Enamorarse

Tus manos no son hermosas
No veo estilo en tus dedos
Pero ¿qué humano reposa si se enroscan en tu pelo?
Pablo Milanés

 

Enamorarse es uno de los más grandes enigmas del ser humano. Y no me refiero al enamoramiento adolescente, a la pasión enraizada, al frenesí de los cuerpos, no; yo  hablo del sentimiento ese que nos carcome, que nos ata a otra persona, y nos cubre, y nos satura, y nos nubla el juicio. Hablo de esa inexplicable sensación de quererlo todo con esa otra persona, y no sabes por qué, no hay un punto de partida razonable, solo sabes que lo sientes, que ya no hay retorno, que te ha puesto el grillete apretado hasta el hueso, y lo sabes porque por más que quieres escapar no puedes, por más que forcejeas sigues en el mismo sitio, mirando al mismo borde de esos ojos. El enamorarse no conoce explicación ¿Quién puede saber cómo fue, o cuándo pasó? Simplemente te descubres preso el corazón, cuando ya es demasiado tarde para ingeniarse un escape.

Podría contar mis historias de amor, para mí las más grandes y profundas, pero bien sé que cada quién lleva la suya propia en los bolsillos; y todos conocen el sabor: el dulce de esos besos, el salado de las lágrimas, el amargo de la despedida. Podría contar mis historias, pero no serviría de mucho. Ni hablar de sus manos serviría, de nuestras noches, de los restos mortecinos de mis ilusiones, de los sueños desechos, del amor emigrante… les aseguro, sería solo una historia más. Salvo para mí, para mí lo sería todo.

Pero vamos, que su lado bueno sí que tiene: te das cuenta de que realmente puedes volar, desdoblas el tiempo, sonríes sin proponértelo, y haces lo indecible, lo que no imaginaste que serías capaz de hacer, por estar a su lado, aunque tan solo sea por unas pocas horas. Enamorarse es un  enigma indescifrable, pero no importa, bienvenidas sean las horas yacentes en el intento de perdernos en el laberinto sin salida. Aunque también temes, sí, temes que se vaya de tu vida, no volverle a ver, temes a la inexistencia de su aire que respiras, temes a seguir con un solo par de huellas sobre el asfalto. Y tal vez escribo esto con un nudo en la garganta, con el corazón en gris; o quizás lo hago desde el recuerdo, quién sabe, puede que en mis manos queden restos del enigma, o en tus ojos que me leen.

Tal vez pienses ahora que soy una romántica incurable, que soy de las que llevan un racimo de mariposas en la boca del estómago, y sueñan con flores y canciones y mensajes en botellas marineras; pues siento deshacer tales suposiciones. Yo soy más de compañías cuerdas, soy más de permanencias que de promesas, de hacer la vida y no los sueños. En realidad ya no creo en el amor, aunque tal vez él aún cree en sí mismo dentro de mí y se aferra a mis tendones, y me atenaza el corazón. ¿Puede uno no creer en el amor y aun así enamorarse? Puede que ahora mismo esté enamorada, incrédula pero enamorada. O tal vez simplemente hablo desde el recuerdo. Quién lo sabe.

La primera vez que te enamoras suele tomarte por asalto, no lo ves venir, su rostro te es desconocido, su voz te es ajena, así que no tienes –no sabes– como escudarte, lo tomas todo con la inocencia de un niño, te sujeta entre sus brazos y te aprieta fuerte removiéndote todo por dentro, y tu ahí, descubriendo lo que es amar. Lo que todos decían, ahora sabes cómo es. Pero hay que tener valor para volverse a enamorar, porque ya sabes reconocer el peligro y las señales. Hay que tener valor para sentir sonar las cornetas anunciando el ataque y abrirte el pecho y decir “venga, que no tengo miedo, haz diana en mi corazón antes desecho” Entonces el amor se hace más maduro, más sabio, más consciente, y más peligroso. Se vuelve un vicio, una dependencia, aun cuando piensas que lo tienes bajo control, y para salirte necesitarás una especie de proceso de desintoxicación, días y días de abstinencia, y no será fácil. Se logra, pero no será fácil.

Podría enseñarles las marquitas en mi corazón, pero no creo que sirva de algo. Podría mostrarles su color deslavado pero ¿para qué? Tal vez dije “te amo” alguna vez, acaso ayer, hace dos días, ¿o lo diré mañana? Puede que esté enamorada ahora mismo, o puede que solo esté recordando ¿Quién puede saberlo?

 

Cuentos locos: Yo, de wild wild west

Lo conocí en un bar de mala muerte. Tomaba su whisky al strike. Nada más verle me llamó la atención su pelo negrísimo contrastando con las largas y espesas pestañas de sus ojos. Luego estaba su postura, como de quien está siempre al acecho, o a la espera de algún motivo para desenfundar sus pistolas.

¡Aquí: luz roja! ¿Es esto era real?, pensé. El tipo llevaba una pistolera ceñida a las caderas, con sus respectivos revólveres cargados dentro de las fundas. Me fijo bien en sus ropajes: pantalón de lona color beige oscuro y una camisa azul cielo remangada hasta los codos. Un pañuelo negro atado en la nuca le caía flojo, en forma de pico, por el cuello, y usaba un sombrero que descansaba en la barra el bar. Parecía salido de una película de Clint Eastwood. En pleno siglo XXI. Un aura enigmática le cubría, y algún tipo de fuerza gravitatoria parecía ser su centro, porque una rápida mirada alrededor me bastó para darme cuenta de que todas las mujeres del lugar, y hasta un par de hombres, se estaban babeando por él.

Eché un vistazo a ese cuerpo de cowboy. Era perfecto. Medio loco o no, estaba de rechupete. Así que me acerqué, resuelta, y me senté en una banqueta a su lado. Y como he visto tantas películas de Hollywood –y él parecía salido de una– sabía exactamente lo que tenía que decir: ¡Un whis…! Quise llamar la atención del barman pero la voz me salió atravesada por un gallo. Carraspeé. Él levantó una ceja. El hombre tras la barra soltó una carcajada ¡Contra, justo ahora me da por hablar con voz de gallina culeca! Fui a por el segundo intento ¡Un whisky, sin hielo! y bajé una nota al tono de mi voz, poniendo acento seductor y añadí: y otro para el chico guapo aquí a mi lado. Uff, al menos esa vez me salió bien.

Me miró. Le miré. Bajó la vista a mi escote. Bajé la vista al centro de su pantalón. Nos tomamos no se cuantos tragos más, hablando de pueblos, tabernas y caballos. Vaya tipo raro, pero que rebueno estaba, así que lo invité a mi covacha. Yo no se si era el vaquero o el toro, el búfalo o el caballo salvaje, lo que si sé es que gocé más que gozón con aquel hombre del western. Me enseñó las posturas de las montañas, y yo le mostré los juguetitos que guardo en mi armario. Jamás había visto uno ¿cómo era posible?, pero le cogió el gusto rapidísimo. La noche fue una perfecta montaña rusa, un sube y baja con vértigo en la barriga y gritillos de euforia ¡Que viva el salvaje oeste!

Cuando en la madrugada, ya relajados, le pregunté que hacía en la vida, me respondió que se dedicaba a asaltar bancos. Lo dijo como en un susurro, y en sus ojos de águila brilló una luz, un destello de locura y vicio. Me contó de todas su peripecias como asaltante de bancos, y de los millones que tenía escondidos en algún lugar que no pude sonsacarle ¡Pues quiero asaltar bancos contigo!, le dije divertida, así sin más. Y rió, con una risa que me pareció la del diablo emergiendo del infierno.

Esta tarde, bajo una quietud que parecía fantasmal, han tocado mi puerta. Abrí y ahí estaba él: las piernas firmes, semiabiertas. Las manos apoyadas en las pistolas. Me miraba desde abajo, tras el filo de su sombrero. Una postura de hombre peligroso. A su espalda una cuadrilla de cinco hombres –¿o debería decir machos?–, con atuendos similares al suyo y su misma postura, aguardaban. Vamos, me dijo, con una perversa sonrisa de medio lado.

Ahora estoy aquí, a la salida el banco, con dos bolsas grandísimas llenas de billetes. A mi lado está él. La cuadrilla detrás. Pero algo ha salido mal: la policía nos bloquea el paso con los carros patrulleros, mientras nos apuntan con sus pistolas y rifles. El que parece estar al frente me grita ¡Suelte las bolsas y ponga las manos en la cabeza! ¿Por qué se dirige a mí?  ¡El jefe es él! Le respondo nerviosa, señalando con la barbilla al tipo a mi lado que, impávido, mira a los policías. Ser asaltante de bancos ya no me parece tan divertido. ¡Suelte las bolsas, las manos en la cabeza, y todo terminará bien! Me repite el policía ¡Ah, carajo, la tiene cogida conmigo! Mi compañero saca sus pistolas y le apunta. Atrás, la banda hace lo mismo. Los policías ni pestañean, parecen no verles. ¡Pero si yo ni voy armada!¿Por qué se dirige solo a mí? Le grito al policía, ya casi histérica. El hombre del uniforme mira a su compañero, quien le devuelve la misma mirada interrogante. Entonces, adoptando un tono condescendiente de loquero que habla con su paciente me dice: ¿y a quien quiere que le hable si es usted la que está ahí con esas dos bolsas de dinero que acaba de robar del banco?

No quepo en mi asombro. Miro a mi lado, miro atrás, y ahí están mis cómplices. O los tipos de los que yo soy cómplice, que los verdaderos asaltantes son ellos.  ¿Acaso no les ven? Entonces mi hombre salvaje me mira fijo, y es cuando percibo sus ojos como profundas cavernas oscuras. ¿Cómo es que te llamas? Le pregunto en un hilo de voz, aunque no estoy segura de querer saber la respuesta. James, me dice. Me llamo Jesse James. Ríe estruendosamente volteando su cabeza al cielo. Y ahora sí, es la risa el diablo.

 

Yo no estoy muerta

Le dije que no me regalara ningunas flores. Los bombones sí, pero las flores para qué si yo no estoy muerta. Así le contaba una chica a alguien con quien hablaba por teléfono, acerca de su intercambio obviamente con algún chico que pretendió regalarle unas flores y unos chocolates por el día de la mujer, pero al parecer no había podido conseguirlas y había intentado disculparse por ello. Yo escuché el trozo de conversación por casualidad, y no pude evitar asombrarme ante la falta de delicadeza –y más que eso, estupidez– de aquella muchacha.

Muchas veces nos quejamos de los hombres, de su falta de atención hacia nosotras, nos quejamos de la sociedad y de los cambios que han ido dejando atrás los buenos gestos, el cortejo, el significado de las pequeñas cosas, de las sorpresas y regalos que no encierran un alto costo monetario pero sí un gran valor sentimental. Pero ¿cuánto de culpa tenemos las propias mujeres de que se haya perdido la costumbre de regalar flores, de dedicar canciones y poemas, de decir mucho con lo más simple?

Ahora muchas mujeres valoran a los hombres por su bolsillo, lo catalogan según los lugares a los que la puedan llevar, los regalos suntuosos que le puedan hacer. Y sí, está claro que es bueno tener un compañero con buena solvencia económica que signifique para nosotras una vida más holgada y placentera, pero no al costo de hacer sucumbir las ilusiones, las pequeñeces que engrandecen por dentro, no al costo de marchitar el alma y dejar morir el espíritu. No creo que a ese chico le quedaran ganas de volver a ofrecerle una flor a esa mujer, tal vez a ninguna otra. No después de esa respuesta. Y no podemos decir que sea su culpa.

Muchas cosas han cambiado en la sociedad, y ahora luchamos por la no violencia, por darle a la mujer un lugar primordial en la sociedad, por demostrar lo que valemos y lo que merecemos, pero de qué nos sirve si por otro lado desvalorizamos la grandeza de una flor, de qué nos sirve intentar magnificar nuestra figura y nuestra presencia en los grandes escenarios sociales si luego pisoteamos cualquier gesto que indicaría lo grandes que podemos ser por dentro.

Yo creo que sí estaba muerta, algo dentro de ella había perdido la vida. No había latido en su corazón que le hiciera notar cuan hermoso es que te regalen una flor, aunque sea la más común, recién arrancada de un jardín. Su sencillez había muerto, y su sensibilidad agonizaba al borde de un abismo. No estaba muerta, y sí lo estaba. Porque no hay peor forma de morir que la de ir sin alma por la vida.

El Muro

Ahí está el muro, en el mismo sitio. Le miro fijo y me devuelve impávido su fría mirada de arcilla, que alguna vez fue de lava, y risa, y sol. Alguna vez sus ojos fueron un grito de locura, de tus manos y la piedra arañándole el cuerpo, y él siendo feliz.

Recuerdo el día en que le descubrimos y nos descubrió. Tú tan azul. Siempre tan azul. Yo tan extraña, tan anhelante, amándote tanto. Y el muro, hecho de fuegos artificiales. Ahí está. Paso y le miro de reojo. Me detengo y regreso frente a él. Pero no me mira más con tu luz.

Le quiero gritar, quiero maldecirle y golpearle por su estupidez, por dejar caer la lluvia sobre sí, por mutar el cuerpo y el volcán.  Si le vieras, como ha dejado de ser nuestro, como ha exiliado mi latido acelerado, y tu risa, y nuestro beso. Nunca fue tan alto y tan vacío como ahora, que ya no se descuelga la voz de tus manos haciéndome feliz, ni el brillo de tus ojos, mezcla adolescente y hombre sabio.

Sé que llora, como yo, porque perdió la huella, porque ya no es más el trozo de un amor, de la furia apasionada de dos corazones mordidos por el destino, el mismo destino que hoy me llevó hasta esa calle para ver que ahí, donde un día de sol escribiste mi nombre detrás de un te amo, el retrato de una niña sonríe entre mariposas en un fondo gris. Mientras, las lágrimas de un muro le mojan el cabello, y las mías se me escurren en el corazón.

El Muro, donde mi nombre se esconde tras el rostro de una niña

Volvamos a soplar las velas

Ha estado dando pasitos cortos, tambaleantes, indecisos. Le he tenido a veces sumido en una niebla de inseguridad y forzado abandono. Ya no le vienen a ver como antes, ni hablan de sus palabras como hacían hace un año atrás. Pero ha sobrevivido, no se ha rendido, ha seguido aquí, conmigo, durante trescientos sesenta y cinco días más.

La casita de mis letras cumple hoy dos añitos, y cual pequeño que apenas ha dado pasos por la vida intenta mantener el equilibrio y sus llamados de atención. Dos años en los que las letras, si bien han palidecido un poco tras un exilio -acaso temporal- de las musas, batallan como náufragas agarradas a la tabla de los sentimientos y las emociones, y se empujan las unas a las otras combatiendo la marea.

No quieren escuchar de retiro, ni de claudicación. No quieren saber de muertes tempranas, ni de olvido. Prefieren seguir siendo bellas, esbeltas, agraciadas. Pretenden continuar tomando de las manos a las emociones ajenas, y tejer con ellas una red en la que cada punto de unión sea un corazón latente.

Por eso les invito, amigos que aún me leen: los que quedan de los tiempos primeros, y los que se han sumado luego, a que soplen conmigo estas dos velas que representan el camino andado, y que me ayuden a desear muchos días más para los sueños, las nostalgias, las pasiones, las historias; esas que pueden ser las mías, pero también las tuyas; esas que pueden ser igualmente un trocito de tu vida, y de tus anhelos. Porque este sitio no ha sido nunca solamente mío, sino de cada uno que pasa, se quede o no, del que deja sus palabras y del que lee en silencio, del que concuerda y lanza un elogio y del que tiene la honestidad de discrepar y generar el debate.

Porque este blog es de todos, y no hallan cobijo las palabras sino es en los ojos que las leen, y no encuentran aliento sino en cada comentario que le sustenta. Por estos dos años que hemos recorrido juntos, en los que no me han dejado a pesar de los rasgos de inactividad. Para mis musas adormecidas, para las manos amigas. Para el que ha conseguido vivir aquí, también, un poco de desnudez. Para todos: Muchísimas gracias, y Feliz Aniversario… siempre Al Desnudo.

Las alas del abuelo

A los que llevan las alas,
y a sus familias.

 

Fui real y plenamente consciente de su enfermedad el día en que desapareció. Recuerdo a mi madre y mi abuela desesperadas, buscándolo en hospitales y estaciones de policía. Yo era apenas una adolescente, y aunque había escuchado en repetidísimas ocasiones que mi abuelo estaba enfermo, no fue hasta ese día que me di cuenta de la verdadera gravedad de su enfermedad.

Siempre había sido un hombre activo, trabajador, y jaranero como ningún otro. Yo aguardaba cada tarde a que llegara a casa, con la jaba del pan que recién había horneado en la panadería donde trabajaba. Él se quitaba la camisa sudada, y se sentaba en el balance a esperar la taza de café que religiosamente le traía la abuela. Y allá iba yo, corriendo, a sentarme en sus piernas y pedirle que me contara una de las tantas historias que se sabía. Y él, riendo, disfrutaba obligándome a rogarle, y pagarle con besos en sus mejillas arrugadas, por cada una, y luego me las contaba, claro que sí, y lo hacía como el más ilustre de los cuentacuentos.

Tuve mis sospechas de que algo iba mal el día que mamá le descubrió leyendo el periódico al revés, y su cara pasó de la sorpresa a la preocupación, y luego casi al terror cuando, al inquirirle, él ni por enterado se dio. Luego supieron que estaba irremediablemente enfermo el día que sus compañeros de trabajo le llevaron a casa dos horas antes de lo acostumbrado, y le contaron a mamá y a la abuela algo que había sucedido, algo terrible que las hizo estallar en llanto a las dos, mientras el abuelo sentado en su sillón de siempre tan solo miraba por la ventana. A mí no me dejaron quedarme a escuchar, pero tras la puerta alcancé a oír algo sobre untarse aceite en el brazo y luego intentar meterlo en el horno, horror del que le salvó su amigo que le vio a tiempo.

El día que desapareció, lo encontraron tirado en un parque, a unas cuadras de la casa. Lloraba como un niño asustado. Tenía tanto miedo que había mojado sus pantalones. No sabía cómo regresar. No recordaba a su esposa, su hija y su nieta que le amaban y le esperaban preocupadas hasta la desesperación. Fue ese día, cuando vi entrar al abuelo, colgado del brazo de mi madre, con el rostro y los pantalones empapados, sin saber dónde estaba ni quién era, que fui consciente de que le había perdido, de que mi abuelo no era más mi abuelo.

Ya no me cuenta historias. Ya no las recuerda. A veces no sabe  ni quién es. En ocasiones voy y me siento a los pies del sillón, y le cuento alguna de las historias que me enseñó, sin tanta gracia como lo hacía él, mi gran cuentacuentos, pero con todo el amor del mundo. Hay veces en las que no puedo aguantar el dolor, y las lágrimas inundan mis ojos, como cuando me mira y no me reconoce, y llama a la abuela y le pregunta quién es esta niña, si es la hija de algún vecino nuevo. O cuando me llama por el nombre de mi madre, y me requiere por estar en la sala, y me manda al cuarto diciendo que el chiquillo ese –mi padre– anda rondando por la acera, pero que yo estoy muy pequeña para enamoramientos.

El abuelo tiene Alzheimer, le ha ido carcomiendo su mente poco a poco. Todo su ingenio y su sabiduría, sus bromas y su juicio. Su grandeza. Mi abuelo voló a otro mundo, un mundo en su mente, un mundo incomprensible. Todos aquí, con los pies en la tierra, con la mente plagada de realidades, y mi abuelo, con sus alas de niño torpe, se fugó a un mundo del que jamás regresará.

Macho depilado

Camisa, pitusa de corte alto, bigote, zapatos cerrados, pose de cowboy, sin adornos,  hombre de pelo en pecho, nada de tonos rosas en su atuendo… ese era el look que caracterizaba a los hombres cuando yo era niña. Recuerdo conversaciones que les escuchaba en ocasiones a mis tíos en las que salía a relucir la frase “el hombre que es hombre no hace tal o más cual cosa”. Siempre había sus rebeldes, claro, seguidores del rock and roll principalmente, que se atrevían a llevar la melena y adornar sus orejas con aretes, siendo casi siempre objeto de dudas e insinuaciones.

Pero cambiamos de siglo, de milenio, y de generación. Han mudado las mentalidades y las tendencias, ahora el macho viste de rosa.

En nuestro presente los jóvenes han asumido una postura antes femenina en las cuestiones del arreglo personal, del look personal. Los chicos se sacan las cejas, se depilan todo el cuerpo, se hacen el derriz y la keratina, se tiñen el pelo, usan cremas, y los hay que hasta se maquillan. Usan aretes en ambas orejas, vestimenta rosada y floreada, licras, camisetas largas que son casi vestidos.

¿Por cuánto iba a dejar un hombre que se mostrara parte de sus glúteos? Jamás; eso significaba degeneración de la hombría sin lugar a dudas. Hoy exhiben sus pantalones caídos, con una franja de la ropa interior expuesta, y si además se ve un tramo de la línea divisoria entre ambas nalgas, pues normal, no pasa nada. Además hoy en día ¡los hombres se saludan con un beso! Y no solo los pepillos adolescentes, no, ves a los tipos que presumen de guapetones que se estampan sendos besos en las mejillas. Lo curioso es que no sienten que eso afecte para nada su masculinidad. Sienten que aun son el gallo del gallinero, el macho a tener en cuenta, el toro del corral.

No hay que dejar de mencionar el hecho de que muchos hombres de generaciones pasadas se han sumado a estas modas, los ves treintañeros, y hasta en los cuarenta, que se han integrado a estas tendencias de moda y se pavonean sin el menor de los complejos. Siempre quedan, por supuesto, las personas que aun se alarman ante estos cambios y no conciben que un hombre, lo que se dice hombre, parezca una chica luego que termina de pasarse horas acicalándose frente al espejo.

Yo en lo particular prefiero la imagen de ahora, el hombre depilado, con su jeans ajustado puesto a la cadera, y su pulóver rosa. Prefiero sobre todo la mentalidad de nuestro presente, esa que vocea a los cuatro vientos que la masculinidad no se determina por patrones de vestimenta, que el hombre no se aferre a la imposición de su rol masculino sino que lo deje ser de forma natural, que cuando se es macho el cuerpo lo grita, lo vistas como lo vistas, lo adornes o no.

Cuentos locos: El visitante nocturno.

Todo sucedió de una forma tan rápida e intensa que luego tuve que ir al baño para echarme agua en la cara, pellizcarme fuertemente el brazo, salir al portal y sentir el aire fresco de la madrugada golpeándome el rostro. Y aun así me quedaban dudas de si estaba yo despierta o lo había soñado.

Acababa de dormirme, o al menos así lo sentía, cuando comencé a soñar que una presencia invisible rozaba suavemente mis brazos. Me asustaba un poco no verle, pero aun así era tan placentero que no quería que parara. Estando en esa disyuntiva comencé a sentir un fresquillo gélido recorrer la piel de mi cuello, y bajar lentamente hasta esconderse en la línea entre mis dos senos. La sensación fue excitante, qué les puedo decir. Fue entonces que se comenzó a escuchar el taca-taca-tacataca. Y me desperté, sobresaltada.

Y ahí estaba, el taca-taca. Las ventanas del cuarto estaban abiertas ¿Cómo era posible? Estaba totalmente segura de haberlas cerrado y pasado el seguro. Me subió un frío por el estómago. Un frío no, que carajo, un miedo creciente, que así es como empiezan las películas de terror, y las de asesinato, y el que sale en la primera escena no hace el cuento. Pestañé varias veces, queriendo espabilar mis ojos adormecidos, adaptarlos a la penumbra. Cuando la pupila se dilató lo suficiente como para enfocar los objetos en la oscuridad lo vi. Un reflejo plateado en la esquina la habitación. Sentí unas ganas tremendas de “paticas pa´ qué te quiero”, pero ¿a dónde iba a ir a esas horas?

De repente el reflejo se movió. Suavemente. Parecía flotar. Comenzó a acercarse a mí, y yo con el corazón en la garganta. Emergió entonces completamente a la ligera luz que se colaba por la ventana abierta. Era enorme. Jamás vi hombre tan alto. Su piel parecía ser de un tono claro, y emitía un resplandor que daba la impresión de moverse conforme se movía él. Su rostro carecía de expresión: nada de maldad, nada bondad, ni locura, ni lujuria, ni asombro. Nada. Solo me miraba fijo con unos grandísimos ojos color azabache. Su pelo largo hasta los hombros, blanco como la luna plateada. Y por ropa una larga túnica negra, de una tela finísima que parecía jugar con la gravedad. Su cuello adornado con un cordoncito también negro,  del cual colgaba una medalla color plata en la que se dibujaban unos extraños símbolos.

Yo estaba paralizada. Hipnotizada. En shock. Es ahí cuando te acuerdas de Harry Potter, su capa de invisibilidad y su Levioshaaá ¡Coño, y aquí ni debajo de la cama me podía meter porque tiene las patas muy bajas y no quepo! Ni magia ni refugio, estaba jodida. Entonces caí en la cuenta, o eso creí.  ¡Claro! Es un sueño! dije, y cerrando los ojos golpeé mi mejilla con la mano abierta. Después abrí los ojos –con buen picor en la mejilla– convencida de que ya no estaría ahí. Pero ahí estaba. Ladeó su cabeza, mirándome en un ángulo que me recordó una paloma cuando mueve su cabecita de un lado a otro. Y pegué tal brinco que terminé golpeándome la cabeza con la cabecera de la cama. Hizo un gesto que me sugirió que había tomado una decisión. Se acercó completamente a mí, subiéndose a mi cama. Quedé acostada, inmóvil, con aquellas piedras negras que tenía por ojos dentro de los míos. Comenzó de nuevo el roce por mis brazos, y el hilillo de viento frío a recorrerme por el cuello y la entrada de los senos. Supe entonces que era su boca pequeña la que soplaba ese aliento que me estremecía. Y me excitaba, lo confieso.

Olía a fruta fresca. Dulce y apetecible. Sus manos dejaron mis brazos para posarse sobre mi vientre, trazando un camino por mi abdomen hasta mis senos. Mis pezones comenzaron a endurecerse, y mi sexo se humedeció. Era hipnótico. Me descubrí repitiendo en mi mente: “¡Que no pare!¡Que no pare!”. Y no paró. Por el contrario, se colocó entre mis piernas, levantó un poco mi ropón de dormir y… perdí el control. Creo que él también veía Harry Potter, porque tenía una buena varita mágica.

Lo que vino después no lo puedo contar, porque en mi vida casta y pura  -bueno, ni tan casta ni tan pura, je- había sentido yo algo como eso. Tenía que haberle dicho que me dejara un manual de procedimientos para mostrárselo a sus sucesores. Decir que vi las estrellas sería quedarme corta. El caso es que tuve un orgasmo atómico, con unos espasmos de placer que me sacudía el cuerpo completo.

Para cuando pude respirar otra vez, y conseguir abrir mis ojos nuevamente, con una sensación tremenda de irrealidad, ya no estaba ¡se había esfumado! ¿Cómo era posible? ¡No! No podía irse de ese modo con su airecito frío y su varita, y dejarme aquí preguntándome si estaba loca o en verdad había vivido aquello. Corrí hacia la ventana buscando a mi extraño visitante, y ni rastro. En cambio, una intensa luz se movía rápidamente por el cielo oscuro de la madrugada, alejándose hasta perderse en el infinito. Fue ahí que corrí al baño, al portal, y me dejé este horroroso moretón en el brazo izquierdo.

Cuando regresé a mi cuarto ya las dudas habían vencido a la razón; menudo sueño erótico acabas de tener, mijita, me decía al entrar y cerrar la puerta. Las semanitas de abstinencia que llevaba no me estaban haciendo ningún bien. O sí. Bueno, fui a la ventana, y la cerré, dispuesta a reconciliarme con Morfeo hasta el amanecer. Eché el pestillo y quedé como de piedra. En el piso, bajo la ventana, estaba tirado un fino cordón negro con una medalla plateada de raros símbolos.

¿Por qué lloramos, amigas?

Vidas. Historias. Fracasos. Dolor. Llanto.

Cuatro amigas se reencuentran luego de haber estado más de veinte años sin verse. Gloria, Irene, Yara y Carmen se remontan a un pasado inocente, candoroso, feliz, que contrasta dolorosamente con un presente chamuscado por los escupitajos de fuego de la vida, por las mordidas profundas y sangrantes del destino.

Cada una llora su propia historia a cuestas. El quebranto se cuela en la reunión, llega sin avisar, invisible, y se acomoda frotándose las manos y sonriendo malévolo.  El encuentro, lejos de ser la feliz velada que se planificó, se convierte en el escenario perfecto para confesiones difíciles, para abrirse las venas y soltar el alma por la boca. Cuatro caracteres, cuatro espíritus, cuatro mujeres.

¿Por qué lloran mis amigas? Película cubana que se estrenara en el pasado Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, y que ahora se muestra en los cines de estreno de la capital, es una historia mujer que vierte en pantalla diferentes modos en los que la vida puede desgarrarnos y hacernos llorar. Tan cotidianos, tan reales, tan nuestros.

La calidad de la puesta estaba garantizada desde la elección de las actrices protagonistas. Probadas, curtidas, Yasmín, Edith, Luisa María y Amarilis no decepcionan, cada una con su dosis de sobriedad o desparpajo, su tristeza o su optimismo. Logran convertirse en ti y en mí, te hacen reír o llorar, consiguen hacer que te descubras mirándote por dentro, viendo hacia atrás, a todo lo que anhelaste y planificaste, dándote cuenta de lo que no conseguiste. Percibiendo cómo la vida te pasó factura.

Un retrato de nuestras imperfecciones. Un espejo en el que podemos mirarnos y reconocernos. Una denuncia a tanto lastre con el que cargamos a veces, por nuestra obstinación, o por la sociedad, o por lo que fuere ¿Cómo no comprender a cada una? ¿Cómo no sentir su dolor? Cualquiera de nosotras –ustedes, amigas que me leen, o yo que escribo esto– podríamos ser las protagonistas de esa obra, como lo somos día a día, a cada paso. Son nuestras lágrimas en la pantalla de un cine, nuestras rabias y frustraciones, nuestros desesperos. Nosotras, que también tuvimos quince años y planificamos una vida perfecta para recibir luego otra cara en la moneda, sin príncipes, o sin amores, o sin hijos. Incomprendidas. Mutiladas. Desquiciadas. Muñecas rotas.

No es una película para mujeres, sino también para hombres, que aprendan a vernos, a saber lo que llevamos por dentro. No es para cuarentonas, sino igual para jovencitas, que no saben aún de las torceduras irremediables que hay en el camino. ¿Por qué lloran mis amigas? es un grito, un clamor en la oscuridad. Es una película verdad ¿Tú por qué lloras, amiga que me lees? ¿Por qué hemos llorado tantas veces? Cuánto nos desgarraríamos, cuántas tristezas tendríamos para contar si nos reuniéramos un día. Cuánto de mujer hay en el dolor. Cuánto de nosotras hay en la vida misma.