Transformación

¿Qué nos hace transformarnos? Cuando nacemos estamos ajenos al exterior y sus significados, ajenos a las personas, sus caracteres, a lo que es la vida, la alegría o el dolor.

A medida que vamos creciendo se va formando nuestro carácter, el cual se va moldeando según nuestra personalidad. Pero no solo ésta nos moldea, también hay factores externos que nos hacen cambiar, unas veces para bien, otras para mal.

Yo no guardo nada de la niña que fui. Nada. A veces recuerdo cosas, quién solía ser, a veces me las cuenta mi madre, y me pregunto ¿A dónde se fue aquella niña? ¿Qué le hizo ser hoy la cara opuesta de la moneda?

Mi madre cuenta que, de niña, yo llegaba a los lugares y era el centro de atención, con mi bata y mis lazos, me daba con cualquiera, era zalamera y graciosa.  Reía, me relacionaba. Hoy me cuesta tanto llegar a la gente, sentirme cómoda entre desconocidos, a veces incluso entre conocidos. Me cuesta ser aceptada.

La vida nos transforma, vamos dejando cosas en el camino, y recogiendo otras; canjeamos virtudes por defectos, y viceversa; nos roban, y robamos.

A veces extraño mi inocencia, el no darme cuenta de las cosas, el creer un poco en los sueños. A veces extraño la capacidad de perdonar, el no pensar demasiado en la vida, en los desaciertos, en el dolor.

Extraño en ocasiones a aquella joven que iba por el mundo sin temores, sin obsesión por el futuro, sabiendo lo que quería, sin que importara demasiado lo que no tenía.

Pienso en el quebradero de huesos que resulta la transformación, en las cicatrices que deja, en los agresores del camino y me pregunto si pude haberlo evitado, y cómo.

Me asusta pensar que aún me quedan transformaciones por sufrir, quedan escamas pegadas a mi cuerpo que han de ser largadas, quedan huesos por quebrarse. La cara de la moneda aún no está pulida y, al final, veré cual será la estampa que mostrará.

El pescador

Quise volar y conocí la soledad

jugué al amor sin entregar, sin esperar

(Celine Dion)

En cuclillas sobre el arrecife organiza las cosas en su bolsa. Escoge la carnada y el anzuelo mientras va, tal vez, pensando en su hogar, el pez, la vida…

¿Has pescado algo? – le pregunta la mujer desde el muro. Él levanta apenas la mirada y niega con la cabeza. Ella sigue en su mundo improvisado, entre unos brazos que no le dan calor, pegada a un cuerpo que no le importa tener o no al final del día. Toma un trago de cerveza y cierra los ojos intentando perderse en el viento que acaricia su rostro.

Ve y pídele un beso –le incita el hombre que la acompaña. Ella lo piensa un instante pero no razona, suele perderse en las oscuridades que le envuelven cuando está más vulnerable. Cruza el muro con destreza y se acerca al pescador con una sonrisa en los labios, se para detrás de él:

¿Me darías un beso?

No me pongas en esa situación – le responde él, negando con la cabeza, sin mirarla siquiera.

– ¿Qué pasa? ¿Es que eres casado?

Esa es una. La otra es que tú estás acompañada – le justifica, señalando con el mentón al hombre que espera sentado en el muro.

Eso no es problema –le explica entre risas – Él es quien me ha pedido que te bese.

El pescador guarda silencio, no ha dejado de maniobrar sus utensilios de pesca, enrolla el hilo en un carrete artesanal.

¿Es que no te gusto? – insiste ella – ¿O piensas que hago esto todo el tiempo?

No es eso –le asegura – Es que la vida no es tan fácil. No es usual que te nieguen un beso… ¿Te han negado un beso alguna vez? – pregunta él esta vez, mirándola al fin. Ella ríe, no ha dejado de hacerlo desde que fue a hablarle.

Sí, claro que me lo han negado. Es normal, no podemos gustarle a todo el mundo.

Entre las gotas de alcohol cree advertir que le gusta la mirada del pescador, perspicaz, como de quien sabe que la vida es algo más que dar un beso; ella también lo sabe, pero esta vez juega a olvidarlo. Sabe que no va a besarla, y de algún modo eso le alegra. Mira a su acompañante que aguarda su regreso y se pregunta qué hace ella con ese hombre.

–  ¿Te quedas con un mal concepto de mi persona? – Inquiere antes de irse – Lo más seguro es que mañana me avergüence de haber hecho esto.

No, para nada – le tranquiliza él, pero probablemente mienta.

Ella sonríe una vez más, y le deja al hombre un norte hacia dónde dirigirse, la alineación de unas estrellas que, como buen marinero, podrá observar desde la distancia y descubrir la cara que ella muestra cuando anda entre sobriedades, cuando no esconde la sensibilidad bajo el desatino.

Regresa al muro y el otro hombre que le pide que le cuente lo sucedido. Ella recrea la conversación escuetamente, no siente la complicidad que él emana, ambos ríen. Piensa que tal vez en otra vida fue una mujer hermosa y seductora, que anduvo por el mundo sin frenos y sin ley, y que ahora corre aquella por sus venas negándole la paz de la lumbre del hogar, haciéndole sucumbir a propuestas sin decoro y sin pudor.

–  Esta noche él no duerme pensando en ti – le dice él dando riendas a su fantasía. Pero ella no está tan segura, no le parece que haya impactado al paciente hombre de esa forma. Tal vez solo le haya hecho un poco más inconcebible la vida.

Deciden irse a otro sitio. Ella sube a la moto y se aferra a su cita, siente el torrente circulando por sus venas. Voltea sobre su hombro y mira al pescador, advierte que él levanta la vista, luego otra vez, aunque no puede asegurar que le esté mirando.

– ¿Sabes? – dice al hombre junto a ella – Me ha gustado más que no me besara. Sí, ha sido mejor que me negara el beso.

El ríe, pero ella sabe que no ha comprendido nada en lo absoluto, que no entiende lo que dicen sus palabras; se pregunta una vez más que hace con un hombre como ese. Suspira. Afirma sus piernas y se sujeta a la cintura de aquel, la moto arranca y se pierden en la calle, dispuestos a arrancarle otro trozo al día sin pensar demasiado en el mañana.

La chica de lila y plata

La chica caminaba sin rumbo por las calles de la ciudad. Una soledad aplastante le cubría el alma como una niebla densa y vil. Sentía frío, pero no en la piel, sino allá dentro, donde en ocasiones un calorcito de compañía abraza las emociones y los sentimientos. Se sentía como una estrella solitaria que vaga por una galaxia ausente de astros.

Veía la soledad en todo mientras andaba; en aquel árbol enorme que torcía sus ramas hacia un lado, en el único gorrión que picoteaba una única migaja de pan. Solo y sola. Y en los niños que jugaban en la acera ¿A que sus risas eran de desolación? Un leve tintineo captó su atención y, al voltear a la derecha siguiendo el curso del sonido, un aroma peculiar inundó sus sentidos.

Una florería se alzaba a mitad de la calle, como un salpicar de perfumada acuarela que resaltaba entre edificios grises y marrones. Algún tipo de luz pareció encenderse en su interior y una calidez apenas perceptible comenzó a nacerle dentro. Entonces, como impulsada por un hechizo, entró al lugar.

Montones de flores llenaban el espacio: rojas, naranjas, rosadas, lilas, bicolores… allí estaban, apoderadas de todo el sitio; en ramilletes, espigas, separadas por tipo o por especies. Había muchas, muchísimas, y todas parecieron inclinarse a verle cuando entró. Había magia en aquel lugar, estaba segura.

De repente en su pecho se encendió una pequeña brasa. Fue hasta el joven que esperaba atento tras el mostrador y demandó con suavidad:

Una flor, por favor. De aquellas, de las lilas; con una tarjeta a juego.

El muchacho tomó la flor y la envolvió cuidadosamente en un papel transparente con brillos morados esparcidos por doquier, y le sujetó al tallo con un lazo del mismo color. Le entregó una tarjeta de fondo malva y detalles dorados, y una pluma de tinta violeta oscuro, casi negra.

“Para Diana. Te quiero”, escribió ella con gráciles letras.

La entrega es personal – dijo suavemente.

El florista le miró con atención.

¿Quién es Diana?– se atrevió a preguntar.

Las comisuras de los labios de la muchacha se elevaron discretamente.

Diana soy yo –dijo– Me regalo esta flor para recordarme cuánto me quiero, y cuánto he de quererme siempre, y que nunca estaré sola mientras me tenga a mí misma. Me regalo esta flor porque lo merezco, merezco disfrutar de su olor y su magia. Para no perderme en mis soledades, para encontrarme en mis adentros. Ahora es única porque es mía, y yo le acompaño.

El joven le miró sorprendido mientras un leve misterio se fomentaba en su mirada.

Aguarda un momento, por favor. Solo un instante. – le pidió.

Guardó en la caja registradora el dinero con que pagaba la chica y se fue apresurado a la trastienda. Pasados unos minutos regresó con una extraña flor roja envuelta en un papel plateado. Era grande y exótica, y desprendía un aroma embriagador, como a campo abierto en tarde de verano. Tomó una tarjeta de plata con ribetes carmesí, y con tinta roja escribió:

“A Diana. Por espantar las soledades. De Rafa”

La chica camina por las calles de la ciudad, una llama encendida quema su pecho con un fuego que cuece la luz del mañana. Lleva una sonrisa tatuada en los labios, dos flores en su mano derecha, y una esperanza por compañía.

 

¿Se vale fingir?

Estás teniendo un momento sexual de película, la entrega entre tu chico y tú es fabulosa, el placer es inmenso, todo marcha viento en popa. De repente te das cuenta de que tu chico está por terminar y tu orgasmo se niega a hacer su aparición. ¿Qué hacer entonces?

Orgasmo femenino: ¿Fingir o no fingir?

Fingir un orgasmo es más común de lo que se cree, muchas mujeres dan a entender a sus parejas que llegan al clímax cuando en realidad nunca llegó. Las causas por las que se finge son varias: no querer echar a perder el momento, no querer hacer sentir mal a su pareja, intentar no dejar una mala imagen de sí misma frente al hombre, convencer de que todo estuvo bien cuando no lo estuvo… en fin, que existen montones de razones por las cuales la mujeres actúan para el hombre un perfecto orgasmo imaginario.

Ahora, la pregunta del millón: ¿Está bien fingir? En mi opinión sí, es perfectamente válido, yo no le veo la gran problemática a hacer como que llegas si el momento lo amerita. Claro está, no se trata de vivir fingiendo, ni de pretender que sabes lo que es un orgasmo sin haberlo conocido nunca. Yo pienso que está bien fingir el orgasmo alguna vez, si fuera, por ejemplo, el caso con el que comienzo este escrito, o si lo usas para hacer que tu pareja se sienta mucho mejor ¿Por qué no? Son de esas mentiras que –como dice Buena Fe- vale la pena seguirles el juego porque dan el placer de minutos sabor a verdad. Es que hasta si lo finges cotidianamente sin que esto te haga sentir mal, si el orgasmo para ti no es la gran cosa, si no lo necesitas para sentirte satisfecha, pues entonces tampoco de ese modo lo veo mal.

Algunos dirán “la mujer que finge un orgasmo miente a su pareja, y se miente a sí misma”; yo prefiero pensar que soy menos idealista y más práctica, así que lo veo más bien como actuar en consecuencia y no como mentir, al final no se daña a nadie con esto, por el contrario, se le dibuja una ilusión con sabor a placer que le brinda la felicidad de un buen momento. Aunque aclaro, desde mi perspectiva, se puede disfrutar plenamente del sexo aun sin llegar al orgasmo.

Eso sí, está claro que cuando el no alcanzar el orgasmo viene a ser un problema continuo, de pareja, que hace sentir a la mujer insatisfecha y rota, lo mejor es hablarlo, intentar buscar mecanismos para hacer que la mujer lo alcance; también debe la mujer conocerse a sí misma y guiar a su pareja para que este llegue a conocerla de igual modo; y si esto no funcionara pues habría que buscar ayuda especializada. Pero no es de la anorgasmia que va mi post así que no nos vayamos por ahí.

Sé que muchos hombres piensan que sabrían si una mujer les finge el orgasmo: Chicos, en serio, con una mujer que lo sepa fingir jamás se darán cuenta de que no es real. Pueden hablarme de que el cuerpo reacciona de este modo, o de este otro, que si la pupilas, que si las contracciones de las paredes vaginales, que si las expresiones faciales… nada, si la mujer sabe fingirlo se los cuela, que al final, en el momento de la verdad, nadie se pone a tomarle el pulso a la chica a ver si se le aceleró dos o tres latidos más. Por eso es que pienso que no daña: ella cumple su objetivo, él sale satisfecho; como dice el dicho: “el que no sabe…”

Ya sé que es probable que algunos piensen ahora que vivo fingiendo orgasmos. Ni me pregunten, no diré ni sí ni no. Este es un tema que repercute en miles y miles de mujeres en todo el mundo, no se trata de Sherezada, se trata de algo a lo que, en mi opinión, se le muestra mas caótico de lo que en realidad es.

Entonces, mi criterio final: chicas, no se sientan mal por fingir un orgasmo, siempre que el hecho de no alcanzarlo realmente no les suponga un problema; y chicos, ni piensen en eso, se obsesionarían en vano porque tiene que ser ella muy mala actriz para que ustedes se den cuenta. En resumen: a disfrutar del sexo sin pensar demasiado, a dar lo que toque en cada momento, que el objetivo no tiene por qué ser el orgasmo en sí, sino el placer, y se puede tener este último aún sin conseguir el primero.

Raya de tigre (Mr. Dregs IV)

Lo prometido es deuda: aquí está Mr. Dregs IV, para mi amiga Duda que fue quien me puso el pie forzado esta vez. Me costó sacarlo, porque tal como lo veía en mi mente tenía mucho contenido, así y todo no me fue fácil resumir y me quedó mas largo de lo que hubiera querido, espero no les aburra, y espero sobre todo que les guste. Y ahora sí, cierro a Mr. Dregs.

Lento, las marcas van contándome que el tiempo

Es como un pasajero que se sube a tu vagón

Y anuncia que la vida es un momento

Orishas

Algunas estocadas del destino son más dolorosas que agujas clavándose en los ojos. Para Víctor aquello no era más que la vida jugando al faquir con su alma. Solo, en la habitación del hotel, las lágrimas caían incontenibles por su rostro. Se sentía como un niño desamparado, perdido, que grita y llora pero no aparece quien lo rescate.

La pena y el desasosiego le martillaban hasta el hueso cada vez que recordaba al chico, con cara de dolor y rabia, empujando a su madre dentro de la casa y cerrando de golpe la puerta en su cara. Él tocó, desesperado, una vez, dos veces, pero nadie abrió. Aporreó la puerta otra vez, más fuerte, pero tampoco abrieron. Si al menos hubiera podido saber su nombre, o estrechar su mano, o mirarle un instante más; cualquier cosa, cualquier cercanía por minúscula que fuera le hubiera inoculado algo de aliento y esperanza, pero en cambio lo que obtuvo fue un portazo en la nariz.

Un hijo. Tenía un hijo y lo había ignorado toda su vida. Tantas veces que pensó en Zoila y jamás cruzó por su mente la posibilidad de haberla dejado embarazada aquella única vez que la tuvo como mujer. Se había perdido todo, absolutamente todo, de la vida del muchacho hasta ahora, su nacimiento, escoger su nombre, comprar sus cosas. No estuvo cuando dio su primer pasito, ni cuando dijo papá por vez primera, no le abrazó en su tristeza ni le enseñó las cosas de la vida. No hubo juegos de pelota en el parque, ni consejos sobre sexualidad. Nada. Su hijo había nacido y crecido y él estuvo ausente.

Víctor ignoraba lo que había sucedido dentro de la casa cuando cerraron la puerta. No sabía que un torbellino de emociones se había desatado en el interior de aquel chico desde que se percató de que tenía frente a él al hombre aquel por quien tanto preguntara en su niñez, a quién tanto anhelara conocer cuando era un niño y veía al papá de su amigo Yoel hacerle un papalote a su hijo. El hombre por quien su mamá derramara lágrimas a escondidas, cuando creía que el no la estaba viendo.

Adrián se había pasado toda su infancia queriendo saber de su padre. Había acribillado a preguntas a la pobre Zoila que se tragaba el llanto cada vez que tenía que responder las interrogantes de su hijo; pero nunca le ocultó nada, le dijo siempre la verdad, le habló del gran amor que se tuvieron, de cómo y por qué le sembraron en su vientre; le dijo siempre el hombre extraordinario que fue su padre mientras le tuvo, sembrando así en el hijo un anhelo incandescente de querer tener junto a él a su progenitor. Salir a pescar con él, hacer las tareas juntos, que le enseñara a construir carros de madera, y salir a pasear los domingos con su madre de una mano, y su padre de otra. Adrián creció añorando tener lo que veía que tenían sus amigos: una familia completa.

Pero a medida que fueron pasando los años el resentimiento fue usurpando el lugar de la añoranza, y comenzó a cuestionar la visión de su madre, y a odiar el motivo de sus lágrimas. Rellenó el espacio con salidas y amigos, su música, sus estudios. Aprendió a no preguntarse más dónde estaría su padre, ni si le gustaría saber que tenía un hijo, dejó de imaginar como sería un posible encuentro. Se acostumbró a no tener padre, y a ver en su madre todo lo que necesitaba.

Y ahora, aquel hombre se paraba frente a él y le removía todo por dentro haciéndole hervir un volcán de sentimientos que creía enterrados. No quería perdonarlo. No se lo merecía luego de haber estado tantos años sin saber de él, sin intentarlo siquiera. No había llorado, extrañamente sentía los ojos secos y el picor de las lágrimas no le había asaltado, pero sentía el pecho tan apretado que casi le asustaba. No sabía que debía hacer, ni qué debía sentir. Se había encerrado en una concha y no había hablado con nadie desde aquel momento, apenas había comido. Estaba en su cuarto todo el tiempo, sin querer pensar en eso, y sin poder evitarlo.

Al otro lado de la ciudad Víctor se devanaba los sesos tratando de encontrar una solución, intentando hacer girar el mundo de forma que todo aquello no hubiera sucedido. Comenzaba a cuestionarse si había tomado la decisión correcta marchándose a toda costa. Había perdido tanto: sus padres, su amor, una vida con la gente que amaba y le amaban. Nunca más había conseguido compenetrarse con alguien de ese modo. Y ahora su hijo, su único hijo, el que llevaba el sello de sus ojos y su sangre fluyéndole en las arterias. No podía perderlo, a él no, de ningún modo.

Salió súbito de la habitación del hotel, escaleras abajo no pudiendo esperar el elevador, buscó el auto y salió como una centella por la avenida. Esta vez no llegó hasta la casa, sino que dejó el auto al doblar la calle y se acercó caminando. Conocía la casita de memoria, ¿cuántas veces no entraría él clandestinamente a ver a Zoila, cuando sus padres determinaban que era muy tarde para visitas? Entró por el pasillo de al lado y al final saltó el muro, bordeó la ventana de la cocina de Zoila, que daba al costado, y salió al patio de la casa. La puerta estaba abierta.

Entró a la casa. Zoila estaba en la cocina, en sus trajines, de espaldas a la puerta.

-Zoila – le dijo bajito, pero ni así evitó que pegara un brinco.

¡¿Qué tu haces aquí?! – la voz que le habló no era la de Zoila.

Víctor quiso responder, decirle que su hijo todo lo que estaba sintiendo, que se arrepentía de haberse ido, que quería recuperar el tiempo que había gastado lejos de él, que todo lo que había perdido en la vida le había sido compensado ahora con su existencia y quería disfrutarlo. Quería decirle muchas cosas pero no pudo. Adrián se desató como un volcán que había estado conteniendo su erupción durante siglos, lanzó al padre una ráfaga de recriminaciones, desbocó todo su despecho echándole en cara su partida, su ausencia, su silencio. Entonces las lágrimas que no habían querido salir estallaron en un torrente. Había tanta ira y dolor en sus palabras, y rabia, sobre todo por ese anhelo que se acumulaba en su pecho, que quería arrancar y no podía porque allá en el fondo, dónde no llegaban la angustia y el reproche, el deseo de abrazar a su padre latía fuerte.

– No sabía que tu madre había quedado embarazada, mi hijo, no sabía de tu existencia. – logró decirle Víctor, en un instante de resuello del muchacho.

– ¿Habría hecho diferencia? Te hubieras quedado de haberlo sabido? – le espetó Adrián.

Víctor vaciló por un segundo, sopesó la pregunta. ¿Qué habría hecho de haberlo sabido antes de partir? ¿Habría renunciado a su sueño? Quiso creer que sí.

– Me habría quedado – susurró.

– Pues no te creo – sentenció Adrián.

Un poco más lo intentó Víctor, convencer al hijo, convencer a Zoila, que desde un rincón de la cocina no sabía que hacer, pero infructuoso fue cada intento. Había demasiado resentimiento acumulado en el pecho del chico, demasiado.

No teniendo disfrute en esta, su antigua ciudad, Víctor adelantó su viaje de regreso y volvió a la tierra que le acogiera tantos años atrás. Zoila quedó, consumida por la nostalgia y la impotencia; Adrián con la contradicción manipulando su conciencia, sin saber decidir si había hecho bien en rechazar a su padre o si debió acogerle al fin, como tantas veces había soñado, como tanto lo quería ahora.

Dos meses después Víctor pisaba nuevamente el aeropuerto internacional de la ciudad que le vio nacer, pero esta vez un sentimiento definitorio le afirmaba, una certeza en su pecho, una causa. Esperaba que las cartas que había mandado luego de su última partida hubieran sido leídas y, sobre todo, que hubieran ablandado el corazón de su hijo, y de su antiguo amor.

Llegó a casa de Zoila, tocó suavemente, y esperó. Adrián abrió la puerta y miró perplejo el rostro de su padre. Sus mejillas se enrojecieron un poco y su seño se frunció. Comenzó a articular una réplica pero Víctor le detuvo levantando la mano con un gesto seco, pero suave.

– No digas nada ahora, solo escucha. Eres mi hijo, lo más grande y preciado que tengo, si no estuve en tu vida fue porque no sabía que existías, de haberlo sabido no me hubiera marchado. Hoy he vuelto, y quiero recuperar todo ese tiempo que no tuvimos, ser el padre que tanto anhelaste tener y que la vida no me permitió darte. Ten –le extendió una tarjeta– esta es mi nueva dirección, es aquí cerca. No me iré a ningún lado, mi hijo, me quedaré cerca de ti lo que me resta de vida. Y voy a luchar cada día, cada segundo, para que me perdones y me recibas como tu padre, aunque para ello tenga que desangrar mi corazón.

Adrián tomó la tarjeta, su mano algo temblorosa, su pecho latía fuerte, pero esta vez con menos rabia, menos reproche, y un poco más de aceptación. Detrás, Zoila agradecía al cielo. Víctor dio la espalda y se marchó a su nueva casa en su antigua ciudad, la que le vio nacer. Tendría a su hijo, estaba decidido.

 

Ella. Dobleces.

Esta vez llegué a su lugar en el momento justo en que lanzaba una carcajada. Le he visto hacer esto últimamente, más de lo pensado; unos dientes blanquísimos dentro de una boca hambrienta ensayan una obra para los presentes, una y otra vez.

Atisba mi presencia y una sensación de nervio le recorre; cierra su risa y espanta a los ilusos que la observan complacidos. Creo que me teme un poco, porque sabe que soy la única que conoce su luz y su sombra, y cuánto lleva de cada una. Sabe que puedo llegarme hasta el borde de su alma y lanzarme al abismo que esconde, y hurgar dentro, y que eso le dolería porque dejaría su piel en carne viva.

Le coqueteo con un guiño para que prosiga, porque es buena en la actuación de esta vez, y hasta yo juego a confundirme cuando la veo, porque se disfruta su desenfado jamás improvisado y su guión de penas fuera.

Al rato me acerco y, con un paño, seco el vino derramado en el regazo. Se ha encogido otra vez en su rincón porque aún entre las sombras advierte la intención de mi mirada, esta vez le traigo una verdad como un puño, pero no quiere el golpe; está cansada, lo sé. Mueve su vista alrededor, a los que desde sus propias mesas nos miran expectantes; se debate entre sus mentiras y mi realidad, entre lo dulce de cerrar los ojos y el dolor de abrirlos.

El lugar se oscurece casi a totalidad y la luz de las velas ahora nace fría. Se quiere alejar de mí como un cachorro herido que espera otra golpiza, pero la silla enclavada en el rincón detiene la huída. Me acerco y susurro en su oído historias del tiempo que golpea y de las inexistencias, le pego fuerte con un trago amargo de realidades impostergables.

Me empuja. Entonces veo surgir del abismo un torrente de rabia: hacia mí, hacia ellos, hacia Dios. De repente me escupe una risa y me da un toque con el pie incitando a que me vaya. Me levanto y salgo. Lloro el cinismo de saber que le he calado hondo, ríe la ilusión de pensar que me ha espantado lejos; pero sabe, como sé, que nos une un pacto indisoluble.