De la seducción al desagrado

El sexo, tan importante en la vida de todos –o casi todos– los seres humanos. Y no lo digo en el sentido de la reproducción y preservación de la especie, sino en el sentido del disfrute y el placer físico. Uno de los mejores placeres carnales, y un llamado fisiológico, nuestro cuerpo está diseñado para demandar este goce, y vivirlo a plenitud cada vez. El sexo, algo en lo que comenzamos a pensar desde que aun somos niños, y que nos absorbe como un vicio una vez que lo probamos.

No voy a venirles con mojigaterías, seré honesta: yo no veo nada de malo en tener sexo en una primera cita si el llamado es genuino por ambas partes, si una cosa lleva a la otra y ambos se desean lo suficiente como para desterrar los prejuicios y preceptos sociales y morales, y darse un buen revolcón. Por mi está bien, no hay que imponerse un número determinado de citas para finalmente irse a la cama. Tampoco le veo el gran problema a tener sexo con una persona que acabas de conocer, si saltó de repente la chispa, y la química es buena.

¿Qué es lo que me molesta entonces? La imposición, la predeterminación, el acondicionamiento.  La relación sexual entre un hombre y una mujer es algo que debe darse de un modo natural, cuando la carne llama y las entrañas tiran, si el fuego se enciende y ambos quieren quemarse. No debería ser de otro modo. Pero hoy en día la perspectiva ha cambiado hasta el punto de que –en mi opinión– está en riesgo de perderse la espontaneidad. Ahora cuando un hombre invita a una mujer a salir lo hace pensando en el “happy end”, ya es como una condición, como un paso a paso que ha de terminar irremediablemente en la cama, y que ha de cumplirse con todo rigor. Cuando un hombre invita a salir a una mujer no lo hace pensando en “salir a tomar algo, conversar, tal vez bailar, o ir al teatro, a una exposición… y regresarla a casa”. No. Cuando un hombre invita a salir a una mujer lo hace pensando en “ir a tomar algo (sexo), bailar (sexo), conversar (sexo), y luego sexo”.

A mí la verdad es que me tiene un poco harta semejante actitud,  que no se valore ya el irse conociendo de a poco, el ir descubriendo la atracción en la conversación de hoy, el café compartido del día siguiente, la llamada telefónica, hasta que un día, por sí solo, llegue el placer carnal.

Es cierto que a la mujer le toca imponerse, que si decimos “no”, pues es “no”, pero no crean, se siente la presión, la de la persona con la que estamos compartiendo, la de la sociedad que asume como cada vez más extraño el tomarse un tiempo para dejar que las cosas fluyan por sí mismas, que caigan por su propio peso. Y luego está el hecho de que, aunque te impongas y digas “no” ya te queda el aquello de saber que en la mente del tipo prima un pensamiento: sexo.

Los que me conocen bien –y me refiero a bien bien– podrían pensar que este escrito mío resulta un poco contradictorio, pero fíjense que yo hablo de la premeditación, de matar la creatividad, de anular la posibilidad de que exista pleno disfrute sin tener que terminar necesariamente en la cama, sino en una despedida en la puerta con sabor a promesa de un nuevo encuentro. Se trata de ver a la mujer como algo más que un fin para el placer del cuerpo, de hacer valer la importancia que tenemos, apreciar en nosotras los valores y virtudes que poseemos más allá del goce que les brindamos entre nuestras piernas.

Tal vez todo sea producto de la misma vorágine vertiginosa en la que se ve envuelta la sociedad, que nos ha hecho ir más aprisa, soltar lastre, cambiar preceptos. Pero pienso que bien viene preguntarnos: ¿Vale realmente la pena olvidarnos del placer de la naturalidad y la espontaneidad? ¿Vale la pena encerrar al sexo, tan disfrutable y placentero, en la premeditación, en una imposición psicológica? Yo creo que no. No sé, tal vez estoy cambiando, o he comenzado a transitar mi etapa más adulta, o sencillamente me he saturado. Como sea, más allá de mis razones subjetivas, pienso que vale la pena reflexionar un poquito sobre esto. Estoy convencida de que el sexo se disfruta mucho más cuando existe verdadera química entre los dos, de forma natural. Sí, es muchísimo mejor, se los aseguro.  

Sueños en la chistera

Tengo un par de amigas que tienen manos mágicas. Muchos aquí las conocen, otros no. Mis amigas escriben mojando la pluma en su corazón, cada trazo es un poco de vida, y un poco de ellas mismas. Cuando visito sus blogs me rehago, son el aliciente que tantas veces necesito. Ellas han escrito -a petición mía- su “Sueños en la chistera”, tan espléndidos y cautivadores sus escritos que ya este mío precisa de aquellos como apoyo, como complemento. Les invito a leerlos, encontrarán los links al final de mi Sueños…

Duda, Vivian… gracias por estar, chicas.

 

“Mientras las musas no me den la espalda brindaré bajo un pliegue de tu falda por Dylan, por Brassens, por José Alfredo. Y seguiré cantando y blasfemando contra todos los dioses, celebrando las ganas de vivir, muerto de miedo.  ” (JS)

Un sombrero, una guitarra, y una musa que guarda en su cofre las mejores frases, y se las sopla en el aliento de un beso que deja en su boca. Es un hechicero disfrazado de poeta y de músico, agita su varita en forma de cuerdas, destapa su sombrero en forma de voz, y se hace la magia.

Irreverente, desenfadado, inteligente, exquisitamente cínico. Su arte es único, y es personal. Con su voz que lastima melodías, que rasga los sonidos, que más que cantar, dice, nos regala las historias de los amores perdidos, de las pasiones encontradas, de las fulanas y los desdichados. Sus canciones se entierran en los sentidos, no pasan desapercibidas a la intención, serpentean por la mente escarbando ahí, regando, estimulando. Nos enamora, nos teje una red de metáforas y frases perfectas y caemos, o mejor dicho, nos lanzamos al encuentro voluntario, le pedimos que nos cuente una y otra vez sus historias, las que esconde su guitarra, las que ocultan los años y las madrugadas.

Yo le veo como una perfecta compañía para una noche bohemia, esas noches de empapar el alma en el alcohol, mirar dentro de sus ojos entre la penumbra y el humo de su cigarrillo, derrochar los corazones, acariciar la guitarra hasta el cansancio, desafinando sus canciones mientras él, gentil, juega a no darse por enterado, riendo, disfrutando, viviendo las horas más hermosas del mundo. Retozando en las banquetas, dando vida a la barra, intentándonos una suerte que nos dure solo esa noche, no se precisaría de más, bastaría el sueño de esas horas.

Cómplice de tantos solitarios, de los buenos amores; profeta en su propia tierra. El rey, el maestro. No habrá música contada ya sin su presencia, se ha grabado para siempre su nombre entre los grandes, entre los imprescindibles. A mi me cautivó desde el primer encuentro, la vez aquella que decidí probar de su néctar, del delicioso sabor del soplo de sus musas, y me abrazó con tal fuerza, fue tan exquisito su calor, que ya no pude ni quise soltarme. Desde entonces voy pegadita a sus huellas, colgándome de sus brazos cuando el alma se me pone errante, cuando enloquece desbordada de un sabor agridulce.

Estoy segura de que si algún viento del deseo me arrastrara hasta su encuentro marcaría en mi vida un antes y un después. Tengo la certeza de que algún tipo de magia reptaría por mis huesos como enredadera, adueñándose de mi tiempo y de mi espacio, de mi luna de esa noche, de mis sueños y mis lágrimas. “Si me cuentan mi vida lo niego todo”, ha dicho, y a mí me daría igual quedar entre lo no contado, me daría igual, siempre que quede entre lo guardado, entre esas cosas vividas que traes al recuento de los buenos momentos, con tal de ser parte de esa realidad atesorada entre las risas y las nostalgias.

Es un hechicero, lo tengo claro, no podría ser de otro modo. Y tiene las musas más fieles y cómplices, las más inspiradas. Y así, entre magia y arte, nos hechiza cada vez. No sé, se me ocurre que tal vez colecciona trocitos de nuestras almas bajo su sombrero.

Joaquín Sabina

 

Sueños en la chistera 2: Vivian

Sueños en la chistera 3: Duda

Revendedores, o el cuento del huevo y la gallina

Temáticas que llueven sobre mojado en nuestra sociedad hay de sobra, esta es una de ellas. Sin embargo, aunque muchas veces se ha traído a colación en diferentes plataformas, yo me atreveré a tocarla una vez más, principalmente porque he visto que por lo general las opiniones difundidas han sido fustigando a los revendedores, pero a mí no me queda tan claro.
Los revendedores suelen tener de todo –o casi todo, que no es lo mismo pero es igual– lo que uno necesita, pero por supuesto a un precio superior al que se oferta en el mercado estatal. No pocas veces les he visto acaparar un producto determinado, llevárselo por cantidades para luego ofertarlo en lugares donde no los hay. Pero ténganse en cuenta que no todo lo que venden les llega a través del acaparamiento, sino que muchas veces les vienen por el trasfondo de la sustracción ilícita en almacenes, fábricas, etc. Pero lo cierto es que contribuyen al suministro de artículos de primera, segunda y hasta tercera necesidad en nuestros hogares; entonces, he aquí la disyuntiva que surge en mi cabeza: ¿por qué tiene éxito el negocio de estas personas?
Nos quejamos cuando no alcanzamos galleticas dulces, habiendo hecho la cola, debido a que tres o cuatro revendedoras acabaron con toda la que había; pero a la vez agradecemos cuando no ha venido la íntima a la farmacia y la mujer de la esquina tiene. A diez o quince pesos el paquete, pero tiene. ¿Entonces, son villanos o salvadores? Sé que no deberían existir, sé que acaban con el bolsillo de la gente, que se llevan los productos de los establecimientos negando a otros la posibilidad de comprar, pero ¿qué nos haríamos sin ellos en muchas ocasiones, cuando el mercado estatal se pasa meses sin ofertar y el mercado negro viene a salvarnos de la inexistencia?
Entonces me planteo lo siguiente: ¿Si el estado nos ofertara los productos que necesitamos tendría cabida la existencia de los revendedores? Pero a la vez podría existir el cuestionamiento: si los revendedores no acapararan todos podríamos comprar lo que necesitamos en los establecimientos estatales. Esperen un momento ¿en serio? ¿todos? En mi opinión lo que sucede es que la oferta estatal no es estable, ni continuada, ni suficiente; hoy hay, mañana no sabes, entonces vienen estos seres inteligentes del mercado y guardan pan pa´ mayo, porque saben que si no lo compras hoy luego te puedes pasar meses sin encontrarlo ni en los centros espirituales. Entonces ¿No hay productos en los establecimientos a causa de que los revendedores existen, o estos existen a causa de que no hay productos en los establecimientos? ¿Son ellos los verdaderos culpables de su propia existencia? En mi opinión, un mercado plena y continuadamente abastecido acabaría con este negocito. Claro, es más fácil decir que no hay tal o mas cual producto porque ellos se lo llevaron y no porque yo no los oferto con suficiencia y estabilidad.
Se ha creado la costumbre de ver los problemas a través de un cristal con el color que conviene, a buscar culpables debajo de la tierra, aunque no sean los verdaderos culpables, a inventar justificaciones en vez de encontrar soluciones, certeras y definitivas. Se ha creado la costumbre de esconder la basura bajo el tapete. Los revendedores son una plaga social, sí, pero generada por un germen mayor: la escases.

Sangre

A la Nube,
mi musa esta vez.

Jéssica y Tony caminan de la mano, haciendo planes para sus vidas. Todo es tan perfecto. La madre de ella y los padres de él van a conocerse al fin, ellos vivirán juntos y formarán una familia, unida y feliz. Les parece mentira que el tiempo haya pasado tan deprisa, y que el amor les haya inundado de esa manera. Recuerdan cuando se conocieron, por azar. Ella paseaba a su perrito cuando él pasó en su bicicleta y casi choca con ella, pero no pudo evitar en el giro lastimar la patica del animal. La montó en la bicicleta y los llevó al veterinario, deshaciéndose en disculpas. No necesitaron mucho tiempo para conectar: los dos amaban a los animales, ambos eran seguidores de la música rock ¡hasta tenían el mismo grupo favorito!, mantenían el mismo sueño de irse de mochileros por toda la Isla, conociendo los montes, bañándose en los ríos, acampando bajo la luz de la luna. Así les llegó el amor, hacía ya un año.

La mañana del domingo Jéssica y Carmen, su madre, se levantan temprano y comienzan a preparar todo. Tony y sus padres vendrán a almorzar, para conocer a la mamá de Jéssica, y ellas quieren que sea un almuerzo especial: una deliciosa comida criolla, un exquisito dulce casero, el juego de platos de la bisabuela –reliquia familiar– ¿Unas velas en la mesa sería demasiado? –pregunta la muchacha, y la madre ríe. Luego ella también.

En otro lugar de la ciudad un ansioso Tony apura a sus padres. Damián, recién afeitado, intenta arreglar frente al espejo sus espesos rizos, demasiado crecidos ya; mientras Mercedes, su esposa, alisa el sobrio vestido beige que la viste y realza su figura, todavía atractiva. Quieren que sea un encuentro memorable, dejar una buena impresión, al fin y al cabo están a punto de conocer a un nuevo miembro de su familia: la madre de una muchacha que ya han tomado como hija. Desde la puerta, a punto de salir –¡papá, las flores!– grita Tony. Damián le enseña el ramo que lleva entre las manos. Sus padres ríen. Él también.

Suena el timbre, Jéssica y su madre se apostan tras la puerta, dispuestas a abrir. La muchacha se adelanta aferrando el picaporte, a lo que la madre responde con una sonrisa cómplice, y la chica abre. Entonces el tiempo parece ralentizarse. Carmen ahoga un grito de estupor tapándose la boca. El ramo de flores cae al suelo. Damián y Carmen traban miradas, estupefactos. Nadie más entiende nada. La mujer no para de tapar su boca y gemir, como si hubiera visto volver a alguien de entre los muertos. Las lágrimas salen a borbotones ahora de sus ojos y mojan sus mejillas. ¡Mamá! ¿Qué pasa? ¡Mamá! Las lágrimas empiezan a fluir también de los ojos de la chica que no comprende la reacción de la mujer. Tony y su madre tampoco comprenden nada, inquieren a Damián para que explique algo pero este ha enmudecido.

– ¡¿Mamá, que es lo que pasa?!
– Papá, háblanos, di al…
– Damián por favor, ¿qué es todo esto? ¿tú conoces a esta mujer?
– Papá…
– ¡Mamá!…

Las voces se sobreponen unas a las otras, el desasosiego puede respirarse mientras el aire parece ponerse cada vez más denso. Carmen da un paso atrás, luego otro, la cabeza entre las manos, mira a uno y a otro sin saber qué hacer. Damián tampoco sale de su estupor. Jéssica llora abrazada a Tony. Y Mercedes empieza a atar cabos. De repente un grito trastornado se eleva por sobre los demás, un golpe de palabras que hace enmudecer hasta al silencio mismo:

-¡Jéssica, este hombre es tu padre!

La mano señala a Damián. Los rostros se deforman en una mueca de terror. Hay reproches, hay histeria, hay dolor. El olor a comida que sale de la cocina no es ahora el preludio de un almuerzo prometedor, sino motivo de náuseas..

Su padre ausente. Su padre inexistente.
Su amor. Su hermano.

Los jóvenes rompen bruscamente el abrazo que los une, y se miran, sus ojos nublados por el llanto. No puede ser. Carmen cae de rodillas, desecha en llanto. Cuatro pares de ojos la miran salidos de sus órbitas. Cuatro bocas enmudecen. Carmen llora, desconsoladamente, pero ya no hay remedio, el pasado ha estallado en su cara, irremediable, como una perfecta bomba de tiempo, enterrando trozos de verdad en cuatro corazones que ahora se desangran frente a ella.

Este escrito es para mi

No tengo ganas de nada, solo de ti. De tu piel bajo el  sol de mi cuerpo, y esa mirada. No tengo más que el reflejo de asirme a tu espalda, y empujar contra tu alma cada espacio que soy. No tengo más que mi boca, que no encuentra el sabor que da vida a su risa; y estas manos, cuarteadas de muerte, sin saber qué tocar.

Qué sabrán las palomas de amores llevaderos, qué sabrán las historias de plebeyas suicidas frente a un castillo alto, tan alto como el cielo. Que sabrá la cordura en mis noches de rostros volteados para dar sus estrellas a cualquier otro amor.

Cortaré las venas a este sentimiento –perpetuo como el fuego mismo del infierno-, y los tendones a esta mi verdad. Gritaré que no, que no es cierto lo que he dicho, que es muda la certeza de mi pecho, que no existen las manos, que no me tocaron. Cortaré mi lengua, mi estúpida lengua, enferma de súplicas, y la lanzaré al mar.

Qué sabré yo de dormir abrazada a tus ojos. Que sabrás tú de vivir abrazado a mi ser. No tengo más ganas de saber qué es eso, lo que me corroe a ratos la piel, no tengo ya ganas de mirar buscando, de hacerte preguntas, de saber que estás. Quiero que se muera el que inventó la historia de que uno más uno era igual a dos. Qué sabrá la vida lo que es estar vivo llevando por dentro un pútrido amor.

Ella. Decisiones

Si hubiera nacido bajo otra estrella quizás todo habría sido diferente. Murmura en tono quedo, como hablando consigo  misma. No estoy segura de que sepa que estoy ahí, mirándole. Sus ojos llevan un velo lúgubre, y su mirada delata una mezcla de nostalgia y anhelo.

Nuestro sitio conserva el humo gris de tantas noches, nuestra mesa la marca de las uñas, el candil, las lágrimas. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí, conviviendo entre cenizas y el ruido de los pasos? No lo sé, no tengo memoria de los tiempos en que era feliz y no rodeaba sus noches con estrechas paredes de alcohol y desidia. Siento crecer en su pecho –que es mi pecho– un dolor agonizante, un destrozo que apaga los latidos, un fuego abrazador que invade toda razón. El desespero asoma a sus ojos mientras mueve frenéticamente la cabeza a un lado y al otro. Busca a alguien. Le busca desesperadamente entre la gente que ríe en otras mesas, bajo la semi luz. ¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde?! Demanda con ahogo y yo no sé qué responderle. Nunca lo sé.

Golpea su frente con la mano abierta, repetidos movimientos tormentosos, y maldice su estrella. El pecho se me aprieta, no quiero sentirle ¡no quiero! Pero ella es tan mía que dejarle sería morir. Veo un borde de locura en sus ojos, y siento que mi cordura no alcanza para abrazarle el alma. Un dolor inmenso cala en mi propio pecho mientras del suyo manan gotas color carmesí. Se le empapa la blusa pero se esfuerza sobremanera por no advertirlo. No mira. Alrededor los rostros de siempre, y los nuevos, se empeñan en llamar su atención. Se acercan. Sondean. Invitan. Me mira y una sonrisa amplia como un sol llena su rostro ¿Cómo puede sonreír llevando tanta pena dentro? El alcohol, el humo, la penumbra, las risas, los pasos, la lujuria, se vierten como una espesa niebla en el lugar de mala muerte que es la vida, y no puedo respirar.

Se levanta de súbito y sale a bailar. Toma cada mano que se extiende, y baila con todos.  Me gusta verle bailar porque es como si olvidara la daga que la vida sostiene entre sus manos. Se desnuda. Es todo un espectáculo de carnes entre cuerpos inservibles que le acechan. Me mira sin cejar en su danza, un abismo tras el negro de sus ojos. ¡Se ha ido! Me grita por sobre las voces ¡Le he echado fuera! Vuelve su rostro hacia una silla enterrada en el más oscuro rincón, y entonces comprendo: hay un sitio vacío que nadie jamás ocupará.

Da vueltas en tropel, su cara empapada echada hacia atrás, los brazos abiertos. Su boca grazna una carcajada incontenible, máscara de la locura. ¡No volverá! Y ríe ¡No volverá! Y llora. Un pánico helado se apodera de mis entrañas. No soporto el dolor. Descarno mi pecho en un intento de arrancarme el corazón, pero es imposible. Entonces lloro, lloro desconsoladamente, y maldigo su estrella.

Precio mixto

Es un recinto muy conocido que ocupa una de las esquinas más populares de La Habana: 23 y 12. Un sitio al que me llevaba mi madre cuando yo era pequeña, en su ritual ineludible de sacarnos a pasear cada domingo; y almorzábamos ahí, con mucho gusto y un servicio de “Sírvase usted”. Más de veinte años han pasado desde entonces, y la pizzería Cinecittá continúa estando en aquella misma esquina, aunque su servicio ahora está dirigido por las camareras y capitanes del salón.

Llegamos y el lugar nos resulta acogedor; está climatizado, con unos mullidos muebles para la espera, la Carta en la mesa de centro para que podamos ir decidiendo lo que queremos comer. En un rincón un letrero de luces anuncia la barra de un bar, y me hace preguntarme si funciona realmente como tal, y me hace suponer, además, que sería quizás una buena opción para otra ocasión, con otra compañía.

Una sonriente camarera nos incita a tomar nuestra mesa y, una vez instaladas ahí, el diligente capitán se acerca a tomar la orden. Con notable desenvoltura nos dice los platos presentados en la carta que no tienen  en existencia en ese momento, y nos hace saber jovialmente que, aunque no aparece reflejado en el listado de opciones, la pizzería oferta también la modalidad de pizza mixta con una serie de agregos entre los que menciona la casi mítica carne de res, por un precio de 25 pesos en MN.  Nos parece raro que la pizza mixta no se refleje en la Carta, pero no hacemos mucho caso a ese detalle.

Ordenamos nuestras pizzas, decidimos por el jamón. Pedimos además ensalada fría y refresco. Nos parece bien, los precios son realmente accesibles, sobre todo si se tiene en cuenta la calidad de los platos, la cual nos parece realmente buena. Con esto y lo acogedor del lugar podemos obviar que las camareras precisen de un poquito más de entrenamiento, falta que indudablemente equilibran con la amabilidad con que nos tratan. La estancia transcurre tan agradable que decidimos que hay que volver en otra ocasión a por la piza mixta, convencidas de que es una buena opción. Y así lo hacemos, dos semanas más tarde. Se repite el ritual del cómodo sofá y la bienvenida sonriente. Una vez en la mesa nos vienen  a tomar el pedido pero esta vez no es el capitán, sino una joven capitana quien desempeña la labor. Como ya sabemos lo que queremos, y sabemos además que nuestra elección no aparece en la Carta, le pregunto a la muchacha si tienen pizza mixta y, ante su respuesta afirmativa, ordenamos. La velada pasa fenomenal, como la vez anterior, comemos elogiando la confección del plato y tejiendo entre nosotros la promesa de regresar una vez más.

Llega el final y con este la cuenta. El papel refleja letras casi inteligibles pero una cosa sí está clara: donde debía reflejarse un valor de 75 pesos por tres pizzas mixtas se estampaba un exuberante número 120. No entiendo realmente, sabíamos el precio de antemano por boca de aquel capitán de nuestra visita anterior, y así se lo digo a la camarera. Se sonríe de medio lado y asiente enérgicamente entornando los ojos, como quien vaticina un problema, nos dice que esperemos un momento y sale a buscar al efectivo de rescate: la capitana. El argumento explicativo de esta otra es que el servicio de la pizzería se divide en dos turnos: uno vende la pizza mixta en 25 pesos mientras el otro –el de ella- la vende a 40 pesos. ¿Cómo es posible -le pregunto- que una misma Unidad tenga dos precios distintos para un mismo plato dependiendo del turno que trabaje? Su explicación está en los agregos que, según ella, su pizza tiene más productos agregados que la mixta del otro turno; y yo pienso que, paradójicamente, la de ella no tiene carne de res como la del otro turno, el de la barata. Tras unos minutos de reclamaciones y argumentos, de explicarle que debió decirlo al momento de tomar la orden  –como hizo el otro capitán–, y recalcarle que es imposible que en una misma Unidad varíen los precios según el turno que trabaje, pagamos la diferencia. Pero ya no nos supo tan agradable la visita, y no por los 45 pesos de diferencia que tuvimos que desembolsar, sino por sentirnos defraudados, estafados y lo peor, sin derecho a reclamar y recibir a cambio la justicia del pago real.

Mi conclusión, entonces, fue la siguiente: en la emblemática pizzería Cinecittá, de la popular esquina de 12 y 23 en el Vedado capitalino, se estafa al cliente constante y permanentemente. Especulo: La pizza mixta no aparece en la carta porque no está concebida como una de las ofertas del restaurante, sino que es un invento del personal para buscarse los pesos, así de simple. ¿Quién mide la cantidad de agregos que le ponen a una pizza? ¿Cómo lo hacen, por gramaje? Es fácil sacar un poco de esto o aquello y confeccionar una pizza mixta con lo que debió ser, digamos, una de jamón, y cobrar, lógicamente, los 25 o 40 en vez de los 15 que cuesta la de un solo agrego. Luego se rehace la orden, se pone pizza de jamón, o de chorizo, o de salchicha, etc, donde decía mixta, y queda una ganancia limpia para sus bolsillos: 10 pesos en el caso de un turno, y 25 en el caso del turno de los más ambiciosos. Con los primeros te representa una Napolitana, y con los segundos una Napolitana más una con agrego.

¿Cuántas personas comen diariamente en ese lugar? ¿Cuántas piden pizza mixta? ¿Con cuánto dinero arrancado de los bolsillos de la gente se van ellos cada día? Pero una vez más el delito es impulsado no solo por la naturaleza humana y la necesidad imperante, sino por la inexistencia misma, porque ¿no sería lo más lógico poner en oferta la pizza mixta, podríamos decir, a ese mismo precio de 25 pesos que no está mal y así evitar que el dinero vaya a parar a manos particulares en vez de a la caja? Si lo volvieran real le anularían la posibilidad de estafar a la gente. Ah, pero no, desestiman esa posibilidad y le dan de comer al ingenio del cubano, que al final se las ha arreglado para sobrevivir así, “luchando”, o lo que es lo mismo, machacándose los unos a los otros.

De: Las mujeres que me atrapan…

Espíritu en vuelo

“¿Para qué quiero los pies si tengo alas para volar?”

Hay personas que se enfrentan a las cuchilladas de la vida con la frente en alto, sangran y se deshacen, sufren, lloran, pero no pierden la pureza del alma: la capacidad de amar. Hay personas que nacen con un ángel creador, con la magia en la punta de los dedos, y el arte les cubre, les florece. Ella fue así: pura, creadora, mágica.

Quien besó sus labios al nacer, quien le sopló la magia dentro, repartió a partes iguales el dolor y la grandeza. Yo solo había escuchado de su nombre altisonante, tan solo sabía del rumor de una mujer libertina con un soplo de colores, pero ella fue más que una historia profana, mucho más. He tenido en mis manos la historia de su vida y encontré un alma profunda, hasta el centro mismo de su ser. Una mujer brisa y tormenta, sol y lluvia, canto y alarido, una mujer amada e incomprendida, ensalzada y reducida. Y en su pecho la tristeza alzó los puños contra la alegría, mientras sus manos se desbordaban de arte, de vida. Mujer virtud. Mujer autenticidad. El sufrimiento se vengó de su excepcionalidad, se desequilibró la balanza. Pero fue tan alta, tan digna. Por cada lágrima un beso, por cada sollozo una risa. Mujer acuarela. Hadas de mil colores le poblaron, una magia de mil tonos le creció dentro, y la regaló a montones.

Me veo en ella como en un espejo distorsionado, que solo muestra retazos de la verdad, que oculta la mayor parte de lo que es.  Me veo en una mínima parte de su dolor, en una mínima parte de su personalidad. Mas ¡ay! si tuviera yo su gracia, si tuviera yo la estera de luz que –dicen– dejaba al pasar, si tuviera su alma grácil y fuerte, encantadora y vivaz. Su belleza. Si fuera yo tan genuina, tan brisa, tan sol.

Fue benévola la suerte con quienes le conocieron, es cínico el tiempo con quienes ya jamás lo haremos, el tiempo que sepultó un espíritu que no se cansó de pelear por su libertad. Ojos privilegiados, manos de ninfa. Sensualidad destilada en cada risa, en cada mirada.  Amor en el epicentro. Mujer deseada. Mujer amada.

Queda su obra: un ritual, una bitácora. Quedan los colores en sus lienzos gritando sus angustias, las mujeres que fue, las almas contenidas en aquel cuerpo frágil. Quedan los trazos de su grandeza, su sangre al borde de los cuadros, sus gritos de desespero, su honestidad. Queda un hilillo de anhelo casi infantil de querer haber podido conocerle, ser la que se sentó a su lado en aquella fiesta de artistas, la que le compartió tal o mas cual secreto, la que escuchó su canto, consoló su dolor. Queda su magia perpetrando la distancia de los tantos años e inoculándose en esta que, al otro lado del espejo, lleva ya un poco de su historia por dentro.

 

Frida Khalo

Enamorarse

Tus manos no son hermosas
No veo estilo en tus dedos
Pero ¿qué humano reposa si se enroscan en tu pelo?
Pablo Milanés

 

Enamorarse es uno de los más grandes enigmas del ser humano. Y no me refiero al enamoramiento adolescente, a la pasión enraizada, al frenesí de los cuerpos, no; yo  hablo del sentimiento ese que nos carcome, que nos ata a otra persona, y nos cubre, y nos satura, y nos nubla el juicio. Hablo de esa inexplicable sensación de quererlo todo con esa otra persona, y no sabes por qué, no hay un punto de partida razonable, solo sabes que lo sientes, que ya no hay retorno, que te ha puesto el grillete apretado hasta el hueso, y lo sabes porque por más que quieres escapar no puedes, por más que forcejeas sigues en el mismo sitio, mirando al mismo borde de esos ojos. El enamorarse no conoce explicación ¿Quién puede saber cómo fue, o cuándo pasó? Simplemente te descubres preso el corazón, cuando ya es demasiado tarde para ingeniarse un escape.

Podría contar mis historias de amor, para mí las más grandes y profundas, pero bien sé que cada quién lleva la suya propia en los bolsillos; y todos conocen el sabor: el dulce de esos besos, el salado de las lágrimas, el amargo de la despedida. Podría contar mis historias, pero no serviría de mucho. Ni hablar de sus manos serviría, de nuestras noches, de los restos mortecinos de mis ilusiones, de los sueños desechos, del amor emigrante… les aseguro, sería solo una historia más. Salvo para mí, para mí lo sería todo.

Pero vamos, que su lado bueno sí que tiene: te das cuenta de que realmente puedes volar, desdoblas el tiempo, sonríes sin proponértelo, y haces lo indecible, lo que no imaginaste que serías capaz de hacer, por estar a su lado, aunque tan solo sea por unas pocas horas. Enamorarse es un  enigma indescifrable, pero no importa, bienvenidas sean las horas yacentes en el intento de perdernos en el laberinto sin salida. Aunque también temes, sí, temes que se vaya de tu vida, no volverle a ver, temes a la inexistencia de su aire que respiras, temes a seguir con un solo par de huellas sobre el asfalto. Y tal vez escribo esto con un nudo en la garganta, con el corazón en gris; o quizás lo hago desde el recuerdo, quién sabe, puede que en mis manos queden restos del enigma, o en tus ojos que me leen.

Tal vez pienses ahora que soy una romántica incurable, que soy de las que llevan un racimo de mariposas en la boca del estómago, y sueñan con flores y canciones y mensajes en botellas marineras; pues siento deshacer tales suposiciones. Yo soy más de compañías cuerdas, soy más de permanencias que de promesas, de hacer la vida y no los sueños. En realidad ya no creo en el amor, aunque tal vez él aún cree en sí mismo dentro de mí y se aferra a mis tendones, y me atenaza el corazón. ¿Puede uno no creer en el amor y aun así enamorarse? Puede que ahora mismo esté enamorada, incrédula pero enamorada. O tal vez simplemente hablo desde el recuerdo. Quién lo sabe.

La primera vez que te enamoras suele tomarte por asalto, no lo ves venir, su rostro te es desconocido, su voz te es ajena, así que no tienes –no sabes– como escudarte, lo tomas todo con la inocencia de un niño, te sujeta entre sus brazos y te aprieta fuerte removiéndote todo por dentro, y tu ahí, descubriendo lo que es amar. Lo que todos decían, ahora sabes cómo es. Pero hay que tener valor para volverse a enamorar, porque ya sabes reconocer el peligro y las señales. Hay que tener valor para sentir sonar las cornetas anunciando el ataque y abrirte el pecho y decir “venga, que no tengo miedo, haz diana en mi corazón antes desecho” Entonces el amor se hace más maduro, más sabio, más consciente, y más peligroso. Se vuelve un vicio, una dependencia, aun cuando piensas que lo tienes bajo control, y para salirte necesitarás una especie de proceso de desintoxicación, días y días de abstinencia, y no será fácil. Se logra, pero no será fácil.

Podría enseñarles las marquitas en mi corazón, pero no creo que sirva de algo. Podría mostrarles su color deslavado pero ¿para qué? Tal vez dije “te amo” alguna vez, acaso ayer, hace dos días, ¿o lo diré mañana? Puede que esté enamorada ahora mismo, o puede que solo esté recordando ¿Quién puede saberlo?