Clavo vs clavo

¿Qué pasa cuando terminamos una relación y la persona se nos queda dentro, hincando, corroyendo, ocupando el espacio del cual debió salir? ¿Cómo hacer para que deje de latirnos por dentro, para que pase a ser historia, a ser pasado?

Desde niña vengo escuchando la frase: “un clavo saca otro clavo”, y supongo que en un inicio no la comprendía muy bien, lógicamente, pero con el tiempo y las vivencias fue tomando sentido.

Ya sé que las opiniones en esto serán diversas, la frasecita se las trae, así que tiene sus defensores y sus detractores. En mi opinión particular el segundo clavo sí funciona, de hecho, para mí es una de las mejores formas de dejar a alguien en el pasado. Un trueque de historias: nuevos labios para besar, nuevas ilusiones, nuevas pasiones; ya no piensas en lo que fue, sino en lo que está sucediendo en tu presente. Y como al inicio todo es color de rosa, pues el gris de la relación pasada quedará oculto más fácilmente.

Ahora bien, hay personas que no salen ni con mil clavos empujando a la vez, eso está claro, pero eso ya es con respecto a los grandes amores, esos que nos parten el alma en dos –o en tres… o en añicos–, y es que vamos, hablamos de clavos de esos que se usan para colgar los cuadros en la pared, poner las tendederas, fijar tablas; no hablamos de clavos de raíl de tren enterrados hasta lo más profundo de tus entrañas. Estos otros hay que sacarlos con tenazas, a fuerza de tiempo y lágrimas, y hay que halar duro, muy duro, y aguantar; y cuando salen te dejan un agujero tan profundo que demoras bastante en encontrar otro clavo que más o menos encaje.

Pero bueno, no creo que el refrán se refiera a esos en realidad, sino a los otros, al resto, que al final son los más cotidianos, porque los grandes amores solo llegan una vez en la vida, dos a lo sumo, pero de los otros puedes pasarte la vida entera clavando y desclavando.

Así que, mi política ha ido muchas veces por esa cuerda, “a rey muerto, rey puesto” y me ha funcionado. Salvo la vez del clavo de línea de tren, claro está. Por eso mi sugerencia es siempre esa: búsquese otro clavo, y métale, que salidas, cerveza, besos y sexo… suelen ser una estupenda cura para la resaca amorosa.

Retorno. (Mr. Dregs.III)

Con esto atiendo la petición de Pilgrim, y cierro el ciclo de Mr. Dregs. A ver qué les parece. Siéntanse libres de opinar y, como siempre, espero que les guste.

Si ves mi amor que otra vez me fui,

me fui sin entender qué pasa,

en tu corazón se esconde mi país

y el jardín que me conduce a casa.

De vuelta a casa

Carlos Varela

 

Las interrogantes le llegaban como las ondas de un eco mientras conducía por la amplia avenida de la que fuera su ciudad. Si pudiera al menos saber si le alegraría verle; nunca supo a ciencia cierta si se había enojado con él por su partida, o si había llegado a comprenderle.

Víctor cerró los puños en torno al timón del auto, apretándolos, esperando impaciente el cambio de luz del semáforo. En los escasos segundos de espera, tortuosos flashbacks de su último día con Zoila tomaron por asalto su mente.

Habían sido novios desde la adolescencia, convirtiéndose cada uno en el gran amor del otro. Habían planificado casarse al terminar la universidad y entregarse entonces los cuerpos en la pasión que los consumía.

Aquella tarde, en el parque de los besos y los planes de vida, una Zoila desesperada se deshacía en llanto entre sus brazos. ¿Cómo consolarla si él mismo estaba devastado? Le imploró que no se fuera, le suplicó, pero no había vuelta atrás en su decisión, ni siquiera por ella, ni siquiera por todo ese amor que ahora agonizaba en su pecho. De repente, Zoila secó sus lágrimas, le besó, y tomándole de la mano se levantó, guiándole a través del parque, hasta la casita verde. No había nadie en casa a esa hora de la tarde, y fue la soledad el cómplice perfecto. Ella le condujo hasta su cuarto y, una vez allí, se desnudó y le desnudó, entre besos y caricias; y se dieron todo el amor que ya nunca podrían darse. Víctor le amó más entonces, por su entrega, por su pasión, por la unión de sus almas que ahora, estaba seguro, se había vuelto indisoluble.  Esa fue la despedida, la última vez que le vio.

El sonido de un claxon le anunció insistente el cambio de luz. Dos cuadras más, un giro a la derecha, y ahí estaba, la casita en la que se entregaran su amor. Ya no era verde, sino azul, y la cerca que le rodeaba agonizaba inclinada hacia un lado. Víctor se quedó sentado dentro del auto por unos instantes; cuánta contradicción se agolpaba en su interior, quería ir corriendo y acabar de verla de una vez, pero a la vez sentía un miedo terrible, una incertidumbre arrasadora le inmovilizaba las piernas haciéndole difícil tomar la decisión de salir del auto.

Finalmente, armado de valor, pero con la punta de la lanza del temor punzándole aún por la espalda, salió y se paró frente a la casa, soltó una exhalación y fue, sin pensarlo más, hasta la puerta de madera que se cerrara tras de sí aquella tarde.

El puño le temblaba al tocar la puerta, el pulso más que latir zumbaba una frecuencia acelerada, sudaba, era todo nervios. ¿Le reconocería? ¿Se alegraría? ¿Tan siquiera viviría ahí todavía? Un ligero crujido acompañó el paso de la puerta abriéndose, dando lugar a la vista de una mujer que pareció transformarse en cera cuando le vio. La piel de su rostro estaba marcada por los años y un leve exceso de libras moldeaba su cuerpo, pero sí, era ella, esos eran los mismos rizos que acariciara tantas veces, y aquellos los mismos ojos que se anegaran en llanto ante su partida.

Víctor avanzó un paso y ella, nerviosa, retrocedió. Él insistió y se acercó, y le abrazó. Ella temblorosa aceptó el abrazo por un instante y luego le alejó. Zoila miró con detenimiento aquellos ojos que le hechizaran una vez, verdes, como de cristal, con unas pestañas largas y espesas. El mundo pareció sucumbir bajo sus pies, un abismo se abría queriendo succionar sus plantas. El hombre de su vida estaba ahí, frente a ella, el hombre de quien nunca más había sabido nada, a quién pensó no volver a ver jamás, pero que no había olvidado en todos esos años. Estaba ahí, frente a ella. ¿Qué hacer ahora? Quería abrazarle de nuevo, sentir su calor y su olor, como soñara tantas veces, pero ya no era la misma mujer, muchas cosas habían cambiado, la vida había seguido su curso, y la distancia y el silencio habían hecho su estrago. Sin embargo, la vida en su cinismo les había unido para siempre, con una unión inquebrantable. Cerró los ojos un instante y, al abrirlos, le miró impávida.

Debes irte. – Le espetó.

Zoila… – Intentó razonar Víctor.

Debes irte. Ahora. – Determinó ella.

Su frialdad le caló hondo, le rompió en pedazos, pero sabía que nada podía reprocharle. Con el corazón apretado dio un medio giro para marcharse mientras sentía que sus ojos comenzaban a escocerle. Una voz juvenil resonó entonces a su espalda haciéndole detenerse.

Me voy, mamá – dijo el joven besando a Zoila en la frente – Regreso temprano.

Víctor giró de regreso, quedando frente al muchacho. Unos ojos de cristal color esmeralda, de espesas pestañas largas, le miraban desde el otro lado, interrogantes. Víctor quedó como de piedra, su rostro se tornó ahora cenizo, luego de grana. Miró a Zoila con los ojos queriendo salir de sus órbitas, gritando mil preguntas.

Zoila rompió a llorar, a la par de Víctor.

Verguenza y dolor (Mr. Dregs II)

Con esto respondo a la sugerencia de Bambina, quien me pidió que escribiera la historia de Mr. Dregs desde el punto de vista de los padres. Espero que les guste.

Gente de pueblo que hacen sus vidas

cicatrizando el miedo, colgadas del balcón,

hacen de ellas credos y mentiras

sobre la piel del día y sin pedir perdón.

Gente de pueblo atragantadas

Polito Ibáñez

Dalia se dejó caer en el viejo sillón, el cuerpo desfallecido se le sacudía con un temblor incontenible. Las palabras que le dijera su hijo antes de salir retumbaban en su mente, y en su pecho.

– Me voy del país, mamá, definitivo. – había sentenciado.

Hubiera soportado gustosa mil azotes, habría despellejado el mundo con sus manos, se dejaría llenar el cuerpo de clavos enterrados hasta el hueso, cualquier cosa hubiera soportado, cualquier cosa con tal de no haber escuchado esas palabras, con tal de borrar la decisión de su hijo, el hijo de sus entrañas, el que le llegó cuando ella y Raúl ya habían perdido las esperanzas de ser padres.

¡Ay, su viejo Raúl! Desde que Víctor declarara aquello el viejo se había escudado en una coraza de cólera, poco faltó para que golpeara al muchacho. No le habían notado parado en la puerta de la habitación mientras hablaban.

– ¿Qué tu has dicho? – casi gritó, haciendo saltar a Víctor por la sorpresa – ¡No es así como te he criado! ¡No es así como has crecido! ¿Qué será de tu madre y de mí? No crié a un hijo para que al crecer traicionara los principios que le inculqué y nos abandonara. ¡Hazlo, y no serás más mi hijo! – soltó con la impotencia royéndole las venas – Vete, y ya no tendrás un padre.

– Un día lo entenderás, papá – le dijo entonces – Comprenderás que hay vida más allá de tu lucha y tu credo, y me perdonarás.

Pero ella conocía bien a su viejo, sabía el dolor que esas palabras dejaban en su pecho, sabía cuanto quemaban su garganta al decirlo.

Dalia recostó la cabeza al sillón mientras un sollozo le asfixiaba las ganas de vivir. Una vida sin su hijo ya no tendría sentido. Era cierto que solo se iba a otra tierra, y que podría estar al alcance de una carta, una llamada, o un viaje de vacaciones, pero no era así como funcionaban las cosas, sino que estaban obligados a hacer de quien tomara semejante decisión, un muerto en vida.

Raúl atravesó la sala con el rostro desencajado y los ojos mustios. Se quedó mirando a Dalia que parecía estar muriendo sentada en aquel rincón. Quiso hablarle pero un nudo estrangulaba sus cuerdas vocales a la par que su corazón. Incapaz de articular sonido se fue a la habitación y se encerró allí. Sentado al borde de la cama se tapó el rostro con las manos como si de ese modo pudiera ahogar el llanto que le sobrevenía.

¿Qué pensaría la gente que fue testigo del desempeño de su vida, defensor de credos y leyes? Le daba vergüenza lo que pudieran decir, pero más vergüenza le daba incluso preocuparse por eso justo ahora que lo más importante era su hijo. Y saber que tras su partida jamás le volvería a ver. Había caído en su propia trampa, ahora sería juzgado por lo que tantas veces fue juez, implacable y cerrado. Ahora le tocaría sufrir las consecuencias de su propia defensa. Entonces, de algún modo, comenzaba a ver la vida de otro color.

Golpeó su frente con la palma de la mano, deseaba tanto que aquello fuera solo una pesadilla de la que despertara al fin. No podía imaginar la vida con su hijo lejos, sin saber de él, sin poder hablarle. ¿Por qué habrían de torcer los hombres la vida de esta manera? ¿Por qué habrían de gobernar los destinos ajenos?  Vivir sería mucho más fácil si el hombre no se empeñara en complicarlo todo, en controlarlo todo.

– ¿Qué no habría de perdonarte yo, hijo mío? Mi vida daría por ti – susurró para sí.

Los días siguientes fueron grises y helados. La vida tomó su curso alejando al hijo de los padres, frente a un futuro que parecía irreversible. Los años pasaron y Víctor nunca supo del perdón que obtuvo aún antes de partir; Delia y Raúl no supieron de los ojos que le lloraron en la distancia ni el corazón que se estrujó de tanto extrañarles. No volvieron a escucharse las voces, a rozarse la piel, no hubo más abrazos ni besos.

El tiempo consumió lo que quedó de ellos y para cuando las cosas cambiaron y las concesiones tomaron lugar a la derecha de las regulaciones, un Víctor desolado tomaba whisky en la habitación de un hotel en la ciudad de sus padres, aunque ellos ya no estaban.

Mr. Dregs

Esta podría ser una historia de ficción, donde cualquier parecido con la realidad sería culpa de alguna coincidencia ¿verdad?

 

Detrás de los que no se fueron,

detrás de los que ya no están,

hay una foto de familia

donde lloramos al final

Carlos Varela

Víctor se acercó al gran ventanal de cristal y se quedó ahí, de pie, contemplando la enorme avenida con el correr de los autos a toda velocidad, la gente empequeñecida por la altura, el cielo azulísimo, y el mar.

El mar se le hacía inmenso, infinito, un depredador ahora en calma, luego con sus fauces abiertas en olas embravecidas. Un escalofrío le recorrió por todo el cuerpo mientras un leve temblor le sacudía.

Un suave toque en la puerta le sacó del ensimismamiento.

– Servicio de habitación – dijo una dulce voz al otro lado.

– Adelante – respondió con voz grave.

Una joven uniformada entró en el recinto con una sonrisa de cortesía en los labios.

– Su whisky, Señor.

Le agradeció con una ligera inclinación de la cabeza, indicando a la joven que podía marcharse. Se sirvió un trago, ignorando el hielo en la cubitera, y lo bebió de un golpe. El líquido bajó quemándole, enredándose con el nudo que apretaba su garganta. Se sirvió uno más –doble– y volvió a la ventana.

Una corta carcajada amarga como hiel emergió de su interior. Señor. Había pasado de ser escoria a ser Señor. Su mirada se perdió en el mar, una sensación de mareo le sacudió al dejarse llevar al borde del recuerdo. Los ojos de su madre aparecieron frente a él, llorosos, nublados, suplicantes.

– ¡No lo hagas, hijo mío, no lo hagas! – le imploró aquella vez, pero él ya lo había decidido; esa huída era su única oportunidad de triunfo.

La incomprensión de su viejo, el dolor de verle voltearle la espalda.

– Hazlo, y no serás más mi hijo.

– Un día lo entenderás, papá – le dijo entonces – Comprenderás que hay vida más allá de tu lucha y tu credo, y me perdonarás. Sabía que al irse obligaría a sus padres a darle por muerto, pero estaba decidido.

Para cuando los tiempos cambiaron y se le permitió regresar, y ser ya no más una escoria sino un señor, y hospedarse en la suite más costosa del mejor hotel de la ciudad, sus padres ya no estaban. Hoy volvía a pisar su ciudad pero ya nada le quedaba en ella. Había heredado un nuevo status social, y el constante intento de las fieras citadinas por rapiñarle los billetes  de su cartera. Tenía la piel más blanca, y unas libras de más, pero ya no podría recuperar los años lejos de sus viejos, ya no sabría si su padre alguna vez le perdonó.

Víctor cerró sus ojos apretándolos fuertemente, no pudiendo contener los riachuelos que mojaban sus mejillas. Maldijo por lo bajo, a la crueldad de aquella imposición que obligó a sus padres a enterrar a un hijo vivo, al absurdo de volverle plaga donde pudo ser primavera, a la maldita estupidez el hombre.

Bebió de un trago lo que quedaba en su vaso y salió de la habitación. Buscó el auto que había alquilado y enfiló hacia la avenida, rumbo a la casa de Zoila, el gran amor que abandonara –como a sus padres– cuando decidió apostar por un futuro en la lejanía. Aceleró, rezando que al menos ella todavía viviera allí, en la casita verde, donde tantos años atrás aprendiera a amar.

Y descubrimos con desilusión que no sirvió de nada…

Sin muñecas pero con meneo

28 de septiembre, fiesta de los CDR, retumbaban los bafles en los bajos de mi edificio llenando cada apartamento con las estruendosas notas del reguetón. Una canción se repite una y otra vez; y cada vez, cuando suenan los primeros acordes, las niñas chillan de emoción y hacen una especie de cordón para bailar al unísono mientras corean:

“Vamos pa´ un hotel, o pa´ un alquiler, dale tati, estoy pa´ party. Y tú vas a ver lo que te voy a hacer, ´toy pa´ sexo, to´a la noche en eso. Tengo money, mucho money ah ah ah…”

Sabes que son niñas, pero las ves bailar y piensas “son mujeres”. Una con un short diminuto, otra aun en uniforme de primaria, otras más en culero. Sí, en culero. No puede tener más de dos años, y baila a la par del resto: primero pone sus manitas en la cintura y se menea haciendo círculos, luego temblequea su cuerpecito frenéticamente, acto seguido, cuando la canción suelta acordes rápidos y repetitivos, se tira al piso, como sus compañeras de baile, rodillas y manos en tierra, y a partirse la columna vertebral se ha dicho, empinando y bajando las nalguitas al ritmo de la canción. Son niñas y ya no juegan con muñecas, ahora perrean.

Hay un niño, tendrá unos cuatro años, aunque luce un poco más pequeño. Se pega detrás de la niña que ha de tener unos ocho años, y por supuesto, no llega a la zona en la que hombres y mujeres se pegan al bailar reguetón. ¿Qué sucede entonces? La niña se agacha, y se mueve restregando su trasero contra la entrepierna infantil, se agacha y sube lentamente bien pegadita, toda una faena de excitación. Pero luego parecen cansársele las rodillas y vuelve sobre su altura, el pequeño queda otra vez desnivelado. Pero todo sea por el crecimiento precoz, por la pérdida de la niñez, que no nos ataque el síndrome de Peter Pan: viene otro pequeño, de edad mas o menos como la niña que baila, carga al de cuatro años y le lleva hasta su objetivo; luego lo pasa de niña en niña ¡A restregarse se ha dicho!

Son niñas pero ya no juegan a las muñecas, ni a los yakis, ni ven en un simple roce de labios el transgredir de los parámetros de sus edades, son niñas que cantan letras como esa aunque no sepan exactamente qué significa pasar “to´a la noche en eso”. Un poco más atrás las madres observan y ríen. Al otro lado, jóvenes varones les miran, y no dudo que alguno fuera marcando a la que, dentro de dos o tres años, pueda disfrutarle un buen perreo, como a la adolescente esa que daba movimiento a su cuerpo entre los dos chicos que la flanqueaban.

Pero no fue ahí dónde escuché la canción por primera vez, sino en el cumpleaños de una de las niñas del edificio, la semana pasada. Un cumpleaños hasta las tantas de la noche, a  golpe se party, sexo y money. Difícil la tienen los padres que quieran criar a sus hijos en el paso prudencial de la vida, creciendo de  a poco, sin asesinar etapas; difícil les será porque sus hijos no tendrán con quién corear las canciones infantiles, ni sabrán cantar las canciones adultas en los cumpleaños de sus amigos. Difícil la tendrán los niños bien criados, porque serán diferentes del resto, de la mayoría, de los niños-adultos.