Mírame, luego desnúdame

Ella mueve la pieza delante de sí, ahora el frente, luego la espalda. La observa detenidamente. Le gusta. Y es que es bonita: un ropón blanco de dormir, largo hasta las rodillas, con el escote marcando la forma del seno decorado con un encaje, y un lacito en el centro. La tela es fina y suave, transparente, seductora.

– Cómpratelo –le digo– a tu esposo le va a encantar, cuando te vea con eso puesto no se va a poder resistir.

– Ay hija –me responde con expresión de desencanto– si lo de él es llegar y quitarme la ropa, él ni se fija.

Le gusta el vestido, probablemente teje en su mente las más eróticas fantasías mientras lo mira e intenta decidir si lo compra o no. Quiere verter su sensualidad en el juego previo, que su hombre se fije en la pieza nueva que compró para ella, y también para él; pero sabe que no le arrancará un elogio, lo más probable es que incluso ni se percate de que el roponcito que lleva puesto es nuevo. Lo devuelve. Esa noche usará la ropa interior de siempre.

Cuántas veces las mujeres buscamos hacernos cambios en nuestro aspecto, compramos lencería nueva, nos pintamos las uñas, nos arreglamos el pelo, buscamos llamar la atención de nuestro hombre, provocarles un elogio o una expresión de grata sorpresa, y el esfuerzo queda enterrado en lo cotidiano, en lo imperceptible, no mueve la más pequeña fibra de apreciación.

El acicalarse para la pareja es un instinto natural –incluso de los animales– y jamás tendrá como objetivo pasar desapercibido, sino todo lo contrario, pero la mayoría de los hombres parecen dejar pasar de largo este detalle. Nosotras, por ejemplo, solemos poner especial énfasis en la ropa interior que usamos la primera vez que nos vamos a la cama con un hombre, preguntemos cuántos recuerdan al día siguiente por lo menos el color.

Desencanta, no puedo decir lo contrario, dedicarle tiempo y entusiasmo, y hasta recursos, a un llamado de alerta sensual que luego será echado a la basura sin la menor de  las atenciones. Afecta, desmotiva. Sería bueno si nuestros hombres tomaran un poco de conciencia en esto, si se preocuparan un poquito en darse por enterados en estos aspectos que tanto nos importan a nosotras. Agradeceríamos que pudieran comprender que una mirada de aprobación hacia una tanga puesta, que luego quitarán, pero que antes se exhibe en el cuerpo de la mujer, seguida por un destello de lascivia, puede ser el comienzo perfecto para el juego sexual. Y recordarla luego, vendría a ser la guinda del pastel que nos incitará a seguir lanzando nuevas señales en el futuro.

No es tan difícil chicos, es solo cuestión de darle importancia a lo importante. Nosotras solemos hacerlo ¿No podrán hacerlo entonces ustedes? Yo pienso que sí. El asunto es simplemente tomar conciencia y querer hacerlo. Les aseguro que todo será más bonito y placentero para ambos, ya saben, desterrar la apatía, cuidar también de las cosas pequeñas, esas que contribuyen a alimentar el fuego de la pasión y las ganas de seguir siendo la hembra de mejor plumaje para nuestro hombre.

 

50 Sombras color rosa

“Es imposible ser de golpe pájaro y serpiente.
Elige, y sé merecedor de tu noche.”
José Luis Fariñas

 

El mundo del sadomasoquismo se vistió de seducción en las páginas de un libro. Un modo de vida que hasta entonces se mantenía sepultado tras las paredes oscuras de algún sitio selecto, practicado por personas no pocas veces catalogadas de pervertidas y sucias, una forma censurable de asumir el sexo, se representa todo edulcorado en estos cientos de páginas.

Nos presentan a un multimillonario de tan solo veintisiete años, traumado pero encantador. Un hombre que derrocha masculinidad y atractivo a la par de los dólares que posee. Nos muestran, por otra parte, a una joven simple, sin más aspiraciones que las profesionales, y por demás virgen, que afronta el inicio de su vida sexual con una práctica fuera de todo convencionalismo, y que seduce a este hombre solo con ser ella misma. Entonces podríamos leer entre líneas: puedes ser simple e inexperta, puedes ser la chica que hasta ahora nadie había notado, y aun así lograr conquistar al soltero más cotizado; y luego está lo otro: puedes no saber nada de sexo, ser incluso virgen, y aun así adentrarte y disfrutar del mundo del sadomasoquismo como la expresión plena del sexo.

El sadomasoquismo se vistió de seducción en las páginas de un libro, y ahora todas las mujeres sueñan con ser Anastassia Steel, y encontrar un Christian Grey.

Pero si un error se cometió en los libros, otro peor vemos en las películas, que tiñen de rosa una práctica que se caracteriza mas bien por su tono oscuro. Entonces ahora no solo todas quieren ser Ana y conquistar a un Christian –entiéndase: guapo, adinerado, y supuestamente arrasador en el sexo- sino que la idea que tienen del sadomaso es la del puro sexo tradicional con la inclusión de algún que otro juguetico, en mi opinión, desperdiciado.

Todo esto se resume en mi cabeza de la siguiente manera: 50 sombras ha venido a tergiversar el verdadero sentido de la práctica BDSM, le ha puesto un vestido rosa para atraer las vistas de las jóvenes soñadoras,  le ha cambiado la identidad. Porque esta práctica sexual no va de tener un cuarto lleno de juguetes, ni de atarse las manos o vendarse los ojos, sino que se trata de una actitud, de la búsqueda del placer a través de lo extremo, de llevar el cuerpo al límite de las sensaciones; es el put… camino de losas amarillas en el que te encontrarás las cosas mágicas que jamás viste en tu querido Kansas; solo que no a todos le calzan las zapatillas.

Adentrarse en este mundo ha de llevar madurez, compromiso, conocimiento, seguridad y confianza. Hay que saber lo que se quiere y cómo se quiere, esperar a la persona correcta y tener entre ambos plena química y comunicación. No es una moda, es un modo, de placer y realización sexual, que entra en el plano de los gustos por lo que –obviamente- no le servirá a todo el mundo, sino solo a aquellos que consigan realmente disfrutar así, porque ese es el quid: disfrutar.

Así que, yo recomiendo a los que sientan inclinación por las prácticas sadomasoquistas que no tomen como base los libros o películas de las 50 sombras, que no pretendan emular con los personajes, sino que busquen materiales que hablen seriamente sobre esto, que se documenten bien y vayan de a poco adentrándose en esta forma de búsqueda del placer, sin apuros ni presión, y siempre con la persona adecuada, que no tiene que ser el multimillonario del año, ni la colegiala virgen, basta con que sea una persona con quien se logre un buen engranaje sexual, con las mismas inquietudes y modos de hacer. Entonces sí, podrás escribir tu propia historia, sin tantas sombras a cuestas, y con placer verdadero.

Los hombres que me enamoran y las mujeres que me atrapan

He decidido lanzarme a la aventura más osada en la que me he embarcado desde que comencé a escribir, ésta impone a mis musas –y a mí misma– una serie de vallas altísimas en un camino que espero lograr transitar y concluir con satisfacción, tanto personal como de quienes me lean.

Pretendo realizar y mostrarles, paulatinamente y en paralelo, dos ciclos de escritos, en los que hablaré acerca de personas que me tocan el alma de algún modo, seres que logran adueñarse de un soplo de mis instintos, que me despiertan admiración o revuelven mis hormonas, seres que me mueven inquietudes.

“Los hombres que me enamoran” y “Las mujeres que me atrapan” serán intentos de exponer cómo la que soy por dentro percibe las estocadas de las maneras, personalidades, obras y actitudes de algunas personas a las que besa desde lejos, por las que se deja abrazar una tarde cualquiera de soledad, con las que comparte un café o un trago imaginarios, de quienes sueña escucharles en persona un verso o un acorde de guitarra. No serán críticas a su trabajo, no serán comentarios expertos, sino simplemente la visión de una mujer que siente que hay gente que a veces le toca la sensibilidad de un modo especial.

Me echo ahora, sola, a la mar de las palabras, ojalá soplen a favor los vientos y se mantenga firme el timón, ojalá y en cada puerto una nueva historia les haga subir a bordo, y acompañarme hasta encontrar la siguiente.

Los Hombres Que Me Enamoran

Sexo, alcohol y palabra.

“Nunca me ha interesado ni la fama ni el dinero, sino exponer en mis novelas y cuentos lo que tengo allá dentro de mí, perdona si te suena a lugar común.” (PJG)

Es un tipo a lo cubano. Es un hombre de verdades, de las sucias verdades que se tiran a la cara y llegan como escupitajos asquerosos y ofensivos, pero liberadores como suele ser la verdad cuando se echa fuera. Es un ser inteligente, y ya con eso tiene la mitad de mi, porque es inteligente en las palabras, es del tipo de persona que sabe decir lo que piensa, que argumenta sus propósitos, que consigue exponer lo que siente a través de un mejunje que se inventa con la simpleza del solar mezclada con Alma Mater.

Le veo como una especie de Quijote moderno, montado en su caballo de vulgaridad, una vulgaridad genuina como la vida misma, se arrellana en la montura de los instintos bajos y se lanza a la conquista del erotismo de hombres y mujeres ansiosos de liberación sumergiéndoles en un mundo de marginalidad, alcohol, yerba y sexo; en un mundo donde la p***, el marica y el delincuente pueden ser los buenos de la historia, donde el desparpajo sexual es bienvenido, la piel se disfruta y la vida se sufre. Es un soñador de noches turbias, de personajes exóticos, tan verdaderos que duelen.

Esto es lo que yo quiero hacer” –se dijo una vez– “una literatura que no parece literatura”, y así nos habla, sin rebuscar metáforas ni abusar de la grandilocuente verborrea de los finísimos intelectuales. Es un seductor, y no porque te diga palabras bonitas al oído, él te seduce con la naturalidad del cubaneo, con su facilidad para llevarte a lugares oscuros y hacer que te sientas cómoda ahí, y que además desees volver. Mujeriego. Sexual. Animal. Sexual. Un tipo primitivo, de sexo impúdico y crudo, sin remilgos, sin escrúpulos. Sexo de hombre de las cavernas, con sudor, y fuerza, y alcohol, y piel.

Aconseja a sus lectores no conocer al escritor, que no vale la pena, que es mejor quedarse con los libros, pero que va, con él es casi imposible no sentir el tirón de querer salir a buscarle, de topar de frente con el hombre cuyas manos dejaron la impronta de libros tan atractivamente sucios, con la mente que guarda tanta vivencia de una Cuba que otros se esfuerzan por mantener oculta con la misma fuerza como facilidad tiene él para traerla a la luz. Es difícil mantenerse al margen, le lees y piensas: quiero conocer a este hombre.

Yo me imagino sentada en su azotea, en una sincronizada orgía entre la noche, la palabra, el whisky, y él. Me imagino bebiéndome sus anécdotas impregnadas en alcohol, una tras otra, emborrachándome con su voz, con su risa, su mirada; esquivándole dardos de lascivia y seducción. Yo sentada ahí, junto a él, en su mundo, en su espacio, en su tiempo, guardándome trozos de su vida en los bolsillos, y la luna envidiando porque solo puede ver de lejos.

No sé si llevará dentro la carga de un ser incomprendido, no sé si será en la piel distinto que en las letras, o si el protagonista de sus historias emerge cuando se despliega en la libertad de volar, pero me gustaría descubrir su verdad por mí misma, extasiarme o decepcionarme, encontrarle o perderme. Y no abandono las esperanzas de verle un día y hablarle, y conocer el sonido de su voz, aunque nunca llegue a su azotea ni compartamos un whisky.

Pedro Juan Gutiérrez

¿Me incluyo?

(He insertado un documento adjunto, algo que escribí luego de haber publicado este, tras ver un programa de televisión que consiguió sacar aun más mi indignación. No pretendo levantar más polémica, ni siquiera provocar más comentarios, el documento es simplemente algo que me vi obligada a sacar fuera, al menos decirlo, ya que no puedo hacer más. Creo que responde un poco la pregunta de ¿qué es lo que pretenden hacer en las escuelas? Leerlo o no ya queda por parte de ustedes, por mi parte intentaré que sea lo último que hable sobre el tema, al menos hasta la próxima campaña.)

La sexualidad adulta es cuestión de cada quien; el individuo, cuando alcanza la madurez sexual, ha de ser libre de satisfacer sus demandas carnales del modo en que mejor le parezca, y tiene además el derecho a que sus gustos y preferencias sean respetados, más allá de la aceptación y/o la comprensión.

En nuestro país se ha venido llevando a cabo desde hace unos años una campaña contra la homofobia, que intensifica su influencia en los días cercanos a la jornada de celebración, el 17 de mayo. Galas culturales, coloquios, festivales de cine gay, y hasta la sonadísima conga, en plena Rampa capitalina, de lesbianas, gays, travestis, transexuales y toda persona que simpatice con su causa. El día contra la homofobia ha devenido en un ámbito amplísimo de iniciativas exuberantes en pos –según se dice– de la inclusión de estas personas con inclinaciones homosexuales en la sociedad sin que tengan que sufrir humillaciones ni discriminación.

Hasta ahí de acuerdo. Nadie tiene el derecho de perjudicar o disminuir a otro simplemente por una elección personal que no afecta a terceros, sino que le hace disfrutar de su vida en un modo que considera es el indicado para sí mismo. Esto aplica tanto para la sexualidad como para cualquier otra arista de la personalidad. La represión a la que fueron sometidas tantas personas simplemente por tener una identidad sexual diferente a la de la mayoría en años pasados ha sido justamente erradicada en estos contemporáneos. Pero si ya ha sido erradicada ¿para qué seguir haciendo campaña?

Lo que en un inicio fue una causa justa y fundamentada se me hace que se nos ha convertido en una fiesta desparpajada, en una excusa para resaltar una condición que, si en verdad lo que quiere es ser aceptada como “normal”, está haciendo todo lo opuesto enfatizándolo de ese modo, haciendo tanto llamado de atención, convirtiéndolo en una imposición. Si lo que en realidad quieren es “normalizarlo” entonces deberían actuar de modo “normal”, como los heterosexuales, que hasta ahora no he visto que desfilen con rumba y pancartas anunciando su orientación sexual, simplemente son heterosexuales y punto, no hay que andar anunciándolo tanto. Me parece que el respeto que se pudo ganar con el argumento sólido que sí llegó a convencer a la mayoría y consiguió la inclusión social de estas personas con inclinaciones sexuales diferentes, lo están poniendo en apuesta al montar innecesariamente un circo alrededor del derecho humano, han cambiado la seriedad de un tema que afectaba social y psicológicamente, por la burla ridícula de trajes coloridos y brillantes, maquillajes excesivos, silicona y desfachatez.

Pero hay amparo, la sonada campaña va de la mano del CENESEX y el renombre. El que puede, puede. Y yo me pregunto ¿por qué el Centro de Educación Sexual ha concentrado sus fuerzas y atención en la lucha -ya sin causa- por la sociedad LGBT, habiendo otros asuntos de educación sexual que no tienen menos importancia ni ameritan menos atención? ¿Qué pasa con el resto del universo que conforma la educación sexual? No se, pero aquí parece haber algún interés personal marcado… digo yo.

Pero bueno, vamos al punto que en realidad me trajo a escribir esto, que tanta tela tiene para cortar el temita que acabé hablando de otras cosas. Al parecer cada año se buscan nuevas iniciativas que sustenten la campañita, nuevos lemas, y eventos novedosos. Este año, alguien dio con la tremendísima idea de incluir la temática de tolerancia homosexual en el programa educacional de nuestro país. Y hasta aquí llegó mi aceptación. ¿Hasta dónde quiere llegar la dirección del CENESEX? Es que esta cuestión ha pasado de ser una causa de aceptación y la no discriminación a una casi imposición, es como diciendo: “si en casa no te enseñan lo que yo quiero, pues te lo digo yo en la escuela, obligatoriamente, al final tengo el poder para influir en el sistema educacional cubano” ¿Tiene acaso el CENESEX el derecho de inculcarles tendencias sexuales a nuestros niños, o es esa tarea de cada madre y padre? No se, yo no lo entiendo, que cada padre tenga que consentir que se le estimule a sus hijos a ser gays o lesbianas, que le llenen la cabeza de conceptos y argumentos que, les guste o no, tendrán que aceptar. Y no podemos dejar pasar por alto el hecho de que es justo en edades primarias cuando son más vulnerables a la absorción de modos de conducta, y que además en esta etapa los niños aun no tienen una identidad sexual plenamente definida, no es raro ver a un pequeño confundido ante la diferencia de sexo entre hembras y varones, así como la elección que debe hacer según su género. ¿Qué harán los padres cuando los hijos les lleguen a casa con conceptos de sexualidad distintos a los que ellos prefieren inculcarles?

No creo que el CENESEX ni nadie tengan derecho a esto, a condicionar las mentes infantiles a que crean del modo en que ellos creen ¿Qué será lo siguiente? ¿Una conga infantil por La Rampa? Es que ya me da miedo esperar lo que traerá la campaña del año que viene. Si la idea es trasmitir a los niños una intención de no discriminación ¿por qué se centran solamente en la homofobia habiendo otras formas discriminatorias a las que puede ser sometida una persona? En mi opinión se han pasado, porque yo estoy de acuerdo con eso de tener una mentalidad abierta y el respeto absoluto por la individualidad, pero ya cuando se trata de un niño es otra cosa, el niño es responsabilidad principal de sus padres, y nadie puede imponerle a un hijo ajeno una educación contraria a la que sus progenitores quieren, y menos en un tema tan delicado como la sexualidad, que de un modo equivocado puede marcarte para toda la vida. Yo estoy completamente en contra de toda manifestación de discriminación, también hacia los homosexuales, pero no, No me incluyo, no cuando las mentes infantiles están en juego.

Alegato

La primera vela

No me llega este día en el mejor momento de las musas, han estado holgazaneando últimamente. Pero saben que esta vez es obligada alguna letra, aunque torpe y escurridiza, aunque no se colmen de las mieles que se esfuerzan por ostentar algunas veces. Como sea, saben que no se puede dejar en blanco la cuartilla.

El hombre cataloga el tiempo a conveniencia: a veces pasa lento –dice–, otras veces vuela; lo cierto es que este sitio encontró la forma de llenar el espacio de un año con letras, signos, emociones y sentimientos. La arrancada fue una apuesta, un tímido “¿por qué no?”, un pasito tembloroso sin saber a ciencia cierta lo que significaría; y henos aquí, un año después, encendiendo la primera vela del primer pastel.

Ha habido debate, reflexiones, argumentos, denuncias, imaginación. Han confluido los sueños y anhelos con las realidades y las vivencias –las mías, las ajenas–, se han vencido retos, se han encontrado motivos para el reencuentro y para hacer nuevos amigos.

Nunca se sabe a ciencia cierta qué hallarás al cruzar una puerta, tampoco tienes seguridad de lo qué harás con lo que encuentres al otro lado, pero cruzar el umbral de Al Desnudo ha sido gratificante para mi, en las palabras amigas, en los elogios, en los agradecimientos; me ha hecho feliz cuando alguno se ha identificado con un escrito, cuando otro ha opinado contrario y generado un encuentro de ideas, convergiendo opiniones y personalidades. La fidelidad de algunos amigos ha sido un premio, verles volver siempre aun con la marea baja, escarbando en la piedritas de la orilla algún comentario bonito.

Este aniversario no es exclusivamente del Desnudo, es también un poco de las musas, de cada persona que se llegó alguna vez y dejó su huella, de los fieles que aun vuelven, y de los que vendrán y leerán en retrospectiva lo que hemos vivido hasta aquí. Todos son merecedores de la celebración y el agradecimiento. Les invito entonces a que me sigan acompañando en este viaje, a seguir siendo parte del encuentro en las palabras; les pido me permitan seguir disfrutando de vuestra compañía. Sople hoy, cada uno, la vela junto conmigo.

Ciudad Maravilla

A Lester,
que me mostró el camino hacia el haibun

 

La Habana es un sitio para perderse y encontrarse. La ciudad de las canciones y los poemas; las nostalgias, las partidas, los regresos con o sin reencuentros. La Habana es un par de hermanas siamesas, unidas, fundidas: a veces dos, a veces una; inseparables, la misma pero diferentes.

A veces es una prostituta de glamour; elige bien a sus clientes: turistas. Les empalaga con Caribe, tabaco, sexo, ron. ¡Señor!¡Señor! Les soba la entrepierna, les seduce con promesas paradisíacas, con adulaciones de perro faldero, moviendo la cola, con la lengua afuera, lamiéndoles los pies, los pies blancos y grandes. ¡Toma mi guayabera, mi mano amiga, interesadamente amiga!¡Dame tus dólares, tus euros, tus libras, tus pesos! Pero otras veces es una p*** barata, que abre las piernas para matar el hambre, que las abre aun sin quererlo, que se las abren y la violan.

Gotea la madrugada.
El barman somnoliento
cuenta la propina

Ay, pero si mis ojos te abandonaran, si la vida me desterrara a un rincón de la tierra; no puede decirse que no, a La Habana se le extraña, se aprende a amarla con un sentido de posesión y de grandeza. No escapa de ese sello de capital, la capital de todos los cubanos; y los habaneros nos aferramos a las raíces que nos sembraron aquí, la poseemos con fuerza, nos sujetamos a su urbanidad, a su exceso de paredes, las limpias, las altas, las derruidas; a los ventanales, los balcones, las luces. La defendemos, contra, porque es nuestra Habana; que tiene su Malecón, su Prado, Miramar con su Avenida 5ta, El Morro, la ceiba, La Giraldilla, Tropicana. Esa es la hermana hermosa, la de bellos ojos, la que miras y dices “oh, que maravilla”.

Deja su ofrenda
en la ceiba.
Truena a lo lejos

¿Y la gente del campo? –entiéndase: que no es de La Habana–, les decimos palestinos, y que quieren nuestras casas, nuestros trabajos, nuestro ¿progreso? Y queremos que la ciudad los vomite, le metemos el dedo en la garganta, les dejamos los olores nauseabundos, La Habana Viejísima, Centro Habana, los suburbios. Y ellos bailan en la línea divisoria, en la fina línea donde coquetean el amor y el odio: ¡Dame más de ti, Habana! ¡Pero como te detesto! ¡Tan creído los habaneros, tan poco hospitalarios, egoístas, hipócritas! Deja vestirme como tu, hablar como tu, que ya no quiero este acento delator, deja virar pa´ mi pueblo así, bien habanizado, deja virar y regresar a ti. Porque ella les atrapa, con sus encantos, con su danza, su striptease, porque es linda en sus adentros, si le miras con los ojos de amar le ves hermosa, voluptuosa, infernalmente atractiva.

Del alba al anochecer
pregona la vendedora
de escobas

La Habana vive un equilibrio, una sincronización de almas, de seres. Rayan sus calles los tacones de bellísimas mujeres, de pieles limpias, de rostros tersos; despliega al sol la hermosura de los criollos: blancos, mestizos, negros, todos hermosos. Y después el gris desfile de las teces cochambrosas, los pies descalzos en las aceras, bocas podridas, ojos vidriosos, gente con la vida fea, con el alma fea, y el futuro desfigurado.

Casas recién pintadas.
La fosa desbordada
infecta el aire

Esta es la ciudad mimada, la que acunan los cantores en sus noches bohemias, con su guitarra y su piano; la acarician toda, la arrullan en su pecho. Esta es la ciudad querida, la viejita que tratas con ternura aunque ya no pueda dar ni un paso, porque lleva todo lo que aprendiste, lo que viste en tu correr, porque tiene ojos de vida y alma sabia, y lleva entre sus manos cada historia que ha tejido. Yo le piso y le respiro, la beso en los labios, le hago el amor; después le doy la espalda, la injurio, la humillo; porque yo también bailo en la línea entre el amor y el desprecio, en la rabia de ver que sigue siendo la misma víctima desatendida, aunque se le nombre maravilla.

Respiro feliz,
al compás de la ola
que rompe contra el muro.

Mi heroína

De héroes todos sabemos un poco. Héroes reales, héroes ficticios. Héroes de guerra, de paz, de amor. Ella ha sido la gran heroína de mi vida, poderosa, incondicional.

La primera vez que abrí los ojos al mundo fue su rostro lo que vi, su sonrisa radiante; y su amor y felicidad me inundaron como un hechizo de protección. Hizo ahí entonces un pacto con el destino: amarme y protegerme todos los días de su vida.

Guerrera incansable de batallas libradas y por librar, con sus piernas firmes, piernas de hierro, a pecho descubierto, a manos limpias, arrancó trozos a la vida por mi. Siempre dispuesta, siempre a mi lado; dándome luz en días oscuros, calor en días helados, risas en el llanto. Sobrevolando desiertos y páramos, sus manos arañando la tierra, arrancando la raíz.

Llevo su savia y su esencia en estos huesos. Mi mano pequeña en su mano, mi mano grande en su mano. Sus brazos sosteniendo mi cuerpo menudo, mi brazo rodeando sus hombros. Hoy las canas coronan su cabeza y sigue siendo majestuosa, grande, poderosa, sabia. Mi heroína de toda la vida, mi más fiel amiga.

Y es dulce, y es buena. Mi compañera del café compartido, de la canción a dúo, de la conversación política, y las historias de vida. Mi musa, mi ejemplo, mi guía y sostén. La presencia obligada en esta vida que llevo.

¡Cuánto le amo! ¡Cuanto! Y también cuánto le debo. No podré jamás saldar la deuda, pagar tanto amor que me ha dado, tanta entrega. No me bastarán mundos, vidas y hazañas. Solo puedo darle amor a cambio, mi amor también incondicional. Solo puedo abrirle el pecho a la vida por ella, intentar darle la paz, la risa, la felicidad.

Mi heroína. Mi madre. Mi gran amor.

Del gimnasio al aceite

Hace unos días llegaba a mi casa, y vi sentados en la parte de afuera del apartamento de los bajos a dos jóvenes, adolescentes aun, sumidos en una maniobra que, si bien yo ya sabía que se hacía, nunca había visto. Quedé algo estupefacta, y preocupada. Uno de ellos inyectaba aceite de cocina en los brazos del otro.

Una jeringuilla llena, bajo la piel, directo al músculo. Cirujano estético y enfermero autodidacta por cuenta propia. El otro, inmutable, se somete al riesgo sin pestañear siquiera, en su mente lo que prima es aparentar músculos desarrollados sin tener que quemar horas en el gimnasio.

Tuve una época en la que iba al gimnasio cada día, me encantaba; hacer ejercicios te deja una sensación placentera en el cuerpo, y en la mente. Tras el agotamiento doloroso de los músculos en la primera semana viene una fortaleza muscular y una disposición del organismo para cualquier actividad que se disfruta mucho, te sientes bien, ligero, activo. Hacer ejercicios es mucho más que simplemente lucir músculos tonificados.

Pero hoy la cosa ha cambiado –como en casi todo–, ya los chicos no quieren ir al gimnasio, sino que aceleran el proceso, imitan la apariencia de crecimiento y endurecimiento de los músculos a través de sustancias, pastillas y química. Olvidan lo que más importa: la salud, ésa que ponen en riesgo al inyectarse o consumir esas sustancias, ésa que evitan al dejar de lado el ejercicio físico.

Es hermoso ver a los chicos en el gym, en camiseta, sudados, ver el movimiento de los músculos bajo el esfuerzo de las pesas o las barras, constatar como semana tras otra van dejando la debilidad a un lado para mostrar bíceps más crecidos, muslos endurecidos, abdómenes planos y, sobre todo, una salud de hierro. Es triste y preocupante, en cambio, ver cómo arriesgan su calidad de vida en pos de una apariencia ficticia, cómo compran una imagen con monedas de salud.

Ella. Al descubierto.

Está seria, muy seria, su sombra se proyecta en la pared a través de la penumbra como una mueca fantasmal. Tiene el entrecejo fruncido y el cabello un poco revuelto. No quería volver a verle, la última vez fue tan doloroso que he estado rehuyendo desde entonces. Pero un tirón de las entrañas me ha sacado de mi egoísmo y he vuelto a su rincón marginado, donde se sienta a llorar la vida.

Pasa el dedo por las finas marcas de la mesa, parece absorta en algún pensamiento, pero sé que tiene la certeza de mi presencia, aunque no levanta la vista cuando me siento a su lado ni responde a mi saludo. Está enfadada, aprieta hosca los labios con su suerte eterna de contradicciones. Es tan mía que no puedo evitar sentir el agujero en su alma. Advierto que los demás nos miran expectantes desde sus mesas; alza la mirada y lo percibo entonces, es conmigo su enfado, porque le he dejado al descubierto y ahora ya no le rondan ignorantes para hacerle bailar, ahora quieren que hable, y ella no habla, solo conmigo, y a veces en silencio.

Acaricio su mano pidiendo perdón. Es tan pequeña, toda ella, tan diminuta. No suele dejarse acariciar pero esta vez se queda quieta, mirando como se mueve mi mano sobre la de ella. Siento su temor, sé bien qué le pasa, le acosa el tiempo, siente angustia, tiene miedo.

Mira a través de la ventana el viento gélido que sopla tras el cristal. “¿Cuándo llegará la primavera?” me pregunta, y yo no lo sé, no se de estaciones ni cómo manejar los tiempos. Si pudiera traería el florecer hasta su puerta, si tan solo pudiera. “Pronto”, le respondo en un susurro, pero sabe cuando miento. Siento que comienza a transformarse, parpadea como si la fría brisa de afuera se hubiera colado en sus retinas. “¿Llevas dentro la felicidad?”, le han preguntado. Miró su vestido multicolor y pensó “es el vestido, tan solo es el vestido”. Luego sonrió falsamente y continuó hablando de las trivialidades ajenas. Me lo cuenta y me atraviesa su pena, me atraviesa y me hace sangrar. Si pudiera comprarle el verano, y llenar su vestido de soles. No quiero llorar, pero me duelo demasiado por ella.

Percibo su rabia creciente y la mía se pone a la par. Quiero ser su cómplice, no me da la gana de dejarla sola. Patea la silla con fuerza. ¡Mozo, una botella de licor! grito con desespero. Me levanto y echo a todos de allí, no quiero que le vean, porque es mía, solo yo le veo, solo yo le entiendo, solo a mí me deja. Apago todas las luces, una sola vela pende en el candil sobre nuestra mesa. Doy un sorbo largo y le paso la botella. Se empina. Tose. No me ve llorar. Pasamos la noche bebiendo un licor que nunca acaba.

Pena de muerte

El hombre miró hacia abajo, la gente sumida en el diario ir y venir, ignorando su presencia en las alturas. La distancia del balcón a la calle era imponente, y aun así él sentía un llamado como de sirenas hambrientas que se retorcían en un mar de asfalto.

El borde del muro no era demasiado estrecho, pero de todos modos una pulgada de cada extremo de sus pies sobraba en el apoyo: dedos y calcañal pendían sin sostén. Con una mano se sujetaba a la columna y con la otra se limpiaba el sudor; a tanta altura el aire batía, pero él sudaba. Una ráfaga sorpresiva le tambaleó haciéndole levantar el pie izquierdo, se bamboleó hacia adelante, luego hacia atrás; las manos temblorosas se aferraron a la columna que raspó soberbia las callosidades.

El corazón despotricando latidos le ensordeció, su cuerpo entero era un tamborileo infernal. Entonces rompió a llorar, la histeria se apoderó de sus sentidos arrancándole sollozos que laceraban su garganta. Una mezcla de mocos y babas corrían por su barbilla, el sudor empapaba su torso y sus axilas, los ojos enrojecidos en demasía miraban sin mirar, ahora a un lado, ahora al otro, un soplo de locura les teñía a ratos.

Por un instante quiso bajar hacia la seguridad del balcón y el pie le resbaló, no tenía control de sus movimientos. Dudó entre retroceder y quedarse, pero sabía que adentro no era precisamente un buen lugar. “No, no hacia la habitación”, se dijo. Volteó levemente a ver el interior y un grito se ahogó en su garganta. Las antes blanquísimas sábanas ostentaban ahora una espesa acuarela carmesí. La pared del fondo también estaba salpicada de húmedas impresiones.

El cuerpo de ella yacía con el rostro aterrado, la vista inerte clavada en el techo. Su hermoso pelo negro estaba convertido en una melcocha sanguinolenta, y pecho y vientre exhibían profundos agujeros de los cuales manaban aun leves hilillos funestos. Un seno rajado de la base al pezón, desfigurado, los senos que fueran motivo de su ensueño durante tantas noches.

El otro hombre reposaba un brazo y una pierna sobre ella, la cabeza en un ángulo algo ilógico, demasiado curvado hacia atrás, provocado por el profundo corte que abría su cuello como las terribles fauces de un gran animal. Las nalgas al aire exponían cavidades similares a las que ella mostraba en su torso. Ambos desnudos, ambos sin aliento.

El hombre volteó el rostro nuevamente hacia el abismo. Una sensación de vértigo le recorrió produciéndole una arcada y un ligero mareo; el llanto le ahogaba. Cerró los ojos, los abrió. Miró su mano ensangrentada y la limpió contra su camisa, pero era peor, aquella escurría sangre, la sangre de los amantes fatales. Una fuerza incoherente surgió de su ser, ahora la mente solo pensaba en ser libre: del dolor, de la vergüenza, del horror.

El grito explotó gutural de su garganta mientras se abandonaba al viento, convulsionando. Abajo, un ruido seco y potente alteró la rutina vespertina, mientras una patada involuntaria rompía una mandíbula en la fatalidad de las coincidencias. Sesos, astillas de huesos, piel desgarrada, miembros rotos, tornaron la calmada penumbra dorada de la tarde en un reality show estilo gore, acompañado por una improvisada banda sonora de genuinos gritos de terror.