Iniciando…

Soy mujer, nací entre mujeres, tengo amigas mujeres también. Buscaba un buen tema para iniciar el año, y he aquí he decidido dedicarlo a nosotras, las mujeres, las que somos y hacemos a pesar de todo, y de todos.

Un factor común he visto entre todas las mujeres que me han rodeado: sufrir por amor, o más bien, por desamor. Por abandono, por soledad, por decepción. Pero algo más profundo e importante ha vislumbrado luego de cada tropiezo: la mujer se hace grande, y se hace fuerte. Madres valientes que se valen por sí solas, que levantan un mundo con sus propias manos. Hijas que cargan su familia a cuestas, en sus espaldas fuertes e inquebrantables.  Mujeres que tras cada caída alzan la cabeza diciendo “yo puedo seguir adelante”.

Porque somos hermosas e inteligentes, porque tenemos piernas firmes cual columnas, ojos que ven más allá de la imposibilidad. Somos más que los tacones y el rímel, somos el tronco fuerte de una ceiba, la altura de una palma, las alas del halcón, el renacer del Ave Fénix.

Alcemos nuestra voz este año que recién comienza, hagamos de nuestro ser un propósito: darnos, crecer, volar. Por el canto de mi madre, por la risa de mis amigas, por el futuro feliz de la nena. Por el amor que me estalla dentro. Por lo que merecemos, que es ser felices. Que este año las lágrimas caigan sobre el asfalto hirviente de nuestra determinación y se evaporen. No digamos no puedo, digamos lo haré. Bailemos, brindemos, disfrutemos. Tomemos a la vida fuertemente entre las manos y hagamos todo, y más, por ser felices.

 

Motivos

Hace unos días me percaté de una cosa: muchas veces no somos conscientes de lo afortunados que somos. A veces damos por sentado las cosas buenas de la vida, los momentos felices, el placer de un te quiero; y no vemos que justo al lado el infortunio hace estragos, donde en nosotros la vida sonríe. Este año no escapa del recapitular de cada diciembre y, aunque mi vida no ha cambiado mucho, quiero centrarme en las partículas de felicidad que han alumbrado mi oscuridad.

Están las amigas, lejanas pero tan cercanas. He reído con ellas, me he desahogado, les he sabido ahí, para mí, y les he brindado mi cariño hasta donde he podido y sabido. Es mi fortuna, porque hay quien no cuenta con una mano amiga, con un afecto sincero y desinteresado, con una persona que te alegre el día más nublado. Hay quien no sabe lo que es la complicidad, el conocerse, la simpleza de una risa contagiosa.

Está mi madre, no puedo permitirme dar por algo corriente el que esté en mi vida, tengo que agradecer verla al despertar cada mañana, poder compartir con ella el café, las canciones, los planes, las conversaciones. Tengo que agradecer, y agradezco, el poder abrazarla y besarla, y sentir su mano en mi mejilla y su mirada conmiserada. Es mi fortuna, porque muchos han perdido a su madre, algunos no han tenido una madre amorosa y presente, y otros más tristes jamás la tuvieron en vida.  Es mi fortuna, porque la mía es la mejor de todas.

Está la música, que me deleita y llena los rincones de mi vida. Un concierto excitante, un disco que me ha plagado de emociones, explosivas, carnales. Es mi fortuna, porque me da un sostén al cual asirme, en mis días tristes, en los alegres, en los amores y los desamores. Porque me sabe a vida y alimenta mis sentidos. Porque puedo escucharla, cuando muchos no saben siquiera cómo se percibe una melodía.

Están mis pasos, el saberme hoy más y mejor. El verme diferente y capaz. El haber aprendido quién soy y cuanto valgo. El saberme yo independientemente del . Está mi altura de la que antes no fui consciente, y esta capacidad adquirida de mirar al frente, de sonreír pese a todo. Es mi fortuna, porque por mucho tiempo me hice pequeña, y mengüé mi estatura a merced de huellas ajenas, y cargué culpas ajenas, y peleé contra demonios que no eran los míos. Es mi fortuna porque muchos aún siguen enceguecidos en la pequeñez que han impuesto a sus almas, y no saben volar, y aun no se ven.

Está mi deleite mayor este año: la pequeña Karol. Hermosa y vital, inteligente y tierna. Saludable. Está la vida que representa y la que me ha dado, sus ojos, y esa mirada que me inunda desde el ser hasta la médula. Su aprender, su galillo, su buscar. Es mi fortuna, porque  nació sana y no todos cuentan con eso, porque algunos tienen un hogar frío, sin la risa de un niño que le impregne calidez en los huesos. Es mi fortuna porque me ha hecho saber que aun puedo sentir algo que a veces se nos escurre entre los dedos: felicidad. Es la mayor de la fortuna porque me ha hecho alcanzar la máxima cumbre de las emociones humanas: el amor.

Este diciembre celebro los retazos de buena ventura que me han tocado este año, cada minúscula sonrisa, cada dejo de placer, lo que aprendí, lo que viví, lo que he sido. Celebro lo que he dado y tomado para enaltecer las almas, la calidez y la luz. Celebro y no hago promesas, agradezco y no espero. Solo vivo, y siento. Y esa es mi gran fortuna: poder vivir y, sobre todo, poder sentir.

 

Felicidad a todos. Felicidad y amor, amigos míos. Que diciembre traiga cobijo a cada uno de los anhelos, y que puedan todos recapitular sus propios trocitos de fortuna.

Amor Carnal

Como un amor que termina por un disgusto, o una sinrazón, y se va lejos pero en el corazón te quedan encendidas las palabras, y de vez en vez regresas a las cartas y las fotos que olvidó. Como un amor reproche, que dejó de decir lo que escuchaba el alma, y las palabras que ya no te estremecían le trazaron otro destino. Un amor lejano, que partió en un tren que alguna vez volvió a pasar por tu estación pero no se detuvo. Así se fue de mi.

Como un amor novela, que sortea obstáculos, dolores, infidelidades, para luego regresar y reencontrarse en un final feliz. Un amor Corintios, que todo lo perdona. Como un Cupido enamorado, que se guardó la mejor flecha y decidió enterrarla una vez más, en el mismo pecho. Algo así como un amor de legendarias almas compartidas, de esas que se hacen constelaciones y guardan la historia de enfrentamientos contra los dioses para preservar un beso. Como un amor que nunca murió, solo dormía. Así regresó a mi.

Le conocí cuando tenía yo veinte años, él nacía; y bastó un sonido de sus labios para que yo decidiera que quería echar a andar junto a sus pasos. Entonces tomé su mano tierna y fui feliz, con mi alma enamorada junto a su pasión. Pero un desliz púbero le alejó de mí, esa revolución cambiante de sus ideas y sus decires nos creó un puente; ya no íbamos de la mano, sino que nos mirábamos  desde las orillas, y mis anhelos coqueteaban con otras bocas mientras mis ojos le seguían cuando vagaba por la arena opuesta, de la mano de alguien más.

Hoy es entonces quien cumple veinte años, una veintena ha pasado desde que nos conocimos, ¡cuanto me ha dicho desde entonces! aun cuando dejé de escucharle. Hoy se aparece y arrasa con mi alma toda, me ha revolcado en cada beso que le di, me ha quitado el sabor a poco, lo ha cambiado por ganas de ese ímpetu que ha desbordado en un beso reconciliatorio. Llega enamorado de la noche, y yo me re-enamoro de su entraña, y me convierto en ese anochecer para el cual es linterna.

Buena Fe, mi amor de juventud, mi amor abandonado, mi mejor reconciliación. Me muerde la existencia con un disco Carnal que me ha golpeado hasta la célula, ha cavado en mi pecho a mano limpia y me ha sembrado las  frases germinantes de un amor escondido. Un concierto. Un bucle de tracks sonando en mi cabeza. Citas y citas de frases que taladran el entendimiento. Cantar a viva voz. Sentir. Dedicar. Humedecer los ojos. Vibrar. Bailar. Descubrir. Carnal tiene gusto a madurez y a certeza, a ritmo, voluntad y acierto. Israel se sabe dueño de su suerte, es consciente de la punta de flecha que son sus letras, de cómo calan, revuelven y destrozan los sentidos. Entonces se pone la capa de hechicero, por sobre la piel desnuda, y las manos gráciles y expertas tejen en los oídos las canciones más vitales, las inevitables, las vívidas.

Le envuelvo en mi abrazo apretado, y le repleto; le agradezco la reconciliación, y aventuro que una parte de mí quedó siempre esperando por este día, ahí, un espacio inacabado, insustituible. Me desnudo también -o me desnuda–, y bailo a cuerpo entero sin vergüenza ni cohibiciones, entre letras que me reflejan, que me sustituyen; bailo al son que tocan sus ideas, al ritmo que marca el vibrar de su voz. Carnal es un corazón que es mitad mío, un aura que me envuelve; es un camino.

Y te vas a repartir lo que te da                                                                      Declarado y sin dobles en la intención                                                         Manifiesta y crónica necesidad                                                                       De que nunca sea de piedra el corazón.   

Amigos

Porque la vida es una canción…

Matías tiene una certeza en su vida, una inamovible: ama a Desiré. Sabe que esos son los ojos que quiere contemplar al despertar cada mañana por el resto de su vida, y que es esa la risa que le gustaría escuchar quizás desde la cocina mientras él pone la mesa. No le cabe duda que es con ella con quien quiere vivir, tener hijos, y envejecer. Pero tiene de ella todo menos ese compromiso.

Él es para ella el amigo confidente, el amigo compañero, el amigo amante, pero siempre el amigo, nunca más que eso. Cuando salen, cosa que hacen muy a menudo, el casi se cree la verdad de sus anhelos, casi llega a sentir que son una pareja real, y no solo el consuelo de la soledad mutua, no solo el amor en one way, sino algo verdadero, tangible. Pero basta que coincidan con algún conocido, y que Desiré lo presente como su amigo, a secas,  para que las alas de Matías caigan estrepitosamente sobre el asfalto de la ilusión, y el corazón se le estruje en el pecho. Odia tanto aquello, que ella estampe en su cara que no es más que eso, como si fuera de amigos darse el cuerpo como ellos se lo dan, y besarse en la boca, y compartir tantas cosas en común, y extrañarse, y dormir desnudos y abrazados.

Entonces se molesta consigo mismo, se siente un idiota, una marioneta humillada, un desecho. Se promete no volverle a ver, no ceder a las ganas locas de sentir nuevamente su olor, de perderse en esa mirada, de renacer en el calor de su cuerpo. Se jura mil veces que esta vez tendrá la fortaleza necesaria, y hasta llega a sentir que lo ha conseguido, llega a creerse que esa vez, esa enésima vez, sí ha logrado liberarse. Hasta que la voz de Desiré danza al otro lado de la línea del teléfono, y su risa cantarina le seduce hacia una nueva salida. ¿Cómo negarse? ¿Cómo decirle no? Y allá va de nuevo su alma maldita, tras la falda que arrebata al viento, tras la boca que roba al aliento cuando ella le permite ser un poquito más.

Matías vive preso de un amor no correspondido, ama y solo es amigo, esa es su vida y es su muerte. En una cíclica agonía de ave Fénix ve pasar sus días, esperando a ratos un milagro divino que trastoque la realidad, que haga amanecer en Desiré un corazón enamorado, una mirada de ilusión, una promesa de futuro. Espera ganar por cansancio o abandono, por desespero de los tiempos, por no haber mejor opción, por confusión ¡por lo que sea! Espera y desespera. Tras las noches de sexo casual ella duerme, sumida en la relajación del cuerpo, él la abraza mas no quiere cerrar sus ojos, no quiere dejar escapar ni una fracción de ese tiempo que le regala, como la última migaja en la mano mugrienta del mendigo; la abraza y respira su aroma, mientras su silencio le envuelve en una plegaria suplicante: quédate, esta vez quédate conmigo.

 

Mi amiga Vivian se ha sumado a hacer una segunda parte de este escrito, como ya hicimos antes con otros. Espero que Duda tenga a bien hacer la tercera:

Amigos 2 – Vivian

 

Nacer… pero cómo y dónde?

No hay cama, le dicen, y ella se queda parada ahí, con los bultos para el ingreso y un embarazo que pasa ya de las 41 semanas. No hay cama en la sala así que la llevan a pre-parto, junto a aquellas otras mujeres que se quejan de los dolores y las contracciones que a ella aun no le sobrevienen. Sola, incomunicada, expectante. Aparece una cama horas más tarde, en un cuarto atestado, cuando la doctora dice que es imposible dejarla en aquel otro salón. El baño tiene un tragante destapado en el piso, parece una letrina: un hoyo profundo que hiede.

Cuarenta y ocho horas después la pequeña abre sus ojos al mundo, sus pulmoncitos respiran el aire de la vida, el olor de su madre, el olor del salón desinfectado. No sospecha la gama de olores que tendrá que soportar luego. Horas de recuperación, al fin madre e hija pueden ser trasladadas a la sala de cesárea, la que tiene “mejores condiciones” para atender a las mujeres operadas. No hay cama, le vuelven a decir.

La ponen en un cuarto en la sala de partos normales. Al día siguiente alguien decide que ahí no le toca estar y la pasan para otro cuarto en el mismo pasillo pero del ala del frente, la que está aún pendiente de reparación, un cuarto en el que las condiciones son realmente deplorables, y donde supuestamente tampoco debe estar.

Las camas están apiñadas, los cuneros están juntos y no puedes atender a un bebé sin topar con el otro. Por ende, el sillón del acompañante no está al lado de la cama, sino a los pies, o lo que es lo mismo, en el estrecho pasillo que queda libre –o quedaría– para pasar al baño. No se puede caminar.

Pero nada de eso es lo peor, el colmo, el cataclismo de la situación. No lo es siquiera el hecho de que en cinco días solo se limpiara una vez, a manos de una reclusa, que no pudo –o no quiso– esperar a que los acompañantes salieran y pasó la frazada húmeda por entre los pies y las patas de camas y cuneros. No lo es tampoco el pan duro o la leche aguada del desayuno, o el que la enfermera pregunte a la paciente si se quiere poner el medicamento. Ni siquiera lo es el hecho de que el ventanal que abarca casi toda la pared no cuenta con cortinas ni empapelado y el sol se cuela de plano sobre las camas y las cunitas. No, lo peor de todo, lo más insoportable, lo más inconcebible, es el baño.

La unión entre las losas muestra una suciedad antigua, adherida, inamovible ya. El herraje del lavamanos está mutilado por lo que el agua cae sobre un cubito que alguien ingeniosamente colocó ahí, mohoso, que sirve a la postre para descargar la taza, ya que su tanque no funciona, no tiene tapa ni sistema instalado. Nadie lo vacía a tiempo, así que el agua corre e inunda el baño, porque el tragante del piso no consigue tragarla toda. Otra lata corroída hace las veces de cubo para descargar. La silla en la que deben sentarse las recién paridas, las recién operadas, para bañarse es una mugre oxidada. El cesto se repleta. Nadie recoge la basura. La taza se tupe dos veces, en ambas ocasiones un viejo negro, alto y flaco, viene a destupirla y, tras la proeza, sale con el destupidor goteando por todo el cuarto.

Ay pequeña! Que sabrás tú de olores. Tú que estabas tan protegida en el vientre de tu madre, tan limpia, tan a gusto. No imaginabas, lo sé, que el mundo aquí afuera sería así, con tanta podredumbre, que el lugar que te vería nacer sería un hueco mohoso y desatendido.  

Cuba se jacta –aún– de ser una potencia médica. Se jacta del servicio médico que brinda, y culpa a las mil vírgenes de lo que falta. Pero mantener un hospital con las mínimas condiciones higiénicas no conlleva una inversión millonaria. Garantizar a una operada una recuperación satisfactoria no precisa de la importación. No estamos hablando de medicamentos, ni de equipamiento médico, hablo de limpieza, de higiene, de medios que no cuestan mucho, como los implementos de limpieza o una taza de baño en condiciones.

Es triste decirlo pero los niños cubanos no nacen en condiciones favorables, nacen en un hospital sucio y propenso a enfermarles. Nacen en un ambiente con tendencia a la infección. ¿Qué hacen esos niños en el pasillo? Preguntó la enfermera cuando sus madres o padres los paseaban al fresco intentando dormirles. Éntrenlos que aquí hay muchas “cosas”. Y me recuerdo de Carlos Ruiz de la Tejera: ¿Qué cosa es “la cosa”?

Y para los que piensan que exagero, que difamo al tan sonado sector de la salud cubano, pues no hay nada como la evidencia gráfica. Aquí se las dejo.



Almas en deuda

A Halli,
te lo debía

Sarai y Hugo se deben muchas cosas. Se deben, cuando menos, unas horas de desnudez a puerta cerrada, mundo afuera y tiempo detenido. Se conocieron así, como al azar, en uno de esos sitios virtuales en los que la gente juega a soñar la sensualidad y el derroche, y cuando no les bastó la palabra detrás de un monitor se encontraron en el parque de un pueblo que ha guardado hasta hoy esta historia debajo de sus piedras.

Sarai tiene un esposo, y una hija, pero la delicadeza de Hugo, sus hermosos ojos verdes y su boca seductora le empujaron al riesgo exquisito de volar por un rato, y soñarse la adolescente que cree aun en príncipes encantados. Hugo tiene esposa, y un bebé, pero sortea los celos de su mujer hallando el tiempo para deleitarse en el olor de esta otra mujer, en su piel y el temblor de su cuerpo cuando se besan. Porque se han besado hasta la saciedad, han conocido el umbral del deseo, en sus manos se ha grabado a fuego la textura de la piel ajena, y en sus bocas un nuevo sabor se les fundió al paladar: el del otro.

Pero Sarai y Hugo no saben lo que es darse el cuerpo a plenitd, lo que es enredarse entre las sábanas y olvidar que existe un resto, un fragmento del mundo, fuera de las cuatro paredes en las que se entregarían todo y más. Se prometen encuentros de placer, planifican la continuidad de los besos dados, con un final de río desbocado y lava de volcán. Pero no han querido los astros alinearse en la suerte de este encuentro, cada plan se vuelve arena entre los dedos, cada certeza un desvarío, cada principio un fin. Y el miedo se deleita fraguandose en sus entrañas. Así van entonces, como almas en pena sus deseos. Ahí están, compartiendo cama con los cuerpos de siempre, imaginando acaso que por una vez podría ser ella, o él, quien le rozara la piel sobre el colchón.

El tiempo pasa y los hilos de las Moiras no se tejen a favor de su destino; el implacable les corta la dicha, y el susurro de algun dios malechor les desfigura los tiempos. Se deben tantas cosas, tanto sudor y tanto palpitar. ¿Cómo robarle una noche a la vida? Hay que derribar los muros, hay que saciar cada incógnita; no puede el angel mortífero pasar sin que sea testigo de unas uñas enterradas en la espalda, de alientos entrecruzados en jadeos de placer, de los cuerpos desnudos burlando las prohibiciones, y el sabor de lo salado. Hay que lograr ser eclipse.

Sarai y Hugo se deben una historia, una que las musas no hallarían cómo contar. Se deben una vida, aunque esa vida les dure lo que dura el despertar.

Cuentos locos: Un encuentro inusual

Aquella noche hacía un calor tremendo, era noche cerrada y no se movía ni una hoja. El silencio era total. Y ahí estaba yo, aburridísima y con un calor de mil demonios. Encendí la tele y me paseé por los canales buscando algo que me sacara de aquel nivel de obstine. El primer canal pasaba un concierto de una orquesta de Cámara; realmente, con aquella quietud nocturna y el calor sofocante, ver eso parecía el último paso antes de tomar la decisión definitiva hacia el suicidio… o la banda sonora misma de dicha escena de suicidio. El siguiente canal ponía un documental sobre la copulación de los insectos ¡¿En serio a alguien le interesa saber cómo lo hacen los insectos, dónde suben la patica o cómo menean la colita?! Otro canal: noticias, aburridas y reiterativas, asqueantemente polarizadas. Y el último que me atreví a explorar prometía una efectiva tortura mediante una película de Mr. Bean. Les juro que nada más ver la cara de ese hombre me dan ganas de pegarme un tiro.

Solté un grito de impotencia, apreté los puños y pateé el piso. En esa gracia metí el pie contra la pata del sofá y me recordé a mi propia madre por el dolor que me quedó en el dedo gordo. Tenía que hacer algo, así que escapé de esa claustrofobia tediosa y me fui a dar un paseo por la playa. Aahhhh, brisa. Se sentía tan rica aquella brisita con olor a mar, y el tenue ruidito de las olas rompiendo contra la orilla, el chapotear de algunos pececitos traviesos escapados a la noche, la luna plateada sobre el mar… nada, que me relajé por completo, y hasta comencé a tararear una cancioncita de moda. Tan bien me sentía en aquella complicidad entre la naturaleza y yo, en medio de la soledad de la noche, que hice así y me quité la ropa, toda, y seguí mi paseo por la playa en total desnudez.

Así iba, haciéndome la Venus, cuando sentí un movimiento a unos pasos más adelante de donde yo estaba. Me detuve y traté de fijar la vista para ver si divisaba algo pero la penumbra era total, apenas si veía la silueta de algún arbusto aquí o allá. Así que cuando me vine a dar cuenta ya lo tenía delante de mí, a tan solo medio metro de distancia. Me miraba fijo, y su mirada era la de un demonio seductor. Tenía la piel como hecha de un ébano resplandeciente. Era negra, más que la noche, pero con un umbral de brillo de luna. Y tan lisa, como nunca vi piel alguna. No había un solo vello en todo su cuerpo. Pensé que tendría que conseguirme esa crema depilatoria. Parecía una escultura: Un cuerpo de dimensiones perfectas. Músculos que, aún sin tocarlos, se sabía que eran como de piedra. Manos fuertes. Piernas firmes. Ahí me acordé de aquella canción que preguntaba ¿por qué no pintan ángeles negros? Porque este si no era un ángel era un demonio, que al final son como primos hermanos unos de los otros. Él también iba desnudo.

Habló: Acércate, me dijo. Su voz era una mezcla de trueno lejano y murmullo de caracola. Sus dientes parecían hechos con las perlas que guardan las ostras. Me acerqué, como si ya no fuera dueña de mí, y posé mi mano sobre la suya que me extendía. Me atrajo suavemente el cortísimo tramo que aún nos separaba y cuando nuestros alientos se tocaron pasó un brazo por detrás de mis rodillas, y con el otro sostuvo mi espalda al tiempo que me elevaba del suelo. Echó a andar hacia el agua. No podía apartar mis ojos de los suyos, eran un abismo verde que me succionaba, como un remolino de agua de mar. El contacto con su piel, el agarre de sus manos y la vista previa de aquel cuerpazo que parecía salido de un catálogo de ropa interior masculina, hicieron estallar mis hormonas. Sentí el inconfundible cosquilleo que provoca el choque hembra-macho, y cuando finalmente me bajó para quedar ambos cubiertos por el agua, supe que él también se había encendido. Vamos, que le era imposible esconderlo. Y a mí imposible no notarlo. Porque aquello era bieeen notorio.

De más está decir que ese adonis de abenuz me hizo ver los peces de colores, los corales y hasta los caballitos de mar. Mi cuerpo temblaba fusionado con el suyo, yo parecía una barquita que flotaba en el vaivén de las olas y encallaba una y otra vez contra la misma roca dura. Pero qué cosa, valía la pena romperse durante la noche entera, y todas las noches de una vida. Él volteó su cabeza al cielo mientras se entregaba a su final, y la luz verde de sus ojos entrecerrados resplandeció como un reto a la noche misma.

Volvió a tomarme en sus brazos para llevarme hasta la arena. Me bajó con un cuidado que no creerías que podrían conseguir esas manos, y posó un beso en mis labios, un beso como una promesa. Ahora cada madrugada voy a la playa, y camino desnuda por la orilla. A veces aparece, otras veces no. Esta noche ha venido, y ha sido como si el mar entero nos cantara, les juro que sentí una especie de oda al compás de las olas que nos mecían. Y he notado también, cuando me llevaba cargada de regreso, que una pequeña protuberancia de aspecto escamoso, y de un hermoso color verdeazul, ha comenzado a brotar por mi piel, en el tobillo derecho.

De mesas cojas, promesas de bares… y floreros

A Vivian y Maite, las otras dos patas de mi mesa coja.                                   A la Marlys y a Hayxa, que llegaron no sé cómo y se quedaron.                     Porque –increíblemente– no les había escrito antes

Divagan a veces, se ríen de la humanidad y sus locuras, juegan a ser niñas tontas que flirtean con el viento. Luego sacan una filosofía de vida que inyecta a tus neuronas una dosis alta de adrenalina. Son sabias, y sensibles, y talentosas. Son mujeres que aman, que sueñan y a la vez plantan los pies en la tierra y se echan el mundo –su mundo – a cuestas. Son mujeres especiales, y son mis amigas.

Nunca he sido de tener muchas amigas, y quizás el camuflaje que le proporciona la virtualidad a mi falta de empatía y timidez reales, me ha permitido acercarles a mí y conseguir que se queden revoloteando a mi alrededor, queriéndome. Son tan amigas como las que podrían tocar mis manos, y ya mis inicios de jornada cuentan con su presencia, con ese sabor a alegría y vínculo que me le echan al café virtual de cada mañana.

Las quiero, y no podría ni querría explicar cómo es posible desde tanta distancia, desde el no haberse visto nunca, o el haberse visto muy poco. Les confío las vivencias que no le cuento a nadie, les hablo de los sentimientos y las emociones de mis entrañas y ellas se alegran conmigo y por mi, o se preocupan y me consuelan. Si les veo triste mi corazón intenta encontrar un modo de poner en sus bocas una sonrisa y se enrabia con la vida por robarle trozos de felicidad.

No quiero prescindir ya de su amistad, de ese impulso que le dan a los latidos de mi alma cuando les leo, cuando sé que están ahí, dispuestas a alegrarme el día, a ser un poquito yo y dejarme ser un poco ellas, porque de cada una aprendo algo, y me miro en sus rostros y algo de ellas siempre quiero reflejar en mi: acaso la cara que le planta la Duda a la vida, que sabe de todo, y de todo habla y habla bien, con certeza, con mesura. Su sensualidad, su poesía que cultiva en lo más fondo de su alma bohemia. Acaso esa locura de la Lucía, esa naturalidad que le brota a borbotones como un manantial que nos refresca cada día, y le cura sus tristezas, y las nuestras;  esa capacidad suya de reír a la vida a pesar de todo. La templanza de la Nube, que avanza cada paso dando la sensación de que aplasta cada vez las adversidades, con su pluma ligera que se ha vuelto una parte de su ser, y con esta unión emparentada que nos hemos inventado, y que va más allá de la coincidencia de un apellido. Y Halli, tan dulce, es la suavidad que no soy, se me hace la contraparte a este temperamento volcánico que me sobrepasa a veces. Con su risa y su café, su comprensión y su fuerza adornada con ternura. Siempre recordándome que está, y siempre queriendo estar.

Son mis amigas y agradezco hoy a la vida por haberlas traído hacia mí. Por ellas, y gracias a ellas, sobrevive muchas veces mi espíritu. Soy un poco cada una porque a cada una guardo en un pequeño espacio de mi alma rota, como sutura. Y sonará esto quizás al adorno en las palabras del que escribe, a las florituras de la capa de algún juglar en su afán de entretener, pero les juro amigas mías que este escrito no es más que el sentimiento que me nace. Por la coincidencia, y la concordancia, y las almas que van de la mano, y las palabras que unen, por la empatía que burla los kilómetros, porque quiero y porque sí. Quédense, no se me vayan.

Oro parece…

Era un chico hermoso, no había dudas de eso. Ese tipo de hombre que llega a un lugar y hace revolotear las hormonas femeninas, del tipo de hombre que pasa por tu lado y volteas para verle, inevitablemente. Su piel caramelo, promesa de un sabor a elíxir embriagador. Su sonrisa perfecta. Sus ojos mezcla cazador y presa.

Ella apenas le conocía. Un saludo aquí, una frase allá, eventualmente. En realidad nunca había pensado en él desde su corazón de hembra, le reconocía el encanto, sí, pero no pensaba en plan conquista ni mucho menos. Hasta un día. Se dio la oportunidad de conocerse mejor, a través de unos amigos, y ante la expectativa de la cercanía comenzó a surgir en ella una serena intención de ver si podría ir más allá, si conseguiría traspasar el muro de su buen físico. Su hermosa figura se le convirtió en un reto, conquistarle se volvió una meta. Así, de repente, se vio envuelta en una especie de capricho. Le movía más cierto empecinamiento, cierta atracción fuerte pero superficial, le movía su físico. Quería tener a ese hombre, ese hombre guapo. No tenían nada en común, no le tocaba el alma, pero era guapo y simpático, y ella lo quería.

Así se abrió a la conquista. Le mostró una carta apetecible, le ofertó un manjar, y el cayó. Bajo la complicidad de la noche, la música y el alcohol jugaron a conquistarse, un juego que ya había sido zanjado antes de comenzar. Bailaron, rozando sus cuerpos, insinuándose, pactando una noche que se prometía inolvidable. Sabía que sería una obra de una función única, y tampoco a ella le interesaba más. Así se dio al disfrute pleno de cada paso, de cada acercamiento que fue sucediendo entre ambos. Su piel. Su pelo. Su boca. Ella aventuraba un encuentro épico cuando finalmente las ropas no estorbaran más.

Pero hacer el tonto trae siempre sus consecuencias. Dejarse arrastrar por la banalidad y sumergirse en la superficialidad de la piel, en la simpleza de lo que ven los ojos, suele pagar con la misma moneda. Cuando la habitación los aisló de los estorbos, cuando la madrugada les abrió las puertas y la promesa se desvestía para intentar ser realidad, sonaron las doce campanadas, y se rompieron los zapatos de cristal, explotaron las calabazas, corretearon los ratones. Y no hubo príncipe salvador.

Ella disfrutó, no es que no. Entre la turbiedad que el alcohol y la euforia provocaban en su mente y, sobre todo, ante el delicioso sabor del triunfo, ella disfrutó. Disfrutó porque siempre lo hacía cuando se liberaba y cabalgaba la noche, cuando se desataba y volaba y se perdía. Pero no fue, por mucho, lo que esperaba. Tanto que sabía de memoria que un buen físico no es más que eso, tan bien que había aprendido ya la lección de que la piel es solo una envoltura que nada determina, tanto que lo repetía… y jugó a hacer el tonto.

Parecía oro. Parecía. Sus diez años menos, su gracia y su hermosura. Su paso hacia la locura. Pero no, fue tan solo un niño supurando inexperiencia, cohibición, indecisiones. La noche se apocó, y ella quedó a las puertas de su aventura. La vida siguió su curso, el continuó su camino, y ella regresó a la búsqueda, entre las noches y las risas, de aquel que no rompiera su zapato de cristal.

Quiero comer pescado

En nuestro país se desarrollan cada inventiva que dejarían abrumado al gran Da Vinci. No pocas han sido las chanzas acerca del tema de que los cubanos comemos “pollo por pescado”. Muchos se han preguntado dónde se mete el pescado que supuestamente podría encontrarse fácilmente en una isla, al estar ésta rodeada de mar. Y tras tanta interrogante y tanto bonche, así como por arte de magia, ha reaparecido el pescado en las carnicerías cubanas.

“Cogí el pescado ayer” me dijo, y no supe descifrar si la sonrisa en sus labios era de sarcasmo o de júbilo.  “De una a tres personas te dan un pescado. A mí me dieron dos. Setenta pesos”. Lo miro, no sé, realmente no me decido, si reír o llorar, o estallar en improperios. Setenta pesos. Dos pescados. A algunos, los que pueden pagar –y pagan- más de cien pesos por un solo pescado de izquierda, o la carne de cerdo a sesenta o setenta la libra, o la caja de pollo de contrabando, podría parecerles bien ¿qué son setenta pesos? Pero ¿desde cuándo los precios “socialistas” han de establecerse tomando como medida los bolsillos más abultados? La maestra que no tiene cómo vivir del invento porque nadie compra tizas (aunque algunos compran notas, pero otros no venden la ética), el jubilado que ve  sus tantos años de trabajo resumidos a poco más de 200 pesos, la recepcionista, la auxiliar de limpieza, la oficinista de una Empresa que aún no se acoge al perfeccionamiento ni al pago por resultados… en fin, la mayoría ¿qué son setenta pesos para estas personas? Quizás algunos piensen que exagero, pero yo que veo la vida con el color de la realidad que me ha tocado vivir digo, sin el más mínimo dejo de temor a equivocarme, que setenta pesos es mucho, para estas personas, para su salario del que viven, es mucho a pagar por dos pescados que significarán, supongo, dos comidas.

Lo de los setenta pesos es relativo, en realidad. El precio establecido es de veinte pesos la libra. Dos pescados pueden costar setenta pesos… o más. A veinte pesos vende el carnicero la jamonada “por fuera”, a 15 el picadillo, también “por fuera” ¿Nos estará vendiendo el Estado pescado por la izquierda? ¿O pescado liberado acaso? Un producto de la libreta a precio de liberado, me da por pensar en alguna especie de augurio, acostumbrada ya a las sutilezas no tan sutiles que suelen anteceder a los cambios radicales en nuestro país: hoy despiertas con una buena noticia que –aparentemente– te está ayudando y mañana esa “ayuda”, esa “bondad”, se convierte en un sablazo que te hace la vida aún más difícil, si cabe. Y un incremento para la alcancía del carnicero que ya tendrá otro producto para vender “por fuera” ¿a cómo lo venderá? Seguramente no a veinte pesos, porque a ese precio ya otro se le fue alante.

Yo quiero comer pescado, pero no quiero pagar la libra a veinte pesos, porque me parece una estafa. Una estafa al bolsillo trabajador, el que no cuenta con la remesita; al ideal pregonado a diestra y siniestra; a la permanencia; al pueblo. Quiero comer pescado pero no quiero ceder a la injusticia de un precio que no se acomoda al estado real de la media, de la clase trabajadora, la clase baja. Quiero comerlo, pero me va a atorar –y no precisamente una espina – cuando intente tragarlo.

A río revuelto ganancia de pescadores ¿Cuándo le tocará pescar al pueblo?

 

Pd del día 29: Hoy supe de otra persona a la que sus dos pescaditos le costaron, ya no setenta, sino ciento veinticinco pesos.