Ella. Al descubierto.

Está seria, muy seria, su sombra se proyecta en la pared a través de la penumbra como una mueca fantasmal. Tiene el entrecejo fruncido y el cabello un poco revuelto. No quería volver a verle, la última vez fue tan doloroso que he estado rehuyendo desde entonces. Pero un tirón de las entrañas me ha sacado de mi egoísmo y he vuelto a su rincón marginado, donde se sienta a llorar la vida.

Pasa el dedo por las finas marcas de la mesa, parece absorta en algún pensamiento, pero sé que tiene la certeza de mi presencia, aunque no levanta la vista cuando me siento a su lado ni responde a mi saludo. Está enfadada, aprieta hosca los labios con su suerte eterna de contradicciones. Es tan mía que no puedo evitar sentir el agujero en su alma. Advierto que los demás nos miran expectantes desde sus mesas; alza la mirada y lo percibo entonces, es conmigo su enfado, porque le he dejado al descubierto y ahora ya no le rondan ignorantes para hacerle bailar, ahora quieren que hable, y ella no habla, solo conmigo, y a veces en silencio.

Acaricio su mano pidiendo perdón. Es tan pequeña, toda ella, tan diminuta. No suele dejarse acariciar pero esta vez se queda quieta, mirando como se mueve mi mano sobre la de ella. Siento su temor, sé bien qué le pasa, le acosa el tiempo, siente angustia, tiene miedo.

Mira a través de la ventana el viento gélido que sopla tras el cristal. “¿Cuándo llegará la primavera?” me pregunta, y yo no lo sé, no se de estaciones ni cómo manejar los tiempos. Si pudiera traería el florecer hasta su puerta, si tan solo pudiera. “Pronto”, le respondo en un susurro, pero sabe cuando miento. Siento que comienza a transformarse, parpadea como si la fría brisa de afuera se hubiera colado en sus retinas. “¿Llevas dentro la felicidad?”, le han preguntado. Miró su vestido multicolor y pensó “es el vestido, tan solo es el vestido”. Luego sonrió falsamente y continuó hablando de las trivialidades ajenas. Me lo cuenta y me atraviesa su pena, me atraviesa y me hace sangrar. Si pudiera comprarle el verano, y llenar su vestido de soles. No quiero llorar, pero me duelo demasiado por ella.

Percibo su rabia creciente y la mía se pone a la par. Quiero ser su cómplice, no me da la gana de dejarla sola. Patea la silla con fuerza. ¡Mozo, una botella de licor! grito con desespero. Me levanto y echo a todos de allí, no quiero que le vean, porque es mía, solo yo le veo, solo yo le entiendo, solo a mí me deja. Apago todas las luces, una sola vela pende en el candil sobre nuestra mesa. Doy un sorbo largo y le paso la botella. Se empina. Tose. No me ve llorar. Pasamos la noche bebiendo un licor que nunca acaba.

Pena de muerte

El hombre miró hacia abajo, la gente sumida en el diario ir y venir, ignorando su presencia en las alturas. La distancia del balcón a la calle era imponente, y aun así él sentía un llamado como de sirenas hambrientas que se retorcían en un mar de asfalto.

El borde del muro no era demasiado estrecho, pero de todos modos una pulgada de cada extremo de sus pies sobraba en el apoyo: dedos y calcañal pendían sin sostén. Con una mano se sujetaba a la columna y con la otra se limpiaba el sudor; a tanta altura el aire batía, pero él sudaba. Una ráfaga sorpresiva le tambaleó haciéndole levantar el pie izquierdo, se bamboleó hacia adelante, luego hacia atrás; las manos temblorosas se aferraron a la columna que raspó soberbia las callosidades.

El corazón despotricando latidos le ensordeció, su cuerpo entero era un tamborileo infernal. Entonces rompió a llorar, la histeria se apoderó de sus sentidos arrancándole sollozos que laceraban su garganta. Una mezcla de mocos y babas corrían por su barbilla, el sudor empapaba su torso y sus axilas, los ojos enrojecidos en demasía miraban sin mirar, ahora a un lado, ahora al otro, un soplo de locura les teñía a ratos.

Por un instante quiso bajar hacia la seguridad del balcón y el pie le resbaló, no tenía control de sus movimientos. Dudó entre retroceder y quedarse, pero sabía que adentro no era precisamente un buen lugar. “No, no hacia la habitación”, se dijo. Volteó levemente a ver el interior y un grito se ahogó en su garganta. Las antes blanquísimas sábanas ostentaban ahora una espesa acuarela carmesí. La pared del fondo también estaba salpicada de húmedas impresiones.

El cuerpo de ella yacía con el rostro aterrado, la vista inerte clavada en el techo. Su hermoso pelo negro estaba convertido en una melcocha sanguinolenta, y pecho y vientre exhibían profundos agujeros de los cuales manaban aun leves hilillos funestos. Un seno rajado de la base al pezón, desfigurado, los senos que fueran motivo de su ensueño durante tantas noches.

El otro hombre reposaba un brazo y una pierna sobre ella, la cabeza en un ángulo algo ilógico, demasiado curvado hacia atrás, provocado por el profundo corte que abría su cuello como las terribles fauces de un gran animal. Las nalgas al aire exponían cavidades similares a las que ella mostraba en su torso. Ambos desnudos, ambos sin aliento.

El hombre volteó el rostro nuevamente hacia el abismo. Una sensación de vértigo le recorrió produciéndole una arcada y un ligero mareo; el llanto le ahogaba. Cerró los ojos, los abrió. Miró su mano ensangrentada y la limpió contra su camisa, pero era peor, aquella escurría sangre, la sangre de los amantes fatales. Una fuerza incoherente surgió de su ser, ahora la mente solo pensaba en ser libre: del dolor, de la vergüenza, del horror.

El grito explotó gutural de su garganta mientras se abandonaba al viento, convulsionando. Abajo, un ruido seco y potente alteró la rutina vespertina, mientras una patada involuntaria rompía una mandíbula en la fatalidad de las coincidencias. Sesos, astillas de huesos, piel desgarrada, miembros rotos, tornaron la calmada penumbra dorada de la tarde en un reality show estilo gore, acompañado por una improvisada banda sonora de genuinos gritos de terror.

Obreros

Esta no es una historia real, pero la situación que muestra sí que lo es. No conversé yo con un tal Sergio, pero sí los vi, con su fisonomía inconfundible, bajar de la guagua aclimatada que los transporta y dirigirse al futuro hotel, a robarles la posibilidad de progreso a los cubanos.

 

Se sienta a mi lado mientras espero la guagua, él espera otra que lo llevará hasta su casa. La parada comparte varias rutas, nosotros compartimos un muro en el que nos sentamos a esperar.

Hay que vivir para ver – dice, un poco para mí, un poco para sí mismo. Le miro, pero no digo nada.

Es un hombre blanco, de buena estatura, fornido. Su mirada verde aceituna luce cansada, sus ojos están escoltados por marcas que se profundizan cuando los entrecierra al mirar a lo lejos para ver si se acerca la guagua. Su frente también está surcada por un juego de líneas horizontales.

Me mira, y tal como si yo le hubiera instado a proseguir me cuenta que se llama Sergio, tiene 45 años, de los cuales ha invertido 25 en trabajar la albañilería. Es un trabajo duro, me explica, que ubicado en un buen lugar da su dinerito, la cuestión está en la oportunidad, ha tocado las puertas de un par de cooperativas pero sin suerte. Hace una pausa, vigila la guagua que aun no llega, y haciendo un gesto de negación con la cabeza suspira antes de reanudar su perorata.

Lo que me cuenta a continuación sí que capta mi atención. Me habla de un hotel que están construyendo en la antigua Manzana de Gómez. Pensó que sería una buena oportunidad de trabajo para él pero cuando indagó le dijeron que no estaban contratando. El desconcierto le vino después, mezclado con un poco de indignación e impotencia, cuando supo que no le contrataron porque el equipo de obreros ya estaba conformado… por trabajadores traídos desde La India.

¿La India? ¿El país? – le pregunté con asombro.

La Indiame confirmó, y rió sin ápice de humor – Dos mil euros me han dicho que le pagan mensualmente a cada trabajador. Dos mil euros.

Me quedo mirando sus manos callosas, él las estruja mientras reflexiona. No lo comprende, y yo tampoco. ¿Por qué pagar semejante cantidad de dinero a obreros extranjeros habiendo tantos constructores en este país? Sus manos delatan los años de trabajo, es un hombre con experiencia, un hombre que ha echado su vida aquí, construyendo y construyendo, y ahora le niegan el derecho a progresar, no de forma ilegal, sino trabajando. Me mira nuevamente, creo que espera una opinión pero yo estoy perpleja, no sé qué decir, no sé qué pensar.

Con un cuarto de ese dinero cualquier constructor cubano sería feliz. – me comenta – Ellos se ahorrarían tres cuartos de salario por cada hombre y a la vez un buen grupo de gente aquí saldría adelante. Pero no – protesta – prefirieron traer a los indios. “Son más responsables y trabajadores” dicen, pero yo voy a ver que cubano no se vuelve trabajador ejemplar si le pagan quinientos euros al mes, y si no pues pa´ la calle y ya está, pones otro, y ya está.

No puedo objetar, está claro en lo que dice; tampoco puedo encontrar una razón que justifique, no puedo hallar un aliciente para su indignación, no cuando yo misma me siento indignada.

Pueden darme miles de justificaciones y no lo entenderé, que pudiendo mejorar la vida de un grupo de cubanos prefieran que mejore la de un grupo de extranjeros por razones tan triviales como la apariencia, que se le niegue a un obrero progresar en la vida mediante su trabajo honesto. Me da igual de dónde sea el contratista, que el personal que levante el hotel fuera nuestro debió ser una premisa.

Sergio se incorpora y ajusta la mochila sobre su hombro. Ya se avista su guagua. Se gira hacia mí y puja una sonrisa.

Hay que vivir para ver, muchacha. Horrores se verán.

Se va y yo me quedo ahí, sentada en el muro, sin poder encontrar una explicación. “Ve, Sergio”, pienso, “Sigue haciendo malabares en la vida, “inventando” para conseguir el dinero que sustente a la familia, que compre los zapatos del niño, que pague las fotos de 15 de la hija”. Es un hombre trabajador, pero no le toman en cuenta, porque es cubano.

Llega mi guagua y, antes de sumergirme en la vorágine de intentar subir, una interrogante me asalta la mente: ¿Negarían en La India trabajo a su gente para dárselo a un cubano?

 

 

 

Si cocinas como caminas…

Desde los tiempos más remotos se han dejado escuchar, cada época con su estilo, y en cada uno reflejados un deseo y una personalidad. Han existido desde antaño y hoy son el tema de mi escrito: los piropos.

El piropo es el uso de la palabra en una frase original con el fin de halagar, de caer en gracia, de enamorar; o como lo define el Larousse: el halago o cumplido que se hace a una persona, en especial refiriéndose a su belleza.

Aquello que en la época de juventud de mi madre se escuchaba: “si cocinas como caminas me como hasta la raspita”, con el tiempo ha sufrido la metamorfosis de los cambios generacionales y ahora se puede escuchar desde la poesía más contemporánea hasta la marginalidad mas burda.

Recibir un piropo es algo bueno, hace saber a la mujer que gusta a los hombres que va encontrando a su paso, y al final todos queremos gustar ¿no?, así que este derroche de galantería es una práctica que –a mi entender– embellece las relaciones sociales entre el hombre y la mujer.

Pero como toda moneda esta también tiene dos caras. ¿Qué sucede cuando no es una frase halagüeña la que nos llega sino el desagradable desboque animal que sugiere, por ejemplo, realizar maniobras con la lengua en cierta coordenada de la geografía femenina? En serio, no sé que pasa por la cabeza de esos hombres ¿realmente será su objetivo conquistar o caer bien?

Están también los que, al soltar la frase, no consiguen que la chica sonría o voltee, entonces se desata del fondo de su garganta toda una serie de improperios contra la muchacha, lanzan ofensas a destajo en venganza a la inefectividad de su cortejo.

Igualmente puedes toparte con el tartamudeo casi inaudible de algún anciano que prefiere no percatarse de lo lejos de su alcance que están las jovencitas e incluso tal vez hasta las abuelas del barrio – abuelos, por favor – y sopla algún suspiro de palabras que nadie llega a entender, salvo él, claro está.

De cualquier modo un buen piropo siempre se agradece, por su originalidad, por hacerte saber que resultas agradable a esos ojos, que tu feminidad no pasa desapercibida; esos que inevitablemente te arrancan una sonrisa, aunque no te lo propongas. A algunas les sube la autoestima y no falta quien ha llegado a encontrar así su media naranja.

Entonces chicos, no sean tímidos, no permitan que muera la tradición, la belleza de encontrar una voz que nos haga notar lo que vale nuestro andar. Eso sí, no pierdan el buen gusto, la originalidad, el saber decir; eso siempre, siempre, se agradece.

El hombre del piano

Este es una especie de homenaje, a esa mujer de voz dulce y seductora, con su acento de miel y candor. Una de mis cantantes favoritas, a la que vuelvo a  ratos, cuando vago con el alma sensible y nocturna: Ana Belén.

Un sábado cualquiera, El Café me espera como cada vez, en la esquina que anuncia la noche bohemia entre el neón rojo y azul. Es un lugar de antaño, que guarda entre las grietas de sus paredes montones de historias que se acumulan y parecen susurrarse cuando te acercas.

Ocupo mi mesa y pido un trago. El primer sorbo me quema la garganta, cierro un instante los ojos, dejando que me seduzca la melodía que acuna el lugar. Ahí está él, sentando al piano, con los dedos ágiles acariciando las notas, dibujando el sonido que nos calienta el alma.

El vaso de cerveza descansa sobre el piano, hace una pausa para tomarlo y las manos le tiemblan, enciende un cigarrillo, y de sus pulmones exhala la pena mezclada con el humo. Me enamora su tristeza, el hielo azul de su mirada. No quiere olvidar, no puede. Vuelve a la canción de la llaga en su alma, la canción eterna a la que se agarra como náufrago a su tabla.

La pared junto al piano está cubierta por un espejo que ha largado el azogue en sus esquinas, pero que aun muestra los rostros que se posan frente a él. Se mira y, por un momento, la piel del reflejo pierde las arrugas; vuelve a ser el niño aquel que mudaba su niñez en el piano. Vienen entonces aquellos pocos años y se guarecen en sus ojos como una luz, si le miras bien parece ser el mismo, por un soplo de segundo luce casi como aquel, el joven diestro de las noches felices. Yo sonrío.

Pero un viejo se le acerca, ese que duerme a las puertas del lugar, el que se emborracha del día al anochecer. Él conoce todas las historias, las que yacen en las grietas, las que nunca se cuentan. Le recuerda el albor de su melodía, y a la mujer aquella, la que le abandonó a su suerte. Ella era pájaro en vuelo, temerosa de perder sus alas, él era la jaula que encarcelaba sus ganas de volar. Un día quiso probar las fuerzas de esas alas, y ya no volvió.

Golpea el piano, con furia. Las notas se duelen, su pecho se duele, mas no desea su mal… no desea su mal. Toma otro sorbo de cerveza y aprieta los ojos, duro, aguanta, no quiere desfallecer, pero una resquebrajadura de la pared me confiesa que en ocasiones ha llegado a llorar.

Me invade su tristeza, se me oprime el pecho, siento que no puedo respirar. Quiero maldecir a la mujer, al borracho, al espejo. Pido otro trago, y lo tomo de golpe esta vez. Un vaho le envuelve como un velo de cerveza y sudor. La gente alrededor busca compañía, para una noche, o para una vida, pero él solo se aferra a su piano, empapando en alcohol las emociones.

El dueño de El Café pasa por su lado, palmea su hombro, “pareces cansado”, le dice, “y el sol aun no sale”. Dispara unos acordes más, un embrujo espléndido que cala hondo. Ve el fondo del vaso. Prende otro cigarrillo.

Me levanto de mi mesa y camino despacio hacia él. Le pongo un vaso lleno sobre el piano, acaricio levemente sus cabellos y me inclino, apoyando mis brazos sobre la cola del instrumento. “Toca otra vez, viejo perdedor”, le susurro, “me haces sentir bien. La noche es tan triste que tu canción me sabe a derrota, y me sabe a miel” me mira un instante, luego al espejo. Sonríe, y se vuelve a sujetar a su tabla de náufrago, dejando que las notas vuelen magistralmente, envolviéndonos a los dos.

Volver…

Esta historia no es mía, aunque la narre en primera persona. Pertenece a una musa que me cuenta a veces sus vivencias, y éstas me sacan un escrito, inevitablemente.

 

A Maité y Ernesto,

los protagonistas de esta historia de vida 

Volver, con la frente marchita

las nieves del tiempo

platearon mi sien.

Sentir, que es un soplo la vida,

que veinte años no es nada…

Carlos Gardel

 

 

Yo era joven, muy joven, estudiaba en la Universidad. Mi corazón abierto a las emociones, a los sentimientos y los placeres. La Facultad a un lado de la ciudad, mi casa al otro, la bahía de por medio, y la lancha que en su ir y venir incondicional cargaba con mi viaje de cada día.

Aquella vez iba yo de regreso a casa, mirando por la ventanilla de la lanchita, sintiendo la brisa en mi rostro y en mis cabellos; de repente volteo a ver, como si unos dedos invisibles me hubieran tocado, como si alguna voz inaudible hubiera pronunciado mi nombre. Sus ojos se clavaban en mí, fijos, penetrantes, hermosos. Con un rubor cargado de empatía cambié la vista, no sin antes haber sostenido la suya por unos segundos. Pero ya era tarde, una especie de magnetismo se había apoderado de los dos: yo no pude evitar mirarle a intervalos, el tampoco evitó mirarme fijo cada vez.

Llegamos, yo bajé antes, él quedó atascado con su bicicleta entre las otras que no le permitieron bajar detrás de mí. Pero sus ganas de conocerme eran tan persistentes como lo había sido su mirada hacía unos minutos. Yo había avanzado apenas media cuadra cuando él de me dio alcance, pasó a mi lado en su bici y volvió a atravesarme con su mirada. Entonces, sintiéndome descendiente de Afrodita, le reté de vuelta con la mía. Yo a pie, el en bicicleta; avanzaba girando su cabeza hacia atrás para verme cada pocos segundos. Entonces crucé la calle, en un momento en el que no miraba cambié mi rumbo hasta la otra acera, provocando un juego de perdernos por un instante. Casi cae al voltear y no verme esa vez, su equilibrio titubeó por la sorpresa. Bajó entonces sobre sus pies, decidido a no tantearme más, sino a irme de frente, cruzó en pos de mí y, al llegar a mi lado, extendió su mano.

Hola, soy Ernesto. – dijo, y los astros estallaron, todos ellos, no hubo uno que no se doblegara ante esa voz.

Caminamos todo el trayecto que quedaba hasta mi casa, conversando, con los preliminares de siempre que comienzas a conocer a una persona. Era guapo: su piel blanca, su pelo negro, alto, fornido, con unos ojos oscuros que parecían atravesarte el alma de lado a lado. Llegamos a mi casa, y fue entonces que su boca disparó una frase que hizo blanco perfecto en mis ilusiones, resquebrajándolas: “Soy casado”. Acepté no obstante su amistad, me negué a perder el vínculo con ese chico que procuró mi cercanía con tanta insistencia, provocando que yo quisiera lo mismo.

Así comenzaron los días con Ernesto en mi vida. Nos veíamos a veces, compartíamos un café, o un helado. Yo me volví la confidente de sus problemas matrimoniales, él se convirtió en el hombro donde me recostaba a desahogar mis penas. Nos hicimos cada vez más cercanos, y la confianza y el afecto creció entre nosotros. Un día en el que estaba yo con las emociones latentes, con el alma vulnerable y el cuerpo hambriento, me encontré con un Ernesto que traía su propia alma a cuestas, con la sensibilidad a flor de piel y el cuerpo pidiendo liberación. No hubo opción, tuvimos que entregarnos a los designios que se habían trazado aquel día en que nuestros ojos nos ataron el uno al otro. Los cuerpos se dieron con pasión, como si el caudal de un río hubiera estado contenido por demasiado tiempo y se liberara de repente. Su espalda sudada, mi torso arqueado, sus manos saqueando los rincones, mi boca degustando su piel, las lenguas retándose en la lucha de intrincarse en las gargantas, yo temblaba inconteniblemente, su cuerpo entre mis muslos, mis pies sobre sus nalgas… un fuego nos consumió, y nos sentenció, no tuvimos ya escapatoria. Los días que se sucedieron fueron miel y deleite, aquel hombre y yo nos dimos tantas veces, el alba nos sorprendía amándonos, riendo, mirándonos. Le di todo, me entregué, me enamoré.

Aquella tarde la ciudad tembló bajo mis pies, creo que incluso el cielo lloró un poco por nosotros. Aquella tarde él me confesó que se iba a vivir a otro país, con su esposa y sus dos hijas. Ahí terminaba nuestro idilio, nuestra entrega. Ahora tendría que seguir sin él, extrañándole en las noches, deseándole, necesitándole, y sin poder tenerle. Así, el tiempo pasó, yo viví tanto más, amé tanto más, y jugué a olvidar aquel cuerpo que me hizo volar, intenté jugar a olvidar al hombre que robó mi corazón haciéndolo vibrar en cada beso, hace ya veinte años.

“Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada…volver…” El tango de Gardel retumba en mis sentidos; volver luego de veinte años ¿Se podrá recuperar lo vivido? ¿Pasará dos veces el mismo tren? He reencontrado a Ernesto en las redes sociales, y la rueda ha comenzado a girar nuevamente…

Recuento

Te doy la cana

mundo

cuando girás eterno

nosotros temerarios

afinamos la sombra

gastamos el dolor

sujetamos el cielo

y vos girás

eterno

Mario Benedetti

Este año lo inicié con una gran ilusión, la mejor y más bonita desde aquella vez que me enamoré, hace ya unos años; una ilusión de esas que te hace ver todo en colores, que te hace sonreír al viento, que te lleva a soñar. La antesala a la ola de emociones que vendría después.

Este año toqué fondo, fui tan hondo como nunca había ido, llegué profundo como nunca antes, y lloré. Y allá abajo me batí con los demonios, luché a solas contra mis miedos, contra los ecos fantasmales que dijeron no quererme. Quise huir, de todo y de todos, de las amigas, de mí misma, pero fui tan fuerte como no sabía que podía ser, y seguí adelante.

Mantuve el deseo que guardo en mi pecho desde hace tiempo, a la espera de un cometa, la gracia divina, o el destino hijo de p… que niega mi amiga Vivian. Le mantengo aquí, encerrado en mis entrañas, pujando por hacerse realidad. Este año tampoco fue.

Pero las ausencias y las partidas fueron equilibradas con regresos y amistades: volví a besar la voz de un viejo amigo, de uno especial, y se me ha vuelto tan necesario, he podido ver tanto su nobleza a pesar de la distancia, que es de las cosas que más he de agradecer esta vez.

Se me hicieron más cercanas las hadas que flotan por mis rincones hechizando todo, siendo parte de mis nostalgias, mis alegrías, mis sueños, y dejándome ser parte de sus mundos tan coloridos, tan intensos. Nos hemos emborrachado juntas en los sueños, en nuestras ganas de hombres, en nuestras nocturnidades. Hemos cazado gatos en las ilusiones, y hemos reído hasta las lágrimas en la barra de un bar imaginario.

Me he regocijado en la complicidad de las voces hechas letras, de los que se han llegado y me han llenado de elogios, y han besado los labios a mis musas. Me han puesto retos, me han ensalzado, han debatido, han disfrutado. Esta casa en medio de un camino por el que todos pueden pasar, y a la que todos son bienvenidos a entrar, agradece tanta concurrencia repetida, agradece cada letra, y cada guiño.

Obtuve la respuesta a la pregunta que me hiciera tantas veces durante años de cómo sería volver a besar los labios del hombre que amé. Le volví a besar, hicimos nuevamente el amor, y le volví a perder. Pero esta vez no dolió.

Me descubrí un poco más y tracé un nuevo horizonte. Bailé, volé, me entregué, caminé en reversa. Supe que la honestidad puede en ocasiones cercenarte el piso, mientras que el simular puede llegar a ser el mejor de los alicientes.

En este ciclo de 365 días me crecí, fui mejor persona, porque fui bondad donde me hirieron, fui un alma noble cuando me abrazó la oscuridad, fui amiga cuando me voltearon la espalda. Fue difícil este ciclo, pero crecí. Aprendí que no está mal lo que soy, sino lo que algunos ven, que no soy culpable de lo que en mí no encuentran, sino que es culpable quien no sabe qué buscar, ni cómo hacerlo, quien no sabe valorar lo que sí existe.

Este año termina distinto del anterior, y el siguiente comenzará distinto de este; también yo soy diferente. Seguiré con los empeños y las búsquedas; querré con más fuerza -y más miedo- cumplir mi mayor anhelo; pero intentaré sonreír más, a pesar de las negaciones, lo intentaré.

Doy gracias a quienes me hicieron reír, me apuntalaron, me hicieron bien, me desearon el bien. Doy gracias a los que me alentaron con una palabra, o un abrazo; a los que me sirvieron de inspiración para seguir adelante.

Les espero al otro lado de la línea imaginaria, tras los doce deseos del minuto final en la última noche de diciembre. Espero los sueños que aún no cumplí. Espero a los amigos, los amores, los amantes.

Árbol de Navidad

Siempre fue un gusto ver llegar Diciembre, respirar los aires de fin de año. Recuerdo cuando era niña, salía a la calle con mi mamá o mi abuela, expectante, atenta a que se cruzaran con alguien más e intercambiaran un cordial “Felicidades”. Me encantaba ver aquello, cómo la gente se saludaba con ánimo, cómo se respiraba un olor diferente, olor a Diciembre.

¿Por qué te felicitó ese hombre si no te conoce? – le pregunté una vez a mi abuela.

Porque en esta época del año las personas se felicitan, aunque no se conozcan – me explicó – es tradición desearse feliz fin de año y feliz año nuevo.

Mi primer arbolito de navidad fue una rama de un árbol parecido al pino. No sé si por la falta de recursos de la familia o si sería que en esa época no se vendían en las tiendas, pero alguno de los hijos de mi abuela cortó –a petición suya – una rama de esas y se la llevó. Realmente me hacía feliz adornarlo junto a ella: esparcíamos motitas de algodón que simulaban la nieve, colocábamos los adornos como más bonito nos parecía, a mi me gustaban las coloridas bolas de hilo, enroscábamos los rabos de gato y finalmente los bombillos, que no era una cadeneta de diminutas lucecitas parpadeantes, sino unos de tamaño mediano que apenas alcanzaban para todo el árbol. Y yo era feliz haciendo aquello, plenamente feliz.

Ya en los duros tiempos en los que me tocó transitar durante mi adolescencia aprendí el verdadero sentido de la navidad, su significado: celebrar el nacimiento del niño Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. Entonces mis navidades se convirtieron en días colmados de canciones navideñas, fiestas alegóricas e intercambios de regalos. Pero no tuve árbol de navidad, no por esa época.

Ahora tengo un arbolito, como se dice, de la shoping, con mucho dorado y rojo, y su guirnalda de bombillitos relucientes que lo visten desde la base hasta la estrella en la punta, aunque ya no canto canciones navideñas ni voy a fiestas que celebran el nacimiento, ni escucho a la gente felicitarse cuando se cruzan en la calle. Cada Diciembre que pasa tiene menos sabor a fiesta, cada vez se olvida más la tradición de felicitar a los demás, las celebraciones son menos coloridas.

Pero es algo tan bonito que no debería dejarse morir, por eso, más allá de la festividad por noche buena y fin de año que hacemos en casa, quiero colgar adornos y guirnaldas en mi blog, desearles a todos ustedes unas felices fiestas, un muy buen fin de año y un próspero y feliz año nuevo. Poner aquí un enorme arbolito navideño imaginario en el que todos podamos colgar nuestros deseos para con los demás, nuestros regalos de intercambio. Así que, si quieres dedicar unas palabras con sabor a fiesta navideña, si quieres ayudarme a adornarlo con buenos deseos, puedes hacer de tu comentario un obsequio para poner al pie del árbol, así podemos intercambiar los unos con los otros regalos de navidad.

Mi regalo es el deseo de que este próximo año cada persona que visite este blog pueda alcanzar el mayor anhelo de su corazón, que ese deseo que enardece por encima de los demás se le cumpla a plenitud. Amor, felicidad, prosperidad, metas cumplidas y propósitos logrados es lo que deseo para todos ustedes.

¡Muchas Felicidades, amigos míos!

Cerca del cielo

Llego al sitio de la mano de una suerte de reconciliación que puja por retomar intenciones del pasado. Él y yo queremos creer que hay redención.

Vedado capitalino, edificio que en sus inicios fue símbolo de majestuosidad: El Focsa. Hay que subir treinta y tres pisos, y el elevador nos recibe con la soledad cómplice en su interior, las puertas cerradas nos empujan, sin que medien palabras, a los besos clandestinos y la urgencia de las manos sobre los cuerpos. Un “ding” anuncia la apertura interrumpiendo el momento y salimos, emulando sobriedad, al interior de uno de los recintos más acogedores que he visitado.

Pocas mesas se acomodan a lo largo de una pared de cristal que da vista plena a un ala de la capital. Las aguas del Malecón engullen el infinito, extasiándome las ganas, las luces de la ciudad alumbran el iris, luciérnagas esparcidas a plenitud. Es hermoso. Nosotros allá arriba, el mundo abajo.

La luz dorada, como ha de llevar un bar, nos baña. Tras la barra un hombre uniformado se mueve con gracia, preparando los costosos tragos. Para nosotros cerveza, exquisitamente fría en su botella verde. Las copas reciben entusiasmadas el helado amargor y él, como hace siempre, choca la suya con la mía.

Allá, en un rincón, el señor elegante regala acordes que funde en su piano, las canciones envuelven a los que allí olvidan por un rato lo que afuera de aquel lugar se gesta. Me quedo mirando a una pareja que se aventura a bailar y me pregunto si me atrevería yo. Bailan pegados, con el romance fluyendo entre ellos, lo puedo notar. La señora de la otra mesa se divierte con el hombre menor: las fotos, las risas, su mundo; lucen tan felices que da gusto verlos.

Él regala un fragmento de aquella canción a mis oídos, me dice que no la ha olvidado: si yo pudiera… reconquistarte con lo que queda por decir.

Es un lugar alto, se pierde del resto de la ciudad; luz difusa, buena música, cristal traslúcido que pone el mundo a tus pies. Es un sitio de romance tenue, de calidez del alma. Un buen espacio para reconciliarse con las risas y el futuro.

Me sugiere levantarnos y llegarnos a la pared posterior, observamos la ciudad y me dejo llevar por la sensación de bienestar, con su cuerpo cerca del mío, su olor, y esa pose que adopta cuando quiere sentir que le soy grata. Más tarde saltaremos al otro lado del cielo, dónde nuestros cuerpos se dan sin condiciones.

Quiero detener el tiempo pero sé que hay que partir. Me duele dejar atrás tanta magia. El ascensor nos lleva abajo y parece sufrir porque esta vez un señor nos acompaña. Nos damos a la noche, dispuestos a morderle un trozo de placer a la vida. Nos reconciliamos por esas horas y es exquisito. Luego amanece.

Agradecimiento

Hace unos días conocí a alguien por el chat que me preguntó qué esperaba de mi blog, a dónde quería llegar con él, y me incitó a medir su alcance, a trazarme estrategias para lograr más impacto. No entendió cuando le expliqué que no es este un medio para llegar a sitio alguno, que no persigo la popularidad en las redes, que no es para alimentar mi ego sino mi alma. Pero no había mala intención en él, es solo otro bloguero con una visión diferente. Pienso que tal vez yo tampoco le comprendí del todo.

La cuestión es que, tal como le expliqué a él, no soy escritora, sin embargo escribir es mi idioma, es la forma de darme a mí misma. Lo que escribo me nace, de adentro, de lo profundo; escribir, y revisar, y rehacer no es tiempo gastado sino el lenguaje no articulado de mi alma, haciendo honor al nombre de este blog, dejándome al desnudo las entrañas, mostrándome plenamente a quien me lee.

Y no es mérito mío lo que hasta hoy se ha logrado en esta esquina de los latidos del alma, sino de las letras mismas, estas que gestan mis musas traviesas, y de ustedes, los que tienen a bien leer las entradas que con tanto placer les dejo cada vez.

Por eso este post va de agradecimiento, a todos ustedes, los visitantes de esta casa, a los que ya se han hecho tan asiduos que entran sin tocar la puerta y se acomodan en el sofá con los pies sobre la mesita  de centro. Ustedes no son meros espectadores, no, son el complemento perfecto para las musas: ellas hacen, ustedes reciben; yo soy tan solo el medio para traerles lo creado.

A ustedes, mis amigos virtuales, mis lectores, gracias. Por cada comentario, por cada halago, por cada milésima de segundo que dedican a pasar por aquí. Por considerar mi sitio genial y mágico –a vuestro decir–, por las veces que me han valorado con los mejores atributos, por volver una y otra vez superando mis expectativas en cada comentario, por ser honestos en sus criterios, por el debate y la complicidad. Por tanta calidez, tanta cercanía, por la risa y la razón, la inteligencia, la sensatez, la aprobación. Por compartirse conmigo, por darme parte de lo que son, por engrandecerme con su amistad. Gracias.

Y no es un agradecimiento vano y superficial, no es –como le comentaba a un amigo el otro día– pura palabrería, sino que es de a verdad, sincero, visceral, genuino. Del tipo de agradecimiento que se siente cuando un rayo de sol te calienta en el invierno, o cuando una mano se posa en tu hombro en los días de soledad, el agradecimiento por el arropo en los días de enfermedad, el agradecimiento sincero a la mano amiga.

Ojalá les tenga siempre, ojalá me sepan suya. Gracias miles y por siempre a ustedes, los verdaderos moradores de esta casa porque yo aquí, sin ustedes, sería tan solo una palabra más.