Mira Carmela

Si te viera Carmela” repetía aquel viejo sin parar. Si botaba la sopa, y si no se bañaba, si juntaba la curda de la noche con el ayuno del día siguiente, o si metía alguna puta en la cueva que irónicamente llamaban casa. “Si te viera Carmela” repetía aquel viejo a toda hora.

Le quería gritar que se callara, que aquella diabla se había ido cuando él era apenas un retoño de tres años; agarrando su bolsa desvencijada con tres trapos dentro y se marchó -solo Dios sabe a dónde- sin mirar atrás.

El viejo, que no era un viejo entonces, le buscó de día y de noche, y le lloró de madrugada; y en un corto baile de luna se le cubrió la cabeza de una escasa pelusa blanca, se le arrugó la piel, se le perdió la mirada. Nadie supo nada más de Carmela, y Dios, que era el único que sabía a dónde había ido, no dijo nada.

A él le daba igual quién lo viera, es más, le daba igual lo que hacía, o si lo hacía, veinte años de existencia habían sido demasiada agonía para él. Había perdido algunos dientes en una paliza que le dieron, su cuerpo flaco ostentaba la inconfundible cicatriz de una bala entrando y saliendo, otra huella de un puñal aquí, un poco de mugre allá, y los huesos rebasándole la piel. Y las peores cicatrices iban por dentro, esas que nadie veía le laceraban el alma como un cuchillo mellado.

Hambre, tristeza, depresión; nada tenía, nada era. Daba igual si era día o era noche, si llovía, o hacía frío, o calor; para él nada tenía sentido ni razón de ser, solo sucedía los días uno tras otro porque sí, porque había que respirar. “Si te viera Carmela” ¡Que ira le desataba aquello! ¡Que ganas de propinarle par de golpes en la boca y hacerle callar de una vez! Pero no podía hacer eso, era solo un pobre viejo que, como él, había perdido todo.

Ya no quería vivir. Cada noche se decía “mañana no amanezco”, pero amanecía. Ahogaba su existencia en el alcohol y la hierba. Y la rabia, la rabia le consumía más que el hambre misma. No podía más, quería el fin, pero le faltaba valor.

Amaneció en su agonía por un tiempo incontable, hasta que una vez la vida en su sarcasmo le cambió la suerte. Lo primero que vio fue la cara del viejo, sus ojos parecían haber perdido aquella niebla gris, incluso algunas arrugas parecieron desaparecer. Como si un clamor urgente le llamara alzó sus ojos y vio frente a él un cuerpo de mujer en un vestido de sol. Su pelo ondulado, sus ojos grandes, las manos temblorosas. Reconoció en aquel rostro los ojos que veía al mirarse en el espejo, y el mismo contorno de sus labios. “Carmela” dijo el viejo, y echó a llorar.

Una extraña calma le invadió, y sintió el valor inundar sus venas. La sangre bombeó más aprisa, como rogando salir. Se levantó despacio y entró a la casa. Un latido, dos, tres. Salió. Sonreía, pero sus ojos delataban un brillo inconfundible.

Miró fijo a esos ojos suyos en otro rostro. “Mira Carmela”, dijo, alzó su mano sosteniendo aquel objeto inconfundible y ¡pum! El ruido estridente inundó todo el lugar, el cuerpo cayó flácido al suelo, una inmensa mancha roja le rodeaba salpicada de trozos de sesos. Ahora sí, que le viera Carmela.

Encuentro

Estaba nerviosa, como nunca. La expectativa, el anhelo y el deseo le llenaban los rincones. Se sentía ligera, como adolescente en primavera. Había esperado tanto por ese momento. Cuántas letras se habían derramado, cuan larga había sido la espera.

Él estaba a punto de estallar, poco faltaba para que arremetiera contra el reloj que parecía no avanzar. Había soñado tanto con este día, imaginando cómo iba a ser.

Habían soñado durante mucho tiempo, juntos, uniendo sus letras en una fantasía común, un anhelo imperante que ya no soportaba más la frialdad de la distancia.

Cuando las palabras escritas se hicieron insuficientes, y el sexo telefónico no bastó, cuando la voz se anheló susurrante en el oído, y el olor ya no quiso ser imaginado; cuando las manos fueron invadidas por la urgencia de sentir la otra piel y los labios protestaban ante tanta sequedad; cuando el chat se hizo estorbo más que amigo lo decidieron: tenían que conocerse personalmente.

Ahora estaban ahí, a tan solo minutos, escasos minutos, de poder verse al fin. Tomarían vino, escucharían música, esa que gustaba a ambos, bailarían y, al final, tendrían sexo, lo sabían, se deseaban demasiado como para dejar pasar la noche sin tenerse. Él quería tener sus manos entre las suyas, ella quería abrazarle. Todo sería perfecto, no podía ser menos.

Avanzaban al punto de encuentro con la ansiedad a flor de piel. De repente él divisó el vestido rojo que le dijo que llevaría puesto. Su cuerpo delgado, sus piernas. Una sonrisa invadió su rostro. Alzó su mano en un saludo, aun lejano, y sin darse cuenta apresuró un poco el paso.

Ella le vio saludarle y sonrió de vuelta, era imposible no hacerlo si de él se trataba. Ya divisaba su melena alborotada, como en las fotos, aquellos rizos revueltos que tanto le gustaban. Su estatura, sus brazos, su tez.

Al fin sus cuerpos se acercaron. Las puntas de sus pies casi se tocaron, el sentía su olor, ella veía el lunar de su nariz.

Y ahí, cuando nada más debió importar, cuando convenía que la alineación astral fuera perfecta, y la danza magistral del viento debió arremolinarles los amores uniéndolos en un beso… algo se rompió.

No hubo nada. Las miradas no lanzaron chispas alrededor, no crepitaron los cuerpos la energía contenida, no se imantaron. Se drenaron los deseos y las empatías. Se sellaron las sonrisas. Un velo sombrío les redujo a desconocidos.

Y así, sin tocarse siquiera el dio un paso atrás, ella volteó la espalda. El viento abandonó el vestido rojo y los rizos rebeldes. La palabra siguió muda, el sexo en la sequía, las manos inertes.

Y en algún antro resonaba, como un karma vil, una voz con acordes de guitarra: le sonrió, con los ojos llenitos de ayer… no eres quien yo espero.

Beso, luego existo

Mi primer beso lo di en preescolar. En realidad solo tengo un flashback borroso de aquel día, pero sí, estoy segura, besé a aquel niño en el baño de la escuela, a los cuatro años.

Un poco más tarde, con nueve o diez, un chico del aula tomó mis espejuelos y dijo que solo los devolvería si yo le daba un beso. No tengo que decir que quería mis espejuelos de vuelta, no es mi culpa que aquel chico guapo me hiciera víctima de semejante chantaje. Ya en sexto grado jugábamos a “La botellita”, y la lengua comenzó a tomar parte en el asunto.

Besar es un preludio exquisito, es el anuncio en intermitente luces rojas, es la humedad primera, el juego perfecto que da paso a la gran final, la puerta que se abre para adentrarnos en el salón del placer. Besar es catar: pruebas la otra lengua, la saliva, los labios; sientes cómo se mueve la otra boca, cuánto abarca, cuánto se da, cuánto toma.

Una vez alguien me dijo que era tanta la pasión que había entre él y su chica que a sus labios le subía un hormigueo, como un calambre, un entumecimiento, cuando la besaba; y que el mundo parecía desaparecer a su alrededor. “Es un peligro besarla” –decía–, pero no dejaba de hacerlo.

De más está decir que el afán de besar no quedó en mis primeros años, cuando aún era estudiante. Conforme fui creciendo fui conociendo otros labios, probando el sabor de otras bocas. Descubrí besos delicados, apasionados, tímidos, voraces…en fin.

No voy a detenerme a analizar los tipos de besos, ni los gustos; cada quien a su manera, cada quién al gusto de sus labios. Pero sí, confesaré algo: yo voto por los besos urgentes –o urgidos– esos que se dan como si de ello dependiera la vida, o como si ésta fuera a terminar en el minuto siguiente.

Y pongo punto final, que se me ha motivado el alma y ya estoy comenzando a sentir deseos de volverme beso en esa boca innombrable.

La fuerza del cobarde

Bajaba yo las escaleras para irme cuando sentí el golpe y el grito ahogado, regresé sobre mis pasos, corriendo, siendo perfectamente consciente de los sollozos.

Llegando al último escalón le vi, pegada a la pared, temblorosa; y el gran monstruo se cernía sobre ella. No me dio tiempo llegar antes de que el brazo se levantara de nuevo y la pesada mano cayera sobre el rostro, pegando fuerte.

No podría explicar la ira que me sobrevino, como una marea alta inundándome por dentro. La cólera me invadió de los pies a la cabeza, y siendo arrastrada por un instinto selvático me coloqué de un salto entre él y ella.

Le grité, le injurié, le desafié. Él solo calló. Sentí tanta rabia, y tanto odio. Jamás detesté tanto a alguien como a ese cromañón. Deseé tener la fuerza de un hombre, deseé ser capaz de enfrentarme a él y destrozar su cara con mis manos, con mis puños. Pero soy mujer, tan débil físicamente como esa que lloraba apoyada en la pared del pasillo.

La tomé del brazo y me la llevé de ahí. Ya en su casa se tiró en la cama a llorar. Sus gemidos me partían el alma, y alimentaban mi furia. ¿Por qué soportaba todo aquello? Jamás lograré entenderlo. Recuerdo que entonces le dije muchas cosas; olvidé la lástima, le dije lo que merecía escuchar.

La impotencia, el dolor y el coraje me royeron por varios días. Me volví un poco su centinela, vigilando sus pasos, queriendo mantener su rostro intacto.

Al cabo de unos días la vi, sonriente. Iba con él, colgada de su brazo.

 

 

Persecución

Cuando iba a bajar de la guagua le vio. Él iba tres personas por delante, bajando también, envuelto en un jean azul y camiseta negra. El pelo azabache recogido en una cola. Era una vista trasera espectacular.

Le siguió por varias cuadras, no porque le acosara sino porque –oh, bendita casualidad- ambos iban en la misma dirección. Él caminaba ajeno, no imaginaba que unos pasos más atrás unos ojos le observaban insistentemente, pendientes de su andar, del contorno de sus músculos, de cómo se movían bajo aquel estorbo de tela.

Su mente giraba como en un torbellino, de pronto sintió ganas de tocar ese pelo, de sentir la suave textura en la yema de sus dedos, de soltar la liga que lo ajustaba y verlo desparramarse por aquel rostro. Sería un contraste espectacular contra su piel trigueña, quemada como caramelo, y probablemente igual de dulce.

Sus pasos ya se guiaban solos, uno tras otro, parecían saber su rumbo, marcado por las huellas de un desconocido que, sin saberlo siquiera, le estaba acelerando el pulso, le estaba convirtiendo en una persona que no era, dejando en su mente la idea de hacer algo que nunca pensó sería capaz de hacer.

Zigzagueando entre las personas, que se cruzaban en varias direcciones ignorando la atracción que aquel cuerpo ejercía sobre ella, imantando sus ganas a esa espalda ancha, a esos brazos fuertes, a las piernas firmes que se adivinaban bajo el pliegue de la mezclilla, logró acercarse, casi rozar su cuerpo con el otro, tal vez hasta fue un soplo de su respiración la brisa que había movido los finos cabellos que se habían soltado de su prisión para darle envidia acariciando la piel de su cuello.

Alzó su mano en un gesto casi instintivo, rozó suavemente el hombro desnudo. Fue entonces que él reparó en su presencia, que supo que existía. Retiró sus audífonos y le miró.

Tienes un cuerpo precioso” logró articular ella entre una sonrisa. Le pareció escuchar un murmullo en el viento, algo similar a un agradecimiento, pero no lo supo a ciencia cierta, no pudo. Sus pies una vez más tomaron el control y se abrieron paso entre el ir y venir en una mañana concurrida de personas. Se alejó, temblando, pero feliz de haber sido, por una vez, aquella otra persona.

Quizás, quizás, quizás

La vida es un sometimiento a las esperas: largas y tortuosas, cortas y soportables, necesarias e imprevistas.

En esas ocasiones en que la benevolencia -de la vida, el azar, los dioses- decide premiarte, como versa la canción, con la recompensa por tanta espera, puedes al menos vanagloriarte en decir que valió la pena esperar. Pero ¿qué pasa cuando aguardas por tiempos y tiempos para descubrir que sigues en el mismo sitio –con tu bolso de piel marrón y tus zapatitos de tacón-?

Ser paciente se cultiva en la esperanza, en la ilusión; se crece en la fe de que la buenaventura llegará, en lo obvio de su obtención. Ser paciente se cultiva aprendiendo a amarrar los demonios de las dudas y las desesperanzas. Pero cultivar la paciencia no es cosa fácil.

Lo triste es que, en ocasiones, por más que te preguntes que cuándo, cómo y dónde, la vida siempre te responde quizás, quizás, quizás. Y te dejas la piel, y empiezas a odiar los relojes y los ciclos. Quisieras entonces detener el tiempo, o pegar un salto: si saltas del presente al día justo ya no tendrás que esperar.

Yo le he esperado durante siglos. A través de éstos la certeza se fue desvaneciendo para dar paso a la incertidumbre esperanzada, luego a una ilusión apuntalada, el desgaste de las probabilidades… y el desespero. Yo le he esperado y ya escuece el alma ver que incluso el quizás se va desvaneciendo.

Me pregunto si la vida alguna vez ha esperado algo, si conoce la agonía de lo incierto, si en alguna ocasión se ha vuelto centinela, vigía de la llegada del milagro del fin de la espera. Los años dicen que el quizás será pronto un sinsentido, que en la bruma de los tiempos quedará solo la mirada hacia ambos lados del camino: lo que fue, y lo que ya no será.

Yo no sé qué pasará, si habrá respuesta al final de la vigilia, o si llevaré por siempre mi vestido de domingo. Pero sé –estoy segura– que ya no quiero bailar más este bolero.

 

 

Las palabras mágicas

En el momento justo en que voy saliendo de la tienda le veo venir. Es bajita, regordeta y ha de tener alrededor de setenta años, o más. Camina lento ayudándose de un bastón. No suelo ser una persona paciente, no me agradan las esperas, sin embargo en ese caso no me molesta aguardar un poco más para seguir mis andanzas. Sostengo la puerta de la tienda para que no se cierre, para que ella no tenga que luchar con su bastón y su bolsa mientras la abre. La mantengo así, abierta, para ella.

Me pasa por delante, su estatura alcanza apenas un poco más de mi cintura. Paso, golpe de bastón, paso, golpe de bastón. Y ya está dentro. Me quedo un instante ahí, parada, medio perpleja; suelto la puerta y me voy. No hubo agradecimiento.

Se dice que es la juventud quien se pierde en cada generación, que los jóvenes de hoy ya no saben de valores, que solo viven para la apariencia y lo material, que se mueren las buenas acciones. Pero yo he vivido en más de una ocasión la demostración de que no solo –y no siempre – los jóvenes son los que tiran por el caño los buenos modales.

Me vino a la mente mi maestra Jorgelina, quien a mis escasos cinco años me enseñó las palabras mágicas: buenos días, con permiso, gracias, disculpa. Ella ha de ser una anciana ahora, me pregunto si se habrá perdido por las mismas sendas por donde, según se dice, se pierde la juventud.

Ojalá que no, mi querida maestra. Ojalá sigas siendo aquella mulata sonriente que sabía enseñar, y aplicar lo enseñado. Mientras, yo seguiré haciéndome eco de tus horas de educación, y las de mi madre, también maestra. Seguiré abriendo las puertas para las ancianas, aunque no escuche sus voces susurrarme un agradecimiento.

Rock and roll para dos inteligentes

A Duda, con su rostro de musa.

Tu querías perdices, amiga.

Sus ojos eran dos piedras de ébano; pozos sin fondo en los que corría el riesgo de caerse, dos profundidades en las que podría perderse cada vez que le miraba.

Era el tutor de su tesis. Aquel hombre serio, seductoramente inteligente. Cada encuentro con él era un viaje inimaginable entre el marketing y la publicidad; en cada encuentro su voz le transportaba más allá del sonido, hacia la fantasía de esos labios en los suyos, de aquel cuerpo fundiéndose en sus curvas.

Quería arrancar sus manos del cuaderno y restregarlas por todo su cuerpo, quería arrancar su mente de las Estrategias de ventas y pedirle que hiciera una tesis con su cuerpo, una investigación minuciosa de cada palmo de su anatomía. Su tutor, su hombre, su deseo.

Aquella tarde ocurrió una alineación astral prodigiosa. Un consenso divino de dar un soplo de vida a dos mortales que acarreaban un apetito volcánico mordiendo sus entrañas.

Aquella tarde de verano salían de su recinto de estudio –y anhelos acumulados– amenazados por un cielo gris oscuro. De pronto un torrencial les cubrió como un velo que les envolvía alejándolos de la gente y su realidad, escondiéndolos.

Echaron a correr en una huída absurda, ya se habían mojado más que el cuerpo, tenían empapada el alma. De repente sintió un tirón en su brazo, él se había detenido, frenándole también.

Ahora estaban frente a frente, y no era su profesor quien la miraba, no; era el hombre, con ojos devoradores, ojos como brea endurecida, prestos a encenderse con la más mínima chispa; y ella era fuego vivo. Sabía que un solo gesto suyo haría desatar la verdadera tormenta.

No hubo palabras. Sus bocas se encontraron en aquel beso tan soñado, tan necesitado. Se devoraban como dos fieras hambrientas. La melena rubia empapada, las manos por la espalda, la cintura, estrujando todo.

La levantó del suelo, apretándola contra sí. La sentó sobre el auto y allí, a medio vestir, se hicieron eco del repiqueteo de las gotas cayendo sobre el capó. Se dieron a plena luz, aprovechando la complicidad del aguacero.

Fue una entrega sin igual, con un maravilloso sabor a inteligencia y locura. Este hombre se quedaría en la piel de su recuerdo ya por siempre.

Después de conocer esta historia no pude más que escribirla, mientras me preguntaba ¿Qué sabrá Sabina lo que es bailar un rock and roll bajo la lluvia?

Vuelo

¡pero eso sí!- y en esto soy irreductible-

no les perdono, bajo ningún pretexto,

que no sepan volar.

Oliverio Girondo

No hay nada en la vida como despegar los pies del suelo. Ese instante en el que sientes que te elevas sin control es único.

Nos pasamos el tiempo andando entre planes, problemas, necesidades, obligaciones; pero cuando somos capaces de abandonarnos a nosotros mismos y despegar, definitivamente logramos atrapar la mejor de las suertes.

Despegarse del suelo tiene su costo –como los sueños– pero la vista desde lo alto es tan increíble, vale tanto la pena, que no reparamos en lo que costará, simplemente nos damos a disfrutar del cosquilleo del viento jugando con las plantas de nuestros pies, de la dicha de alcanzar las nubes, de volvemos aire.

Es un acto de inconciencia, no se planifica alzar el vuelo, sino que de repente te descubres flotando, rodeada de risas y pasiones; cuando te das cuenta ya estás en lo alto, o incluso, tal vez, ya fuiste y regresaste.

Si nunca has volado te invito a que lo hagas, es algo extraordinario, indescriptiblemente placentero. Solo déjate llevar cuando sientas que el viento cambia de dirección, aprende a detectar los remolinos en tu pecho y suéltate, abre los brazos sin temor a las alturas, ni a los abismos, ni a las caídas, sin temor a los rasguños ni a las tormentas. Sin miedos.

Yo lo he hecho, he volado. Te puedo asegurar que es mucho mejor que andar.

 

Arquitectas

En tus ojos como luces de neón

se orgasman mis penas

Polito Ibáñez

Son mujeres con poder. Así las veo. Tienen el encanto de Afrodita, y el hechizo de las Sirenas. Son guerreras entre sábanas. Geishas de leyenda popular. Evas en todo su esplendor.

Se dice que han existido desde siempre, que en una mano llevan el deseo de los hombres, y en la otra la envidia de las mujeres; y yo lo creo. He conocido a unas cuantas; tan seguras, voluptuosas, capaces. Y en su haber son magistrales, igual retrasan tus horas que traen el sol a tu puerta.

Sufren el desprecio hipócrita de unos cuantos; pero yo no, yo les admiro. Llevan en su cintura las llaves de una suerte de paraíso terrenal. Piernas, nalgas, senos, boca, todo en ellas es un arma en la batalla, la batalla del placer.

¿Qué macho no ha querido doblegarse entre esas piernas de Amazona? ¿Qué hembra no ha querido ser al menos su aprendiz?

Nadie sabe lo que esconden en sus almas hechiceras, ni los sueños que les colman cuando cierran las ventanas. Nadie sabe de sus soledades, sus llantos ocultos, sus amores postergados. “Valió cada centavo”, me contó alguien una vez. Y es que ponen precio a su placer, a un placer que es impagable.

Dicen que algunas mujeres llevan una por dentro. Yo quisiera llevar una, y que sea de fuego al rojo vivo, y se funda en mis venas; para poner a merced los entusiasmos, a merced de un exquisito banquete nocturno, en la perfección de las maneras, los bailes, las miradas, los roces. La perfección de las entregas.

Quisiera ser un día como una de ellas, ser poder en los colchones, ser la pupila del ensueño, el éxtasis de los cuerpos sometidos, rendidos a un lugar que, desde el sur, domina las almas.

Me gustaría desterrarles el repudio, declarar justamente la necesidad de romper el velo que les mantiene absurdamente incógnitas. Que no lleve máscaras el clamor de esos cuerpos temblorosos que se mueren en sus brazos para renacer luego en un orgasmo.

Arquitectas del sexo, las llama Polito Ibáñez. Putas, les digo yo, y sin ápice de ofensa.