. Un vaho le envuelve como un velo de cerveza y sudor. La gente alrededor busca compañía, para una noche, o para una vida, pero él solo se aferra a su piano, empapando en alcohol las emociones.

El dueño de El Café pasa por su lado, palmea su hombro, “pareces cansado”, le dice, “y el sol aun no sale”. Dispara unos acordes más, un embrujo espléndido que cala hondo. Ve el fondo del vaso. Prende otro cigarrillo.

Me levanto de mi mesa y camino despacio hacia él. Le pongo un vaso lleno sobre el piano, acaricio levemente sus cabellos y me inclino, apoyando mis brazos sobre la cola del instrumento. “Toca otra vez, viejo perdedor”, le susurro, “me haces sentir bien. La noche es tan triste que tu canción me sabe a derrota, y me sabe a miel” me mira un instante, luego al espejo. Sonríe, y se vuelve a sujetar a su tabla de náufrago, dejando que las notas vuelen magistralmente, envolviéndonos a los dos.