El Muro

Ahí está el muro, en el mismo sitio. Le miro fijo y me devuelve impávido su fría mirada de arcilla, que alguna vez fue de lava, y risa, y sol. Alguna vez sus ojos fueron un grito de locura, de tus manos y la piedra arañándole el cuerpo, y él siendo feliz.

Recuerdo el día en que le descubrimos y nos descubrió. Tú tan azul. Siempre tan azul. Yo tan extraña, tan anhelante, amándote tanto. Y el muro, hecho de fuegos artificiales. Ahí está. Paso y le miro de reojo. Me detengo y regreso frente a él. Pero no me mira más con tu luz.

Le quiero gritar, quiero maldecirle y golpearle por su estupidez, por dejar caer la lluvia sobre sí, por mutar el cuerpo y el volcán.  Si le vieras, como ha dejado de ser nuestro, como ha exiliado mi latido acelerado, y tu risa, y nuestro beso. Nunca fue tan alto y tan vacío como ahora, que ya no se descuelga la voz de tus manos haciéndome feliz, ni el brillo de tus ojos, mezcla adolescente y hombre sabio.

Sé que llora, como yo, porque perdió la huella, porque ya no es más el trozo de un amor, de la furia apasionada de dos corazones mordidos por el destino, el mismo destino que hoy me llevó hasta esa calle para ver que ahí, donde un día de sol escribiste mi nombre detrás de un te amo, el retrato de una niña sonríe entre mariposas en un fondo gris. Mientras, las lágrimas de un muro le mojan el cabello, y las mías se me escurren en el corazón.

El Muro, donde mi nombre se esconde tras el rostro de una niña

Volvamos a soplar las velas

Ha estado dando pasitos cortos, tambaleantes, indecisos. Le he tenido a veces sumido en una niebla de inseguridad y forzado abandono. Ya no le vienen a ver como antes, ni hablan de sus palabras como hacían hace un año atrás. Pero ha sobrevivido, no se ha rendido, ha seguido aquí, conmigo, durante trescientos sesenta y cinco días más.

La casita de mis letras cumple hoy dos añitos, y cual pequeño que apenas ha dado pasos por la vida intenta mantener el equilibrio y sus llamados de atención. Dos años en los que las letras, si bien han palidecido un poco tras un exilio -acaso temporal- de las musas, batallan como náufragas agarradas a la tabla de los sentimientos y las emociones, y se empujan las unas a las otras combatiendo la marea.

No quieren escuchar de retiro, ni de claudicación. No quieren saber de muertes tempranas, ni de olvido. Prefieren seguir siendo bellas, esbeltas, agraciadas. Pretenden continuar tomando de las manos a las emociones ajenas, y tejer con ellas una red en la que cada punto de unión sea un corazón latente.

Por eso les invito, amigos que aún me leen: los que quedan de los tiempos primeros, y los que se han sumado luego, a que soplen conmigo estas dos velas que representan el camino andado, y que me ayuden a desear muchos días más para los sueños, las nostalgias, las pasiones, las historias; esas que pueden ser las mías, pero también las tuyas; esas que pueden ser igualmente un trocito de tu vida, y de tus anhelos. Porque este sitio no ha sido nunca solamente mío, sino de cada uno que pasa, se quede o no, del que deja sus palabras y del que lee en silencio, del que concuerda y lanza un elogio y del que tiene la honestidad de discrepar y generar el debate.

Porque este blog es de todos, y no hallan cobijo las palabras sino es en los ojos que las leen, y no encuentran aliento sino en cada comentario que le sustenta. Por estos dos años que hemos recorrido juntos, en los que no me han dejado a pesar de los rasgos de inactividad. Para mis musas adormecidas, para las manos amigas. Para el que ha conseguido vivir aquí, también, un poco de desnudez. Para todos: Muchísimas gracias, y Feliz Aniversario… siempre Al Desnudo.

Las alas del abuelo

A los que llevan las alas,
y a sus familias.

 

Fui real y plenamente consciente de su enfermedad el día en que desapareció. Recuerdo a mi madre y mi abuela desesperadas, buscándolo en hospitales y estaciones de policía. Yo era apenas una adolescente, y aunque había escuchado en repetidísimas ocasiones que mi abuelo estaba enfermo, no fue hasta ese día que me di cuenta de la verdadera gravedad de su enfermedad.

Siempre había sido un hombre activo, trabajador, y jaranero como ningún otro. Yo aguardaba cada tarde a que llegara a casa, con la jaba del pan que recién había horneado en la panadería donde trabajaba. Él se quitaba la camisa sudada, y se sentaba en el balance a esperar la taza de café que religiosamente le traía la abuela. Y allá iba yo, corriendo, a sentarme en sus piernas y pedirle que me contara una de las tantas historias que se sabía. Y él, riendo, disfrutaba obligándome a rogarle, y pagarle con besos en sus mejillas arrugadas, por cada una, y luego me las contaba, claro que sí, y lo hacía como el más ilustre de los cuentacuentos.

Tuve mis sospechas de que algo iba mal el día que mamá le descubrió leyendo el periódico al revés, y su cara pasó de la sorpresa a la preocupación, y luego casi al terror cuando, al inquirirle, él ni por enterado se dio. Luego supieron que estaba irremediablemente enfermo el día que sus compañeros de trabajo le llevaron a casa dos horas antes de lo acostumbrado, y le contaron a mamá y a la abuela algo que había sucedido, algo terrible que las hizo estallar en llanto a las dos, mientras el abuelo sentado en su sillón de siempre tan solo miraba por la ventana. A mí no me dejaron quedarme a escuchar, pero tras la puerta alcancé a oír algo sobre untarse aceite en el brazo y luego intentar meterlo en el horno, horror del que le salvó su amigo que le vio a tiempo.

El día que desapareció, lo encontraron tirado en un parque, a unas cuadras de la casa. Lloraba como un niño asustado. Tenía tanto miedo que había mojado sus pantalones. No sabía cómo regresar. No recordaba a su esposa, su hija y su nieta que le amaban y le esperaban preocupadas hasta la desesperación. Fue ese día, cuando vi entrar al abuelo, colgado del brazo de mi madre, con el rostro y los pantalones empapados, sin saber dónde estaba ni quién era, que fui consciente de que le había perdido, de que mi abuelo no era más mi abuelo.

Ya no me cuenta historias. Ya no las recuerda. A veces no sabe  ni quién es. En ocasiones voy y me siento a los pies del sillón, y le cuento alguna de las historias que me enseñó, sin tanta gracia como lo hacía él, mi gran cuentacuentos, pero con todo el amor del mundo. Hay veces en las que no puedo aguantar el dolor, y las lágrimas inundan mis ojos, como cuando me mira y no me reconoce, y llama a la abuela y le pregunta quién es esta niña, si es la hija de algún vecino nuevo. O cuando me llama por el nombre de mi madre, y me requiere por estar en la sala, y me manda al cuarto diciendo que el chiquillo ese –mi padre– anda rondando por la acera, pero que yo estoy muy pequeña para enamoramientos.

El abuelo tiene Alzheimer, le ha ido carcomiendo su mente poco a poco. Todo su ingenio y su sabiduría, sus bromas y su juicio. Su grandeza. Mi abuelo voló a otro mundo, un mundo en su mente, un mundo incomprensible. Todos aquí, con los pies en la tierra, con la mente plagada de realidades, y mi abuelo, con sus alas de niño torpe, se fugó a un mundo del que jamás regresará.

Macho depilado

Camisa, pitusa de corte alto, bigote, zapatos cerrados, pose de cowboy, sin adornos,  hombre de pelo en pecho, nada de tonos rosas en su atuendo… ese era el look que caracterizaba a los hombres cuando yo era niña. Recuerdo conversaciones que les escuchaba en ocasiones a mis tíos en las que salía a relucir la frase “el hombre que es hombre no hace tal o más cual cosa”. Siempre había sus rebeldes, claro, seguidores del rock and roll principalmente, que se atrevían a llevar la melena y adornar sus orejas con aretes, siendo casi siempre objeto de dudas e insinuaciones.

Pero cambiamos de siglo, de milenio, y de generación. Han mudado las mentalidades y las tendencias, ahora el macho viste de rosa.

En nuestro presente los jóvenes han asumido una postura antes femenina en las cuestiones del arreglo personal, del look personal. Los chicos se sacan las cejas, se depilan todo el cuerpo, se hacen el derriz y la keratina, se tiñen el pelo, usan cremas, y los hay que hasta se maquillan. Usan aretes en ambas orejas, vestimenta rosada y floreada, licras, camisetas largas que son casi vestidos.

¿Por cuánto iba a dejar un hombre que se mostrara parte de sus glúteos? Jamás; eso significaba degeneración de la hombría sin lugar a dudas. Hoy exhiben sus pantalones caídos, con una franja de la ropa interior expuesta, y si además se ve un tramo de la línea divisoria entre ambas nalgas, pues normal, no pasa nada. Además hoy en día ¡los hombres se saludan con un beso! Y no solo los pepillos adolescentes, no, ves a los tipos que presumen de guapetones que se estampan sendos besos en las mejillas. Lo curioso es que no sienten que eso afecte para nada su masculinidad. Sienten que aun son el gallo del gallinero, el macho a tener en cuenta, el toro del corral.

No hay que dejar de mencionar el hecho de que muchos hombres de generaciones pasadas se han sumado a estas modas, los ves treintañeros, y hasta en los cuarenta, que se han integrado a estas tendencias de moda y se pavonean sin el menor de los complejos. Siempre quedan, por supuesto, las personas que aun se alarman ante estos cambios y no conciben que un hombre, lo que se dice hombre, parezca una chica luego que termina de pasarse horas acicalándose frente al espejo.

Yo en lo particular prefiero la imagen de ahora, el hombre depilado, con su jeans ajustado puesto a la cadera, y su pulóver rosa. Prefiero sobre todo la mentalidad de nuestro presente, esa que vocea a los cuatro vientos que la masculinidad no se determina por patrones de vestimenta, que el hombre no se aferre a la imposición de su rol masculino sino que lo deje ser de forma natural, que cuando se es macho el cuerpo lo grita, lo vistas como lo vistas, lo adornes o no.

Cuentos locos: El visitante nocturno.

Todo sucedió de una forma tan rápida e intensa que luego tuve que ir al baño para echarme agua en la cara, pellizcarme fuertemente el brazo, salir al portal y sentir el aire fresco de la madrugada golpeándome el rostro. Y aun así me quedaban dudas de si estaba yo despierta o lo había soñado.

Acababa de dormirme, o al menos así lo sentía, cuando comencé a soñar que una presencia invisible rozaba suavemente mis brazos. Me asustaba un poco no verle, pero aun así era tan placentero que no quería que parara. Estando en esa disyuntiva comencé a sentir un fresquillo gélido recorrer la piel de mi cuello, y bajar lentamente hasta esconderse en la línea entre mis dos senos. La sensación fue excitante, qué les puedo decir. Fue entonces que se comenzó a escuchar el taca-taca-tacataca. Y me desperté, sobresaltada.

Y ahí estaba, el taca-taca. Las ventanas del cuarto estaban abiertas ¿Cómo era posible? Estaba totalmente segura de haberlas cerrado y pasado el seguro. Me subió un frío por el estómago. Un frío no, que carajo, un miedo creciente, que así es como empiezan las películas de terror, y las de asesinato, y el que sale en la primera escena no hace el cuento. Pestañé varias veces, queriendo espabilar mis ojos adormecidos, adaptarlos a la penumbra. Cuando la pupila se dilató lo suficiente como para enfocar los objetos en la oscuridad lo vi. Un reflejo plateado en la esquina la habitación. Sentí unas ganas tremendas de “paticas pa´ qué te quiero”, pero ¿a dónde iba a ir a esas horas?

De repente el reflejo se movió. Suavemente. Parecía flotar. Comenzó a acercarse a mí, y yo con el corazón en la garganta. Emergió entonces completamente a la ligera luz que se colaba por la ventana abierta. Era enorme. Jamás vi hombre tan alto. Su piel parecía ser de un tono claro, y emitía un resplandor que daba la impresión de moverse conforme se movía él. Su rostro carecía de expresión: nada de maldad, nada bondad, ni locura, ni lujuria, ni asombro. Nada. Solo me miraba fijo con unos grandísimos ojos color azabache. Su pelo largo hasta los hombros, blanco como la luna plateada. Y por ropa una larga túnica negra, de una tela finísima que parecía jugar con la gravedad. Su cuello adornado con un cordoncito también negro,  del cual colgaba una medalla color plata en la que se dibujaban unos extraños símbolos.

Yo estaba paralizada. Hipnotizada. En shock. Es ahí cuando te acuerdas de Harry Potter, su capa de invisibilidad y su Levioshaaá ¡Coño, y aquí ni debajo de la cama me podía meter porque tiene las patas muy bajas y no quepo! Ni magia ni refugio, estaba jodida. Entonces caí en la cuenta, o eso creí.  ¡Claro! Es un sueño! dije, y cerrando los ojos golpeé mi mejilla con la mano abierta. Después abrí los ojos –con buen picor en la mejilla– convencida de que ya no estaría ahí. Pero ahí estaba. Ladeó su cabeza, mirándome en un ángulo que me recordó una paloma cuando mueve su cabecita de un lado a otro. Y pegué tal brinco que terminé golpeándome la cabeza con la cabecera de la cama. Hizo un gesto que me sugirió que había tomado una decisión. Se acercó completamente a mí, subiéndose a mi cama. Quedé acostada, inmóvil, con aquellas piedras negras que tenía por ojos dentro de los míos. Comenzó de nuevo el roce por mis brazos, y el hilillo de viento frío a recorrerme por el cuello y la entrada de los senos. Supe entonces que era su boca pequeña la que soplaba ese aliento que me estremecía. Y me excitaba, lo confieso.

Olía a fruta fresca. Dulce y apetecible. Sus manos dejaron mis brazos para posarse sobre mi vientre, trazando un camino por mi abdomen hasta mis senos. Mis pezones comenzaron a endurecerse, y mi sexo se humedeció. Era hipnótico. Me descubrí repitiendo en mi mente: “¡Que no pare!¡Que no pare!”. Y no paró. Por el contrario, se colocó entre mis piernas, levantó un poco mi ropón de dormir y… perdí el control. Creo que él también veía Harry Potter, porque tenía una buena varita mágica.

Lo que vino después no lo puedo contar, porque en mi vida casta y pura  -bueno, ni tan casta ni tan pura, je- había sentido yo algo como eso. Tenía que haberle dicho que me dejara un manual de procedimientos para mostrárselo a sus sucesores. Decir que vi las estrellas sería quedarme corta. El caso es que tuve un orgasmo atómico, con unos espasmos de placer que me sacudía el cuerpo completo.

Para cuando pude respirar otra vez, y conseguir abrir mis ojos nuevamente, con una sensación tremenda de irrealidad, ya no estaba ¡se había esfumado! ¿Cómo era posible? ¡No! No podía irse de ese modo con su airecito frío y su varita, y dejarme aquí preguntándome si estaba loca o en verdad había vivido aquello. Corrí hacia la ventana buscando a mi extraño visitante, y ni rastro. En cambio, una intensa luz se movía rápidamente por el cielo oscuro de la madrugada, alejándose hasta perderse en el infinito. Fue ahí que corrí al baño, al portal, y me dejé este horroroso moretón en el brazo izquierdo.

Cuando regresé a mi cuarto ya las dudas habían vencido a la razón; menudo sueño erótico acabas de tener, mijita, me decía al entrar y cerrar la puerta. Las semanitas de abstinencia que llevaba no me estaban haciendo ningún bien. O sí. Bueno, fui a la ventana, y la cerré, dispuesta a reconciliarme con Morfeo hasta el amanecer. Eché el pestillo y quedé como de piedra. En el piso, bajo la ventana, estaba tirado un fino cordón negro con una medalla plateada de raros símbolos.

¿Por qué lloramos, amigas?

Vidas. Historias. Fracasos. Dolor. Llanto.

Cuatro amigas se reencuentran luego de haber estado más de veinte años sin verse. Gloria, Irene, Yara y Carmen se remontan a un pasado inocente, candoroso, feliz, que contrasta dolorosamente con un presente chamuscado por los escupitajos de fuego de la vida, por las mordidas profundas y sangrantes del destino.

Cada una llora su propia historia a cuestas. El quebranto se cuela en la reunión, llega sin avisar, invisible, y se acomoda frotándose las manos y sonriendo malévolo.  El encuentro, lejos de ser la feliz velada que se planificó, se convierte en el escenario perfecto para confesiones difíciles, para abrirse las venas y soltar el alma por la boca. Cuatro caracteres, cuatro espíritus, cuatro mujeres.

¿Por qué lloran mis amigas? Película cubana que se estrenara en el pasado Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, y que ahora se muestra en los cines de estreno de la capital, es una historia mujer que vierte en pantalla diferentes modos en los que la vida puede desgarrarnos y hacernos llorar. Tan cotidianos, tan reales, tan nuestros.

La calidad de la puesta estaba garantizada desde la elección de las actrices protagonistas. Probadas, curtidas, Yasmín, Edith, Luisa María y Amarilis no decepcionan, cada una con su dosis de sobriedad o desparpajo, su tristeza o su optimismo. Logran convertirse en ti y en mí, te hacen reír o llorar, consiguen hacer que te descubras mirándote por dentro, viendo hacia atrás, a todo lo que anhelaste y planificaste, dándote cuenta de lo que no conseguiste. Percibiendo cómo la vida te pasó factura.

Un retrato de nuestras imperfecciones. Un espejo en el que podemos mirarnos y reconocernos. Una denuncia a tanto lastre con el que cargamos a veces, por nuestra obstinación, o por la sociedad, o por lo que fuere ¿Cómo no comprender a cada una? ¿Cómo no sentir su dolor? Cualquiera de nosotras –ustedes, amigas que me leen, o yo que escribo esto– podríamos ser las protagonistas de esa obra, como lo somos día a día, a cada paso. Son nuestras lágrimas en la pantalla de un cine, nuestras rabias y frustraciones, nuestros desesperos. Nosotras, que también tuvimos quince años y planificamos una vida perfecta para recibir luego otra cara en la moneda, sin príncipes, o sin amores, o sin hijos. Incomprendidas. Mutiladas. Desquiciadas. Muñecas rotas.

No es una película para mujeres, sino también para hombres, que aprendan a vernos, a saber lo que llevamos por dentro. No es para cuarentonas, sino igual para jovencitas, que no saben aún de las torceduras irremediables que hay en el camino. ¿Por qué lloran mis amigas? es un grito, un clamor en la oscuridad. Es una película verdad ¿Tú por qué lloras, amiga que me lees? ¿Por qué hemos llorado tantas veces? Cuánto nos desgarraríamos, cuántas tristezas tendríamos para contar si nos reuniéramos un día. Cuánto de mujer hay en el dolor. Cuánto de nosotras hay en la vida misma.

De: Las mujeres que me atrapan…

Alma de luna

“Te ofrezco el mapa de mis canciones
como amuleto y ruta a la felicidad,
como una rosa náutica,
como la clave de un misterio,
como abrigo, talismán.
Como la llave de un imperio,
como abrigo, talismán.”

 

Tiene un duende que le habita, y un par de alas mágicas colgadas a la espalda. Tiene un trinar en la garganta y una dulzura que te deja libar siempre que canta, como un susurro que acuna, ligero, melodioso, hermosamente sutil. Es una guitarra de cielo y mar, un vuelo, una tristeza, una pasión.

Escribe versos que regala luego, llevados de las manos por su voz inconfundible sembrada en bellas melodías, canta poemas que le nacen con una mezcla de sentimiento, recuerdos, anhelos y risas. Si bueno fue descubrirle en las canciones, mejor aun fue encontrarme de pleno con las letras, recogidas en un libro que yo juro no es un cancionero, sino un poemario. Te descubre a una mujer intensa, dulcísima, del color de la tarde ¿sabes como es? Que si azul, que si naranja, que si dorado. Una mujer color arcoíris, parte adulta, parte niña: parte amor y desamor; verso de entrega profunda, misiva en la botella. Te despierta la envidia sana, las ganas de complicidad, el ansia de robarle el ángel algunas noches.

Se transforma en niña grande, en un trocito de canela, un terrón en la azucarada línea de un tren, o cambia la tristeza de color poniéndole un poco de amor. Y es que no se ha limitado a contarnos el sentimiento adulto de las entregas y las pérdidas, sino que se ha paseado entre las flores infantes dejando su lado maternal en los tantos niños que han escuchado las canciones que ha tejido para ellos, que ha construido con manos suaves, con gusto infantil, porque seguramente se las sopla el duende ese que lleva dentro.

A mi ya me gustaba, desde que recuerdo haber sido tocada por primera vez con una canción suya, pero me atrapó cuando pude leerle las palabras, cuando pude ver que decía lo que yo tantas veces quise decir, y del modo en que hubiera querido ser capaz de decirlo. ¿Cómo aprender a ser un poco ella? ¿Cómo robarle pedacitos de magia? ¿Por qué le es tan fiel su ángel? Quizás hizo un pacto con la belleza, con esa que transforma las palabras en caricias, con esa que traza líneas en los corazones, que tatúa emociones en el alma.

Ha trascendido en una escena que no favorece sus huellas, sin embargo permanece. Entre gente a la que enamora con sus cantos, con su pluma, con las cuerdas de su inseparable; entre quienes logran ver el arte en lo diferente, como la suerte en las cuatro hojitas de ese trébol solitario; entre los que dejan que les caiga como lluvia, que les toque como un haz de luz, como la exquisita ruptura de lo cotidiano, la escapatoria ante la triste rutina de más de lo mismo. Y luego yo, que tengo un alma que se confiesa enrarecida me he dejado atrapar, pese a los juicios, por ese duende, ese ángel, esa mujer que guarda bien cerquita de su pecho el amuleto de la luna bordada en un pañuelo.

Liuba María Hevia

Europa sin euros o El italiano de la wifi

A Lester

Que me dio la idea de hacer de aquello un post

Estoy en el parque Wifi del Coppelia, con mi amigo Lester. Vemos unas cosas en su laptop y nos intercambiamos algunos materiales, mientras conversamos. En el banco de al lado, bajo la sombra de un pequeño árbol, está acostado un hombre. Apenas nos fijamos en él, realmente no nos importaba.
Al rato de estar ahí sentimos que el susodicho llama nuestra atención. Entonces me fijo. Es un hombre que a juzgar por su aspecto debe andar rondando los 60 años, aunque reconozco que soy pésima haciendo tales cálculos. Su tez es de un color blanco-amarillento, su cabello es una escasa pelusa rubia que comienza a dejar bastante visible la piel en un redondel en el centro. Sus ojos están vidriosos por el sueño. Había levantado la cabeza y nos miraba a través de los párpados semiabiertos. Cuando le atendemos nos pregunta, con lengua adormecida y acento extranjero, si tenemos hora. Un extranjero, sin reloj ni celular. Lester le dice la hora.
Continuamos en lo nuestro, conversando de cualquier cosa, y el tiempo sigue transcurriendo. Unos minutos más tarde sentimos que el hombre nos llama de nuevo. ¿Tienen un bolígrafo? Pregunta esta vez. No teníamos. Un extranjero que tampoco tiene una simple pluma. Sigue acostado sobre el incómodo banco, boca abajo, la cabeza ladeada. La brisa agita las plumillas de su pelo. Lleva un short y un pulóver bastante usados.
De pronto se levanta y viene hacia nosotros. Se nos para enfrente interrumpiéndonos una vez más ¿Tienen conexión?, pregunta. Aquí sí: ¡WTF! ¿Este tipo pretende gastarle los quilitos de conexión a un cubano? ¡Horror! ¡No, no tenemos! Se va. Le vemos alejarse, con su aspecto de bajo mundo y un paso medio tambaleante. Y empezamos a hacer conjeturas:
A lo mejor le gustaste.
– O a lo mejor le gustaste tú, yo lo veo medio flojo.
– A lo mejor le gustamos los dos.
Reímos.
Para mí que está medio borracho.
– O drogado.
– O las dos cosas.
– Ahí tienes un tema para escribir –me dice Lester, finalmente–.
No estoy escribiendo, hace bastante tiempo que no me sale un escrito. Sin embargo, días después salió este pequeño relato, que reconozco no es de lo mejor que he hecho, pero que deja al menos un atisbo de las peripecias de este personaje tan particular que nos topamos aquel día en el parque wiffi del Coppelia. Porque sí, la miseria de un italiano en La Habana creo que amerita un post en el blog, aunque sea uno ligero. Que miren que un tipo que venga desde tan lejos para terminar acostado en el banco de un parque, sin reloj, ni celular ni bolígrafo, y pidiendo conexión prestada… Eso no es algo que se vea todos los días.

Mi hombre con costuras

En ocasiones he pensado qué bueno sería si pudiéramos conjugar a esas personas que tanto hemos querido, las que nos han apasionado y las que nos han tocado el alma, en una sola para tener finalmente a esa que necesitamos, o que anhelamos. Y obviamente con eso de “personas” me refiero a nuestros amantes, nuestros amores. O incluso podríamos tomar de aquellas otras que nunca llegaron a ser ni lo uno ni lo otro precisamente porque les faltaba esa alguna otra cosa, y tuvieron que quedarse en el “solo amigos”, pero no sin que dejáramos de reconocer que estaban a solo un roce de piel de poder llegar a convertirse en algo más.

Si pudiéramos hacernos ese ser híbrido, coser trozos de virtudes de esas personas nuestras, conseguiríamos un ser excepcional. Yo, por ejemplo, tomaría del amor de mi vida sus ojos de mar, y esa capacidad infinita que tenía para comprenderme, para apoyarme, para socorrerme. Su constancia diaria, esa tranquilidad que me daba de saber que estaba ahí, esa cercanía exquisita que tanto le disfruté. De mi mejor amante tomaría su manera arrasadora de darme placer, porque fue como ningún otro, porque con él fui una mujer diferente, sin ataduras. Porque jamás hubo tanta complicidad, tanta compatibilidad. Sin embargo, es otra persona la que me daría la posibilidad de coser el alma gemela, esa forma de ser en un modo de pensar mutuo, las coincidencias casi exactas en tantas cosas, esa sensación de sentir que hay alguien más como tú allá afuera, alguien cuya alma se arrima a la tuya, y te la enamora.

Tal vez sean mis nostalgias las que hablan, las que se inventan este absurdo de perfección imperfecta, y hacen nacer en mí este retoño de inmadurez adolescente. Tal vez sea tan solo el recuento de las buenas cosas que se escurrieron entre los dedos, que se perdieron. Las virtudes alejadas, que chocaban contra el muro de una nueva presencia, con sus propias virtudes a cuestas. O quizás sea el intento ridículo de esconder lo que no fue, lo que no consiguió ser risa, aquel impedimento. Lo cierto es que, si fuera posible hacerlo, nuestra persona con costuras devendría en una compañía exquisita, y no nos dejaría más opción que llevarnos al pecho un corazón que no se aguantaría de tanto amor, tanta pasión, y tanta entrega.

No sé si alguien más habrá pensado algo semejante alguna vez, pero yo, que soy una cierta definición de rareza y mentalidad con desdobles bien particulares, sí que lo he pensado ¿por qué no? hacerme ese hombre, que no sería un ser sin defectos, sino uno que encerrara las virtudes aquellas que encontré repartidas en otros hombres, virtudes que admiré, y amé. Aunque ahora que lo pienso y, más que pensarlo, lo escribo, me surge una pregunta: ¿Será que alguien tomaría algo de mí para hacer su propia mujer con costuras?

El gesto

Era un día de esos en los que el mundo entero te sobra, que el peso de los problemas te carcome por dentro y no atinas a pensar sino en los porqués de su existencia, y en como podrías resolverlos. Era un día de esos para mí.

Iba por la calle, en mi rostro más seriedad de la habitual, abstraída por los conflictos que me atormentaban, como un bucle sin fin que se rehacía una y otra vez en mi mente. Estaba triste, lo confieso. Mis emociones habían sido mordidas y languidecían dentro de mí, anhelaban un rincón ermitaño donde nada ni nadie pudiera darles alcance. Hacía sol y sudaba, tenía hambre, y sed.

Lo más difícil de sobrellevar era mi estado de ánimo, era aplastante, ataba con fuerzas mis ganas de decir y hacer. Hay días así, en los que mandarías todo lejos y simplemente te sentarías a dejar las horas correr, sin propósito alguno, con la mente en blanco, y el silencio por total compañía. Pero tienes cosas que hacer, impostergables, porque la vida sigue girando sobre la rueda lo quieras o no, te sientas como te sientas, y hay problemas que no se resuelven solos, y otros sin solución pero que se resisten a exiliarse de tu mente y te trastocan los ánimos. Algunos le llaman el color de la vida, el equilibrio, el “aquello” necesario para aprender a apreciar las cosas buenas, en fin, yo le llamo una hijeputada de la vida.

Iba entonces yo, caminando. Le vi antes de cruzar la calle. Entraba al portal de su casa y me vio. Se detuvo haciendo ademanes de cerrar la puerta. Se me hizo evidente que se demoraba a propósito para esperar a que yo pasara. Siguiendo la dirección en la que iba cruzando la calle terminaría pasando justo enfrente de su puerta. Me crispé un poco, no estaba yo para melosidades de desconocidos. No obstante seguí hacia adelante, no contaba ya con la opción de retroceder puesto que estaba a mitad de la calle.

Pasé entonces por delante de la reja de su portal. Era un hombre de buena estatura, pelo negro y rizo, piel trigueña. Debe haber estado rondando la treintena, pues su juventud se empezaba a marcar por cierto rastro de dureza. Se inclinó a recoger algo que había a la altura de su rodilla, luego se incorporó y me miró. Justo cuando pasaba por delante de él, en el momento preciso, con una sonrisa en los labios extendió su mano hacia mí, ofreciéndome una delicada Violeta que acababa de arrancar de su jardín. Acompañó el hermoso gesto con una frase de halago. Miré entonces aquello ojos nobles y pícaros a la vez, tomé la flor y le di las gracias, mientras le ofrecía a cambio, irremediablemente, la primera sonrisa del día.

Hay veces que la vida se empeña en apocarnos, en someternos a las tristezas y la desesperación. Pero luego aparece un ángel y se encarga de cambiarte el mundo, aunque solo sea por un instante.