De una noble idea al caos

La lluvia cae mientras espero la guagua que me llevará al trabajo, necesito guarecerme. Me escondo bajo el techo que sobresale del edificio a mis espaldas. De repente, un olor casi putrefacto apuñala mi sentido del olfato; proviene de la cocina del Comedor Comunitario que está en los bajos del edificio: están cocinando picadillo.

Las buenas ideas no se bastan a sí mismas con ser buenas, sino que precisan de una ejecución acorde para ser realmente dignas de alabanza. He visto excelentes ideas irse por el caño cuando son puestas en práctica; la de hacer Comedores Comunitarios es una de esas.

No dudo que una reconocible intención altruista primara en quien trajo a la luz el concepto del proyecto, pero cuando el diablo trastoca las bienintencionadas obras de Dios todo se va a la m… -a ese lugar que Reflejos no me deja poner-.

De este modo, lo que nació siendo un hermoso engendro benefactor que acunaba en sus brazos el objetivo de alimentar a los viejecillos desprovistos del barrio, se ha convertido en el grifo de llenar los bolsillos de unos, y el peligro de desnutrición o indigestión crónica para otros.

Allí de pie, viendo la lluvia mojar pavimento y transeúntes, esperando mi guagua, me pregunté si podría alguien comerse aquello, pero sé la respuesta y me entristece en demasía: cuando el hambre aprieta se come hasta piedra. Pienso en el almuerzo que llevo en mi bolsa, casualmente también es picadillo, pero huele muy diferente, sabrá muy diferente.

¿Quién me cuidará cuando envejezca? Espero no tener que depender de una idea como esta, sino poder contar con el amor de hijos y nietos. Pero por ahora, quisiera que alguien con la facultad requerida revisara este proyecto comunitario, y diera a estos ancianos la posibilidad de llevar a sus estómagos algo digno del paladar, y la nutrición.

Mas ¿Habrá por lo menos algún sitio al que pueda dirigir mi queja? ¿Querrá alguien escuchar? ¿Le importará a alguien siquiera? Me vienen a la mente un par de periodistas, y me dan ganas de hacer algo más que publicar esto en mi blog.

 

Lluvia

A Duda…

Esta mañana encontré, en medio de la lluvia, una sonrisa.

Muchos saben que no me gusta la lluvia. ¿Han escuchado la canción que comienza diciendo: “Para algunos los días de lluvia son fríos y tristes”? pues para mí son así. Los días lluviosos suelen tornárseme depresivos y tristes, grises como las nubes mismas que cubren el cielo. Eso sin contar que el pelo se te pone rebelde como cimarrón en el monte. No los disfruto ni en el clásico cliché del momento romántico bajo las sábanas mientras las gotas golpean en la ventana.

Pero hoy hubo algo diferente: hoy encontré una sonrisa bajo la lluvia. No esperaba verle pero ahí estaba, en su lugar de siempre, refugiándose bajo su sombrilla, con un saludo tras los labios aguardando mi llegada.

Entonces recordé a mi amiga Duda, que dice que hay que saber encontrar la alegría en los pequeños detalles: como que un chico voltee sobre su hombro solo para verte. Y si encima el chico es guapo y te agrada pues supongo que habrá más razón ¿No Dudú? Por eso cuando él volteó me dije que ese bien podría ser mi pequeño detalle.

Hoy encontré una sonrisa entre la lluvia, en su boca y en la mía; y fue como si un rayito de sol se colara entre el velo gris, o como si un trocito rojo del arcoíris se escapara para hacer travesuras.

Amor a destiempo

Hay personas que llegan a nuestras vidas y no les dejamos quedarse. Y son estupendas, pero simplemente no estamos listos para recibirlas en el momento en que nos abordan.

Juan era un chico magnífico. Si le conociera hoy le abriría las puertas de mi corazón sin pensarlo dos veces; y mis piernas sin pensarlo una. Sé que esto puede sonar grosero, pero les ruego que no lo tomen así.

Lo que sucede es que mi Juan fue un anticipo, una pincelada, para la mujer que soy hoy; su sexualidad iba dos pasos por delante de la mía, sin embargo pienso que ya le he alcanzado. Tal vez hoy prenderíamos fuego a nuestra cama. Por eso digo que no lo pensaría ni una vez para entregarme a él.

El corazón, por su parte, tampoco se hubiera resistido porque ahora yo sabría ver lo que entonces no vi; o sí, pero no le di importancia, simplemente porque me faltaba madurez y me sobraban aires de libertad. Juan era hombre bueno, y yo medio alocada. La cuestión es que él era una mezcla de hombre correcto y liberalidad sexual, pero por aquel entonces su parte correcta se me hacía demasiado superlativa. Hoy, sin embargo, sería una exquisita opción a tomar.

Pero ahora Juan vive en los Estados Unidos, con la familia que construyó allá. Mi tiempo pasó y no supe –no podía– aprovecharlo en él.

Quisiera tener la oportunidad de volverle a ver, de decirle todo esto, que la equivocada fui yo, que la niña a la que perdonó el enfado y dio una segunda oportunidad es ahora una mujer. Me gustaría compartir tantas cosas con él. Pero los trenes, por lo general, no pasan dos veces.

Tal vez nunca le vuelva a ver, aunque sé que me recuerda, siempre lo hizo. O quizás sí volvamos a vernos, y no le impresionen más los shorts cortos que ya no uso, pero sí la mujer en la que me he convertido. Tal vez ya no disfrute de mi timidez, que aprendió a esconderse cuando conviene, pero sí de la liberalidad en la que, de cierto modo, me inició.

Hay personas que llegan a nuestras vidas y no les dejamos quedarse; luego nos pasamos la vida pensando cómo hubiera sido de haberle abierto las puertas.

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Varias semanas después de haber escrito esto, y obviamente antes de publicarlo, quiso la suerte que yo pudiera contactar con Juan vía facebook, no lo esperaba, no lo imaginaba, pero sucedió. Entre las casi nulas probabilidades que existían de que yo me pudiera conectar, un ínfimo porciento se apiadó de mí y me dejó chatear unos minutos con él. Par de días más tarde me llamó por teléfono.

Juan sigue siendo el mismo, ese hombre bueno, cariñoso, gentil, ése al que el mar de por medio no le ahoga el cariño, ni la Coca-Cola le hace olvidar, ni los años le mutilan las ganas de volverme a ver.

Ahora sabe que tengo este sitio, y que escribí algo sobre él que publicaría en estos días, así que probablemente lea esto. Espero que te parezca bien mi Juan, es con mucho cariño, el que sabes siento por ti. Lo dejé tal cual estaba antes de que habláramos, no le cambié nada. Es genuino.

Destino

Algunas personas dicen que cada cual hace su propio destino, otras piensan que ya todo está escrito, y hay quien especula que nuestras vidas están en las manos de Dios. Fuera cual fuere la realidad, la verdad es una sola: el futuro es incierto.

Cuando yo era niña –totalmente despreocupada del futuro– sacaba la cuenta de la edad que tendría en el año 2000, se veía tan lejano, los 20 años parecía que no iban a llegar nunca; pero llegaron, sí. Entonces comencé a sentirme adulta y me tracé planes acerca de lo que quería hacer a partir de mis 25. Llegó, por supuesto, también esa edad y entonces comencé a preocuparme por el futuro. Hoy en día, a mis 36, el futuro me obsesiona.

Le he preguntado a varias personas si les gustaría saber el futuro, el día en que van a morir. Todos me han dicho que no. Sin embargo, he visto gente ir a las cartománticas, adivinos y brujos en busca de la buenaventura. Pero el punto macabro de conocer tu destino es que sabrías lo bueno, pero también lo malo.

Yo sí quisiera saber mi futuro; saber qué esperar, para cuando esperarlo, o qué no esperar. Saber si el mal durará cien años, o más, o menos, o si el bien se hará disfrutar.

Si existiera alguien que pudiera decirme cual es mi destino iría y le preguntaría; entonces sabría a quien querer y a quien no, qué esperar y qué no, cual causa vale la pena y cual no. Si supiera mi futuro desterraría las incertidumbres que carcomen, cortaría de raíz los anhelos que van a frustrarse, exiliaría a las personas innecesarias. Saber el día exacto en que voy a morir me ayudaría a prepararme y a despedirme, a no dejar inconcluso lo que pudo hacerse antes, a no dejar en silencio la palabra.

Algunas personas dicen que cada quien hace su propio destino, pero yo no lo creo. Sé que mi destino ya está escrito, y ese es un libro que quisiera leer.

Digital.sex

Karla es una chica moderna, muy moderna, y de una mentalidad tan abierta que no tiene puertas, todo lo que quepa por ahí entra , pasa, arrasa, y lo que le gusta se queda.

A Karla le pone que su chico le llame con el nombre de su actriz favorita cuando hacen el amor, porque sabe que a él le gusta esa piel cobriza combinada con el pelo negro de la actriz, así que alimentar su fantasía le da morbo.

Así va, buscando en el sexo cosas nuevas que hacer para sorprender a su hombre, avistar en su mirada ese brillo de lujuria, la aprobación ante cada idea que se le ocurre, la excitación extrema. Por eso un día coloca una cámara en la esquina del cuarto, se asegura de que enfoque bien la cama y se sube a ella. Primero, apoyada sobre sus rodillas comienza a tocar su cuerpo, termina acostada masturbándose frente a la cámara, retorciéndose de placer.

Graba el video en un CD, pega una nota en la caja incitando a usarlo en los ratos a solas, estampa un beso. Se llega donde su chico y le entrega el disco mientras le regala una de sus sonrisas más perversas. Karla es una chica moderna, ya se los he dicho.

También ve porno, no es de extrañar; de vez en cuando le gusta disfrutar del fuego de otras parejas en la pantalla de su PC. Por eso a ratos va donde el muchacho de la esquina, el que alquila películas o graba en los dispositivos, y copia un poco de películas XXX en su usb, tanto foráneas como del patio. Hay de todo.

Sentada frente a su PC, con la soledad de su cuarto como testigo, Karla se prepara para una tanda de morbo digital. Un archivo: “Loquita”, le llama la atención y da doble click sobre él. Su mente se dispara ante la expectativa y cada terminación nerviosa de su cuerpo parece estar alerta. Se abre el archivo y se ve una cama idéntica a la suya, en un cuarto exactamente como el suyo. Alguien sale de detrás de la cámara, y luce como ella. La chica se sube a la cama y comienza a hacer justamente lo que hace ella cada vez que su chico pone el CD que le regaló para masturbarse.

Karla es una chica muy moderna, y ahora todo el mundo lo sabe.

Robot

Es como un robot humano, lo que le mandes a hacer él lo hace. Recuerdo que yo era una niña y ya él andaba por la esquina de mi casa, obedeciendo sin dudar, si atreverse a negarse.

Le vi ser víctima de la crueldad de algunos desalmados: bajo el sol abrasador de la tarde, parado ahí, sin moverse; o sufriendo la penitencia con su helado en la mano, mientras corría derretido por sus nudillos, y él sin poder tomarlo, solo porque alguien le ordenó quedarse quieto. De cuclillas, frente a la pared, obedeciendo siempre, fuera cual fuere el mandato.

Según se contaba en el barrio, todo comenzó un día cuando jugaba con sus amiguitos y rompieron el cristal de una casa con una pelota. “Fue Armandito, fue Armandito” dijeron los otros niños, y le sembraron así un trauma tan enraizado que cambió su personalidad por completo, volviéndole irremediable e incuestionablemente obediente.

Un infortunado soldado de sociedad; un pobre niño que no imaginó, en sus horas más felices, que viviría sus días siendo una enmudecida y servil marioneta de barrio.

Nunca sabré –ni entenderé- por qué algunos son tan crueles con él, ni por qué no le protegieron nunca sus familiares, sino que le dejaron vagar siendo objeto de las burlas y las bromas inhumanas.

Hoy ya peina canas, y nada ha cambiado. La última vez que le vi seguía igual, como un perro entrenado, un alma en sumisión, encerrado en la prisión de una mente atrofiada; con su voluntad destrozada por unos grilletes que le ataron de por vida a cualquier voz de mando.

Ojalá algún día pudiera recuperarse, aunque fuera por un instante antes de volar en un viaje sin regreso. Ojalá pudiera algún día decir “No, no lo haré”, y sonreír con la satisfacción de poder escoger -al menos en un último segundo de existencia- lo que quiera hacer. Pero me temo que eso no será posible, me temo que ya será por siempre el niño que no supo decir que no fue él quien lanzó la pelota que rompió el cristal. Tal vez espere, incluso, a que alguien le mande a cerrar los ojos y exhalar un ultimo suspiro en una tarde cualquiera, para descansar al fin.

Nostalgias

¿Por qué hay tanta nostalgia flotando en el ambiente? ¿Por qué todos me llegan con sentimientos empañados? ¿Es el mes, el calor, la lluvia, el 16? ¿Por qué cada cosa que leo me recuerda un nombre y una voz diciendo lo que no quiero escuchar?

Y me ha dado por recordar el amor del pasado, por entender por qué fue de la manera en que fue, sin remedio para la entrega. Y sentir que hoy ya no siento, que no hay pálpitos del alma ante su azul, que no cuentan las postales, ni las noches, ni las lunas; que no cuentan las promesas, ni el deseo, ni el “te quiero”. Que no cuenta la existencia.

Hay demasiada nostalgia en estos días, y me descubro queriendo escapar hacia un año atrás, cuando no había perdido las escasas libras, ni las esperanzas. Cuando aún ante otra esencia perduraba su aroma en mi nariz, y no dolía, ensoñaba. Cuando parecía levantarse el alba.

Me descubro queriendo huir, aunque no sé bien a dónde: si bien lejos o al encuentro. Hacia los despojos tal vez, hacia la súplica, hacia el olvido, hacia la carne. Pero llevo los ojos vendados de nostalgias, de las mías, las ajenas. Y suponer se vuelve tan tedioso, y recordar duele en las arterias haciendo que lata irregular el corazón.

Escribo de reveses y venturas, de pasiones, y entregas, de ilusiones; de amores tan profundos como el negro de sus ojos, que me miraron así, desde lo hondo. Escribo de locuras, y de encuentros, y de logros porque saben a licor y dan más gusto. No escribo de nostalgias, porque son como el musgo, como las espinas, como un hongo que repta plagándolo todo. Salvo hoy. Hoy escribo de nostalgias y fue sin proponérmelo, solo así, empujaron y salieron, porque andan flotando en el aire.

¿Por qué estará tan nostálgica la gente a mi alrededor? ¿O seré solo yo? Será que la mano amiga no está cerca, que el beso ya partió, y que la música de su risa aun no llega a mis oídos.

Contra, dame guerra

Siglo XXI, cambios, nuevas generaciones, caminos recorridos. Las personas ya no son lo que solían ser, los amores tampoco.

Desde hace un tiempo martilla mis tímpanos –colándose en mi subconsciente– la rítmica letra de una canción que dice: “vamos a pelearnos un ratico, mi vida, y así nos extrañamos, porque el amor es más bonito cuando nos reconciliamos”

Perdoné en el género musical lo que me pareció un absurdo, pero para mi sorpresa, no mucho tiempo después, escuché en la voz de uno de los mejores compositores de nuestra música contemporánea: “échale pólvora a mi cañón, que cuando acabes con tu ofensiva tendremos la reconciliación”

Pelearse y reconciliarse parece ser hoy en día una moda. Las parejas discuten por cualquier bobería y hasta parecen hallar gusto en ello. Y ya no es que el azar los lleve a una discrepancia de pensamiento, donde la falta de tolerancia, comprensión y comunicación hacen de las suyas encausando una sencilla diferencia por el camino de una discusión que, la mayoría de las veces, podía haberse resuelto con una simple conversación, sino que ahora ya hasta se pide: “mami dame guerra, anda dame guerra, aunque sea una vez al mes, por mentiroso, por muy tacaño, por descarado, por descortés, yo que sé”. El motivo es lo de menos, tú dame guerra.

Una cuota mensual de bronca para darle gusto a la relación. Una cuota mensual de agravios para romper la rutina. Una cuota mensual de malos tratos para poner luego más empeño y entrega en el sexo, por eso de que el sexo de reconciliación es mucho mejor que el habitual –dicen–.

Yo, que tan moderna me considero, tendré al parecer una dosis de mi tatarabuela en las venas, porque no concibo una relación que busque su sal en las contradicciones; o tal vez simplemente es que ya estoy cansada de la falta de comprensión, de los defectos por sobre las virtudes, de las lágrimas y la necesidad de perdones. Será tal vez que mi corazón se ha vuelto intransigente ante las cuchilladas, y cada discusión es un riesgo a recibirlas; o será que mi amor es más dado a ser como el de Silvio: un amor sin antifaz, un arte de paz, por quien merece amor.

Así que opto por aliñar mis relaciones con amor, comprensión, alegrías, complicidad; regar los días con nuevas historias para contar, nuevas cosas por compartir; darle sabor al sexo con innovaciones, descubriendo nuevos horizontes, empujando los límites. Las discusiones me llevan más al hastío, y mucho más rápido, que la rutina.

Entonces prefiero que él piense que son mis nalgas dos joyas del baile, -aunque no sean como el Kilimanjaro-, que desee ser Fabelo para hacer que mi techo se parezca al cielo, que descubra que me está amando, así, sin querer, aguantando de mi todo, o casi todo. Prefiero que tenga un corazón tan leal a mí que sienta que volar sin mí es retroceder.

Pídeme que olvide el maldito mundo fuera en nuestra intimidad, pero contra papi, no me pidas guerra.

Nota: Los que han escuchado la canción sabrán que donde aquí dice “contra” va en realidad otra palabra, pero el equipo de Cubava me la ha censurado y por ende modificado el blog dejando el espacio en blanco, por eso la sustituí por esta otra -que no es lo mismo, pero es casi igual… casi-. Intenten ponerle imaginación y leerla como si dijera la original, la de Israel Rojas, la que ponen la TV y radio nacionales.

No me salves

La vida está plagada de historias dolorosas, de reacciones absurdas, de decisiones equivocadas, de abandonos y deponer de las armas. Vivi, Me hiciste recordar esta cuando hablábamos en “Mira Carmela”. Aunque está narrado en primera persona no fui yo quien lo vivió, sino alguien más que me lo contó.

Había sido una mujer hermosa, se le notaba a pesar de que ahora su piel ya no era la misma, ni lo volvería a ser jamás. Su cuerpo tan bien contorneado llevaría marcas inconfundibles. Había sido una mujer hermosa, pero ya no lo sería más.

Yo estudiaba enfermería, y aquella semana me había tocado rotar por la sala de quemados. Entonces la conocí, Sandra, una chica de unos veintitantos años que llevaba quemaduras bajando por su cuerpo hasta sus muslos.

Pero a Sandra no le importaba que ya no fuera a ser bella nunca más, no le preocupaban los piropos que ya no recibiría, ni que los rostros no se voltearían nuevamente para deleitarse en el vaivén de sus caderas, ni las existencias ajenas, ni la suya propia. A ella solo le preocupaba una cosa: tener que seguir viviendo.

La historia tras sus llagas y su piel chamuscada llevaba la marca de un hombre, su hombre, su mundo. Le había amado como a nadie más, toda su existencia giraba en torno a él, era lo que más le importaba en este mundo. Era su vida misma.

Cuando le vio con otra mujer y supo que esa le había arrancado de sus pasiones, de su lado de la cama, desenlazando sus manos, haciendo que sus ojos ya no le quisieran mirar, el mundo se le vino abajo. Todo perdió sentido entonces, se fugó la coherencia, los motivos para seguir respirando.

Fue entonces que una locura absurda tomo de rehén a la cordura, sometiéndole. Fue entonces que bañó su juventud, su piel perfecta, y sus hermosas curvas con aquel líquido combustible que unos segundos después le convirtió en una llama humana.

Cada vez que el doctor entraba en la sala a examinarla ponía todo su empeño en salvar su vida, y cada vez ella repetía la misma frase: “no me salve doctor, si me salva lo volveré a hacer… ¡yo lo vi, yo lo vi! No me salve doctor”

Terminó mi rotación por la sala de quemados del hospital. Seguí mi curso por otras especialidades. Nunca más supe de Sandra. No sé si habrá aceptado finalmente que salvaran su cuerpo, si habrá salvado su mente; o si habrá vuelto a darse un baño de fuego. No sé quién habrá ganado la batalla, si la cordura o la locura, pero fuera cual fuere la vencedora final lo cierto es que ella ya no volvería ser la misma, ni por dentro ni por fuera. O quizás, simplemente, dejó de ser. Tal vez fue la renuncia la ganadora final.

Ella. Reencuentro

La veo en su rincón de siempre, y al instante lo sé: esta vez la tristeza es profunda. Me mira con los ojos nublados, dejando al descubierto un dolor indescriptible. El lugar se me hace más frío y oscuro que nunca, con olor funesto y música gris.

Topa con su pie el piso en un apurado y rítmico tamborileo de desasosiego, mientras sus uñas arañan a ratos la madera. Me acerco despacio, no podía esta vez quedarme en la distancia. Intento alcanzar su mano pero la quita de súbito. Corre entonces un hilillo húmedo por una de sus mejillas y lo restriega molesta. No le gusta que noten su humedad.

Espero. Espero porque sé que es ella quien ha de llevar las riendas. Entonces en algún momento, en aquel lugar de sombras donde cada segundo cuenta y a la vez importa poco, murmura entre los dientes apretados: “la vida es una perra cínica ¿lo sabías?”

Me cuenta entonces su dolor, su rabia por la vida: que mientras unos celebraban ella se deshacía en lágrimas, que un nudo se atascaba en su garganta mientras recitaba las palabras que otros querían escuchar, desterrando toda sospecha de que en ese mismo instante su corazón estaba siendo masacrado y su alma atravesada por mil cuchillos a la vez. Me dice que salió de ese lugar tan pronto como pudo, quería echar a correr y no regresar jamás. Agradeció la soledad de su rincón que le acogió con una macabra risa de burla.

Ya no quiere luchar más, ni esperar más, ni soñar, ni suplicar. Mira la silla vacía frente a ella, y noto que se aleja en los recuerdos. Sonríe. Llora. Toca instintiva su mejilla lacerada y siente el golpe que lleva ahí. Aun duele.

Vuelve a mí y en su mirada hay alguna interrogante. “La vida es una perra cínica” –me repite– y que sabe que la vida ya ha sellado su destino, ahí, en su rincón, entre las garras de las sombras y los idiotas que bailan a su alrededor, y que le tienden la mano de vez en vez para sacarla a pisotear algún compás de baile, entre un trago o dos. Me gusta verle bailar porque es como una brisa que lo envuelve todo, pero termina siempre arrepintiéndose, y regresando al mismo sitio.

Dice que un día ya no esperará más, tomará en serio las riendas, y acabará con su dolor; que la mejor forma de burlar a la vida es dejando de existir. Las palabras arrancan lo poco de cordura que le queda. Se recuesta sobre mis piernas y llora con desconsuelo. Yo no puedo evitarlo, y lloro con ella.