Apariencia con antifaz

Debatíamos en la oficina acerca de las personas y sus tendencias sociales, los jóvenes y sus modas, los gustos, las aceptaciones sexuales. Yo algo permisible, mi compañero tan intransigente.

En un momento de la conversación, cuando se hablaba de gustos y aceptaciones, él dice refiriéndose a mi: “No, pero yo sé que a ella no le van esas cosas, ella es una muchachita que ha recibido su educación” Y yo me pregunto ¿Tiene que ver la educación recibida con el gusto sexual, o las manifestaciones y aceptaciones sexuales?

“Las personas –me dice– son un conjunto de su estructura y el cómo se comportan” lo cual se traduce en que, según sea su físico y su forma de darle atención al mismo, así como la forma de actuar de la persona, puedes saber cómo es sexualmente. Difiero de él y se lo digo, y que me perdone Freud, pero pienso que la sexualidad ajena puede ser una verdadera caja de sorpresas.

¿Quién puede, por como soy en mi entorno laboral, saber o deducir mi comportamiento en cuanto a mi sexualidad? ¿Pueden suponerlo acaso mis vecinos que ven mi escaso deambular por el barrio? ¿Pueden imaginarlo tan siquiera mis familiares?

Soy del criterio de que un chico tímido no tiene que ser necesariamente pasivo en el sexo, ni que sus gustos en cuanto a esto se reduzcan obligatoriamente a los convencionales; sé además que el más avispado no es necesariamente la mejor apuesta que se pueda hacer en una cama, y que sus gustos y preferencias no tienen que ser por fuerza los más exóticos.

Hace mucho tiempo aprendí a no juzgar al libro por su portada, ni creer en cartas de presentación; y es que aún mi propia percepción puede jugarme una mala pasada. No creo que mi sexualidad se refleje en quien soy en mi cotidianeidad, y pienso además que esto es así en la mayoría de las personas.

Me parece que mi compañero de trabajo, tan machista y retrógrado, que insiste en verme como una jovencita inexperta, si se asombró cuando le dije que no me molesta que mi pareja se saque las cejas o se rasure todo el cuerpo, que me gustan los chicos con aretes, pelo largo, piercings y tatuajes, y que tampoco me molesta que lleven el pantalón caído mostrando parte de la ropa interior, se abrumaría bastante si yo le contara de mis gustos, mis fantasías, mis experiencias y permisividades sexuales.

Definitivamente la edad no hace la experiencia, sino que son las vivencias quienes se encargan de ello.

El Rey

Este es una especie de homenaje, aunque él nunca lo lea, aunque nunca sepa las palabras que inspiró. Surge a raíz de su prematuro retiro, tan injusto e inmerecido; y porque siempre le he admirado.

A Ariel Pestano

Hay hombres que nacen grandes, y por más que les empujes hacia abajo no dejan de crecerse; hay hombres que nacen estrellas y aunque les escondas no mengua su luz; hay hombres que por el odio de uno reciben el amor de muchos. Él es un hombre de esos: Ariel Pestano.

Entregó su vida al béisbol, y fue poco a poco haciéndose sentir hasta que a golpe de puro talento y esfuerzo alcanzó la corona que le ungió como el mejor receptor de esta isla por muchos años, y uno de los mas grandes peloteros en la historia de este deporte en Cuba.

Se le veía en cuclillas el terreno, como felino que espera la oportunidad de demostrar su fiereza; gritando al de tercera base, dando instrucciones al pitcher, frustrando al corredor que pretendía alcanzar la almohadilla sin reparar en el gigante guardián que hizo de la superstición del número 13 la ventura de una carrera deportiva de lujo. Temperamental en el terreno, pero sencillo y amistoso en la vida.

Yo le conocí una vez, le abordé como hacen las adolescentes con los artistas. Venía de un entrenamiento y, aunque seguramente estaba cansado, me atendió con una sonrisa y dedicó unos minutos a conversar conmigo, allí, en la entrada del hotel. Ese día me gané dos besos suyos y un autógrafo que debe estar guardado en algún lugar. De más está decir que revolvió mis instintos de mujer, esos que ya poseía solo al verle jugar a través de la pantalla, pero que sin dudas se agudizaron al ver esos ojos, ese cuerpo, su estatura.

Quiso Víctor Mesa truncarle el futuro que aún le quedaba, y otros a su alrededor ataron a la justicia de manos y pies para que el gran monarca recibiera la puñalada. Lo que no sabía Víctor es que el destino le guardaba una última jugada que sería como bofetón en pleno rostro: un jonrón con bases llenas, decisivo, final. No sabía que le restregaría su hombría ahí, frente al banco rival; mucho menos imaginaba que su inquina haría efervescer el amor de todo un pueblo, consagrándole  su afecto y fidelidad, que le haría subir a un gran trono entre décimas y fuegos artificiales, con unas gradas llenas, y un destino cómplice que parecían gritarle a coro: ¡Salve, Rey de la receptoría!

Odisea a la cubana

La literatura está llena de historias que nos cuentan asombrosos viajes: Gulliver, Odiseo, el profesor Otto Lidenbrock…personajes que desafiaron las más crueles vicisitudes para llegar a su destino. Pero la vida real no se queda atrás; nosotros tenemos nuestras propias odiseas.

Estás ahí, de pie, a cada lado tuyo monstruosas escoltas te aprietan, hombro con hombro; quieres moverte y no puedes, quieres pensar y tampoco. El sudor corre por tu frente, por tu espalda, entre tus senos. Diversos olores se mezclan apuñalando tus fosas nasales: dulces, secos, acres, nauseabundos. Una música estridente te acompaña –te tortura– y la voz de aquel señor, que se te antoja un mayoral, grita, grita fuerte y te exige que te muevas, te ordena que te desplaces, y tu piensas “¡¿Cómo?! ¡¿Cómo si apenas puedo, tan siquiera, respirar?!” Sientes ganas de llorar; es entonces cuando descubres que cuando la cosa está mala siempre puede ponerse peor.

De repente una presencia hace posta tras de ti, insistente, persistente, inamovible. Te dices que es normal, que todos van sufriendo tu mismo viaje, hasta que tus nalgas comienzan a percibir un abultamiento en crecimiento. Tratas de echarte a un lado pero es peor, el movimiento ha hecho que se endurezca y crezca más aún.

¿Qué hacer ahora? Si le gritas todos se enterarán y pasarás a ser el centro de atención, protagonista de la historia que contarán al llegar a casa; si callas tendrás que aguantar aquella presión durante todo el viaje bajo la posibilidad de que el sudor termine mezclándose con alguna otra humedad. Entonces decides fulminarle con una mirada, propinarle una estocada con el filo cortante de tus ojos; concentras en tu rostro toda la rabia, el asco y la amenaza que puedas reunir, luchas por moverte entre tus escoltas y logras girarte y mirarle fijo. Con suerte se desplazará hacia otras nalgas -con suerte digo- de otro modo tendrás que recurrir al plan A, o al B: grita o aguanta. Ah, una aclaración, estar sentada no te garantizará eximirte de esto, podrías atravesar la misma vivencia, solo que sería tu hombro y no tus nalgas quien sintiera el bulto en cuestión.

Así vas, día tras día, en un viaje de ir y venir, en una rutina sin recompensa final, en una entrega de flagelación cada mañana y cada tarde. Te das cuenta que preferirías enfrentar a Poseidón, o ser atada por cientos de hombres en miniatura, o encontrarte en la panza volcánica de la tierra. Cualquier cosa sería mejor que ese martirio involuntario.

Si crees que miento o exagero al contar esta odisea cubana te invito a montar en un P en horario pico, repetir la historia cada día, y sabrás de lo que hablo.

Con Fe de la buena

En la cocina de mi antigua casa –la casa donde nací– había un radiecito pequeño que mis tías tenían la costumbre de poner para animar sus labores hogareñas con la música de turno. Ahí, sobre el refrigerador, cumplía muy bien su función aquel día.

Sería el año 2000, si lo recuerdo bien, así que tendría yo 20 años. Escuché que sonaba una música algo movida, sin embargo fue la letra la que me hizo detenerme: “Te atraparé por el cuello y te lo voy a apretar, mas te exijo firmemente, no te puedes quejar…si a fin de cuentas estar ahorcado no es tan malo” En casa algunos rieron con la letra, a mi me atrapó. Esperé a que acabara la canción para escuchar al locutor decir quiénes eran aquellos que hacían una denuncia social con una particularidad tan cautivante. Buena fe. Entonces lo supe: tenía que escuchar más de su música.

Llegó luego, atravesándome, “No juegues con mi soledad” y entonces quedé irremediablemente enamorada. Los dejé entrar y la inteligencia de sus letras me abrió las puertas hacia un mundo en el que encontré todo un arsenal de sentimientos, ideas, motivos, libertades, emociones; traídos de las manos de un corazonero reparador que construía líricas con un sello tan personal que fue desde siempre inconfundible. Pasó luego presagiando premoniciones, y siguió cayendo en mi alma mientras decía “vamos corazón”.

Pero algún ángel mortífero pasó y desligó mis membranas de la magia de su nobleza extrema, mi catalejo ya no les divisó de la misma manera, perdí sus huellas y ya no les comprendí como antes. Continúan teniendo un mar de gente que les sigue a los conciertos, su gente fiel, la de antaño, esos que están aun enamorados de su ingenio, convencidos de que su música es buena con Pi. Pero yo perdí la frecuencia de su arte, por más que muevo el dial no logro encontrar a aquellos de ayer. Hoy se paran firmes y a voz de cuello gritan: “¡Soy!”, más para mí no son más los mismos.

Y no es que Israel haya perdido la gracia de saber decir, ni la grandeza elocuente de sus palabras, es más bien que se me han camuflado los temas que se hacían parte del alma, mientras las melodías se codean peligrosamente con las de géneros menos inteligentes. Es como si el modo de decir de Israel, su palabra, haya sido exiliada hacia otro estilo sobreviviendo allí, adaptándose.

Por supuesto que hay canciones que se salvan agarrándose con uñas y dientes al pasado de Buena Fe, porque “Volar sin ti” parece salida de Arsenal, pero son pocas, y cada vez menos, las que se parecen a los chicos que sonaban en la radio de mi casa, allá por el 2000.

Yo me sigo quedando con sus cuatro primeros discos, esos que guardan la historia de la joven que fui, esos que me llevaron a sus conciertos, uno tras otro, y cuyas canciones me sabía de memoria.

Será porque “Intimidad” continúa siendo mi favorita, o porque mi alma sigue gritando “si solo tomaras el cuerpo… no juegues con mi soledad”, será porque “Noviembre” aún me hace llorar; o porque sigo necesitando pasar por su taller, implorando desesperadamente que puedan hacer la excepción.

Pd: Pero hay cosas que no varían, ni con los años, ni con los cambios, ni con los ángeles mortíferos: Israel me sigue gustando, el hombre digo, sea lo que sea que cante. No olvido el lunar que baja por su cuello, el que descubrí aquella vez que estuve tan cerca de él que hasta pude tocarle.

¿El pollo o la mujer del pollo? (II)

Lo prometido es deuda, aquí les va la segunda parte del cuento. Espero no decepcionarlos.

Rigo tocó una vez, dos veces –ahora más fuerte–. La bilis subió por su garganta, algo pasaba, estaba seguro. No podía perder a esa mujer, que no era suya, pero sí que lo era. No podría vivir sin perseguirla por las calles, sin el movimiento de sus nalgas tras la ventana, sin su piel morena y su boca -esa boca-. Estaba apunto de derribar la puerta de una patada cuando esta se abrió de golpe. Lo que vio al otro lado le dejó sin aliento, olvidó respirar, olvido pensar, olvidó el pánico.

Una imagen de mujer se recostaba a la puerta, relajada; una mano en la cintura, la otra en alto sosteniendo la puerta abierta. Un cuerpo escultural se alzaba en toda su esbeltez, los senos a punto de desbordarse del pronunciadísimo escote de un transparente ropón rojo que parecía salido del más selectivo desfile de Victoria´s Secrets, cortísimo, a ras con el final de las caderas. Rigo adivinaba que, si se volteaba, dejaría al descubierto dos curiosas cúspides asomadas bajo la fina tela, a través de la cual se veía una tanga exquisita, de satén, igualmente púrpura, y un sostén a juego que seguramente pronto comenzaría a protestar ante su impotencia por intentar retener tanto contenido. Descalza, sí, tal como le gustaba verla. No podía despegar su vista de aquel encanto, tuvo miedo de mirar su cara, de mirar sus ojos, su boca, y colapsar ahí. Pero ya había perdido la batalla de su control hacía mucho tiempo. Alzó lentamente la mirada y los ojos que le hicieron ganarse el apodo le miraron, de soslayo, sí. Y la boca, untada en carmesí, lanzó una corta y sonora carcajada.

La China dio la espalda y avanzó por el pasillo lentamente, dejando tras de sí la puerta abierta. Rigo no tuvo más opción que seguirle, ya no era él mismo, era puro instinto. Llegado a la habitación no pudo contenerse más, se lanzó sobre esa boca que tanto había soñado besar, tener sobre sí, la boca de sus noches a solas con sus propias manos tocando su cuerpo. La besó deseoso, enloquecido, y ella se dejó hacer. Sin mediar palabras la lanzó sobre la cama, bajó hasta sus senos dejándolos al descubierto, y se detuvo allí. No era posible, no lo creía, estaba siendo suya, y parecía disfrutarlo: los ojos cerrados, la respiración entrecortada, leves gemidos. Totalmente incapaz de ser paciente bajó una mano hacia el centro de sus muslos, mientras introducía con la otra un dedo en aquella boca. Bajó, bajó, un poco más… y llegó.

El tiempo –ya sabemos que es una medida inexacta– se detuvo ¿Por cuantos latidos? No se sabe. Lo cierto es que, al segundo siguiente en que echó a andar de nuevo, un Rigo blanco como papel, como la cal, como un fantasma, salió corriendo, o más bien volando –aunque no creo que a esas alturas esa palabra le hiciera mucha gracia– hacia la puerta. En su intento por abrirla, temblándole las manos inconteniblemente, soltó un buche de flujo de su estómago. Pudo salir finalmente a las escaleras  y huir, esconderse en su casa, solo. Solo. La China quedó tendida en su cama, y en su entrepierna, duro como garrote, lo que no tuvo más acomodo bajo el satén.

Ahora al león, al macho, al gallo de gallinero le dicen Pedro Navaja. No por guapo, sino por aquello de que ♪La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ¡Ay Dios!♫

¿El pollo o la mujer del pollo? (I)

Este cuento me quedó un poco largo, así que lo publicaré en dos partes. A ver qué les parece.

Todo el mundo tiene un punto débil. Hasta los más grandes, fuertes y poderosos encuentran, al menos una vez en la vida, esa astilla que se clava y les hace sucumbir, la horma de su zapato, vaya. Y Rigo encontró la suya.

Siempre había sido el rey, ya saben, lo que se dice el león de la selva, el gallo del gallinero, el típico macho cubierto de pieles, con el garrote en la mano, y su cueva. Siempre deseado por las mujeres, siempre con el control, nunca enamorado.

El tiempo es la medida más inexacta que existe. No se puede medir con tiempo las pasiones, porque un torbellino puede arrasar con tu vida en un día, mientras que una historia que dure años puede no dejar ni ápice de huella. Seis meses. Hacía seis meses que ella se había mudado al apartamento que daba frente al balcón de Rigo; en seis meses se había desatado la hecatombe.

Era una mulata exuberante, su piel canela con ese vestigio caribeño, sus curvas perfectas daban paso a unas nalgas musculosas y bien formadas, montañas de seductora redondez; sus piernas esbeltas, macizas; sus senos, volcánicos, parecían clamar por atención tras el escote; y aquellos ojos de mirada ancestral como si guardaran mil historias, si miraba de soslayo podrían hacer rendir a todo un ejército. Pero la cúspide del encantamiento era su boca, esos labios carnosos, dos gemelos que, entreabiertos, colmaban su locura, el borde del peñasco.

Rigo nunca había sido doblegado por presencia femenina alguna, pero desde hacía unos pocos meses solo vivía para verla pasar. La China. Solo sabía que le decían La China, y que provenía de alguna provincia donde el sol había besado su piel con un magnífico soplo dorado.

Pasaba horas en el balcón mirando hacia su casa, endurecido tras el muro mientras le veía mover las caderas al ritmo de los Van Van. Luego, en las noches, se masturbaba frenéticamente recordando aquella danza envolvente e imaginando la boca entreabierta cerniéndose sobre él. Si le veía cerrar las ventanas corría hacia la calle y le seguía por cuadras, haciéndose el distraído pero siendo perfectamente consciente de los ademanes de su objetivo.

Ella no tardó mucho en darse cuenta. Comenzó entonces a acentuar la cadencia de sus movimientos cuando le sabía tras sus pasos, a usar ropa extremadamente ligera mientras bailaba sensualmente tras la ventana al ritmo de la timba, a salir del baño envuelta en una toalla y caminar así por toda la casa. Rigo estaba loco, así, loco de deseo.

Un día la vio llegar con unas compras. La China dejó todo en la cama y entró al baño. El hombre esperó impaciente a que volviera a salir, ahora vendría el desfile en toalla, solo de pensarlo se endurecía. Los minutos parecían no pasar y el torbellino encendía sus entrañas. ¿Saldría descalza? ¿Con el pelo mojado? ¡¿Saldría de una buena vez?! Nunca había tardado tanto tomando un baño.

De pronto las ventanas de la habitación se cerraron de golpe. Rigo no vio una mano hacer el gesto, solo el golpe y la ventana ¡pum! Un escalofrío le inundó, la piel se le erizó de pies a cabeza ¿Pasaría algo? ¿Estaría en peligro? No sabía que hacer, sentía el instinto de ir a averiguar pero a la vez temía hacer el ridículo si todo era, no más, fruto de su imaginación. Esperó, esperó… nada, no salía.

Una ola de pánico lo invadió, la adrenalina a mil, su mente abandonó todo análisis y salió disparado escaleras abajo, como una centella, hacia el apartamento…

Remembranza

Canta la canción de las noches perdidas

quema como el gas azul de los mecheros

sirve para echar vinagre en las heridas

miente como mienten todos los boleros

Sabina

 

Me fui al mar buscando las musas, imponiéndole a la casualidad alguna presencia, arañando una probabilidad de risas. Me fui al mar y al llegar te encontré.

No te quiero, no me importas, más me lates el recuerdo entre estas olas, tan amigas del desánimo y la soledad. Me invade el olor a sal y es la bruma del sudor sobre tu espalda la que altera mis sentidos. ¿Dónde estás? No quiero verte pero ¿dónde estás?

Me vine al mar y el horizonte está tan lejos como tu de mi, inalcanzable, perdido. Si lanzara una botella mensajera a las aguas no vendrías, si llorara tampoco.

No soy más la prisionera de tus horas, ni te anhela mi deseo, ni te imploro. No te busco entre las risas de mis sueños, ni quisiera yo volver sobre mis pasos. No me tienes, mas viniste a mí, en cada ola, esta tarde.

De haber tenido algo de alcohol y a Pasión Vega cantando esta canción tal vez hubiera terminado llorando, y lanzando la maldita botella al mar.

 

 

Después del sexo ¿qué?

Una escena de la teleserie “UNO”, que nada tenía que ver con la trama policiaca, me llamó la atención: el Mayor Alex acaba de tener sexo con su compañera, acto seguido la desmonta, la mira y le dice: me voy. Esa actitud me hizo preguntarme: ¿Qué nos queda cuando terminamos el acto sexual?

Creo que esta pregunta la responderían de modo diferente el hombre y la mujer. O más bien, la viven de modo diferente el hombre y la mujer, porque responder lo que se dice responder, bueno, las letras dicen cualquier cosa, lo vivido es algo distinto. Pero, aclaro, no es mi intención generar un debate machismo vs feminismo.

En mi opinión particular –y aquí probablemente se me salga de a lleno la piscis que dicen por ahí que soy– el acto sexual no termina con el orgasmo. O sea, técnicamente termina con el orgasmo, con la eyaculación, pero no. Tal como empieza con los juegos previos, tal como puede comenzar el ambiente sexual desde que están conversando, compartiendo una bebida, tocándose a ratos, mirándose… asimismo no debe terminar bruscamente tras el final del coito como tal. Que el hombre inmediatamente se de vuelta hacia el otro lado y se duerma te da unas ganas superlativas de propinarle un buen trompón; las más sentimentales hasta se pueden deprimir si la historia se repite cada vez.

Y no es que exista un código de comportamiento al respecto, o que ahora haya que martirizarse en sostener cualquier conversación post-coito solo por aquello de no dormirse inmediatamente, pero dar muestras de ternura y complicidad tras el momento de lujuria deja la sensación de que la cosa va más allá de la parte animal, de la mera parte carnal.

¿Qué hace que las mujeres por lo general precisemos esto mientras que los hombres, por su parte, no lo necesitan? Y no estoy siendo absoluta, pero suele ser el comportamiento más general. Ahora, más allá de las diferencias de géneros, hormonas y tal, creo que coincidiremos –aunque ellos tal vez por lo bajo– en que es de muy mal gusto soltar el ronquido justo después que se ha hecho gala de tanto derroche de placer.

Repito que no hablo de la eventualidad, hablo de la rutina constante; no de un día de cansancio justificado, sino del hábito, del restarle importancia a ese momentito íntimo que viene siendo como la tilde del sexo, acentuando los minutos u horas que le precedieron. Y tampoco hablo de mi experiencia, hablo del Mayor Alex.

Ustedes me dirán ahora, ya sea una vivencia, una opinión, una crítica. Pero piensen bien, honestamente, si no llevo algo de razón el lo que digo.

Lloviendo muerte I

No estoy melancólica. Esto es un reto. A Vivian se le ocurrió que escribiéramos las tres un texto bajo el mismo título. Aquí les va el mío, chicas, con la inspiración desollada… ya ansío leer los vuestros.

A Vivian

A Duda

 

Desandaba con la espera guardada en los bolsillos, bolsillos agujereados que dejaban escapar restos de suspiros. Rompió de pronto una llovizna de olor dulce golpeando mi cara a mano abierta. Llovizna de canela y miel, de sirope y anís. Su presencia me mojó los ojos, salpicó mi alma, y abrí de par en par los brazos para empaparme de él.

Le vi entonces en pos de mí, y su mirada me llovió un amanecer, naufragué en esas pupilas que me enterraban dentro la neblina y el rocío; esos ojos color alba y despertar.

Me sumergí entre sus brazos y me llovieron burbujas: de colores, irrompibles, imperecederas. Me restregué con esta y con aquella, me cosquillearon los senos, el cuello, y la entrepierna. Me extasié entre la lluvia de burbujas, que rodaron por mi espalda erizando mis confines, sus manos resbaladizas escapando por mi piel.

Un canto me envolvió y me hizo volar, su voz en trino, un aguacero de jilgueros, ruiseñores y sinsontes. Floté en mis pasos hacia él, un revolotear de alas que estremecieron las profundidades.

Fue imposible entonces eludir el torrencial, gotearon soles sobre la piel tornándola febril, incinerando el alma, quemando, iluminando, arrasando. Restallaron en mi centro relámpagos de lujuria, vientos que me arrastraron a su existencia irremediablemente. Fui presa entre las gotas insistentes de la tormenta que fue su cuerpo junto al mío, lloviéndome la vida en cada empuje, en su sudor, en la locura de sus manos desarmándome en pedazos. Me llovió vida y fui feliz, me llovió el cielo y le toqué.

Más la calma llega siempre detrás de la tormenta, y sus pasos se perdieron tras la luz del arcoíris; no gustó de mi gama de colores gris opaco, negro y marrón. Y se fue, se perdió tras la neblina, se llevó el azul, y el cielo, y cada nube. Me dejó solo el vapor ennegrecido chamuscando mi cabeza.

No me llueve más su sol ardiente, ni los trinos de su voz, ni las burbujas; no me llueven sus miradas, ni sus manos, ni sus risas. Y aunque ando y beso labios, y me restriego en humedades, aunque hago los mil bailes de la lluvia y me froto en el rocío escaso entre la espinosa hierba seca, no me está lloviendo vida; hoy su ausencia se desata y viene a mi lloviendo muerte.

Lloviendo muerte II: Duda

Lloviendo muerte III: Vivian

Desahogo

Le veía ir y venir todos los días por los pasillos, pero jamás cruzaban palabra, ni un saludo siquiera. Le observaba en el comedor mientras almorzaban, pero nunca juntos en la misma mesa. Le veía llegar, irse, reír, hablar, pero siempre con otros, nunca con ella.

Vivía extasiada con él: su estatura, su cuerpo, el color de su piel, sus ojos. Se alimentaba cada día con fantasías en las que se unían en el placer de los cuerpos mientras él le miraba con avidez. Soñaba con sus manos tocándolo todo, con sus besos dejando humedades por su espalda, con su lengua enterrándose en la cumbre de su deseo.

Anhelaba ir al trabajo cada mañana, y los fines de semana se hacían interminables. Buscaba excusas para salir de su oficina pero en realidad el único propósito era verle. En el ascensor, si coincidían, se acercaba disimuladamente para sentir su olor, entonces la excitación le embestía con fiereza y tenía que someterse a pura fuerza de voluntad para no tomarlo ahí mismo.

Ya no sabía qué hacer para llamar su atención, había recurrido a toda sutileza: miradas, roces, sonrisas. Él no caía en la cuenta, o tal vez solo simulaba que no se percataba; lo cierto es que ella desesperaba cada vez más por tenerle y disfrutar de su hombría. Una oportunidad; solo necesitaba una oportunidad.

Aquel viernes, en la tarde, había poco personal en el Centro. Sus compañeros de oficina no estaban, por lo que puso algo de música para animarse; poco a poco se fue dejando llevar por el ritmo suave y su mente vagó hacia una existencia, una tormentosa de cuerpo perfecto.

Un leve toque en la puerta le hizo reaccionar ante la presencia que se asomaba ligeramente con unos papeles en las manos, al tiempo que ella miraba. Él entró. Un temblor le recorrió el cuerpo, estaba ajena al entorno, todo lo que importaba en ese momento era que ese hombre estaba parado frente a ella, solos, en su oficina.

Le miró fijo desde su silla y, sosteniendo su mirada, alzó una mano y desabotonó el primer botón de su blusa. Él pestañeó par de veces, se le vio algo perplejo pero inmediatamente bajó la vista a los senos que se anunciaban tras el escote, e instintivamente se pasó la lengua por los labios. Ella se levantó entonces lentamente, y con pasos sensualmente cadenciosos se acercó a la puerta, echó el seguro, y se volteó.

Él se quedó parado en su sitio, sin saber qué hacer exactamente, pero su respiración ya empezaba a notarse algo agitada. Se paró frente a él, y botón por botón terminó de abrir su blusa, deleitándose en la mirada de él que parecía no poder apartarse de su cuerpo. Se inclinó un poco, se quitó la ropa interior que llevaba bajo la falda, y se subió al buró.

Las piernas entreabiertas, pero la falda hacía el papel de centinela, dejando total lugar a la imaginación. Él frente a ella de pie, ella excitadísima ofreciéndose sin reparos. Las miradas sostenidas. Los latidos parecían audibles. El aroma cambió.

Se ven ir y venir todos los días por los pasillos, pero jamás cruzan palabra, ni un saludo siquiera. Se observaban en el comedor mientras almuerzan, pero nunca juntos en la misma mesa. Se ven llegar, irse, reír, hablar, pero siempre con otros, nunca entre ellos. Nada parece haber cambiado, sin embargo, las paredes de su oficina esconden una historia que pugna por arrancar su mudez, conservan el olor a sudor y sexo, guardan imágenes de desenfreno y lujuria; mientras el buró disfruta del recuerdo de aquel desahogo que acabó por aflojar una de sus patas.